Nuevo libro: Dos bocas

Dos bocas

Dos bocas es un libro de dos lados paralelos.
Ambos lados se pueden leer cada uno en su dirección.
Y los textos que se encuentran dialogan entre sí.
Dos bocas es literatura 3D.

Dos bocas es un continuo de cuentos y poemas
que construyen sentido al andar
y forman un todo coherente
a partir de temáticas disímiles.

Dos bocas se presentó el 21 de octubre
en el Club Cultural Matienzo, Buenos Aires
con una fiesta de lectura y música.


Carne

Mientras me comía un sándwich, un mosquito revoloteaba a mi alrededor. No iba a poder comer tranquilo con esa amenaza dando vueltas, así que interrumpí la comida para aplastarlo. La técnica de matar un mosquito no se puede hacer en cualquier momento. Requiere que se presente la oportunidad.

El mosquito se posó en el aire, delante de mis manos. Era el momento justo. Entonces, en un rápido movimiento, lo aplasté entre mis palmas. Claro que entre mis palmas estaba también el sándwich. Quedó compactado, y la cocina se llenó de mayonesa. Decidí limpiar después de comer tranquilo. Antes retiré de la miga el cadáver del mosquito. O mejor dicho, de la mosquito, porque es sabido que los mosquitos que pican a la gente son hembras. Esto resultaría un dato importante.

Liberé al sándwich de todas las huellas de artrópodo que vi. Después lo disfruté, porque uno bueno de jamón y queso queda mejor aplastado. La mayonesa se integra mejor con los otros ingredientes. Luego limpié la cocina y me olvidé del tema.

Al rato tenía una extraña sed. En verano es normal que tenga sed. Tomé agua hasta que me sacié. Necesité bastante, pero bueno, acababa de comerme un poderoso sándwich. A la hora de la cena, sin embargo, no tenía hambre. Me sentía gelatinoso por dentro, como si mi estómago estuviera lleno de agua. Hacía rato que no iba al baño, y tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Era como si el agua que tomé se hubiera estancado dentro de mí.

Pasé una mala noche. Tuve sueños raros. Estaba en un gimnasio, rodeado de gente musculosa. Todos movían sus brazos y piernas, y sudaban. Sudaban como locos. El gimnasio era una gran pileta de sudor, y la pileta también.

Me desperté con mucho calor, y la cara toda mojada. Casi tanto como la almohada. También sentí un cosquilleo. Estaba adentro, en la panza, y no podía encontrar una posición en la que no lo tuviera. Sentí la necesidad de toser. Al hacerlo, un puñado de mosquitos salió de mi boca. Inmediatamente me atacaron la cara. Tuve que pegarme varios cachetazos para que no me picaran todo.

Mientras lo hacía, pensaba qué podía haber pasado. Tal vez la mosquito que maté con el sándwich se las arregló para poner huevos en el pan, como las cucarachas moribundas. Me crearon el deseo de estancar agua, y ahora se criaban en mi estómago.

Inmediatamente, sentí que me picaba el estómago por dentro. Los mosquitos ocuparon toda la parte superior del aparato digestivo. Podía sentirlo. No pasaban la barrera de los ácidos estomacales, y de esa forma el ciclo no se podía completar de una buena vez.

Me picaba muchísimo, porque producían roncha tras roncha en mi tracto. Tenía ganas de rascarme con el cepillo de dientes, o con el de limpiar inodoros. Pero cuando me paraba no me sentía bien. Me balanceaba. Y me empecé a preocupar de que si llegaba a insertarme un cepillo en la garganta en ese estado, me iba a causar problemas aun más graves. Al mismo tiempo, cada vez que soplaba salían más mosquitos.

Decidí ir al médico. En el colectivo nadie se me acercaba. “¿Qué le pasa a ese señor?” preguntaban los niños a sus madres. “No mires, hijo, no mires”.

El médico se asustó. Quiso disimularlo, pero lo vi en su cara. No se quería acercar. Entonces me acerqué a él. Por la puerta de atrás del consultorio vi el terror de las enfermeras. Decidí usarlo a mi favor, y me acerqué más. Las enfermeras lo empujaron hasta que chocó conmigo, y cerraron la puerta.

Le expliqué lo que pasaba mientras de mi boca salían miles de mosquitos. “Cierre la boca”, me dijo inmediatamente. No me dejó terminar. Me revisó en silencio. Me golpeó con sus dedos parte de mi estómago, y sin querer lancé un eructo con sus correspondientes mosquitos. El médico me miró y se llevó el dedo índice a los labios cerrados. Me examinó un poco más antes de darme la mala noticia.

“Esto no tiene cura. Sólo podemos paliar los síntomas”, dijo el médico mientras me ponía una cinta en la boca. Ante mi cara de estupefacción, me explicó que no existía antibiótico para los mosquitos. Si intentaba ahogarlos con agua, sólo conseguiría hacer nacer a los huevos que indudablemente estaban poniendo en mi organismo. Si intentaba beber insecticida, me moriría yo. Si tomaba un buen trago de Off, produciría un frenesí interno que haría peor todo.

Al salir le pregunté qué podía hacer. El médico me dio un solo consejo. “Déles carne. Mucha carne”.


Muestra de canto

Los niños invitaron con ilusión a sus familias. Los padres, los hermanos, los abuelos, los tíos, los primos concurrieron a verlos cantar. Estaban junto a los familiares de los otros niños que cantaban. Todos ilusionados porque era un día en el que se consumaban las aspiraciones artísticas de todos.

Nadie conocía a nadie. Los niños iban a clases individuales, y por eso pocos se conocían entre sí. Sólo compartían músicos. Algunos se acompañaban a otros, o formaban dúos. Los demás eran anónimos, aunque su nombre se anunciaba antes de cada presentación.

Cuando arrancó la muestra, una sensación de horror se apoderó de la sala. ¿Ése era el nivel con el que salían los niños? Muchos se asustaron de que los organizadores hubieran comenzado la muestra con alguien que cantaba tan mal. Les pareció que no sabían nada de manejo de público, aunque no conocían los pormenores logísticos que podían haber derivado en esa decisión. De cualquier manera, si se consideraba que alguien que cantaba así era apto para estar en cualquier punto de la presentación, eso no auguraba nada bueno para lo que venía.

Todos se horrorizaron de que su propio familiar fuera igual de malo. Todos menos los familiares del niño que cantaba en primer lugar, que estaban emocionados porque su hijo estaba cantando por primera vez en público, y no les importaba nada más.

Avanzó la muestra, y la situación era igual. Los familiares no podían creer dónde estaban. Los padres, que pagaban las clases, estaban resueltos a exigir la devolución no sólo del valor de la entrada sino del año de lecciones, si su hijo mostraba también ese nivel. El descontento de la sala era palpable, salvo cuando terminaba cada canción y todos estallaban en aplausos para no decepcionar a cada niño, que después de todo no tenía la culpa de la incompetencia de sus maestros.

Por suerte, cuando llegaba el turno del familiar de cada uno, se producía un alivio. Los demás, en cambio, continuaban con su horror. Cuando terminaba el familiar, se volvía al nivel indigno. Pero ya era una cuestión individual de todos los demás. Estaba muy claro que el único que tenía talento era el que cada uno había ido a ver.

Por eso la muestra se desarrolló con normalidad, y al terminar todos los niños recibieron felicitaciones de los que los habían ido a ver. Y no se produjo el revuelo planeado por todos los presentes.


Con gran humildad

Con gran humildad, acepto el honor que me es conferido. Me cuesta hacerlo, debido a mi gigantesca humildad. Es la humildad más grande que se haya visto. Lo primero en mí es la humildad, porque sin ella, no somos nada. Entonces, teniendo en cuenta tamaña humildad, me veo en la disyuntiva de aceptar este reconocimiento a mi humilde labor. Por un lado quiero aceptarlo, porque siempre es bueno ser reconocido. Pero por otro lado, mi humildad me lo impide. Lo hace por dos razones. Una es que una persona humilde no debe andar buscando elogios. Y la otra es la sensación de que es un reconocimiento insuficiente para lo que es mi humildad.

Sin embargo, ¿qué es más humilde? ¿Aceptar lo que ustedes me ofrecen, y mostrarme como alguien que acepta la limitada humildad que se me adjudica, o rechazarlo por humildad? Si lo rechazara, podría quedar como alguien que no quiere recibir estos honores, pero una persona humilde no deber hacer esas consideraciones. Y, como les he dicho, no se puede ser más humilde que yo. Entonces no me fijo en eso.

En lo que sí me fijo es qué efecto podrán traer mis actos de humildad. Es posible que mi aceptación de una humildad limitada deje muy clara la diferencia entre mi verdadera humildad y la que se me reconoce. De esta manera, mi humildad sería humillante. Generará en ustedes una humildad proporcional, y con esa acción contribuiré a acrecentar la humildad en el mundo.

Es por eso que acepto, con semejante humildad, el honor que ustedes me brindan.


La trama

Todos, escritores y lectores, somos felices escribiendo o leyendo el principio de cualquier historia. Estamos llenos de expectativa por todo lo que puede seguir. La encontramos en un estado eminentemente explorable. Estamos visitando un mundo nuevo y queremos saber cómo es, cómo funciona, quién es la gente que lo habita.

Exploramos ese mundo, y somos felices, porque nos gusta ver mundos que no conocíamos. Hasta que nos encontramos con la trama. Y ahí todo cambia. De pronto el orden se altera. Ya no es como lo conocimos durante ese breve tiempo. Y no hay vuelta atrás. La trama se encargó de arruinar todo. La única forma de salir es resolverla.

Comenzamos entonces el arduo trabajo de desarrollar todas las variantes que tiene la trama, que nos pueden ocupar gran parte de la historia. Deseamos volver a la estabilidad inicial, pero ya no es posible. La trama lo impide en forma absoluta. Es necesario centrar toda nuestra atención en ella, a pesar de que no es ella lo que nos atrajo hasta donde estamos.

Todos los personajes, todos los giros idiomáticos, todos los recursos narrativos se ponen en función de la trama, de manera directa o indirecta. Nos molesta, porque sentimos que nos están matando el mundo que queríamos explorar. Y no sólo eso: también nos están obligando a ir en una dirección. Tal vez la trama sea una forma de explorar el mundo, pero es sólo una. Aplica el principio científico de destruir lo que estudiamos para poder saber cómo funcionaba. Y nosotros éramos pacíficos. Nunca quisimos alterar nada. Sólo buscábamos conocerlo.

Pero ahí está la trama, y ya no hay nada que hacer. En todas las historias pasa lo mismo. Ya leímos y escribimos suficientes como para saber que lo más probable es que la trama se termine resolviendo. Pero también sabemos que una vez que se va, lo que deja es algo distinto que lo que encontró. El mundo al que entramos al principio de la historia ya no va a existir más. Ahora va a quedar sólo el que la trama se ocupó de construir, que puede ser bueno y todo pero no es lo que queríamos al principio. Nuestro reflejo conservador rechazará estos cambios, y tendremos que adaptarnos.

También tendrán que adaptarse, en el futuro, las secuelas de la historia. Porque parten desde el mundo creado por la trama, no desde el anterior. Y vienen con tramas propias, o a veces con la misma. Algunas intentan partir desde el mismo lugar, y tratan de hacernos volver al mundo que habíamos conocido al principio. Pero no es posible. La conciencia de la trama nunca se va. Y ahora sabemos que los mundos no duran.


El suicidio de los inmortales

Cuando somos inmortales, tenemos todo el tiempo del mundo. Y también más. La tranquilidad que nos da ser inmortales es que nos permitirá tener toda clase de experiencias, sin que importe el tiempo que cada una toma. Ser inmortales nos libera del límite que teníamos, que nos obligaba a elegir qué hacíamos y qué no. Ahora sólo debemos elegir el orden en el que hacemos las cosas.

Una consecuencia de esta inmortalidad y de las variadas experiencias que nos posibilita es que no todo lo que experimentemos será bueno, o agradable. Atravesaremos diferentes tiempos, algunos más propicios que otros, sin tener más que la influencia de una persona para cambiar lo que nos parezca injusto o terrible. También atravesaremos distintas situaciones personales, algunas alentadoras y otras tremendamente tristes.

Es inevitable que tarde o temprano entremos en depresión. Del mismo modo, saldremos de ella. Y volveremos a entrar. No tiene que ver con nuestra personalidad, sino con la estadística. Si tenemos todos esos años, es imposible que no pasemos por circunstancias que nos alteren nuestro equilibrio mental. Tendremos también euforias, tristezas, ansiedades y todas las emociones posibles.

Claro que una de ellas es la depresión severa. ¿Qué posibilidades hay de que, entre ahora y la eternidad, no nos encontremos en una situación a la que no le vemos salida, por más que intentemos? Podrían pasar muchos milenios hasta que ocurra, pero tarde o temprano llegará. Y con ella vendrá la idea del suicidio. De terminar de una vez por toda esta vida longeva, porque el sufrimiento no se puede soportar más.

Pero el suicidio no será una opción, precisamente por la inmortalidad que nos ha sido conferida. No nos quedará más remedio que seguir adelante, y cuando salgamos, también inevitablemente, del pozo, seremos más fuertes que antes.


El nuevo tren fantasma

Dicen que en la línea H existe un tren nuevo. Que está iluminado, con asientos y piso coloridos, y que tiene fuelles que permiten trasladarse de un coche a otro. Incluso, hay quienes aseguran que es una formación de cinco coches, no de cuatro.

Sin embargo, estos testimonios no son tan confiables. Son personas que cuentan lo que otros cuentan que vieron. No se ha encontrado todavía a nadie que pudiera probar su existencia. El tren, dicen, circula, como una formación más. Pero los asiduos usuarios de la línea nunca se han topado con él.

Existen también testimonios de personas que dicen habérselo cruzado en vía contraria. El tren nuevo aparecía, con sus luces refulgentes, y en pocos segundos desaparecía, sin dejar la posibilidad de sacarle una foto. ¿Dónde iría? Tal vez al taller, tal vez estaba en pruebas. Pero hay quienes aseguran que esos trenes fugaces llevan pasajeros. O personas en su interior. No sabemos si personas vivas. Tal vez es un tren del pasado, o del futuro, que está perdido en un limbo y equivoca su horario. Tal vez es una alucinación colectiva.

Hay explicaciones más racionales. Algunos no dudan de la existencia, sino de su carácter de nuevo. Dicen que es un tren recarrozado, pero igual a los existentes en lo mecánico. También tratan de explicar que hay pocas chances de que a una persona determinada le toque un tren determinado. Sin embargo, tales explicaciones no constituyen un argumento convincente. Es cierto que puede no tocarle a una persona en particular, pero alguien se tiene que haber subido, si existe. Y no se sabe de nadie.

No sabemos de nadie. Pero hay personas. ¿Quiénes serán? ¿Serán distintos? ¿Serán siempre los mismos? ¿Habrán bajado alguna vez del tren? ¿Lo habrán tomado? ¿Habrán desarrollado su vida ahí, en una existencia paralela sobre las vías? Tal vez. O tal vez es el tren de la muerte, que se lleva a quienes ya enterrados emprenden su último viaje.


Obra de teatro

La fachada del teatro Cervantes se encuentra desde hace muchos años cubierta por un gran andamio. Sin embargo, la fachada no está en obra. No hay una construcción ni una remodelación en marcha. Sólo está el andamio, vacío, sin nadie que lo utilice, ocultando la belleza del teatro.

¿Por qué está ese andamio? Porque, hace ya muchos años, se produjo en el teatro un conflicto gremial. La actividad artística se detuvo, y el paro amenazaba con prolongarse. No se representaba ninguna obra. Como esto resultaba embarazoso para las autoridades, decidieron vestir al teatro como si hubiera una obra.

De inmediato pusieron manos a la obra, y otro gremio erigió el andamio. Que no es de ninguna obra, pero sin embargo es en sí mismo una obra. Es un teatro que simula estar en obra. Y la obra no es más que una puesta en escena. Es una obra de teatro.


Lecciones del maní

El maní siempre implica incertidumbre. Al menos el que viene sin pelar. El maní pelado no tiene gracia. Pierde el encanto de la caza. Ya el trabajo viene hecho, y sólo resta comerlo. Se pierde toda la experiencia enriquecedora del maní a pelar.

La bolsa de maní contiene diferentes formas. No hay dos cartuchos de maní iguales. Es necesario elegir uno y abrirlo para descubrir lo que tiene dentro. La experiencia aporta criterio para saber cuáles son los maníes más prometedores, aunque no hay garantías. Siempre se puede fallar. En general, de todos modos, los maníes con cierto color y tamaño son los que mejor rinden.

Pero con el correr de los minutos, los maníes que casi garantizan calidad se agotan. Resulta necesario aguzar el ojo. Hay que mirar entre lo que queda, y encontrar lo más prometedor. Y siempre se puede rescatar alguno de los que nunca habrían entrado en la primera selección. Ahí se descubre que había mucho de juego de apariencias, porque el maní interior tenía la misma calidad, o mejor, que el que tenía apariencia externa suculenta.

Al seguir avanzando, ya esta segunda selección queda agotada, y es necesario bajar los estándares estéticos. Es el turno de los pequeños, o de los deformes. Se podrá descubrir que su interior es igual de sabroso que el de los anteriores. Ocurre, no obstante, que algunos maníes que por fuera no parecen tener gran cosa cumplen su promesa, y contienen maníes internos chamuscados. No hay más que apuntarse el fracaso, descartar la totalidad del contenido y continuar la búsqueda. El maní requiere hacer esta clase de apuestas, que a veces salen mal. No hay que descorazonarse. Sin riesgos no hay aventura.

La tarea continúa hasta que la bolsa sólo contiene unos pocos maníes de aspecto desabrido, que sin embargo merecen ser abiertos. La proporción de maní interno comestible o no, y de recompensa por el trabajo que toma abrir cada uno, será menos favorable. Pero todavía se puede rescatar maní en condiciones.

Al terminar la bolsa, en el recipiente donde descartamos las cáscaras podremos apreciar el tamaño de nuestro trabajo. Hemos abierto todos esos maníes con nuestras propias manos, y algunos nos dieron más lucha que otros. Pero estamos satisfechos, no sólo porque vemos las cáscaras sino por todo lo que comimos. Finalizar la bolsa nos otorga una lección que nos sirve para toda la vida: no hay que descartar un maní sin haber abierto su cáscara.


Paseo de los paraguas

La función más importante del servicio meteorológico consiste en que la gente pueda tener el paraguas listo cuando lo necesita. Pero los paraguas son objetos que se olvidan fácilmente. Basta que no llueva para que todos, incluso los negocios que los venden, dejen de pensar en su existencia. Sólo vienen a la mente cuando se los necesita. Y por eso no reciben el mantenimiento adecuado.

Los paraguas necesitan ventilarse regularmente. Si no, se quedarían siempre con el olor a humedad de la última lluvia. Pero se volvería rancio. Y al usar el paraguas, volvería ese olor caduco, lo que sería molesto justo en el único momento en el que se los necesita. Y todos agarran el paraguas cuando lo van a usar, sin molestarse en hacerle el mantenimiento necesario unos días antes.

Por eso el servicio meteorológico actúa. Para que la lluvia no traiga inconvenientes inesperados. Se ocupan de anunciar lluvia cuando no va a llover, sólo para que los paraguas salgan a la calle. Así, pueden entrar en contacto con el aire seco, y ventilarse lo necesario para eliminar todo vestigio de la última lluvia. De este modo, gracias a la intervención del Estado, los paraguas están listos para proporcionar en el siguiente uso un servicio pleno de confort.


El origen de los agujeros

Sin que los fabricantes lo planeen, el queso Gruyere se ve habitualmente poblado por intempestivos agujeros. En lugar de formar un cuerpo bien sólido, el queso se ve interrumpido por hoyos de diferente tamaño, casi siempre de perfecta redondez. Para mucha gente, los agujeros forman parte de su concepto de este queso, más que el queso mismo. Hay quienes disfrutan de la textura que provocan, y piensan que no sería lo mismo si se normalizara la situación.

¿De dónde provienen estos agujeros? Nadie lo sabe. Existen muchas teorías sobre ese origen. Algunas son descabelladas, como la existencia de bacterias invisibles que comen partes del queso o la presencia de burbujas de dióxido de carbono durante la elaboración, como si el queso fuera una gaseosa.

Es mucho más interesante pensar que los agujeros son producto de la acción de seres extraterrestres. Al encontrar en Suiza un terreno montañoso, no les resulta fácil la generación de crop circles para identificarse, y han encontrado refugio en el queso. El material proporciona un material tridimensional para poder realizar los más intrincados diseños, que habitualmente pasan inadvertidos porque las personas no se ponen a investigar un queso entero. Las porciones que se venden al público sólo contienen partes irreconocibles de los diseños, perdiéndose el todo en la distribución.

Los extraterrestres colocan en el queso marcas propias de cada expedición, que permiten a las mentes sagaces identificar dónde estuvo cada una. Los ufólogos pasan mucho tiempo estudiando diferentes quesos y sus orígenes para poder tener pistas sobre las trayectorias de los seres de otros mundos en la Tierra. Es un trabajo arduo, que requiere mucha paciencia, como la dendocronología. Se trata de reconstruir paso a paso todos los trozos de queso, y a través de ellos las ruedas originales. Es necesario deducir el contenido de aquellas porciones que ya han sido consumidas, y se hace a través del estudio de otros quesos que proporcionan información complementaria. A través de ellos se puede identificar el código que identifica a cada expedición, y se puede saber, al cotejar con los círculos de los campos del mundo, cuánto duró cada una y qué lugares visitaron.

Está en estudio la posibilidad de decodificar más información a partir de los distintos patrones de agujeros. Con la ayuda de matemáticos y lingüistas se intenta no sólo identificar los patrones, sino extraer la información existente en esas secuencias, desde la teoría de que no son arbitrarias sino producto de inteligencias mucho mayores que las del hombre, capaces de inscribirse en los quesos con toda facilidad.

Existen también aquellos que piensan que las manchas verdes del roquefort tienen el mismo origen, pero en la comunidad de quesólogos estas personas no son bien vistas. Teniendo en cuenta las leyes de neutralidad y no intervención universal, es razonable que haya una marca, pero no genera respeto la idea de que los extraterrestres se puedan hacer cosas tan desagradables a los quesos que visitan.


El género del mosquito

Habitualmente nos referimos a “los mosquitos”, cuando está muy claro que quienes buscan incansablemente nuestra sangre son las hembras. Es decir que masculinizamos el género conscientemente. Es por una cuestión cultural. Estamos acostumbrados a que en español los plurales mixtos se masculinizan. Es una de las reglas del lenguaje. Podría cambiar con el tiempo, pero está establecida así y todos la entienden. Podría imponerse, por ejemplo, el plural femenino como un genérico igual que el masculino, y así habría igualdad de plurales. Sin embargo, eso no ha ocurrido, y lo femenino tiene un plural para sí mismo, que el masculino debe compartir.

Sin embargo, no es el caso de los mosquitos. No hay una manera práctica de hablar de las hembras de los mosquitos, sin tener que tomarnos el trabajo siempre de aclarar exactamente eso. Si dijéramos “las mosquitas”, podría entenderse que hablamos de moscas chicas. Si inventáramos algo como “las mosquitos”, esa frase haría ruido al lector, que se concentraría más en la aparente contradicción de género que en lo que se está diciendo.

Pero esta cuestión gramatical no debe hacernos pasar por alto un detalle importante. No se trata de un problema de género. Se trata del nombre del animal. En el trato habitual, no lidiamos con mosquitos machos. Y si lo hiciéramos, sería muy necesario aclarar que se trata de uno, a pesar de que el género así parecería indicarlo. Es porque, en cuanto a los mosquitos, se ha trascendido el mero género. Hemos dado a las hembras de esa especie el nombre “mosquitos”, independizando así el sexo del género gramatical. Cada vez que decimos “los mosquitos” estamos hablando de hembras, y lo sabemos, y así liberamos el lenguaje de las ataduras sexistas que lleva en su tradición.

Del mismo modo, cuando hablamos de “las moscas”, estamos también incluyendo machos a pesar de que el nombre es femenino. Y ni moscas ni mosquitos son menos machos ni hembras por que los llamemos así. Son como son, y no se hacen problema por lo que digan los demás. Sí por lo que hacen, porque deben estar alerta a la posibilidad de movimientos fatales contra su individualidad, pero no por ella en sí, sino por su naturaleza de moscas o mosquitos.

Desde aquí se usa el lenguaje en forma consciente, con el cuidado de saber qué se está diciendo y de qué se está hablando, de manera que el lenguaje se vaya enriqueciendo a partir de la sabiduría compartida por todos.


Tu valentía

Mucha gente calla lo que piensa. Tienen miedo a quedar en evidencia cuando dicen cosas delante de mucha gente. No quieren que se las asocie con ellos. No necesariamente lo que dirían es algo que los haría impopulares. Sólo que prefieren seguir siendo parte de los que escuchan, en lugar de ser de los que hablan.

Vos, en cambio, no sos así. Vos sos valiente. Te parás frente a todos y hablás. Decís lo que tenés para decir. No te da vergüenza. Y el público te aplaude, parcialmente porque están aliviados de no tener que ir ellos a decir lo que te pusiste a decir vos. Eso que es cualquiera, que es una pelotudez muy grande, pero que todos piensan. Y vos te animás a decirlo. Vos le ponés la cara.

Eso te hace al mismo tiempo valiente y admirado. No te hace más imbécil que los que te admiran, sólo te convertís en un símbolo de ellos. Te destacás por la palabra, aunque la idea no sirva para nada. No sos un salame más. Sos el salame parlante, el primer salame. Un salame con el coraje de decir, en voz alta y sin temor a las consecuencias, las estupideces que piensan todos.


El insecto perseverante

Los insectos caen al agua y se resignan. Es el final de su vida, no pueden hacer nada. Algunos nadan un poco, para pronto detenerse y contemplar el infinito. Unos pocos son, luego, rescatados por un sacabichos que viene desde arriba, los levanta por los aires y los arroja contra el pasto. Tienen, entonces, una segunda oportunidad después de haber visto de cerca la muerte.

Pero unos pocos insectos son distintos. No esperan que venga el sacabichos a salvarlos. Mueven sus patas y alas con gran vigor, dispuestos a encontrar la manera de salir del agua, o por lo menos de mantenerse a flote el mayor tiempo posible. No morirán sin pelear antes. Y la gran mayoría de ellos termina sus días exhausto, sin poder hacer nada para sobrevivir.

Son excepcionales los que logran, a fuerza de perseverancia y tenacidad, levantar vuelo desde el agua. Ellos son los más fuertes, los de mayor carácter, los que saben valorar la vida. Y es justo que sean ellos los que pasan sus genes.

Tal vez ayudando a los insectos resignados estamos demorando un proceso natural. Tal vez nos convenga sacar del agua sólo a los insectos que lo merecen: aquellos que pelean por su vida, que ven que vale la pena seguir intentando porque no todo está perdido. Nosotros, con nuestros instrumentos con los que nos gusta jugar a ser dioses, somos los grandes igualadores. Gracias a nuestra intervención, todos los insectos que rescatamos siguen viviendo, aunque no hagan nada para lograrlo.


El mosquito escurridizo

Cuando abrí la ventana, entró visiblemente un mosquito. No se escondió rápidamente en un rincón, sino que se quedó flotando a mi alrededor, exhibiendo su presencia. Quise ahuyentarlo mediante un rápido sacudón de mi mano, pero no lo interpretó, o lo ignoró. El mosquito se mantuvo cerca, amenazante, esperando un momento de distracción para comerse una parte de mí.

No lo iba a permitir. Me decidí a no sacarle la vista de encima. Esperé a que volara hacia una posición que lo dejara a mi alcance, para aplastarlo con la palma de mi mano. Pero el mosquito era muy escurridizo. Cada vez que lo intentaba golpear, se escapaba. Ocurrió varias veces, y mi frustración fue en aumento. El mosquito parecía disfrutarlo. Se ponía cerca de mi mano, me llamaba, para luego apartarse como una sortija de calesita.

Esta serie de desplantes hizo que tuviera más ganas de destruirlo. Empecé a recurrir a otros métodos, como agarrarlo en pleno vuelo con un puño, o juntar las palmas como si aplaudiera. A veces se posaba sobre alguna parte de mi cuerpo, y me obligaba a golpearme cada vez más dolorosamente, porque cada intento implicaba mayor decisión.

Quise recurrir a alguna herramienta, como un zapato, pero no servía. Un mosquito necesita ser matado con las manos. Los objetos contundentes son muy útiles para insectos grandes, como las cucarachas, pero no tienen la suficiente precisión en velocidad para matar a un mosquito, y menos a este mosquito acechante. El combate era personal: el mosquito y yo, sin armas, cada uno con su cuerpo y su estrategia.

A veces se iba hacia el cielorraso, y yo tenía que encontrar una silla, ponerla en posición y subirme para poder alcanzarlo, sin dejar de mirar dónde estaba. Cuando terminaba todo ese proceso, el mosquito con total serenidad se mudaba a otro sector del cielorraso, fuera de mi alcance, y me obligaba a hacer todo nuevamente.

Llegó un momento en el que decidí cambiar de estrategia. Quise darle confianza, ya no buscarlo con tanto celo, como para que pensara que me había dado por vencido. Así, cuando bajara la guardia, podría darle su merecido.

Lo miré con detenimiento, mientras me quedaba quieto. Siempre supe dónde estaba. El mosquito seguía moviéndose por las paredes y los techos. A veces me pasaba cerca, pero yo resistía la tentación de intentar aplastarlo en vuelo. Tenía que encontrar el momento justo para agarrarlo desprevenido.

Luego de unos minutos, el mosquito parecía cansado. Se movía con menos velocidad, hasta que encontró un lugar de reposo. Era mi oportunidad. Estaba sobre el vidrio de la ventana. Me acerqué sigilosamente y, para no dejarle escapatoria, le pegué al vidrio con gran fuerza.

Pero mi golpe fue tan fuerte que rompí el vidrio, y el vidrio rompió mi mano. Me produjo un gran corte. Me desangré ahí mismo, lentamente, mientras el mosquito, y un montón más que se habían quedado afuera, se hacían un festín.


La tela de la araña

La araña armó su tela entre dos ramas. Era un buen lugar, no muy visible, perfecto para descansar sobre un tejido suave. Pasó varias horas confeccionando la tela, cuidando los detalles estéticos y arquitectónicos. La probó, dando saltos sobre ella, para estar segura de que resistía. Luego se colocó en el centro, dispuesta a relajarse.

Pero, inmediatamente, una mosca que volaba por ahí quedó atrapada en la tela. La araña se asustó por el ruido del impacto, y después por el zumbido de las alas de la mosca que intentaba zafarse. La araña meditó un momento. No quería que la tela recién hecha fuera dañada. Arreglarla le implicaría un esfuerzo grande, y nunca iba a quedar del todo bien.

Decidió acercarse a la mosca para inspeccionar el daño. En ese momento, sin embargo, una polilla atravesó otro sector de la tela. Se produjo un gran impacto, y la araña vio cómo la polilla se zafaba y dejaba un gran agujero. Y antes de que pudiera reaccionar, tres moscas más cayeron en la tela y comenzaron a moverse frenéticamente, dañando más el delicado tejido.

La araña, al ver que la tela estaba arruinada, decidió abandonarla, y buscar un lugar mejor para armar otra tela donde no la molestara nadie.