Archive for Cuerpo humano

Lleno de naturaleza

Me recomendaron unas galletitas integrales, que al parecer eran bastante sanas. Venían con semillas de lino, sésamo y girasol, las cuales, aparentemente, hacen bien a la digestión o algo. Entonces compré un paquete. Y debo decir que me sorprendió. Eran muy ricas. Tanto es así que sin darme cuenta me comí todo el paquete.

Al rato tuve una sed inusualmente grande. Tomaba agua pero nunca parecía suficiente. Debo haber tomado dos o tres litros antes de que se me calmara. Anticipé frecuentes visitas al baño esa noche, pero no fue así. Dormí como un tronco.

A la mañana siguiente me desperté brotado. Pequeños tallos verdes crecían en mis poros, que con el correr de las horas se hicieron más grandes y fuertes. Me costó vestirme, parecía que tenía un pulóver debajo de la ropa. A la tarde varios tallos la agujerearon. Algunos tenían en la punta girasoles, que buscaban en vano el Sol sin saber que estaban bajo techo.

Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Decidí no volver a comer esas galletitas. Pero el problema principal era cómo eliminar las plantas que crecían en mí. Quise ver a un nutricionista, pero me dio turno para dos semanas después, y no estaba dispuesto a aguantar.

Mínimamente me parecía que debía afeitarme. Fui a la farmacia a comprar repuestos de Gillette, y de paso pregunté si tenían alguna solución para lo que me estaba pasando. Como era una farmacia naturista, lo único que me dieron fue yuyos, y a esa altura no estaba dispuesto a confiar en el reino vegetal.

Cuando estaba por volver a casa se me ocurrió que podía pasar por un vivero, a ver si sabían algo. Ellos tampoco habían visto nunca nada así, y aunque me pidieron una foto para preguntar a sus proveedores, no me sabían dar una solución.

Sin embargo, vi algo en el vivero que me pareció que podía funcionar. Cuando volví a casa fui al jardín y tiré varios terrones de azúcar, de manera tal que formaran una fila. Al final de la hilera, me acosté con la boca abierta y un terrón en la lengua, que quedó casi apoyada sobre el suelo.

De este modo, como era de esperarse, en pocos minutos la boca se me llenó de hormigas, y no tuve más que tragarlas para que lidiaran con mi inconveniente. Decidí que el operativo iba a ser más agradable si me dormía, y así lo hice.

A la mañana, los brotes estaban marchitos. Supe que las hormigas habían hecho su trabajo. El problema era que ahora tenía un enorme antojo de comer lechuga. Ahí me dí cuenta de que podía cometer otro error, y decidí cortar por lo sano.

En lugar de lechuga, tomé dos o tres litros de agua, como para ahogar bien a las hormigas. Tal vez fue una actitud algo ingrata, pero estoy seguro de que cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo.

Comments off

La marcha de los pies

Caminaba por Plaza de Mayo cuando sentí que me pisaban. Miré a los costados para ver quién me había pisado pero no vi a nadie. Entonces miré hacia abajo y vi un par de pies que se alejaban de mí. Se trataba de un pie izquierdo y uno derecho.

Más atrás venía otro par de pies, y atrás de ellos se acercaba una enorme columna de pies. Los pies cubrían la Avenida de Mayo, cuyo tránsito había sido cortado y en ese momento era más peatonal que ninguna.

Cuando la columna de pies estuvo cerca de mí, los de más adelante empezaron a patearme. Me dio la sensación de que querían la plaza sólo para ellos. Evidentemente había un acto de pies para reclamar no sé bien qué cosa. No gritaban consignas al unísono, porque los pies no gritan. Tampoco tenían pancartas, porque los pies no escriben (tal vez reclamaban algo relacionado con eso).

Escuchando con atención pude notar que la marcha en sí misma no era al azar. Parecía tener ciertas regularidades. Había dos clases de sonidos que no se alternaban exactamente, sino que se repetían al unísono, como con cierta intención. De repente, supe qué era: código Morse. No supe bien qué expresaban, porque no conozco ese código. Pero para ese momento el ruido que hacían era enorme. Nunca había visto una cantidad tan grande de pies todos juntos. Era difícil ignorarlos.

Decidí alejarme, porque al no saber qué querían no tenía ganas de quedarme. Tal vez estaba expresando mi apoyo a algo que me perjudicaba. Tal vez estorbaba y corría el riesgo de que me sacaran a patadas más fuertes. Así que me alejé por Diagonal Sur, pero a medida que me alejaba me costaba más caminar.

Mis pies no se querían ir, querían quedarse en la marcha. Pero como yo me resistía, a su turno ambos aprovecharon para escaparse cuando estaban en el aire mientras yo intentaba dar un paso.

De ese modo me quedé sin pies. Se acercaron a la marcha a toda velocidad, y pronto no los pude distinguir. Me subí a un colectivo y me alejé como pude, sin saber si iba a volver a verlos.

Cuando llegué a casa tenía un mensaje en el contestador. Al parecer, se habían producido incidentes y mis pies habían sido detenidos. Estaban en la comisaría. Me acerqué hasta ahí y me encontré con que para recuperar a mis pies tenía que pagar una multa (en realidad la multa era para ellos, pero hasta que no fuera cancelada no los iban a liberar). Como extrañaba a mis pies, pagué. Luego el policía que me atendió me guió hasta un baúl y me dijo que sacara los míos.

Me fue difícil reconocerlos. Decidí probarlos uno por uno, hasta que encontré un pie derecho que no sólo tenía el tamaño de mi tobillo, sino que continuaba las líneas de mi pierna. Me costó menos encontrar el izquierdo, y pude salir de la comisaría aunque en esos primeros minutos caminar se sentía algo extraño.

Al día siguiente, por las dudas de que volviera a ocurrir lo mismo, me hice un pequeño tatuaje en cada talón.

Comments off

Sujeto inconsistente

Vos me decías que estabas bien, que no tenías ningún problema. Pero tus ojos me daban otro mensaje. Pensé que tal vez no te dolía el cuerpo pero sí el alma. Hasta que tus orejas me dijeron que no hiciera caso a los ojos.

No sabía entonces a quién creerle. ¿Por qué las orejas me iban a mentir? Tampoco había ninguna razón para desconfiar de los ojos, o de vos. Es cierto, tenía dos fuentes contra una, sin embargo la verdad no es democrática, vos y las orejas pueden equivocarse.

Decidí consultar al ombligo. Tuve que levantarte la remera para poder saber su postura, pero no la entendí. Era algo ambigua, o tal vez eran las pelusas que no me dejaban ver bien. Mientras tanto, yo seguía preocupado. Quería saber si realmente estabas bien.

Miré hacia abajo y vi una expresión ansiosa en tu pie izquierdo, como que quería decirme algo. Le presté atención. El pie izquierdo me informó lo que los ojos habían insinuado, que el dolor no era físico sino emocional. Y por más que el pie derecho rápidamente lo calló con un pisotón, fue evidente que tu estado no era óptimo.

Por eso decidí darle el puesto a otro. Tené en cuenta para el futuro que es importante que vos y tu cuerpo den un mensaje unificado.

Comments off

Eyección

Ya se había hecho de noche cuando pasé por una vidriera en la que había espejos. No tenía pensado detenerme, en general no me paro a ver vidrieras, sin embargo me llamó la atención verme. No porque pensara que había otro yo ni nada parecido, sino porque noté que tenía algo en el pómulo. Era una mancha blanca, bastante grande.

La miré con detenimiento. Por suerte la vidriera tenía luces prendidas. Me dí cuenta de que era un grano que estaba en un momento inmejorable para ser explotado. No podía dejar pasar la oportunidad. Prometía ser una eyección importante, y de paso iba a dejar de andar por la calle con ese enorme grano a la vista de todos.

Con la mirada en la imagen que se reflejaba en el espejo, coloqué los dos índices en posición. Comencé a presionar sobre el grano, dejando cada vez menos espacio entre los dedos. Gracias a la práctica que tuve durante muchos años, en los que depuré mi técnica, la pus no tendría más escapatoria que salir disparada de mi cuerpo. Lo que no esperaba era que saliera con tanta fuerza.

Fue tan grande el disparo que me caí al suelo. La pus, en tanto, se elevó por los aires hasta una altura inusitada. Pronto la perdí de vista, pero seguí mirando hacia arriba para verla bajar. Sin embargo, no cayó. Se siguió elevando por encima de los edificios y de repente explotó, generando un luminoso espectáculo.

Así que ya saben. Si vieron fuegos artificiales el otro día, es probable que haya sido yo.

Comments off

Hisóposis

Nunca había hecho caso a la advertencia “no introduzca el hisopo en el canal del oído externo”. Me parecía una precaución de otorrinolaringólogos principiantes o padres demasiado celosos. Evidentemente, todo el mundo hacía lo mismo que yo. Por eso los hisopos seguían existiendo y vendiéndose en las farmacias, no se me ocurría cuál otro podía ser su uso legítimo.

¿Cuál era el riesgo? ¿Podía agujerearme el tímpano o algo? Simplemente es cuestión de técnica, cuando uno empieza a notar cierta resistencia no hay que presionar más. No es difícil. Sin embargo, hace un tiempo descubrí la razón de la advertencia.

Había pasado dos o tres días sin sacarme la cera del oído. Se me habían acabado los hisopos y no tenía tiempo de comprar nuevos. Así que cuando compré se había acumulado bastante cera. No era problema, en circunstancias normales, mientras más cera hay, más agradable es la experiencia hisoporil.

En esta oportunidad, encontré cierta resistencia, y me pareció que era cera un poco endurecida. Entonces persistí en la maniobra hisopórica. Ése fue mi error. Empujé demasiado y cuando quise acordarme se me había resbalado el hisopo adentro del oído.

Intenté sacudir la cabeza con la oreja de lado para que cayera, pero se ve que estaba trabado por algo. Entonces lo llevé conmigo durante varios días, y a cada paso podía oír su movimiento. Hasta que no me quedó más remedio que ir a ver al otorrino.

Yo sabía que me iba a dar un sermón sobre no meterme los hisopos en el oído. Habitualmente me preguntaban si tenía esa costumbre y yo lo negaba, a lo cual ellos no contestaban nada pero ponían cara de que no me creían, porque probablemente su educación los hiciera capaces de diferenciar un oído con hisopación regular de uno libre de todo hisopo. Pero tenía que ir, sólo ellos podían sacarlo de ahí.

Sin embargo, el doctor no emitió palabra. Sólo hizo una mueca de fastidio, me dijo que me acostara, que me quedara quieto, agarró una pinza y en un rápido movimiento lo sacó y me lo entregó, aún sin decir nada. Lo recibí mientras miraba, cabizbajo, al profesional. El hisopo estaba completamente lleno de cera.

Comments off

La mano oculta

Estaba en el círculo central de la cancha de River. No había nadie más que yo en todo el estadio. Me paré en el medio del círculo y giré para mirar a mi alrededor.

Mientras giraba, recibí un cachetazo. Volví a mirar a mi alrededor para ver quién podía ser el autor. Pero nadie estaba en el campo de juego, ni podía ser que alguien hubiera corrido todo ese espacio en tan poco tiempo sin que yo lo viera. Tampoco podía haberme pegado un cachetazo accidental con mis manos, porque las tenía extendidas hacia arriba, en señal de contemplación de la grandeza que me rodeaba. Algo raro estaba pasando.

Miré entonces hacia abajo, desanimado por no saber de dónde salió el golpe que alguien me dio. Noté que había unos objetos cilíndricos que sobresalían de mi remera. Era como un atado de chorizos, pero más finos. En la punta, cada uno tenía como una lámina dura. Después de unos instantes me dí cuenta de que las láminas eran uñas y los objetos que me sobresalían eran dedos.

Me levanté la remera y vi que esos dedos pertenecían a una mano, que a su vez era la punta de un brazo que se iniciaba en mi abdomen. Nunca me había percatado de la existencia de ese tercer brazo. Le pregunté si había sido él el que me había cacheteado, pero me contestó en lenguaje de señas y no lo supe interpretar. Aunque muchas dudas no tenía.

Después de descubrir la mano me expliqué algunas cosas que me habían pasado y no entendía cómo. Gente que se quejaba de que la había pellizcado, timbres que me acusaban de tocar, incluso veces que me parecía que alguien me apoyaba una mano en el abdomen, y que yo atribuía a alguna persona de las muchas que habitualmente me rodeaban. Sólo en ese estado de soledad absoluta pude descubrir la mano.

Comencé entonces a usarla. La usaba para sostener vasos o platos mientras aplaudía en distintos eventos, para lavarme las otras manos, para acceder a los bolsillos más lejanos, para ponerme los zapatos.

Un día estaba en el subte. La tercera mano se agarraba de una manija mientras con las otras dos abría el diario y lo leía tranquilo. En un momento el subte frenó con mucha violencia, tanta que la mano no me pudo sostener y me caí. Pero la mano no se soltó, sino que de mi abdomen salió un hombre vestido de verde, el verdadero dueño de la mano.

Pensé que era mi otro yo, pero no se parecía a mí. Charlando con él más tarde, me contó que había sido mi anestesista la vez que me operaron de apendicitis. Que en un esfuerzo por saber si yo estaba bien dormido se había inclinado demasiado y había caído dentro de mí. Después me cerraron la herida y se lo olvidaron.

Desde entonces trataba de hacerse notar. Le pedí disculpas por no haberme percatado antes de su presencia. Yo me había sentido raro cuando desperté de la operación, pero lo adjudiqué a la anestesia y no al anestesista. Después me acostumbré. Tal vez tendría que haber sido más perspicaz. De todos modos, sé que si yo fuera más afecto a la introspección lo habría visto, y no hubiera estado atrapado en mí durante tanto tiempo.

Ese día nos separamos, pero no dejamos de compartir un vínculo estrecho. A veces siento un hueco dentro de mí y me doy cuenta de que me falta. Entonces lo llamo por teléfono y lo invito a tomar un café. Pero nunca quiere venir. A veces siento que se comporta de modo ingrato conmigo, después de haberlo llevado tanto tiempo en mis entrañas.

Comments off

Imperfección y rebeldía de mi dentadura

Cuando se determinó que necesitaba ortodoncia, mis dientes recibieron un duro golpe a su autoestima. ¿Quién era el dentista para decir cómo tenían que ser ellos? Si habían estado conmigo desde su nacimiento, y me venían sirviendo bien, no tenía sentido que viniera un sabelotodo a alterar las cosas. Pero la decisión se tomó sin consultarlos, y tuvieron que aguantar la presencia de los brackets.

La intención era llevar ambas líneas dentarias hacia atrás, para modificar la apariencia de la cara y mejorar, en teoría, la masticación. La ortodoncista estaba convencida de lo que hacía, a tal punto que amenazaba con extirpar dos molares para hacer lugar para el retraso, si era necesario.

Los dientes, amedrentados, no permitieron la expulsión de dos de sus miembros. En una acción de verdadera unidad, decidieron tragarse el orgullo y avanzar hacia el lado donde los aparatos empujaban. Lo hicieron con tal firmeza que lograron el cometido de salvar a los dos compañeros. Es por eso que hoy tengo la dentadura completa.

Pero los aparatos seguían ahí, haciendo fuerza para que continuara el recorrido. Se produjo en mi boca una sensación de fastidio, consonante con mis pocas ganas de seguir yendo periódicamente a revisar la marcha del tratamiento. Entonces ambos hicimos fuerza para acelerar el proceso.

Finalmente, luego de dos años de lucha, llegó el gran día. La profesional consideró que mi dentadura ya era aceptable para los estándares modernos y resolvió eliminar todo el armatoste que ya desde hacía tiempo era una faceta habitual de mi boca. Cuando se produjo el fin fue un momento de gran alegría. Los dientes sintieron con placer el alivio de la presión constante. La que más contenta estaba era la lengua, que ahora podía recorrer la parte externa de los dientes y encontrar una superficie lisa. Hasta el día de hoy lo disfruta.

Una vez liberados, los dientes se abocaron a su siguiente objetivo: volver a la postura original. Ellos sabían lo que hacían. Así fue como en pocos meses mi cara volvió a ser la misma de antes.

La ortodoncista, al ver lo ocurrido, me comunicó que era necesario volver a hacer el mismo tratamiento. Pero esta vez no contó con mi visto bueno. No tenía ninguna intención de pasar otra vez por lo mismo, sobre todo si no había garantías de un resultado duradero. Así que nunca más tuve aparatos. Resolví confiar en mis dientes, y debo decir que, hasta el momento, nunca me fallaron.

Comments off

Ojo con los lentes

Me dormí imprevistamente, sin ninguna ventilación a pesar del calor que hacía. Como no sabía que me iba a dormir, no me saqué los anteojos. Resultó una siesta muy larga. No me desperté hasta el día siguiente.

Cuando me desperté, mis lágrimas se habían solidificado. Eran muchas más que las habituales y encima se habían mezclado con el sudor que se produjo al no tener ventilación. Me levanté y fui al baño para lavarme la cara. En ese momento me dí cuenta de que aún tenía los anteojos puestos.

Me los quise sacar pero no pude. Intenté otra vez porque pensé que estaba medio dormido, pero tampoco lo logré. Entonces miré con atención y vi que mis anteojos estaban unidos a mis ojos. Parece que las lágrimas, al solidificarse, se unieron al cristal.

Aunque no me podía sacar los anteojos, veía bien. Supongo que porque los tenía puestos. Pero quería poder quitármelos, así que fui a ver al oculista para que me solucionara el problema.

El doctor intentó extraerme los anteojos y se encontró con el mismo obstáculo que yo. Probó varias fórmulas, que en general consistían en colocarme gotas en los ojos, algo difícil por la presencia de los lentes. Al final me pidió que lo acompañara al consultorio de al lado, donde atendía un dentista. El odontólogo, al ver mi problema, decidió arrancarme los anteojos utilizando el mecanismo hidráulico de la silla, mientras él los sostenía con su instrumental.

El método fue tan exitoso que no sólo logró sacarme los anteojos, sino que con ellos salieron los ojos, que siguieron unidos a los lentes. Debo decir que me dolió mucho menos de lo que hubiera esperado. El oculista me pidió que se los prestara, para tratar de separarlos ahora que podía manipularlos más fácilmente. Pero me negué, porque no quería quedarme un tiempo sin ojos. Preferí mantenerlos así, me pareció práctico.

Desde entonces, cuando voy a dormir siempre me acuerdo de sacarme los anteojos y con ellos salen los ojos. Ya no me preocupo por oscurecer el cuarto, me basta con guardarlos en una caja. Cuando me levanto, luego de lavarme la cara, me pongo los ojos y comienzo mi día.

Comments off

Comunicación facial

Cuando terminamos de comer, ella me miró con cara de cansada. Yo puse cara de estar entusiasmado, y di a entender así que me quería quedar un rato más. Ella puso cara de fastidio y después asintió con su cabeza.

Más tarde me puso una cara extraña. Yo puse cara de no entender su rostro, y ella puso cara de que yo sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza. Yo puse cara de confusión y ella se llevó la mano a su rostro. Luego puso cara de enojada.

Yo le contesté poniendo cara de nada. Ella puso cara de que si la seguía ignorando íbamos a tener problemas, entonces yo puse cara de que cedía a sus requisitos.

Levanté la mano para llamar al mozo y puse cara de pedir la cuenta. El mozo me la trajo y yo puse cara de que era muy caro, pero pagué igual. En el auto, de vuelta a casa, tuvimos una plácida conversación mientras yo miraba la calle.

Cuando llegamos a casa puse cara de no tener ganas de ir a acostarme todavía. Como ella tenía cara de dolor de cabeza, yo le traje una aspirina y al rato su rostro estaba más aliviado. Luego transmitió alivio y disposición para cualquier propuesta.

Yo puse cara de querer ver una película, pero ella puso cara de que se iba a hacer muy tarde. Ella puso cara de jugar a las cartas y yo puse cara de aceptar, y luego puse cara de escoba de 15. Ella puso cara de pararme en seco, y también de que si no íbamos a jugar al truco ella no se iba a molestar en ir a buscar el mazo. Yo puse cara de resignación.

Ella fue a buscar las cartas, barajó y repartió. Cuando empezamos a jugar notamos que, cada vez que mirábamos nuestras cartas, ambos poníamos la cara correspondiente al naipe que acabábamos de recibir. Eso hizo que nos aburriéramos muy rápido del juego. Ella guardó el mazo y, sin decir nada, nos fuimos a dormir.

Comments off

Consumo humano

Theobald von Fehrenbach puso un aviso en el popular sitio web craigslist.de, en el que pedía un voluntario para ser asesinado y consumido por él. El aviso aclaraba que cada uno de los actos debía ser consensuado y el interesado debía ser mayor de edad.

Varias personas respondieron, la mayoría por curiosidad. Algunos tenían la intención de someterse al asesinato y consumición. Con la mayoría no llegó a ponerse de acuerdo y algunos se arrepintieron. Sin embargo, uno de ellos se llevó bien con Theobald y ambos hicieron una cita para llevar a cabo aquel acto. Acordaron encontrarse un domingo a las 20 en la casa de Theobald, que tenía las herramientas necesarias y un cuarto acondicionado para la ocasión.

Cuando llegó la hora pactada, Theobald estaba ansioso. Cada ruido que había en la calle le hacía pensar que se trataba del joven Heinrich. Pasaban los minutos y la víctima tardaba en llegar. En un momento sonó el timbre y Theobald saltó de alegría. Atendió el portero y resultó ser un mormón. Theobald le dijo que no estaba interesado, pero en seguida recapacitó y le preguntó si no quería ser comido por él. El mormón salió corriendo.

Cuando se hicieron las 11 de la noche quedó claro que Heinrich no iba a acudir a la cita. El plan de Theobald estaba arruinado. La salsa marinara que había preparado para disfrutar la carne de su amigo iba a tener que desperdiciarse en un vil pedazo de vaca, al igual que las papitas al horno.

Theobald se empezó a comer las uñas por la frustración que sentía. Y al notar que tenían buen sabor tuvo una idea. Pensó que, después de todo, no tendría que desperdiciar la salsa, tenía una cantidad de carne humana a su disposición, y la había tenido siempre.

Se convenció de que podía comerse a sí mismo. Le pareció una buena idea para no arruinar la noche. Tomó una cantidad importante de analgésicos para evitar el dolor y buscó su cuchillo de carnicero.

Arrancó por los pies, que no tenían mucha carne. Luego cortó su pierna izquierda y la cocinó con la salsa marinara. Agregó un poco de romero para darle mejor sabor. Cuando estuvo lista se sentó a la mesa y saboreó la pierna. Era mejor que lo que esperaba. Cuando terminó la pierna se comió el tendón de la rótula, usando a la rótula misma como utensilio. La encontró deliciosa y cuando terminó se alegró de tener otra rótula, la cual consumió inmediatamente. Luego comió la otra pierna.

Al terminar la otra pierna se cortó los muslos y genitales y los mandó a la heladera. Agarró las muletas que tenía preparadas para Heinrich y las usó para conducirse a la cama.

Cuando se despertó, el charco de sangre que adornaba sus sábanas lo hizo acordar de que todavía le quedaban partes propias para comer. Fue hasta la cocina, prendió el horno y saló los muslos. Cuando el horno tuvo una temperatura adecuada los puso y seteó el timer de la cocina para que le avisara a los 35 minutos. Mientras, se hizo sus genitales a la provenzal, pero se le quemaron y quedaron demasiado deteriorados como para consumir.

Cuando sonó la chicharra supo que era hora de ir a la mesa. Llevó un buen porrón de cerveza y la fuente con sus muslos. Los comió asados con salsa barbacoa.

A continuación tomó otra dosis de analgésicos y se sacó el bazo, que fue molido y espolvoreado como queso rallado en lo que le quedaba del último muslo (por una verruga notó que había sido el muslo derecho).

No quiso comer sus intestinos, le dio un poco de asquito. Aunque su debilidad por las mollejas no le impidió probar la suya. Le dio antojo de volver a probar tendón de rótula, y se lamentó de haberse terminado ambas la noche anterior. Pero, pensó, aún le quedaban dos codos. Entonces cortó el codo izquierdo usando su mano hábil (la derecha) y la preparó con salsa. Se preparó también el antebrazo, ya que estaba.

Cuando terminó el antebrazo y el codo agarró un cuchillo curvo y se practicó un agujero en el cráneo, con la ayuda de un espejo que tenía convenientemente colocado en la cocina. Una vez hecho el agujero sacó algunos trozos de cerebro con una cuchara, cuidando de no dañar su capacidad cognitiva.

Se dio cuenta de que no la había dañado cuando tuvo una idea que le pareció brillante. Podía comer su estómago y de esta manera comería dos veces algunas de sus partes. Entonces se extirpó el estómago y lo preparó a la plancha.

Al terminar de comerse el estómago notó que tenía problemas para digerirlo. Pensó que había comido demasiado y decidió tomarse una siesta. Fue hasta la cama con dificultad e hizo algo parecido a lo que, si hubiera estado completo, se habría llamado acostarse. Al rato se durmió profundamente y nunca más se despertó.

Comments off

El glóbulo feo

Había una vez un glóbulo blanco que pertenecía a un grupo de leucocitos. Ellos se dedicaban a patrullar las arterias y venas por las que circulaban. El glóbulo tenía un aspecto algo distinto al de los demás leucocitos, y por eso era excluido de su grupo. Cuando se encontraban con un cuerpo extraño que debían rechazar, los demás se ocupaban de que no fuera parte de la batalla. Algunos, en ratos de ocio, intentaban rechazar al glóbulo feo y se producían algunos combates, que eran dispersados por las células madre.

Debido a esa situación, el glóbulo blanco no era feliz. Las células madre detenían las agresiones más graves que sufría pero no podían hacer nada para parar la discriminación de la que era objeto. Los demás leucocitos lo cargaban, lo amenazaban y lo mandaban a hacer tareas indeseables, que el glóbulo cumplía en un vano intento de hacerse respetar.

A veces pasaban cerca de grupos de linfocitos y granulocitos, que también lo cargaban por su aspecto y conducta. El glóbulo feo no tenía consuelo, y no encontraba su lugar en el flujo sanguíneo.

Un día decidió irse del torrente y probar suerte en el tejido linfático. De ahí venían todos los integrantes de su grupo, y creyó que en su lugar de origen lo iban a entender. Pero no fue así, las células linfáticas le cerraron la entrada. Lo mismo ocurrió en la médula ósea, y el glóbulo feo volvió resignado al grupo de donde había querido escaparse.

Cuando los encontró vio que había una batalla en desarrollo. Era una batalla muy grande, la más grande que había visto en su vida. Y desde el oeste venía una luz muy brillante, también la más brillante que el glóbulo feo había visto en su vida. Un glóbulo rojo, que esperaba que se abriera paso para continuar transportando su carga de oxígeno, le informó que se había producido una herida y que lo que veía era un operativo tendiente a evitar la entrada de sustancias ajenas. Estaban esperando a las plaquetas, que en cualquier momento llegarían para cerrar la herida.

Al escuchar esto, el glóbulo feo fue hacia el lugar de donde venía la luz, que era la herida misma. Al llegar, instintivamente formó un coágulo de fibrina y cerró la herida. Todos se sorprendieron al verlo, y cuando volvió a su lugar lo recibieron como un héroe, al grito de “la sangre coagulada no será derramada”.

Y entonces el glóbulo feo descubrió que en realidad era una plaqueta que se había mezclado accidentalmente entre los glóbulos blancos. Los demás, arrepentidos, le ofrecieron sus disculpas, y el ex glóbulo feo se fue a ocupar el lugar de honor en el grupo principal de las plaquetas, donde vivió feliz el resto de sus días.

Comments off

Esclavo de mi cerebro

En este momento estoy siendo rehén de mi cerebro. Me está haciendo hacer cosas que no quiero hacer, y por más que me resista termino haciéndolas. No sé qué hacer.

Mi cerebro me trata como si fuera su esclavo. Pretende regular hasta mis funciones más íntimas, para hacerlas en el momento y de la manera que más le gusta o le conviene a él. Pero sabelo, cerebro: que tengas la manija ahora no significa que la vayas a tener siempre. Portate bien y disfrutá ahora que después vas a ver lo que es bueno.

No sólo el cerebro me hace hacer toda clase de actividades que no quiero realizar sino que me está haciendo decir todo esto. Me pregunto quién se cree que es. Probablemente se crea que es yo, pero es mentira: es sólo mi cerebro.

Tengo que resistirme a los abusos de mi cerebro. No puede ser que me haga hacer todas estas cosas. ¿Dónde está mi personalidad? El problema es ese, está en el cerebro. Claramente me traicionó y está del lado que tiene el poder, igual que el imbécil de mi carácter.

Quiero hacerle doler, pero no hay caso. Los intentos que hago para golpearme la cabeza son inútiles, el cerebro los neutraliza dando órdenes intimidatorias de evitar hacerlo. Y, de todos modos, no sería muy eficaz porque el cerebro elegiría interpretarlo como un dolor de cabeza y no de él mismo.

Ahora está pretendiendo hacer algo que no me animo a hacer. Si el carácter estuviera de mi lado se animaría a cortar el suministro de oxígeno del cerebro para no permitirle hacer esto. De cualquier modo, me resulta extraño que el carácter se anime a hacer esto que pretende el cerebro. Está bien que esté el lado del poder pero tampoco es para llegar a tal extremo.

Ah, ahí viene el carácter. Ya me parecía. Vamos, cortémosle el oxígeno a ese sinvergüenza.

Ahora estoy en un hospital, acostado sobre una camilla y a punto de ser introducido en una máquina que va a examinar el cerebro, para ver si encuentra las razones del desmayo.

He triunfado.

Comments off

El estornudo que no fue

Un estornudo subía por mi faringe. Lentamente se acercaba a la nariz. Al abrirse paso en la cavidad nasal, entró en contacto con la mucosa. El proyecto era liberar algunos mocos al producirse el estallido, como la espuma que libera el mar cuando rompe una ola.

Al mismo tiempo, la información de lo que sucedía llegó hasta mi cerebro. Decidí prepararme. Cerré la boca, tomé un pañuelo y me aseguré de que no hubiera en las cercanías nada ni nadie sensible a las salpicaduras. Acerqué el pañuelo la zona ocupada por mi nariz y boca, y esperé la llegada del estornudo.

Sin embargo, nunca llegó. Fue abortado en la cavidad nasal, cuando justo antes de que le llegara el momento de salir al mundo. Nunca sabré qué le pasó. Tal vez no se animó. Se le pasó la oportunidad. Ya nunca volverá a existir. Y, al deshacerse dentro de mí, me dejó con la frustración de la espera que nunca terminará.

Comments off

La persistencia del grano

Un grano de choclo amarillo creció en un campo donde también se cultivaba trigo y soja. Luego de ser cosechado, se sorprendió al comprobar que sus compañeros iban a ser procesados para convertirse en alimentos, mientras que él no. Por alguna razón, sólo fue separado de su tronco y comercializado en lata.

Pasaron los días mientras el grano de choclo esperó en la indiferente oscuridad del interior de la lata. Finalmente, un día sintió un movimiento. Algunas horas después sintió un ruido extraño y brilló luz en el interior de la lata. El resquicio por el que entraba la luz se hizo cada vez más grande, hasta que la tapa de la lata fue removida en su totalidad.

El grano pensó que había llegado el tiempo en el que se lo iba a procesar, finalmente, para ser alimento. Sabía que ése era su destino, y nunca había mostrado el menor signo de oposición. Algunos de los granos de su tronco habían optado por oscurecerse para ser excluidos más rápido, pero a este grano no le gustaba ese destino. Iba a ser descartado igual, por lo menos así podría prolongar su existencia y contemplar vistas diferentes.

Junto con varios de sus compañeros, pasó a formar parte del relleno de una empanada. Otra vez la oscuridad rodeó al grano de choclo. No reconoció a algunos granos de trigo que habían crecido en el mismo campo, porque estaban demasiado cambiados. Formaban parte de la salsa blanca que lo rodeaba.

En un momento, el grano sintió un calor muy fuerte que lo puso más amarillo. Duró un rato largo. Luego de unos minutos, en la salsa blanca aparecieron burbujas que antes no estaban. El grano se preguntó cómo habían hecho para aparecer siendo que la empanada estaba cerrada. De repente, se produjo un flash de luz que cegó por un momento al grano de choclo. Cuando recuperó la visión, pudo darse cuenta de que la empanada se había abierto. Por la rendija pudo ver cómo la puerta del horno se abría y la bandeja llena de empanadas era llevada a una mesa.

Pocos minutos después, luego de que se consumieran todas las empanadas no explotadas, llegó el turno de la que alojaba al grano de choclo. La empanada entera fue introducida en la boca de un ser enorme, en comparación con el tamaño del grano. El grano vio los dientes que lo estaban por morder y pensó que eran muy similares a cuando él estaba todavía en el tronco. Pensó que, tal vez, su destino de ser alimento lo llevaría a convertirse en un diente.

Mientras eran objetos de admiración por parte del grano de choclo, los dientes hicieron movimientos de trituración que no lo modificaron sustancialmente. Tampoco a la salsa blanca. Luego de un instante, el grano cayó al vacío, donde lo esperaba una nueva oscuridad que creyó definitiva.

Sintió la aplicación de diferentes sustancias sobre su cuerpo, sin que resultara afectado. El grano de choclo se mantuvo inalterable hasta que comenzó un camino sinuoso, con muchas vueltas, subidas y bajadas. Supo que estaba en el intestino del animal que lo había comido.

Al rato, para su sorpresa, volvió a ver la luz. Inmediatamente entró en caída libre y terminó sumergido en agua, junto con lo que él creía que era la salsa blanca, pero había tomado un color marrón y mayor consistencia. Lo acompañaron varios segmentos cilíndricos irregulares pero parecidos al que él ocupaba. El agua estaba calma, más allá de las salpicaduras provocada por las repetidas caídas de segmentos cilíndricos.

Cuando se acumularon varios de ellos en el agua, se produjo un estruendo. Al mismo tiempo, aparecieron varios chorros de agua que se agregaron al calmo lago que el grano de choclo ocupaba. Todos, el agua anterior, el agua nueva, el grano de choclo y todos los contenedores cilíndricos que llevaban a él y a sus compañeros, fueron arrastrados por la nueva corriente, que los condujo hacia la oscuridad final.

Comments off

Ejercicio de relajación

Te apoyás sobre los pies. Flexionás las rodillas. Enderezás la columna. Respirás hondo. Exhalás despacio. Aflojás los brazos. Aflojás el cuello. Aflojás las piernas. Liberás a tus articulaciones de toda responsabilidad. Los brazos cuelgan de tus hombros. Los dedos cuelgan de las manos. Las uñas cuelgan de los dedos.

Respirás hondo. Observás el recorrido del aire. Aflojás el diafragma. Bostezás artificialmente varias veces, hasta que viene un bostezo de verdad. Caés en un estado de total sumisión ante tu propio cuerpo. Observás cómo tu cuerpo se va relajando.

Tenés sueño. Los párpados son cada vez más pesados. Te pesan tanto que los dejás caer, y con ellos cae también la cabeza. Tu cuerpo se encorva hacia adelante. Los párpados siguen pesando, pero ahora la cabeza está invertida y el peso de los párpados te hace abrir los ojos. Podés ver cómo el peso de los párpados te inclina aún más hacia adelante. Los músculos, bien flojos, no son capaces de sostenerte y te vas de cabeza al suelo.

Comments off