Números nuevos

Cuando a los matemáticos antiguos se les ocurrió restar 2 a 1, se encontraron con un problema. No existía un número que sirviera para resolver esa operación. Pero no se hicieron drama. Decidieron inventar un número nuevo, llamarlo “-1” y definirlo como la respuesta a esa pregunta.

Más tarde se planteó otra pregunta nueva. ¿Qué se obtenía al restar 1 a 1? Habitualmente la respuesta era “nada”, y durante muchos siglos fue suficiente. Hasta que alguien se dio cuenta de que “nada” no era un número. Entonces se cortó por lo sano. Se estableció un número que se definía como “nada”, y para el símbolo usaron un círculo vacío. Nació así el 0.

Varios siglos después, todo estaba bien hasta que un matemático que estaba aburrido se puso a hacer operaciones extrañas. Quiso sacar la raíz cuadrada de -1, y descubrió un agujero en la teoría numérica. ¿Qué número multiplicado por sí mismo da -1? La respuesta era “ninguno”. Pero esa respuesta no es satisfactoria para la comunidad matemática, por lo que se optó por inventar un número, i, al que se definía como “la raíz cuadrada de -1”. Para representarlo, se agregó una dimensión a la recta numérica, una segunda recta vertical que se unía a la de siempre en el 0. Para llenar los espacios vacíos del plano que se abría, se inventaron los números complejos.

En ese momento, la matemática pareció completa. Desde entonces nadie se topó con un agujero en el plano numérico, ni con una operación que sólo pudiera ser resuelta inventando una clase nueva de números. Hasta ahora.

Lo que nadie pensó es que no tienen por qué no existir números que estén fuera de toda operación matemática. En este momento planteo la existencia de los números ficticios, y los defino de la siguiente manera: números que jamás pueden formar parte de ninguna operación matemática.

No tienen ubicación en el plano numérico, al menos en el de dos dimensiones. Están fuera de él, y fuera de la matemática. Nunca se encontrará un uso para ellos, lo cual les dará la predilección de los puristas, quienes no están interesados en las aplicaciones prácticas. Pero ellos tampoco podrán encontrar siquiera un marco teórico que sea obedecido por los números ficticios.

Se trata de números que llevan cualquier operación en la que se los coloque al absurdo. Por ejemplo, si a la ecuación y = 2x + 3 se le agrega 4f para que quede y = 2x + f + 3, la ecuación carecerá de sentido. Porque f no es una variable como x, sino un número ficticio que forma parte de un universo aún no penetrado por la matemática humana.

Así que ahí tienen, matemáticos. Traten de negar la existencia de los números ficticios. Y cuando fracasen, traten de usarlos para algo. Ahí van a ver lo que es bueno.

Los cisnes vivos

La pareja de cisnes se disponía a procrear. Ambos sabían que ella podía poner más huevos que la cantidad de pichones que estaban en condiciones de criar. Era inevitable que algunos murieran sin llegar a adultos, sólo por falta de comida. Pero la pareja tuvo una idea.

Si empollaban menos huevos, habría menos pichones entre los que distribuir los recursos. Claro que no podían controlar esos impulsos biológicos. Pero razonaron que nada los obligaba a empollar ellos mismos los huevos. Si podían ponerlos a resguardo en alguna parte, el pichón que sobraba tal vez podría sobrevivir más que con ellos.

Pensaron, además, que si ubicaban el huevo en un nido de algún otro animal, tal vez lo criaría sin problemas. Pero debía ser alguna especie que, al menos por un tiempo, confundiera a un pichón de cisne con uno propio. Ambos llegaron a la conclusión de que lo ideal era ubicar el huevo en un nido de patos.

Por fortuna, una pareja de patos anidaba muy cerca. En un descuido, la hembra de cisne corrió hacia el nido y puso un huevo entre los de pato. Rápidamente volvió a su nido a empollar los huevos que tenía previsto criar cuando fueran pichones.

La pareja de cisnes estaba en lo cierto. Su pichón fue criado en la familia de patos como si fuera uno de ellos. Pero no anticiparon algunos problemas de convivencia basados en el aspecto diferente del hijo de los cisnes.

Tu amor es como

Tu amor es como una carcasa de cristal que adentro guarda un tigre, el cual acaba de tragarse una moneda de diez centavos. El tigre, entonces, tose y trata de escupir la moneda, cuyo valor ignora en forma no militante. Pero no logra expulsar ese objeto extraño, entonces hace gestos cada vez más grandes. Salta, y cada vez que lo hace provoca fuertes vibraciones en la carcasa de cristal que es tu amor.

Tu amor es como un disco rígido que vuela por el aire sin tener activada la protección contra escritura. Se acumula polen en su superficie y se borran datos cada vez más sensibles a su funcionamiento. Cuando aterriza se muestra inocente, virgen, dispuesto a llenarse de conocimiento en forma de unos y ceros. Cada tanto es necesario formatear nuevamente a tu amor.

Tu amor es como una estrella de mar llena de cascabeles que fueron repartidos por unicornios, que los encontraron en la playa. Los cinco brazos tentaculares necesitan descansar porque no pueden aguantar el peso de tener todo el océano por encima de ellos. De repente, todos se contraen y apuntan a un mismo lugar, y es en ese momento cuando se sabe que todo anda bien con tu amor.

Tu amor es como la música ideal de un trompetista que toca mal a propósito. Todas las notas son las que deberían ser, pero están en un meticuloso desorden que no les permite lucirse como podrían. Pero no es que el trompetista no ponga su parte. Es que toca mal a propósito porque quiere que, ante la ausencia, se valore más a tu amor.

Tu amor es como una pelota sin tientos que avanza hacia un destino incierto, misterioso, luego de ser golpeada con maestría por un profesional que sabe lo que hace. En el trayecto todos quieren agarrarla, pero sólo algunos elegidos están a la altura de las circunstancias. Son muy pocos los que tienen la técnica y la oportunidad para capturar tu amor.

La marcha de los pies

Caminaba por Plaza de Mayo cuando sentí que me pisaban. Miré a los costados para ver quién me había pisado pero no vi a nadie. Entonces miré hacia abajo y vi un par de pies que se alejaban de mí. Se trataba de un pie izquierdo y uno derecho.

Más atrás venía otro par de pies, y atrás de ellos se acercaba una enorme columna de pies. Los pies cubrían la Avenida de Mayo, cuyo tránsito había sido cortado y en ese momento era más peatonal que ninguna.

Cuando la columna de pies estuvo cerca de mí, los de más adelante empezaron a patearme. Me dio la sensación de que querían la plaza sólo para ellos. Evidentemente había un acto de pies para reclamar no sé bien qué cosa. No gritaban consignas al unísono, porque los pies no gritan. Tampoco tenían pancartas, porque los pies no escriben (tal vez reclamaban algo relacionado con eso).

Escuchando con atención pude notar que la marcha en sí misma no era al azar. Parecía tener ciertas regularidades. Había dos clases de sonidos que no se alternaban exactamente, sino que se repetían al unísono, como con cierta intención. De repente, supe qué era: código Morse. No supe bien qué expresaban, porque no conozco ese código. Pero para ese momento el ruido que hacían era enorme. Nunca había visto una cantidad tan grande de pies todos juntos. Era difícil ignorarlos.

Decidí alejarme, porque al no saber qué querían no tenía ganas de quedarme. Tal vez estaba expresando mi apoyo a algo que me perjudicaba. Tal vez estorbaba y corría el riesgo de que me sacaran a patadas más fuertes. Así que me alejé por Diagonal Sur, pero a medida que me alejaba me costaba más caminar.

Mis pies no se querían ir, querían quedarse en la marcha. Pero como yo me resistía, a su turno ambos aprovecharon para escaparse cuando estaban en el aire mientras yo intentaba dar un paso.

De ese modo me quedé sin pies. Se acercaron a la marcha a toda velocidad, y pronto no los pude distinguir. Me subí a un colectivo y me alejé como pude, sin saber si iba a volver a verlos.

Cuando llegué a casa tenía un mensaje en el contestador. Al parecer, se habían producido incidentes y mis pies habían sido detenidos. Estaban en la comisaría. Me acerqué hasta ahí y me encontré con que para recuperar a mis pies tenía que pagar una multa (en realidad la multa era para ellos, pero hasta que no fuera cancelada no los iban a liberar). Como extrañaba a mis pies, pagué. Luego el policía que me atendió me guió hasta un baúl y me dijo que sacara los míos.

Me fue difícil reconocerlos. Decidí probarlos uno por uno, hasta que encontré un pie derecho que no sólo tenía el tamaño de mi tobillo, sino que continuaba las líneas de mi pierna. Me costó menos encontrar el izquierdo, y pude salir de la comisaría aunque en esos primeros minutos caminar se sentía algo extraño.

Al día siguiente, por las dudas de que volviera a ocurrir lo mismo, me hice un pequeño tatuaje en cada talón.

Sujeto inconsistente

Vos me decías que estabas bien, que no tenías ningún problema. Pero tus ojos me daban otro mensaje. Pensé que tal vez no te dolía el cuerpo pero sí el alma. Hasta que tus orejas me dijeron que no hiciera caso a los ojos.

No sabía entonces a quién creerle. ¿Por qué las orejas me iban a mentir? Tampoco había ninguna razón para desconfiar de los ojos, o de vos. Es cierto, tenía dos fuentes contra una, sin embargo la verdad no es democrática, vos y las orejas pueden equivocarse.

Decidí consultar al ombligo. Tuve que levantarte la remera para poder saber su postura, pero no la entendí. Era algo ambigua, o tal vez eran las pelusas que no me dejaban ver bien. Mientras tanto, yo seguía preocupado. Quería saber si realmente estabas bien.

Miré hacia abajo y vi una expresión ansiosa en tu pie izquierdo, como que quería decirme algo. Le presté atención. El pie izquierdo me informó lo que los ojos habían insinuado, que el dolor no era físico sino emocional. Y por más que el pie derecho rápidamente lo calló con un pisotón, fue evidente que tu estado no era óptimo.

Por eso decidí darle el puesto a otro. Tené en cuenta para el futuro que es importante que vos y tu cuerpo den un mensaje unificado.

Repelente de insectos

Un mosquito revoloteaba por las cercanías de un grupo de personas en busca de comida. Como precaución, las personas se habían puesto repelente de insectos. El mosquito cada vez que divisaba a una persona se ilusionaba, y al acercarse se daba cuenta de que no debía estar allí.

Pero el mosquito era perseverante. Sabía que tarde o temprano alguien se iba a sumergir en la pileta. Y sabía que eran pocos los que volvían a ponerse repelente al salir del agua. Por eso se quedó en la cercanía, esperando el momento propicio.

Las personas, de cualquier manera, estaban preparadas. Tenían frascos de insecticida en aerosol por cualquier eventualidad. No dudarían en rociar a cualquier mosquito que se acercara demasiado.

El mosquito, entonces, cuando vio una oportunidad se acercó a una persona que había salido del agua y estaba tirada al sol. Sigilosamente fue hacia el sector más apetecible de su piel con la intención de picarlo para obtener un suculento almuerzo. Pero ocurrió algo imprevisto. Cuando el mosquito estaba a pocos centímetros la persona se despertó y se dio vuelta. El mosquito se vio obligado a desviar su curso. En el nuevo trayecto fue descubierto por una segunda persona, quien estaba dispuesta a rociarlo con insecticida y acabar con su vida. La persona apuntó el aerosol hacia el mosquito, que intentó escapar sin éxito. Pero se equivocó de aerosol y en lugar de rociarlo con insecticida lo roció con repelente de insectos.

El mosquito al principio siguió el impulso de escapar, pero con el correr de los segundos fue sintiendo un rechazo cada vez más grande por sí mismo. Quiso escapar de su compañía y vio que no era posible. El mosquito dio vueltas sobre su cuerpo porque fue todo lo que se le ocurrió hacer. No podía sumergirse en el agua para sacarse el repelente porque no podría salir.

El mosquito debió aprender a convivir con sí mismo. Tuvo que hacer una profunda introspección para conocerse por dentro y poder sobrellevar el espantoso olor que emanaba. Trabajó sobre su autoestima en forma tan eficaz que olvidó el olor. Aprendió a quererse, y lo logró como nunca antes. Estaba muy contento con su manera de ser, con el lugar donde le tocaba vivir, con el hecho de seguir vivo y sano a pesar de todos los obstáculos que tiene la vida de un mosquito. Se convenció de que tenía que vivir la vida.

Por eso se recuperó muy rápido, su autoestima fue tan grande que logró adaptarse al olor. De esta manera, pudo volver con gran confianza a picar personas. Y esta vez las personas preferidas fueron las que emanaban el mismo olor que él, las cuales, al haberse puesto repelente, solían ser las menos precavidas.

Boda clandestina

El lugar soñado por la pareja para casarse, pocos días antes de la ceremonia, aumentó el precio pactado basándose en que la letra chica del contrato se lo permitía. El nuevo valor era prohibitivo. La pareja no sospechaba que podía ocurrir y no existía un plan alternativo. Por eso tuvieron que suspender tentativamente el casamiento por falta de lugar, lo cual resultaba un grave inconveniente para muchos invitados que habían llegado de otras ciudades.

Durante unos días se buscó un nuevo lugar para poder realizar la ceremonia el mismo día, pero todos estaban contratados. Era la carta que tenía el dueño del lugar original para que volvieran y pagaran el precio que exigía. Pero la pareja no estaba dispuesta a dejarse estafar así. Preferían casarse en la calle, aunque resultara incómodo.

Hasta que alguien reparó en el detalle de que el lugar original no tenía vigilancia nocturna. Entonces se urdió un plan. Se postergó el horario del casamiento para esa misma noche a la madrugada. Se pidió estricta puntualidad y confidencia a los invitados, y estar a la hora señalada no en el lugar sino en un punto fijo a la vuelta.

Cuando estuvieron todos, se dio la orden de avanzar. El novio, la novia, el juez de paz y los cien invitados corrieron hasta el lugar original y rompieron la cerradura. De inmediato todos ocuparon sus lugares y se realizó toda la ceremonia en cinco minutos. Una vez que terminó, todos salieron corriendo hasta la puerta, donde cinco micros los esperaban para llevarlos rápidamente a la fiesta.

Cola de serpiente

Una serpiente hambrienta deambulaba por el desierto en busca de comida. Era una búsqueda complicada porque el desierto ofrecía una abundante escasez de pequeños animales aptos para el consumo del reptil. La serpiente tenía tanto hambre que apenas podía arrastrarse en la arena.

De repente, al darse vuelta divisó algo que se movía. Pensó que podía tratarse de un espejismo, pero miró mejor y volvió a moverse. La serpiente se relamió y se acercó sigilosamente hasta que comprobó que se trataba de su propia cola.

Decepcionada, la serpiente apoyó la cabeza en la arena. Pasaron algunos minutos, luego algunas horas, sin que apareciera una presa. En un momento la serpiente sintió la tentación de comer su propia cola. Pero no estaba segura.

Lo pensó un rato. Analizó pros y contras. Por un lado, su propia cola sin duda contenía nutrientes que en ese momento le eran indispensables. También pensó que con menos cuerpo que sostener podría vivir un rato más. Pero, por otro lado, no sabría encontrar el final de la cola. Existía el riesgo de comer más de lo aconsejable. Incluso estaba el riesgo de comerse toda y desaparecer de la faz de la tierra.

Al fin decidió que no tenía mucha opción. No había otro ser vivo en la cercanía. Llevó su cabeza hasta su cola y la mordió. Su intención era evitar inyectarse veneno, pero no llegó a esa instancia porque el cascabel de la punta de su cola le rompió los dientes.

La serpiente, derrotada y con menos chances de conseguir comida, decidió dedicar las energías que le restaban a buscar la costa para encontrar algún animal blando.

Me miré sin verme

Algún tiempo después de nacer, me miré por primera vez en un espejo. No me reconocí, porque no estaba muy enterado de que yo tenía apariencia, ni de cuál era. Pero de inmediato noté algo extraño con esa figura que se movía más o menos del mismo modo que yo.

No se me ocurrió sospechar que podía ser yo. Ahora parece obvio, pero cuando uno no tiene el concepto es difícil. Nadie me había informado acerca de su existencia y funcionamiento, seguramente porque pensaron que era muy chico y no iba a entender.

Después de todo, no tenía mucha noción de la luz. Sí tenía de la oscuridad, porque a la noche tenía miedo. Y cuando se prendía la luz lo que se conseguía era la ausencia de oscuridad. Con el tiempo me enteré de que era al revés.

Sin embargo, la figura que se movía igual que yo seguía haciéndolo. Algo pasaba en esa superficie vertical. Cuando yo gritaba, la figura también, pero en silencio. Podía ser alguien que me imitaba, aunque no sabía de nadie que estuviera en casa para hacerlo, ni conocía a ese extraño.

En ese momento se hizo presente mi tío Abelardo, y en el espejo que yo miraba apareció otro. El tío me venía a buscar porque se ve que me había escabullido de alguna reunión familiar que, a juzgar por lo que son ahora, debía ser bastante aburrida. Le pregunté quién era ése que estaba en el espejo. El tío se echó a reír y me dijo “ése sos vos”. Le pedí que me hablara en serio, pero se limitó a alzarme para llevarme al lugar de donde me había escapado. Cuando nos alejábamos, vi cómo la copia del tío en el espejo se llevaba a la figura que me imitaba, y empecé a sospechar que tal vez lo que me había dicho era cierto.

Con el tiempo supe que era, nomás, y comencé a ver a ese día como el que me conocí. Gracias a eso ahora puedo encontrarme en fotos. De todos modos, cada vez que paso por un espejo me miro con detenimiento, a ver si la figura que me imita comete algún error. Todavía me queda la vaga noción de que hay algo escondido en todo esto.

Mi nuevo amigo

Un mosquito revoloteaba cerca de mí. Mi primer impulso fue matarlo. Junté mis manos para acabar con él, pero no lo conseguí. El aplauso se produjo no donde estaba, sino donde había estado. Entonces continuó el trayecto.

Lo perseguí por toda la casa, mientras intentaba nuevos golpes y manotazos al aire. A veces se refugiaba en el techo sin que yo pudiera hacer nada. Pero nunca duraba mucho ahí, siempre volvía a volar y yo continuaba la persecución.

Finalmente se posó sobre el espejo del baño. Sigilosamente fui hacia ahí, porque era la oportunidad que estaba esperando. Pero cuando extendí mi mano hacia atrás para tomar carrera vi que el mosquito me miraba.

Me acerqué para verlo en más detalle. Había juntado sus dos patas delanteras y me miraba con una expresión que me conmovió. Vi en sus ojos compuestos un pedido de piedad. Estaba a mi merced, y me desafiaba a ejercer esa merced.

Su expresión me llegó. Me sentí mal por haber querido matarlo, entonces decidí dejarlo vivir. Para expresárselo, junté suavemente mis manos y las posé cerca de él, de modo que me pudiera ver. Mi gesto decía, en efecto, “podría matarte pero no lo haré”. El mosquito comprendió y voló para posarse sobre mi hombro.

Ese día nos convertimos en inseparables. Sentí que era adecuado ponerle un nombre. Lo bauticé Víctor. Lo dejo revolotear por mi casa y él me defiende de otros mosquitos. Cuando aparece alguno, puedo ver cómo Víctor se le acerca y lo guía hacia afuera, como diciendo “a él no lo piquen, es un amigo”.

Un día vi que otro mosquito se acercó y Víctor no lo rechazó, sino que ambos se quedaron dando vueltas. Después de un rato comprendí que estaban seduciéndose mutuamente, y que pronto formarían una familia. Llené un florero para que tuvieran cerca agua convenientemente estancada para poner los huevos, y los dejé ser. Después de unos días varias larvas nadaban en el florero.

Ahora cada vez que llego hay cinco mosquitos que se alegran al verme y festejan mi entrada. En mi ausencia me extrañan igual que yo a ellos. Con su presencia, mi casa se convirtió en un verdadero hogar.

Eyección

Ya se había hecho de noche cuando pasé por una vidriera en la que había espejos. No tenía pensado detenerme, en general no me paro a ver vidrieras, sin embargo me llamó la atención verme. No porque pensara que había otro yo ni nada parecido, sino porque noté que tenía algo en el pómulo. Era una mancha blanca, bastante grande.

La miré con detenimiento. Por suerte la vidriera tenía luces prendidas. Me dí cuenta de que era un grano que estaba en un momento inmejorable para ser explotado. No podía dejar pasar la oportunidad. Prometía ser una eyección importante, y de paso iba a dejar de andar por la calle con ese enorme grano a la vista de todos.

Con la mirada en la imagen que se reflejaba en el espejo, coloqué los dos índices en posición. Comencé a presionar sobre el grano, dejando cada vez menos espacio entre los dedos. Gracias a la práctica que tuve durante muchos años, en los que depuré mi técnica, la pus no tendría más escapatoria que salir disparada de mi cuerpo. Lo que no esperaba era que saliera con tanta fuerza.

Fue tan grande el disparo que me caí al suelo. La pus, en tanto, se elevó por los aires hasta una altura inusitada. Pronto la perdí de vista, pero seguí mirando hacia arriba para verla bajar. Sin embargo, no cayó. Se siguió elevando por encima de los edificios y de repente explotó, generando un luminoso espectáculo.

Así que ya saben. Si vieron fuegos artificiales el otro día, es probable que haya sido yo.

La historia oculta

En el corazón de un denso bosque de metáforas brotó una historia. Era difícil de ver, porque las metáforas oscurecían los alrededores. Pero la historia allí estaba, inconspicua, frágil, tímida. Al lado de las soberanas metáforas parecía un yuyo sin futuro. Sin embargo, era una historia que prometía.

Entre tanta metáfora, a veces se colaban en el bosque ideas y conceptos que alimentaban a la historia. Lentamente fue creciendo, hasta que pudo atisbarse su existencia desde afuera del bosque. Hasta ese momento, sólo algunos sospechaban que podía existir. Era una idea teórica, como los agujeros negros en el centro de las galaxias, sin comprobación directa. Pero cuando la historia estuvo lo suficientemente fuerte, se alteró la composición del bosque de metáforas y algunos especialistas con avanzado instrumental pudieron afirmar que la detectaban.

Mientras tanto, las metáforas que formaban el grueso del bosque seguían reproduciéndose. El suelo era una alfombra de metáforas secas que crujían al ser pisadas. Algunas metáforas caían sobre la historia y se unían a ella. Le daban un color más uniforme, y al mismo tiempo la hacían más difícil de detectar.

Pero la historia seguía creciendo. Creció tanto que empezó a elevarse sobre el nivel de las metáforas. Por fin se pudo obtener una confirmación visual de su existencia.

El anuncio del descubrimiento llegó a oídos del autor, quien quiso ver a la historia por sí mismo. Se internó en el bosque para buscarla, como quien busca al Yeti. Caminó los recovecos, maravillándose ante la espesura de su creación, disfrutando del follaje metafórico que apenas dejaba entrar la luz. Hasta que divisó de lejos la historia. Corrió hacia ella y la miró desde el suelo. Aunque no logró ver la punta, se hizo la idea de que desentonaba en ese lugar. Por eso decidió talarla.

Hoy el bosque de metáforas está impoluto. Hay más metáforas que nunca. Los pocos que entran se pierden de inmediato.

Coquerío

Se oyó un gran estruendo en toda la ciudad de Atlanta. Los ciudadanos, como era habitual, sintonizaron la CNN para saber qué estaba pasando. Al hacerlo, se encontraron con imágenes en vivo y en directo de una explosión en la principal embotelladora de Coca-Cola.

La magnitud del hecho se podía apreciar en los tsunamis de refresco que salían de los techos de la fábrica. Era tanta la cantidad de líquido que las calles de la zona se transformaron en ríos de Coca-Cola.

De inmediato, el ingenio de los emprendedores de la ciudad hizo que aparecieran comerciantes dispuestos a aprovechar lo sucedido. Casi de la nada la ciudad se llenó de góndolas que invitaban a las personas a navegar por la Coca-Cola, como una Venecia gaseosa.

Era tan grande el desastre que hacían falta varios días para secar la ciudad. Pero antes de que se pudiera hacer, la cantidad de turistas hizo que se planteara la posibilidad de dejar los ríos como estaban.

Dado que era buena idea, se decidió armar un circuito para que los visitantes pudieran recorrer la ciudad a bordo de las góndolas sobre la Coca-Cola. El Coca-Tour se convirtió en la atracción que Atlanta necesitaba, y una visita obligada para los que antes limitaban su estadía a las conexiones en el aeropuerto.

La Coca-Cola Company decidió reacondicionar su embotelladora para proveer al tour, y abrir una nueva para abastecer la demanda de bebida embotellada. Se temió que bajaran las ventas al estar disponible la gaseosa en las calles, pero ocurrió todo lo contrario. Alrededor del circuito se instalaron máquinas expendedoras que lograron acrecentar aún más las ventas de Coca-Cola en la ciudad.

Desde entonces, se abrieron Coca-Tours en distintos puntos de Estados Unidos, y en el Mall of America de Minnesota funciona con gran éxito el Coca-Tour bajo techo.

Pepsi no se quedó atrás, y estableció el Pepsi Journey en otras ciudades con las que firmó contrato de exclusividad. El tour de Pepsi se diferenciaba del de Coca-Cola porque en los ríos, en lugar de fluir Coca-Cola, fluía Pepsi.

En Venecia, al ver reducido el caudal turístico por la súbita competencia, decidieron pasar a la acción. Además de los tradicionales paseos sobre agua, desde el mes pasado se ofrece, en un barrio exclusivo, un recorrido adaptado a la cultura italiana: el Tour de los Ríos de Muzzarella.

Hisóposis

Nunca había hecho caso a la advertencia “no introduzca el hisopo en el canal del oído externo”. Me parecía una precaución de otorrinolaringólogos principiantes o padres demasiado celosos. Evidentemente, todo el mundo hacía lo mismo que yo. Por eso los hisopos seguían existiendo y vendiéndose en las farmacias, no se me ocurría cuál otro podía ser su uso legítimo.

¿Cuál era el riesgo? ¿Podía agujerearme el tímpano o algo? Simplemente es cuestión de técnica, cuando uno empieza a notar cierta resistencia no hay que presionar más. No es difícil. Sin embargo, hace un tiempo descubrí la razón de la advertencia.

Había pasado dos o tres días sin sacarme la cera del oído. Se me habían acabado los hisopos y no tenía tiempo de comprar nuevos. Así que cuando compré se había acumulado bastante cera. No era problema, en circunstancias normales, mientras más cera hay, más agradable es la experiencia hisoporil.

En esta oportunidad, encontré cierta resistencia, y me pareció que era cera un poco endurecida. Entonces persistí en la maniobra hisopórica. Ése fue mi error. Empujé demasiado y cuando quise acordarme se me había resbalado el hisopo adentro del oído.

Intenté sacudir la cabeza con la oreja de lado para que cayera, pero se ve que estaba trabado por algo. Entonces lo llevé conmigo durante varios días, y a cada paso podía oír su movimiento. Hasta que no me quedó más remedio que ir a ver al otorrino.

Yo sabía que me iba a dar un sermón sobre no meterme los hisopos en el oído. Habitualmente me preguntaban si tenía esa costumbre y yo lo negaba, a lo cual ellos no contestaban nada pero ponían cara de que no me creían, porque probablemente su educación los hiciera capaces de diferenciar un oído con hisopación regular de uno libre de todo hisopo. Pero tenía que ir, sólo ellos podían sacarlo de ahí.

Sin embargo, el doctor no emitió palabra. Sólo hizo una mueca de fastidio, me dijo que me acostara, que me quedara quieto, agarró una pinza y en un rápido movimiento lo sacó y me lo entregó, aún sin decir nada. Lo recibí mientras miraba, cabizbajo, al profesional. El hisopo estaba completamente lleno de cera.

Me voy para arriba

De pronto, comencé a subir. Iba contra toda mi experiencia y, sobre todo, contra la gravedad. Era algo que nunca hubiera pensado que me iba a suceder, pero me estaba sucediendo. Por alguna razón mi cuerpo se elevaba.

Me pregunté por qué subía. Me pregunté también si realmente subía yo, o si todo lo demás bajaba. Para el caso era lo mismo, el mundo y yo nos alejábamos sin haber tenido tiempo de despedirnos.

Pasó el tiempo y yo seguía subiendo. Llegó un momento en el que no distinguí más días. Podía ver el mundo por completo, allá abajo, y ya no me daba miedo caerme. Me pregunté si tal vez estaba siendo atraído por alguna fuerza exterior. No supe qué pensar. Tal vez encontraría la respuesta. Tal vez no.

Continué subiendo hasta que no divisé más al mundo, ni diferencié entre mundos. Llegó un momento en el que no supe distinguir dónde era arriba y dónde era abajo, aunque suponía que el lugar hacia donde apuntaba mi cabeza era arriba.

¿Hasta dónde llegaría? No podía saberlo, y por el momento no me preocupaba demasiado. Estaba disfrutando del paisaje. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejarme llevar por el Destino, si es que era el Destino quien había dispuesto que yo subiera. De cualquier forma, no tenía mucha opción, así que opté por disfrutar del viaje.

Conocí el Universo casi sin querer. Siempre me había preguntado cómo sería viajar a través de estrellas y galaxias. Nunca me había imaginado que tendría la oportunidad de experimentarlo en carne propia.

Vi toda clase de fenómenos. Choqué con microasteroides que no lograron desacelerarme. Vi, a lo lejos, quásares y púlsares. Reflexioné que los estaba viendo tal como eran hacía muchos años. Era posible que ya no existieran. Después, cuando me percaté de que había perdido la noción del tiempo y de que no estaba en ningún planeta, con lo cual el concepto de años no tenía mucho sentido, me pareció que aquella reflexión no valía mucho la pena. Pero eran unas vistas magníficas.

En un momento, cuando también había perdido noción del espacio, miré hacia arriba y vi algo que me pareció conocido. Era el mundo que creía haber dejado abajo. Ahora estaba arriba y me dirigía hacia allí. Fui distinguiendo más y más características, y supe que era el mismo planeta que había dejado, o uno igual. Pensé que el Universo debía ser redondo. Ahora estaba cayendo de cabeza hacia arriba y estaba por encontrar a mi mundo en el camino.

Así fue. Penetré en la atmósfera y caí suavemente sobre el mismo lugar de donde había partido. Atajé mi caída con los brazos. Luego di una vuelta carnero para ponerme de pie.

A partir de ese día continué mi vida tal como la había dejado en su momento. Mis actividades son más o menos las mismas. La única diferencia es que cada tanto me viene una poderosa sensación de que estoy cabeza abajo.