El éxito del poeta

El poeta escribía a partir de su experiencia. Según lo que veía o vivía, escribía poemas. Los poemas no eran informativos. Tal vez no tenían nada que ver con las experiencias. Pero los escribía la persona que tenía esas experiencias, y una persona es poco más que las experiencias que tiene. Su acumulación, sumada al pensamiento y el talento para la escritura, le permitía escribir poemas muy bien logrados.

Los lectores lo encontraban muy atractivo. Su poesía les significaba, no necesariamente lo mismo que el poeta había querido significar, pero por lo menos algo que hacía que siguieran interesados en lo que tenía para escribir.

El éxito con el público lector se transformó en éxito comercial. El poeta logró hacer dinero a partir de su poesía. Y no sólo le permitió vivir de lo que escribía, sino que logró vivir muy bien. No le faltaba ningún lujo.

Esto, naturalmente, hizo que su poesía fuera aún mejor. Tener más tiempo y no preocuparse por temas económicos hizo que se pudiera concentrar en pensar y escribir. Sus experiencias ahora eran las de una persona privilegiada, pero eso no convirtió su escritura en elitista. Todo lo contrario: el privilegio le daba más posibilidades de conectarse a través de la escritura, porque era la forma en la que siempre se había comunicado con su público. La experiencia poética no cambió: sólo lo hizo la vida del poeta.

Al darse cuenta de esto, el público estuvo muy agradecido con el poeta, y eso redundó en mayores ventas que le permitieron mejorar aún más su estilo de vida. También inspiraron a otros poetas, al ver que a través de la poesía se podía lograr éxito material. El mundo, entonces, se llenó de poetas, y el público lector fue cada día más rico.

Sin título

Hay artistas que no ponen títulos a sus obras. Las lanzan al universo, sin ninguna pista sobre de qué se tratan más que la obra misma. Y algunos consumidores de arte, particularmente aquellos que leen epígrafes en los museos, encuentran esa costumbre desconcertante.

La ausencia de título hace más abstractas las obras abstractas. En estos casos, es posible que sea una postura deliberada de los artistas. Aquellos que miran un cuadro pensando en un título específico suelen ver algo distinto que los que no. No usar título libera al espectador de ataduras, y permite que la obra llegue intacta a su imaginación.

En casos como ésos, la falta de título es parte de la integridad artística de una obra, y por lo tanto se justifica. Pero hay otros casos, en los que el artista directamente no supo cómo titular su obra. Hay galerías enteras de arte perfectamente representativo que están compuestas sólo por obras intituladas.

Cabe preguntarse, entonces, cómo se hace para catalogar la obra de un artista que no titula las obras. Es necesario un trabajo de seguimiento para identificar cuál es cuál. Las galerías pueden vender obras sin título y luego recomprarlas sin darse cuenta, porque no hay un registro objetivo de cada una.

Para llevar a cabo ese inventario, hace falta la ayuda de académicos. Estudiosos que analicen la obra del autor y asignen, por ejemplo, un número cronológico a la obra, basándose en sus conocimientos exhaustivos sobre el artista. De esta manera, se puede estandarizar una obra como ha ocurrido con Mozart.

Por supuesto, al tratarse de disciplinas académicas, diferentes personas pueden tener opiniones divergentes. Se producen polémicas interminables, que se reproducen a lo largo de generaciones, que dan como resultado catálogos disímiles de la misma obra, al tener diferentes criterios de clasificación y de interpretación.

Todo esto podría ahorrarse si el artista se molestara en poner un título a cada obra. Pero gran cantidad de artistas no lo hacen. Y tal vez, intencionalmente o no, esas discusiones les sirvan para alcanzar la inmortalidad.

El que arruinó la Navidad

Era una Navidad como cualquier otra. La celebramos, como siempre, en familia. Como nuestra casa es la más grande de la familia, las reuniones suelen hacerse acá, así todos estamos cómodos.

Éramos como veinte personas, y cada grupo familiar trajo algo. Había vitel toné, lechón, pavita y toda clase de bocadillos para picar. A la hora del postre aparecieron el pan dulce y los turrones. También los dos kilos de helado, que alguien había comprado en promoción. El helado fue consumido rápidamente, salvo el de menta.

La comida se hizo larga porque estábamos esperando las doce. Bajo el árbol había muchos regalos, que en ese momento iban a ser repartidos y abiertos. Los chicos esperaban con ansiedad. Miraban el reloj muy seguido. Algunos exploraban los regalos y trataban de deducir qué recibiría cada uno.

Cuando fueron las doce, se abalanzaron sobre los regalos, pero les pedimos paciencia porque antes es el momento del brindis. Chicos y grandes nos deseamos feliz navidad, y según el gusto brindamos con champagne, sidra, ananá fizz o Coca-Cola. Sólo entonces fue el momento de los regalos.

La tía Cora ofició de maestra de ceremonias. Su trabajo era acercarse a los regalos uno por uno y entregarlos al destinatario para su apertura. El ritual aumentaba la ansiedad de los chicos pero también permitía que todos saboreáramos cada regalo. Todos los años disfrutamos de ver las reacciones de cada uno al recibir su regalo.

Ese año, sin embargo, fue distinto. Mientras hacíamos la entrega, sentimos unos ruidos muy fuertes y muy cercanos. No sabíamos qué era. Habitualmente sonaban muchos petardos y fuegos artificiales, pero esto se sentía distinto, mucho más cerca. No nos dábamos cuenta si era dentro de la casa o afuera. Tratamos de mirar por las ventanas y no vimos nada, pero el ruido persistía, cada vez más fuerte.

Los chicos tenían miedo. Nosotros también, pero tratábamos de enfrentar la situación con valentía. La ceremonia de regalos se suspendió momentáneamente.

Supimos el origen del ruido cuando, de pronto, apareció en el hogar un intruso. Un hombre muy extraño, de traje rojo y barba blanca, que sin duda se había metido por la chimenea, aprovechando que en verano no encendemos el hogar. Los chicos salieron corriendo a ocultarse.

El intruso se sorprendió al vernos, y trató de mostrarse bonachón. No paraba de reírse.

Las mujeres salieron a consolar a los chicos, y quedamos sólo los hombres de la familia para enfrentar a este hombre. No necesitamos coordinar mucho. Durante un instante nos miramos y llegamos a un acuerdo tácito: lo sacaríamos a la calle sin más trámite.

El intruso se quejaba, pero nosotros nos pusimos firmes. No queríamos problemas. Cualquier persona que tuviera alguna razón legítima para estar ahí, tendría la delicadeza de tocar timbre en lugar de entrar por la chimenea. Así que lo sacamos a los empujones. Fue difícil, porque a pesar de que se notaba que era una persona mayor, era muy corpulento.

Se resistió durante unos instantes, pero pronto se rindió ante nuestra firmeza. Pudimos cerrar la puerta con todas las llaves. Pensamos que por fin el incidente se terminaba.

Grande fue nuestra sorpresa cuando llegamos de nuevo al living y encontramos varios paquetes nuevos entre los regalos del árbol. Cada uno tenía el nombre de uno de los chicos. Algunos se ilusionaron, pero rápidamente les dejamos claro que no hay que aceptar regalos de extraños. Nosotros no sabíamos qué podía ser, ni cómo ese hombre sabía los nombres de nuestros hijos. Nos nacieron las peores sospechas.

Así que debimos suspender la entrega de regalos donde estaba, mientras esperábamos la llegada de la brigada antiexplosivos. Como era Navidad, tardaron varias horas, y casi todos se fueron a dormir. Sólo al día siguiente pudimos completar la ceremonia, pero ya no se sentía como la Navidad.

Forma de papa

La papa es, obviamente, la mejor comida que existe. En Sudamérica somos privilegiados por haberla tenido siempre. Otros la conocieron hace pocos siglos. Sin embargo, la globalización ha hecho maravillas con la versatilidad de la papa. Distintas culturas le dan su impronta y la comparten con los demás. El resultado es que tenemos platos muy distintos, todos a partir de la misma base.

Tal vez la forma más popular de la papa sean las papas fritas. Esta delicia proviene de Europa, lo que habla muy mal de los Incas, pues no se les ocurrió cortarla en bastones (o en cualquier otra forma) y freírlas. Es por eso que hubo que esperar a que llegaran los europeos para que se dieran cuenta y obraran en consecuencia. Los europeos llegaron con la actitud de que ellos eran mucho más avanzados que los nativos, y la experiencia de las papas fritas es un argumento a favor de esa idea.

Las papas fritas son muy respetables, pero no son la mejor forma de la papa. Son tal vez la más fácil de conseguir. Hay al menos tres formas mejores que las fritas. Eso es uno de los mejores elogios que se le pueden hacer a la papa.

La forma número uno es, sin lugar a dudas, el puré. Sólo es necesario hervir las papas, pisarlas bien y agregar un poco de leche, manteca y alguna especia para disfrutar de una masa que se puede comer directamente, o untar sobre las otras comidas para poder compartir con ellas el sabor de la papa.

De hecho, algunas variedades de papas fritas no son más que puré disfrazado. Es el caso de las noisette, que bajo su superficie crocante permiten disfrutar de una pequeña bola de pura papa. Son como bombones de puré, y hay pocos pensamientos más placenteras que esa combinación.

Los ñoquis son otra forma notable. A partir de papa pisada y un poco de harina, se consigue no sólo una de las mejores presentaciones de la papa, sino una de las mejores pastas que existen. Al punto que es una decepción cuando hay ñoquis de verdura, o de ricotta. Los verdaderos ñoquis son de papa, y son combinables con cualquier salsa, lo que muestra una vez más la versatilidad de estos magníficos vegetales.

Las formas de hacer papa son prácticamente infinitas. Sólo dependen de la imaginación de quien cocina. No sólo se usa el interior de la papa: también es comestible la cáscara, que algunos dejan en las papas fritas por una cuestión de costos que se transforma en elección estética cuando resulta que gusta. Hay una sola función que las papas no cumplen bien: como relleno de empanada. Quienes cometen esta aberración no saben que pueden hacer cosas mucho mejores con la papa y con las empanadas.

Fuera de eso, las papas benefician cualquier plato que uno quiera preparar (salvo, por supuesto, si se hace un milhojas, que es un plato del demonio). Están ahí, esperando el momento en el que uno desentierre su poder nutritivo y de sabor, sin una forma natural específica. No existe la “forma de papa”. Está en nosotros darles su forma final.

El último en dormirse

Fuimos de campamento con la escuela. Era una actividad fuera de lo común. Implicaba muchas horas de estar todos juntos, y sin tener que ir a clases. Era como una clase de gimnasia que duraba todo el fin de semana. Nos encantaba. Jugábamos a toda clase de deportes, y teníamos un tiempo casi ilimitado para hacerlo. Sólo había interrupciones para comer y dormir. Y después de jugar a la pelota todo el día, comer nos venía bien.

Lo que no queríamos era dormir, porque queríamos estirar la experiencia todo lo posible. Pero no podíamos quedarnos andando por ahí. Dormir era obligatorio, y las autoridades del campamento se ocupaban de que estuviéramos en nuestras respectivas cabañas (se trataba de un campamento sólo nominal).

Eso sí: una vez dentro de las cabañas, no nos molestaban. Controlaban, sí, si teníamos la luz apagada, de manera que no podíamos dejarla prendida. Pero eso no significaba que no pudiéramos estar despiertos. Aprovechábamos para hablar, hacernos chistes, comentar lo sucedido durante el día, pensar qué podíamos hacer al siguiente.

Nuestra conversación fue lo suficientemente fuerte como para que el profesor de gimnasia de la escuela, que era el coordinador del campamento, se diera cuenta de que no dormíamos. Entonces irrumpió en nuestra cabaña y nos habló un rato. Nos comentó la importancia de reponer energías después de un día tan agitado como el que acabábamos de tener. Nos dijo que a él también le encantaba pasar un día entero de deportes, y que siempre tenía ganas de jugar a algo. Y nos propuso un juego: ver quién era el último en dormirse.

De esta manera, supongo ahora, intentó canalizar nuestros instintos competitivos hacia algo más o menos sano. Lo que no se imaginó es qué tan en serio nos lo íbamos a tomar. Como estábamos entusiasmados con la competencia, decidimos hacer exactamente eso. Nos dedicamos muy metódicamente a demorar lo más posible en dormir.

Para lograrlo, era necesario conservar energía. Usarla sólo lo necesario para mantenernos despiertos. Si usábamos de menos, nos dormiríamos, y si usábamos de más, más temprano que tarde también nos dormiríamos. Entonces, gradualmente, fuimos haciendo el ejercicio de dejar de hablar y sólo mantener nuestra vigilia. Como estaba oscuro, lo único que podíamos hacer era pensar. Observábamos de refilón si los demás compañeros estaban dormidos. Los fui observando hasta que supe que todos dormían. El ganador era yo.

Fue una gran alegría, el broche de oro de un día inolvidable. Sin embargo, mi entusiasmo por el triunfo fue tan grande que me entusiasmé muchísimo. Pasé toda la noche intentando dormir, pero no hubo manera. La adrenalina de la competencia me mantuvo alerta.

A la mañana siguiente me proclamé ganador durante el desayuno. Sin embargo, el profesor de gimnasia me aclaró que el ganador iba a ser el último en dormirse, y como no había dormido, no había cumplido el requisito final. Por lo tanto, uno de mis compañeros fue declarado ganador.

La decisión me molestó tanto que me volví a la cabaña y me encerré. No quise ver a nadie. Me sentía traicionado, aunque no sabía bien por qué. Y mientras los demás se dedicaron otra vez a un día de deportes, permanecí solo, protestando la injusticia. Todos pensaron que me quedé durmiendo.

Tiempos de crisis

“Tiempos de crisis” arranca como cualquier drama político. Desarrolla los personajes a medida que se configuran intrincadas intrigas palaciegas. Elige claramente un lado donde espera que el público también se sitúe. Y lo hace en forma muy efectiva. A través de sutiles caracterizaciones da vida a la administración del presidente Colin Porter, con su jefe de gabinete y sus asesores muy bien logrados. Las magníficas actuaciones de un elenco no muy experimentado es mérito del director Stanley Schall.

Además de la administración, los congresistas opositores también tienen, además de calidad actoral, un realismo que permite apreciar incluso algunos elementos satíricos en la película. A través de ellos Schall propone una crítica al sistema todo. Los “enemigos” explotan las debilidades institucionales y también las de los personajes de la administración, que son los que sostienen al gobierno ficticio que el film construye.

Durante toda la primera mitad, con sutileza la película muestra las grietas institucionales, y cómo el sistema requiere de esas grietas para funcionar. Las fortalezas y debilidades de distintas personas son las que construyen una administración más grande que todos ellos. Ésa es la fortaleza del sistema, y paradójicamente también la debilidad.

Una vez que la película mostró lo bueno y lo malo del sistema, se ocupa de lo que quiere ocuparse. Ni los personajes ni el público están preparados para el ataque de Godzilla que ocurre en la segunda mitad. Toma de sorpresa a todos por igual, y esto tiene el efecto de unir a todos. Los que antes eran oficialismo y oposición ahora tienen algo mayor por lo que trabajar juntos. Los que antes eran personajes y público también.

La ruptura del precario equilibrio del film genera la necesidad de una pronta resolución. Sin embargo, las dificultades para lograr esa resolución han sido hábilmente armadas durante la primera mitad pacífica, en la que se establecían conflictos mundanos no para ser resueltos narrativamente, sino para mostrar el ambiente en el que se iba a producir el ataque devastador.

Sin arruinar el final, cabe decir que el desafío de la película es lograr reducir a Godzilla sin romper el equilibrio institucional. Los distintos actores deben aprender a trabajar juntos, sin tiempo para mezquindades ni negociaciones políticas, que es lo que saben hacer. Deben aprender a hacer un Estado cuando están acostumbrados a hacer política. Y ésa es la lección más grande del film.

La unión hace la fuerrza

La R no es una letra más. Es la única letra que necesita potenciarse a sí misma. Algunas letras requieren de otra para poder usarse, como la Q necesita a la U. La H adquiere sonido al combinarse con la C. La R no necesita otra letra. Pero se necesita a sí misma para poder llegar a su máximo esplendor.

Una R sola no tiene un gran impacto. Ni siquiera es digna de su nombre. Es una “ere”. Hasta la pronunciación de “ere” muestra timidez. La “ere” es algo pusilánime. Sólo cuando comienza una palabra cobra vida por sí misma. En todos los otros casos queda débil, sin mayor influencia sobre el ritmo de una oración. Queda cerca de ser prescindible.

Pero cuando una R es acompañada por otra R, es otra cosa. Ambas se potencian. Se dan fuerza una a otra, y el conjunto resuena, repiquetea como el corte de un serrucho. R con R forman “erre”. Las palabras con erre tienen otro sabor. Adquieren un trémolo que las hace vibrar de otra manera. La R rompe la monotonía del habla, pero sólo cuando está junto a otra R.

Dos R juntas hacen que la R llegue a su máxima expresión.

El diario del martes

Todos dicen que con el diario del lunes cualquiera opina. Y es verdad, porque el diario del lunes tiene toda la información de la que carecen los del domingo. Opinar con esa información es muy fácil. Es por eso que muchos opinan con el diario del lunes. Yo nunca quise ser como esa gente, por eso me conseguí el diario del martes.

El razonamiento fue que el martes, al estar después del lunes, me daba una ventaja en cuanto al acceso a la información. Así que me puse en campaña para conseguir el diario del martes. En todos los kioscos me ofrecían el del lunes, y mientras más me lo ofrecían más me convencía de su popularidad, que era exactamente su contra. Yo quería adelantarme, y por eso necesitaba el diario correspondiente.

Caminé mucho, y salí recompensado. En un kiosco que recién abría tenían el diario del martes. Lo abrí exultante, esperando tener la información que no tenían todos los que se contentaban con el del lunes. Con eso iba a poder mostrar que lo que yo opinaba era mucho más certero que lo que opinaban los demás. Me iban a tratar como a un sabio.

Sin embargo, el diario del martes fue muy difícil de leer. La información que daba asumía que yo conocía lo que había salido el lunes. Me daba sólo la información extra, pero sin la básica no podía hacer nada. Lo único que podía intentar era deducir lo que había pasado antes, de forma tal que lo publicado en el diario del martes tuviera sentido. Sin embargo, en casi todos los casos había distintas posibilidades igual de probables, de modo que no podía enterarme de cuál era la verdadera.

Es decir que el diario del martes no me sirvió para nada. Entonces se me ocurrió que sabía exactamente dónde estaba la información necesaria para hacerlo funcionar: todo lo que tenía que hacer era conseguir el diario del lunes. Pero lo descarté. Es demasiado fácil entender el diario del martes cuando uno tiene el diario del lunes.

Un cambio distinto

No sabíamos qué hacía falta, pero sabíamos que hacía falta un cambio. Por eso elegimos el cambio. Percibimos el cambio muy rápido, y eso nos gustó. Nos gusta que el cambio sea, además, rápido. Porque mientras más esperamos, más se demora el cambio. Empezamos a ponernos nerviosos y algunos de nosotros demandan un cambio distinto.

El cambio vino con muchos cambios, y las cosas cambiaron. Estábamos conformes, porque precisamente un cambio era lo que veníamos necesitando. Durante algunos años estuvimos contentos, observando el sorprendente desarrollo del cambio. Había cosas que no cambiaban, y ésas eran las que permitían ver que otras sí.

Luego de algunos años, fue tiempo una vez más de elegir. Nosotros estábamos contentos con el cambio, pero había algunas voces que pregonaban cautela. Nos decían que si nos quedábamos con el cambio podíamos lamentarlo en el futuro, cuando las cosas cambiaran y el cambio ya no fuera lo más conveniente. Para evitarlo proponían un cambio. Pero nosotros pensamos que no era el momento de cambiar, así que elegimos nuevamente el cambio.

Sin embargo, las cosas no salieron como esperábamos. El cambio cambió. Y no nos gustó el cambio del cambio, porque algunas de las cosas que cambiaron eran las que ya habían cambiado, y no queríamos que cambiaran porque el cambio nos gustaba. También resultó que había algunas cosas que no habían cambiado, sino que los que habíamos cambiado éramos nosotros, y nos habían empezado a gustar tal como estaban. Con los nuevos cambios, dejamos de tener ganas de verlo así, y nos dimos cuenta del cambio que hacía falta.

Por eso esperamos con paciencia hasta que fuera nuevamente el momento de elegir. Estaba claro que necesitábamos un cambio. Pero no sabíamos cuál era el cambio que necesitábamos. Había quienes nos recomendaban no cambiar para fortalecer el cambio, y otros que nos recomendaban cambiar.

Entonces, divididos entre los que querían un cambio y los que querían el cambio, elegimos entre uno de ellos. Y estamos contentos con nuestra decisión. Ahora queremos cambio para siempre.

La historia de la cucaracha

A la cucaracha y a mí nos separan cientos de millones de años de evolución. Es medio increíble, pero tenemos antepasados comunes. Durante la mayor parte de la historia de la vida en la Tierra, los antepasados míos y de esta cucaracha eran los mismos. Después, hacia el final del Precámbrico, nuestros linajes divergieron. Por un lado siguieron los que iban a llevar (entre muchísimas otras especies) a las cucarachas, y por otro los que iban a llevar (entre otros) a las personas.

Siempre compartimos el mismo mundo. Respiramos el mismo aire. Nos componemos de los mismos elementos. Tenemos en común el código genético, que nosotros llamamos ADN y las cucarachas ni saben que existe. Incluso ahora, después de tantos milenios de divergencia, es mucho más lo que nos une que lo que nos divide.

Las cucarachas, igual que el ser humano, han ocupado el mundo. A nuestro modo, lo hemos modificado para estar más cómodos en él. Hemos viajado juntos, sin saberlo. Y las cucarachas viven en las mismas casas que nosotros. Cuando decimos “nuestras casas”, ese plural es mucho más amplio que lo que nos imaginamos.

A nosotros no nos gusta saber que tenemos cucarachas cerca. Y a las cucarachas no les gusta toparse con nosotros. Coexistimos en una negación mutua, que se hace difícil en los momentos en los que nos encontramos.

Y eso es lo que nos ha pasado en este momento, en este baño que sin saberlo compartíamos. Pensé todo esto cuando vi a la cucaracha, mientras mi impulso era matarla. Lo sigue siendo, y lamentablemente el asco que me da el encuentro es más poderoso que todo lo que pueda pensar que tenemos en común. Sin embargo, la cucaracha aprovechó mi ponderación para salir corriendo y escapar de mi vista.

Ahora sé que está. Me queda la opción de envenenarla, a ella y a sus presumibles compañeras, provocándoles una muerte lenta y sufrida. O puedo elegir la ignorancia. Dejar que el asco pase a la satisfacción de haberlas dejado vivir, en honor a nuestra historia común.