Textos de February 2010

El partido de las tribunas

Cuando los jugadores salieron a la cancha, las tribunas explotaban. El colorido de las banderas, las personas y la pirotecnia era imponente.

Empezó el partido. Desde ambas tribunas emanaban cantos de todo tipo. Del mismo modo que los jugadores se disputaban la pelota, las tribunas de ambos equipos se disputaban el protagonismo del entorno. Se generó una competencia de consignas cada vez más intensa.

Como era un partido importante, los jugadores se cuidaban de recibir goles. Ambos equipos estaban decididos a no perder, y si para lograrlo era necesario no ganar, sería así. En cambio, de las tribunas bajaban gritos que contradecían esa resignación. “Esta noche tenemos que ganar” era una consigna frecuente.

A pesar de que el partido no ofrecía muchos estímulos, el público consideraba que era su deber estimular a los jugadores y no al revés. Por lo tanto, se redoblaron los esfuerzos para encender el fuego sagrado de los deportistas.

Miles y miles de personas agitaban los brazos al unísono, hacían olas, cantaban cada vez más fuerte y saltaban para hacer temblar el estadio. El espectáculo era tan intenso que los jugadores de ambos equipos comenzaron a prestar más atención al entorno que al partido, que no ofrecía grandes atractivos.

Cuando a un jugador le llegaba la pelota, se la sacaba de encima lo más rápido posible para continuar mirando el gran espectáculo que se daba en las tribunas. Así, ambos equipos se repartían la posesión del balón y el juego resultó de baja calidad. Pero, como se ha dicho, al público no le importaba.

Hasta que en un momento, casi por casualidad, una pelota quedó cerca del área de uno de los dos equipos, y un jugador del contrario, ya que estaba, pateó al arco. Como el arquero estaba mirando a la tribuna, esa pelota se convirtió en gol.

El espectáculo de la tribuna cambió. Se volvió mucho más intenso en la parcialidad del equipo que estaba ganando, que había sido estimulada por la ventaja. En cambio, la otra hinchada acusó el resultado en contra y resolvió hacer lo que podía: alentar cada vez más. De esta manera el gol hizo que el espectáculo que los jugadores estaban mirando se volviera aún más atractivo.

Al darse cuenta de este hecho, los jugadores de ambos equipos se dividieron. Algunos querían seguir mirando las tribunas, otros preferían buscar más goles para hacer que el espectáculo fuera aún más vistoso. Entonces los del grupo que quería jugar empezaron a sentirse saboteados por los otros.

Hasta que el director técnico de uno de los equipos se avivó. Miró a los jugadores que lo acompañaban en el banco de suplentes y detectó cuáles estaban concentrados en el partido y cuáles miraban las tribunas. Eligió tres de los primeros y los mandó a la cancha, reemplazando a tres del grupo de los espectadores.

De esta manera el equipo, al tener más jugadores concentrados, consiguió una ventaja sobre el otro y logró ganar el partido. Al finalizar, los protagonistas coincidían en sus declaraciones: “este triunfo se lo debemos a la gente”.

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27 Feb 2010
Deportes Del año:

Palabras de animales

Un rinoceronte se acercó a un pato y le dijo: “pío, pío”. El pato lo miró extrañado. El rinoceronte, entonces, repitió lo dicho: “pío, pío”, ahora con una mirada de esperanza. El pato decidió alejarse del rinoceronte, pero antes de que pudiera irse muy lejos se le acercó un pavo real. “Cuac cuac”, dijo el pavo real. El pato pensó que algo debía estar sucediendo. Entonces se acercó al pavo real y le dijo “no, eso es lo que digo yo”.

Un gusano que pasaba por ahí decidió meterse en la conversación y le dijo al pato “no parece que sea lo que decís vos, si estás hablando”. “Vos también estás hablando”, respondió el pato. “Pero yo hablo sólo para marcar tu contradicción” fue la respuesta del gusano.

En ese momento intervino el rinoceronte. “Pío, pío”, dijo. “Cortala con eso”, dijo el pato, “¿no podés decir otra cosa?”. El rinoceronte, herido en su orgullo, se retiró compungido. El pavo real se apiadó de él y lo siguió. Para consolarlo, se acercó a su oído y le dijo “cuac cuac”.

El pato, al ver que ambos se iban, abandonó al gusano y se fue con los otros patos. “Cuac cuac”, le dijo a uno de ellos. El otro le respondió con entusiasmo “cuac cuac”, y ambos salieron juntos a sobrevolar el lugar.

Luego de ver toda esta situación, un perro que estaba cerca de allí murmuró “guaaau”.

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25 Feb 2010

Dinosaurios argentinos

Los mejores dinosaurios del mundo, los argentinos, disfrutaban de todos los recursos naturales del territorio de nuestro país. Una vez que migraron hacia estas tierras se quedaron, en parte por la separación de América del Sur y África, pero especialmente por las condiciones naturales únicas del país.

Los dinosaurios argentinos florecieron en una tierra muy propicia para su desarrollo. Los herbívoros tenían grandes cantidades de comida, porque se trata de una tierra en la que al tirar una semilla crece cualquier planta. Al haber muchas plantas para comer, los herbívoros prosperaban y se multiplicaban por todo el territorio. Lo cual lo hacía un lugar propicio para los carnívoros, que de esa manera también tenían mucha comida.

De todo el mundo vinieron especies de dinosaurios para establecerse en Argentina, y encontraron aquí su lugar en el mundo. Cada una de las especies pudo vivir en el territorio argentino, debido a que tiene todos los climas y eso lo hace propicio para cualquier clase de ecosistema.

Muchas especies se establecieron en el Valle de la Luna, en San Juan, donde las condiciones eran especialmente aptas para su vida y para la posterior preservación de sus restos. Y, de paso, estaban cerca del Aconcagua, que es el pico más alto de América y se encuentra en territorio argentino. En esa época era el más alto del mundo, al no existir los Himalayas, que surgieron después, con el advenimiento del desarrollo de Asia.

Algunos dinosaurios prosperaban mejor que otros, y es debido a que aún en el país no se habían establecido reglas que facilitaran la igualdad de las especies. Se vivía algo parecido a la ley de la selva, pero con las particularidades que siempre tuvo el territorio argentino a ese respecto. Estas características hicieron, entre otras cosas, que Argentina generara los dinosaurios más grandes del mundo.

Los dinosaurios argentinos sobrevivían, sin exigir nada del resto del mundo. Pero terminaron desapareciendo al igual que los dinosaurios del resto del mundo. Esto se produjo al caer un meteorito en México, cuyos efectos se sintieron en todo el planeta. No sería la última vez que la Argentina se vería afectada por crisis internacionales en cuyo origen no tuvo nada que ver.

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23 Feb 2010

Verdades acerca de usted

Usted sabe leer. En este momento usted está leyendo, y lo que está leyendo es la palabra esto. Usted acaba de hacer una pausa en su lectura, indicada por la puntuación.

Usted se está preguntando a dónde quiero llegar con esto. Pero continúa leyendo, evidentemente no se decepcionó todavía con estas verdades que le estoy disiendo. Usted acaba de notar que “diciendo” está escrito con ese. Lo hice a propósito, sólo para darle la satisfacción de haberlo notado y mostrarle mi imperfección y vulnerabilidad. Tal vez usted esté buscando otros errores ortográficos a ver si puse más, y puede que encuentre. En ese caso, lo felicito.

En los últimos segundos usted no estaba pensando en las Islas Canarias. Pero ahora sí. Ése es mi poder, dirigir su pensamiento hacia donde quiero. Ahora usted va a pensar en: una manzana, un avión, una pelota número 5, Cristóbal Colón, un ala delta, un terrón de azúcar, cualquier objeto fálico y el color amarillo. ¿Vio? Usted pensó en todas esas cosas, y por lo tanto tengo control sobre su pensamiento.

Usted no se preocupa porque esto es un juego inofensivo, y está tranquilo al saber que el dueño de lo que usted realmente piensa, sobre todo acerca de asuntos relevantes, no es otro que usted. Usted opina que la libertad, la democracia y los derechos humanos son cosas buenas. Me atrevería a apostar que usted cree que las Malvinas son argentinas. A usted le parece que su educación podría haber sido mejor. Usted a veces se arrepiente luego de realizar alguna actividad. Usted está compuesto mayormente de agua. Usted inhala oxígeno y exhala dióxido de carbono. Lo mismo hacían sus ancestros.

Usted ya hace varios párrafos que agarró la idea. Sin embargo, sigue leyendo. Eso quiere decir que le interesa cómo va a seguir. Le interesa particularmente cómo va a terminar. Y seguramente me quiere agarrar en alguna inexactitud. No lo conseguirá, soy muy cauto para estas cosas. Por eso, lo que más me conviene es terminar rápido. Así que va la última verdad: al acabar esta oración, usted llegará al final.

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21 Feb 2010

Duros de pasar

Dos amigos se habían citado a tomar el té en un conocido bar londinense. Ambos eran en extremo educados, y no tenían intención de llegar tarde. Por eso decidieron estar en el lugar exactamente cinco minutos antes de la hora acordada. La determinación de los dos hizo que se encontraran en la puerta.

Se saludaron con un firme apretón de manos. Hablaron sobre el clima de ese día. Luego ambos se invitaron a pasar. Como los dos eran muy amables, cada uno quiso que el otro entrara primero. Lo indicaron extendiendo el brazo hacia la puerta. Uno de ellos extendió el brazo derecho, el otro el izquierdo.

Ninguno de los dos quería cometer lo que veía como falta de tacto, aceptar la invitación del otro. Entonces ambos insistieron en que fuera el otro el que aceptara la suya y pasara antes. Pero por el mismo motivo no llegaron a un acuerdo.

Se quedaron parados frente a la puerta esperando que el otro hiciera algún sutil movimiento de claudicación para poder proceder a tomar el té. Los parroquianos que iban llegando pasaban entre los dos y entraban.

Comenzaron a transcurrir las horas. Los dos amigos seguían firmes en la puerta del bar, determinados a no entrar primero. El dueño del lugar se ofreció a resolver la diferencia mediante el azar, pero ambos se negaron. Opinaban que entrar antes que su compañero de té era una descortesía.

Pasaron los días, luego los meses y los años, y los hombres seguían inmutables en su invitación mutua. Ya los habitués del lugar los consideraban parte del paisaje.

El tiempo transcurrido sin entrar y sin moverse fue desgastando la vida de los dos amigos, que de todos modos no abandonaban la amabilidad para con el otro. A medida que avanzaban los días iban perdiendo materia orgánica, y el hollín de las calles londinenses los iba cubriendo sin que ninguno atinara a nada.

Ninguno de los dos hombres se movió nunca. Décadas después de aquel día en el que se citaron a tomar té, aún siguen en la puerta. Nadie recuerda quiénes eran. Todos los que los conocían han muerto. Los actuales habitués del bar, sin otra información que lo que ven, los consideran dos estatuas que ornamentan la entrada.

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19 Feb 2010

Mi planeta es la Tierra

Divisé a lo lejos un bar. Tal vez allí me podían informar en qué galaxia me encontraba. Estacioné mi cápsula y me metí.

Me costó encontrar alguien que hablara alguno de los idiomas en los que puedo comunicarme. Eso me dio la pauta de que estaba lejos. Hasta que un extraño ser reconoció una de las lenguas que había intentado usar. Se me acercó y me habló en español. Me dijo que estábamos en la Vía Láctea. Le pregunté de dónde era, y me dijo “de la Tierra”.

Tal afirmación me sorprendió. No conocía ninguna especie terrestre de esas características. El ser en cuestión era humanoide, sí, pero no humano. Tenía una cantidad de arrugas irregulares en la frente, debajo de las cuales había dos fosas nasales que se introducían hacia abajo en lo que podríamos llamar cabeza. No se le notaba ningún ojo, aunque estaba claro que de alguna manera me había visto.

Pensé que tal vez él provenía de alguna especie muy antigua que había logrado salir al espacio y luego había evolucionado hasta lo que era él (o tal vez ella). Pero me extrañaba enterarme de que la galaxia donde no podía ubicarme era la Vía Láctea. Yo provenía de allí, y creía conocerla bien. A menos que hubieran implementado un plan de reformas estructurales desde mi partida, ésa no era la galaxia que yo solía llamar mi hogar.

Entonces le pedí al amable ser si me podía indicar cómo llegar a la Tierra. “Cómo no”, me dijo con la amabilidad que lo caracterizaba, y me dibujó sobre una servilleta un plano tridimensional de los alrededores. En el esquema, la Tierra aparecía como el séptimo planeta desde el Sol, y otra vez me extrañe. ¿Se habían agregado cuatro sin que yo me enterara? Empecé a sospechar algo extraño, entonces le pregunté de qué parte de la Tierra era él (en realidad cuando se lo dije usé el pronombre “usted”, así que no tuve que lidiar con su sexo en ese momento). Cuando respondió “de Tierra capital” pude darme cuenta de que no proveníamos del mismo planeta.

Le describí entonces el mío. Yo buscaba el planeta “Tierra” que era el tercero en orden saliente de su sistema solar, que tenía un satélite natural bastante grande en proporción y que estaba cubierto casi en su totalidad por agua (el mismo elemento, por cierto, que me componía a mí casi en mi totalidad).

El extraterrestre nacido en la Tierra no supo ubicarlo pero, con toda amabilidad, accedió a hacer de intérprete con los otros parroquianos del bar.

Al recorrer las mesas, ambos nos sorprendimos de que todos respondieran a la pregunta “¿sabe dónde queda la Tierra?” con “por supuesto, de allí vengo”. Sin embargo, ninguno de estos seres era de la misma especie que yo ni tampoco de mi amigo. Había algunos de visibilidad parcial, otros con forma de nube negra de la que nunca se condensaría una lluvia, otros con párpados en las orejas (donde estaban también sus ojos), otros con dedos en lugar de dientes y otros cuya existencia era discutible, pero allí estaban.

Todos ellos decían ser de la Tierra, pero nadie parecía venir del mismo planeta que ninguno de los otros. Entonces les pedimos que hicieran un esquema como el que había hecho inicialmente mi amigo, así nos podíamos dar cuenta de qué estaba pasando. Cuando los hicieron, nos dimos cuenta de dos cosas:

1) Todos venían de planetas distintos, pero todos llamaban “Tierra” a su planeta.

2) Todos venían de galaxias distintas, pero todos llamaban “Vía Láctea” a su galaxia.

Buscamos en vano algún esquema que se correspondiera con el de la Tierra a la que yo quería volver, pero sabía que era inútil. Ninguno de esos seres tenía pinta de conocer la lejana Tierra mía.

Me estaba por ir de allí para seguir mi periplo, cuando vi que salió del baño una figura familiar. Luego de observarlo durante unos segundos me dí cuenta de que se trataba de un velociraptor. Mi amigo pudo comunicarme con él. Él no sabía que era un velociraptor, según él su especie era llamada “homo sapiens” por los científicos de su planeta. Con el correr de la charla quedó claro que hacía tiempo que no lo visitaba. Nos contó que había oído algunos rumores de cambios importantes, de que había caído un meteorito o algo, y poco después sus contactos en la Tierra dejaron de escribirle, él por trabajo nunca pudo volver y para cuando se quiso acordar habían pasado sesenta millones de años y ya no tenía sentido volver.

Como le caí simpático, me regaló el mapa que había usado para llegar desde la Tierra hasta allí, aunque me advirtió que podía estar algo desactualizado. Yo se lo agradecí, y también agradecí la ayuda del ser de arrugas extrañas. Luego salí del bar y emprendí mi viaje de regreso.

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17 Feb 2010

Celos de autor

El autor tenía una imaginación activa. La volcaba en sus textos, que como resultado eran muy imaginativos. Los personajes realizaban todo tipo de acciones posibles, poco posibles y nada posibles. Ellos llevaban a la práctica lo que el autor se imaginaba.

Sin embargo, el autor tenía una vida monótona y aburrida. Su actividad más frecuente, luego de escribir, era leer. Lo más jugado que hacía era comer cada tanto algo picante. Los personajes, por su parte, eran mucho más activos que él.

El autor se dio cuenta de ese hecho y decidió que no podía ser. Quiso tener una vida más variada. No quería que sus personajes se divirtieran más que él. Entonces comenzó a hacer deportes extremos, experimentos sociales y otras actividades que antes no hubiera siquiera pensado en hacer.

Su vida se llenó de estímulos, que fueron aprovechados por su imaginación para expandirse, y como resultado los personajes fueron aún más activos. El autor estaba contento con los nuevos textos, pero no con su vida. Y sabía que era imposible solucionarlo, porque sus personajes hacían cosas que para un humano existente era imposible.

El autor deseó ser él también un personaje, el fruto de la imaginación de alguien, pero sabía que no lo era. Con el correr de los meses se aburrió de la vida renovada y volvió a sus rutinas habituales. Los personajes se beneficiaron de su experiencia, pero él les empezó a tener bronca.

Para vengarse, comenzó a escribir textos sin personajes. Las ideas imaginativas seguían estando, ya sin nadie que las protagonizara. Sin embargo, no podía eliminar a los personajes de los textos anteriores, que aún tenían vidas mucho más interesantes que la suya. También lo irritaba ser consciente de que, como autor, él conocía la razón de la existencia de esos personajes y no la suya.

Finalmente, decidió volver a usar personajes pero darles una vida más aburrida que la suya. Las ideas imaginativas quedaron en los textos, pero ya no eran los personajes los que las llevaban a cabo. Decidió también que los personajes tuvieran celos de las ideas que los rodeaban. A algunos les dio consciencia de que eran personajes y los hizo envidiar los platos picantes que el autor comía.

Siguió con ese plan destructivo hasta que se le ocurrió algo mejor. Decidió comenzar un diario de escritor. En él escribía aventuras imaginarias que lo tenían a él mismo como protagonista. Las presentaba como verdaderas. Él era el único que sabía que eran falsas. También sabía que un día iba a morir y, cuando sus diarios fueran leídos, se convertiría él también en un personaje, y podría concretar así sus fantasías.

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15 Feb 2010

Para mí que te amo

Me parece que te amo. No sé bien, es una sospecha que tengo. Hace unos días que vengo pensando que tal vez ocurra eso. Qué lindo sería, ¿no?

Está claro que algo siento por vos. Si no, no sospecharía que te amo. Pero una duda me carcome: ¿será realmente amor lo que siento? Tal vez me atraés mucho y eso es todo.

Igual, para mí que hay más que eso. No sé bien por qué, me da la sensación. En una de esas te amo, che. Veremos.

No quiero engañarte y decirte que te amo así nomás, y tampoco quiero engañarme a mí. Lo que pasa es que cuando estás me siento distinto. Diría que me siento bien, pero es algo más. Es como si me sintiera completo o algo por el estilo. ¿Me explico? Y cuando no estás no siento lo mismo. Capaz que siento que me faltás vos.

Pero no sé si eso implica que te amo. Tal vez me siento solo y cuando estoy con vos no. No sé, creo que hay algo más que eso.

Está bastante claro que te quiero. De otro modo, ni me molestaría en considerar si te amo o no. Es que amarte es un escalón superior a quererte. Yo desde hace rato sé que te quiero. Vos también lo sabés, te lo dije muchas veces. El asunto es que quiero a mucha gente, y no amo a todos ellos. Y tampoco siento por ellos lo que siento por vos. Quién te dice, podría ser amor, qué sé yo.

A veces, cuando hablamos por teléfono y oigo tu voz, sospecho más fuerte que te amo. Me doy cuenta de que me pongo contento de estar hablándote. Más contento me pongo cuando nos vemos. El tema es que no sé si eso constituye el amor.

Si fuera por mí, te amaría. No tengo dudas. Lo que pasa es que no controlo a quién amo; es algo que gobiernan mis emociones, si no sería muy fácil. Pero ojo, no es que no esté al tanto de lo que siento, ocurre que no sé distinguir muy bien cómo se llama.

Así que, me parece que te amo. Ojalá vos me ames a mí también, si esto se confirma. Espero no ponerte en un compromiso, si no sentís por mí lo mismo que yo siento por vos. Igualmente me parece que, de comprobarse mi sospecha, sería un paso muy importante para nuestra relación.

¿Vos qué opinás?

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14 Feb 2010

Ejercicio de relajación

Te apoyás sobre los pies. Flexionás las rodillas. Enderezás la columna. Respirás hondo. Exhalás despacio. Aflojás los brazos. Aflojás el cuello. Aflojás las piernas. Liberás a tus articulaciones de toda responsabilidad. Los brazos cuelgan de tus hombros. Los dedos cuelgan de las manos. Las uñas cuelgan de los dedos.

Respirás hondo. Observás el recorrido del aire. Aflojás el diafragma. Bostezás artificialmente varias veces, hasta que viene un bostezo de verdad. Caés en un estado de total sumisión ante tu propio cuerpo. Observás cómo tu cuerpo se va relajando.

Tenés sueño. Los párpados son cada vez más pesados. Te pesan tanto que los dejás caer, y con ellos cae también la cabeza. Tu cuerpo se encorva hacia adelante. Los párpados siguen pesando, pero ahora la cabeza está invertida y el peso de los párpados te hace abrir los ojos. Podés ver cómo el peso de los párpados te inclina aún más hacia adelante. Los músculos, bien flojos, no son capaces de sostenerte y te vas de cabeza al suelo.

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11 Feb 2010

Levadura

Ese día me dio por amasar pan después de muchos años. Aunque me acordaba la receta básica, tuve algunas dudas. La mayor fue cuánta levadura ponerle. Había comprado un cubo en el supermercado, y razoné que probablemente el cubo era una unidad para una cantidad razonable de pan casero.

Pero se ve que me excedí, porque el pan siguió levando después de las dos horas que lo dejé en reposo. Levó en el horno, levó también cuando lo saqué ya cocido y lo serví en el jardín, acompañado con unos mates.

Presumiblemente, levó también cuando lo comí. Comí bastante porque me cayó muy liviano, y con el correr de los minutos me fui sintiendo aún más liviano. Tan liviano que me elevé por el aire.

Floté por encima de la ciudad, vi mi casa desde arriba, vi el barrio, comprobé que los mapas dibujados eran un reflejo fiel de las calles reales. Me dejé llevar por la corriente de aire. Me encontré con algunas palomas que huyeron de mí. Pero me gané la confianza de ellas cuando extendí mis manos y les ofrecí unos pedazos de pan que me habían quedado sin comer cuando comencé a elevarme. Entonces me adoptaron en su grupo.

Revoloteé con las palomas, les seguí la corriente, quise ser como ellas. Llegué a distinguir a diferentes individuos y me hice amigo de algunos. Me enseñaron algunas técnicas de vuelo para usar con más eficiencia las corrientes del aire. Yo volaba con las palomas y deseaba convertirme en una de ellas.

En un momento me sentí cansado. Sentí que la levadura había hecho ya su efecto y en cualquier momento me iba a caer. Hice un gesto a las palomas para que me acompañaran. El grupo decidió hacer base en una plaza y, como muestra de hospitalidad, fui invitado a ocupar la posición de privilegio, sobre la cabeza de la estatua de la plaza.

Como nunca había aterrizado, no tenía la técnica. Las palomas intentaron mostrarme cómo se hacía, pero no llegué a interpretarlas. De todos modos parecía que lo iba a lograr. Me acerqué con lentitud. Quise posarme suavemente con los dos pies sobre la cabeza de la estatua. Pero la escultura no resistió mi peso. La cabeza se cayó para un lado, yo caí de espaldas para el otro. Las palomas que habían aterrizado antes que yo volaron despavoridas.

Cuando me levanté, quise volver a colocar la cabeza en su lugar. Fui hasta la ferretería de en frente de la plaza, compré un pomo de pegatodo, volví al pie de la estatua, recogí la cabeza, me trepé y la pegué sin que nadie se diera cuenta.

Desde entonces la estatua está casi intacta. Las palomas nunca más se posaron sobre ella.

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9 Feb 2010
Caídas Del año:

Cuando digo quiero decir

Cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir. ¿Quiero decir que cuando digo quiero decir quiero decir cuando digo? Claramente no. Sólo digo que quiero decir quiero decir cuando digo cuando digo. No significa que cuando digo quiero decir quiero decir cuando digo. No. Cuando digo quiero decir quiero decir quiero decir. Y cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir también.

Entonces, cuando digo “cuando digo quiero decir” en realidad quiero decir “quiero decir quiero decir”, en cambio cuando digo “quiero decir” quiero decir sólo eso.

¿Cuándo digo quiero decir? Cuando quiero decir quiero decir. ¿Y cuándo digo cuando digo? Cuando quiero decir quiero decir. ¿Y si quiero decir cuando digo cuando digo cuando digo? No se ha dado, en mi experiencia cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir.

Si cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir y si quiero decir quiero decir cuando digo quiero decir, ¿cuándo quiero decir cuando digo?

Jamás.

 

¿Qué pasa cuando se traduce este texto a veinte idiomas y después se lo devuelve al español? Leer aquí.

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7 Feb 2010
Juegos Del año:

El abedul que quería caminar

Había una vez un abedul que quería caminar. Pero no podía porque tenía las raíces clavadas en la tierra. Pasaba todos los días en el mismo bosque, aburrido de contemplar siempre el mismo paisaje.

Veía cómo distintos animales llegaban a su cercanía. Algunos se trepaban a él, otros se colgaban, otros volaban hacia las ramas y formaban allí su hogar.

El abedul quería conocer el mundo. Sólo podía ver los alrededores desde lo alto de su copa, pero eso le bastaba para darse cuenta de que el mundo no se agotaba en lo que era capaz de apreciar.

Para poder zafarse del lugar donde estaba atrapado, el abedul decidió hacer crecer las raíces hacia arriba. Pensó que así por lo menos no se estancaría más, y tal vez conseguiría ser libre de alguna manera. Con mucha paciencia esperó el crecimiento de las raíces hasta que comenzaron a verse saliendo del suelo alrededor del tronco. Parecían pequeños árboles que lo rodeaban.

Los distintos animales comenzaron a treparse de las raíces, y poco a poco las fueron sacando de la tierra con su fuerza. El abedul pudo ver que su plan estaba funcionando, aunque le costaba más tomar agua. Pero no era problema, porque llovía seguido y las raíces todavía podían obtener lo necesario para que el abedul subsistiera.

Llegó un momento en el que sus raíces estuvieron completamente fuera de la tierra. El abedul se sintió libre y quiso usarlas para alejarse del bosque. Pero no sabía caminar y las raíces no estaban acostumbradas a soportar el peso de todo el árbol.

El abedul, entonces, decidió armarse de paciencia una vez más. Sólo iba a dar pasos cuando estuviera seguro de que podía darlos. Si quería cumplir su sueño de caminar debía aprender a hacerlo y no podía darse el lujo de cometer un error.

En las siguientes semanas pudo por fin alejarse unos centímetros del lugar donde había estado toda su vida. El abedul estaba contento porque su sueño se estaba haciendo realidad, aunque sabía que aún debía aprender mucho para poder llegar a un lugar distinto.

Un día de viento todo cambió. El abedul no sabía qué hacer. Sus intentos de caminar lo desestabilizaron. La confianza que había generado con el éxito de los días anteriores lo traicionó. Dio un paso en falso y cayó al suelo del bosque. Aunque no había nadie para escucharlo, la caída causó un gran estruendo.

El abedul supo que no podría levantarse. Pero no se sentía derrotado, porque se había esforzado para concretar su sueño. Era mejor caer así que morir de pie.

En los meses siguientes, varios hombres entraron al bosque y vieron al abedul caído. Nadie se pudo explicar por qué la base del tronco estaba tan lejos de su huella.

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La casa por la ventana

El plan era tirar la casa por la ventana. Pero era más fácil de decir que de hacer. Había algunas trabas concretas. La primera fue que la casa era más grande que la ventana. Teníamos tres opciones para sobrellevar este problema. Una era tirar la casa por partes. Dos opciones más simples eran agrandar la ventana o achicar la casa. Elegimos la primera porque consideramos que era la más viable. Achicar la casa no se podía. Agrandar la ventana sí, pero haría difícil tirar la casa.

En ese momento nos encontramos con un problema irreductible: la ventana era parte de la casa. Aún cuando pudiéramos achicar la casa y no la ventana, para poder tirar la casa por la ventana necesitábamos tirar también la ventana por ella misma. Podíamos desarmar la estructura de la ventana para que quedara sólo el agujero, pero la ventana es más un concepto que una estructura. También podíamos tirar la ventana por otra ventana. Era una solución parcial. Sí, efectivamente habríamos tirado cada parte de la casa por alguna ventana, pero lo que queríamos era tirar la casa por la ventana, no por las ventanas. Además, hubiéramos tenido que tirar la ventana mientras estaba en pie la otra, con lo cual nos hubiera quedado lejos para tirar el resto de la casa.

Resolvimos entonces tirar todo lo que se pudiera de la casa por la ventana, y dejar la ventana como un testimonio del trabajo cumplido. Para eso necesitábamos dejar una porción de pared en pie. Decidimos que podíamos vivir con eso.

Desensamblamos la parte de la pared que quedaría en pie y nos dedicamos a demoler el resto de la casa. A medida que teníamos cascotes de tamaño adecuado los íbamos tirando por la ventana. Fue un momento inolvidable.

Tiramos los dormitorios, los pasillos, la cocina, los baños, el living, las puertas, las otras ventanas, los sanitarios, los muebles, los techos y las paredes. Cuando quedaba el último cascote, lo tiramos entre todos como un símbolo del deber cumplido.

Una vez que terminamos todo, descansamos unos minutos antes de volver a armar la casa. Veníamos bien de tiempo, según nuestros cálculos llegábamos a reconstruirla antes de que se hiciera de noche. Pero no contamos con un detalle: la casa había caído en el terreno vecino, el dueño consideró que lo que arrojábamos pasaba a ser su propiedad y no nos dejó retirarlo. Con lo cual no pudimos recuperar la casa que tiramos por la ventana.

Ahora estamos ahorrando para hacernos una casa nueva, más grande. Mientras tanto, vivimos en un hotel. No vemos la hora de terminarla. Igual sabemos que antes de que nos demos cuenta la vamos a estar inaugurando, y cuando llegue ese momento va a haber tanta algarabía que organizaremos un festejo acorde a las circunstancias. No vamos a dejar títere con cabeza.

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2 Feb 2010
Gran porte, Juegos Del año: