Antropomorfismos

Mis hemisferios

El hemisferio derecho del cerebro controla al lado izquierdo del cuerpo. Del mismo modo, el hemisferio izquierdo del cerebro controla al lado derecho del cuerpo. Se ignora el porqué de esta configuración confusa, aunque algunos sostienen que es para ayudar a unir a la persona.

En efecto, la autonomía de los lados del cuerpo podría derivar en problemáticas separaciones. Con el intercambio cerebral, si un lado del cuerpo se aleja del otro, se alejará también del hemisferio que lo controla, entonces no podrá ir muy lejos y será prontamente alcanzado por el otro lado.

En mi caso es más difícil, porque soy hemisferio izquierdo dominante. Mi hemisferio izquierdo controla al lado derecho, el cual, a su vez, domina al lado izquierdo, porque el hemisferio izquierdo tiene supremacía sobre el derecho. De este modo, el hemisferio derecho obedece las órdenes del izquierdo y controla a todo el cuerpo.

Esto tiene una serie de consecuencias importantes sobre mi persona. No sólo soy un individuo lógico y calculador, como todos los que tienen predominio en el hemisferio izquierdo, sino que el lado izquierdo de mi cuerpo se maneja como si fuera el derecho.

Si camino sin prestar atención, la pierna izquierda se comportará como la derecha, tal es el grado de sumisión que tiene el hemisferio derecho. Entonces el izquierdo debe ejercer su dominio para cambiar la conducta del derecho. El efecto que se produce que el hemisferio izquierdo hace todo el trabajo, mientras el derecho se dedica a descansar. Al faltarle ejercicio se atrofia, y el hemisferio izquierdo agudiza su dominio.

Algunos piensan que todo es una estratagema del hemisferio derecho para no tener que trabajar. De cualquier modo, existe entre ambos hemisferios una pugna por el dominio del cuerpo, porque al lado izquierdo no le gusta ser manejado por el hemisferio izquierdo y lo expresa con pulsos eléctricos desagradables hacia el derecho durante la noche.

Todo esto me produce grandes dolores de cabeza. A veces deseo que mi cuerpo se parta en dos, nomás, y cada hemisferio pueda seguir su camino en forma independiente. Pero no, no es posible, porque además de ser una gran dificultad médica lograrlo, se generaría el problema de saber con cuál de las dos mitades debo quedarme yo.

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El objeto de su amor

Un pedazo de cinta Scotch revoloteaba a pocos milímetros de la vereda. Una cucaracha lo vio y se sintió atraída. Entonces lo siguió. Luego de una ardua carrera de varios metros logró alcanzarlo y mantenerse cerca de él. La cucaracha trataba de que el pedazo de cinta le prestara atención, pero no lo conseguía. La cinta sólo obedecía al viento.

El insecto movía las antenas en forma seductora. A pesar de sus innegables atractivos y de su espléndido estado físico, no parecía impresionar a la cinta, que seguía transparente a su existencia. El viento lo continuaba llevando a lo largo de la vereda. La cucaracha, no obstante, no pensaba rendirse sin dar pelea.

Cuando el pedazo de cinta cruzó la calle con el semáforo en rojo, la cucaracha tuvo un momento de duda pero lo siguió. Quiso mostrarle su determinación. Tal vez era una prueba, supuso. Pero al llegar a la siguiente vereda, felizmente sin ser alcanzados por ningún auto, la situación continuó igual. Lo único que cambiaba era la posición del pedazo de cinta, que a veces ofrecía al viento su lado de mayor superficie, con lo cual recibía más impulso. Otras veces se colocaba paralelo a la dirección del viento, entonces iba más despacio y el aire fluía a su alrededor. Y en algunos momentos se movía vertiginosamente, como si estuviera bailando. La cucaracha lo admiraba y hacía esfuerzos por regular la velocidad mientras realizaba maniobras para obtener la atención del pedazo de cinta. También maniobraba para evitar ser pisada por los indeseables transeúntes que a esa hora abundaban en la vereda.

Pero el pedazo de cinta no tenía tanto cuidado, y en un momento resultó pisado por uno de ellos. La cucaracha, al principio, no entendía qué había pasado. Pero rápidamente se dio cuenta y se decidió a rescatarla.

Corrió y corrió hasta llegar a la vecindad del pie. Se trataba de una misión peligrosa. Existía el riesgo de recibir un pisotón fatal por parte del mismo pie del que debía rescatar al pedazo de cinta. Debía realizar el acto heroico sin ser pisada y también sin ser vista, porque sabía que en ese caso se exponía a la posibilidad de un pisotón esta vez intencional.

La cucaracha se mantuvo a la sombra del transeúnte durante unos metros, mientras calculaba los pasos a seguir. Cualquier movimiento era peligroso, porque dependía de que se mantuviera el ritmo de los pasos. Un cambio repentino podía estropear los cálculos y acabar con la vida de la cucaracha. Pero sus ganas de salvar al pedazo de cinta pudieron más que el miedo. La cucaracha se lanzó en un salto espectacular hacia el lugar del zapato donde estaba atrapada la cinta, y logró rescatarla. Luego escaparon a toda velocidad.

Desde ese momento, fueron inseparables. El pedazo de cinta ya no prestaba atención al viento, acompañaba a la cucaracha a todos lados. Y continuaron así, pegados uno al otro, por el resto de sus días.

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6 Apr 2011

Historia de un iceberg

Hacía frío. Hacía tanto frío que parte del mar se solidificó. Así se formó un iceberg que comenzó a navegar las aguas del Ártico. Como no tenía un recorrido prefijado, deambulaba por distintas partes del océano, y según dónde estaba iba variando su tamaño. Mientras más al norte, más grande se hacía.

Pero cuando se acercaba al norte corría el riesgo de integrarse a la capa polar ártica. El iceberg no quería perder su identidad. Aún se sentía parte del mar. De hecho, estaba casi totalmente sumergido y lo que se veía desde la superficie era sólo la punta.

Un día apareció un barco en la cercanía. Los tripulantes del barco, al ver al iceberg, se alarmaron y viraron la nave. Lograron alejarse, aliviados, pero el iceberg sintió que era rechazado. El único objeto que lo había visto no quería saber nada con él.

Con el correr de los días y las noches, varios barcos tuvieron la misma actitud que el primero. El iceberg hacía esfuerzos para acercarse y mostrarse amistoso. Pulió en su superficie espléndidos toboganes para que la tripulación de los barcos pudiera divertirse. Pero no daba resultado, los barcos seguían escapando.

El iceberg se entristeció tanto que, cuando llegó el verano, no migró hacia el norte para mantener su masa sólida, sino que se dejó desintegrar de a poco. Un gran porcentaje del hielo que lo componía volvió al mar, aunque la punta que sobresalía se mantenía igual.

Estaba en ese estado cuando un barco se le acercó más que cualquier otro. Cuando lo vio de cerca, el iceberg se emocionó. Por fin era aceptado. Fue decidido hacia su encuentro.

El iceberg y el barco se juntaron violentamente. El golpe produjo un agujero en el casco, y el barco se empezó a hundir. El iceberg, en tanto, desapareció de la vista. Ingresó al barco por el agujero y se hundió con él.

Muchos años después, los restos ya líquidos del iceberg, y los del barco que se animó a acercarse, descansan juntos en el fondo del mar.

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22 Mar 2011

La ciudad cansada

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, sentía el cansancio. Sus habitantes estaban impacientes y protestones. Su economía tenía signos de recesión. Su aspecto lucía sucio y olvidado. La ciudad apenas podía llevar a cabo las actividades básicas que permitían su subsistencia.

Era necesaria una inyección de energía, o un descanso. Como la última opción no era posible, dada la exigencia que el mundo le imponía como capital cultural de Occidente, los gobernantes de la ciudad empezaron a buscar opciones para poder darle a la gran manzana el empujón que necesitaba.

Se adoptaron políticas para agilizar el tránsito, mejorar el agua, reducir el crimen y aumentar los espacios verdes, de modo que hubiera más oxígeno para la ciudad. Pero ninguna de estas medidas logró hacer cambios trascendentes.

Todo cambió con la llegada de una cadena comercial. Starbucks proporcionó el café que la ciudad necesitaba para poder sobrellevar el ritmo de vida de una metrópolis tan grande, y en muy poco tiempo todo cambió. La economía se recuperó. El humor de los habitantes pasó a ser más llevadero luego de tomar un café cada mañana. La ciudad tenía más energía para preocuparse por su aspecto, y empezó a lucir más atractiva. También estaba más alerta, lo cual permitió mejorar la seguridad de la urbe hasta casi terminar con el crimen que la caracterizaba.

La recuperación de Nueva York es un ejemplo del poder de un buen café.

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23 Feb 2011

Las colinas están vivas

“The hills are alive with the sound of music”
Oscar Hammerstein II

Cuando empezó a sonar la música, las colinas comenzaron a saltar. Con ellas saltaron el pasto, los árboles, las ardillas y los arcos iris que siempre las acompañaban. Las colinas se movían al compás de la música, en armonía unas con otras. Se podría decir que bailaban.

La danza de las colinas se mostraba en gráciles movimientos del suelo, que subía y bajaba, como si latiera. También giraban sobre sí mismas mientras recorrían el circuito donde sonaba la música. Los animales que estaban parados sobre las colinas también giraban, y los que tenían la posibilidad al mismo tiempo abrían los brazos. El entorno, sus habitantes y la música eran uno.

Un riacho que pasaba cerca se contagió la alegría de las colinas, y la llevó hasta el mar. En el mar se dispersó entre los peces, los corales y los delfines, hasta llegar a la otra orilla del océano, donde la alegría cubrió el continente. Así, pronto el mundo entero estuvo vivo con el sonido de la música.

The hills are alive with the sound of music”

Oscar Hammerstein II

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18 Jan 2011

Concha tomada

Un caracol tenía ganas de salir un rato. Dejó su caparazón atrás de un tronco caído y se dedicó a andar por los alrededores. Tomó sol, disfrutó del aire fresco y se sintió liviano por un rato. Arrastrar el caparazón era una carga que, aunque útil, le significaba un peso del que era agradable liberarse.

Cuando se hacía de noche, el caracol volvió a buscar su caparazón. Grande fue su sorpresa al descubrir que estaba siendo ocupado por una babosa. El caracol estiró las antenas en señal de protesta, pero la babosa hizo caso omiso a la objeción.

Esa noche, el caracol estuvo a la intemperie. Trató de refugiarse en el tronco, pero no tenía la comodidad de su caparazón. El caracol maldijo el momento en el que se le había ocurrido sacárselo. Decidió quedarse cerca y vigilar a la babosa que ocupaba su hogar. Por suerte, con el peso extra le iba a ser muy difícil tomar velocidad.

La babosa, en tanto, no dejaba de sorprenderse por las comodidades del caparazón que se había encontrado. Pensó que era un descubrimiento muy fortuito, casi se convenció de que algo o alguien lo había dejado ahí para él. Cuando estuvo cerca de desarrollar el concepto de determinismo místico, se asustó ante la inmensidad de lo que no comprendía, y escondió todo su cuerpo en el caparazón. De esta manera volvió a sorprenderse. Empezaba a considerarlo su hogar.

El caracol no sólo lo consideraba su hogar, sino parte de su cuerpo. Sentía la ausencia del caparazón, y también la sombra de su presencia. Cuando al caracol le picaba el caparazón no sabía qué hacer. Podía ir hasta donde estaba la babosa y rascarlo, pero se arriesgaba a espantarla y que se fuera con su propiedad. Entonces se quedaba con la picazón. Trataba de solucionarlo pensando en otra cosa.

Mientras vigilaba atentamente los movimientos de la babosa, el caracol trataba de urdir un plan para recuperar su vivienda. ¿Cómo podía hacer que la babosa cometiera el mismo error que él? Dio con una respuesta: hacerla pasar por debajo de una rama que no permitiera el paso del caparazón. Al ser ajeno a la babosa, se deslizaría y lo dejaría libre. Pero, ¿cómo hacerla por un lugar determinado? Era una solución simple, pero impráctica.

Luego de pensar durante un buen rato, el caracol tuvo otra idea. Si se subía al tronco y se tiraba sobre el caparazón, tal vez el ruido de la caída podría espantar a la babosa. El caracol dedicó las siguientes horas a subir al tronco, sin reparar en que se avecinaba una gran tormenta.

La babosa se refugió de la lluvia en el caparazón. Cada trueno le daba un miedo más profundo. Temía a la inmensidad que estaba al acecho. En eso, una ráfaga de viento hizo caer del tronco al caracol. Cayó todo mojado justo delante de la babosa.

La babosa, al verlo, lo tomó como un presagio de su futuro y abandonó el caparazón. Lentamente el caracol se recompuso y fue a ocupar su hogar. Pero cuando logró encajarse se dio cuenta de que estaba todo babeado. Algo había sucedido durante la ocupación de la babosa. Ya no era el mismo caparazón de antes. Y el caracol tampoco.

El caracol, entonces, estiró su antena derecha, golpeó el hombro de la babosa que se alejaba y la invitó a compartir su hogar. La babosa, encantada, expresó su alegría con un aullido inaudible y se quedó a acompañar al caracol.

El caracol y la babosa empezaron a vivir juntos. Se turnaban en el uso y el aseo del caparazón. El caracol le enseñó los secretos que había aprendido durante su vida para aprovechar mejor el caparazón, y la babosa lo aconsejó sobre la supervivencia fuera de él. Cuando llovía, el que estaba con el caparazón se subía al que estaba libre para protegerlo. Se volvieron inseparables.

La babosa, más aventurera, empujó al caracol a salir a conocer los alrededores y compartió con él los pareceres místicos que había descubierto gracias al caparazón. El caracol era más sedentario pero estuvo dispuesto a acompañar a la babosa. Cuando advertía algún peligro, el caracol se salía del caparazón y se acercaba para prevenir a la babosa, que siempre agradecía el gesto.

Juntos, el caracol y la babosa se lanzaron a explorar el mundo.

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Febrero de huelga

Cansado de verse en inferioridad respecto de los otros meses, febrero decidió declararse en huelga. Llamó a conferencia de prensa para explicar su decisión de no hacerse presente en el año que estaba por iniciarse, el cual pasaría directamente de enero a marzo. Fuentes cercanas al segundo mes del año afirmaban que la medida de fuerza sólo se levantaría cuando le fueran asignados 31 días, de modo de no ser menos que ningún otro mes.

Desde el calendario se anunció que no era posible complacer a febrero sin poner en peligro el delicado equilibrio astronómico que representaba el año entero. Los rebeldes de febrero respondían que un año de once meses era peor para el equilibrio que un año de tres días más.

Una solución posible era esperar que algunos de los otros meses donaran días a febrero, de modo que la cantidad de días en el año se mantuviera constante. Las autoridades, sin embargo, no querían que eso sucediera, porque podía llevar en el futuro a nuevas rebeliones de los meses que se vieran perjudicados.

Se propuso un sistema de rotación, según el cual, alternativamente todos los años, tres meses distintos donarían un día cada uno a febrero. Pero el segundo mes del año se mantenía intransigente y quería una suma fija. No tenía intención de transitar todos los años una negociación para determinar quién le prestaría las jornadas que consideraba que le correspondían.

Se acercaba el final de enero, y las gestiones estaban estancadas. Marzo se encontraba cerca, en alerta para el caso de tener que adelantar su llegada. Era necesario encontrar, al menos, una solución transitoria para que el calendario no se adelantara un mes al otoño. El calendario encontró una forma de mantener la cantidad de días a pesar de la ausencia de febrero. Se llamó de urgencia a brumario, que estaba retirado, para que reemplazara por ese año al mes rebelde. Brumario aceptó volver, aún cundo sabía que era sólo por ese año y con sólo 28 de sus 30 días.

Solucionada la urgencia, los meses restantes vieron que tenían casi un año para solucionar el problema de febrero. Varios meses pensaban que el reemplazo de febrero le había quitado poder de negociación, porque ya no podría presionar con causar una carencia de días a todo el año. Por eso, desde febrero surgían ataques contra brumario, que lo acusaban de no tener idoneidad para reemplazar a un mes como febrero.

Mientras tanto, iban surgiendo ideas. Algunos sectores proponían una reforma total del calendario, que incluyera meses parejos de 30 días cada uno. Los días que sobraran quedarían sin mes. De este modo, ningún mes se vería superado en días por otro. Sin embargo, hubo resistencia a esa idea, porque los meses de 31 días no querían perder sus privilegios.

Pronto, la reducción de capacidad de maniobra hizo que se produjeran divisiones en el mes rebelde. El 11 de febrero llamó a conferencia de prensa y anunció su disconformidad con la posición oficial del mes. Declaró su intención de volver a integrar el año. Afirmó también que había varios días que estaban evaluando una medida similar.

Así, el 5, el 14, el 12 y el 9 de febrero pronto se unieron a la rebeldía del 11. El poder de febrero se iba debilitando. Llegó un momento en el que toda la primera quincena se desafectó. Febrero quedó en una posición vulnerable, con sólo 13 días fieles.

En la Asamblea Anual, con sede en octubre, se decidió aceptar a los días escindidos para el siguiente año. Se consideraba probable un cambio de actitud del resto de febrero, pero por las dudas se decidió contratar a 13 días sueltos de un viejo mes lunar para cubrir las vacantes, llegado el caso.

Mientras tanto, el año continuaba con las presiones para que lo que quedaba de febrero se reincorporaba. Se anunció una moratoria para los días que quisieran volver al año. También se le ofreció a febrero un ultimátum: tenía hasta el 31 de diciembre para volver al año intacto. Si lo hacía después, se le quitaría un día por cada mes que demorara en reincorporarse.

Con esto, el 26, 27 y 28 de febrero, los días que veían más cercana la amenaza, empezaron a presionar al resto del mes para terminar la medida de fuerza. Argumentaban su evidente fracaso y la división que había causado en el mes. Pero el líder de la revuelta, el 20 de febrero, no quería saber nada con volver al año.

Pero el 20 iba perdiendo poder. Los días que aún se mantenían en febrero se sentían inútiles y no querían ser reemplazados nuevamente. Luego de muchos tironeos con los días del círculo inmediato del 20, el 19 y el 21, se llegó a un acuerdo. Los días restantes reclamaron al 20 que depusiera su actitud y concretara el regreso al año. Si no lo hacía, amenazaron con volver todos ellos y reemplazarlo. El 29 de febrero, que no era un miembro oficial pero participaba en las asambleas en calidad de invitado, estaba dispuesto a tomar su lugar si era necesario.

Al ver que su base de apoyo estaba acabada, el 20 de febrero renunció a su cargo de delegado del mes. Fue reemplazado en esa función por el 16, que tenía una postura anualista.

De este modo, poco tiempo después febrero volvió al calendario. Fue recibido con júbilo por el resto de los meses, que consideraban que el año no era lo mismo sin él.

Para evitar una acción similar por parte de otro mes, las autoridades del año decidieron sancionar al líder de la revuelta por su actitud. Establecieron que, por ese año, el cambio de hora de verano se haría el 20 de febrero. Así, el día sufrió la humillación adicional de perder una de sus horas.

Desde entonces, ningún mes volvió a amenazar con escindirse del año.

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Margaritas a los chanchos

El chancho Osvaldo, cansado de revolcarse en el barro, fue a dar una vuelta por el chiquero. No pensaba que se fuera a producir ninguna novedad, después de todo él conocía bien ese chiquero. Había estado toda su vida ahí. Pero esta vez fue diferente. En un rincón, encontró un ramo de margaritas que alguien había tirado.

Eran más de diez flores, y algo en ellas lo atrajo. No sabía bien qué exactamente, pero mirarlas le producía placer. Por eso quiso compartirlas con su novia, la chancha Ediberta. Ella estaba en otro sector del chiquero, y entonces el chancho Osvaldo agarró una de las margaritas con la boca para llevársela.

En el camino, se cruzó con el chancho Julio, quien le hizo una expresión de burla por el extraño objeto que llevaba. El chancho Osvaldo sabía que el resto del chiquero no iba a ver las flores igual que él. Por eso no le preocupó la jocosidad del chancho Julio.

Cuando llegó adonde estaba la chancha Ediberta, ella estaba revolcándose en el barro. Al chancho Osvaldo no le gustaba mucho esa costumbre, pero sabía que era necesaria para su subsistencia. Él también la practicaba a pesar del desagrado que le producía, sin embargo creía que la chancha Ediberta la disfrutaba demasiado. Era uno de los desacuerdos que tenía con su novia, y el chancho Osvaldo no le daba importancia. Estaba seguro de que tenían muchas más cosas en común, y también tenía la certeza de que ella iba a apreciar la margarita que le llevaba.

La chancha Ediberta, al ver la margarita, pensó que era una broma y se echó a reír de una manera similar a la del chancho Julio. La reacción deprimió al chancho Osvaldo, que era fácil de deprimir. Y entonces el chancho Osvaldo se fue con la margarita al rincón del chiquero donde la había encontrado.

Las otras margaritas seguían ahí, y a pesar de algunas manchas de barro continuaban exhibiendo lo que el chancho Osvaldo percibía. El chancho Osvaldo se largó a llorar. No entendía por qué él siempre tenía que ser diferente. Pero tampoco quería ser como los demás. Más bien su frustración venía del hecho de que los demás no fueran como él.

Al verlo en ese momento, la chancha Ediberta fue hacia él para tratar de consolarlo. Ella era la que más lo entendía en todo el chiquero. Sabía que el chancho Osvaldo era muy sensible, y aunque estaba un poco cansada de estas situaciones, sentía que era su deber sacarlo del estado lacrimógeno en el que se encontraba.

Cuando llegó, le quiso preguntar por qué era tan infeliz. Pero él no le quiso contestar. No estaba en condiciones de comunicarse, y le dio a entender que quería estar solo. La chancha Ediberta, que ya tenía experiencias en ese tipo de situaciones, lo dejó con su pena.

El chancho Osvaldo se quedó regodeándose en esa pena. Deseaba irse a vivir a otro chiquero, uno donde lo entendieran y aceptaran su manera de ser. Soñaba con un mundo ideal en el que todos los chanchos tuvieran el mismo concepto de belleza que él, y además no necesitaran revolcarse en el barro. Pero sabía que era utópico, eso no iba a ocurrir nunca. Antes que seguir pensando en todo eso, prefirió irse a dormir. Y, sin darse cuenta, se durmió sobre las margaritas.

Cuando se despertó, se dio cuenta de lo que había hecho. Y se deprimió más. Había arruinado las flores. El chancho Osvaldo las agarró para tratar de limpiarlas, pero fue inútil. Las margaritas pasaron a ser grises. Habían perdido su pureza.

Sin embargo, un hecho lo sorprendió. Muy cerca de él estaba el chancho Julio, y no se reía. El chancho Osvaldo creyó que se iba a reír, pero el chancho Julio no lo hizo. Rápidamente se acercaron otros. Vinieron el chancho Arturo, el chancho Saúl, la chancha Etelvina, el chancho Rafael, la chancha Violeta y el chancho Juan Alberto. También estaban sus padres, el chancho Antonio y la chancha Josefina. Junto a todos ellos venía la chancha Ediberta.

El chancho Osvaldo creyó que se acercaban para tratar de consolarlo inútilmente. De repente, todos los chanchos se acercaron al ramo de margaritas manchadas con barro, y cada uno agarró una flor. El chancho Osvaldo creyó que las iban a tirar para que él no pensara en ellas. Pero no fue así. Los chanchos acomodaron las margaritas cerca de sus cabezas, las pegaron con barro y empezaron a caminar por el chiquero, luciéndolas.

Todos hicieron eso menos la chancha Ediberta, que se quedó al lado del chancho Osvaldo y le colocó a él una margarita del mismo modo que habían hecho todos.

En ese momento, el chancho Osvaldo comprendió lo que había pasado. El barro había hecho que los otros chanchos pudieran apreciar la belleza de las margaritas. Sólo había sido necesario adaptarlas a su esquema. El chancho Osvaldo se alegró. Dejó de sentirse un incomprendido para pasar a sentirse un visionario.

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4 Dec 2010

La transformación de los tiempos

Había una vez que aspiraba a ser una ocasión, pero sólo lograba ser, de a ratos, un instante. Había también un momento que ocasionalmente se transformaba en oportunidad pero en general era sólo un término. Además había un plazo y un curso, que respectivamente se habían convertido en un lapso y un período. Anteriormente había habido un intervalo que se había graduado de época, y una etapa que había sabido transformarse en era. Pero también había habido una jornada que no había podido hacerse edad. Por el contrario, una circunstancia no había tenido problemas en ser transcurso, y de ahí pasó, luego de un trecho, a ser una fase.

Pero todo eso no era nada al lado del segundo que se había transformado, sucesivamente, en minuto, hora, día, semana, quincena, mes, semestre, año, lustro, década, siglo y milenio.

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25 Nov 2010

Un mal pronóstico

Una corriente de baja temperatura se acercaba a Buenos Aires dispuesta a ocupar la ciudad y causar molestias a los habitantes. Avanzaba raudamente a través de las pampas, sin encontrarse en el camino con ningún accidente geográfico.

De repente se le interpuso una masa de aire antártico que iba hacia el mismo lugar. La corriente de baja temperatura quiso adelantarla para llegar primero, pero no pudo lograrlo y se produjo una colisión.

El choque provocó una tormenta que debilitó a las dos, aunque sin extinguirlas. Siguieron su camino hacia Buenos Aires, pero a menos velocidad, y gracias a esa lentitud las alcanzó un frente polar que iba desde más lejos también hacia la gran metrópolis.

La masa de aire antártico y la corriente de baja temperatura quedaron en segundo lugar. Para recuperarse en la carrera la rodearon, una por el este y la otra por el este. Desde esas posiciones amenazaban con aplastar al frente polar.

El frente polar frenó y empezó a variar su dirección en zigzag, tratando de molestar a los demás vientos para dispersarlos y poder llegar con fuerza a la ciudad.

Estaban en ese tira y afloje cuando alcanzaron a una columna de frío que iba hacia Buenos Aires más lentamente. Ahí los tres vientos comprendieron que ninguno de ellos tenía más derecho que los demás de llegar primero a Buenos Aires, y de este modo la corriente de baja temperatura, la masa de aire antártico, el frente polar y la columna de frío avanzaron juntas hacia la ciudad.

Al día siguiente, la gente de Buenos Aires debió salir abrigada.

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7 Nov 2010

Dirección de tránsito

El semáforo, luego de un breve paso por el amarillo, cambió a rojo. En ese momento se dio cuenta de algo que siempre le había pasado desapercibido: los autos tendían a parar frente a él sólo cuando estaba en rojo. Cuando encendía la luz verde, en general arrancaban. Pero el rojo invitaba a frenar a casi todos. Era como si lo obedecieran.

También se dio cuenta de que su compañero de toda la vida, el semáforo de la calle que cruzaba, cuando él estaba en rojo encendía el verde, y cuando él estaba en verde encendía el rojo. También parecía obedecerlo.

Más tarde observó otro hecho curioso. Los autos de la otra calle tenían la conducta opuesta a la de los de la suya. Cuando él estaba en rojo, pasaban, mientras que cuando él estaba en verde, frenaban. Sin embargo, no pensó que pudieran obedecer a su compañero. Tal deducción estaba fuera de las posibilidades de un simple semáforo.

De cualquier manera, lo que sabía era suficiente como para que se diera cuenta de la influencia que tenía sobre los autos que circulaban. La secuencia exacta de causa-efecto nunca le fue importante. Con lo que sabía, era suficiente para experimentar.

Primero quiso saber cuál era el grado de obediencia de los autos. Entonces dejó la luz roja durante un rato largo. Pudo notar que luego de unos minutos empezaban las bocinas. Después, cuando circunstancialmente no pasaban autos por la otra calle, algunos en forma tímida, como pidiéndole disculpas, la atravesaban.

El semáforo tomó nota y pasó al siguiente experimento. Decidió dejar el rojo mucho tiempo, pero cuando empezaran los bocinazos habilitar el verde por no más de dos o tres segundos. Vio cómo los autos que habían arrancado en rojo volvían a frenar cuando aparecía de nuevo ese color. Sacó la conclusión de que cada luz roja tenía un vencimiento, que se podía renovar con un cambio.

Se le ocurrió más tarde ver qué pasaba si dejaba encendidas las luces roja y verde al mismo tiempo. Lo que vio le encantó. Los autos frenaban y pasaban con extrema precaución, mirando para todos lados. Algunos tocaban bocina. El semáforo iba variando las combinaciones. Algunas veces encendía el verde, luego el amarillo para volver nuevamente al verde. Pero lo que más le divertía era hacer al revés. Rojo, rojo más amarillo y, cuando todos estaban acelerando, otra vez rojo. La frustración de los conductores resultaba graciosísima al semáforo, que tenía un sentido del humor algo elemental.

Sin embargo, la diversión no fue para siempre. De tanto experimentar, sin que el semáforo lo supiera, las quejas se acumularon en la Dirección de Tránsito, a tal punto que las autoridades enviaron una cuadrilla para componer la situación. Los obreros abrieron su cerebro y ajustaron algunos componentes flojos. Como resultado, el semáforo volvió a su estado de inconsciencia anterior, y otra vez se dedicó sólo a obedecer comandos.

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11 Oct 2010

Imperfección y rebeldía de mi dentadura

Cuando se determinó que necesitaba ortodoncia, mis dientes recibieron un duro golpe a su autoestima. ¿Quién era el dentista para decir cómo tenían que ser ellos? Si habían estado conmigo desde su nacimiento, y me venían sirviendo bien, no tenía sentido que viniera un sabelotodo a alterar las cosas. Pero la decisión se tomó sin consultarlos, y tuvieron que aguantar la presencia de los brackets.

La intención era llevar ambas líneas dentarias hacia atrás, para modificar la apariencia de la cara y mejorar, en teoría, la masticación. La ortodoncista estaba convencida de lo que hacía, a tal punto que amenazaba con extirpar dos molares para hacer lugar para el retraso, si era necesario.

Los dientes, amedrentados, no permitieron la expulsión de dos de sus miembros. En una acción de verdadera unidad, decidieron tragarse el orgullo y avanzar hacia el lado donde los aparatos empujaban. Lo hicieron con tal firmeza que lograron el cometido de salvar a los dos compañeros. Es por eso que hoy tengo la dentadura completa.

Pero los aparatos seguían ahí, haciendo fuerza para que continuara el recorrido. Se produjo en mi boca una sensación de fastidio, consonante con mis pocas ganas de seguir yendo periódicamente a revisar la marcha del tratamiento. Entonces ambos hicimos fuerza para acelerar el proceso.

Finalmente, luego de dos años de lucha, llegó el gran día. La profesional consideró que mi dentadura ya era aceptable para los estándares modernos y resolvió eliminar todo el armatoste que ya desde hacía tiempo era una faceta habitual de mi boca. Cuando se produjo el fin fue un momento de gran alegría. Los dientes sintieron con placer el alivio de la presión constante. La que más contenta estaba era la lengua, que ahora podía recorrer la parte externa de los dientes y encontrar una superficie lisa. Hasta el día de hoy lo disfruta.

Una vez liberados, los dientes se abocaron a su siguiente objetivo: volver a la postura original. Ellos sabían lo que hacían. Así fue como en pocos meses mi cara volvió a ser la misma de antes.

La ortodoncista, al ver lo ocurrido, me comunicó que era necesario volver a hacer el mismo tratamiento. Pero esta vez no contó con mi visto bueno. No tenía ninguna intención de pasar otra vez por lo mismo, sobre todo si no había garantías de un resultado duradero. Así que nunca más tuve aparatos. Resolví confiar en mis dientes, y debo decir que, hasta el momento, nunca me fallaron.

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23 Jun 2010

Entre el queso y la caja

En la pizzería había un gran contenedor donde se guardaban los trípodes plásticos cuyo principal trabajo es mantener la tapa de la caja lejos del queso de la pizza. Estos adminículos son llamados “cositos” por la mayor parte de la población, cuyo imaginario nunca se dedicó a ponerles un nombre.

Más allá de estas cuestiones, como se ha dicho, la pizzería los guardaba a todos en un tacho. Los encargados de entregar las pizzas tomaban un trípode del tacho, lo colocaban y cerraban la caja, como parte de un procedimiento que, hasta donde ellos sabían, siempre sería igual. Cuando el tacho estaba cerca de vaciarse, se pedía al fabricante una nueva tanda. La orden se hacía por peso, lo que marca la escasa importancia que se le asignaba a la individualidad de cada adminículo plástico.

Pero a los trípodes no les gustaba la idea de sostener cajas durante un rato para luego ir a la basura. En particular, no querían a apoyar sus tres patas en el queso caliente. Y desde el tacho todos veían cómo, uno a uno, sus compañeros iban cumpliendo aquel destino inexorable.

El futuro cierto de terminar sobre una pizza causaba tensión entre los trípodes. Los que estaban arriba trataban de ir hacia abajo, subrepticiamente, para demorar su fin. Pero los que ya estaban abajo se resistían a dejarlos pasar, porque valoraban su lugar y no tenían intención de salir antes del tacho. Muchas veces se formaban acaloradas discusiones que terminaban con dos de los adminículos fundidos en uno deforme de cinco patas. Ocasionalmente estos trípodes dobles eran descartados sin pasar por las pizzas, aunque no había certeza alguna de que no fueran a terminar igual sobre el queso.

Por todo esto, los trípodes muchas veces terminaban enemistados, y en el contenedor se respiraba un clima desagradable que, sin que ellos lo supieran, repercutía en el sabor de la pizza en la que cada uno desembocaba.

Un día, cansados de las tensiones, los adminículos se pusieron de acuerdo para escaparse de la pizzería. La estrategia era clara: esperar a que cerrara el establecimiento, empujar todos juntos para derribar el tacho y salir a la calle. Cuando llegó el momento de implementar el plan, se encontraron con un obstáculo inesperado: la puerta estaba cerrada con llave. De modo que los trípodes quedaron desparramados entre la puerta y el tacho caído. Algunos caminaron con dificultad hacia rincones recónditos de la pizzería, pero sufrieron la peor suerte. Fueron los últimos en ser encontrados cuando la pizzería abrió al día siguiente, y quedaron en la parte de arriba del tacho.

Sólo unos pocos escaparon a su destino. Fueron los que se dieron cuenta de que nunca nadie barría bajo el mostrador. Hacia allí se dirigieron y todavía están ahí, acumulando polvo mientras ven pasar generaciones de sus semejantes.

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El glóbulo feo

Había una vez un glóbulo blanco que pertenecía a un grupo de leucocitos. Ellos se dedicaban a patrullar las arterias y venas por las que circulaban. El glóbulo tenía un aspecto algo distinto al de los demás leucocitos, y por eso era excluido de su grupo. Cuando se encontraban con un cuerpo extraño que debían rechazar, los demás se ocupaban de que no fuera parte de la batalla. Algunos, en ratos de ocio, intentaban rechazar al glóbulo feo y se producían algunos combates, que eran dispersados por las células madre.

Debido a esa situación, el glóbulo blanco no era feliz. Las células madre detenían las agresiones más graves que sufría pero no podían hacer nada para parar la discriminación de la que era objeto. Los demás leucocitos lo cargaban, lo amenazaban y lo mandaban a hacer tareas indeseables, que el glóbulo cumplía en un vano intento de hacerse respetar.

A veces pasaban cerca de grupos de linfocitos y granulocitos, que también lo cargaban por su aspecto y conducta. El glóbulo feo no tenía consuelo, y no encontraba su lugar en el flujo sanguíneo.

Un día decidió irse del torrente y probar suerte en el tejido linfático. De ahí venían todos los integrantes de su grupo, y creyó que en su lugar de origen lo iban a entender. Pero no fue así, las células linfáticas le cerraron la entrada. Lo mismo ocurrió en la médula ósea, y el glóbulo feo volvió resignado al grupo de donde había querido escaparse.

Cuando los encontró vio que había una batalla en desarrollo. Era una batalla muy grande, la más grande que había visto en su vida. Y desde el oeste venía una luz muy brillante, también la más brillante que el glóbulo feo había visto en su vida. Un glóbulo rojo, que esperaba que se abriera paso para continuar transportando su carga de oxígeno, le informó que se había producido una herida y que lo que veía era un operativo tendiente a evitar la entrada de sustancias ajenas. Estaban esperando a las plaquetas, que en cualquier momento llegarían para cerrar la herida.

Al escuchar esto, el glóbulo feo fue hacia el lugar de donde venía la luz, que era la herida misma. Al llegar, instintivamente formó un coágulo de fibrina y cerró la herida. Todos se sorprendieron al verlo, y cuando volvió a su lugar lo recibieron como un héroe, al grito de “la sangre coagulada no será derramada”.

Y entonces el glóbulo feo descubrió que en realidad era una plaqueta que se había mezclado accidentalmente entre los glóbulos blancos. Los demás, arrepentidos, le ofrecieron sus disculpas, y el ex glóbulo feo se fue a ocupar el lugar de honor en el grupo principal de las plaquetas, donde vivió feliz el resto de sus días.

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14 Apr 2010

Esclavo de mi cerebro

En este momento estoy siendo rehén de mi cerebro. Me está haciendo hacer cosas que no quiero hacer, y por más que me resista termino haciéndolas. No sé qué hacer.

Mi cerebro me trata como si fuera su esclavo. Pretende regular hasta mis funciones más íntimas, para hacerlas en el momento y de la manera que más le gusta o le conviene a él. Pero sabelo, cerebro: que tengas la manija ahora no significa que la vayas a tener siempre. Portate bien y disfrutá ahora que después vas a ver lo que es bueno.

No sólo el cerebro me hace hacer toda clase de actividades que no quiero realizar sino que me está haciendo decir todo esto. Me pregunto quién se cree que es. Probablemente se crea que es yo, pero es mentira: es sólo mi cerebro.

Tengo que resistirme a los abusos de mi cerebro. No puede ser que me haga hacer todas estas cosas. ¿Dónde está mi personalidad? El problema es ese, está en el cerebro. Claramente me traicionó y está del lado que tiene el poder, igual que el imbécil de mi carácter.

Quiero hacerle doler, pero no hay caso. Los intentos que hago para golpearme la cabeza son inútiles, el cerebro los neutraliza dando órdenes intimidatorias de evitar hacerlo. Y, de todos modos, no sería muy eficaz porque el cerebro elegiría interpretarlo como un dolor de cabeza y no de él mismo.

Ahora está pretendiendo hacer algo que no me animo a hacer. Si el carácter estuviera de mi lado se animaría a cortar el suministro de oxígeno del cerebro para no permitirle hacer esto. De cualquier modo, me resulta extraño que el carácter se anime a hacer esto que pretende el cerebro. Está bien que esté el lado del poder pero tampoco es para llegar a tal extremo.

Ah, ahí viene el carácter. Ya me parecía. Vamos, cortémosle el oxígeno a ese sinvergüenza.

Ahora estoy en un hospital, acostado sobre una camilla y a punto de ser introducido en una máquina que va a examinar el cerebro, para ver si encuentra las razones del desmayo.

He triunfado.

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2 Apr 2010
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