Nadie más

No sé si la gente sigue existiendo cuando no está en contacto conmigo. Tampoco sé si existe realmente cuando estoy interactuando con ella, pero vamos a suponer que sí. Que la gente sólo existe cuando está teniendo algún tipo de intervención en mi vida. El resto del tiempo desaparece, para luego volver a aparecer cuando vuelvo a verlos o a hablar con ellos.

No debería necesariamente ser así, pero no se puede descartar que ocurra. La única persona de cuya existencia constante puedo estar razonablemente seguro soy yo. No sé si ocurre lo mismo con los demás.

Por ejemplo, al momento de escribir esto, estoy solo. Es posible que esté solo no sólo en este lugar, sino en el Universo. Es decir, estoy escribiendo para gente que no existe. Usted, señor lector, no existe.

Sin embargo, es evidente que usted está leyendo el texto. Y en ese caso hay dos posibilidades. La primera es que esté leyéndolo en mi presencia, entonces nada cambia. Pero la otra es que este texto haya llegado a usted de alguna forma, sin mi intervención directa. Si es así, se puede afirmar que usted existe, aunque usted sigue sin tener ninguna razón para pensar que yo existo.

Lo que hay que hacer, entonces, es contactarnos. Si usted lee este texto sin estar conmigo, llámeme por teléfono y coméntemelo. Posiblemente cada uno empezará a existir para el otro en el momento en el que se establezca la llamada. Pero si me comenta del texto yo sabré que, a menos que haya una conspiración demasiado grande, usted existe, y entonces no estoy solo.

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25 Jan 2012

Hay una sopa en mi mosca

En un laboratorio genético, los científicos trabajaban con varios ejemplares de Drosophila melanogaster. Era más fácil estudiar los genes de una mosca que los de una persona, y por una feliz circunstancia muchos de esos genes resultaron ser los mismos. Entonces los científicos podían experimentar alterando el ADN de las moscas para ver qué efectos causaban los cambios, y deducir a través de esos efectos el fin de cada gen.

El proceso era largo y tedioso. Manipular los embriones dentro de los huevos de las moscas no era fácil. Requería la colaboración de muchas personas manipulando herramientas muy precisas. Pero más allá de la tecnología, siempre se dependía de los tiempos biológicos de cada mosca. Para usar huevos, era necesario que una mosca los pusiera, que estuvieran fertilizados y que fueran del linaje que se quería investigar. De otro modo, el esfuerzo era inútil.

Por eso había una guardia de 24 horas en el laboratorio, durante la que se vigilaba los movimientos de las moscas. Siempre tenía que estar alguien presente por si se producía alguna novedad, como la deposición de huevos o el nacimiento de una mosca mutante.

Ese día, la novedad se produjo a la hora de almorzar. Sólo había un científico en el laboratorio, todos los demás estaban comiendo. Miró la jaula de las moscas y vio movimientos en los huevos. Los reconoció de inmediato: las larvas estaban por ver la luz. Esos embriones habían sido modificados para que su forma adulta tuviera piernas en lugar de alas, alas en lugar de ojos y ojos en lugar de piernas. Se buscaba averiguar si la combinación podía dar resultado, y si el animal podía ver, caminar y volar con los miembros mal puestos.

El científico se acercó, algo nervioso, a la jaula. Quiso ver con más detalle lo que ocurría. Necesitaba un microscopio. Y ése fue el problema. En el apuro por agarrar uno, no se dio cuenta de que había dejado el vaso de sopa que estaba tomando sobre la jaula. Y al querer ubicar el microscopio lo volteó, y la sopa se derramó contra los huevos, las larvas y las moscas adultas que andaban por ahí.

El accidente arruinó el experimento. Fue necesario volver a empezar, esta vez con medidas de seguridad más estrictas para que el incidente no se volviera a dar. Desde entonces, la popularidad de ese científico en particular dentro del grupo se redujo, al haberse prohibido toda bebida caliente dentro del laboratorio.

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22 Jan 2012
Caídas Del año:

Mayordomos asesinos

“¡Otra vez!” exclamó el detective Parsons, de Scotland Yard. “¡Otra vez fue el mayordomo!” Parsons exhaló su frustración. Su ayudante, Otto, tomó la libreta en la que registraban el resultado de todas sus investigaciones y anotó que, nuevamente, las pistas habían llevado al mayordomo.

Parsons estaba cansado. En treinta años de detective no había tenido más de dos o tres casos en los que el asesino no fuera el mayordomo. Desde hacía mucho tiempo era parte del procedimiento normal detener al mayordomo de la víctima y declararlo principal sospechoso. Y casi siempre se lo encontraba culpable. Parsons no entendía cómo los asesinos no elegían otro tipo de relación con sus víctimas para evitar que las sospechas recayeran automáticamente sobre ellos.

La carrera de detective le había traído una profunda desconfianza para con los mayordomos. Ya hacía muchos años que había despedido al suyo, por miedo a que lo asesinara. También su trabajo le había traído problemas con el gremio de los mayordomos, que lo acusaba de difamación. Pero como se podía demostrar que en prácticamente todos los casos lo que condenaba a los mayordomos era la evidencia, el gremio no tenía recursos legales contra Parsons y se limitaba a expresar su antipatía.

Las investigaciones de Parsons, y de otros, provocaron un cambio profundo en la población carcelaria. Como la enorme cantidad de los presos eran mayordomos, los presos londinenses eran los de mejor conducta. Ocasionalmente, de todos modos, había reyertas en la que resultaban muertos algunos convictos. En esos casos también los asesinos resultaban ser mayordomos.

Parsons y Otto llevaban estadísticas categóricas. Para ellos estaba claro que los mayordomos constituían la base del delito de la zona metropolitana de Londres. Por eso elevaron al Parlamento un proyecto para prohibir la actividad.

Cuando el proyecto tomó estado público, la sociedad se dividió. El gremio de los mayordomos expresó ofensa por lo que consideraban un estereotipo discriminatorio. Algunas personas que contaban con los servicios de un mayordomo estaban de acuerdo con la medida, pero no querían desprenderse de sus servicios. Mucha gente que no tenía mayordomos estaba a favor de lo propuesto.

Algunos intelectuales consideraban que la tendencia de los mayordomos a convertirse en asesinos era una forma de rebelión de clases que era consecuencia directa de la servidumbre a la que eran sometidos por el resto de la sociedad. Por eso, estaban a favor.

En el gremio de los mayordomos apareció gente que tenía ganas de eliminar a Parsons y a Otto, pero supieron entender que concretar esas intenciones iba a probar, para la opinión pública, el carácter asesino de su profesión.

Los miembros del Parlamento veían con buenos ojos la iniciativa, a pesar de que implicaba que todos ellos tuvieran que deshacerse de sus mayordomos. Luego de algunas semanas de estudio, no había acuerdo. El prestigio del detective Parsons hacía que se tomara seriamente el proyecto, pero no existía seguridad de que abolir a los mayordomos fuera a dar resultado.

Entre los que no estaban seguros había quienes decían que los asesinos iban a adoptar otras profesiones si no podían ser mayordomos, y de ese modo iba a ser más difícil atraparlos. Otros postulaban que era preferible dejar a cada individuo la decisión de mantener o no su mayordomo. Una tercera postura sostenía que, al prohibir la profesión, se iba a crear un mercado negro de mayordomos que sería difícil de controlar.

Mientras tanto, en los periódicos se sucedían las solicitadas. Algunas clamaban por la erradicación del flagelo de los mayordomos como medio para terminar con la inseguridad. Otras apelaban a la solidaridad del pueblo inglés en nombre de la enorme mayoría de mayordomos honestos. Había también solicitadas que afirmaban que la clave del problema no estaba en mantener o no a los mayordomos, sino en analizar por qué algunos se tornaban en asesinos.

Finalmente, en el Parlamento se llegó a un compromiso. No se prohibió el ejercicio de la profesión de mayordomo, pero se decidió establecer un marco regulatorio adecuado para mantener no sólo la profesión, sino las fuentes de trabajo.

A partir de ese momento, los mayordomos dejaron de tener acceso a elementos de cocina, armas de fuego y toda clase de objetos que pudieran causar daño a sus amos. También se estableció un régimen de descanso, que incluía fines de semana no laborables, aguinaldos y vacaciones pagas. El objetivo era reducir el estrés de los mayordomos para que se vieran menos tentados de asesinar.

Las medidas tenían un costo importante para las personas que tenían mayordomos, las cuales inmediatamente protestaron y pidieron subsidios. El Parlamento no hizo lugar a esas solicitudes.
Muchas personas de la alta sociedad londinense no pudieron seguir costeando a los mayordomos que tenían, y tuvieron que despedirlos para poder mantener su nivel de vida. Algunos despidieron a todos sus mayordomos, otros sólo a una fracción de ellos.

El episodio derivó en un enorme perjuicio para el gremio de los mayordomos, que perdió una cantidad importante de miembros, cuando los que fueron despedidos cambiaron de profesión. La población de mayordomos de la ciudad de Londres se redujo considerablemente.

Pero lo más importante fue que, a partir de la ley reguladora de la actividad de los mayordomos, la reducción del número de ellos hizo que disminuyeran los asesinatos que protagonizaban. La cifra de muertes se mantuvo en general constante, pero la culpabilidad empezó a ser repartida entre distintas profesiones. La iniciativa del detective Parsons, finalmente, logró generar más equidad.

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19 Jan 2012

Cinta transportadora

Estaba subiendo la escalera mecánica del shopping del Abasto hacia el segundo piso, donde está el patio de comidas. A la derecha no hay nada, sólo un gran espacio vacío que termina en el subsuelo. Esa escalera da a un abismo.

Mientras subía miré hacia abajo, y me pareció ver a lo lejos a alguien que conocía. Me asomé sobre la cinta que hace de apoyamanos, pero mi entusiasmo fue tanto que perdí el equilibrio y me pasé para el otro lado.

Pero no caí, porque en un movimiento rápido logré sujetarme de la misma cinta. Me agarré con la mano derecha. Al estar funcionando la escalera, seguí subiendo mientras colgaba.

El problema apareció cuando llegué al final. No podía volver al otro lado, porque tenía que concentrar mi atención en apoyar alternadamente cada mano sobre la cinta para no caerme.

Mantuve ese movimiento durante unos minutos. Apenas se dio el principio de caída, la gente que estaba en el bar del subsuelo salió corriendo, como para que no la impactara. Si se iba a morir alguien, que fuera yo solo, razonaron. Y razonaron bastante bien.

Los guardias del shopping me gritaron que aguantara, porque estaban llamando a los bomberos. Yo más o menos podía sostenerme. Me ayudaba el hecho de que, al cambiar de manos, ambas lograban descansar a su tiempo.

En un momento llegaron los bomberos, y colocaron una cama elástica en el subsuelo, justo bajo el lugar donde me encontraba. La idea era que me dejara caer. Todos mis instintos me llevaban a no tirarme, debía juntar coraje para hacerlo, porque estaba muy claro que era lo mejor que podía pasar. Por suerte, no había una urgencia tan grande, no estaba en el medio de un incendio.

Cuando me concentraba para tirarme, llegó el personal de seguridad, que ignoraba el arribo de los bomberos. Estaban dispuestos a rescatarme. Para eso activaron la parada de emergencia de la escalera.

La cinta se detuvo. Mi mano izquierda, que era la que estaba apoyada en ese momento, se vio sorprendida. Entonces me deslicé a toda velocidad por la cinta, generando tanto calor que me quemé la mano. La levanté y pegué un grito. Error: caí al vacío. Y como me había deslizado, fue justo al lado de la cama elástica.

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16 Jan 2012
Caídas Del año:

El salmón rebelde

El cardumen de salmones se alejaba del mar a través de un río. Todos nadaban contra la corriente, haciendo un esfuerzo extraordinario para resistir el empuje del agua que los quería devolver al mar. Existían poderosas razones para esa conducta, aunque ningún salmón estaba enterado de ellas. Sólo seguían la costumbre heredada de sus antepasados.

Pero uno era diferente. No quería hacer las cosas sólo porque todos las hacían, sino que tenía ganas de valerse por sí mismo. Para él era importante reafirmar su identidad y mostrar que no se dejaba manejar por las convenciones sociales injustificadas.

Quería diferenciarse de los demás salmones, a quienes veía como simples criaturas sin capacidad de análisis, con destinos tan mundanos como sus orígenes. La manera que encontró fue nadar para el otro lado. Se dio cuenta de que, a veces, para ir contra la corriente es necesario seguir la corriente.

Así, el salmón comenzó una ruta a contramano de los otros miembros de su especie, que lo trataban de empujar para que siguiera su misma dirección. Pero no lo lograban, porque él resistía los embates de los demás con la ayuda del agua. De esta manera, aquel salmón iba hacia el mar cuando los demás se alejaban, y se adentraba en los ríos cuando todos disfrutaban del agua salada.

Entre la comunidad se hizo conocido sin mucho esfuerzo, porque era el único salmón que no se apegaba a las reglas sociales. De esta manera lograba sentirse diferente. Sabía que muchos lo admiraban por su coraje, mientras otros lo criticaban por su desfachatez. Encontraba gran aceptación entre los salmones más jóvenes. Sin embargo, casi ninguno intentaba seguir su ejemplo. Los pocos que lo hacían, tarde o temprano terminaban arrepentidos y veían el valor de la costumbre general de nadar contra la corriente.

El salmón rebelde, entonces, era el único que iba en contra. Estaba conforme, no le interesaba tener seguidores, ni ser el líder de una nueva moda. Sólo quería ser él mismo. No quería ser un salmón más.

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13 Jan 2012

Me tragó la tarjeta

En general, en los supermercados, trato de evitar las cajas que son operadas por hombres. Por alguna razón, encuentro que las mujeres suelen hacer mejor ese trabajo. Le ponen más ganas, son más prolijas. No sé por qué, pero cuando voy al supermercado no es para conocer el origen de las costumbres. Mi prioridad es hacer rápido.

Ese día me atendió un cajero hombre. A veces no es posible encontrar una mujer. Ocurre seguido que las cajas atendidas por hombres tienen menos cola. Y a veces vale la pena ir a ésas, porque por más que atienda un hombre uno sale del supermercado antes.

Debo admitir que no era un supermercado de los que mejor se preocupan por atender al cliente. Pero era el más barato, entonces algunos de los problemas se le perdonan. De todos modos, es medio exasperante que haya muchas cajas cerradas, que no funcionen las cintas transportadoras, o que no tengan posnet en todas las cajas. Es cierto que hay gente que paga en efectivo, pero no creo que sean muchos los que hacen compras grandes y pagan con parva de billetes.

En este caso, el posnet del sector estaba en otra caja. Cuando le presenté la tarjeta para pagarle, el cajero pegó un grito para que se lo trajeran. Desde otra caja le gritaron que lo estaban usando, entonces me dijo que esperara un momento. Acepté, y me dediqué a guardar las cosas en las bolsas.

En un momento miré al cajero y me encontré con que, mientras esperaba, estaba chupando mi tarjeta. Se la pasaba por los labios y la lengua. No me gustó lo que hacía, pero no sabía cuál era la etiqueta en estos casos. No tenía ganas de ponerme a discutir con el tipo. Se me ocurrió decirle que no era muy sanitario lo que hacia, pero pensé que lo más probable era que lo supiera y no le importara.

Decidí, de todos modos, que era pertinente decirle que me estaba babeando toda la tarjeta. Pero ya era tarde. Cuando me quise acordar, se la había introducido en la boca y se la había tragado.

Esto causó varios inconvenientes. Llamé rápido al personal de control de cajas para decirles lo que había pasado. Tenía miedo de que se asfixiara. En seguida llamaron al departamento médico, pero no se la pudieron hacer escupir. Ya había hecho un trayecto demasiado largo en el aparato digestivo, estaba a merced de los jugos gástricos. Pero iba a sobrevivir. Eso era lo importante.

Pude pasar a lo menos importante, que era pagar la mercadería. El problema era que ya no tenía la tarjeta, por culpa de la acción del cajero. Tampoco tenía efectivo, ni otra tarjeta. Así que, en atención al inconveniente que me habían causado, me dieron un vale para pagar otro día, cuando pudiera. También me dijeron que me iban a devolver el importe de la reposición.

Me fui del supermercado y tuve que llamar al banco para que me la volvieran a emitir. Cuando me preguntaron qué había pasado, les dije “el cajero me tragó la tarjeta”. Pero me entendieron otra cosa, así que les tuve que explicar todo esto.

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10 Jan 2012
Cuerpo humano, Pop! Del año:

Domine el pánico

En caso de una emergencia, lo más importante es mantener la calma. Dejarse llevar por el primer impulso puede ser fatal. Cada decisión que usted tome puede significar una muerte horrible, por lo tanto es necesario tomar las decisiones correctas. Y para eso es necesario no entrar en pánico.

Es necesario tener la cabeza clara. Piense bien cada paso. No corra, pero salga rápido. Tenga en cuenta que cualquier movimiento en falso puede terminar, por ejemplo, en que usted sea quemado vivo. Entonces vaya con calma hacia la salida de emergencia. Pero no con demasiada calma. Esto también puede ser fatal. Necesitará la cantidad justa de calma y de miedo, sin convertirse en pánico.

Siga las instrucciones del personal especializado. Ellos saben cómo evacuar. En ese caso usted deberá no pensar y seguirlo ciegamente, a menos que encuentre que el personal está interesado en que usted fallezca. En ese caso escápese, pero antes esté seguro de lo que hace.

Olvídese de sus pertenencias. Ninguna es más valiosa que su vida. En todo caso regrese más tarde, cuando el siniestro haya terminado, para recuperar lo que queda, si es que algo queda. Pero mientras exista el peligro mantenga sus prioridades firmes: debe salir de donde está. Debe hacerlo lo más rápido posible, pero no demasiado rápido. Tenga cuidado, mire por donde camina, porque si se llega a caer todo puede empeorar rápidamente. Si se llega a fracturar en un momento de evacuación es posible que sea la diferencia entre vivir y morir, por lo tanto es mejor caminar con cuidado. Recuerde la importancia de la prevención, aun en caso de emergencia.

Para darse ánimo, piense en el exterior. Visualice lo que será su vida cuando salga de la situación en la que se encuentra. Piense en momentos felices del futuro, en el oxígeno que respirará, en el alivio de sus familiares. Pero no pierda el foco en la evacuación, porque si no ese futuro corre grave peligro de no concretarse nunca.

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7 Jan 2012

Dios en el Infierno

Dios está en todas partes, por lo tanto Dios habita el Infierno. A pesar de todos los esfuerzos que hace la gente que quiere ser buena para poder pasar la eternidad en presencia de Dios, no se dan cuenta de que no tienen manera de estar en su ausencia. Tal vez por eso haya tanta maldad en el mundo.

Dios habita cada rincón del Infierno. Es, por lo tanto, sometido a tormentos, aunque no necesariamente sufre porque tiene la capacidad de aguantar sin dolor. Para eso es Dios. A veces, de todos modos, se decide a sufrir un poco, para comprender mejor a las almas condenadas. Dios nunca dejará de amarlas, por más que estén en el Infierno. Y aunque Dios es omnisapiente, eso no significa que no pueda ejercitar su misericordia. Si no estuviera en el Infierno, tal vez no se le ocurriría pensar en los condenados, y aunque sabría todo acerca de ellos, podría no tenerlos presentes.

A veces decide ejercer la misericordia y liberar a alguna de las almas. En el Infierno hay gran expectativa en torno a estas decisiones, que no son frecuentes. Muchos tratan de influir a Dios para que los traslade, y esa clase de apelaciones suele ser parte de la razón por la que están ahí.

En general, Dios libera a almas de gran coraje en el sufrir, que se arrepienten de sus pecados aunque sea tarde pero aceptan el castigo con hidalguía. La administración del Infierno protesta en esas ocasiones, pero no pueden hacer nada ante una decisión del Todopoderoso.

Dios, habitualmente, trata de mantenerse de incógnito. No es bueno que se sepa que está en el Infierno. Su presencia muchas veces causa desórdenes varios. Por eso se mantiene invisible ante las almas, para que puedan sufrir tranquilas. Pero, a veces, cuando se siente especialmente generoso, Dios decide dejarse ver. Durante un rato, las almas condenadas del Infierno pueden acceder al mismo placer que sus pares del cielo: la contemplación de la Divinidad.

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4 Jan 2012

Salida Rápida

¿Cansado de los embotellamientos? Salida Rápida tiene la solución. Con sólo llamar a nuestra central e indicar su ubicación, nuestros helicópteros lo removerán del embotellamiento y lo llevarán volando a su casa.

Sí, olvídese de las esperas innecesarias. Salida Rápida funciona para cualquier vehículo. Nuestros helicópteros engancharán las cuatro ruedas, para asegurar un traslado seguro. Una vez fuera del área de tráfico pesado, lo depositaremos en su casa o en cualquier dirección que nos indique.

Salida Rápida funciona para cualquier tipo de camino: rutas, calles, autopistas1. La cuota mensual incluye cuatro traslados, que sirven también para casos de problemas mecánicos. ¿Se le quedó el auto? No hay problema, Salida Rápida es más práctico que esperar a la grúa.

Con Salida Rápida olvídese de las tediosas esperas para que se libere el tránsito. Hay lugares limitados por cada camino. Contrate Salida Rápida ahora y disfrute de su tiempo libre.

  1. No válido en túneles []
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1 Jan 2012
Juegos, Pop! Del año:

Contramano

El GPS me indicaba que doblara a la derecha. Pero la información estaba equivocada, la calle que me decía era contramano. Seguí derecho, dispuesto a doblar en la siguiente. Al GPS no le gustó, y exclamó “recalculando” con un tono de desaprobación.

La siguiente calle era también contramano. Resolví esperar a la otra, que seguramente era mano para la derecha. Pero no, era igual que las otras dos. Luego de maldecir mi suerte, tuve la tentación de meterme en contramano, justificando esa postura en que no podía ser que tres calles seguidas tuvieran el mismo sentido. Pero resistí, porque sabía que en esa zona hacían muchas multas.

Continué por la calle donde iba. Tuve que apagar el GPS, que seguía recalculando y había mostrado no ser confiable. La cuarta calle también tenía el sentido opuesto. Evidentemente, alguien estaba muy interesado en que doblara a la izquierda. Pero mi destino era a la derecha, no iba a ir a otro lado.

Seguí avanzando, y encontrando calles contramano en todos lados. Es cierto, teóricamente si iba para el lado opuesto igual podía llegar al destino debido a la redondez de la Tierra, pero era muy poco práctico, la presencia de grandes océanos era un obstáculo casi insalvable, para no hablar de la cantidad de nafta que hubiera gastado. No, lo que necesitaba era doblar a la derecha.

Cuando se empezó a hacer de noche, decidí que no iba a llegar. Luego de decepcionarme, me dispuse a volver. Para eso tenía que encontrar una calle de la mano opuesta a la que llevaba.

Decidí que, ya que estaba, podía doblar a la izquierda. Pero cuando quise hacerlo, me encontré que la calle era contramano. Pensé entonces que era mi oportunidad para doblar a la derecha, pero estaba equivocado. La calle cambiaba de mano en la que transitaba yo, y probablemente pasara lo mismo con todas las demás. No tenía más remedio que seguir derecho.

Avancé y avancé, buscando una calle donde pudiera doblar. Lo único que encontré, después de varias horas, fue un cartel que anunciaba que a partir de determinada esquina la calle por la que iba yo se hacía contramano. Pero esa esquina era igual a las otras. Se trataba de una esquina a la que todos llegaban, pero era imposible alejarse.

Entonces me detuve para pensar un rato cuál era el mejor camino a seguir. A los pocos segundos vi que se acercó un patrullero. Decidí preguntarles cómo podía hacer. Pero los policías no venían con ganas de ayudarme, sino que me hicieron una multa por estar parado, entorpeciendo la vía pública. Cuando protesté que era injusto, que se trataba de una trampa, los policías interpretaron mi acción como resistencia a la autoridad, y me llevaron detenido. Me subieron al patrullero y se fueron contramano, aprovechando que los patrulleros tienen potestad para hacerlo.

Cuando llegamos a la comisaría, me di cuenta de que me habían liberado de una situación imposible. Así que para que me dejaran salir pagué la multa. Y decidí no volver a buscar el auto. Preferí abandonarlo y volver caminando antes que experimentar de nuevo aquella calle.

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29 Dec 2011

Títulos de mi colección

Mi primer libro se va a titular “Libro”. Está bueno, porque nadie va a poder decir que el título no es representativo de lo que es. Aparte, en las librerías va a llamar la atención. La gente va a preguntar “¿cómo se llama ese libro?” y los vendedores van a contestar “Libro”, y la gente se va a enojar, pero después les va a dar curiosidad, lo van a comprar, me voy a llenar de plata y voy a ser un autor reconocido.

El segundo libro se va a llamar “Obras completas”, así doy trabajo a quienes tienen que diferenciar entre la colección póstuma de obras completas y el segundo trabajo. Porque, aparte, las colecciones de obras completas muchas veces no tienen todas las obras del autor. Y este libro tampoco va a tener todas. Así que para evitar confusiones van a tener que ponerle otro título a las obras completas, que van a incluir a “Obras completas”. Eso sí, las obras de “Obras completas” van a estar completas.

Después estaría bueno llevar mis libros a otros géneros. Cuando se adapte “Libro” al cine se tiene que llamar “Película”. Y si alguien lo lleva al teatro, se va a llamar “Obra de teatro”. Ya me imagino lo que sigue. “Esta noche, Obra de Teatro”. “El premio a Mejor Película es para Película”. “¿Me da dos entradas para Película?” Mucho antes se va a hacer la presentación de “Libro”.

Otra opción para el segundo título que se me había ocurrido era “Obras Completas y otros cuentos”. El libro tenía que incluir un cuento titulado “Obras completas”, porque si no sería mentira y no quiero hacer publicidad falsa. Pero cuando escribí ese cuento salió algo que no me gusta, así que no lo voy a incluir. Entonces el libro se va a llamar sólo “Obras completas”, y lo bueno es que si alguna vez lo mejoro o escribo otro con el mismo título, lo puedo poner en otro libro. Entonces “Obras completas” no va a estar en “Obras completas”, y si uno quiere leer “Obras completas” va a tener que buscarlo en otro libro.

Pero la verdad es que poner “y otros cuentos” como parte del título me gusta. Es como que todos los libros de cuentos serios incluyen esa leyenda. Me hace sentir Fontanarrosa o alguien. Pero pensé que le puedo poner así a mi tercer libro, que se llamaría “Otros cuentos”. Sin la Y, porque no da. El libro tendrá exactamente eso, otros cuentos, no los mismos que los libros anteriores. Y si alguna vez vale la pena, se puede hacer una edición especial de dos libros en uno, que se llame “’Obras completas’ y ‘otros cuentos’”.

Para el cuarto libro no estoy muy seguro, pero ando con ganas de ponerle “Se terminó de imprimir”.

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26 Dec 2011

Antes del show

El recital generaba tanta expectativa que el público hizo cola desde varios días antes en la puerta del estadio para poder conseguir un buen lugar. Había mucho entusiasmo en la multitud. Muchos llevaban banderas o remeras alusivas al cantante que se presentaba. Para pasar el tiempo, se armaban coros que cantaban las canciones que todos esperaban que el artista cantara. Todos las sabían, y todos tenían la intención de cantarlas junto al intérprete de su predilección. No era la idea escucharlo, sino tener la experiencia del recital, participar, conectarse, pasarla bien. Para escucharlo cantar ya tenían los discos.

Como se difundió la noticia de que ya había una multitud, otra gente que también tenía entrada comprendió que era necesario ir temprano para obtener una buena ubicación. Así que una semana antes del recital ya había decenas de miles de personas en fila en las calles aledañas al estadio.

El recital era un miércoles. El domingo anterior, se abrieron las puertas. Los que estaban más adelante no sabían si era atinado pasar, porque faltaba bastante tiempo. Pero razonaron que probablemente la organización les estaba haciendo el favor de hacerlos esperar adentro. Y, además, la presión de los de atrás estaba por hacer que fueran aplastados, así que los de adelante pasaron y se ubicaron en los mejores lugares de la platea. Hubieran querido ir a campo, pero el acceso estaba cerrado, lo que provocó protestas airadas de los que ya a esa altura llevaban varios días con el objetivo de estar cerca del escenario.

Pero fueron desoídos. Cuando las tribunas del estadio se llenaron, y mientras el público cantaba canciones del artista que estaban esperando, salieron al campo veintidós jugadores de fútbol y tres árbitros. Estaban dispuestos a jugar un partido correspondiente al campeonato local.

El público no entendía mucho de qué se trataba el espectáculo que estaba presenciando. No habían ido a ver eso, un partido de fútbol como telonero de un recital era algo atípico. Pero después de un rato la multitud se fue entusiasmando con el show.

Empezaron a seguir el partido con interés. Pronto, todo el público estaba haciendo lo que había ido a hacer: imitar a los protagonistas, desempeñarse al mismo tiempo que ellos. Y así como en el recital no iban a tener micrófono, durante el partido no tenían pelota. Pero eso no les impidió hacer como los jugadores y patear o cabecear todo lo que tuvieran cerca.

Todos disfrutaban muchísimo menos la policía, que confundió el episodio con una gresca monumental y procedió a desalojar el estadio, dejando fuera a todos los que habían esperado tanto tiempo para entrar.

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23 Dec 2011

Siempre la misma lluvia

No llovían recuerdos. No llovían signos de admiración, ni papelitos, ni partículas de polen. No llovían ideas, no llovían cuchillos, no llovían dólares. No llovían números, ni tarjetas, ni solicitudes, ni rayos de luz. No llovían destornilladores, no llovían tornillos. No llovían mundos. No llovían segmentos de recta. No llovían patos, ni lápices, ni teléfonos. No llovían vidrios rotos, ni chipás, ni patas de pollo, ni objeciones, ni flechas, ni neumáticos, ni personas, ni discos de oro, ni elogios, ni títulos honoríficos, ni fósforos, ni macetas, ni sinécdoques, ni diéresis, ni crema. No llovían plurales, ni llovían pomelos. No llovían lupas, no llovían miguelitos, no llovían pañuelos. No llovían electrodomésticos. No llovían narices de payaso, ni números digitales, ni reglas de tres, ni paños menores. No llovían menores. No llovían gases, ni películas, ni dientes, ni obstetras. No llovían notas musicales, ni sal, ni sodio. No llovían pterodáctilos. No llovían leños, no llovían biromes. No llovían sordos, ni maquillaje, ni tréboles, ni avestruces, ni locomotoras. No llovían visiones, no llovían sonidos, no llovían sentimientos, no llovían megáfonos. No llovían pechugas de pollo. No llovían bolos alimenticios, no llovían valijas, no llovían zapatos, no llovían botas, no llovían cocodrilos. No llovían legumbres, ni esponsales, ni resortes. No llovían enigmas, ni colores, ni estofado. No llovían brillantes genios dispuestos a dar la vida por el concepto de estar dispuestos a dar la vida por un concepto. No llovían peras. No llovían tijeras. No llovían carteras. No llovían pizzas. No llovían títeres, no llovían titiriteros. No llovían actores, ni guionistas, ni bolos, ni sustratos, ni goles. No llovían meteoritos, ni ósculos, ni trenzas. No llovían bigotes. No llovían quijotes. No llovían lingotes. No llovían orejas, ni bits, ni postales, ni cielos, ni manuales de instrucciones. No llovían tóxicos. No llovían perros. No llovían guillotinas. No llovían simposios. No llovían leguleyos. No llovían caramelos. No llovían calamares. No llovían amigos. No llovían pirañas. No llovían explosivos. No llovían zapatos. No llovían relojes. No llovían amarguras. No llovían maldades. No llovía bondad.

Sólo llovían gotas de agua. No hay caso, siempre que llueve pasa lo mismo. Uno se mata esperando poesía, o al menos un gesto para convencerse de que el mundo puede cambiar, pero nada, siempre la lluvia es igual.

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20 Dec 2011

Contener la risa

“¿Cómo puede Batman, que es un ratón, ser un héroe?” dijo el entrevistador, aparentemente sin darse cuenta del tamaño de la estupidez que había dicho. La cantidad de errores lógicos y fácticos contenidos en tan pocas palabras hizo que reaccionara con una risa que brotó de los más profundos confines de mi cuerpo. Pero no podía exteriorizarla, porque el marco de la entrevista no lo hubiera permitido. Entonces me inquieté, buscando una manera de sacar el impulso de reírme.

Moví la cabeza para todos lados, como para distraerme, pero también con otro objetivo. Quería expresar la risa a través de los ojos. Para eso debía encontrar a alguien que estuviera pensando más o menos lo mismo que yo, y conseguir que nos miráramos durante un instante. Así, la carcajada la exclamaría esa otra persona. Los ojos son la ventana al alma, y la risa es el lenguaje del alma, entonces la única manera de sacarla sin emitir sonidos era a través de ellos.

Pero no había nadie en las cercanías que me mirara. Entonces la risa continuó haciendo presión sobre mi cráneo, concentrándose en los ojos. Mis globos oculares se hincharon. La cara se puso roja. Algunas lágrimas atravesaron las mejillas.

La maquilladora me hizo señas de que en la pausa me iba a arreglar. Intenté mirarla a los ojos, pero no se estaba riendo por dentro. Miré a los otros invitados del programa, que habían escuchado la misma pregunta. Los miré con complicidad, pero también con un implícito pedido de ayuda. Sin embargo, continuaron hablando como antes, sin hacerme caso. Supongo que, como tenían más experiencia que yo, habían podido digerir mejor la frase del conductor sin llenarse de carcajadas internas.

Pero yo no sabía manejarlas. Mi cara estaba cada vez más hinchada, y mis ojos estaban por salirse de sus órbitas. Poco después, llegó el momento de la incontinencia. Mis ojos explotaron y, además de los pedazos de retina, el estudio se vio invadido por una estrepitosa carcajada, que retumbó durante varios minutos.

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17 Dec 2011
Cuerpo humano Del año:

El estuche descripto

Dos mitades conforman el estuche. Son muy similares, sólo que una (que designaremos inferior) tiene una pequeña traba, que permite que la otra se quede unida a ella a menos que sea activada.

Ambas mitades son duras, como caparazones. Los bordes curvos evitan contactos innecesarios con objetos que les pueden causar algún peligro. La mitad superior alguna vez tuvo una inscripción que indicaba la manera de contactarse con la óptica de origen. Aquellas letras y números ya no están, ni siquiera en vestigio, y sólo permanecen en la memoria del portador.

En la parte posterior, dos bisagras proveen movilidad. Una está más expuesta que la otra, a causa de los repetidos golpes a los que se vio sometida. Se trata de la más cercana al suelo en caso de caerse. Cerca de ella se puede apreciar la ausencia de varios fragmentos de plástico, que han dejado de pertenecer al estuche. También hay rajaduras, que conforman un indicio del próximo fin.

Al abrir el estuche, el negro troca en marrón. Hay dos mitades interiores que se abren, como invitando a los anteojos a pasar. También se encuentra en el interior una felpa, que tiene el ostensible objetivo de limpiar los lentes, aunque la mugre acumulada durante los años hace que sea difícil conseguir grandes resultados.

Cuando se vuelve a cerrar el estuche, con o sin los anteojos, la traba que une las dos mitades hace un sonido que indica que la operación fue exitosa. Antes era un “clic”, hoy se ha visto debilitado a menos que el portador ponga especial esmero en el cierre. Pero, aunque el sonido no sea el mismo, la traba funciona igual que siempre, y mientras lo haga el estuche podrá cumplir con su cometido.

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14 Dec 2011
Ejercicios Del año:
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