Archive for May, 2010

Efecto Doppler

Cuando voy parece que vengo. Esto se compensa cuando vengo, pues en esas circunstancias parece que voy. Cuando estoy quieto parece que estoy en movimiento. En cambio, cuando me muevo no parece que esté quieto. En su lugar, se abren dos opciones. Si cuando me muevo me alejo del que me mira parece que me acerco, y si me acerco parece que me alejo, como ya se ha dicho.

También pasa esto con los demás. Cuando se alejan de mí parece que se acercan, y cuando vienen parece que van. Si yo me acerco pero ellos están quietos yo los veo alejarse, pero cuando yo estoy quieto y ellos se alejan ellos no ven que me acerco, porque tienden a estar de espaldas.

Todo esto hace que yo esté muy aislado de la sociedad y me ha perjudicado mucho en mis relaciones sociales. Cuando trato de encontrarme con alguien, ese encuentro puede darse pero ninguno de los dos se da cuenta, dado que mientras más cerca estemos más lejos parece que nos encontramos. Y cuando me alejo de alguien parece que me acerco, lo mismo que cuando alguien se aleja de mí. Eso hace que cuando yo veo a alguna persona cerca y trato de hablarle no me conteste, porque en realidad está muy lejos. Y conjeturo que lo mismo ocurre cuando me tratan de hablar a mí, si es que lo hacen, y debo quedar mal.

Cuando me miro en un espejo ocurre un fenómeno más complejo. Al acercarme, la figura reflejada debería alejarse, pero como en el espejo las cosas se ven al revés, la figura se acerca mucho más de lo que me acerco yo, y me obstruye la vista. Entonces debo alejarme, pero ese alejamiento se potencia y la imagen se aleja demasiado como para que yo la vea.

Existe un punto, que marqué con amarillo en el suelo, que es el único donde los distintos efectos permiten que me vea en el espejo. Pero me veo borroso, porque mi miopía me impide tener una visión clara de lo que está a esa distancia. Por eso quise hacerme anteojos, pero los oftalmólogos no se enteraban cuando me acercaba. Sí me veían cuando me alejaba, pero no podían hacerme el análisis ocular correspondiente, por lo que no me recetaban nada. Pero el hecho de que veían a alguien que no estaba ahí parece que les llamó la atención, y ahora los físicos están interesados en investigar el fenómeno óptico que me afecta. Yo estoy dispuesto a colaborar con los estudios, si alguna vez me encuentran.

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Esto nunca ocurrió

Hernán entró a su casa. No, digamos que Hernán entró a una casa. No, tampoco. Hernán tocó timbre y le dejaron entrar. No. Hernán abrió la puerta de calle y subió en ascensor hasta su departamento. Pero llamarlo Hernán puede ser sospechoso. No estoy hablando de nadie que yo conozca, y menos de ningún Hernán que yo conozca. Mejor cambiémosle el nombre. Es Santiago, no Hernán. Lo dicho anteriormente de un departamento se aplica a Santiago. Olvídense de Hernán.

Santiago, decía, acababa de entrar a su vivienda. Cuando cerró la puerta notó un olor extraño. En realidad no notó un olor extraño, esto lo digo para diferenciar lo que realmente pasó de lo que estoy contando. El olor que Santiago no notó venía del baño. No, venía de la cocina. Sí, venía de la cocina pero no de la cocina en tanto electrodoméstico sino del ambiente donde se encontraba esa otra cocina. Más exactamente, había olor en el lavarropas. Créanme que el lavarropas de Santiago estaba en la cocina.

Santiago notó que el olor le era familiar. No, mentira, no le era familiar en absoluto. Él nunca había estado en presencia de un olor semejante. Bueno, eso tampoco es 100% cierto. Alguna vez había olido algo así pero no se acordaba bien cuándo. En realidad, debo decir, Santiago se acordaba pero yo no. Sepan disculpar.

Santiago supo que había algo en su lavarropas. Pero lo supo mucho después, una vez que todo esto hubo terminado. En ese momento no sabía nada. No estoy acusándolo de premeditación, que se entienda bien. Queda establecido que Santiago no sabía lo que iba a encontrar en el lavarropas. Pero tal vez sea justo decir que sospechaba que lo que encontraría de abrirlo no iba a ser nada bueno.

Santiago se dispuso a abrir el lavarropas. En verdad, esa afirmación no es completamente rigurosa. Santiago dudó muchísimo. Pensó en llamar a alguien. Pero no supo a quién. Finalmente se decidió y abrió el lavarropas.

No, no fue así. No abrió el lavarropas. Santiago no tenía lavarropas. Es más, ni siquiera se llamaba Santiago. Era Adrián. Adrián, no Santiago ni Hernán, había entrado a su departamento, no a su casa ni a una ajena, y había sentido un olor que provenía de la cocina, donde no tenía un lavarropas. Sería absurdo tener un lavarropas en la cocina, nadie lo creería. Pido disculpas por haber inventado una historia tan poco creíble.

Lo que ocurrió fue esto. Posta. Adrián entró a su departamento y sintió un olor extraño que provenía de alguno de sus ambientes. No, no debí haber escrito eso. Lo que sintió fue un ruido extraño. Eso es más razonable. Más realista también. No, más realista no es. Perdón. Es sólo más razonable. Adrián escuchó un ruido. Nop. Oyó un ruido es lo que debí haber dicho. Era un tenue ruido metálico que se repetía haciéndose más fuerte cada vez.

En realidad no era un ruido metálico. Era como pequeños golpes, como pisadas. Como si hubiera alguien más en su hogar. Alguien estaba ahí, tal vez para robar. Adrián se alarmó. No, no se alarmó, Adrián era muy valiente. Adrián tuvo precaución. Sí, eso. Adrián agarró su celular y llamó a la policía. Pero lamento decir que una vez más falté a la verdad. No ocurrió esto que acabo de decir. Sí llamó a la policía, pero desde el teléfono fijo de la vivienda a la que acababa de entrar. No tenía celular. Aunque en verdad sí tenía celular pero se le había acabado la batería.

La policía no tardó en llegar. No, en realidad sí tardó un rato, no se puede no tardar. Lo que quiero decir es que un patrullero llegó rápido, y la patrulla que contenía subió al departamento no mucho tiempo después de la llamada que realizó Adrián desde el teléfono fijo de su departamento cuando oyó ruidos extraños como pisadas que provenían de alguno de sus ambientes en el momento en el que acababa de entrar.

Pero no fue así como lo estoy contando. Tengo que corregir un par de detalles. Adrián entró al edificio pero no al departamento. Se quedó en la puerta y entró pero después de la llegada de la policía. Había llamado por celular, no por el teléfono fijo, y la batería sí se acabó pero después de esa llamada. Y se constató que los ruidos de pisadas que oía eran los de la policía que respondía a su llamado.

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La Luna

Ella me pidió la Luna. Yo siempre quiero complacerla, entonces me puse en campaña para conseguírsela. No fue fácil. Recorrí todo tipo de lugares, consulté a mucha gente, y siempre me decían que era imposible. Yo aclaraba que si era caro no importaba, no tenía problemas económicos, pero era inútil. Algunos me decían que era más fácil convencerla a ella de que pidiera otra cosa, pero ése era su deseo y yo quiero complacer todos sus deseos.

Cuando se me agotaron todas las otras opciones, puse un aviso en el diario. Recibí muchas respuestas, la mayoría en broma pero hubo una muy seria de un señor con pelo blanco largo y desprolijo. Me dijo que, si le proveía suficientes fondos, podría desarrollar un aparato que me trajera la Luna. Acepté financiar su proyecto, y meses después me contactó, diciendo que ya lo tenía.

El aparato era una especie de ballesta que debía ser arrojado a la Luna cuando estaba llena. Había un pequeño dispositivo de precisión provisto para poder acertar el tiro. Sólo tenía que apuntar a la Luna, verla a través de ese dispositivo y la Luna vendría hacia mí o cualquiera que lo tuviera. Me advirtió que el satélite podría demorar varias horas o incluso algunos días en llegar.

Así que la invité a comer a casa en la siguiente noche de luna llena. Antes del postre le mostré el dispositivo y le dije que era para entregarle la Luna. Apunté a ella y esperamos. Esperamos algunas horas mientras disfrutábamos de la noche estrellada, de los grillos y del olor a rocío.

Al día siguiente la Luna se veía más grande, y estábamos seguros de que se acercaba, pero calculamos que iba a demorar algunos días más en llegar. Ella me dijo que yo nunca la decepcionaba y que estaba contenta conmigo.

Al día siguiente la Luna estaba más cerca pero la localidad en la que nos encontrábamos se inundó. La cercanía de la Luna había atraído la marea hacia nosotros, y debimos evacuar el lugar antes de que ella pudiera recibir su regalo.

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Comunicación facial

Cuando terminamos de comer, ella me miró con cara de cansada. Yo puse cara de estar entusiasmado, y di a entender así que me quería quedar un rato más. Ella puso cara de fastidio y después asintió con su cabeza.

Más tarde me puso una cara extraña. Yo puse cara de no entender su rostro, y ella puso cara de que yo sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza. Yo puse cara de confusión y ella se llevó la mano a su rostro. Luego puso cara de enojada.

Yo le contesté poniendo cara de nada. Ella puso cara de que si la seguía ignorando íbamos a tener problemas, entonces yo puse cara de que cedía a sus requisitos.

Levanté la mano para llamar al mozo y puse cara de pedir la cuenta. El mozo me la trajo y yo puse cara de que era muy caro, pero pagué igual. En el auto, de vuelta a casa, tuvimos una plácida conversación mientras yo miraba la calle.

Cuando llegamos a casa puse cara de no tener ganas de ir a acostarme todavía. Como ella tenía cara de dolor de cabeza, yo le traje una aspirina y al rato su rostro estaba más aliviado. Luego transmitió alivio y disposición para cualquier propuesta.

Yo puse cara de querer ver una película, pero ella puso cara de que se iba a hacer muy tarde. Ella puso cara de jugar a las cartas y yo puse cara de aceptar, y luego puse cara de escoba de 15. Ella puso cara de pararme en seco, y también de que si no íbamos a jugar al truco ella no se iba a molestar en ir a buscar el mazo. Yo puse cara de resignación.

Ella fue a buscar las cartas, barajó y repartió. Cuando empezamos a jugar notamos que, cada vez que mirábamos nuestras cartas, ambos poníamos la cara correspondiente al naipe que acabábamos de recibir. Eso hizo que nos aburriéramos muy rápido del juego. Ella guardó el mazo y, sin decir nada, nos fuimos a dormir.

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Relatos de despojos

Un día decidí ir a trabajar en bicicleta. El trayecto desde mi casa no era del todo confiable, pero decidí ir igual. Cuando llegué, uno de mis compañeros se mostró sorprendido de que no me la hubieran robado. Me contó una ocasión en la que a él, en un lugar mucho más seguro y a plena luz del día, le habían sustraído una bicicleta mucho menos llamativa.

Otro compañero escuchó eso y tuvo un aporte para la conversación. Contó una vez que le habían robado el estéreo del auto, luego de haberlo dejado cinco minutos estacionado en la calle. “Eso no es nada”, dijo un tercer individuo, y procedió a relatar una vez que le habían hurtado la billetera estando en la playa.

Una compañera pasó justo por ahí, y comentó que a un primo suyo lo habían asaltado en la puerta de la casa. También mencionó que había visto cómo un muchacho en moto robaba las carteras de las mujeres que tenía cerca y salía en velocidad.

En eso salió del baño nuestro jefe, y nos contó que al hijo de él le habían robado la campera a la salida de la facultad. No olvidó mencionar el costo de la campera.

Uno de los compañeros le preguntó si tenía seguro. Cuando el jefe dijo que no, él se alivió y recordó una ocasión en la que le habían robado algo y el seguro le había pagado una suma inferior al valor del objeto.

Mi compañera le retrucó que por lo menos a él le habían pagado algo, mientras que a su vecino le habían salido con que la póliza no le cubría el daño por granizo, y encima después el chapista lo había engañado con el vuelto.

La conversación siguió con una sucesión de relatos sobre vueltos sustraídos en distintos establecimientos. Luego se pasó a la inacción de la policía, más tarde a la acción delictiva de la policía, y por último se comentaron las noticias policiales de esa semana, siempre comenzando con la frase “viste lo que pasó en”.

Luego la conversación se diluyó, no sin antes transitar temas de política y deportes. Yo me quedé enganchado con todos los robos que me habían contado, y me dio miedo de volver en bicicleta. Pensé en pedirme un remise, pero terminé decidiéndome a volver por el mismo medio en el que había ido.

Cuando llegué a casa comprobé que, además de no haber sufrido el robo de mi bicicleta, nadie había desvalijado mi vivienda. Y comprobé ser un verdadero privilegiado.

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Mi dios es mejor que el tuyo

Sí, mi dios es mejor que el tuyo. Lamento decepcionarte de esa manera, pero es verdad. Te aconsejo que descartes al tuyo y formes parte de los seguidores del mío. Así te va a ir bien.

Mi dios, por ejemplo, es misericordioso. Te va a perdonar cualquier cosa que hagas. Porque mi dios es la bondad absoluta. En cambio, el tuyo no.

Además mi dios es omnisapiente. O sea que lo sabe todo. Sabe, por ejemplo, que yo tengo razón y vos no. Sabe lo que pensamos y lo que hacemos. Es como Papá Noel, pero mucho más poderoso. En cambio, el tuyo no sabe nada.

Mi dios es omnipresente. Está en todas partes. Por ejemplo, acá. El tuyo no está acá, y por lo tanto no está en todos lados.

Mi dios inventó la moral, y sin él no la tendríamos. Gracias a eso evitamos hacer actos que estarían mal, como si yo te matara a vos en este momento por no creer en mi dios. Pero como mi dios es bueno y me dio la moral, no lo voy a hacer aunque te lo merezcas.

Mi dios creó el Universo y todas las cosas. Creó al hombre también. Tu dios, en cambio fue creado por gente como vos. ¿Cómo podés confiar en algo así?

Mi dios es todopoderoso. Cualquier cosa que quiera hacer, puede hacerla. No le cuesta nada. Por eso pudo crear el Universo. En cambio, tu dios es un inútil y nunca hizo nada.

Mi dios es perfecto. Tiene la mayor perfección concebible, y no concebible también. Todos los defectos del Universo que creó son por gente como vos, que no quiere creer en él. Son despreciables.

Mi dios es uno solo. No es como esos dioses federales que reparten el poder en un montón de deidades que siempre se están peleando. Dios, como es uno solo, está de acuerdo con sí mismo. De tu dios, o tus dioses, no se puede decir lo mismo.

Pero lo más importante es lo siguiente. Mi dios existe, el tuyo no. Y, como existe y es misericordioso, te va a recibir cuando lo aceptes. También te va a ir atrayendo hacia él, y poco a poco vas a ir dejando de perder el tiempo con tus absurdas creencias.

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Penal

El árbitro sancionó la pena máxima. Los jugadores del equipo perjudicado lo rodearon y le imploraron que reconsiderara. Los integrantes del equipo beneficiado se abrazaron. Los hinchas protestaron o celebraron cautelosamente, según su afición. La transmisión televisiva analizó la jugada en busca de señales de injusticia.

Gradualmente, los jugadores fueron calmándose y tomaron posición. El árbitro colocó la pelota en el punto del penal. El ejecutante la tomó con las dos manos y la volvió a acomodar. El árbitro se acercó a los jugadores que aguardaban afuera del área, y les recordó que debían mantenerse en ese lugar. Luego fue hacia el ejecutante y le pidió que esperara a que él diera la orden para patear. Finalmente se acercó al arquero, le dijo que tenía reputación de adelantador y le advirtió que aplicaría estrictamente el reglamento, por lo tanto haría repetir la jugada en caso de que atajara la pelota habiéndose adelantado. El guardavallas asintió sumisamente.

El árbitro miró al juez de línea, quien le señaló que estaba listo. Miró cómo el arquero apoyaba ambos pies sobre la línea de gol. Hizo contacto visual con el ejecutante. Se colocó en la posición reglamentaria. Tomó su silbato y lo hizo sonar.

El arquero, pese a las advertencias, corrió hacia la pelota. El ejecutante hizo lo mismo, con menos velocidad. El árbitro dejó seguir. El guardametas iba a llegar a la pelota antes que el ejecutante. El árbitro volvió a llevarse el silbato a la boca. El arquero pasó por encima de la pelota, sin tocarla, y salió del área. En forma calma, el ejecutante fue hacia el punto del penal y tocó la pelota hacia el arco vacío. El árbitro convalidó el tanto.

El equipo que había recibido el gol protestó. Algunos dirigieron sus quejas al árbitro. Otros al golero. El juez dijo no hacer más que aplicar el reglamento. El portero volvió a su posición. El partido se reanudó. El arquero, luego de ese partido, nunca más jugó.

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Sopa

El frío y cóncavo metal toma calor.

El sólido penetra en el líquido donde otros sólidos ya habían penetrado.

El humo escapa por donde puede.

El ser dominante espera con ansiedad.

El metabolismo busca algo que lo alimente.

La extremidad toca el metal, el metal toca el líquido.

El esfuerzo de muchas personas queda atrapado en el sólido metal.

Círculos concéntricos se escapan del lugar del hecho.

Todo ocurre rápidamente, ajeno a la percepción.

El eje Y toma protagonismo.

El metal y el aire vuelven a estar en contacto.

El metal lleva consigo parte del líquido y de los sólidos atrapados.

Todo se aproxima a otra cavidad.

Es una cavidad que no tiene fondo.

Lo que entra casi nunca vuelve a salir.

Millones de años llevaron a ella.

Su borde es rojo como cáscara de maní.

No necesitará los blancos filos que reciben a todo visitante.

El líquido y su soporte metálico entran en la cavidad.

El borde se cierra repentinamente.

La penumbra ha llegado.

Parte del metal está atrapado, el resto libre.

El metal se hace paso hacia fuera, con heroica decisión.

El líquido no puede hacer lo mismo.

Una superficie áspera entra en contacto con él.

Es el último momento de calma antes de la gran caída final.

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Un país libre y democrático

Había una vez un país democrático y libre. Todos sus habitantes estaban orgullosos de la democracia y la libertad, que habían sido conseguidas por sus antepasados con grandes demostraciones de valentía y patriotismo. Eran conscientes de que su democracia y su libertad no estaban exentas de peligros, y sabían que debían defenderla.

Ese país limitaba con otro país, que tenía democracia y libertad, las cuales habían sido conquistadas en épocas pretéritas gracias a la hidalguía y el coraje de sus héroes históricos, y habían sobrevivido a los escollos de la Historia. No obstante, los habitantes de de ese otro país estaban al tanto de los riesgos a los que se exponía esta forma de vida, y estaban preparados para resguardarla.

El primer país sentía la amenaza de que el segundo país impregnara su cultura con sus ideales foráneos, y eso les hiciera perder su libertad o su democracia. Al mismo tiempo, el segundo país veía el peligro de que el primero impusiera sus formas políticas y ellos se vieran obligados a prescindir de su democracia o de su libertad. Ninguno de los dos países estaba dispuesto a dejar que el otro se metiera en sus asuntos.

[Nota: llamamos a los países “primero” o “segundo” de acuerdo al orden en el que se presentaron en este texto, el cual es alfabético, dado que “primero” viene antes que “segundo” en el diccionario. No obstante, queremos aclarar que no pensamos que ninguno de los dos países fuera superior en alguna u otra manera, ni que ninguno de ellos tuviera ciudadanos de segunda o una forma de gobierno menos válida.]

Ambos países estaban decididos a defender su democracia y su libertad de todas las maneras posibles. Urgido por su ciudadanía, uno de los países mandó agentes para que difundieran las ideas de democracia y libertad en el otro. Allí, donde estos agentes eran llamados subversivos, se decidió contrarrestar la medida reforzando el cuerpo propio de agentes libredemocráticos, que fueron bautizados en su país de destino con el nombre de insurrectos.

Los ciudadanos de los dos países no se tenían simpatía. Entendían que la manera de ser de cada uno de ellos implicaba una cierta soberbia respecto de los otros. Era como si los otros se sintieran superiores. La antipatía, cada tanto, ocasionaba conflictos diplomáticos que, a su vez, alimentaban el uso político de los sentimientos de los ciudadanos de los países. Los presidentes, ambos elegidos democráticamente en elecciones libres, poco a poco fueron eliminando sutilezas en la manera de referirse cada uno a su par. Llegó un tiempo en el que las relaciones entre los presidentes eran por demás hostiles, debido al miedo que cada uno tenía de que el otro le quitara no sólo su puesto, sino la libertad y la democracia que tan caras venderían cada uno de los dos países.

En cada país, los medios partidarios de la versión local de democracia y libertad instaban a enlistarse en el ejército para hacer frente a la atroz invasión que se veía venir. Los medios infiltrados por insurrectos o subversivos, según el caso, se dedicaban a descubrir agujeros en las respectivas democracias y libertades, de modo tal de preparar el terreno para la llegada inevitable de la verdadera democracia y la verdadera libertad, que eran, según su visión, las del otro país.

Finalmente uno de los dos países invadió al otro, con el propósito de liberarlos del yugo en el que se encontraban sometidos, y proporcionarles la libertad y la democracia. El otro país, para contrarrestar esta afrenta, rápidamente envió a su propio ejército, integrado por centinelas de la libertad y la democracia.

En la guerra, ambos países sufrieron una importante cantidad de muertos, que se convirtieron en mártires de la libertad y la democracia y merecieron grandes honores. Uno de los dos países, sin embargo, logró prevalecer en el conflicto y darlo por ganado.

Por suerte, ganó el país correcto. Triunfó la democracia. Triunfó la libertad.

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Viene la pelota

Me movía para poder recuperar la pelota para mi equipo. Elegía a un contrario y trataba de disminuir las posibilidades de que le pasaran la pelota, y en caso de que intentaran hacerlo mi idea era interponerme en el trayecto del balón para así poder hacerme de él.

No sé si dio resultado, porque pasaron la pelota para otro sector, pero un compañero logró cortar el pase y arrancó el contraataque. Yo, entonces, me moví para buscar un hueco en el que pudiera serle útil al equipo. Podía arrastrar alguna marca para que entrara alguien con claridad, o podía mostrarme desmarcado para recibir la pelota y avanzar en el terreno contrario. Elegí esta última opción.

Levanté los brazos para que mi compañero me viera, y me vio. Como estaba desmarcado, me pasó la pelota. Al recibirla la paré, y en ese momento entré en pánico. Venían a marcarme dos contrarios. Debía pensar con rapidez y claridad para no perder la pelota. En lo posible debía dársela a un compañero que estuviera ubicado más adelante. Pero no tenía tiempo para mirar dónde estaban mis compañeros. Como era un partido informal, no me ayudaba el color de las camisetas porque eran todas distintas.

Mientras trataba de ver qué podía hacer con la pelota (otra opción era salir gambeteando) los contrarios se seguían acercando a mi posición. Uno de ellos estaba a punto de llegar a mi vecindad. Era imperativo que tomara una decisión. Entonces decidí devolvérsela al que me la había dado, quien no esperaba el pase tan pronto y tiró un pelotazo que se fue al lateral.

En la jugada siguiente me volví a mover para que me pasaran la pelota, pero eligieron se la dieron a otro.

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Princesas irresponsables

Las princesas deben empezar a tener más cuidado. No puede ser que a cada rato se metan en problemas y deban ser salvadas por héroes valientes que arriesgan su vida por alguien que nunca valoró la propia como para prevenir los peligros.

Es necesario que las princesas dejen de ser tan ingenuas. Deben ir con una custodia para evitar ser secuestradas por reyes extranjeros. Deben aprender defensa personal para dejar de ser un blanco tan vulnerable, y también para tener alguna chance de escaparse. Deben practicar combate con armas para poder enfrentarse a los dragones que custodian los castillos en los que se las tiene como prisionera. Y deben dejar de probar cualquier bocado que se les ofrezca.

El Sindicato de Héroes, Mártires y Afines exige que los servicios de sus asociados dejen de ser utilizados exclusivamente por miembros de la realeza que podrían haber previsto los peligros a los que se exponían. Demasiados héroes se han perdido en rescates fallidos de princesas torpes. Esos héroes podrían haber salvado montones de vidas inocentes, de haberse mantenido en su lugar habitual de trabajo.

Por estos motivos el sindicato inicia a partir del 1º de enero un programa de certificación de seguridad. Todas las princesas deberán tener un certificado vigente de que cumple las normas de seguridad establecidas por el sindicato. De lo contrario, en caso de algún peligro, los héroes afiliados no acudirán en su rescate. La normativa se extiende también a las hijas ilegítimas de gobernantes, que corren el peligro de ser objeto de extorsión.

En caso de no respetarse esta normativa, los rescates tendrán una penalidad. El rey padre de la princesa correspondiente deberá pagar la operación con los términos que exija el héroe asignado al caso. Dichos términos serán fijados por el héroe y pueden ser sumas de dinero fijas, cargos políticos, favores especiales o la cesión de la mano de la princesa.

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Gaseosa sin gas

El detective Parsons, de Scotland Yard, pidió una hamburguesa con gaseosa. Le entregaron una bandeja con lo solicitado. El sándwich venía envuelto en un papel, mientras que la bebida venía en un vaso de cartón con sorbete. El vaso había sido llenado desde una máquina ante su vista.

Comió un par de bocados de la hamburguesa y, más que nada para evitar que se terminara muy rápido, decidió beber un sorbo de gaseosa. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que la bebida no tenía gas.

Parsons, entonces, volvió al mostrador y pidió que la reemplazaran. Luego de una pequeña discusión logró que accedieran a su exigencia. El detective se cercioró de ver el gas antes de que el vaso fuera cubierto. Volvió conforme a su asiento, donde pudo comprobar que nadie había robado ninguna de sus pertenencias, ni probado su hamburguesa.

Sin embargo, cuando quiso beber el primer sorbo del vaso, se encontró con que otra vez no tenía gas. Parsons pensó que podía tratarse de una bebida de baja calidad, dado que no estaba en un establecimiento de prestigio. Pero descartó la hipótesis por considerarla absurda.

Quiso entonces ver nuevamente las burbujas del gas. Levantó la tapa del vaso y vio que estaban allí. Bebió un sorbo y pudo disfrutar el sabor de las burbujas.

Parsons terminó de comer y, antes de irse, se acercó hasta donde se encontraba el cupón de sugerencias del restaurante. Tomó uno de los cupones, con la lapicera de la que nunca se separaba, anotó “es preciso cambiar los sorbetes por unos más anchos que las burbujas del gas”.

Luego, satisfecho por haber resuelto un misterio más, Parsons volvió a su trabajo.

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Descarnación

Mi alma y yo nos llevábamos muy bien. Estábamos hechos el uno para el otro. Éramos muy unidos: adonde yo iba, ella me acompañaba. A veces me salvaba de tomar decisiones equivocadas, y yo hacía lo mismo.

Mi alma me ayudaba a percibir la belleza. Yo podía expresar la satisfacción que el alma sentía, y con el tiempo aprendí a apreciarla por mi cuenta. Desde ese momento, mi alma y yo apreciamos juntos las cosas buenas de la vida.

Estaba conmigo desde mi nacimiento, y yo pensaba que íbamos a estar juntos toda la vida. Sólo la muerte nos separaría, y cuando yo muriera mi alma, y con ella algún aspecto de mí, iba a seguir existiendo.

Pero, inesperadamente, la muerte nos separó antes de tiempo. Cuando mi alma murió, fue como si se fuera un pedazo de mí. Yo podía desenvolverme sin ella, pero no era lo mismo. Me convertí en una persona más discreta y ordinaria. Perdí interés por muchas cosas que antes me definían, y me limité a satisfacer mis necesidades biológicas.

A pesar de que extrañaba al alma, me costaba encontrar ese sentimiento, y mucho más expresarlo. Pero me propuse vencer esa dificultad. Decidí que debía honrar la memoria de mi alma, para mantener vivo su espíritu.

Luego de un tiempo, se me ocurrió probar con otras almas. Pero no sabía cómo obtener una nueva. Se me ocurrieron algunas ideas poco útiles, como poner un aviso en el diario o pasearme por hospitales para captar algún alma recientemente enviudada. Pero ninguno de esos métodos funcionó.

En mi desesperación, recurrí a individuos que decían poder hablar con los muertos. Pero cuando les expliqué mi situación, me contestaron que sólo era posible comunicarse con almas vivas. Tal vez otras almas podían hablar con las almas muertas, pero ellos carecían de tal habilidad.

A pesar de que algunos médicos y sacerdotes que consulté me dijeron que era imposible que mi alma muriera, yo sabía lo que había pasado. Estaba claro que todo vestigio de mi existencia se iba a ir del Universo el día que yo muriera. Y que no iba a poder encontrarme en ese momento con mi alma, porque es justamente ella la que se encuentra con seres queridos una vez fallecido el cuerpo.

Así que decidí hacer valer la pena mi vida, como un homenaje a mi difunta alma. Quise dejar algún legado que, de algún modo, pudiera reemplazarla. Por eso volví a dedicarme a las actividades que antes disfrutaba junto con ella. Fue difícil: ya no tenía ganas de hacerlo, y tampoco tenía mucho talento. Pero perseveré, y aún persevero.

Las personas de mi alrededor no están enteradas de lo que ocurrió, aunque se dan cuenta de que he perdido una parte del impulso que me llevaba a ser la persona que alguna vez fui. Ellos esperan el día en el que vuelva a ser aquél, pero yo sé que la partida de mi alma me dejó sólo con mi cuerpo físico, y durante el resto de mi vida deberé arreglármelas con él.

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El pájaro desafinado

El oriteo (Oritheus emberizadis) habitaba los bosques de América del Norte. Se distinguía por su particular canto.

El canto del oriteo tenía múltiples usos dentro de la especie. El más importante era la formación de parejas. Los machos anunciaban su disponibilidad y esperaban el guiño de las hembras a través del canto correspondiente.

Pero el uso más distintivo de los cantos del oriteo era el defensivo. Cuando alguna bestia se acercaba, el oriteo se sentía en peligro y emitía un muy fuerte chillido desafinado que espantaba a la posible amenaza.

El oriteo, gracias a su canto, podía escapar de los predadores, que para un pájaro de su tamaño eran numerosos. Podía dedicarse a comer pequeños gusanos y brotes de plantas.

Las variedades de oriteo que mejor prosperaron fueron las que más fuerte y más seguido expresaban su canto desafinado. Rápidamente aparecieron subespecies cuyos cantos conyugales eran también los desafinados. Esto espantaba a los animales de los bosques que habitaba.

Hubo algunos intentos de domesticación de este pájaro. Pero no prosperaron, dada la aversión que los domesticadores desarrollaron a los cantos desafinados que caracterizaban a la especie.

La ausencia de predadores hacía que el oriteo prosperara, y pronto los bosques norteamericanos se vieron llenos de diversas variedades de oriteos. Los otros animales que vivían en los bosques sufrieron modificaciones. Algunos cambiaron de hábitat, provocando una alteración en el orden ecológico de sus nuevos lugares hasta que se estabilizó un equilibrio que los aceptaba. Otros animales no tuvieron la misma suerte y se extinguieron, al no tener comida por la ausencia de los demás. Un tercer grupo de animales desarrolló la sordera y en esos bosques aún se pueden encontrar ejemplares sordos de algunas bestias muy conocidas en el resto del mundo.

Hubo un grupo que permaneció casi sin modificaciones: los animales que ya eran sordos.

Al haber menos animales, las plantas, sin sentido del oído, se empezaron a reproducir más de lo habitual, y los bosques donde habitaba el oriteo se hicieron más tupidos. Fue una circunstancia fortuita para los oriteos, que empezaban a sufrir problemas de superpoblación en las ramas donde anidaban.

Pasó el tiempo y empezó a haber variedades de oriteos con cantos menos desafinados. No era problema, al no tener predadores de los que defenderse. Los cantos cada vez más afinados de los nuevos oriteos atraían más a las hembras que los chillidos tradicionales, y la reproducción del oriteo afinado fue acelerándose. Luego de algunas generaciones no quedaban oriteos desafinados. Se había forjado una nueva especie.

Gradualmente los otros animales fueron volviendo a los bosques, atraídos por la abundancia de vegetales, y el ritmo de reproducción de las plantas volvió a ser el anterior.

Algunos de los animales que volvieron se convirtieron en predadores y aprovecharon la abundancia de oriteos, que ya no tenían la defensa que los había hecho dueños de los bosques.

De esta manera el oriteo rápidamente, al no poder defenderse de todo tipo de predadores que iban repoblando los bosque, se extinguió.

Hoy no quedan ejemplares ni siquiera en cautiverio, debido a que por su característicos gritos nunca fueron de la predilección de los zoólogos ni del público.

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Teocracia

Existió un país que tenía un gobierno pésimo. Había sido elegido democráticamente, debido a que el pueblo de ese país acostumbraba a elegir gobiernos pésimos. En ocasiones esos gobiernos caían. Otras veces, completaban sus mandatos. De cualquier manera, los ciudadanos siempre obtenían una oportunidad de renovar a sus autoridades y nunca dejaban de malograr esas oportunidades.

La seguidilla de malas decisiones irritó a Dios, que decidió tomar cartas en el asunto. Ya había intervenido a favor del país otras veces, al salvarlo de diversos peligros a los que había sido expuesto por varios de los gobiernos anteriores. Para ese momento, Dios tenía claro que en las otras ocasiones había sido demasiado sutil como para que el pueblo de aquel país entendiera el mensaje. Supo que tenía que cortar por lo sano.

Por eso, Dios resolvió derrocar al gobierno y declararse presidente de facto. En su infinita sabiduría, supo que era lo mejor para todos. Concretar la medida fue fácil: irrumpió en la casa de gobierno y no hubo quien pudiera detenerlo. Luego entró en el despacho presidencial y le hizo entender al presidente que había sido derrocado. El ex mandatario llamó a un taxi y se retiró de la casa de gobierno.

Luego, Dios dirigió un mensaje televisivo a la población. “Queridos ciudadanos: soy el Dios de Abraham, pero pueden llamarme Señor. Vengo a traerles el cambio. He decidido reemplazar yo mismo al gobierno que hasta ahora estaba en ejercicio. Quiero tranquilizar a los que están preocupados por la interrupción ocasionada en el sistema constitucional, y tengo una promesa: no perderán su libertad. El libre albedrío se mantendrá como siempre. Sé que tenerme en el gobierno es un alivio para el pueblo de esta gran nación y quiero decirles que, con el esfuerzo de todos, nada es imposible”.

Al otro día, los diarios reflejaron favorablemente el cambio de mando. El nuevo gobierno recibió el apoyo entusiasta de la Iglesia, que tenía mucha influencia en el pueblo de ese país y durante los meses anteriores había criticado con dureza al gobierno saliente. Algunos grupos de izquierda, sin embargo, se pronunciaron en contra del golpe de estado, alegando que una deidad en ejercicio del Poder Ejecutivo no era la mejor forma de llegar al socialismo.

Como su primer acto de gobierno, Dios disolvió el Parlamento y prohibió los partidos políticos. No era tiempo de negociaciones sino de obediencia. El nuevo régimen era omnisapiente, por lo tanto no necesitaba discutir los pasos a seguir. La medida fue tolerada por el pueblo, que estaba contento con la llegada de Dios al gobierno. Las editoriales de los diarios, que alertaban sobre los peligros de la medida, fueron ignoradas por el público en general.

A continuación, el presidente Dios llevó a cabo una profunda reforma económica. Gracias a una serie de medidas que algunos adeptos calificaron de “milagrosas”, en poco tiempo se pudo recuperar el poder adquisitivo de la población, que era escaso si se lo comparaba con el de los países más desarrollados. Sin embargo, Dios no hizo beneficencia, sino que creó las condiciones para que cada uno generara su propia riqueza. La política estatal fue ayudar sólo a los que se ayudaban a sí mismos.

Las encuestas de popularidad eran favorables al régimen de Dios. Los diarios editorializaban que, a pesar de la poca cultura republicana mostrada hasta ese momento, por fin el país tenía un gobierno fuerte y creíble. Dios, mientras tanto, no se quedaba quieto. Durante varios años reformó el Estado, el sistema educativo, la salud pública, la Justicia y el reparto de fondos para obras públicas, entre muchos otros cambios.

Las reformas introducidas por Dios perjudicaron a muchas personas que estaban acostumbradas a vivir de los excesos del Estado. Como había grupos de gran poder económico entre los afectados, con el tiempo se empezaron a mover para torcer la influencia del Señor. Al no lograrlo, utilizaron su libre albedrío para comprar medios de comunicación y destinarlos a armar una campaña en contra de Dios.

Entre los aspectos criticados del gobierno se encontraba la actitud autoritaria, los cambios inconsultos, el hecho de que ninguna persona del equipo presidencial tuviera voz ni voto en las decisiones, la violación de determinadas tradiciones nacionales y la manera antidemocrática de tomar el poder.

Los grupos de izquierda que siempre se habían opuesto se sintieron identificados con las críticas, y algunos de ellos se plegaron a la campaña de oposición. De este modo se produjo un cisma. Parte de esa misma izquierda creía que quienes armaban la campaña opositora eran aún menos confiables que el gobierno de Dios, así que decidieron apoyarlo en silencio.

Paralelamente, la Iglesia estaba perdiendo entusiasmo por el nuevo gobierno. Las autoridades eclesiásticas habían pensado que iban a tener más influencia en las decisiones gubernamentales. Pero no fue así. Dios sorprendió con una gestión que iba en contra de los preceptos de la Iglesia en diversos temas.

La cúpula de la curia no fue indiferente. Cuando entre los curas hubo suficiente oposición, se llamó a conferencia de prensa y se anunció la ruptura de la Iglesia con el gobierno de Dios, el cual, según los curas, estaba faltando a sus propias enseñanzas. “Ya no es el mismo en el que creíamos”, anunció el arzobispo de la capital.

Dios no se pronunciaba ante las críticas. Dejaba que cada uno pensara lo que le diera la gana. Después de todo, estaba acostumbrado a muchas creencias contrarias a él. Y como Dios sabía todos los movimientos de sus opositores, cada uno de los planes para desestabilizarlo era fácilmente sofocado, por lo que continuó con su proceso de transformación.

Sin embargo, luego de un tiempo las reformas empezaron a ser recibidas con cierta resistencia. Mucha gente ya no creía en el gobierno. Demasiadas personas vieron afectado su modo de vida, y hacía notar su descontento.

La popularidad del gobierno, según las encuestas, empezó a bajar. Dios tuvo la intención de modificar los datos de esas encuestas antes que fueran publicadas, pero vio que no tenía sentido. No cambiaba el hecho de que tenía mucha oposición. De todos modos, el mandatario sabía qué era lo mejor para el país y tenía la convicción y la fuerza necesarias para concretarlo. Su compromiso era firme.

Sin embargo, la influencia opositora de la Iglesia se empezó a notar. La población del país mostró ser más fiel a la Iglesia que a Dios. Empezó a haber empleados gubernamentales que desobedecían los mandatos de Dios por ir en contra de ciertos preceptos religiosos.

Al principio, el presidente quiso dar una lección a los insubordinados y envió un corte de luz masivo para que los ciudadanos pudieran reflexionar sobre sus acciones. Sin embargo, el plan falló, dado que el pueblo consideraba que estaba entre los atributos presidenciales conseguir que volviera la luz, sobre todo cuando el presidente era capaz de hacer milagros.

La insurrección continuó con campañas de desobediencia civil. Dios podía dar órdenes, pero millones de personas no llevaban a cabo su voluntad. El presidente podía castigarlos de cualquier manera, pero el libre albedrío del que gozaban hacía que no pudiera cambiar la voluntad del pueblo.

Finalmente, vio Dios que no tenía el consenso necesario como para seguir en el gobierno. En un mensaje televisivo, Dios anunció que levantaba la prohibición a los partidos políticos y que convocaría a elecciones.

Bajo la supervisión de observadores internacionales, los comicios tuvieron lugar en tiempo y forma, sin que se detectara ninguna irregularidad. Resultó elegido un candidato que Dios sabía que iba a hacer un gobierno pésimo, pero nada hizo para impedir que asumiera. Dios siempre cumplía sus promesas. Además, estaba harto de la ingratitud del pueblo de ese país y ya no le importaba qué ocurriera con ellos. Decidió no involucrarse más en política una vez que traspasara el mando.

Cuando asumió el nuevo presidente, Dios se retiró a su morada celestial en medio de la indiferencia del pueblo, que festejaba el regreso de la democracia.

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