Archive for January, 2010

Medias finas

Se acercaba el verano, ya estaba haciendo más calor. Ese día decidí alterar la rotación habitual de las medias. Hurgué en el cajón y encontré unas que hacía mucho que no me ponía. Eran medias muy finas que con el uso se habían vuelto aún más finas. Justo lo que necesitaba para un día de calor.

Me puse las medias y los zapatos. Cuando empecé a caminar noté que los zapatos se iban de mis pies. Las medias no eran lo suficientemente anchas como para mantenerlos en el lugar. Pero no quería cambiarlas, eran muy refrescantes. Decidí vivir con ese pequeño problema.

Salí de casa. Tenía que ir al supermercado. En el camino tuve dificultad para controlar el escape de los zapatos. Me hubiera ajustado los cordones, pero eran mocasines. Llegó un momento en el que los zapatos lograron su cometido y se escaparon. Los seguí, pero al haberse liberado de mi peso iban mucho más rápido y los perdí de vista.

Llegué al supermercado. Antes que nada me compré un par nuevo, más ajustado. Hice todas las compras, la cola de la caja, los trámites del envío a domicilio, pagué y me fui. Tenía que ir al banco a pagar una factura. También, ya que estaba, pasé por el agente de mi celular para que me cambiaran el chip. Antes de volver a casa, como gracias a las medias finas no sentía calor en los pies, aproveché para comprar cartuchos para la impresora y cambié monedas para poder viajar en colectivo al día siguiente.

Cuando volví a casa, en el umbral estaban mis zapatos. Habían vuelto. Me dio alegría, porque suponía que no los iba a ver más. Así que los agarré con las manos y los entré.

Cuando los iba a dejar en el piso, noté que las suelas tenían restos de papel picado. Miré con más atención y encontré enganchado en la hebilla el talón de una entrada. La reconocí: era la entrada a la montaña rusa a la que me gustaba ir, aunque no podía hacerlo seguido. En ese momento me dí cuenta de que mis zapatos acababan de tener un día mucho más interesante que el mío.

Comments off

Viento en el ojo

Sopla viento en mi ojo derecho. Una brisa suave acaricia mi retina sin que pueda verla. Pero la puedo sentir, porque mi ojo tiene tacto. El resto de mi cabeza no siente el viento. Sólo el ojo derecho. Aún cuando me muevo, el viento sigue concentrado en ese lugar.

El globo ocular rechaza la mayor parte del aire que se acerca. Una porción se cuela por el lagrimal. Algunas lágrimas se escapan por la mejilla.

Una brisa aún más suave recorre mi cabeza por dentro. Llega a la tráquea y se incorpora a la respiración sin haber sido filtrada. Pero no hay partículas muy grandes en esa brisa, las hubiera visto cuando pasaban por el ojo.

Cuando la brisa del ojo se suma a la respiración me siento más liviano. Hay más oxígeno en mi cuerpo, entonces quiero moverme. Salgo a correr.

Mientras corro, la brisa del ojo se hace más fuerte. Se convierte en un verdadero viento. Cuando dejo de correr vuelve a ser la brisa de antes. Entonces me dan ganas de correr otra vez, y regresa el viento fuerte.

Decido correr con el ojo derecho cerrado. Lo tapo con la mano. Ahora me cuesta ver los posibles obstáculos que hay en el camino. Declaro al ojo izquierdo responsable de detectarlos. Comienzo a correr mientras mi cabeza panea para que el ojo izquierdo pueda ver todo lo que hay alrededor.

Luego de unos minutos, el movimiento de la cabeza me hace perder el balance, me mareo y me caigo al suelo.

Comments off

Mi nube

Vivo en el último piso de un edificio alto. Además de tener una vista magnífica de toda la ciudad, la altura me da un panorama meteorológico amplio. Veo venir las tormentas con anticipación.

Ese día vi que se acercaba una tormenta, y noté que las nubes estaban inusualmente bajas. Algunas estaban muy cerca del edificio. Me preparé para una tormenta fuerte. Fui a cerrar las ventanas. Cuando llegué, encontré que una nube solitaria se dirigía hacia mi balcón. Era una pequeña nube, rodeada de densos nubarrones y con movilidad propia. Como me dio ternura, mantuve la persiana del balcón abierta para invitarla a pasar.

La nube entró a mi departamento. La quise agarrar pero no pude, mis manos la atravesaban. Hacía su camino por el departamento. Cambiaba de forma cuando encontraba algún obstáculo. Cuando se encontró con la biblioteca, se escabulló entre los libros convirtiéndose en decenas de nubecitas. Unos minutos más tarde, las nubecitas salieron de la biblioteca y se volvieron a unir.

Cuando volvió a integrarse la nube original (o, quién sabe, una nube nueva) estaba más oscura que antes. En ese momento me dio miedo de que lloviera adentro. O peor, de que lanzara alguna descarga eléctrica. Entonces decidí guardarla para devolverla al cielo en un día más agradable. Tomé una caja de galletitas y la puse en el camino de la nube. Cuando estuvo adentro, la cerré.

Al día siguiente, mis hijos vieron la caja de galletitas y pensaron que había comprado algo para la merienda. La abrieron con interés. La nube había recuperado su color blanco saludable. Mis hijos la vieron y no supieron que era una nube. Creyeron que era un copo de nieve. Entonces llevaron cucharas para comerla. Cuando entré a la cocina y los vi los quise parar, pero no hacía falta. Las cucharas atravesaban la nube y no podían sacar ningún trozo.

Comprendí entonces que una casa de familia no es el lugar más adecuado para una nube y decidí liberarla. Salí al balcón con la caja de galletitas y la lancé hacia el cielo, como un balde de agua.

La nube salió de la caja y se quedó unos minutos cerca de mí. Me la quedé mirando mientras derramaba algunas gotas de lluvia, como si llorara. Luego se levantó un viento que la llevó hacia nuevos horizontes.

Comments off

Crema chantilly

Lepidópteros obesos se montan a la miel. Pacientes ríos esperan la tonalidad correcta para comenzar la híbrida sinfonía de sus inesperadas tuercas. Los veinte globos están aprestados a continuar la función. Dos barbas, un martillo y cinco audacias salen adelante, como valientes ligustrinas que se interponen entre los insípidos ladrillos que conforman tu amor.

Hemos sido felices en los oscuros lienzos de la muerte. Las tertulias de la mar, que siempre marchan elegantes, hoy salen sin darse cuenta de su escondite vertebral. Como nosotros, dos fuegos se arrastran por el aire frío, creando a su paso lunas, ciervos y aventuras. Mientras suena la música molecular, el hombre aparece y se entrega a los zares.

El deseo de las ligustrinas es ser caballos. Como el más puro aceite, sale de tu casa un sentimiento de crema chantilly. Tu sien se descoloca. Tus manos se elevan hacia las nubes mientras las mirás desde el suelo sin poderlas saludar. Dios, la Luna y los caballos se escapan de tu mundo para ver qué hay afuera.

Un canguro de cien metros se pone a tu disposición. Enormes tendones de hueso, todavía sin estrenar, encienden las luces, la tristeza y la pasión. Pasan diez minutos que nunca volverán. Pasan cinco puertas, una liebre y seis mentiras. Pasa la vida, pasa el calor, pasa la oblicua espuma sedienta por la calle del Ministro Inglés.

Tres caras de la Luna se ubican junto a vos, esperando una respuesta. Un silbido turbio te lleva a un claro del bosque, donde te encontrás porque ya estabas. Has visto la existencia de la flor del escondite de la forma de la pureza de la verde dulzura cenital. Y comprendés que es todo, que todo es nada y que nada es lo que se puede hacer cuando está todo.

De pronto, una sombra. Una sombra humana que estremece a tu ser interior en lo más profundo de su propio ser interior. Una oscuridad incontrastable que pugna por entrar a tu casa, por ser parte de la prédica que te lleva a donde no estás. Vas hacia ella pero antes de encontrarla ves que el Sol está canoso y tomás conciencia de tu propia vida.

Entonces corrés por la pradera, levantás los brazos, subís a la colina y exclamás al cielo con todas tus fuerzas “la puta que vale la pena estar vivo”.

Comments off

El carro que me quería

Elegí en la entrada del supermercado un carro de los muchos que tenían disponibles. Podía haber elegido cualquier otro, pero me quedé con ése. Lo llevé con las dos manos hasta la entrada del salón de ventas.

Una vez adentro, el carro empezó a dictar dónde ir. No respondía a mis mandos, sino que tomaba la iniciativa y cambiaba la dirección. El carro me llevaba, y aunque al principio me resistí un poco, yo me dejé llevar.

El carro me guió hasta donde estaban los productos que quería comprar. Cuando yo quería ir a una góndola específica, el carro se negaba y me instaba a tomar otra dirección. Varias veces en esa otra dirección podía encontrar los mismos productos en marcas más baratas.

El carro estaba de mi lado. Formábamos un equipo estupendo. Yo le daba impulso y él me llevaba a las partes más convenientes del supermercado. Conocía muy bien el lugar, lo recorría todos los días. Y evidentemente yo le había caído simpático.

Cuando terminé la compra me guió hasta una caja en la que había más gente que en otras, pero fue la primera que se desocupó. Me esperó pacientemente mientras lo descargaba, pagaba y volvía a cargarlo con los mismos productos, ahora embolsados.

Luego de pagar me llevó hasta el auto, y pronto llegó el momento de despedirnos. No lo pensaba dejar en el medio de la playa de estacionamiento. Quise llevarlo hasta su sitio de descanso. Pero el carro se resistía. No quería volver a la rutina del supermercado. Quería quedarse conmigo, acompañarme a mi casa y tal vez guiarme en mi vida. Pero no era posible. No tenía lugar en el auto, ni uso para un chango de supermercado en casa. Aunque pudiera doler, era el momento de separarnos y seguir cada uno su camino.

Tuve que levantar las ruedas de adelante para poder llevar al carro a su lugar. Supongo que se habrá sentido decepcionado, pero estaba seguro de que a la larga lo entendería.

Lo estacioné y me quedé unos segundos contemplándolo. En ese instante se acercaron dos viejas, y una de ellas tomó el carro y enfiló hacia la entrada del supermercado. Yo sentía que el carro me extrañaba, pero igual debía irme. Ya no tenía nada que hacer ahí. En eso, una de las dos viejas le dijo a la que llevaba el carro “no, mejor otro, éste tiene la rueda trabada”, y cambiaron de carro.

Me alejé entristecido. Hay gente que no tiene sensibilidad.

Comments off

El baño y el otro lado

No sabía que tenía diarrea. En general la diarrea no se hace notar hasta último momento. Por eso, cuando sentí la urgencia, al principio no hice nada. Calculé que podía esperar. Y me equivoqué en el cálculo. Por suerte, me dí cuenta a tiempo del error, pero tuve que apurarme para llegar al baño.

Estaba con el tiempo justo. Sabía que no debía dejar que nada me interrumpiera. Si era necesario, debía prescindir de todo material de lectura. La urgencia lo ameritaba.

Como estaba bastante lejos del baño, debí correr. En el camino abría puertas, prendía y apagaba luces. Deseaba fervientemente no encontrarme con ninguna puerta cerrada con llave, porque podía ocasionarme graves problemas. Si tiraba algo, planeaba levantarlo en el camino de vuelta.

Justo cuando faltaban unos pocos metros para el baño, se me apareció un fantasma. Una figura traslúcida vestida de oscuro, con ropa como del siglo XVIII, se paró frente a mí y con un extraño acento me dijo “traigo un mensaje del otro lado”.

Pero yo no tenía tiempo para estas cosas. En ese momento, lo natural era mucho más importante que lo sobrenatural. Seguí mi camino, pasé a través del  fantasma y logré llegar a tiempo al baño. Antes de atravesarlo pude ver cierta confusión en su rostro.

Pasé los siguientes minutos en el baño, preguntándome qué comida podría haberme traído semejante diarrea. Luego de un rato, ya aliviado, tiré la cadena y me acordé del fantasma.

Después de lavarme las manos, salí a buscarlo. Busqué por toda la casa. Ya no estaba. Tal vez se había ofendido. Tal vez pensó que yo no estaba listo para lo que me querían comunicar. No sé qué pudo haber ocurrido. Y aunque cada vez que paso por el lugar de la aparición lo recuerdo, nunca más lo volví a ver.

Comments off

Una historia real de tropiezo, caída, perseverancia y triunfo final

Acababa de salir de una charla de educación vial en la que el orador había puesto especial énfasis en que uno debe prestar atención. Eran las ocho de la noche y, como el tiempo estaba agradable, decidí caminar hasta una estación de subte que no quedaba tan cerca en lugar de tomarme el colectivo a pocas cuadras del lugar. Así que caminé por la avenida Córdoba mientras escuchaba música con el reproductor de MP3.

Ese día me había tropezado más de lo habitual, que ya es bastante. Como tenía en la cabeza el tema de la charla, pensé que era más probable que tuviera un accidente por mi manera de caminar que por manejar un auto. No camino muy bien. Podría atribuirlo a las veredas rotas, pero me parece que no presto toda la atención posible a dónde piso en cada paso. Por eso me tropiezo seguido, sin embargo es raro que me caiga. Con el tiempo desarrollé técnicas para mantenerme de pie en caso de tropiezos, y en general no tengo problemas.

Pero al llegar a Córdoba y Paso fue diferente. Mientras cruzaba Paso se terminó el tema que estaba escuchando, y no tenía ganas de escuchar el que empezó. Entonces saqué el MP3 y empecé a pasar temas. Pasé varios, con la idea de encontrar alguno que fuera adecuado para mi estado de ánimo de ese momento. Lo que no vi es que mientras hacía eso la senda peatonal se terminaba y me iba a topar con el cordón de la vereda. Era menester dar un paso hacia arriba. Es una acción fácil que hice millones de veces en mi vida, pero debía saber que lo tenía que hacer.

La cuestión es que me tropecé con el cordón. Comencé a trastabillar mientras daba pasos para evitar caerme. Pero noté que me caía. Atiné a poner las manos hacia adelante para no golpearme demasiado contra el suelo, pero me dí cuenta de que no estaba perdido. Tomé la decisión de no caerme. Entonces aceleré el paso mientras balanceaba mi torso para buscar un punto de equilibrio.

Me costó encontrarlo, y durante unos metros pareció que el esfuerzo era inútil. Sin embargo, iba ganando un poco de estabilidad que me estimulaba para continuar el esfuerzo. Así lo hice hasta que pude enderezarme. Cuando llegó ese momento, supe que ya no me iba a caer como resultado de ese tropiezo. Y ni siquiera tuve que detenerme. Pude seguir caminando sin sobresaltos y disfrutar de la agradable noche.

Comments off

Umbrales

Subí a un umbral. Creí que estaba llegando, que me esperaba un mundo mejor, o por lo menos algo distinto. Pero no fue así. Para mi sorpresa, me encontré con otro umbral.

Entonces subí al otro umbral. Ahora sí, pensé, ha llegado el momento que estaba esperando. Iba a pasar del blanco y negro al color. Iba a convertirme en una persona mejor luego de dar aquel paso. Sin embargo, el umbral sólo conducía a un tercer umbral.

Decidí que, ya que la vida me había llevado hasta ese lugar, me debía a mí mismo subirlo. Al hacerlo, podría encontrar la respuesta a todas las preguntas de la vida, podría tener revelaciones nunca imaginadas por nadie, podría ver el mundo de otra manera. Lo subí entusiasmado, sólo para encontrarme con un umbral más.

Fastidiado aunque optimista, lo tomé como un desafío. ¿Quién podía saber adónde me conduciría ese umbral? Estaba claro que me iba a elevar, y tal vez esa pequeña diferencia de altura en mi cuerpo tendría efectos inconmensurables en mi alma. Era dudoso que ocurriera algo así, pero no podía dejar pasar la oportunidad, por más pequeña que fuera. Entonces subí al umbral.

Al apoyar los pies en ese umbral, vi que lo seguía otro.

Decidí que debía subir ese nuevo umbral aunque no me llevara a ninguna parte. “El camino es la recompensa”, y me vi inmediatamente recompensado con un nuevo umbral para seguir caminando.

En ese momento comprendí lo que ocurría. Supe que en vez de dar pasos sobre umbrales estaba subiendo una escalera. Era así. Miré hacia atrás y vi la escalera con una claridad inmensa, como nunca había visto nada en mi vida. Pensé que tal vez esa revelación, a esa altura de mi existencia y de la escalera, era trascendente. Era posible que mi intención de subir un umbral y la acción sucesiva de terminar en una escalera tuvieran un significado profundo para mi vida. Tal vez subir esos escalones era, en algún sentido, lo mismo que vivir. Me encontraba en la escalera de la vida.

Entusiasmado, decidí que debía seguir subiendo. Levanté mi pie derecho para subir no ya un umbral sino el siguiente escalón, y me propuse pisar con firmeza, aferrado a la vida y a la armonía con mi entorno.

El entusiasmo me había generado tanto impulso que quise seguir subiendo. Al dar el último paso busqué un escalón que no existía, pisé en falso y me caí. Fue en ese momento cuando supe que estaba en el final de la escalera. Ya no había más escalones para subir.

Comments off

Una bebida diferente

Usted, probablemente, está acostumbrado a beber agua. ¿Qué respondería si le dijera que existe una bebida que le permite agregar un poco de variedad a sus menúes?

Es así, esa bebida existe. Se denomina “Coca-Cola”, y puede encontrarse a la venta en quioscos, supermercados y otros comercios. También existen máquinas que permiten conseguir esa bebida sin entrar en contacto con ninguna persona, aunque parezca increíble.

Se preguntará por qué habría de cambiar el hábito de beber agua. La respuesta es que debe darle un poco de variedad a su vida. De este modo podrá vivir más alegre. Es una bebida dulce, preparada a base de nuez de cola, que tiene un sabor agradable y duradero.

Como no tiene alcohol, se puede beber antes de manejar sin problemas. No reemplaza al vino ni a la cerveza, no tiene el propósito de alterar químicamente su estado mental. Y puede ser consumida por menores. En general, los que ya la probaron expresan su preferencia por la “Coca-Cola”.

La bebida contiene dióxido de carbono, que forma divertidas burbujas en el líquido, las cuales proporcionan una textura muy especial en su boca. No se preocupe, ese gas no se encuentra en cantidades letales, es una bebida perfectamente sana y ha sido autorizada por todas las autoridades competentes.

Si usted está a dieta, existen variedades de “Coca-Cola” que no tienen azúcar. Pregunte a su vendedor, quien lo sabrá asesorar al respecto. También existen versiones con ligeros sabores frutales que se combinan con el sabor natural de la nuez de cola para darle una multiplicidad de gustos. Hay de vainilla, cereza y limón, aunque estos sabores no están tan difundidos y en muchos puntos de venta no se consiguen.

Déle una oportunidad a la “Coca-Cola”. Pruébela, preferentemente, bien fría. Creo que le gustará.

Comments off

Un paso hacia adelante

Escalera mecánica. A la izquierda hay una fila de gente que camina hacia arriba. Es gente que toma iniciativa, se trepa a los desafíos y no quiere esperar que el futuro llegue solo, sino que se abalanza hacia el porvenir sin dejarse arrastrar por el facilismo.

Del lado derecho de la misma escalera, están los que se contentan con quedarse parados mientras el mundo los mueve. Como si no tuvieran personalidad individual, se dejan llevar sin preocuparse a dónde. No utilizan su capacidad para modificar el entorno, prefieren ser llevados de la mano. Como no les gusta esforzarse de más, esperan que todo siga siempre igual, para no tener que adaptarse a los cambios que llegan con el progreso.

El espíritu libre del corredor izquierdo a veces se ve bloqueado porque algunos integrantes del grupo opuesto, ignorantes de su espacio en la sociedad, se colocan en su lado del camino y bloquean el paso. Se mantienen inmóviles, con la vista perdida, sin saber que no sólo están perdiendo la oportunidad de subir por sus propios medios, sino que se la están quitando a todos los que están atrás. En ocasiones, los individuos más atrasados y sin visión de futuro son capaces de detener a quienes están a la vanguardia de la sociedad.

Sin embargo, en algunas oportunidades, el bloqueo puede ser vencido. Héroes anónimos realizan movimientos sutiles para hacer que los que están detenidos se den cuenta de las consecuencias de sus actos y se pasen al bando del progreso. O, por lo menos, se corran al sector donde su presencia no es un obstáculo.

Cuando esto ocurre, no sólo la fila avanza más rápido, sino que aquellos que estaban parados y son persuadidos para subir descubren una nueva manera de ver la vida.

Comments off

El plan Pepsi

Estaba claro que hacía falta tomar medidas drásticas: la crisis económica golpeaba a todos los sectores y hacía peligrar la continuidad del gobierno. Por eso, los distintos equipos buscaban soluciones a la crisis de consumo y, sobre todo, a la enorme deuda externa que tenía aquel país.

El crédito estaba agotado. Era imposible recurrir a financiamiento externo. Los organismos internacionales en los que el país había confiado dejaron de confiar en él. Se limitaban a exigir lo que se les debía, mientras ignoraban los pedidos desesperados de los gobernantes para que otorgaran al país un préstamo que, aseguraban, sería el último.

De pronto, una carpeta llegó desde los confines del Ministerio de Economía hasta el escritorio del ministro. Se titulaba “Plan Pepsi” y contenía argumentos provocativos, pero bien razonados y lo suficientemente originales como para captar la atención del ministro. El plan consistía en recurrir a alguna empresa multinacional de amplios bolsillos para aliviar la deuda externa a cambio de ceder espacio de publicidad en los billetes emitidos por el Estado. Tenía que ser una empresa ávida de crecer, competitiva y que tuviera la suficiente motivación como para aceptar semejante maniobra publicitaria. Por eso, según explicaba la carpeta, Pepsi era la mejor elección. No había mejor campaña de marketing para la empresa que salvar de la quiebra a un país.

El ministro, al terminar de leer la carpeta, estaba convencido. Rápidamente pidió una reunión con el primer mandatario para hablarle del plan. El presidente escuchó, celebró la idea y autorizó a su ministro a iniciar las negociaciones con Pepsico Inc.

El ministro viajó a Estados Unidos para presentarse ante los directivos de la empresa. Llevó consigo una copia del plan redactada de modo persuasivo, además de una presentación en PowerPoint que detallaba los beneficios que el plan podía reportarle a la empresa.

Los directivos de Pepsico quedaron impresionados por la propuesta, y quedaron en responder a la brevedad. El ministro volvió al país para ocuparse de los problemas más urgentes, con la tranquilidad de que la economía del país iba a recibir un refrescante alivio por parte de los fabricantes de Pepsi.

Algunas semanas después, la plana mayor de la empresa se hizo presente en el país y pidió una reunión con el ministro de economía y el presidente. Anunciaron que tenían una contrapropuesta. Los funcionarios recibieron a quienes podían salvar a su país, y a su gobierno, con gran amabilidad.

El CEO de Pepsico anunció que la empresa estaba en condiciones de hacer mucho más por el país que lo que se le había pedido. Si los gobernantes querían, Pepsi podía acceder a pagar una porción de la deuda externa. Pero, por una compensación un poco mayor, la empresa estaba dispuesta a cancelar toda la deuda.

“Si les interesa, les puedo detallar el proyecto”, dijo retóricamente el CEO. Las caras del presidente y el ministro delataban interés. El directivo detalló el plan: Pepsico Inc. se haría cargo de la deuda del país en dólares si se aprobaban las siguientes condiciones:

  • Colocar publicidad Pepsi y bebidas relacionadas en los billetes del país, en lugar de los retratos de los próceres.
  • Declarar a Pepsi como la “bebida oficial de la nación”.
  • Transferir la responsabilidad del diseño de los billetes y monedas a la órbita de la empresa.
  • Cambiar la moneda del país: pasar del peso al pepsi.
  • Incorporar una paridad, según la cual el valor de la nueva moneda fuera el equivalente a un litro de Pepsi.

Los gobernantes escucharon las condiciones y pidieron una nueva explicación del último punto. Los directivos volvieron a intentarlo: la idea era que el valor de la moneda respecto de las emitidas por otros países estaría dado según el valor del litro de Pepsi en cada una de ellas, según una tabla que confeccionaría la empresa especialmente. De este modo, el valor de los productos en venta en el país estaría expresado en cuántos litros de Pepsi podría comprarse con ese mismo dinero.

La paridad beneficiaría igualmente a los habitantes del país, al darle una moneda estable, y a los consumidores de Pepsi, al facilitarles la compra de la bebida.

Las autoridades estaban tentadas de aceptar. Pensaron que, después de todo, era más o menos lo mismo tener una moneda que representara su valor en oro, en dólares o en Pepsi. Además, cancelar la deuda externa haría que en florecieran las oportunidades para reactivar el consumo y hacer crecer la economía. Pero el ministro tuvo una objeción. “¿Eso no implicaría crear una moneda sin respaldo?”

Los directivos de Pepsico explicaron que no era necesario. Simplemente el Banco Central debía utilizar todas sus reservas en dólares para comprar Pepsi, de modo de poder respaldar la nueva moneda. El presidente preguntó a qué precio y, gracias a su habilidad para negociar, consiguió un descuento por volumen.

Luego de acordar detalles como los estándares de seguridad para la impresión de los billetes, el plan se implementó. Gradualmente dejó de circular el peso, y fue reemplazado por el pepsi. La Ley garantizaba que cualquier ciudadano que fuera al banco central con un pepsi (P$ 1) y una botella vacía podía llevarse un litro de Pepsi. De este modo se fue generando confianza en la nueva moneda, pese a las protestas de grupos aislados que, de cualquier manera, no dejaban de ver con buenos ojos la cancelación de la deuda externa.

La bóveda del Banco Central se convirtió en una gran heladera. Los técnicos del Banco, con la ayuda de personal especializado de la empresa, instalaron sistemas para impedir que la bebida perdiera el gas. También instalaron un sistema que permitía servir exactamente un litro de gaseosa.

Con el cambio de moneda, se generó un boom de consumo. Empezaron a llegar inversiones extranjeras. Con ello, la recaudación impositiva pudo aumentar considerablemente. El Banco Central recibía dólares de las exportaciones y los usaba para comprar litros de Pepsi que iban a parar a la antigua bóveda, ahora convertida en heladera.

Durante algunos años, la economía creció. Luego el ciclo se fue revirtiendo. Algunas crisis en países lejanos hicieron que los inversores perdieran la confianza en las economías en desarrollo, y muchos se fueron del país. La economía empezó a mostrar signos de recesión.

El gobierno decidió que tenía que estimular el consumo. Pero los funcionarios se encontraron con un obstáculo: no podían colocar más dinero en circulación porque no había entrada de dólares con los que comprar más Pepsi para las reservas.

Había dos opciones: pedir Pepsi prestada a los países vecinos, o recurrir a los organismos internacionales de crédito para que les prestaran dólares de modo que el Estado pudiera comprar Pepsi. Un técnico del Ministerio de Economía sugirió convertir la mitad de las reservas de Pepsi en Coca-Cola, de modo que el valor de la moneda del país estuviera en el medio de las dos y con el cambio resultante se diera el pequeño empujón que la economía del país necesitaba. Pero ese plan hubiera violado la cláusula de exclusividad del contrato con Pepsi, por lo que no se pudo concretar.

El gobierno optó por una decisión arriesgada. Se estableció el procedimiento de aguar la Pepsi que estaba almacenada en el Banco Central. De ese modo, aumentaría la cantidad de litros en las reservas y se podrían emitir billetes para, así, aumentar la liquidez de la economía nacional.

Al principio la maniobra funcionó, pero después de un tiempo el abuso terminó por delatarla. A las sospechas de quienes bebían la Pepsi oficial, se sumó un informe de Pepsico Inc, en el que se acusaba al país de tener más litros de Pepsi en las reservas que los que había comprado a la empresa (que por la misma cláusula de exclusividad era el único proveedor autorizado de la bebida oficial de la nación).

El informe de la empresa generó una total desconfianza en la moneda del país, que terminó en una espiral inflacionaria. Con un pepsi se podía comprar cada vez menos Pepsi genuina en los comercios.

El abandono de la paridad pepsi-Pepsi rápidamente tuvo que hacerse oficial. Se decidió volver a las reservas en dólares. Se rescindió el contrato con la empresa, que no quiso recomprar los litros de gaseosa que el Banco Central poseía.

Para recuperar las reservas en dólares, el país recurrió a diferentes maniobras. Empezó a vender Pepsi clandestina en el exterior. También vendía su Pepsi aguada oficialmente en el mercado internacional, como una marca barata de bebida cola.

De este modo, el país recompuso el valor en dólares de un pequeño porcentaje de sus reservas. El ministro de economía, después de todas las idas y vueltas, renunció. Su reemplazante, con los dólares que quedaban, se dedicó a elaborar un nuevo plan para recuperar la economía del país.

Comments off

El privilegiado

Al término de su ejemplar vida, Román murió. Sus deudos se entristecieron con la pérdida, pero se consolaron con la idea de que estaba en un lugar mejor. Era cierto: Román, luego de morir, fue al Paraíso.

Allí lo recibió San Pedro. Después de chequear su acta de pecados, lo dejó pasar y le dio las instrucciones correspondientes. El guardián de las llaves del Cielo lo felicitó por haber llegado hasta ese lugar.

Román se dirigió a su habitación, que quedaba bastante cerca de la puerta. Una vez instalado, quiso conocer el lugar en el que pasaría toda la eternidad. Entonces salió del aposento y se dirigió al área común. Para llegar consultó el mapa desplegable que le había entregado San Pedro en la charla de admisión.

El Paraíso era un lugar puro, con mucho blanco y bien iluminado. Román nunca había oído tanto silencio. Fue recorriendo las instalaciones. Las diferentes áreas recreativas estaban vacías, aptas para ser usadas por él en cualquier momento. Evidentemente, pensó, no tener que esperar turno era una de las ventajas del Paraíso.

En su recorrida, Román notó algo extraño: la ausencia de otras almas como él. Pensó que tal vez había un Paraíso para cada persona y él estaba en el propio. Pero no entendió por qué, entonces, existía el área común.

Cuando volvió a su habitación, encontró en la puerta una chapa con su nombre. Quiso mirar los nombres de las puertas cercanas para saber quiénes eran sus vecinos. Estaba interesado en conocerlos, porque existía la garantía de que habían sido buenas personas. Sin embargo, ninguna de las puertas que Román miró tenía chapa.

Al día siguiente, Román buscó a San Pedro con la intención de preguntarle dónde estaban las otras almas. Fue hacia la puerta por donde había entrado. Miró a través de las magníficas rejas. San Pedro estaba en su escritorio, medio dormido. Lo despertó con un chistido. Román le hizo la pregunta, sin esperar la respuesta que recibió: no había otras almas. Él era la primera persona en la Historia que había hecho méritos suficientes para ir al Paraíso.

Ante la segunda pregunta de Román, San Pedro contestó que no tenía idea de cuándo podría aparecer algún compañero. Le sugirió que disfrutara las instalaciones, que se mantenían nuevas, y también le indicó que podría elegir el mejor lugar posible para contemplar a la divinidad.

Román quedó al mismo tiempo decepcionado y orgulloso. Se marchó hacia su habitación. A partir de ese momento, todos los días recorría el Paraíso que tenía para él solo, mientras se preguntaba cuándo aparecería alguien que llegara a su nivel.

Comments off

El escape de los verdes enzolves

En verdad, el detergente Drive tenía una advertencia que pedía no abrir el lavarropas mientras estaba en uso. No se explicitaban los peligros específicos, y los pocos que la leían pensaban que era una cuestión legal. Sin embargo, la razón era otra.

Todo empezó un miércoles de junio. Al principio se parecía a cualquier otro miércoles: los autos que recorrían la calzada circular de Plaza Italia eran muchos más que los recomendables, y los colectivos hacían maniobras para poder acercarse a las paradas y esquivar al mismo tiempo a los que se alejaban de ellas. Era, en efecto, un día normal. Hasta que ocurrió algo impensado. De repente, un rinoceronte salió por la puerta principal del zoológico y se integró al tránsito. Afortunadamente, el animal respetó el sentido de circulación. El rinoceronte caminaba en forma errática y se acercó peligrosamente a algunos autos, pero no hubo que lamentar víctimas porque los conductores estaban acostumbrados a esquivar a los colectivos que tenían una actitud similar.

Detrás del rinoceronte había varias personas que trataban de agarrarlo para devolverlo al hábitat artificial del que se había escapado. Participaban policías, veterinarios, zoólogos y personal de Defensa Civil. Cuando el rinoceronte pasó por la puerta del regimiento Patricios, se integraron al grupo algunos soldados que no tenían nada que hacer y les divirtió la idea de salir a cazar. El rinoceronte circulaba por Santa Fe, y luego agarró por Luis María Campos, causando pánico en los peatones y caos vehicular, aunque este último no se diferenció del habitual.

Los zoólogos, usando su sabiduría sobre perisodáctilos, decidieron tomar otro camino y esperarlo en la llegada. Habían conjeturado que el rinoceronte buscaba agua, y fueron hacia el río. Algunos de los veterinarios los acompañaron, mientras otros prefirieron quedarse en la persecución por si eran necesarios sus servicios.

Luego de varias cuadras, el rinoceronte cambió bruscamente de dirección. A la altura de Arévalo se dirigió hacia la vereda. Varios locales comerciales funcionaban en esa cuadra y, aunque las medidas de contingencia de la Policía estaban en marcha, todavía no habían podido ser evacuados. El animal se dirigió a uno de esos locales: un lavadero. Aún los expertos debaten por qué el rinoceronte eligió meterse en un lavadero y no en otro de los locales de la cuadra, como el gimnasio o la farmacia. La enorme bestia ingresó a toda velocidad en el local, causando pánico a los empleados y clientes que se encontraban utilizando las máquinas. Por suerte, el rinoceronte no estaba interesado en hacer daño a nadie.

Como se ha dicho, no se sabe bien en qué podía estar interesado el animal. La razón principal de ese agujero en el conocimiento es que detrás del rinoceronte ingresaron dos soldados del regimiento Patricios, quienes dispararon sus rifles para proteger a los civiles que se encontraban a centímetros del gran animal, el cual rápidamente cayó vivo, y momentos después murió.

Ése fue el final del rinoceronte, pero sólo el comienzo de la historia. Algunos de los disparos de los soldados dieron en los lavarropas del local. Algunos de esos lavarropas estaban en uso. Y algunos de los lavarropas en uso estaban cargados con detergente Drive, el único que contiene verdes enzolves que se alimentan de suciedad. Las balas agujerearon a los lavarropas, y los verdes enzolves se vieron libres.

Se sabe que, al ser mezclados con agua, los enzolves activan su devastador poder de limpieza. Normalmente el ciclo finaliza con la activación de otros compuestos químicos que contiene la exclusiva fórmula del detergente, y acaban con la vida de los enzolves, impidiendo su escape. Esta acción está fundamentada en dos razones muy poderosas: la eficiencia en el proceso de lavado y la necesidad de los fabricantes de seguir vendiendo el jabón.

En este caso, gracias a que escaparon en forma prematura, los verdes enzolves quedaron en libertad. Pudieron salir del lavadero aprovechando el caos que se había producido a raíz de la presencia en el pequeño local de soldados, policías, personal de defensa civil, veterinarios, medios de prensa, empleados del lavadero, clientes del mismo establecimiento y, sobre todo, el cuerpo de un rinoceronte que se había escapado del zoológico.

Una vez libres, los verdes enzolves empezaron a explorar sus alrededores. En la vía pública se encontraron con que tenían mucho alimento a su disposición, y empezaron a comerse la mugre urbana. La esquina de Luis María Campos y Arévalo quedó reluciente en pocos minutos. Gracias a la abundancia de comida, los verdes enzolves empezaron a reproducirse a una velocidad muy grande, y un círculo de limpieza centrado en el lavadero empezó a cubrir la ciudad. Los puestos de Barrancas de Belgrano, por primera vez desde su apertura, pasaron a cumplir las condiciones sanitarias requeridas por la Ley. Los autos que necesitaban un lavado obtuvieron la eliminación de su mugre. Los ciudadanos que no acostumbraban a bañarse quedaron bien limpios. El barrio de Once recibió la eliminación de sus capas más recientes de mugre. El Riachuelo quedó apto para bañarse.

Todos los habitantes de la ciudad disfrutaron de la limpieza que tan abruptamente les había llegado, más allá del enojo de la industria encargada de servicios de limpieza, que a las pocas horas de producirse el escape pidió un subsidio para compensar las pérdidas ocasionadas por los verdes enzolves. El gobierno municipal no sólo no le hizo caso a ese sector industrial, sino que quiso adjudicarse el mérito de la limpieza que tenía de repente la ciudad. Pero todos sabían que era mentira. Estaba claro que era el resultado del escape de un rinoceronte.

La situación idílica no duró mucho. La velocidad de reproducción de los enzolves era tal que empezaron a evolucionar de manera visible. Ocurrían mutaciones todo el tiempo, y las beneficiosas se seguían reproduciendo. Empezaron a aparecer enzolves azules, amarillos, rojos y marrones. Al mismo tiempo, la suciedad empezó a escasear, y los verdes enzolves fueron dando paso a especies más fuertes, que habían descubierto otras formas de alimentación. Los amarillos enzolves se alimentaban de asfalto, los rojos de pelo, los azules de pintura y los marrones de otros enzolves. La abundancia de todos estos elementos hizo que los enzolves se convirtieran en una plaga. El gobierno municipal no sabía qué hacer para repeler la invasión, y aunque no había tenido éxito en su intento de apropiarse del mérito de las virtudes, los ciudadanos le estaban empezando a conceder la culpa de los defectos. Por ese motivo, el ministro de Salud Pública de la ciudad convocó a los fabricantes del jabón Drive para que encontraran una solución.

En los laboratorios de Unilever ya estaban trabajando para adaptar los químicos que mataban a los verdes enzolves y hacer que fueran efectivos también contra los enzolves de otros colores. Los directivos de la empresa sentían que esa investigación iba a ser un buen negocio. Y no se equivocaron. El gobierno les otorgó un subsidio de varios miles de millones de dólares para producir grandes cantidades de químicos, que se fueron aplicando en las calles que aún tenían asfalto y en las paredes que todavía estaban pintadas. También se fabricó un champú con los mismos químicos, para las personas que conservaban su pelo.

Desde entonces, la invasión de los enzolves está controlada. Cada tanto se registran algunos brotes de enzolves de algún color, pero existe un mercado de productos que permiten combatirlos con facilidad. También se han desarrollado pólizas de seguro contra los efectos destructivos de los enzolves.

Luego del episodio, para prevenir nuevas invasiones, las autoridades decidieron prohibir el uso de material biológico en jabones y detergentes. La iniciativa tuvo gran aceptación en el público que, sin saberlo, estaba atentando contra la limpieza de su ropa. Desde que la prohibición entró en efecto, la ropa blanca que se ensucia nunca recupera su blancura, y los colores se van apagando cada vez más, hasta convertirse en pálidas imitaciones de lo que alguna vez fueron.

Comments off