Cuerpo humano

Alegría por dentro

Aunque no se note, en mi interior estoy lleno de alegría. Debo mantenerla bajo control, porque no quiero que se me escape. Hay que conservarla. Cada vez que consigo algo de alegría, la almaceno en mi profundo interior, así me queda para mí.

Mi apariencia de estar siempre enojado se debe al esfuerzo por mantener el nivel de alegría interna constante. Por eso ando habitualmente con esa cara de pocos amigos que me caracteriza. No es tanto una expresión de falta de alegría, sino de su presencia lejos de la superficie.

Por supuesto que cada tanto se me escapa algo de alegría. Es inevitable. Lo que trato de hacer es reparar rápidamente cualquier pérdida, para no tener que rellenarme de repente. Tengo que moderar también la ingesta de alegría, porque tampoco quiero que rebalse.

Un episodio así sería problemático, un enorme desperdicio de alegría que, bien usada, podría alegrarme la existencia durante bastante tiempo. De hecho, como viene ocurriendo desde que se me ocurrió acumular la alegría.

Así es más fácil vivir. Si uno está todo el tiempo mostrando su alegría a los demás, incluso intercambiándola con los otros, corre el riesgo de que venga gente a robársela. En cambio, cuando nadie se entera de que uno tiene alegría, van a buscarla a otro lado. De esta manera, además, no hay que cumplir expectativas que alguien se puede hacer.

Por eso no hace falta que vengan a calmarme, consolarme o ponerme música. Yo llevo mi alegría adentro.

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A ver esos marsupios

No sé cómo hace la gente para andar por la vida sin bolsillos. Veo por todos lados cómo muchos se manejan con pantalones ajustados, con los bolsillos vacíos y sin que se note dónde llevan las cosas. Pero a la hora de pagar algo, sacan de algún lado una billetera. Me gustaría ser como ellos, pero no lo soy. Entonces debo recurrir a ropa con múltiples bolsillos.

Pero queda feo en ocasiones. Cuando tengo que vestirme formal debo prescindir de esa comodidad. Mejor dicho, debía. Porque me hice poner marsupios en la cintura.

Luego de la operación, tengo bolsillos incorporados a mi cuerpo. Es la mejor manera de llevar los elementos que necesito transportar: llaves, plata, celular, documentos, anteojos. De esta manera libero la ropa de la responsabilidad extra, y sólo se tiene que dedicar a vestirme. De repente, mis opciones al respecto se multiplicaron.

La mayor ventaja es que puedo meter las manos en los bolsillos aún estando desnudo. No hay mayor comodidad que ésa. También puedo guardar controles remotos y evitar así que cualquiera que ande cerca me cambie el canal. Y cuando hay alguna aglomeración pueden venir todos los delincuentes que quieran a revisarme los bolsillos de la ropa, que no van a encontrar nada.

Tengo pensado instalarme puertos USB en los marsupios para cargar los distintos electrónicos que transporto conmigo. Así, de paso, gasto energías sin hacer ejercicio. Pero eso es otra operación, quería estar seguro de querer conservar la novedad antes de instalar el marsupio 2.0.

El único problema que encontré hasta ahora es que a veces me voy a bañar y me dejo cosas en los bolsillos. Ya quemé cuatro celulares. Pero creo que es cuestión de acostumbrarme. Me dieron la opción de poner cierres relámpago en los marsupios, pero me pareció poco higiénico. Yo me conozco. Sé que si no me obligo, no me los voy a lavar nunca.

Así que les recomiendo el marsupio personal. Hay varios modelos, se puede colocar uno en la espalda para funcionar como mochila, en el vientre o en los brazos. Sospecho que pronto será algo muy popular.

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7 Mar 2011
Cuerpo humano Del año:

Fuga del cuerpo

Sentí como una presión en el pecho. Me faltó un poco el aire, y atiné a toser instintivamente. Tosí algunas veces pero supe que no era suficiente. Entonces seguí tosiendo más fuerte hasta que expectoré a mi corazón.

El corazón se alejó de mí mientras rebotaba en el piso. Lo quise seguir pero no pude acercarme. Se estaba escapando de mí. Antes de que lo pudiera asimilar, noté que mi ombligo se abría y una masa rojiza salía de mi interior. Era mi hígado, lo reconocí aunque nunca lo había visto. El hígado siguió los pasos del corazón y se llevó consigo a los intestinos, que estuvieron un rato largo saliendo de mi cuerpo.

Decidí que era prudente ir al médico. No sabía qué decirle, pensé que lo mejor era explicarle la situación aunque le resultara extraño. Pero mis piernas tenían otra idea. Yo fui hacia el consultorio y ellas a otro lado. Primero se liberó de mí la pierna derecha, que comenzó a renguear en la dirección a la que se habían ido mis órganos. La izquierda lo siguió rápidamente, y cuando la alcanzó ambas piernas pudieron dar verdaderos pasos.

Me pareció prudente llamar a un médico. Tenía miedo de perder más partes del cuerpo en el camino. Cuando quise agarrar el teléfono mi oreja izquierda se negó a recibir el tubo. Lo mismo hizo la derecha. Ambas orejas empezaron a girar cuando acercaba la mano. Con ellas giraba la cabeza. Pronto la cabeza giró a tal velocidad que se desenroscó de mi cuerpo y se fue en la misma dirección.

El hueco dejado por la cabeza fue aprovechado por varios órganos que todavía se encontraban en mí para fugarse. Perdí las amígdalas, los pulmones, el estómago y la vesícula. Luego de un rato mi interior quedó vacío.

Sólo me quedaba la fidelidad de los brazos. En un momento sentí que se desprendían y también me abandonaban, pero lo que se desprendió fue el envase del torso, que se fue rodando a encontrarse con sus compañeros.

Cuando llegó el médico sólo encontró mis brazos, salvo la mano izquierda y el codo derecho, que para entonces ya se habían ido. El médico no se dio cuenta de mi presencia. Creyó ver sólo un par de fragmentos de restos humanos. Y en cierto sentido tenía razón.

Cuando me vi desde los ojos del médico, que era la única posibilidad de verme, comprendí que no tenía sentido pretender lealtad por parte de los brazos, y los liberé.

Con un gesto de tristeza se marcharon en la misma dirección que el resto de mi cuerpo. Nunca supe adónde. Me llegó el rumor de que el cuerpo se volvió a ensamblar en un lugar lejano, libre ya de mi influencia.

Espero que, lejos de mí, mi cuerpo pueda ser feliz.

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14 Feb 2011

Ejecución tensa

Luis XVI se dirigía al patíbulo. La guillotina estaba preparada. Su buen funcionamiento había sido certificado horas antes por un notario público. Se vivía el momento más tenso de la historia de Francia. Aunque todos los reyes anteriores habían muerto, no era frecuente que el monarca fuera ejecutado. La inusual situación provocaba mucho nerviosismo en el país.

El más tenso, aunque intentara mostrarlo como gallardía, era el rey. De cualquier manera la tensión era palpable en todo el trayecto desde la cárcel hasta el patíbulo. Algunos tenían miedo de que la conexión entre el rey y la divinidad fuera cierta y gracias a ella el rey pudiera hablar luego de que se le cortara la cabeza y arengara al pueblo para que se levantara contra la Revolución. Otros temían que el rey, antes de someterse al castigo, motivara a los presentes con su oratoria.

Pero nada de eso ocurrió. El pueblo acompañó el trayecto hacia el patíbulo con un silencio que mostraba el respeto por la investidura del rey y también dejaba percibir la tensión extrema del momento. El rey permanecía con la frente en alto.

Cuando llegó el momento de llevar a cabo la condena, el verdugo guió al rey hasta la guillotina. No era una ejecución más para el verdugo. En general el condenado estaba nervioso, pero esta vez eran ambos. Con hidalguía, el rey se colocó en la guillotina, se ajustaron los últimos detalles y se ordenó la caída de la cuchilla. La canasta esperaba el instante de recibir a la cabeza del rey.

La cuchilla comenzó a caer, y en ese momento ocurrió algo extraordinario. La tensión del entorno se había transmitido al cuerpo del rey, y su cuello estaba tan duro que al entrar en contacto con la cuchilla la partió en dos.

Los asistentes expresaron su estupor por lo ocurrido durante unos segundos. Inmediatamente se ordenó a la policía dispersar a la muchedumbre, para evitar nuevos inconvenientes. El rey se sorprendió por haber vencido a la guillotina. Sonrió en secreto mientras se cambiaba la cuchilla por una de repuesto.

Cuando estuvo lista, el rey fue acostado de nuevo en la máquina. Aceptó las instrucciones con confianza. Creía que la nueva cuchilla también se iba a partir, y por eso se relajó. El cuello relajado permitió el buen funcionamiento de la cuchilla, y Francia se quedó sin rey.

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2 Feb 2011
Cuerpo humano, Pop! Del año:

Sed

En la Cervecería Modelo de La Plata dan maní gratis. La idea es que el cliente pida cerveza, y en general lo consiguen. Por eso cuando se acaba el maní vuelven a traer. Pero no es eso lo que destaca a la Modelo entre los muchos lugares que tienen esa costumbre. Lo que distingue a la Modelo es que las cáscaras de maní se tiran al piso, lo cual genera un placer inigualable.

En todas las mesas los clientes de la cervecería reciben maní, lo comen y tiran la cáscara al piso. El piso queda cubierto de ellas. Parece el suelo peludo de una peluquería. Al caminar por ese suelo, muchos pisan intencionalmente las cáscaras descartadas para que se genere el ruido crocante característico.

No paré de comer maní en mi visita a la Modelo. Empleé distintas modalidades para descartar las cáscaras. Rompía una y la tiraba al suelo. Rompía varias, juntaba un montón y tiraba todo el montón al piso. Después, cuando me levantaba por cualquier motivo, pisaba con alegría el suelo crocante. Comí cualquier cantidad de maní.

Todo el maní me terminó dando una sed como nunca había sentido. Tenía tanta sed que me tomé toda la gaseosa que pensaba que me duraría la cena entera. Pedí otra, luego una más, luego otra, y otra. La sed no se me iba. Terminé las existencias de gaseosa, y tuve que pedir cerveza, a pesar de que no acostumbro tomarla. La sed resistió a las cervezas y a todas las otras bebidas. Llegó un momento en el que me echaron del baño porque no paraba de tomar agua de la canilla. Me tuve que ir del lugar, pero mi sed seguía intacta.

Vacié los quioscos y estaciones de servicio en el camino hacia la autopista, sin que mi sed sufriera modificaciones. Al contrario, era cada vez mayor. Estaba tan desesperado que cuando pasé por los piletones del sistema de distribución de agua, me bajé de la autopista y me tomé toda el agua. La sed se calmó un poco, pero minutos después volvió en todo su esplendor. Entonces salí definitivamente de la autopista, me interné en el Río de la Plata y me lo bebí completo.

Bebí también el Riachuelo y el arroyo Maldonado. Mi sed seguía aumentando.

La desesperación que tenía era enorme. Ya no me hacía nada tomarme una botella de agua o un bidón de veinte litros. La sed ni se mosqueaba con esas cantidades. Me tomé los lagos de Palermo y el Parque Centenario, luego me fui hasta el delta del Tigre y bebí, así como venían, el Paraná y el Uruguay.

Como no era suficiente, fui hacia el otro lado y me tomé el océano Atlántico, luego el Índico y más tarde el Pacífico. Pero el agua salada me hizo peor. La sal me dio aún más sed, y tuve que ir a las altas montañas, a los deshielos, a los grandes lagos y a todos los ríos del mundo.

Cuando terminé de beber el último río, noté que la sed se estaba yendo. Bebí los últimos sorbos lentamente, hasta que sentí que me saciaba. En ese momento suspiré aliviado y me relajé. Pero me duró poco tiempo, porque al relajarme me vinieron ganas de ir al baño, y supe que todavía faltaba la mitad de la experiencia.

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27 Jan 2011

Abrir los poros

Tenía la piel reseca. En la farmacia me recomendaron una pomada para abrir los poros. Me dijeron que así la piel podría respirar mejor y se hidrataría más fácilmente.

Compré la pomada. Esa noche la unté sobre la piel con abundancia y me fui a dormir. Cuando me levanté, comprobé que los poros estaban abiertos. Mi piel se sentía más suave. Me alegré de haber usado la pomada y me fui a trabajar.

Pero con el correr de las horas me di cuenta de que los poros seguían abriéndose a una velocidad alarmante. Para el mediodía se me notaban los poros, parecía que tenía varicela. A las cinco de la tarde eran verdaderos agujeros. Los que me miraban podían ver a través de mí.

Cuando salí del trabajo se había levantado viento, y gracias a mis poros abiertos el viento me elevó. Enganché una corriente y vi la ciudad desde arriba. Entré en pánico. No sabía cómo iba a hacer para aterrizar. Estuve un buen rato volando como una bolsa de plástico suelta, hasta que el viento bajó la intensidad y no me sostuvo más. En ese momento me precipité hacia el suelo, pero no me pasó nada porque los agujeros me habían vuelto muy liviano.

Fui a quejarme a la farmacia. No me llevaron el apunte. Me dijeron que me debí haber equivocado en la dosis y que, de cualquier manera, lo apropiado era consultar a un médico y no al farmacéutico. Así que me la tenía que aguantar.

Entonces fui al médico, pero no me pudo recetar ninguna pomada para cerrar los poros. Lo único que me pudo ofrecer fue hacerme injertos. No me pareció una buena idea.

Desde entonces voy a todos lados muy vestido. Uso mangas largas y me cuido de arremangarme. Trato de no usar ropa que se transparente. En lo posible uso telas gruesas, que desvíen el viento. Por las dudas, me acostumbré a los zapatos bien pesados y cuando hay un ventilador cerca me alejo.

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21 Jan 2011
Cuerpo humano Del año:

Las uñas son mías

Cada vez que me corto las uñas, siento que se va una parte de mí. Que estoy tirando al inodoro algo que me gasté en generar, y que por haber logrado una longitud más grande de la que es aceptable estéticamente tengo que mutilarlo.

Es cierto, la uña sigue ahí y vuelve a crecer. Pero no es lo mismo. Quedan siempre las huellas del alicate, que me recuerdan el contorno del último corte.

Siento que soy indiferente a una sustancia que salió de mis entrañas para luego ser descartada sin piedad. ¿Acaso las uñas son menos mías que la piel, que los ojos, que el corazón? ¿Qué clase de sádico habrá inventado el concepto de cortarlas? ¿Por qué no cortarme también los dedos?

Por eso trato de resistir la llegada del momento del corte. Lo dilato todo lo que puedo, pero siempre se llega a un punto en el que la suciedad se acumula de tal manera que empieza a perjudicar mi vida social. Me queda el consuelo de que, por lo menos, estoy cortando más mugre que uña.

Pero me sigo separando de una parte de mí. Entonces, cuando me corto, antes de tirar la cadena les dedico un minuto de silencio. Es lo menos que puedo hacer.

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28 Dec 2010

Otra cabeza

Creía que me estaba saliendo un grano en la cara. Intenté reventarlo sin éxito, entonces asumí que debía esperar a que creciera más para que consiguiera la masa crítica. Pero a pesar de que iba aumentando de tamaño en forma considerable, nunca podía terminar con él.

En un momento pensé que le habían salido granos al grano. Intenté reventar los adicionales, pero no pude, porque eran ojos. Entonces dejé de ponerme crema, porque veía que no daba resultado.

Sin la crema, el crecimiento se aceleró, hasta que me di cuenta de que no era un grano sino que me estaba saliendo una segunda cabeza. Ya se podía divisar una cara con rasgos similares a los míos. A los nueve meses ya tenía el mismo tamaño que la original, y se las diferenciaba sólo porque la nueva brotaba no del cuello, sino de la de siempre.

Tuve que empezar a vestirme con camisa, porque las remeras no me entraban. Por lo demás la cabeza extra no molestaba demasiado. Siempre estaba de acuerdo conmigo, y cuando me cansaba podía dejarla que me representara mientras yo dormía.

El principal obstáculo fue la recepción social. Alguna gente empezó a considerarme un freak por el solo hecho de tener dos cabezas. Noté que ciertas personas me evitaban. La cabeza nueva, como tenía un ángulo de visión distinto, me contó que a mis espaldas la gente me señalaba.

Dado que no me traía grandes beneficios, me pareció que estaba en una situación de redundancia. No me venía mal tener dos cabezas, pero no hacía falta que las usara al mismo tiempo.

Consulté al médico para ver qué podía hacer. Me recomendó un especialista en separar siameses, que me ofreció extirparme la segunda cabeza. Pero la quería tirar, y yo no estaba dispuesto. Le planteé que quería aprovechar para usar la cabeza como repuesto, por si me pasaba algo. El médico estuvo de acuerdo y, luego de la operación, me entregó la cabeza en un frasco.

Desde ese día la llevo siempre en mi mochila. De este modo, en caso de que yo sufriera algún trauma, o por alguna razón fuera decapitado, tendría una forma de recuperarme.

El único problema que tengo es que, a veces, los policías o guardias descubren que tengo una cabeza en la mochila y se ponen sospechosos. Pero, por suerte, suelen levantar sus objeciones cuando ven que la cabeza que llevo es la mía.

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22 Dec 2010
Cuerpo humano Del año:

El agua corporal

El cuerpo de Silvio tenía aproximadamente un 60% de agua. Esta proporción no había sido constante durante su vida: de bebé estaba compuesto por más agua que como adulto. Luego había engordado, lo que redujo el porcentaje. Pero cuando adelgazó el agua recuperó terreno y llegó al 60% que se menciona más arriba.

El agua no estaba distribuida de la misma manera en todo el cuerpo. El cerebro de Silvio era 70% ese líquido. Los pulmones tenían más agua: cerca del 90%. Más que la sangre, que a pesar de ser líquida sólo tenía 83% de agua.

Todos los días Silvio reemplazaba más de 2 litros de agua que perdía en el curso natural de su vida. Lo hacía bebiendo agua líquida, pero también extrayéndola de los alimentos que consumía, los cuales también tenían un porcentaje importante de agua.

Dos tercios del agua que componía en gran parte a Silvio estaba en el líquido intracelular o citosol. El otro tercio formaba los fluidos extracelulares. De ellos, un cuarto era el plasma, el componente líquido de la sangre. Los otros tres cuartos estaban en el líquido intersticial, que se podía encontrar entre sus células. Una cantidad ínfima se encontraba en el fluido transcelular contenido dentro de los órganos de Silvio.

Pero esta composición no duró mucho tiempo. Silvio consiguió un paquete barato para viajar a la India. El precio era por temporada baja, y lo que Silvio no sabía era que la temporada baja se daba por las temperaturas extremadamente altas. Y a causa de esas temperaturas un día el 60% de Silvio se evaporó. Quedaron en el piso su 18% de grasa y su 22% de proteínas y carbohidratos. Estas sustancias formaron un polvo que, tiempo más tarde, fue esparcido por la superficie del planeta gracias a la acción del viento. El resto de Silvio pasó a ser parte de la atmósfera y después de unos meses se condensó y volvió a la superficie como parte del monzón.

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19 Nov 2010
Cuerpo humano Del año:

Lleno de naturaleza

Me recomendaron unas galletitas integrales, que al parecer eran bastante sanas. Venían con semillas de lino, sésamo y girasol, las cuales, aparentemente, hacen bien a la digestión o algo. Entonces compré un paquete. Y debo decir que me sorprendió. Eran muy ricas. Tanto es así que sin darme cuenta me comí todo el paquete.

Al rato tuve una sed inusualmente grande. Tomaba agua pero nunca parecía suficiente. Debo haber tomado dos o tres litros antes de que se me calmara. Anticipé frecuentes visitas al baño esa noche, pero no fue así. Dormí como un tronco.

A la mañana siguiente me desperté brotado. Pequeños tallos verdes crecían en mis poros, que con el correr de las horas se hicieron más grandes y fuertes. Me costó vestirme, parecía que tenía un pulóver debajo de la ropa. A la tarde varios tallos la agujerearon. Algunos tenían en la punta girasoles, que buscaban en vano el Sol sin saber que estaban bajo techo.

Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Decidí no volver a comer esas galletitas. Pero el problema principal era cómo eliminar las plantas que crecían en mí. Quise ver a un nutricionista, pero me dio turno para dos semanas después, y no estaba dispuesto a aguantar.

Mínimamente me parecía que debía afeitarme. Fui a la farmacia a comprar repuestos de Gillette, y de paso pregunté si tenían alguna solución para lo que me estaba pasando. Como era una farmacia naturista, lo único que me dieron fue yuyos, y a esa altura no estaba dispuesto a confiar en el reino vegetal.

Cuando estaba por volver a casa se me ocurrió que podía pasar por un vivero, a ver si sabían algo. Ellos tampoco habían visto nunca nada así, y aunque me pidieron una foto para preguntar a sus proveedores, no me sabían dar una solución.

Sin embargo, vi algo en el vivero que me pareció que podía funcionar. Cuando volví a casa fui al jardín y tiré varios terrones de azúcar, de manera tal que formaran una fila. Al final de la hilera, me acosté con la boca abierta y un terrón en la lengua, que quedó casi apoyada sobre el suelo.

De este modo, como era de esperarse, en pocos minutos la boca se me llenó de hormigas, y no tuve más que tragarlas para que lidiaran con mi inconveniente. Decidí que el operativo iba a ser más agradable si me dormía, y así lo hice.

A la mañana, los brotes estaban marchitos. Supe que las hormigas habían hecho su trabajo. El problema era que ahora tenía un enorme antojo de comer lechuga. Ahí me dí cuenta de que podía cometer otro error, y decidí cortar por lo sano.

En lugar de lechuga, tomé dos o tres litros de agua, como para ahogar bien a las hormigas. Tal vez fue una actitud algo ingrata, pero estoy seguro de que cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo.

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15 Aug 2010
Cuerpo humano, Pop! Del año:

La marcha de los pies

Caminaba por Plaza de Mayo cuando sentí que me pisaban. Miré a los costados para ver quién me había pisado pero no vi a nadie. Entonces miré hacia abajo y vi un par de pies que se alejaban de mí. Se trataba de un pie izquierdo y uno derecho.

Más atrás venía otro par de pies, y atrás de ellos se acercaba una enorme columna de pies. Los pies cubrían la Avenida de Mayo, cuyo tránsito había sido cortado y en ese momento era más peatonal que ninguna.

Cuando la columna de pies estuvo cerca de mí, los de más adelante empezaron a patearme. Me dio la sensación de que querían la plaza sólo para ellos. Evidentemente había un acto de pies para reclamar no sé bien qué cosa. No gritaban consignas al unísono, porque los pies no gritan. Tampoco tenían pancartas, porque los pies no escriben (tal vez reclamaban algo relacionado con eso).

Escuchando con atención pude notar que la marcha en sí misma no era al azar. Parecía tener ciertas regularidades. Había dos clases de sonidos que no se alternaban exactamente, sino que se repetían al unísono, como con cierta intención. De repente, supe qué era: código Morse. No supe bien qué expresaban, porque no conozco ese código. Pero para ese momento el ruido que hacían era enorme. Nunca había visto una cantidad tan grande de pies todos juntos. Era difícil ignorarlos.

Decidí alejarme, porque al no saber qué querían no tenía ganas de quedarme. Tal vez estaba expresando mi apoyo a algo que me perjudicaba. Tal vez estorbaba y corría el riesgo de que me sacaran a patadas más fuertes. Así que me alejé por Diagonal Sur, pero a medida que me alejaba me costaba más caminar.

Mis pies no se querían ir, querían quedarse en la marcha. Pero como yo me resistía, a su turno ambos aprovecharon para escaparse cuando estaban en el aire mientras yo intentaba dar un paso.

De ese modo me quedé sin pies. Se acercaron a la marcha a toda velocidad, y pronto no los pude distinguir. Me subí a un colectivo y me alejé como pude, sin saber si iba a volver a verlos.

Cuando llegué a casa tenía un mensaje en el contestador. Al parecer, se habían producido incidentes y mis pies habían sido detenidos. Estaban en la comisaría. Me acerqué hasta ahí y me encontré con que para recuperar a mis pies tenía que pagar una multa (en realidad la multa era para ellos, pero hasta que no fuera cancelada no los iban a liberar). Como extrañaba a mis pies, pagué. Luego el policía que me atendió me guió hasta un baúl y me dijo que sacara los míos.

Me fue difícil reconocerlos. Decidí probarlos uno por uno, hasta que encontré un pie derecho que no sólo tenía el tamaño de mi tobillo, sino que continuaba las líneas de mi pierna. Me costó menos encontrar el izquierdo, y pude salir de la comisaría aunque en esos primeros minutos caminar se sentía algo extraño.

Al día siguiente, por las dudas de que volviera a ocurrir lo mismo, me hice un pequeño tatuaje en cada talón.

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21 Jul 2010

Sujeto inconsistente

Vos me decías que estabas bien, que no tenías ningún problema. Pero tus ojos me daban otro mensaje. Pensé que tal vez no te dolía el cuerpo pero sí el alma. Hasta que tus orejas me dijeron que no hiciera caso a los ojos.

No sabía entonces a quién creerle. ¿Por qué las orejas me iban a mentir? Tampoco había ninguna razón para desconfiar de los ojos, o de vos. Es cierto, tenía dos fuentes contra una, sin embargo la verdad no es democrática, vos y las orejas pueden equivocarse.

Decidí consultar al ombligo. Tuve que levantarte la remera para poder saber su postura, pero no la entendí. Era algo ambigua, o tal vez eran las pelusas que no me dejaban ver bien. Mientras tanto, yo seguía preocupado. Quería saber si realmente estabas bien.

Miré hacia abajo y vi una expresión ansiosa en tu pie izquierdo, como que quería decirme algo. Le presté atención. El pie izquierdo me informó lo que los ojos habían insinuado, que el dolor no era físico sino emocional. Y por más que el pie derecho rápidamente lo calló con un pisotón, fue evidente que tu estado no era óptimo.

Por eso decidí darle el puesto a otro. Tené en cuenta para el futuro que es importante que vos y tu cuerpo den un mensaje unificado.

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19 Jul 2010

Eyección

Ya se había hecho de noche cuando pasé por una vidriera en la que había espejos. No tenía pensado detenerme, en general no me paro a ver vidrieras, sin embargo me llamó la atención verme. No porque pensara que había otro yo ni nada parecido, sino porque noté que tenía algo en el pómulo. Era una mancha blanca, bastante grande.

La miré con detenimiento. Por suerte la vidriera tenía luces prendidas. Me dí cuenta de que era un grano que estaba en un momento inmejorable para ser explotado. No podía dejar pasar la oportunidad. Prometía ser una eyección importante, y de paso iba a dejar de andar por la calle con ese enorme grano a la vista de todos.

Con la mirada en la imagen que se reflejaba en el espejo, coloqué los dos índices en posición. Comencé a presionar sobre el grano, dejando cada vez menos espacio entre los dedos. Gracias a la práctica que tuve durante muchos años, en los que depuré mi técnica, la pus no tendría más escapatoria que salir disparada de mi cuerpo. Lo que no esperaba era que saliera con tanta fuerza.

Fue tan grande el disparo que me caí al suelo. La pus, en tanto, se elevó por los aires hasta una altura inusitada. Pronto la perdí de vista, pero seguí mirando hacia arriba para verla bajar. Sin embargo, no cayó. Se siguió elevando por encima de los edificios y de repente explotó, generando un luminoso espectáculo.

Así que ya saben. Si vieron fuegos artificiales el otro día, es probable que haya sido yo.

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7 Jul 2010
Cuerpo humano Del año:

Hisóposis

Nunca había hecho caso a la advertencia “no introduzca el hisopo en el canal del oído externo”. Me parecía una precaución de otorrinolaringólogos principiantes o padres demasiado celosos. Evidentemente, todo el mundo hacía lo mismo que yo. Por eso los hisopos seguían existiendo y vendiéndose en las farmacias, no se me ocurría cuál otro podía ser su uso legítimo.

¿Cuál era el riesgo? ¿Podía agujerearme el tímpano o algo? Simplemente es cuestión de técnica, cuando uno empieza a notar cierta resistencia no hay que presionar más. No es difícil. Sin embargo, hace un tiempo descubrí la razón de la advertencia.

Había pasado dos o tres días sin sacarme la cera del oído. Se me habían acabado los hisopos y no tenía tiempo de comprar nuevos. Así que cuando compré se había acumulado bastante cera. No era problema, en circunstancias normales, mientras más cera hay, más agradable es la experiencia hisoporil.

En esta oportunidad, encontré cierta resistencia, y me pareció que era cera un poco endurecida. Entonces persistí en la maniobra hisopórica. Ése fue mi error. Empujé demasiado y cuando quise acordarme se me había resbalado el hisopo adentro del oído.

Intenté sacudir la cabeza con la oreja de lado para que cayera, pero se ve que estaba trabado por algo. Entonces lo llevé conmigo durante varios días, y a cada paso podía oír su movimiento. Hasta que no me quedó más remedio que ir a ver al otorrino.

Yo sabía que me iba a dar un sermón sobre no meterme los hisopos en el oído. Habitualmente me preguntaban si tenía esa costumbre y yo lo negaba, a lo cual ellos no contestaban nada pero ponían cara de que no me creían, porque probablemente su educación los hiciera capaces de diferenciar un oído con hisopación regular de uno libre de todo hisopo. Pero tenía que ir, sólo ellos podían sacarlo de ahí.

Sin embargo, el doctor no emitió palabra. Sólo hizo una mueca de fastidio, me dijo que me acostara, que me quedara quieto, agarró una pinza y en un rápido movimiento lo sacó y me lo entregó, aún sin decir nada. Lo recibí mientras miraba, cabizbajo, al profesional. El hisopo estaba completamente lleno de cera.

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1 Jul 2010
Cuerpo humano, Pop! Del año:

Me voy para arriba

De pronto, comencé a subir. Iba contra toda mi experiencia y, sobre todo, contra la gravedad. Era algo que nunca hubiera pensado que me iba a suceder, pero me estaba sucediendo. Por alguna razón mi cuerpo se elevaba.

Me pregunté por qué subía. Me pregunté también si realmente subía yo, o si todo lo demás bajaba. Para el caso era lo mismo, el mundo y yo nos alejábamos sin haber tenido tiempo de despedirnos.

Pasó el tiempo y yo seguía subiendo. Llegó un momento en el que no distinguí más días. Podía ver el mundo por completo, allá abajo, y ya no me daba miedo caerme. Me pregunté si tal vez estaba siendo atraído por alguna fuerza exterior. No supe qué pensar. Tal vez encontraría la respuesta. Tal vez no.

Continué subiendo hasta que no divisé más al mundo, ni diferencié entre mundos. Llegó un momento en el que no supe distinguir dónde era arriba y dónde era abajo, aunque suponía que el lugar hacia donde apuntaba mi cabeza era arriba.

¿Hasta dónde llegaría? No podía saberlo, y por el momento no me preocupaba demasiado. Estaba disfrutando del paisaje. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejarme llevar por el Destino, si es que era el Destino quien había dispuesto que yo subiera. De cualquier forma, no tenía mucha opción, así que opté por disfrutar del viaje.

Conocí el Universo casi sin querer. Siempre me había preguntado cómo sería viajar a través de estrellas y galaxias. Nunca me había imaginado que tendría la oportunidad de experimentarlo en carne propia.

Vi toda clase de fenómenos. Choqué con microasteroides que no lograron desacelerarme. Vi, a lo lejos, quásares y púlsares. Reflexioné que los estaba viendo tal como eran hacía muchos años. Era posible que ya no existieran. Después, cuando me percaté de que había perdido la noción del tiempo y de que no estaba en ningún planeta, con lo cual el concepto de años no tenía mucho sentido, me pareció que aquella reflexión no valía mucho la pena. Pero eran unas vistas magníficas.

En un momento, cuando también había perdido noción del espacio, miré hacia arriba y vi algo que me pareció conocido. Era el mundo que creía haber dejado abajo. Ahora estaba arriba y me dirigía hacia allí. Fui distinguiendo más y más características, y supe que era el mismo planeta que había dejado, o uno igual. Pensé que el Universo debía ser redondo. Ahora estaba cayendo de cabeza hacia arriba y estaba por encontrar a mi mundo en el camino.

Así fue. Penetré en la atmósfera y caí suavemente sobre el mismo lugar de donde había partido. Atajé mi caída con los brazos. Luego di una vuelta carnero para ponerme de pie.

A partir de ese día continué mi vida tal como la había dejado en su momento. Mis actividades son más o menos las mismas. La única diferencia es que cada tanto me viene una poderosa sensación de que estoy cabeza abajo.

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29 Jun 2010
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