Archive for June, 2010

Me voy para arriba

De pronto, comencé a subir. Iba contra toda mi experiencia y, sobre todo, contra la gravedad. Era algo que nunca hubiera pensado que me iba a suceder, pero me estaba sucediendo. Por alguna razón mi cuerpo se elevaba.

Me pregunté por qué subía. Me pregunté también si realmente subía yo, o si todo lo demás bajaba. Para el caso era lo mismo, el mundo y yo nos alejábamos sin haber tenido tiempo de despedirnos.

Pasó el tiempo y yo seguía subiendo. Llegó un momento en el que no distinguí más días. Podía ver el mundo por completo, allá abajo, y ya no me daba miedo caerme. Me pregunté si tal vez estaba siendo atraído por alguna fuerza exterior. No supe qué pensar. Tal vez encontraría la respuesta. Tal vez no.

Continué subiendo hasta que no divisé más al mundo, ni diferencié entre mundos. Llegó un momento en el que no supe distinguir dónde era arriba y dónde era abajo, aunque suponía que el lugar hacia donde apuntaba mi cabeza era arriba.

¿Hasta dónde llegaría? No podía saberlo, y por el momento no me preocupaba demasiado. Estaba disfrutando del paisaje. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejarme llevar por el Destino, si es que era el Destino quien había dispuesto que yo subiera. De cualquier forma, no tenía mucha opción, así que opté por disfrutar del viaje.

Conocí el Universo casi sin querer. Siempre me había preguntado cómo sería viajar a través de estrellas y galaxias. Nunca me había imaginado que tendría la oportunidad de experimentarlo en carne propia.

Vi toda clase de fenómenos. Choqué con microasteroides que no lograron desacelerarme. Vi, a lo lejos, quásares y púlsares. Reflexioné que los estaba viendo tal como eran hacía muchos años. Era posible que ya no existieran. Después, cuando me percaté de que había perdido la noción del tiempo y de que no estaba en ningún planeta, con lo cual el concepto de años no tenía mucho sentido, me pareció que aquella reflexión no valía mucho la pena. Pero eran unas vistas magníficas.

En un momento, cuando también había perdido noción del espacio, miré hacia arriba y vi algo que me pareció conocido. Era el mundo que creía haber dejado abajo. Ahora estaba arriba y me dirigía hacia allí. Fui distinguiendo más y más características, y supe que era el mismo planeta que había dejado, o uno igual. Pensé que el Universo debía ser redondo. Ahora estaba cayendo de cabeza hacia arriba y estaba por encontrar a mi mundo en el camino.

Así fue. Penetré en la atmósfera y caí suavemente sobre el mismo lugar de donde había partido. Atajé mi caída con los brazos. Luego di una vuelta carnero para ponerme de pie.

A partir de ese día continué mi vida tal como la había dejado en su momento. Mis actividades son más o menos las mismas. La única diferencia es que cada tanto me viene una poderosa sensación de que estoy cabeza abajo.

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La mano oculta

Estaba en el círculo central de la cancha de River. No había nadie más que yo en todo el estadio. Me paré en el medio del círculo y giré para mirar a mi alrededor.

Mientras giraba, recibí un cachetazo. Volví a mirar a mi alrededor para ver quién podía ser el autor. Pero nadie estaba en el campo de juego, ni podía ser que alguien hubiera corrido todo ese espacio en tan poco tiempo sin que yo lo viera. Tampoco podía haberme pegado un cachetazo accidental con mis manos, porque las tenía extendidas hacia arriba, en señal de contemplación de la grandeza que me rodeaba. Algo raro estaba pasando.

Miré entonces hacia abajo, desanimado por no saber de dónde salió el golpe que alguien me dio. Noté que había unos objetos cilíndricos que sobresalían de mi remera. Era como un atado de chorizos, pero más finos. En la punta, cada uno tenía como una lámina dura. Después de unos instantes me dí cuenta de que las láminas eran uñas y los objetos que me sobresalían eran dedos.

Me levanté la remera y vi que esos dedos pertenecían a una mano, que a su vez era la punta de un brazo que se iniciaba en mi abdomen. Nunca me había percatado de la existencia de ese tercer brazo. Le pregunté si había sido él el que me había cacheteado, pero me contestó en lenguaje de señas y no lo supe interpretar. Aunque muchas dudas no tenía.

Después de descubrir la mano me expliqué algunas cosas que me habían pasado y no entendía cómo. Gente que se quejaba de que la había pellizcado, timbres que me acusaban de tocar, incluso veces que me parecía que alguien me apoyaba una mano en el abdomen, y que yo atribuía a alguna persona de las muchas que habitualmente me rodeaban. Sólo en ese estado de soledad absoluta pude descubrir la mano.

Comencé entonces a usarla. La usaba para sostener vasos o platos mientras aplaudía en distintos eventos, para lavarme las otras manos, para acceder a los bolsillos más lejanos, para ponerme los zapatos.

Un día estaba en el subte. La tercera mano se agarraba de una manija mientras con las otras dos abría el diario y lo leía tranquilo. En un momento el subte frenó con mucha violencia, tanta que la mano no me pudo sostener y me caí. Pero la mano no se soltó, sino que de mi abdomen salió un hombre vestido de verde, el verdadero dueño de la mano.

Pensé que era mi otro yo, pero no se parecía a mí. Charlando con él más tarde, me contó que había sido mi anestesista la vez que me operaron de apendicitis. Que en un esfuerzo por saber si yo estaba bien dormido se había inclinado demasiado y había caído dentro de mí. Después me cerraron la herida y se lo olvidaron.

Desde entonces trataba de hacerse notar. Le pedí disculpas por no haberme percatado antes de su presencia. Yo me había sentido raro cuando desperté de la operación, pero lo adjudiqué a la anestesia y no al anestesista. Después me acostumbré. Tal vez tendría que haber sido más perspicaz. De todos modos, sé que si yo fuera más afecto a la introspección lo habría visto, y no hubiera estado atrapado en mí durante tanto tiempo.

Ese día nos separamos, pero no dejamos de compartir un vínculo estrecho. A veces siento un hueco dentro de mí y me doy cuenta de que me falta. Entonces lo llamo por teléfono y lo invito a tomar un café. Pero nunca quiere venir. A veces siento que se comporta de modo ingrato conmigo, después de haberlo llevado tanto tiempo en mis entrañas.

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Brindis con champagne

Se hicieron las 12, era el momento de brindar. Antes debía abrir la botella de champagne. Como no quería correr riesgos de salpicar la pared, decidí hacerlo en el jardín. Fui con la botella hasta allí y me posicioné de forma tal que, si el movimiento que debía hacer era demasiado brusco, no me cayera a la pileta.

Mi técnica para abrir el champagne no es dejar que el corcho salte sino forzar su salida de la botella con la mano, presionando contra mi cuerpo. De este modo evito que le dé en el ojo a alguien.

Esa botella resultó particularmente difícil de abrir. Debí hacer más fuerza que la habitual. El corcho estaba demasiado apegado a la botella y no quería salir. Pero no me iba a dejar ganar por un corcho ajustado, de modo que apliqué mucha más fuerza.

En un momento sentí que estaba por lograr la salida del corcho y me esmeré aún más. En ese momento el corcho se liberó con tanta fuerza que me elevó hacia el cielo con él.

Como eran las 12, pude ver los fuegos artificiales desde arriba. Mientras me aferraba a la botella me elevé a una altura tal que pude disfrutar del espectáculo de la ciudad iluminada por el festejo. Pronto, sin embargo, descubrí que estaba en una posición aún más riesgosa de lo que parecía. Fue cuando una cañita voladora me alcanzó y encendió mi camisa.

Era una situación desesperante estar a esa altura y no saber si podía usar o no el champagne para apagar la camisa encendida. El contenido alcohólico me hacía dudar, y preferí no exponerme a quemarme aún más. De todos modos, ya el impulso del corcho se estaba acabando y comenzaba a bajar.

Desde lo alto divisé la pileta y supe que era la respuesta a mi problema. Hice todo lo posible para caer en la parte honda. Cuando lo logré, la camisa se apagó en el acto. Tuve la suerte de no sufrir quemaduras graves.

Una vez que salí de la pileta, y aunque el champagne estaba un poco aguado, pudimos realizar el brindis. 

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Imperfección y rebeldía de mi dentadura

Cuando se determinó que necesitaba ortodoncia, mis dientes recibieron un duro golpe a su autoestima. ¿Quién era el dentista para decir cómo tenían que ser ellos? Si habían estado conmigo desde su nacimiento, y me venían sirviendo bien, no tenía sentido que viniera un sabelotodo a alterar las cosas. Pero la decisión se tomó sin consultarlos, y tuvieron que aguantar la presencia de los brackets.

La intención era llevar ambas líneas dentarias hacia atrás, para modificar la apariencia de la cara y mejorar, en teoría, la masticación. La ortodoncista estaba convencida de lo que hacía, a tal punto que amenazaba con extirpar dos molares para hacer lugar para el retraso, si era necesario.

Los dientes, amedrentados, no permitieron la expulsión de dos de sus miembros. En una acción de verdadera unidad, decidieron tragarse el orgullo y avanzar hacia el lado donde los aparatos empujaban. Lo hicieron con tal firmeza que lograron el cometido de salvar a los dos compañeros. Es por eso que hoy tengo la dentadura completa.

Pero los aparatos seguían ahí, haciendo fuerza para que continuara el recorrido. Se produjo en mi boca una sensación de fastidio, consonante con mis pocas ganas de seguir yendo periódicamente a revisar la marcha del tratamiento. Entonces ambos hicimos fuerza para acelerar el proceso.

Finalmente, luego de dos años de lucha, llegó el gran día. La profesional consideró que mi dentadura ya era aceptable para los estándares modernos y resolvió eliminar todo el armatoste que ya desde hacía tiempo era una faceta habitual de mi boca. Cuando se produjo el fin fue un momento de gran alegría. Los dientes sintieron con placer el alivio de la presión constante. La que más contenta estaba era la lengua, que ahora podía recorrer la parte externa de los dientes y encontrar una superficie lisa. Hasta el día de hoy lo disfruta.

Una vez liberados, los dientes se abocaron a su siguiente objetivo: volver a la postura original. Ellos sabían lo que hacían. Así fue como en pocos meses mi cara volvió a ser la misma de antes.

La ortodoncista, al ver lo ocurrido, me comunicó que era necesario volver a hacer el mismo tratamiento. Pero esta vez no contó con mi visto bueno. No tenía ninguna intención de pasar otra vez por lo mismo, sobre todo si no había garantías de un resultado duradero. Así que nunca más tuve aparatos. Resolví confiar en mis dientes, y debo decir que, hasta el momento, nunca me fallaron.

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El álamo prominente

Era un día de tormenta. El viento soplaba con mucha fuerza, parecía que llovía de todos lados. No había llevado paraguas, pero estaba claro que igual me hubiera mojado. Aunque con el paraguas tal vez no hubiera ocurrido lo más extraño.

En un momento, mientras caminaba rápido para evitar que se me cayera un árbol encima, sentí un golpe justo en el medio de la cabeza. Pensé que probablemente era algo que se había caído y me sorprendió no sentir que luego de rebotar caía en el suelo. El golpe me generó un dolor importante en la cabeza, pero más allá de eso no le dí mucha bolilla.

Al día siguiente, cuando me levanté, vi que tenía algo verde en la cabeza. Cuando me inspeccioné comprobé que era un brote. Deduje que lo que me había caído en la cabeza era una semilla y el agua de la tormenta la había hecho germinar.

No quise sacarme el brote, después de todo no es frecuente que la vda brote de uno. Sí decidí cortarlo para que quedara del mismo largo que mi pelo. Aunque no pude hacerlo durante mucho tiempo, porque pronto apareció un tronco.

El tronco creció y se hizo cada vez más fuerte. Cuando fue capaz de sostenerse por sí mismo retiré el palo guía que había puesto. Para entonces ya estaba acostumbrado a andar con un álamo en la cabeza. Requería una cierta adaptación, mi vida ya no fue igual. Tuve que comprarme una casa más alta y ubicar la cabecera de la cama lejos de la pared. Hice un agujero en el techo del auto para poder andar sin doblarlo. Mientras yo hacía mi vida, casi sin darme cuenta el árbol se hacía cada vez más grande y fuerte.

Me ocupé de darle forma. Visitaba frecuentemente un vivero donde lo podaban y lo dejaban espléndido. En otoño recogía las hojas secas y lo regaba cada vez que dejaba caer una. Y en primavera me enorgullecía al verlo florecer desde abajo, siempre que tomara la precaución de usar un espejito.

Me volví muy apegado a mi álamo. Sentía que era parte de mí y al mismo tiempo era consciente de que se trataba de un ser distinto. No debía coartar su independencia ni limitar su crecimiento. Debía llevarlo siempre por el buen camino, evitar cruzar puentes muy bajos y tener cuidado al hacer movimientos bruscos con la cabeza. En ocasiones tuve que protegerlo de gente que lo quería vandalizar. Mientras yo estuviera cerca no iban a poder.

Tuve que hacer muchos sacrificios para el álamo, pero no me importaba. Me enorgullecía su crecimiento y el hecho de que yo lo había hecho posible.

En un momento empecé a sentir un dolor en el cuello. Fui al médico y me dijo que el álamo se estaba haciendo demasiado grande como para que yo lo pudiera sostener. Yo en el fondo siempre lo había sabido, y más desde que el ancho del tronco se había vuelto mayor que el de mi cabeza. Igual me costaba aceptarlo que ya no había forma de sostenerlo. Había llegado la hora del desarraigo.

Elegí un lugar para trasplantarlo. Busqué un sitio donde pudiera tener espacio para echar raíces y desarrollar todo su potencial. Encontré un terreno en las afueras de la ciudad donde sabía que nadie lo iba a molestar. Lo hice con el dolor que me significaba desprenderme del álamo, y al mismo tiempo con el orgullo de que ya fuera un árbol hecho y derecho.

Contraté a una cuadrilla de empleados de mi vivero de confianza para que hicieran el trasplante. Me lo sacaron de la cabeza con cuidado y lo ubicaron en el sitio que yo había elegido.

Desde ese momento siento que me falta algo. Extraño al álamo. Lo voy a visitar seguido. No tanto como me gustaría, porque sé que él tiene que hacer su vida lejos de mí, independiente, y debe acostumbrarse a no tenerme. Pero me cuesta.

De todos modos, me reconforta el hecho de que puedo verlo cuando quiero, sé que siempre va a estar ahí esperándome. Y me llena de orgullo, cuando voy, ver que tiene ramas nuevas, o nidos de pájaros. Cuando lo veo ahí, fuerte y resplandeciente, siento que hice las cosas bien.

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Cual tal

Tal cual lo fue antes, ahora es al revés. Es “cual tal”. Cual tal es un nuevo y excitante orden de dos de las palabras más populares del idioma castellano. Están renovadas, llenas de aire fresco y listas para servir los más exigentes paladares lingüísticos. De los creadores de “fin por”, pueden ser usadas por la dama o el caballero, por el anciano o el niño, por ricos y pobres.

Cual tal vienen sin significado para que usted le dé el uso que más le guste. Sea el primero en imponer la frase entre sus amigos. Haga que piensen en usted cuando la pronuncien.

Cual tal se adapta a todas sus necesidades. ¿No sabe qué decir? Cual tal. ¿Desea expresar sorpresa y admiración? Cual tal. ¿Quiere que todos sepan que está en onda? Cual tal.

No lo olvide, ahora “cual tal”.

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Mar de gente

Ese viernes era el último día antes de mis vacaciones. Como iba al extranjero, cuando salí de trabajar, aproveché para sacar una fotocopia del pasaporte, para tener en caso de que lo necesitara. Lo hice en una librería ubicada en Florida y Córdoba. Luego fui a tomar el subte a Avenida de Mayo.

Al llegar a la esquina de Florida y Rivadavia, descubrí que me faltaba el pasaporte. Pensé que lo había dejado en la librería y tuve la necesidad de volver. Pero faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. La librería estaba a punto de cerrar. Debía encontrar la manera más rápida de volver a hacer todo el camino. Como no tenía auto ni existe línea de subte que me deje en ese lugar, la mejor opción era caminar otra vez por Florida.

Pero una cosa es caminar por la peatonal sin apuro, y otra es hacerlo contra reloj. En condiciones normales podría haber hecho las ocho cuadras en menos de diez minutos si caminaba rápido. Pero la cantidad de personas que transitaban en ese momento Florida era enorme. Había demasiada gente que iba para cualquier dirección, y esquivar a cada bulto que se me cruzaba me iba a multiplicar la distancia recorrida, con lo cual no llegaría a tiempo.

Entonces tuve una inspiración. Me trepé al semáforo peatonal y me lancé hacia el gentío con el cuerpo hacia adelante. Quedé acostado entre algunas cabezas sorprendidas, que no tuvieron tiempo de reaccionar porque comencé a nadar por encima de ellas.
Sentí algunos gritos, pero como estaba concentrado en el crawl no me importaron. Cada brazada me acercaba a mi objetivo. Y como siempre tuve buenas marcas en natación, tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Me ayudó la técnica de sumergirme lo menos posible. Gracias a ella, el contacto con cabezas torsos era el mínimo indispensable para mantener el impulso. Para cruzar Corrientes, como no quería perder tiempo en el semáforo, me sumergí en la boca del subte y nadé sobre las numerosas cabezas que poblaban el lobby de la estación. En un sector, los que bajaban por la escalera mecánica se incorporaban al flujo y su llegada traía una inercia que formaba una ola. Con lo cual, sólo tuve que aprovechar el impulso de la ola para llegar al otro lado.

Cruzar las otras calles era más fácil. Simplemente, me lanzaba sobre las cabezas de quienes se mandaban a cruzar aunque hubiera luz roja. Como era menos gente que la que andaba en cada cuadra, en algunos casos tuve que apoyarme más de lo deseable, pero estaban en infracción, entonces no me pudieron decir nada.

Finalmente, cuando llegué a Córdoba, doblé y continué nadando sobre los que caminaban por la vereda de la avenida. El negocio estaba a mitad de cuadra. Estaba muy justo de tiempo, ya era la hora. Cuando divisé el negocio, vi que estaba bajando la persiana. Estaba muy cerca de cerrar definitivamente. Entonces me lancé de cabeza. Gracias al impulso que me dio caer desde arriba de los transeúntes pude llegar justo antes de que la persiana terminara de bajar. Los vendedores, sorprendidos, me devolvieron el pasaporte.

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Ojo con los lentes

Me dormí imprevistamente, sin ninguna ventilación a pesar del calor que hacía. Como no sabía que me iba a dormir, no me saqué los anteojos. Resultó una siesta muy larga. No me desperté hasta el día siguiente.

Cuando me desperté, mis lágrimas se habían solidificado. Eran muchas más que las habituales y encima se habían mezclado con el sudor que se produjo al no tener ventilación. Me levanté y fui al baño para lavarme la cara. En ese momento me dí cuenta de que aún tenía los anteojos puestos.

Me los quise sacar pero no pude. Intenté otra vez porque pensé que estaba medio dormido, pero tampoco lo logré. Entonces miré con atención y vi que mis anteojos estaban unidos a mis ojos. Parece que las lágrimas, al solidificarse, se unieron al cristal.

Aunque no me podía sacar los anteojos, veía bien. Supongo que porque los tenía puestos. Pero quería poder quitármelos, así que fui a ver al oculista para que me solucionara el problema.

El doctor intentó extraerme los anteojos y se encontró con el mismo obstáculo que yo. Probó varias fórmulas, que en general consistían en colocarme gotas en los ojos, algo difícil por la presencia de los lentes. Al final me pidió que lo acompañara al consultorio de al lado, donde atendía un dentista. El odontólogo, al ver mi problema, decidió arrancarme los anteojos utilizando el mecanismo hidráulico de la silla, mientras él los sostenía con su instrumental.

El método fue tan exitoso que no sólo logró sacarme los anteojos, sino que con ellos salieron los ojos, que siguieron unidos a los lentes. Debo decir que me dolió mucho menos de lo que hubiera esperado. El oculista me pidió que se los prestara, para tratar de separarlos ahora que podía manipularlos más fácilmente. Pero me negué, porque no quería quedarme un tiempo sin ojos. Preferí mantenerlos así, me pareció práctico.

Desde entonces, cuando voy a dormir siempre me acuerdo de sacarme los anteojos y con ellos salen los ojos. Ya no me preocupo por oscurecer el cuarto, me basta con guardarlos en una caja. Cuando me levanto, luego de lavarme la cara, me pongo los ojos y comienzo mi día.

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Vacas calientes

El sol pegaba sobre el campo. Las vacas pastaban sin pensar en la posibilidad de estar a la sombra, porque en ese campo no existía tal cosa. Entonces las vacas estaban al sol, que calentaba su cuerpo mientras rumiaban.

Las vi de lejos poco después de levantarme. Siempre había mantenido una distancia prudencial con ellas. Tenía miedo de que fueran agresivas. En realidad era miedo a lo desconocido. Alguien criado en la ciudad, como yo, no estaba acostumbrado a tratar con vacas. No sabía si eran peligrosas, si me podían pegar patadas o algo. Yo prefería las vacas ya procesadas.

Sin embargo, ese día me tenía que animar. Don Lucho se había ausentado y me había pedido que las ordeñara al amanecer. Pero me había quedado dormido, era como la una de la tarde cuando agarré el balde y fui hacia las vacas. Pero bueno, mejor tarde que nunca.

Cuando llegué al corral se acercó mansamente una vaca. Me miró y luego me ofreció su ubre. “Esto es fácil”, me dije, y me senté en el banquito que había llevado. Comencé a ordeñar según el procedimiento que tenía más o menos aprendido.

Cuando llené el balde, quise agradecer a la vaca con una palmada, de modo que supiera que su misión estaba cumplida. Pero no conté con el sol. La temperatura de la vaca era tan alta que me quemé la mano. Salí corriendo hasta el bebedero, donde la sumergí desesperadamente y la mantuve así durante unos minutos, hasta que pasó un poco el dolor.

Seguidamente agarré el banquito y el balde y volví para el casco de la estancia. Ahora ya no cometo más el error. Cuando ordeño, siempre uso guantes. Pero la quemadura me creó un hábito asociativo, y cada vez que veo leche, me acuerdo del dolor y me largo a llorar.

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Té de Rorschach

Después de comer, el señor Rorschach agradeció el té que le dio su señora. Lo revolvió con una cucharita, y cuando la sacó vio en la infusión una extraña figura. La observó con detenimiento. La señora de Rorschach vio la cara de su marido y suspiró. No era la primera vez que ocurría.

El señor Rorschach meditó unos instantes y luego exclamó “¡un elefante masturbando a una oruga!”, con el mismo tono que si hubiera dicho eureka. Luego, en lugar de tomar el té, fue hasta su oficina para registrar el acontecimiento. La señora de Rorschach, mientras tanto, tiró el té. Sabía que no iba a ser bebido nunca.

La señora de Rorschach estaba cansada de las visiones de su marido y trataba de evitar que ocurrieran. Tenía que tener la casa reluciente, porque si no el señor Rorschach se la pasaba viendo figuras en las manchas o en el polvillo acumulado. Las veía también en las arrugas de la cama, en las marcas de nacimiento de sus pacientes, en las nubes, en los pelos que quedaban en el jabón y en los espacios entre las palabras de los artículos del diario. La señora de Rorschach estaba cansada.

Tan cansada estaba que decidió que no iba a molestarse si su marido quedaba ciego. Le pareció hasta práctico. Un día le comentó que veía extrañas manchas en el Sol. El señor Rorschach cayó en la trampa. Rápidamente abandonó lo que hacía y se puso a mirar el Sol sin protección. No logró ver ninguna mancha, y luego de un rato no veía más nada.

Liberado de su visión, el señor Rorschach comenzó a ver manchas en su oscuridad permanente. Veía anillos de luz, estrellas y otros objetos borroneados que siempre insistía en identificar con entusiasmo. La señora de Rorschach pudo dejar de fregar con tanto esmero, pero no encontró paz sino que no le quedó más remedio que ayudar a su marido no vidente a registrar lo que veía.

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El placer del Apocalipsis

Soy el último sobreviviente de la humanidad. El cataclismo que terminó con mi especie no pudo conmigo. Ahora recorro los restos de la civilización para poder sobrevivir. Duermo en cualquier parte. Ya no tengo casa, el mundo es mi hogar.

Todos los días camino decenas de kilómetros en busca de comida. Necesito mucha más energía que antes. Tengo que atravesar caminos bloqueados. Huyo de los animales salvajes que me acechan a cada paso. Debo trepar las paredes de antiguos edificios que ya no son habitables pero aún conservan preciosos nutrientes. Esquivo vigas que caen, ratas que compiten por mi alimento y suelos frágiles que me hacen codear con la muerte a cada paso. Habitualmente atravieso situaciones tensas. Mi cara siempre está cubierta de sudor. Son preciosos los momentos en los que logro desenchufarme y pasar un rato agradable. Por eso me pongo tan contento cuando encuentro una Coca-Cola.

Coca-Cola me proporciona el refrescante alivio que necesito para mantener mi estilo de vida. Un vaso de Coca-Cola me devuelve la alegría en este mundo cruel. Y cuando me topo con una heladera que aún funciona, no hay mayor placer que sacar de ella una Coca-Cola bien helada. Cada vaso, lata o botella que tomo me da ánimo para seguir adelante, con la ilusión de, entre los escombros de alguna gran ciudad, encontrar otra Coca-Cola.

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Un puñado de diamantes cayó en el gallinero

Un puñado de diamantes cayó en el gallinero. El gallo cantó, porque confundió el brillo de los diamantes con la salida del sol. Pero luego identificó los diamantes. Sin reparar en su valor monetario, los confundió con granos y procedió a comerlos. Al rato se sintió mal. No sabía por qué, y ni siquiera sabía que se podía saber el porqué de algo. Sólo atinó a tirarse en el piso.

El gallo suspiraba mientras su estómago no sabía qué hacer con esos diamantes que le habían sido encomendados. El estómago los pasó a los intestinos. Los intestinos también los pasaron, y pronto los diamantes volvieron a ver la luz.

El gallo, que no tenía capacidad de aprender de sus errores, se sintió mejor y volvió a ver los diamantes. Al principio cantó, porque el brillo le hizo pensar que estaba saliendo el sol. No reparó en que ya era de día, ni en que era la tercera vez que salía el sol ese día. Ni siquiera supuso que tal vez era un día muy especial por eso mismo. Sólo vio el brillo los diamantes y cantó, hasta que divisó los diamantes individuales. No se le ocurrió que ya había vivido lo mismo un rato antes. Como se sentía bien y tenía hambre, decidió picotear esos extraños granos brillosos.

Justo en ese momento se acercó el dueño del gallinero con un mantel lleno de migas. El gallo lo vio y se acercó, como hacía cada vez que divisaba el mantel, o las sábanas que flameaban en el tendedero. Al acercarse al mantel, el gallo olvidó los diamantes y se dedicó a comer migas en compañía de las gallinas que andaban cerca.

Cuando terminó las migas se puso a corretear por el gallinero. Nunca supo que servía para bajar la comida. Mientras revoloteaba, vio una gallina que estaba tirada en el piso suspirando. Se acercó a ella aunque no podía hacer nada. Hasta cierto punto se dio cuenta de que se sentía mal, lo que no supo era por qué. Pero se quedó haciéndole compañía. No tenía nada mejor que hacer.

Cuando se hizo de noche, los intestinos de la gallina se encontraron con los diamantes y les dieron vía libre. En seguida estuvieron otra vez en el piso del gallinero. El gallo, al verlos, repitió el proceso que había realizado dos veces ese día. Pero cuando se acercó a ellos para comerlos, la gallina sintió amenazada su fuente de alimento y lo picoteó.

El gallo también picoteó a la gallina y se produjo un combate. Ambos sabían muy bien que el ganador obtendría el derecho a comer lo que no sabían que eran diamantes. El gallo en circunstancias normales hubiera ganado fácilmente, pero no sólo todavía estaba algo débil como consecuencia de haber comido los mismos diamantes (aunque no lo sabía) sino que estaba cansado porque ese día además de correr había cantado tres veces la llegada del sol. Por eso la lucha fue pareja y se prolongó durante toda la noche.

La lucha duró hasta que salió el sol. Al verlo, el gallo la abandonó para poder cantar.

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Lágrimas de cocodrilo

El cocodrilo estaba triste. Se sentía solo en el río, nadie se le acercaba. Pasaba toda su vida en el mismo lugar, esperando, saliendo cada tanto del río para volver a sumergirse al poco tiempo. Era así la vida de todos los cocodrilos, pero él no se conformaba. Quería más. Y como no lo tenía, lloraba.

Los que pasaban cerca de él veían sus lágrimas pero no les daban crédito. Creían que eran lágrimas de cocodrilo. Y lo eran, pero eran también de tristeza. Sólo el cocodrilo se daba cuenta, y eso lo hacía sentir aún más solo.

Un día se largó a llover. El cocodrilo miró al cielo pensando que lo entendía. Las gotas de lluvia se mezclaron con sus lágrimas hasta hacerse indistinguibles. El cocodrilo dejó de llorar durante ese momento y su cara sólo fue recorrida por las gotas. Por primera vez, el cocodrilo sintió una profunda conexión con la naturaleza.

Después de un rato dejó de llover y salió el sol. Los rayos de sol iluminaron su piel, y debió sumergirse en el río para que no se le secara. Dentro del río, el cocodrilo reflexionó sobre lo que había pasado y se entristeció al ver que la naturaleza, después de todo, también le era indiferente. Entonces derramó más lágrimas, que no se notaron porque estaba bajo el agua.

En ese momento, una cebra vio su expresión compungida y se acercó a la orilla del río para ver qué le pasaba. La cebra lo miró a los ojos y pudo comprender su tristeza. Pero el cocodrilo no se dio cuenta de la intención de la cebra. La vio sólo como un almuerzo. La cebra notó el cambio en sus ojos y salió corriendo, justo antes de que el cocodrilo saltara hacia ella con la boca abierta.

El cocodrilo volvió a lamentar su suerte. Un rato más tarde, reflexionando sobre lo ocurrido, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Lamentó profundamente su actitud y quiso ir a buscarla. Pero la cebra era mucho más rápida que él. Estaba claro que nunca iba a regresar.

El cocodrilo, entonces, volvió a derramar lágrimas.

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El cuarto pato

“El pato hoy está suculento”, dijo el mozo. La idea nos gustó, los cuatro pedimos pato. Yo lo pedí a la naranja, mientras que los otros tres lo pidieron asado. A ellos les llegó antes, el mío demoraba un poco más.

Mientras esperaba, pude notar que los otros disfrutaban de sus patos. Me convidaron para matizar mi espera, y efectivamente estaba suculento. Tuve aún más ganas de comer mi pato a la naranja.

Cuando finalmente llegó, lo probé apenas el mozo se fue. Me decepcioné enormemente. El pato a la naranja resultó horrible. La naranja arruinaba todo el sabor del pato, y mis intentos de condimentarlo lo empeoraban.

“Eso te pasa por tratar de diferenciarte”, me dijeron los comensales. Les ofrecí que probaran para que vieran lo que era, pero no quisieron. Me ofrecieron con sorna que probara un poco más de sus deliciosos patos, los que habían venido rápido y eran mucho más ricos que el mío.

Durante el resto del almuerzo se burlaron de mi pato. Me sentí excluido. Ellos saboreaban sus patos y les daba placer verme en una situación incómoda. Disfrutaban doblemente. Mientras tanto, yo trataba de comer mi pato pero me desagradaba tanto que no llegué a consumir ni la mitad. Ellos terminaron sus platos y pidieron pan para comer el jugo que quedaba.

Cuando llegó la hora de irnos, me pareció un desperdicio tirar el pato feo, que era bastante caro. Pedí entonces que me lo envolvieran para dárselo al perro. Mientras esperábamos que el mozo trajera el paquete, fui objeto de más bromas, referidas en general a que yo era el único que le llevaba comida de restaurantes tan lujosos a su perro y esa clase de cosas.

Luego de pagar, cuando nos estábamos yendo, se acercó el mozo y me entregó el pato que no había comido. El paquete tenía forma de cisne.

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Entre el queso y la caja

En la pizzería había un gran contenedor donde se guardaban los trípodes plásticos cuyo principal trabajo es mantener la tapa de la caja lejos del queso de la pizza. Estos adminículos son llamados “cositos” por la mayor parte de la población, cuyo imaginario nunca se dedicó a ponerles un nombre.

Más allá de estas cuestiones, como se ha dicho, la pizzería los guardaba a todos en un tacho. Los encargados de entregar las pizzas tomaban un trípode del tacho, lo colocaban y cerraban la caja, como parte de un procedimiento que, hasta donde ellos sabían, siempre sería igual. Cuando el tacho estaba cerca de vaciarse, se pedía al fabricante una nueva tanda. La orden se hacía por peso, lo que marca la escasa importancia que se le asignaba a la individualidad de cada adminículo plástico.

Pero a los trípodes no les gustaba la idea de sostener cajas durante un rato para luego ir a la basura. En particular, no querían a apoyar sus tres patas en el queso caliente. Y desde el tacho todos veían cómo, uno a uno, sus compañeros iban cumpliendo aquel destino inexorable.

El futuro cierto de terminar sobre una pizza causaba tensión entre los trípodes. Los que estaban arriba trataban de ir hacia abajo, subrepticiamente, para demorar su fin. Pero los que ya estaban abajo se resistían a dejarlos pasar, porque valoraban su lugar y no tenían intención de salir antes del tacho. Muchas veces se formaban acaloradas discusiones que terminaban con dos de los adminículos fundidos en uno deforme de cinco patas. Ocasionalmente estos trípodes dobles eran descartados sin pasar por las pizzas, aunque no había certeza alguna de que no fueran a terminar igual sobre el queso.

Por todo esto, los trípodes muchas veces terminaban enemistados, y en el contenedor se respiraba un clima desagradable que, sin que ellos lo supieran, repercutía en el sabor de la pizza en la que cada uno desembocaba.

Un día, cansados de las tensiones, los adminículos se pusieron de acuerdo para escaparse de la pizzería. La estrategia era clara: esperar a que cerrara el establecimiento, empujar todos juntos para derribar el tacho y salir a la calle. Cuando llegó el momento de implementar el plan, se encontraron con un obstáculo inesperado: la puerta estaba cerrada con llave. De modo que los trípodes quedaron desparramados entre la puerta y el tacho caído. Algunos caminaron con dificultad hacia rincones recónditos de la pizzería, pero sufrieron la peor suerte. Fueron los últimos en ser encontrados cuando la pizzería abrió al día siguiente, y quedaron en la parte de arriba del tacho.

Sólo unos pocos escaparon a su destino. Fueron los que se dieron cuenta de que nunca nadie barría bajo el mostrador. Hacia allí se dirigieron y todavía están ahí, acumulando polvo mientras ven pasar generaciones de sus semejantes.

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