Caídas

Al arco

Jugaban Boca y River en la cancha de River. Se jugaba la punta del campeonato. Era, por lo tanto, un encuentro bastante trabado. El buen juego que los dos equipos habían mostrado durante el desarrollo del torneo estaba ausente, había dado paso a la ansiedad por ganar. Ambos empujaban, pero se encontraban con la defensa del rival.

De pronto, se produjo un penal para Boca. Era una oportunidad inmejorable para abrir el marcador, y dadas las características del partido, posiblemente asegurar la victoria. Por eso Boca mandó a patear a su goleador, Martín Palermo, el jugador que más emociones regaló en la historia del club.

Palermo se paró frente a la pelota. Era un momento de gran tensión. No quiso que el viento le jugara una mala pasada, así que decidió patear a su derecha, con el perfil natural para su condición de zurdo. Pero decidió patear bien fuerte, para que el arquero no tuviera chances de atajar.

El delantero pateó con gran potencia, pero el arquero logró rechazar el tiro. Sin embargo, la pelota volvió para donde estaba Palermo. Se había elevado. Palermo, en pocas milésimas de segundo, pensó que debía asegurar el tanto en el rebote. Era menester volver a pegarle fuerte, aunque con la cabeza, de modo que se colara aún ante la resistencia de los defensores que a esa altura ya debían estar ubicados sobre la línea del arco.

Entonces Palermo fue hacia la pelota con gran fuerza, y logró cabecear. Cabeceó hacia la parte alta del arco, así los defensores tenían menos posibilidades de sacar la pelota. Pero no hubo necesidad, porque el tiro pegó en el travesaño con gran fuerza que arrancó al arco de la cancha.

El arco salió volando hacia las tribunas, y el viento que soplaba en el estadio lo elevó aún más. El arco quedó fuera del alcance de todos los que ocupaban las tribunas y lentamente salió de la cancha. Hizo una parábola y fue a dar a la autopista Lugones.

Pero no fue una tragedia. El arco se ubicó sobre dos carriles de la autopista, y quedó parado, como esperando recibir otra pelota. Los autos que venían no tuvieron necesidad de esquivarlo. Pasaban por abajo. Sólo los colectivos que transitaban por la derecha le pasaban cerca, y los ocupantes, al verlo, sacaban los brazos por las ventanillas para ver si podían llegar a agarrar el arco.

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5 Aug 2010
Caídas, Deportes Del año:

Brindis con champagne

Se hicieron las 12, era el momento de brindar. Antes debía abrir la botella de champagne. Como no quería correr riesgos de salpicar la pared, decidí hacerlo en el jardín. Fui con la botella hasta allí y me posicioné de forma tal que, si el movimiento que debía hacer era demasiado brusco, no me cayera a la pileta.

Mi técnica para abrir el champagne no es dejar que el corcho salte sino forzar su salida de la botella con la mano, presionando contra mi cuerpo. De este modo evito que le dé en el ojo a alguien.

Esa botella resultó particularmente difícil de abrir. Debí hacer más fuerza que la habitual. El corcho estaba demasiado apegado a la botella y no quería salir. Pero no me iba a dejar ganar por un corcho ajustado, de modo que apliqué mucha más fuerza.

En un momento sentí que estaba por lograr la salida del corcho y me esmeré aún más. En ese momento el corcho se liberó con tanta fuerza que me elevó hacia el cielo con él.

Como eran las 12, pude ver los fuegos artificiales desde arriba. Mientras me aferraba a la botella me elevé a una altura tal que pude disfrutar del espectáculo de la ciudad iluminada por el festejo. Pronto, sin embargo, descubrí que estaba en una posición aún más riesgosa de lo que parecía. Fue cuando una cañita voladora me alcanzó y encendió mi camisa.

Era una situación desesperante estar a esa altura y no saber si podía usar o no el champagne para apagar la camisa encendida. El contenido alcohólico me hacía dudar, y preferí no exponerme a quemarme aún más. De todos modos, ya el impulso del corcho se estaba acabando y comenzaba a bajar.

Desde lo alto divisé la pileta y supe que era la respuesta a mi problema. Hice todo lo posible para caer en la parte honda. Cuando lo logré, la camisa se apagó en el acto. Tuve la suerte de no sufrir quemaduras graves.

Una vez que salí de la pileta, y aunque el champagne estaba un poco aguado, pudimos realizar el brindis. 

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25 Jun 2010
Caídas Del año:

Mar de gente

Ese viernes era el último día antes de mis vacaciones. Como iba al extranjero, cuando salí de trabajar, aproveché para sacar una fotocopia del pasaporte, para tener en caso de que lo necesitara. Lo hice en una librería ubicada en Florida y Córdoba. Luego fui a tomar el subte a Avenida de Mayo.

Al llegar a la esquina de Florida y Rivadavia, descubrí que me faltaba el pasaporte. Pensé que lo había dejado en la librería y tuve la necesidad de volver. Pero faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. La librería estaba a punto de cerrar. Debía encontrar la manera más rápida de volver a hacer todo el camino. Como no tenía auto ni existe línea de subte que me deje en ese lugar, la mejor opción era caminar otra vez por Florida.

Pero una cosa es caminar por la peatonal sin apuro, y otra es hacerlo contra reloj. En condiciones normales podría haber hecho las ocho cuadras en menos de diez minutos si caminaba rápido. Pero la cantidad de personas que transitaban en ese momento Florida era enorme. Había demasiada gente que iba para cualquier dirección, y esquivar a cada bulto que se me cruzaba me iba a multiplicar la distancia recorrida, con lo cual no llegaría a tiempo.

Entonces tuve una inspiración. Me trepé al semáforo peatonal y me lancé hacia el gentío con el cuerpo hacia adelante. Quedé acostado entre algunas cabezas sorprendidas, que no tuvieron tiempo de reaccionar porque comencé a nadar por encima de ellas.
Sentí algunos gritos, pero como estaba concentrado en el crawl no me importaron. Cada brazada me acercaba a mi objetivo. Y como siempre tuve buenas marcas en natación, tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Me ayudó la técnica de sumergirme lo menos posible. Gracias a ella, el contacto con cabezas torsos era el mínimo indispensable para mantener el impulso. Para cruzar Corrientes, como no quería perder tiempo en el semáforo, me sumergí en la boca del subte y nadé sobre las numerosas cabezas que poblaban el lobby de la estación. En un sector, los que bajaban por la escalera mecánica se incorporaban al flujo y su llegada traía una inercia que formaba una ola. Con lo cual, sólo tuve que aprovechar el impulso de la ola para llegar al otro lado.

Cruzar las otras calles era más fácil. Simplemente, me lanzaba sobre las cabezas de quienes se mandaban a cruzar aunque hubiera luz roja. Como era menos gente que la que andaba en cada cuadra, en algunos casos tuve que apoyarme más de lo deseable, pero estaban en infracción, entonces no me pudieron decir nada.

Finalmente, cuando llegué a Córdoba, doblé y continué nadando sobre los que caminaban por la vereda de la avenida. El negocio estaba a mitad de cuadra. Estaba muy justo de tiempo, ya era la hora. Cuando divisé el negocio, vi que estaba bajando la persiana. Estaba muy cerca de cerrar definitivamente. Entonces me lancé de cabeza. Gracias al impulso que me dio caer desde arriba de los transeúntes pude llegar justo antes de que la persiana terminara de bajar. Los vendedores, sorprendidos, me devolvieron el pasaporte.

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17 Jun 2010
Caídas, Juegos, Pop! Del año:

Entre el queso y la caja

En la pizzería había un gran contenedor donde se guardaban los trípodes plásticos cuyo principal trabajo es mantener la tapa de la caja lejos del queso de la pizza. Estos adminículos son llamados “cositos” por la mayor parte de la población, cuyo imaginario nunca se dedicó a ponerles un nombre.

Más allá de estas cuestiones, como se ha dicho, la pizzería los guardaba a todos en un tacho. Los encargados de entregar las pizzas tomaban un trípode del tacho, lo colocaban y cerraban la caja, como parte de un procedimiento que, hasta donde ellos sabían, siempre sería igual. Cuando el tacho estaba cerca de vaciarse, se pedía al fabricante una nueva tanda. La orden se hacía por peso, lo que marca la escasa importancia que se le asignaba a la individualidad de cada adminículo plástico.

Pero a los trípodes no les gustaba la idea de sostener cajas durante un rato para luego ir a la basura. En particular, no querían a apoyar sus tres patas en el queso caliente. Y desde el tacho todos veían cómo, uno a uno, sus compañeros iban cumpliendo aquel destino inexorable.

El futuro cierto de terminar sobre una pizza causaba tensión entre los trípodes. Los que estaban arriba trataban de ir hacia abajo, subrepticiamente, para demorar su fin. Pero los que ya estaban abajo se resistían a dejarlos pasar, porque valoraban su lugar y no tenían intención de salir antes del tacho. Muchas veces se formaban acaloradas discusiones que terminaban con dos de los adminículos fundidos en uno deforme de cinco patas. Ocasionalmente estos trípodes dobles eran descartados sin pasar por las pizzas, aunque no había certeza alguna de que no fueran a terminar igual sobre el queso.

Por todo esto, los trípodes muchas veces terminaban enemistados, y en el contenedor se respiraba un clima desagradable que, sin que ellos lo supieran, repercutía en el sabor de la pizza en la que cada uno desembocaba.

Un día, cansados de las tensiones, los adminículos se pusieron de acuerdo para escaparse de la pizzería. La estrategia era clara: esperar a que cerrara el establecimiento, empujar todos juntos para derribar el tacho y salir a la calle. Cuando llegó el momento de implementar el plan, se encontraron con un obstáculo inesperado: la puerta estaba cerrada con llave. De modo que los trípodes quedaron desparramados entre la puerta y el tacho caído. Algunos caminaron con dificultad hacia rincones recónditos de la pizzería, pero sufrieron la peor suerte. Fueron los últimos en ser encontrados cuando la pizzería abrió al día siguiente, y quedaron en la parte de arriba del tacho.

Sólo unos pocos escaparon a su destino. Fueron los que se dieron cuenta de que nunca nadie barría bajo el mostrador. Hacia allí se dirigieron y todavía están ahí, acumulando polvo mientras ven pasar generaciones de sus semejantes.

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La Luna

Ella me pidió la Luna. Yo siempre quiero complacerla, entonces me puse en campaña para conseguírsela. No fue fácil. Recorrí todo tipo de lugares, consulté a mucha gente, y siempre me decían que era imposible. Yo aclaraba que si era caro no importaba, no tenía problemas económicos, pero era inútil. Algunos me decían que era más fácil convencerla a ella de que pidiera otra cosa, pero ése era su deseo y yo quiero complacer todos sus deseos.

Cuando se me agotaron todas las otras opciones, puse un aviso en el diario. Recibí muchas respuestas, la mayoría en broma pero hubo una muy seria de un señor con pelo blanco largo y desprolijo. Me dijo que, si le proveía suficientes fondos, podría desarrollar un aparato que me trajera la Luna. Acepté financiar su proyecto, y meses después me contactó, diciendo que ya lo tenía.

El aparato era una especie de ballesta que debía ser arrojado a la Luna cuando estaba llena. Había un pequeño dispositivo de precisión provisto para poder acertar el tiro. Sólo tenía que apuntar a la Luna, verla a través de ese dispositivo y la Luna vendría hacia mí o cualquiera que lo tuviera. Me advirtió que el satélite podría demorar varias horas o incluso algunos días en llegar.

Así que la invité a comer a casa en la siguiente noche de luna llena. Antes del postre le mostré el dispositivo y le dije que era para entregarle la Luna. Apunté a ella y esperamos. Esperamos algunas horas mientras disfrutábamos de la noche estrellada, de los grillos y del olor a rocío.

Al día siguiente la Luna se veía más grande, y estábamos seguros de que se acercaba, pero calculamos que iba a demorar algunos días más en llegar. Ella me dijo que yo nunca la decepcionaba y que estaba contenta conmigo.

Al día siguiente la Luna estaba más cerca pero la localidad en la que nos encontrábamos se inundó. La cercanía de la Luna había atraído la marea hacia nosotros, y debimos evacuar el lugar antes de que ella pudiera recibir su regalo.

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26 May 2010

Balance de audio

Prefiero el mono al estéreo. Nunca entendí por qué es necesario dividir el sonido de una grabación en dos. Está bien que se pueden diferenciar mejor los instrumentos, pero eso no tiene por qué ser necesario. Una canción es una canción. No se pintan dos cuadros por cada obra porque hay dos ojos, ni se compra un libro para el ojo izquierdo y otro para el derecho. Todas las páginas se leen con ambos.

Pero en el caso de la música, cada oído escucha algo diferente que después es combinado en el cerebro. OK, en principio no está mal. Es un sistema que tiene algunas desventajas. Por ejemplo, en el caso de que uno de los parlantes o auriculares no funcione bien, se pierde la mitad del sonido. En una grabación mono, ese problema no existe.

También es cierto que la técnica para mezclar las pistas es distinta en estéreo. Hacen falta ciertas destrezas que para el mono no son necesarias. Hoy es común mezclar en estéreo, pero en los comienzos de ese sistema no era así. Había mezclas distintas para mono y estéreo. Discos como Sgt. Pepper, por ejemplo, son distintos en mono y estéreo porque ambas mezclas fueron realizadas por distintas personas. Durante muchos años, la visión moderna de tener una mezcla estéreo en el mercado impidió que estuviera disponible la versión mono, para muchos superior, sólo por una pretendida obsolescencia de la cantidad de canales.

Pero mi antipatía por el estéreo tiene una causa más personal. Una vez estaba escuchando una grabación estéreo con auriculares mientras leía. Estaba sentado en una silla. La persona que hizo la mezcla tenía tan poco criterio que colocó los instrumentos más sonoros del lado izquierdo. De este modo se produjo un desbalance de audio que instintivamente traté corregir moviendo mi cabeza hacia la derecha, debido a que tengo cierta necesidad de simetría. Era tanta la diferencia que me pasé con la corrección, me tiré demasiado hacia la derecha y me caí con libro y todo. Me dí un fuerte golpe en la cabeza, que encima fue en un solo lado y tuve que aguantar la asimetría para no darme un golpe similar del otro.

Si hubiera escuchado la mezcla mono, no me caía.

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31 Mar 2010
Caídas, Pop! Del año:

La persistencia del grano

Un grano de choclo amarillo creció en un campo donde también se cultivaba trigo y soja. Luego de ser cosechado, se sorprendió al comprobar que sus compañeros iban a ser procesados para convertirse en alimentos, mientras que él no. Por alguna razón, sólo fue separado de su tronco y comercializado en lata.

Pasaron los días mientras el grano de choclo esperó en la indiferente oscuridad del interior de la lata. Finalmente, un día sintió un movimiento. Algunas horas después sintió un ruido extraño y brilló luz en el interior de la lata. El resquicio por el que entraba la luz se hizo cada vez más grande, hasta que la tapa de la lata fue removida en su totalidad.

El grano pensó que había llegado el tiempo en el que se lo iba a procesar, finalmente, para ser alimento. Sabía que ése era su destino, y nunca había mostrado el menor signo de oposición. Algunos de los granos de su tronco habían optado por oscurecerse para ser excluidos más rápido, pero a este grano no le gustaba ese destino. Iba a ser descartado igual, por lo menos así podría prolongar su existencia y contemplar vistas diferentes.

Junto con varios de sus compañeros, pasó a formar parte del relleno de una empanada. Otra vez la oscuridad rodeó al grano de choclo. No reconoció a algunos granos de trigo que habían crecido en el mismo campo, porque estaban demasiado cambiados. Formaban parte de la salsa blanca que lo rodeaba.

En un momento, el grano sintió un calor muy fuerte que lo puso más amarillo. Duró un rato largo. Luego de unos minutos, en la salsa blanca aparecieron burbujas que antes no estaban. El grano se preguntó cómo habían hecho para aparecer siendo que la empanada estaba cerrada. De repente, se produjo un flash de luz que cegó por un momento al grano de choclo. Cuando recuperó la visión, pudo darse cuenta de que la empanada se había abierto. Por la rendija pudo ver cómo la puerta del horno se abría y la bandeja llena de empanadas era llevada a una mesa.

Pocos minutos después, luego de que se consumieran todas las empanadas no explotadas, llegó el turno de la que alojaba al grano de choclo. La empanada entera fue introducida en la boca de un ser enorme, en comparación con el tamaño del grano. El grano vio los dientes que lo estaban por morder y pensó que eran muy similares a cuando él estaba todavía en el tronco. Pensó que, tal vez, su destino de ser alimento lo llevaría a convertirse en un diente.

Mientras eran objetos de admiración por parte del grano de choclo, los dientes hicieron movimientos de trituración que no lo modificaron sustancialmente. Tampoco a la salsa blanca. Luego de un instante, el grano cayó al vacío, donde lo esperaba una nueva oscuridad que creyó definitiva.

Sintió la aplicación de diferentes sustancias sobre su cuerpo, sin que resultara afectado. El grano de choclo se mantuvo inalterable hasta que comenzó un camino sinuoso, con muchas vueltas, subidas y bajadas. Supo que estaba en el intestino del animal que lo había comido.

Al rato, para su sorpresa, volvió a ver la luz. Inmediatamente entró en caída libre y terminó sumergido en agua, junto con lo que él creía que era la salsa blanca, pero había tomado un color marrón y mayor consistencia. Lo acompañaron varios segmentos cilíndricos irregulares pero parecidos al que él ocupaba. El agua estaba calma, más allá de las salpicaduras provocada por las repetidas caídas de segmentos cilíndricos.

Cuando se acumularon varios de ellos en el agua, se produjo un estruendo. Al mismo tiempo, aparecieron varios chorros de agua que se agregaron al calmo lago que el grano de choclo ocupaba. Todos, el agua anterior, el agua nueva, el grano de choclo y todos los contenedores cilíndricos que llevaban a él y a sus compañeros, fueron arrastrados por la nueva corriente, que los condujo hacia la oscuridad final.

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15 Mar 2010

El presentimiento de Pandora

Prometeo amaba profundamente a los hombres, quienes, a su vez, lo amaban a él. Tan fuerte era ese lazo que “el que presiente las cosas” robó para ellos el fuego hasta entonces sólo perteneciente a los hombres. Zeus, celoso y enojado, decidió castigarlo y mandó a Hefestos a crear la mujer más perfecta que jamás hubiera existido sobre la Tierra. Cada dios fue otorgándole un don: Atenea le dio sabiduría, Afrodita le dio belleza, Eros le dio amor. Así nació “la dueña de todos los regalos”, Pandora. Sin embargo, fue rechazada por Prometeo, que intuía que entre tantas cosas buenas, algo malo se traía entre manos.

Entonces Zeus recurrió al plan B, y le entregó a Pandora en concesión a Epimeteo, “el que presiente tarde”, hermano de Prometeo. Epimeteo no presintió nada y la aceptó gustoso. Pandora tenía instrucciones de entregar a Epimeteo la caja que llevaba en sus manos, pero la sabiduría que le había dado Atenea hizo que le pareciera prudente ocultarla.

Antes de que pudiera hacerlo, la caja llamó la atención de Epimeteo. Quiso saber qué había adentro. Epimeteo, sin presentir nada, quiso saber qué había en la caja y le pidió a Pandora que se la entregara. Pero ella no quería que él abriera la caja. Le decía que no sabía cuál era el contenido, y para Epimeteo el misterio era cada vez más tentador.

Epimeteo decidió entonces arrebatarle la caja a Pandora. Ella la retuvo con la fuerza que le había dado Ares y se produjo un forcejeo. Epimeteo estaba resuelto a abrir la caja, Pandora quería protegerlo de su curiosidad. Ninguno daba el brazo a torcer hasta que, en el medio del forcejeo, la caja se le zafó de las manos a Pandora, se cayó al suelo y se rompió, liberándose de ella todos los males del mundo.

Minutos después, Pandora barría los pedazos de la caja rota y le reprochaba su curiosidad. Epimeteo, mientras se lamentaba de que a partir de ahora tendría que soportar la inconformidad de su mujer, pensó “debí haberlo presentido”.

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13 Mar 2010
Caídas, Pop! Del año:

Lanzamiento

Luis entró en el balcón. Apoyó sus brazos sobre la baranda para asomarse. Miró hacia abajo. Vio los techos de los autos, empequeñecidos por la distancia. A los costados, vio varios edificios cercanos al que él ocupaba. A lo lejos, vio otros edificios y una porción del horizonte. Mientras miraba a su alrededor, sintió el viento de la altura sobre su cara.

En el suelo se notaba que caminaba gente, pero se podían distinguir muy pocos detalles sobre cada individuo que transitaba la vereda. Luis vio también la parte superior de las copas de los árboles. Le hicieron acordar a la apariencia de las nubes vistas desde un avión.

Se le cruzó por la cabeza la idea de saltar. Vio que nada se lo impedía, y pensó en lo que le podía ocurrir a sus seres queridos en caso de que lo hiciese. Calculó el tiempo que tardaría en llegar a la vereda, y pensó que era posible planear la trayectoria para que la llegada se produjera cuando no pasaba nadie por ahí. O cuando pasara alguien en particular.

Pero la tentación más grande no era la de saltar al vacío, sino la de escupir. La idea le gustó. Razonó que no estaba tan alto como para que su saliva hiciera daño a nadie. Pensó que era poco probable que diera en alguna persona, y que si llegaba a ocurrir podía esconderse rápidamente, sin ser visto por su víctima.

Entonces Luis tomó la decisión de escupir. Quiso hacerlo con firmeza. Algunas veces había escupido sin convicción y la saliva había quedado colgando de su boca, y manchado su ropa. No quería que esta vez ocurriera lo mismo. Por eso juntó saliva y tomó carrera, para lanzar con la mayor distancia posible.

Pero se ve que tomó demasiada carrera, porque no sólo escupió sino que el impulso hizo que Luis cayera al vacío. Una persona que caminaba por la vereda lo vio y quiso ayudarlo, pero se desorientó cuando le cayó la escupida. Luis, de todos modos, se salvó porque cayó sobre la copa de un árbol. Sin embargo, quedó muy claro que el autor del escupitajo había sido él. De modo que, cuando la policía lo rescató, inmediatamente fue detenido por violar la ordenanza municipal del 21 de abril de 1902, “prohibido escupir en el suelo”.

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11 Mar 2010
Caídas Del año:

Ejercicio de relajación

Te apoyás sobre los pies. Flexionás las rodillas. Enderezás la columna. Respirás hondo. Exhalás despacio. Aflojás los brazos. Aflojás el cuello. Aflojás las piernas. Liberás a tus articulaciones de toda responsabilidad. Los brazos cuelgan de tus hombros. Los dedos cuelgan de las manos. Las uñas cuelgan de los dedos.

Respirás hondo. Observás el recorrido del aire. Aflojás el diafragma. Bostezás artificialmente varias veces, hasta que viene un bostezo de verdad. Caés en un estado de total sumisión ante tu propio cuerpo. Observás cómo tu cuerpo se va relajando.

Tenés sueño. Los párpados son cada vez más pesados. Te pesan tanto que los dejás caer, y con ellos cae también la cabeza. Tu cuerpo se encorva hacia adelante. Los párpados siguen pesando, pero ahora la cabeza está invertida y el peso de los párpados te hace abrir los ojos. Podés ver cómo el peso de los párpados te inclina aún más hacia adelante. Los músculos, bien flojos, no son capaces de sostenerte y te vas de cabeza al suelo.

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11 Feb 2010

Levadura

Ese día me dio por amasar pan después de muchos años. Aunque me acordaba la receta básica, tuve algunas dudas. La mayor fue cuánta levadura ponerle. Había comprado un cubo en el supermercado, y razoné que probablemente el cubo era una unidad para una cantidad razonable de pan casero.

Pero se ve que me excedí, porque el pan siguió levando después de las dos horas que lo dejé en reposo. Levó en el horno, levó también cuando lo saqué ya cocido y lo serví en el jardín, acompañado con unos mates.

Presumiblemente, levó también cuando lo comí. Comí bastante porque me cayó muy liviano, y con el correr de los minutos me fui sintiendo aún más liviano. Tan liviano que me elevé por el aire.

Floté por encima de la ciudad, vi mi casa desde arriba, vi el barrio, comprobé que los mapas dibujados eran un reflejo fiel de las calles reales. Me dejé llevar por la corriente de aire. Me encontré con algunas palomas que huyeron de mí. Pero me gané la confianza de ellas cuando extendí mis manos y les ofrecí unos pedazos de pan que me habían quedado sin comer cuando comencé a elevarme. Entonces me adoptaron en su grupo.

Revoloteé con las palomas, les seguí la corriente, quise ser como ellas. Llegué a distinguir a diferentes individuos y me hice amigo de algunos. Me enseñaron algunas técnicas de vuelo para usar con más eficiencia las corrientes del aire. Yo volaba con las palomas y deseaba convertirme en una de ellas.

En un momento me sentí cansado. Sentí que la levadura había hecho ya su efecto y en cualquier momento me iba a caer. Hice un gesto a las palomas para que me acompañaran. El grupo decidió hacer base en una plaza y, como muestra de hospitalidad, fui invitado a ocupar la posición de privilegio, sobre la cabeza de la estatua de la plaza.

Como nunca había aterrizado, no tenía la técnica. Las palomas intentaron mostrarme cómo se hacía, pero no llegué a interpretarlas. De todos modos parecía que lo iba a lograr. Me acerqué con lentitud. Quise posarme suavemente con los dos pies sobre la cabeza de la estatua. Pero la escultura no resistió mi peso. La cabeza se cayó para un lado, yo caí de espaldas para el otro. Las palomas que habían aterrizado antes que yo volaron despavoridas.

Cuando me levanté, quise volver a colocar la cabeza en su lugar. Fui hasta la ferretería de en frente de la plaza, compré un pomo de pegatodo, volví al pie de la estatua, recogí la cabeza, me trepé y la pegué sin que nadie se diera cuenta.

Desde entonces la estatua está casi intacta. Las palomas nunca más se posaron sobre ella.

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9 Feb 2010
Caídas Del año:

El abedul que quería caminar

Había una vez un abedul que quería caminar. Pero no podía porque tenía las raíces clavadas en la tierra. Pasaba todos los días en el mismo bosque, aburrido de contemplar siempre el mismo paisaje.

Veía cómo distintos animales llegaban a su cercanía. Algunos se trepaban a él, otros se colgaban, otros volaban hacia las ramas y formaban allí su hogar.

El abedul quería conocer el mundo. Sólo podía ver los alrededores desde lo alto de su copa, pero eso le bastaba para darse cuenta de que el mundo no se agotaba en lo que era capaz de apreciar.

Para poder zafarse del lugar donde estaba atrapado, el abedul decidió hacer crecer las raíces hacia arriba. Pensó que así por lo menos no se estancaría más, y tal vez conseguiría ser libre de alguna manera. Con mucha paciencia esperó el crecimiento de las raíces hasta que comenzaron a verse saliendo del suelo alrededor del tronco. Parecían pequeños árboles que lo rodeaban.

Los distintos animales comenzaron a treparse de las raíces, y poco a poco las fueron sacando de la tierra con su fuerza. El abedul pudo ver que su plan estaba funcionando, aunque le costaba más tomar agua. Pero no era problema, porque llovía seguido y las raíces todavía podían obtener lo necesario para que el abedul subsistiera.

Llegó un momento en el que sus raíces estuvieron completamente fuera de la tierra. El abedul se sintió libre y quiso usarlas para alejarse del bosque. Pero no sabía caminar y las raíces no estaban acostumbradas a soportar el peso de todo el árbol.

El abedul, entonces, decidió armarse de paciencia una vez más. Sólo iba a dar pasos cuando estuviera seguro de que podía darlos. Si quería cumplir su sueño de caminar debía aprender a hacerlo y no podía darse el lujo de cometer un error.

En las siguientes semanas pudo por fin alejarse unos centímetros del lugar donde había estado toda su vida. El abedul estaba contento porque su sueño se estaba haciendo realidad, aunque sabía que aún debía aprender mucho para poder llegar a un lugar distinto.

Un día de viento todo cambió. El abedul no sabía qué hacer. Sus intentos de caminar lo desestabilizaron. La confianza que había generado con el éxito de los días anteriores lo traicionó. Dio un paso en falso y cayó al suelo del bosque. Aunque no había nadie para escucharlo, la caída causó un gran estruendo.

El abedul supo que no podría levantarse. Pero no se sentía derrotado, porque se había esforzado para concretar su sueño. Era mejor caer así que morir de pie.

En los meses siguientes, varios hombres entraron al bosque y vieron al abedul caído. Nadie se pudo explicar por qué la base del tronco estaba tan lejos de su huella.

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Viento en el ojo

Sopla viento en mi ojo derecho. Una brisa suave acaricia mi retina sin que pueda verla. Pero la puedo sentir, porque mi ojo tiene tacto. El resto de mi cabeza no siente el viento. Sólo el ojo derecho. Aún cuando me muevo, el viento sigue concentrado en ese lugar.

El globo ocular rechaza la mayor parte del aire que se acerca. Una porción se cuela por el lagrimal. Algunas lágrimas se escapan por la mejilla.

Una brisa aún más suave recorre mi cabeza por dentro. Llega a la tráquea y se incorpora a la respiración sin haber sido filtrada. Pero no hay partículas muy grandes en esa brisa, las hubiera visto cuando pasaban por el ojo.

Cuando la brisa del ojo se suma a la respiración me siento más liviano. Hay más oxígeno en mi cuerpo, entonces quiero moverme. Salgo a correr.

Mientras corro, la brisa del ojo se hace más fuerte. Se convierte en un verdadero viento. Cuando dejo de correr vuelve a ser la brisa de antes. Entonces me dan ganas de correr otra vez, y regresa el viento fuerte.

Decido correr con el ojo derecho cerrado. Lo tapo con la mano. Ahora me cuesta ver los posibles obstáculos que hay en el camino. Declaro al ojo izquierdo responsable de detectarlos. Comienzo a correr mientras mi cabeza panea para que el ojo izquierdo pueda ver todo lo que hay alrededor.

Luego de unos minutos, el movimiento de la cabeza me hace perder el balance, me mareo y me caigo al suelo.

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27 Jan 2010

Una historia real de tropiezo, caída, perseverancia y triunfo final

Acababa de salir de una charla de educación vial en la que el orador había puesto especial énfasis en que uno debe prestar atención. Eran las ocho de la noche y, como el tiempo estaba agradable, decidí caminar hasta una estación de subte que no quedaba tan cerca en lugar de tomarme el colectivo a pocas cuadras del lugar. Así que caminé por la avenida Córdoba mientras escuchaba música con el reproductor de MP3.

Ese día me había tropezado más de lo habitual, que ya es bastante. Como tenía en la cabeza el tema de la charla, pensé que era más probable que tuviera un accidente por mi manera de caminar que por manejar un auto. No camino muy bien. Podría atribuirlo a las veredas rotas, pero me parece que no presto toda la atención posible a dónde piso en cada paso. Por eso me tropiezo seguido, sin embargo es raro que me caiga. Con el tiempo desarrollé técnicas para mantenerme de pie en caso de tropiezos, y en general no tengo problemas.

Pero al llegar a Córdoba y Paso fue diferente. Mientras cruzaba Paso se terminó el tema que estaba escuchando, y no tenía ganas de escuchar el que empezó. Entonces saqué el MP3 y empecé a pasar temas. Pasé varios, con la idea de encontrar alguno que fuera adecuado para mi estado de ánimo de ese momento. Lo que no vi es que mientras hacía eso la senda peatonal se terminaba y me iba a topar con el cordón de la vereda. Era menester dar un paso hacia arriba. Es una acción fácil que hice millones de veces en mi vida, pero debía saber que lo tenía que hacer.

La cuestión es que me tropecé con el cordón. Comencé a trastabillar mientras daba pasos para evitar caerme. Pero noté que me caía. Atiné a poner las manos hacia adelante para no golpearme demasiado contra el suelo, pero me dí cuenta de que no estaba perdido. Tomé la decisión de no caerme. Entonces aceleré el paso mientras balanceaba mi torso para buscar un punto de equilibrio.

Me costó encontrarlo, y durante unos metros pareció que el esfuerzo era inútil. Sin embargo, iba ganando un poco de estabilidad que me estimulaba para continuar el esfuerzo. Así lo hice hasta que pude enderezarme. Cuando llegó ese momento, supe que ya no me iba a caer como resultado de ese tropiezo. Y ni siquiera tuve que detenerme. Pude seguir caminando sin sobresaltos y disfrutar de la agradable noche.

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16 Jan 2010
Caídas Del año:
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