Archive for March, 2010

Balance de audio

Prefiero el mono al estéreo. Nunca entendí por qué es necesario dividir el sonido de una grabación en dos. Está bien que se pueden diferenciar mejor los instrumentos, pero eso no tiene por qué ser necesario. Una canción es una canción. No se pintan dos cuadros por cada obra porque hay dos ojos, ni se compra un libro para el ojo izquierdo y otro para el derecho. Todas las páginas se leen con ambos.

Pero en el caso de la música, cada oído escucha algo diferente que después es combinado en el cerebro. OK, en principio no está mal. Es un sistema que tiene algunas desventajas. Por ejemplo, en el caso de que uno de los parlantes o auriculares no funcione bien, se pierde la mitad del sonido. En una grabación mono, ese problema no existe.

También es cierto que la técnica para mezclar las pistas es distinta en estéreo. Hacen falta ciertas destrezas que para el mono no son necesarias. Hoy es común mezclar en estéreo, pero en los comienzos de ese sistema no era así. Había mezclas distintas para mono y estéreo. Discos como Sgt. Pepper, por ejemplo, son distintos en mono y estéreo porque ambas mezclas fueron realizadas por distintas personas. Durante muchos años, la visión moderna de tener una mezcla estéreo en el mercado impidió que estuviera disponible la versión mono, para muchos superior, sólo por una pretendida obsolescencia de la cantidad de canales.

Pero mi antipatía por el estéreo tiene una causa más personal. Una vez estaba escuchando una grabación estéreo con auriculares mientras leía. Estaba sentado en una silla. La persona que hizo la mezcla tenía tan poco criterio que colocó los instrumentos más sonoros del lado izquierdo. De este modo se produjo un desbalance de audio que instintivamente traté corregir moviendo mi cabeza hacia la derecha, debido a que tengo cierta necesidad de simetría. Era tanta la diferencia que me pasé con la corrección, me tiré demasiado hacia la derecha y me caí con libro y todo. Me dí un fuerte golpe en la cabeza, que encima fue en un solo lado y tuve que aguantar la asimetría para no darme un golpe similar del otro.

Si hubiera escuchado la mezcla mono, no me caía.

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A los postres

El postre todavía estaba tibio cuando, embelesado por el sabor, me hundí con mi cuchara en las densas profundidades del chocolate. Me dí cuenta de que no necesitaba la cuchara cuando comencé a nadar por el postre mientras lo comía. Deseé que el momento no terminara nunca. Mi cuerpo se cubría de chocolate, pero me manejaba con una extraña naturalidad, como si siempre hubiera sabido cómo bucear en esa sustancia. Cada brazada era acompañada por un lengüetazo que me llenaba de sabor. Mis ropas ya estaban completamente oscuras. No importaba, nadaba en chocolate. Ya habría tiempo para volver a la realidad.

Aunque el postre estaba bien batido, conservaba aún algunos vestigios de un estado anterior, en forma de pequeños grumos que yo guardaba en mis bolsillos para luego espolvorear en el resto del chocolate como queso rallado. Los grumos contenían también partículas de aire que yo usaba para respirar dentro del cremoso chocolate.

Realicé pruebas de destreza natatoria, recorrí todas las profundidades del postre con una alegría imposible de disimular. Extendía los brazos formando círculos como forma de expresar mi felicidad. Los movimientos batían el chocolate, lo cual lo hacía cada vez más sabroso. El espíritu del sabor llenaba mis poros, al igual que el chocolate mismo.

Hasta que se hizo la hora de volver a la realidad. De dejar el resto del postre para paseos posteriores y para que pudieran probar los demás. Decidí sacrificar un poco de felicidad en ese momento para lograr recuperarla más tarde.

Me dirigí a la superficie. Grande fue mi sorpresa al no poder salir. Una membrana que antes no estaba me impedía asomarme. En ese momento caí en la cuenta de que el chocolate ya estaba frío y se había formado la deliciosa piel en la superficie. Piel que no podía perforar desde abajo. Intenté lamerla hasta dejarla expuesta, pero era una tarea imposible. No existía un límite definido entre la piel y el resto del postre.

Hasta que recordé que aún tenía en mi poder la cuchara. La saqué de mi bolsillo, lamí su contenido y presioné con ella sobre la piel del postre hasta que vi la luz. Con delicadeza me trepé a la rendija que había formado, y salí por ella al mundo exterior.

Una vez fuera, me alejé de la rendija y me tiré un rato sobre la piel, aun embadurnado en el chocolate de su interior, para descansar y rememorar la estupenda experiencia.

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Formación inicial

Suena el timbre. Se acaba la hora del ocio y llega el momento de entrar a clase. Pero antes es necesario saludar a la bandera.

Para realizar el saludo cada curso debe formar una o dos filas. Los alumnos de los distintos cursos se van alineando. Saben que mientras más tarden en formar la fila menos clase tendrán. Pero no se puede sostener la demora demasiado tiempo sin generar sospechas sobre los motivos. Entonces se genera con lentitud una hilera de alumnos. Se ubican en forma perpendicular a la pared más larga del patio de la escuela.

La conformación de cada fila va cambiando. Los niños se rebelan contra la regla de colocarse al final. Algunos piden permiso para colocarse delante de otros. De ellos, hay quienes reciben autorización para ubicarse detrás, lo cual provoca airadas protestas de quien ya está en ese lugar.

Las maestras, mientras tanto, piden silencio en vano.

Cuando la fila está aproximadamente armada, llega el momento de tomar distancia. Cada niño extiende su brazo derecho y apoya la mano en el hombro del que está adelante, de modo que el espacio entre todos sea la misma. El objetivo no es alcanzado debido a la diferente altura de los alumnos y a los distintos largos de los brazos. Hay, no obstante, un orden aproximado.

Formada la fila, los pedidos de silencio pasan a ser más enfáticos. Lentamente van siendo obedecidos, hasta que se consigue que todos los cursos hagan silencio en el mismo instante. Ese momento es aprovechado por la directora para dar comienzo a la ceremonia. Se procede a la interpretación de una canción patria dedicada al pabellón nacional. Los alumnos más aplicados, que fueron los primeros en integrar las filas y por lo tanto quedaron adelante, inician el canto. Segundos después, el resto de la escuela canta a la bandera en forma desordenada, desafinada y lenta. Todos saben que mientras más lenta sea la canción más tarde irán a clases. Nadie intenta acelerar el ritmo, las maestras tampoco.

Mientras dura la canción, alumnos aun más aplicados que los que iniciaron el canto izan orgullosamente la bandera. Consiguen que esté en la posición buscada mucho antes del final de la canción. Al terminar la música, se procede a saludar formalmente a la bandera.

Una vez finalizado el acto, y sin esperar que la bandera responda el saludo, los alumnos marchan hacia las aulas para comenzar un nuevo día de clases.

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Violencia de ultratumba

Era de noche. Caminaba por una calle solitaria y oscura, donde nunca había un alma, cuando apareció entre las sombras una figura humana. Era un hombre de tez oscura y pelo largo. Lo miré con precaución. Temí que pudiera asaltarme al amparo de la oscuridad. Pude comprobar que me había visto. Cuando me acerqué, vi que tenía puesta ropa antigua y pude comprobar que tenía una apariencia traslúcida. Estaba ante un fantasma.

Antes de que tuviera tiempo a darme miedo, sacó un mosquete y me apuntó. Luego me dijo algo en español antiguo. Después de unos segundos comprendí que me estaba asaltando. Como sé que en estos casos es preferible no resistirse, procedí a entregarle el contenido de mi billetera.

Sin embargo, esa acción tan simple no me fue fácil. Cuando le entregaba el dinero, el fantasma lo intentaba agarrar pero sus dedos lo atravesaban. Luego de intentarlo dos o tres veces se enojó conmigo, porque creyó que estaba intentando retener los billetes. Yo, para mostrarle mi buena voluntad, se los coloqué sobre la mano y los solté. El fantasma no los pudo sostener y cayeron al suelo, donde se mancharon con el agua podrida del cordón de la vereda.

El fantasma, entonces, se terminó de enojar, tomó su mosquete y me disparó. Pero la bala fantasmagórica me atravesó sin hacerme daño. En ese momento comprendí que no tenía nada que temer, entonces con lentitud recogí los billetes, les sacudí un poco el agua podrida y los volví a poner en la billetera, mientras hacía caso omiso a las protestas del fantasma.

Una vez que terminé de recoger todos los billetes, seguí mi camino. Consideré avisar a la policía que había un fantasma asaltando, pero evité hacerlo para que no pensaran mal de mí. Y, además, su falta de solidez iba a hacer muy difícil apresarlo.

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Cómo desenvolverse en el British Museum

1. Viva en el antiguo Egipto.

2. Fallezca o, si lo prefiere, muera.

3. Sea momificado por sus pares y colocado en un sarcófago.

4. Espere alrededor de veinticinco siglos.

5. Asegúrese de ser una de las momias trasladadas a Inglaterra.

6. Luego de ser colocado en exhibición en el pabellón egipcio del British Museum, espere un tiempo para no alarmar a los guardias del museo.

7. Durante el horario en el que el museo está abierto, resucite. De ser posible, hágalo cuando esté siendo observado por un contingente de escolares.

8. Tratando de hacer el menor ruido posible, rompa el vidrio que lo separa del público.

9. Desenvuelva las vendas que cubren su cuerpo. Tenga cuidado: es probable que estén muy pegadas debido al tiempo que llevan allí.

10. Encontrará que está desnudo en el medio del museo. Retírese con mucho disimulo, antes de ser atrapado por los guardias o, lo que sería peor, por un equipo de antropólogos del museo. Es recomendable que no silbe, porque si lo hace hará notoria su intención de disimular.

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Marionetas

La marioneta se mueve con gran destreza, pero en realidad no. Es el marionetista quien dicta sus movimientos a través de los hilos que la sostienen.

Eso es lo que cree el marionetista. Pero no es tan así. Para hacer que la marioneta se mueva, debe mover sus manos de maneras determinadas. Usa su destreza pero no tiene libertad total. La marioneta, así, controla los movimientos del marionetista.

Hay quienes piensan que el marionetista, a su vez, es manejado a control remoto por alguna inteligencia superior que no le ha dado libre albedrío. Sin embargo, ocurre aquí lo mismo que en el caso anterior: la inteligencia superior debe estar al servicio de las inferiores, o de otro modo todo el esquema se estropearía.

Los que manejan al mundo como marionetas tienen el mismo dilema. Deben estar siempre vigilantes, para evitar que se les vaya de las manos, y deben mover esas manos de la forma que les dicta la conducta de los demás. Ellos manejan al mundo y son también manejados no por una inteligencia superior, sino por los que ellos creen manejar.

Pero a no engañarse. Esta situación no implica que las marionetas tengan poder. Siguen siendo marionetas, y el marionetista las sigue manejando. Sólo se ve aquí la limitación que supone ser marionetista.

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Piedra cartón de

Cerca de casa hay un negocio de ropa. En la vidriera había un maniquí que, según me pareció en una ocasión, me miraba con ganas.

Desde ese día, empecé a prestarle más atención. Y todos los días aparecía con ropa distinta, como para encender mi curiosidad. Me dio la sensación de que estaba probándome, a ver qué me gustaba. No quería devolverle las señales porque, por más que representara a una mujer atractiva, yo sabía que se trataba de un maniquí.

No sabía si me estaba volviendo loco o qué. Pero no me pasaba con ningún otro objeto. Las horas transcurrían normalmente, y siempre recibía sutiles señales del maniquí. Podía ver que, cada vez que me acercaba, al maniquí se le iluminaban los ojos plásticos. De cerca podía ver un tinte rojizo en su cara que de lejos no estaba.

Resolví hacerme un test psicológico, por las dudas. No quise contar el motivo, dije que era para sacar el registro de conductor. Me hicieron una batería de exámenes que dieron normales. Se me otorgó el visto bueno para manejar autos. Al regreso, pasé por la vidriera y el maniquí, al verme, me guiñó un ojo. Fue algo muy sutil. Pregunté con delicadeza a algunas de las personas que miraban la vidriera: “¿no les dio la sensación de que este maniquí como que guiñaba un ojo?”. Pero nadie me contestó la pregunta, prefirieron ignorarme. Varios dieron un paso hacia atrás para alejarse de mí.

Ahí me dí cuenta de que explorar este asunto no podía traer nada bueno. El interés del maniquí ya había logrado que yo mismo dudara de mi cordura, y no tenía intención de generar esa misma duda en otras personas. Así que decidí evitar pasar por la vidriera.

Fue difícil, porque el negocio estaba muy cerca de casa. Para no pasar por ahí tenía que dar una vuelta de como cuatro cuadras. Pero prefería hacerlo. Hasta que, meses después, decidí pasar discretamente, en auto, para ver si ya lo habían retirado de servicio. Pude ver que aún estaba ahí, con cara de melancolía.

Al ver el maniquí, aceleré. No quería que me viera. Llegué a casa y me senté a mirar televisión.

Unos minutos después oí el timbre y tuve una sensación rara. Atendí el portero y nadie contestó. Entonces fui a la puerta y vi que ahí, en el umbral de mi casa, estaba el maniquí. Tenía una expresión que interpreté como un enojo. Pero no me dijo nada, porque era un maniquí.

Decidí que lo mejor sería llevarlo al negocio antes que alguien lo encontrara en mi domicilio. Cuando llegué con el objeto a cuestas me encontré con que la vidriera estaba rota. Un ladrillo yacía en la vereda junto a un montón de vidrios rotos.

Me presenté ante una empleada y dije que había encontrado el maniquí en la puerta de mi casa, y que pensaba que era de ellos. La empleada no me creyó. Llamó a uno de los policías que estaban investigando el robo del maniquí y me señaló como el culpable.

Me llevaron a la comisaría, y me alojaron entre cuatro paredes blancas. Después me llevaron a declarar. En ese momento evalué la situación. Tenía que explicar lo que había pasado y conseguir que me creyeran. Me pareció más fácil aceptar los cargos y pagar la multa.

Cuando me retiraba de la comisaría, pasé por la sala de evidencias. Desde el pasillo vi que se encontraba ahí el maniquí. No tuve tiempo para detenerme a mirar, pero me pareció ver lágrimas en sus ojos.

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El estornudo que no fue

Un estornudo subía por mi faringe. Lentamente se acercaba a la nariz. Al abrirse paso en la cavidad nasal, entró en contacto con la mucosa. El proyecto era liberar algunos mocos al producirse el estallido, como la espuma que libera el mar cuando rompe una ola.

Al mismo tiempo, la información de lo que sucedía llegó hasta mi cerebro. Decidí prepararme. Cerré la boca, tomé un pañuelo y me aseguré de que no hubiera en las cercanías nada ni nadie sensible a las salpicaduras. Acerqué el pañuelo la zona ocupada por mi nariz y boca, y esperé la llegada del estornudo.

Sin embargo, nunca llegó. Fue abortado en la cavidad nasal, cuando justo antes de que le llegara el momento de salir al mundo. Nunca sabré qué le pasó. Tal vez no se animó. Se le pasó la oportunidad. Ya nunca volverá a existir. Y, al deshacerse dentro de mí, me dejó con la frustración de la espera que nunca terminará.

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La persistencia del grano

Un grano de choclo amarillo creció en un campo donde también se cultivaba trigo y soja. Luego de ser cosechado, se sorprendió al comprobar que sus compañeros iban a ser procesados para convertirse en alimentos, mientras que él no. Por alguna razón, sólo fue separado de su tronco y comercializado en lata.

Pasaron los días mientras el grano de choclo esperó en la indiferente oscuridad del interior de la lata. Finalmente, un día sintió un movimiento. Algunas horas después sintió un ruido extraño y brilló luz en el interior de la lata. El resquicio por el que entraba la luz se hizo cada vez más grande, hasta que la tapa de la lata fue removida en su totalidad.

El grano pensó que había llegado el tiempo en el que se lo iba a procesar, finalmente, para ser alimento. Sabía que ése era su destino, y nunca había mostrado el menor signo de oposición. Algunos de los granos de su tronco habían optado por oscurecerse para ser excluidos más rápido, pero a este grano no le gustaba ese destino. Iba a ser descartado igual, por lo menos así podría prolongar su existencia y contemplar vistas diferentes.

Junto con varios de sus compañeros, pasó a formar parte del relleno de una empanada. Otra vez la oscuridad rodeó al grano de choclo. No reconoció a algunos granos de trigo que habían crecido en el mismo campo, porque estaban demasiado cambiados. Formaban parte de la salsa blanca que lo rodeaba.

En un momento, el grano sintió un calor muy fuerte que lo puso más amarillo. Duró un rato largo. Luego de unos minutos, en la salsa blanca aparecieron burbujas que antes no estaban. El grano se preguntó cómo habían hecho para aparecer siendo que la empanada estaba cerrada. De repente, se produjo un flash de luz que cegó por un momento al grano de choclo. Cuando recuperó la visión, pudo darse cuenta de que la empanada se había abierto. Por la rendija pudo ver cómo la puerta del horno se abría y la bandeja llena de empanadas era llevada a una mesa.

Pocos minutos después, luego de que se consumieran todas las empanadas no explotadas, llegó el turno de la que alojaba al grano de choclo. La empanada entera fue introducida en la boca de un ser enorme, en comparación con el tamaño del grano. El grano vio los dientes que lo estaban por morder y pensó que eran muy similares a cuando él estaba todavía en el tronco. Pensó que, tal vez, su destino de ser alimento lo llevaría a convertirse en un diente.

Mientras eran objetos de admiración por parte del grano de choclo, los dientes hicieron movimientos de trituración que no lo modificaron sustancialmente. Tampoco a la salsa blanca. Luego de un instante, el grano cayó al vacío, donde lo esperaba una nueva oscuridad que creyó definitiva.

Sintió la aplicación de diferentes sustancias sobre su cuerpo, sin que resultara afectado. El grano de choclo se mantuvo inalterable hasta que comenzó un camino sinuoso, con muchas vueltas, subidas y bajadas. Supo que estaba en el intestino del animal que lo había comido.

Al rato, para su sorpresa, volvió a ver la luz. Inmediatamente entró en caída libre y terminó sumergido en agua, junto con lo que él creía que era la salsa blanca, pero había tomado un color marrón y mayor consistencia. Lo acompañaron varios segmentos cilíndricos irregulares pero parecidos al que él ocupaba. El agua estaba calma, más allá de las salpicaduras provocada por las repetidas caídas de segmentos cilíndricos.

Cuando se acumularon varios de ellos en el agua, se produjo un estruendo. Al mismo tiempo, aparecieron varios chorros de agua que se agregaron al calmo lago que el grano de choclo ocupaba. Todos, el agua anterior, el agua nueva, el grano de choclo y todos los contenedores cilíndricos que llevaban a él y a sus compañeros, fueron arrastrados por la nueva corriente, que los condujo hacia la oscuridad final.

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El presentimiento de Pandora

Prometeo amaba profundamente a los hombres, quienes, a su vez, lo amaban a él. Tan fuerte era ese lazo que “el que presiente las cosas” robó para ellos el fuego hasta entonces sólo perteneciente a los hombres. Zeus, celoso y enojado, decidió castigarlo y mandó a Hefestos a crear la mujer más perfecta que jamás hubiera existido sobre la Tierra. Cada dios fue otorgándole un don: Atenea le dio sabiduría, Afrodita le dio belleza, Eros le dio amor. Así nació “la dueña de todos los regalos”, Pandora. Sin embargo, fue rechazada por Prometeo, que intuía que entre tantas cosas buenas, algo malo se traía entre manos.

Entonces Zeus recurrió al plan B, y le entregó a Pandora en concesión a Epimeteo, “el que presiente tarde”, hermano de Prometeo. Epimeteo no presintió nada y la aceptó gustoso. Pandora tenía instrucciones de entregar a Epimeteo la caja que llevaba en sus manos, pero la sabiduría que le había dado Atenea hizo que le pareciera prudente ocultarla.

Antes de que pudiera hacerlo, la caja llamó la atención de Epimeteo. Quiso saber qué había adentro. Epimeteo, sin presentir nada, quiso saber qué había en la caja y le pidió a Pandora que se la entregara. Pero ella no quería que él abriera la caja. Le decía que no sabía cuál era el contenido, y para Epimeteo el misterio era cada vez más tentador.

Epimeteo decidió entonces arrebatarle la caja a Pandora. Ella la retuvo con la fuerza que le había dado Ares y se produjo un forcejeo. Epimeteo estaba resuelto a abrir la caja, Pandora quería protegerlo de su curiosidad. Ninguno daba el brazo a torcer hasta que, en el medio del forcejeo, la caja se le zafó de las manos a Pandora, se cayó al suelo y se rompió, liberándose de ella todos los males del mundo.

Minutos después, Pandora barría los pedazos de la caja rota y le reprochaba su curiosidad. Epimeteo, mientras se lamentaba de que a partir de ahora tendría que soportar la inconformidad de su mujer, pensó “debí haberlo presentido”.

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Lanzamiento

Luis entró en el balcón. Apoyó sus brazos sobre la baranda para asomarse. Miró hacia abajo. Vio los techos de los autos, empequeñecidos por la distancia. A los costados, vio varios edificios cercanos al que él ocupaba. A lo lejos, vio otros edificios y una porción del horizonte. Mientras miraba a su alrededor, sintió el viento de la altura sobre su cara.

En el suelo se notaba que caminaba gente, pero se podían distinguir muy pocos detalles sobre cada individuo que transitaba la vereda. Luis vio también la parte superior de las copas de los árboles. Le hicieron acordar a la apariencia de las nubes vistas desde un avión.

Se le cruzó por la cabeza la idea de saltar. Vio que nada se lo impedía, y pensó en lo que le podía ocurrir a sus seres queridos en caso de que lo hiciese. Calculó el tiempo que tardaría en llegar a la vereda, y pensó que era posible planear la trayectoria para que la llegada se produjera cuando no pasaba nadie por ahí. O cuando pasara alguien en particular.

Pero la tentación más grande no era la de saltar al vacío, sino la de escupir. La idea le gustó. Razonó que no estaba tan alto como para que su saliva hiciera daño a nadie. Pensó que era poco probable que diera en alguna persona, y que si llegaba a ocurrir podía esconderse rápidamente, sin ser visto por su víctima.

Entonces Luis tomó la decisión de escupir. Quiso hacerlo con firmeza. Algunas veces había escupido sin convicción y la saliva había quedado colgando de su boca, y manchado su ropa. No quería que esta vez ocurriera lo mismo. Por eso juntó saliva y tomó carrera, para lanzar con la mayor distancia posible.

Pero se ve que tomó demasiada carrera, porque no sólo escupió sino que el impulso hizo que Luis cayera al vacío. Una persona que caminaba por la vereda lo vio y quiso ayudarlo, pero se desorientó cuando le cayó la escupida. Luis, de todos modos, se salvó porque cayó sobre la copa de un árbol. Sin embargo, quedó muy claro que el autor del escupitajo había sido él. De modo que, cuando la policía lo rescató, inmediatamente fue detenido por violar la ordenanza municipal del 21 de abril de 1902, “prohibido escupir en el suelo”.

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Deixis

Esto es una oración. Esto es otra oración. Y esto es una tercera (que contiene un paréntesis). Luego del punto seguido, va una oración más. Hasta que se llega a la última oración del párrafo.

El punto y aparte da pie a un nuevo párrafo. Esta es la segunda oración de ese segundo párrafo. La primera fue la que indicó el comienzo del párrafo. Y la cuarta sigue a la que indicó el propósito de la primera. La quinta, con una frase entre comas, cierra el segundo párrafo pero antes de hacerlo se demora un poco más de lo que hubiera podido pensarse.

El tercer párrafo contiene sólo una oración. Pero en realidad no, porque tiene dos1.

Aquí comienza la decimotercera oración. La decimotercera oración, que es la anterior a la actual, forma parte de un párrafo dedicado enteramente a ella. El párrafo se inicia y termina con una oración igual. Sólo la primera contiene una afirmación cierta. Aquí comienza la decimotercera oración.

Todas estas palabras son anteriores a un punto. Estas otras, en cambio, son posteriores a ese punto en particular, pero anteriores a otros. ¿Es la actual oración la primera que usa signos de pregunta en lugar de puntos? Sí. Será difícil encontrar una oración con menos letras que la última.

Y en este preciso lugar comienza la última oración del texto. Pero en realidad es mentira. Sólo comienza el último párrafo. Lo cual también es mentira. Se trata de un párrafo abundante en falsedades. El mismo se compone de siete oraciones.

Esto es una proposición, y esto otro es una proposición diferente. Ambas forman una oración completa. De esta manera se puede agregar un nivel de complejidad pocas veces visto en las oraciones de este texto. Y justo a tiempo, porque la verdadera última oración se está por hacer presente. Es ésta.

  1. También tiene una nota al pie []

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Monedas mágicas

Dicen que existió una moneda de la fortuna. Aquel que la poseía era afortunado en los negocios y prosperaba rápidamente. Cuando la gastaba, el receptor pasaba a ser el afortunado. Así, la suerte se turnaba entre muchas personas.

Existió también la moneda de la felicidad, que proporcionaba la dicha durante el lapso en el que su poseedor la mantuviera en su poder. Había, además, monedas del amor, de la salud y de la inmortalidad.

Junto con ellas, el Banco Central había emitido monedas de la desdicha, el desamor, la enfermedad y la muerte. Todas las monedas circulaban entre las de curso legal y afectaban la vida de quienes se topaban con ellas.

Los poseedores no sabían que estaban ante monedas mágicas. En ocasiones alguien mantenía una en su poder durante un tiempo prolongado, por casualidad, y experimentaba los poderes de la moneda sin atribuirlos a ella. Luego, indefectiblemente, la gastaba y su suerte volvía al cauce normal.

Con el tiempo, las monedas de la suerte dejaron de circular. Los cambios de denominación hicieron que la gente ya no aceptara dinero sin vigencia. Los dueños transitorios de las monedas de la suerte las guardaron y olvidaron su existencia. Su fortuna sigue siendo afectada por las viejas monedas, y siguen sin saberlo.

El Banco Central, por su parte, hace muchos años que abolió la práctica de acuñar monedas de la suerte. Hoy sólo se dedica a la fabricación de meros centavos.

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El celular de Dios

Cuando me dieron el número de celular de Dios, sospeché algo extraño. Me llamaba la atención que fuera de larga distancia. Pero después comprendí que, si bien Dios está en todas partes, su celular no tiene por qué hacer lo mismo.

Una oportunidad de hablar con Dios no era para despreciar. Pero igual tenía dudas de si llamar o no. Tal vez Dios no quisiera hablar conmigo. Entonces miré la pantalla de mi celular en busca de algún indicio. Vi que el indicador de señal estaba al máximo, y decidí interpretar ese hecho como una señal.

Así que llamé. Luego de unos segundos escuché el tono de llamada. Sonó algunas veces y Dios no contestaba. Sentí que tal vez me equivocaba, pero me pareció que era posible que la demora en atenderme fuera una prueba de mi persistencia.

Luego de algunas decenas de segundo, se estableció la comunicación. No me atendió Dios, sino una grabación que me pedía que dejara un mensaje y remarcaba que era necesario que incluyera mi número de teléfono si quería que Dios me devolviera el llamado.

Al oír eso, me dí cuenta de que el número era falso. Dios no necesita que yo le diga mi número para poder llamarme.

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Holicidio

“Hay que matarlos a todos” fue la conclusión que sacó Rubén mientras volvía a su casa en auto. Lo habían enojado los otros automovilistas, los peatones, los que andaban en bicicleta, la policía recaudatoria y la humanidad en general. Pero lo que diferenció a Rubén de todos los que sacaban conclusiones de esa naturaleza fue la determinación de llevar a cabo ese ideal.

Luego de pensarlo un rato, fue a una armería y compró una ametralladora con diez mil millones de municiones. Supuso que algunas de ellas no darían en los blancos o darían en blancos repetidos.

Cuando le entregaron la orden de municiones (la armería tuvo que pedir al proveedor para cubrirla), Rubén procedió a asesinar a todos los presentes en el comercio. En ese momento supo que no había vuelta atrás. Debía matar a toda la población mundial si no quería ir preso por el crimen que acababa de cometer. Una vez que él fuera el único sobreviviente, nadie lo podría arrestar.

Por eso, sin perder tiempo, fue hasta la comisaría más cercana para matar a los que le representaban el peligro más inmediato. En el camino, ahorró tiempo y mató a todas las personas que se le cruzaron. Logró eliminar a la comisaría entera porque actuó rápido. Los policías estaban muertos antes de darse cuenta de qué estaba pasando.

Rubén continuó su raid homicida por toda la ciudad. Al principio se ayudó con su auto. Luego fue cambiando de vehículo a medida que asesinaba a los ocupantes de otros autos que le resultaban más prácticos. Asesinó personas durante toda la noche. Al alba, la población de su ciudad se había reducido en un porcentaje significativo para haber sido obra de un solo hombre en una sola noche.

Al día siguiente las autoridades se pusieron en alerta, al descubrirse la acción de Rubén. No existían testigos, porque la técnica de asesinarlos era muy efectiva para callar sus voces. Pero Rubén supo que ese día le sería más difícil porque había mucha gente avisada. No necesariamente avisada de él, pero sí de que algo extraño estaba ocurriendo.

Por eso decidió comenzar el segundo día de homicidios por la sede de la Policía Científica. Con ese edificio como centro, su área de devastación se fue ampliando en círculos.

Fue descubierto gracias a las cámaras de seguridad, que mostraban imágenes muy claras de Rubén con su ametralladora. Lo que quedaba de la Policía se juró atraparlo, por el bien de la sociedad y por vengar lo que había hecho a la institución. Sin embargo, Rubén pudo más que toda la policía de la ciudad. Mató a todos sus integrantes, y luego a todos los ciudadanos. Algunos de ellos, antes de morir, intentaban terminar la acción purificadora de Rubén con un tiro. Pero él los esquivaba y luego no fallaba en el suyo.

Así, la primera etapa de su proyecto de matar a toda la humanidad se completó. La siguieron otras con igual éxito, hasta que consiguió matar a todo su país. Pasó entonces a los países vecinos, uno por uno. Para entonces era el hombre más buscado del mundo, y el más fácil de ubicar, pero las fuerzas internacionales no podían con él. Rubén tenía una destreza asombrosa para esquivar el brazo armado de la Ley y para asesinar a todo semejante que se le cruzara en el camino. Si su vida hubiera sido llevada al cine (algo imposible si conseguía su objetivo) habría sido interpretado por Sylvester Stallone o Bruce Willis.

Pero ambos murieron asesinados por Rubén, cuando llegó para terminar con Hollywood. En su paso por los Estados Unidos se dio cuenta de que contaba con recursos mucho más prácticos para eliminar a lo que quedaba de la humanidad, pero ya estaba engolosinado con su método artesanal. De paso, mientras destruía a los habitantes, podía conocer el mundo.

A esta altura, ya todos le temían y muchos trataban de correrse de su paso. Pero Rubén era demasiado hábil y siempre los encontraba. Ya las Policías no lo molestaban. Los agentes preferían salir de su paso, refugiarse en sus hogares y así vivir algunas horas más, mientras Rubén completaba sus asesinatos casa por casa.

A algunas personas inteligentes se les ocurrió irse a los países donde Rubén ya había pasado. Sin embargo, no tuvieron éxito, porque él se dio cuenta de esa posibilidad y no tenía ningún inconveniente en volver sobre sus pasos. Matar a toda la humanidad era el proyecto de su vida y no lo iba a detener algo tan insignificante como tener que volver a un lugar donde ya había estado.

Rubén acabó con América, Europa y África. Al llegar a China se encontró con que los chinos habían construido un muro para detener su avance. Pero no contaban con su capacidad trepadora. Pudo pasar el muro y eliminar a todos los chinos, aunque tuvo que dedicar mucho tiempo a ese país. Rubén nunca había caído en la cuenta de que los chinos realmente eran muchos.

Cuando terminó con los chinos, se dedicó a las islas del Pacífico y del Índico. Decidió que el mejor método para llegar a ellas era el submarino. Aprendió a manejarlo y pudo sorprender a todos los habitantes de las islas, aunque los de Australia le resultaron un poco difíciles de ubicar.

Llegó un momento en el que le pareció que su misión estaba cumplida. No encontró más gente para asesinar. Pensó que podía ser una emboscada y decidió tener cuidado. Empezó a mirar todo el tiempo a su alrededor, más aún que cuando era perseguido por ejércitos de varios países al mismo tiempo. Rubén había estado demasiado concentrado en su asesinato masivo para reparar en el detalle de que la humanidad se había unido y países que antes eran enemigos cooperaban para pararlo. Aunque no tuvieron éxito, fue una noble manera de desaparecer.

Rubén, por su parte, continuó pensando que aún no había terminado. Decidió patrullar el mundo en busca de algún sobreviviente. Consiguió un globo aerostático y comenzó un recorrido permanente por el todos los rincones del mundo.

Allí está todavía, siempre con su ametralladora lista para dar en la primera persona que encuentre y poder acceder al objetivo final de su proyecto: disfrutar de una vida más tranquila.

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