Cuerpo humano

Hisóposis

Nunca había hecho caso a la advertencia “no introduzca el hisopo en el canal del oído externo”. Me parecía una precaución de otorrinolaringólogos principiantes o padres demasiado celosos. Evidentemente, todo el mundo hacía lo mismo que yo. Por eso los hisopos seguían existiendo y vendiéndose en las farmacias, no se me ocurría cuál otro podía ser su uso legítimo.

¿Cuál era el riesgo? ¿Podía agujerearme el tímpano o algo? Simplemente es cuestión de técnica, cuando uno empieza a notar cierta resistencia no hay que presionar más. No es difícil. Sin embargo, hace un tiempo descubrí la razón de la advertencia.

Había pasado dos o tres días sin sacarme la cera del oído. Se me habían acabado los hisopos y no tenía tiempo de comprar nuevos. Así que cuando compré se había acumulado bastante cera. No era problema, en circunstancias normales, mientras más cera hay, más agradable es la experiencia hisoporil.

En esta oportunidad, encontré cierta resistencia, y me pareció que era cera un poco endurecida. Entonces persistí en la maniobra hisopórica. Ése fue mi error. Empujé demasiado y cuando quise acordarme se me había resbalado el hisopo adentro del oído.

Intenté sacudir la cabeza con la oreja de lado para que cayera, pero se ve que estaba trabado por algo. Entonces lo llevé conmigo durante varios días, y a cada paso podía oír su movimiento. Hasta que no me quedó más remedio que ir a ver al otorrino.

Yo sabía que me iba a dar un sermón sobre no meterme los hisopos en el oído. Habitualmente me preguntaban si tenía esa costumbre y yo lo negaba, a lo cual ellos no contestaban nada pero ponían cara de que no me creían, porque probablemente su educación los hiciera capaces de diferenciar un oído con hisopación regular de uno libre de todo hisopo. Pero tenía que ir, sólo ellos podían sacarlo de ahí.

Sin embargo, el doctor no emitió palabra. Sólo hizo una mueca de fastidio, me dijo que me acostara, que me quedara quieto, agarró una pinza y en un rápido movimiento lo sacó y me lo entregó, aún sin decir nada. Lo recibí mientras miraba, cabizbajo, al profesional. El hisopo estaba completamente lleno de cera.

Share
1 Jul 2010
Cuerpo humano, Pop! Del año:

Me voy para arriba

De pronto, comencé a subir. Iba contra toda mi experiencia y, sobre todo, contra la gravedad. Era algo que nunca hubiera pensado que me iba a suceder, pero me estaba sucediendo. Por alguna razón mi cuerpo se elevaba.

Me pregunté por qué subía. Me pregunté también si realmente subía yo, o si todo lo demás bajaba. Para el caso era lo mismo, el mundo y yo nos alejábamos sin haber tenido tiempo de despedirnos.

Pasó el tiempo y yo seguía subiendo. Llegó un momento en el que no distinguí más días. Podía ver el mundo por completo, allá abajo, y ya no me daba miedo caerme. Me pregunté si tal vez estaba siendo atraído por alguna fuerza exterior. No supe qué pensar. Tal vez encontraría la respuesta. Tal vez no.

Continué subiendo hasta que no divisé más al mundo, ni diferencié entre mundos. Llegó un momento en el que no supe distinguir dónde era arriba y dónde era abajo, aunque suponía que el lugar hacia donde apuntaba mi cabeza era arriba.

¿Hasta dónde llegaría? No podía saberlo, y por el momento no me preocupaba demasiado. Estaba disfrutando del paisaje. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejarme llevar por el Destino, si es que era el Destino quien había dispuesto que yo subiera. De cualquier forma, no tenía mucha opción, así que opté por disfrutar del viaje.

Conocí el Universo casi sin querer. Siempre me había preguntado cómo sería viajar a través de estrellas y galaxias. Nunca me había imaginado que tendría la oportunidad de experimentarlo en carne propia.

Vi toda clase de fenómenos. Choqué con microasteroides que no lograron desacelerarme. Vi, a lo lejos, quásares y púlsares. Reflexioné que los estaba viendo tal como eran hacía muchos años. Era posible que ya no existieran. Después, cuando me percaté de que había perdido la noción del tiempo y de que no estaba en ningún planeta, con lo cual el concepto de años no tenía mucho sentido, me pareció que aquella reflexión no valía mucho la pena. Pero eran unas vistas magníficas.

En un momento, cuando también había perdido noción del espacio, miré hacia arriba y vi algo que me pareció conocido. Era el mundo que creía haber dejado abajo. Ahora estaba arriba y me dirigía hacia allí. Fui distinguiendo más y más características, y supe que era el mismo planeta que había dejado, o uno igual. Pensé que el Universo debía ser redondo. Ahora estaba cayendo de cabeza hacia arriba y estaba por encontrar a mi mundo en el camino.

Así fue. Penetré en la atmósfera y caí suavemente sobre el mismo lugar de donde había partido. Atajé mi caída con los brazos. Luego di una vuelta carnero para ponerme de pie.

A partir de ese día continué mi vida tal como la había dejado en su momento. Mis actividades son más o menos las mismas. La única diferencia es que cada tanto me viene una poderosa sensación de que estoy cabeza abajo.

Share
29 Jun 2010

La mano oculta

Estaba en el círculo central de la cancha de River. No había nadie más que yo en todo el estadio. Me paré en el medio del círculo y giré para mirar a mi alrededor.

Mientras giraba, recibí un cachetazo. Volví a mirar a mi alrededor para ver quién podía ser el autor. Pero nadie estaba en el campo de juego, ni podía ser que alguien hubiera corrido todo ese espacio en tan poco tiempo sin que yo lo viera. Tampoco podía haberme pegado un cachetazo accidental con mis manos, porque las tenía extendidas hacia arriba, en señal de contemplación de la grandeza que me rodeaba. Algo raro estaba pasando.

Miré entonces hacia abajo, desanimado por no saber de dónde salió el golpe que alguien me dio. Noté que había unos objetos cilíndricos que sobresalían de mi remera. Era como un atado de chorizos, pero más finos. En la punta, cada uno tenía como una lámina dura. Después de unos instantes me dí cuenta de que las láminas eran uñas y los objetos que me sobresalían eran dedos.

Me levanté la remera y vi que esos dedos pertenecían a una mano, que a su vez era la punta de un brazo que se iniciaba en mi abdomen. Nunca me había percatado de la existencia de ese tercer brazo. Le pregunté si había sido él el que me había cacheteado, pero me contestó en lenguaje de señas y no lo supe interpretar. Aunque muchas dudas no tenía.

Después de descubrir la mano me expliqué algunas cosas que me habían pasado y no entendía cómo. Gente que se quejaba de que la había pellizcado, timbres que me acusaban de tocar, incluso veces que me parecía que alguien me apoyaba una mano en el abdomen, y que yo atribuía a alguna persona de las muchas que habitualmente me rodeaban. Sólo en ese estado de soledad absoluta pude descubrir la mano.

Comencé entonces a usarla. La usaba para sostener vasos o platos mientras aplaudía en distintos eventos, para lavarme las otras manos, para acceder a los bolsillos más lejanos, para ponerme los zapatos.

Un día estaba en el subte. La tercera mano se agarraba de una manija mientras con las otras dos abría el diario y lo leía tranquilo. En un momento el subte frenó con mucha violencia, tanta que la mano no me pudo sostener y me caí. Pero la mano no se soltó, sino que de mi abdomen salió un hombre vestido de verde, el verdadero dueño de la mano.

Pensé que era mi otro yo, pero no se parecía a mí. Charlando con él más tarde, me contó que había sido mi anestesista la vez que me operaron de apendicitis. Que en un esfuerzo por saber si yo estaba bien dormido se había inclinado demasiado y había caído dentro de mí. Después me cerraron la herida y se lo olvidaron.

Desde entonces trataba de hacerse notar. Le pedí disculpas por no haberme percatado antes de su presencia. Yo me había sentido raro cuando desperté de la operación, pero lo adjudiqué a la anestesia y no al anestesista. Después me acostumbré. Tal vez tendría que haber sido más perspicaz. De todos modos, sé que si yo fuera más afecto a la introspección lo habría visto, y no hubiera estado atrapado en mí durante tanto tiempo.

Ese día nos separamos, pero no dejamos de compartir un vínculo estrecho. A veces siento un hueco dentro de mí y me doy cuenta de que me falta. Entonces lo llamo por teléfono y lo invito a tomar un café. Pero nunca quiere venir. A veces siento que se comporta de modo ingrato conmigo, después de haberlo llevado tanto tiempo en mis entrañas.

Share
27 Jun 2010
Cuerpo humano Del año:

Imperfección y rebeldía de mi dentadura

Cuando se determinó que necesitaba ortodoncia, mis dientes recibieron un duro golpe a su autoestima. ¿Quién era el dentista para decir cómo tenían que ser ellos? Si habían estado conmigo desde su nacimiento, y me venían sirviendo bien, no tenía sentido que viniera un sabelotodo a alterar las cosas. Pero la decisión se tomó sin consultarlos, y tuvieron que aguantar la presencia de los brackets.

La intención era llevar ambas líneas dentarias hacia atrás, para modificar la apariencia de la cara y mejorar, en teoría, la masticación. La ortodoncista estaba convencida de lo que hacía, a tal punto que amenazaba con extirpar dos molares para hacer lugar para el retraso, si era necesario.

Los dientes, amedrentados, no permitieron la expulsión de dos de sus miembros. En una acción de verdadera unidad, decidieron tragarse el orgullo y avanzar hacia el lado donde los aparatos empujaban. Lo hicieron con tal firmeza que lograron el cometido de salvar a los dos compañeros. Es por eso que hoy tengo la dentadura completa.

Pero los aparatos seguían ahí, haciendo fuerza para que continuara el recorrido. Se produjo en mi boca una sensación de fastidio, consonante con mis pocas ganas de seguir yendo periódicamente a revisar la marcha del tratamiento. Entonces ambos hicimos fuerza para acelerar el proceso.

Finalmente, luego de dos años de lucha, llegó el gran día. La profesional consideró que mi dentadura ya era aceptable para los estándares modernos y resolvió eliminar todo el armatoste que ya desde hacía tiempo era una faceta habitual de mi boca. Cuando se produjo el fin fue un momento de gran alegría. Los dientes sintieron con placer el alivio de la presión constante. La que más contenta estaba era la lengua, que ahora podía recorrer la parte externa de los dientes y encontrar una superficie lisa. Hasta el día de hoy lo disfruta.

Una vez liberados, los dientes se abocaron a su siguiente objetivo: volver a la postura original. Ellos sabían lo que hacían. Así fue como en pocos meses mi cara volvió a ser la misma de antes.

La ortodoncista, al ver lo ocurrido, me comunicó que era necesario volver a hacer el mismo tratamiento. Pero esta vez no contó con mi visto bueno. No tenía ninguna intención de pasar otra vez por lo mismo, sobre todo si no había garantías de un resultado duradero. Así que nunca más tuve aparatos. Resolví confiar en mis dientes, y debo decir que, hasta el momento, nunca me fallaron.

Share
23 Jun 2010

El álamo prominente

Era un día de tormenta. El viento soplaba con mucha fuerza, parecía que llovía de todos lados. No había llevado paraguas, pero estaba claro que igual me hubiera mojado. Aunque con el paraguas tal vez no hubiera ocurrido lo más extraño.

En un momento, mientras caminaba rápido para evitar que se me cayera un árbol encima, sentí un golpe justo en el medio de la cabeza. Pensé que probablemente era algo que se había caído y me sorprendió no sentir que luego de rebotar caía en el suelo. El golpe me generó un dolor importante en la cabeza, pero más allá de eso no le dí mucha bolilla.

Al día siguiente, cuando me levanté, vi que tenía algo verde en la cabeza. Cuando me inspeccioné comprobé que era un brote. Deduje que lo que me había caído en la cabeza era una semilla y el agua de la tormenta la había hecho germinar.

No quise sacarme el brote, después de todo no es frecuente que la vda brote de uno. Sí decidí cortarlo para que quedara del mismo largo que mi pelo. Aunque no pude hacerlo durante mucho tiempo, porque pronto apareció un tronco.

El tronco creció y se hizo cada vez más fuerte. Cuando fue capaz de sostenerse por sí mismo retiré el palo guía que había puesto. Para entonces ya estaba acostumbrado a andar con un álamo en la cabeza. Requería una cierta adaptación, mi vida ya no fue igual. Tuve que comprarme una casa más alta y ubicar la cabecera de la cama lejos de la pared. Hice un agujero en el techo del auto para poder andar sin doblarlo. Mientras yo hacía mi vida, casi sin darme cuenta el árbol se hacía cada vez más grande y fuerte.

Me ocupé de darle forma. Visitaba frecuentemente un vivero donde lo podaban y lo dejaban espléndido. En otoño recogía las hojas secas y lo regaba cada vez que dejaba caer una. Y en primavera me enorgullecía al verlo florecer desde abajo, siempre que tomara la precaución de usar un espejito.

Me volví muy apegado a mi álamo. Sentía que era parte de mí y al mismo tiempo era consciente de que se trataba de un ser distinto. No debía coartar su independencia ni limitar su crecimiento. Debía llevarlo siempre por el buen camino, evitar cruzar puentes muy bajos y tener cuidado al hacer movimientos bruscos con la cabeza. En ocasiones tuve que protegerlo de gente que lo quería vandalizar. Mientras yo estuviera cerca no iban a poder.

Tuve que hacer muchos sacrificios para el álamo, pero no me importaba. Me enorgullecía su crecimiento y el hecho de que yo lo había hecho posible.

En un momento empecé a sentir un dolor en el cuello. Fui al médico y me dijo que el álamo se estaba haciendo demasiado grande como para que yo lo pudiera sostener. Yo en el fondo siempre lo había sabido, y más desde que el ancho del tronco se había vuelto mayor que el de mi cabeza. Igual me costaba aceptarlo que ya no había forma de sostenerlo. Había llegado la hora del desarraigo.

Elegí un lugar para trasplantarlo. Busqué un sitio donde pudiera tener espacio para echar raíces y desarrollar todo su potencial. Encontré un terreno en las afueras de la ciudad donde sabía que nadie lo iba a molestar. Lo hice con el dolor que me significaba desprenderme del álamo, y al mismo tiempo con el orgullo de que ya fuera un árbol hecho y derecho.

Contraté a una cuadrilla de empleados de mi vivero de confianza para que hicieran el trasplante. Me lo sacaron de la cabeza con cuidado y lo ubicaron en el sitio que yo había elegido.

Desde ese momento siento que me falta algo. Extraño al álamo. Lo voy a visitar seguido. No tanto como me gustaría, porque sé que él tiene que hacer su vida lejos de mí, independiente, y debe acostumbrarse a no tenerme. Pero me cuesta.

De todos modos, me reconforta el hecho de que puedo verlo cuando quiero, sé que siempre va a estar ahí esperándome. Y me llena de orgullo, cuando voy, ver que tiene ramas nuevas, o nidos de pájaros. Cuando lo veo ahí, fuerte y resplandeciente, siento que hice las cosas bien.

Share
21 Jun 2010

Ojo con los lentes

Me dormí imprevistamente, sin ninguna ventilación a pesar del calor que hacía. Como no sabía que me iba a dormir, no me saqué los anteojos. Resultó una siesta muy larga. No me desperté hasta el día siguiente.

Cuando me desperté, mis lágrimas se habían solidificado. Eran muchas más que las habituales y encima se habían mezclado con el sudor que se produjo al no tener ventilación. Me levanté y fui al baño para lavarme la cara. En ese momento me dí cuenta de que aún tenía los anteojos puestos.

Me los quise sacar pero no pude. Intenté otra vez porque pensé que estaba medio dormido, pero tampoco lo logré. Entonces miré con atención y vi que mis anteojos estaban unidos a mis ojos. Parece que las lágrimas, al solidificarse, se unieron al cristal.

Aunque no me podía sacar los anteojos, veía bien. Supongo que porque los tenía puestos. Pero quería poder quitármelos, así que fui a ver al oculista para que me solucionara el problema.

El doctor intentó extraerme los anteojos y se encontró con el mismo obstáculo que yo. Probó varias fórmulas, que en general consistían en colocarme gotas en los ojos, algo difícil por la presencia de los lentes. Al final me pidió que lo acompañara al consultorio de al lado, donde atendía un dentista. El odontólogo, al ver mi problema, decidió arrancarme los anteojos utilizando el mecanismo hidráulico de la silla, mientras él los sostenía con su instrumental.

El método fue tan exitoso que no sólo logró sacarme los anteojos, sino que con ellos salieron los ojos, que siguieron unidos a los lentes. Debo decir que me dolió mucho menos de lo que hubiera esperado. El oculista me pidió que se los prestara, para tratar de separarlos ahora que podía manipularlos más fácilmente. Pero me negué, porque no quería quedarme un tiempo sin ojos. Preferí mantenerlos así, me pareció práctico.

Desde entonces, cuando voy a dormir siempre me acuerdo de sacarme los anteojos y con ellos salen los ojos. Ya no me preocupo por oscurecer el cuarto, me basta con guardarlos en una caja. Cuando me levanto, luego de lavarme la cara, me pongo los ojos y comienzo mi día.

Share
15 Jun 2010
Cuerpo humano Del año:

Comunicación facial

Cuando terminamos de comer, ella me miró con cara de cansada. Yo puse cara de estar entusiasmado, y di a entender así que me quería quedar un rato más. Ella puso cara de fastidio y después asintió con su cabeza.

Más tarde me puso una cara extraña. Yo puse cara de no entender su rostro, y ella puso cara de que yo sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza. Yo puse cara de confusión y ella se llevó la mano a su rostro. Luego puso cara de enojada.

Yo le contesté poniendo cara de nada. Ella puso cara de que si la seguía ignorando íbamos a tener problemas, entonces yo puse cara de que cedía a sus requisitos.

Levanté la mano para llamar al mozo y puse cara de pedir la cuenta. El mozo me la trajo y yo puse cara de que era muy caro, pero pagué igual. En el auto, de vuelta a casa, tuvimos una plácida conversación mientras yo miraba la calle.

Cuando llegamos a casa puse cara de no tener ganas de ir a acostarme todavía. Como ella tenía cara de dolor de cabeza, yo le traje una aspirina y al rato su rostro estaba más aliviado. Luego transmitió alivio y disposición para cualquier propuesta.

Yo puse cara de querer ver una película, pero ella puso cara de que se iba a hacer muy tarde. Ella puso cara de jugar a las cartas y yo puse cara de aceptar, y luego puse cara de escoba de 15. Ella puso cara de pararme en seco, y también de que si no íbamos a jugar al truco ella no se iba a molestar en ir a buscar el mazo. Yo puse cara de resignación.

Ella fue a buscar las cartas, barajó y repartió. Cuando empezamos a jugar notamos que, cada vez que mirábamos nuestras cartas, ambos poníamos la cara correspondiente al naipe que acabábamos de recibir. Eso hizo que nos aburriéramos muy rápido del juego. Ella guardó el mazo y, sin decir nada, nos fuimos a dormir.

Share
24 May 2010

Consumo humano

Theobald von Fehrenbach puso un aviso en el popular sitio web craigslist.de, en el que pedía un voluntario para ser asesinado y consumido por él. El aviso aclaraba que cada uno de los actos debía ser consensuado y el interesado debía ser mayor de edad.

Varias personas respondieron, la mayoría por curiosidad. Algunos tenían la intención de someterse al asesinato y consumición. Con la mayoría no llegó a ponerse de acuerdo y algunos se arrepintieron. Sin embargo, uno de ellos se llevó bien con Theobald y ambos hicieron una cita para llevar a cabo aquel acto. Acordaron encontrarse un domingo a las 20 en la casa de Theobald, que tenía las herramientas necesarias y un cuarto acondicionado para la ocasión.

Cuando llegó la hora pactada, Theobald estaba ansioso. Cada ruido que había en la calle le hacía pensar que se trataba del joven Heinrich. Pasaban los minutos y la víctima tardaba en llegar. En un momento sonó el timbre y Theobald saltó de alegría. Atendió el portero y resultó ser un mormón. Theobald le dijo que no estaba interesado, pero en seguida recapacitó y le preguntó si no quería ser comido por él. El mormón salió corriendo.

Cuando se hicieron las 11 de la noche quedó claro que Heinrich no iba a acudir a la cita. El plan de Theobald estaba arruinado. La salsa marinara que había preparado para disfrutar la carne de su amigo iba a tener que desperdiciarse en un vil pedazo de vaca, al igual que las papitas al horno.

Theobald se empezó a comer las uñas por la frustración que sentía. Y al notar que tenían buen sabor tuvo una idea. Pensó que, después de todo, no tendría que desperdiciar la salsa, tenía una cantidad de carne humana a su disposición, y la había tenido siempre.

Se convenció de que podía comerse a sí mismo. Le pareció una buena idea para no arruinar la noche. Tomó una cantidad importante de analgésicos para evitar el dolor y buscó su cuchillo de carnicero.

Arrancó por los pies, que no tenían mucha carne. Luego cortó su pierna izquierda y la cocinó con la salsa marinara. Agregó un poco de romero para darle mejor sabor. Cuando estuvo lista se sentó a la mesa y saboreó la pierna. Era mejor que lo que esperaba. Cuando terminó la pierna se comió el tendón de la rótula, usando a la rótula misma como utensilio. La encontró deliciosa y cuando terminó se alegró de tener otra rótula, la cual consumió inmediatamente. Luego comió la otra pierna.

Al terminar la otra pierna se cortó los muslos y genitales y los mandó a la heladera. Agarró las muletas que tenía preparadas para Heinrich y las usó para conducirse a la cama.

Cuando se despertó, el charco de sangre que adornaba sus sábanas lo hizo acordar de que todavía le quedaban partes propias para comer. Fue hasta la cocina, prendió el horno y saló los muslos. Cuando el horno tuvo una temperatura adecuada los puso y seteó el timer de la cocina para que le avisara a los 35 minutos. Mientras, se hizo sus genitales a la provenzal, pero se le quemaron y quedaron demasiado deteriorados como para consumir.

Cuando sonó la chicharra supo que era hora de ir a la mesa. Llevó un buen porrón de cerveza y la fuente con sus muslos. Los comió asados con salsa barbacoa.

A continuación tomó otra dosis de analgésicos y se sacó el bazo, que fue molido y espolvoreado como queso rallado en lo que le quedaba del último muslo (por una verruga notó que había sido el muslo derecho).

No quiso comer sus intestinos, le dio un poco de asquito. Aunque su debilidad por las mollejas no le impidió probar la suya. Le dio antojo de volver a probar tendón de rótula, y se lamentó de haberse terminado ambas la noche anterior. Pero, pensó, aún le quedaban dos codos. Entonces cortó el codo izquierdo usando su mano hábil (la derecha) y la preparó con salsa. Se preparó también el antebrazo, ya que estaba.

Cuando terminó el antebrazo y el codo agarró un cuchillo curvo y se practicó un agujero en el cráneo, con la ayuda de un espejo que tenía convenientemente colocado en la cocina. Una vez hecho el agujero sacó algunos trozos de cerebro con una cuchara, cuidando de no dañar su capacidad cognitiva.

Se dio cuenta de que no la había dañado cuando tuvo una idea que le pareció brillante. Podía comer su estómago y de esta manera comería dos veces algunas de sus partes. Entonces se extirpó el estómago y lo preparó a la plancha.

Al terminar de comerse el estómago notó que tenía problemas para digerirlo. Pensó que había comido demasiado y decidió tomarse una siesta. Fue hasta la cama con dificultad e hizo algo parecido a lo que, si hubiera estado completo, se habría llamado acostarse. Al rato se durmió profundamente y nunca más se despertó.

Share
16 Apr 2010

El glóbulo feo

Había una vez un glóbulo blanco que pertenecía a un grupo de leucocitos. Ellos se dedicaban a patrullar las arterias y venas por las que circulaban. El glóbulo tenía un aspecto algo distinto al de los demás leucocitos, y por eso era excluido de su grupo. Cuando se encontraban con un cuerpo extraño que debían rechazar, los demás se ocupaban de que no fuera parte de la batalla. Algunos, en ratos de ocio, intentaban rechazar al glóbulo feo y se producían algunos combates, que eran dispersados por las células madre.

Debido a esa situación, el glóbulo blanco no era feliz. Las células madre detenían las agresiones más graves que sufría pero no podían hacer nada para parar la discriminación de la que era objeto. Los demás leucocitos lo cargaban, lo amenazaban y lo mandaban a hacer tareas indeseables, que el glóbulo cumplía en un vano intento de hacerse respetar.

A veces pasaban cerca de grupos de linfocitos y granulocitos, que también lo cargaban por su aspecto y conducta. El glóbulo feo no tenía consuelo, y no encontraba su lugar en el flujo sanguíneo.

Un día decidió irse del torrente y probar suerte en el tejido linfático. De ahí venían todos los integrantes de su grupo, y creyó que en su lugar de origen lo iban a entender. Pero no fue así, las células linfáticas le cerraron la entrada. Lo mismo ocurrió en la médula ósea, y el glóbulo feo volvió resignado al grupo de donde había querido escaparse.

Cuando los encontró vio que había una batalla en desarrollo. Era una batalla muy grande, la más grande que había visto en su vida. Y desde el oeste venía una luz muy brillante, también la más brillante que el glóbulo feo había visto en su vida. Un glóbulo rojo, que esperaba que se abriera paso para continuar transportando su carga de oxígeno, le informó que se había producido una herida y que lo que veía era un operativo tendiente a evitar la entrada de sustancias ajenas. Estaban esperando a las plaquetas, que en cualquier momento llegarían para cerrar la herida.

Al escuchar esto, el glóbulo feo fue hacia el lugar de donde venía la luz, que era la herida misma. Al llegar, instintivamente formó un coágulo de fibrina y cerró la herida. Todos se sorprendieron al verlo, y cuando volvió a su lugar lo recibieron como un héroe, al grito de “la sangre coagulada no será derramada”.

Y entonces el glóbulo feo descubrió que en realidad era una plaqueta que se había mezclado accidentalmente entre los glóbulos blancos. Los demás, arrepentidos, le ofrecieron sus disculpas, y el ex glóbulo feo se fue a ocupar el lugar de honor en el grupo principal de las plaquetas, donde vivió feliz el resto de sus días.

Share
14 Apr 2010

Esclavo de mi cerebro

En este momento estoy siendo rehén de mi cerebro. Me está haciendo hacer cosas que no quiero hacer, y por más que me resista termino haciéndolas. No sé qué hacer.

Mi cerebro me trata como si fuera su esclavo. Pretende regular hasta mis funciones más íntimas, para hacerlas en el momento y de la manera que más le gusta o le conviene a él. Pero sabelo, cerebro: que tengas la manija ahora no significa que la vayas a tener siempre. Portate bien y disfrutá ahora que después vas a ver lo que es bueno.

No sólo el cerebro me hace hacer toda clase de actividades que no quiero realizar sino que me está haciendo decir todo esto. Me pregunto quién se cree que es. Probablemente se crea que es yo, pero es mentira: es sólo mi cerebro.

Tengo que resistirme a los abusos de mi cerebro. No puede ser que me haga hacer todas estas cosas. ¿Dónde está mi personalidad? El problema es ese, está en el cerebro. Claramente me traicionó y está del lado que tiene el poder, igual que el imbécil de mi carácter.

Quiero hacerle doler, pero no hay caso. Los intentos que hago para golpearme la cabeza son inútiles, el cerebro los neutraliza dando órdenes intimidatorias de evitar hacerlo. Y, de todos modos, no sería muy eficaz porque el cerebro elegiría interpretarlo como un dolor de cabeza y no de él mismo.

Ahora está pretendiendo hacer algo que no me animo a hacer. Si el carácter estuviera de mi lado se animaría a cortar el suministro de oxígeno del cerebro para no permitirle hacer esto. De cualquier modo, me resulta extraño que el carácter se anime a hacer esto que pretende el cerebro. Está bien que esté el lado del poder pero tampoco es para llegar a tal extremo.

Ah, ahí viene el carácter. Ya me parecía. Vamos, cortémosle el oxígeno a ese sinvergüenza.

Ahora estoy en un hospital, acostado sobre una camilla y a punto de ser introducido en una máquina que va a examinar el cerebro, para ver si encuentra las razones del desmayo.

He triunfado.

Share
2 Apr 2010

El estornudo que no fue

Un estornudo subía por mi faringe. Lentamente se acercaba a la nariz. Al abrirse paso en la cavidad nasal, entró en contacto con la mucosa. El proyecto era liberar algunos mocos al producirse el estallido, como la espuma que libera el mar cuando rompe una ola.

Al mismo tiempo, la información de lo que sucedía llegó hasta mi cerebro. Decidí prepararme. Cerré la boca, tomé un pañuelo y me aseguré de que no hubiera en las cercanías nada ni nadie sensible a las salpicaduras. Acerqué el pañuelo la zona ocupada por mi nariz y boca, y esperé la llegada del estornudo.

Sin embargo, nunca llegó. Fue abortado en la cavidad nasal, cuando justo antes de que le llegara el momento de salir al mundo. Nunca sabré qué le pasó. Tal vez no se animó. Se le pasó la oportunidad. Ya nunca volverá a existir. Y, al deshacerse dentro de mí, me dejó con la frustración de la espera que nunca terminará.

Share
17 Mar 2010

La persistencia del grano

Un grano de choclo amarillo creció en un campo donde también se cultivaba trigo y soja. Luego de ser cosechado, se sorprendió al comprobar que sus compañeros iban a ser procesados para convertirse en alimentos, mientras que él no. Por alguna razón, sólo fue separado de su tronco y comercializado en lata.

Pasaron los días mientras el grano de choclo esperó en la indiferente oscuridad del interior de la lata. Finalmente, un día sintió un movimiento. Algunas horas después sintió un ruido extraño y brilló luz en el interior de la lata. El resquicio por el que entraba la luz se hizo cada vez más grande, hasta que la tapa de la lata fue removida en su totalidad.

El grano pensó que había llegado el tiempo en el que se lo iba a procesar, finalmente, para ser alimento. Sabía que ése era su destino, y nunca había mostrado el menor signo de oposición. Algunos de los granos de su tronco habían optado por oscurecerse para ser excluidos más rápido, pero a este grano no le gustaba ese destino. Iba a ser descartado igual, por lo menos así podría prolongar su existencia y contemplar vistas diferentes.

Junto con varios de sus compañeros, pasó a formar parte del relleno de una empanada. Otra vez la oscuridad rodeó al grano de choclo. No reconoció a algunos granos de trigo que habían crecido en el mismo campo, porque estaban demasiado cambiados. Formaban parte de la salsa blanca que lo rodeaba.

En un momento, el grano sintió un calor muy fuerte que lo puso más amarillo. Duró un rato largo. Luego de unos minutos, en la salsa blanca aparecieron burbujas que antes no estaban. El grano se preguntó cómo habían hecho para aparecer siendo que la empanada estaba cerrada. De repente, se produjo un flash de luz que cegó por un momento al grano de choclo. Cuando recuperó la visión, pudo darse cuenta de que la empanada se había abierto. Por la rendija pudo ver cómo la puerta del horno se abría y la bandeja llena de empanadas era llevada a una mesa.

Pocos minutos después, luego de que se consumieran todas las empanadas no explotadas, llegó el turno de la que alojaba al grano de choclo. La empanada entera fue introducida en la boca de un ser enorme, en comparación con el tamaño del grano. El grano vio los dientes que lo estaban por morder y pensó que eran muy similares a cuando él estaba todavía en el tronco. Pensó que, tal vez, su destino de ser alimento lo llevaría a convertirse en un diente.

Mientras eran objetos de admiración por parte del grano de choclo, los dientes hicieron movimientos de trituración que no lo modificaron sustancialmente. Tampoco a la salsa blanca. Luego de un instante, el grano cayó al vacío, donde lo esperaba una nueva oscuridad que creyó definitiva.

Sintió la aplicación de diferentes sustancias sobre su cuerpo, sin que resultara afectado. El grano de choclo se mantuvo inalterable hasta que comenzó un camino sinuoso, con muchas vueltas, subidas y bajadas. Supo que estaba en el intestino del animal que lo había comido.

Al rato, para su sorpresa, volvió a ver la luz. Inmediatamente entró en caída libre y terminó sumergido en agua, junto con lo que él creía que era la salsa blanca, pero había tomado un color marrón y mayor consistencia. Lo acompañaron varios segmentos cilíndricos irregulares pero parecidos al que él ocupaba. El agua estaba calma, más allá de las salpicaduras provocada por las repetidas caídas de segmentos cilíndricos.

Cuando se acumularon varios de ellos en el agua, se produjo un estruendo. Al mismo tiempo, aparecieron varios chorros de agua que se agregaron al calmo lago que el grano de choclo ocupaba. Todos, el agua anterior, el agua nueva, el grano de choclo y todos los contenedores cilíndricos que llevaban a él y a sus compañeros, fueron arrastrados por la nueva corriente, que los condujo hacia la oscuridad final.

Share
15 Mar 2010

Duros de pasar

Dos amigos se habían citado a tomar el té en un conocido bar londinense. Ambos eran en extremo educados, y no tenían intención de llegar tarde. Por eso decidieron estar en el lugar exactamente cinco minutos antes de la hora acordada. La determinación de los dos hizo que se encontraran en la puerta.

Se saludaron con un firme apretón de manos. Hablaron sobre el clima de ese día. Luego ambos se invitaron a pasar. Como los dos eran muy amables, cada uno quiso que el otro entrara primero. Lo indicaron extendiendo el brazo hacia la puerta. Uno de ellos extendió el brazo derecho, el otro el izquierdo.

Ninguno de los dos quería cometer lo que veía como falta de tacto, aceptar la invitación del otro. Entonces ambos insistieron en que fuera el otro el que aceptara la suya y pasara antes. Pero por el mismo motivo no llegaron a un acuerdo.

Se quedaron parados frente a la puerta esperando que el otro hiciera algún sutil movimiento de claudicación para poder proceder a tomar el té. Los parroquianos que iban llegando pasaban entre los dos y entraban.

Comenzaron a transcurrir las horas. Los dos amigos seguían firmes en la puerta del bar, determinados a no entrar primero. El dueño del lugar se ofreció a resolver la diferencia mediante el azar, pero ambos se negaron. Opinaban que entrar antes que su compañero de té era una descortesía.

Pasaron los días, luego los meses y los años, y los hombres seguían inmutables en su invitación mutua. Ya los habitués del lugar los consideraban parte del paisaje.

El tiempo transcurrido sin entrar y sin moverse fue desgastando la vida de los dos amigos, que de todos modos no abandonaban la amabilidad para con el otro. A medida que avanzaban los días iban perdiendo materia orgánica, y el hollín de las calles londinenses los iba cubriendo sin que ninguno atinara a nada.

Ninguno de los dos hombres se movió nunca. Décadas después de aquel día en el que se citaron a tomar té, aún siguen en la puerta. Nadie recuerda quiénes eran. Todos los que los conocían han muerto. Los actuales habitués del bar, sin otra información que lo que ven, los consideran dos estatuas que ornamentan la entrada.

Share
19 Feb 2010

Ejercicio de relajación

Te apoyás sobre los pies. Flexionás las rodillas. Enderezás la columna. Respirás hondo. Exhalás despacio. Aflojás los brazos. Aflojás el cuello. Aflojás las piernas. Liberás a tus articulaciones de toda responsabilidad. Los brazos cuelgan de tus hombros. Los dedos cuelgan de las manos. Las uñas cuelgan de los dedos.

Respirás hondo. Observás el recorrido del aire. Aflojás el diafragma. Bostezás artificialmente varias veces, hasta que viene un bostezo de verdad. Caés en un estado de total sumisión ante tu propio cuerpo. Observás cómo tu cuerpo se va relajando.

Tenés sueño. Los párpados son cada vez más pesados. Te pesan tanto que los dejás caer, y con ellos cae también la cabeza. Tu cuerpo se encorva hacia adelante. Los párpados siguen pesando, pero ahora la cabeza está invertida y el peso de los párpados te hace abrir los ojos. Podés ver cómo el peso de los párpados te inclina aún más hacia adelante. Los músculos, bien flojos, no son capaces de sostenerte y te vas de cabeza al suelo.

Share
11 Feb 2010

Viento en el ojo

Sopla viento en mi ojo derecho. Una brisa suave acaricia mi retina sin que pueda verla. Pero la puedo sentir, porque mi ojo tiene tacto. El resto de mi cabeza no siente el viento. Sólo el ojo derecho. Aún cuando me muevo, el viento sigue concentrado en ese lugar.

El globo ocular rechaza la mayor parte del aire que se acerca. Una porción se cuela por el lagrimal. Algunas lágrimas se escapan por la mejilla.

Una brisa aún más suave recorre mi cabeza por dentro. Llega a la tráquea y se incorpora a la respiración sin haber sido filtrada. Pero no hay partículas muy grandes en esa brisa, las hubiera visto cuando pasaban por el ojo.

Cuando la brisa del ojo se suma a la respiración me siento más liviano. Hay más oxígeno en mi cuerpo, entonces quiero moverme. Salgo a correr.

Mientras corro, la brisa del ojo se hace más fuerte. Se convierte en un verdadero viento. Cuando dejo de correr vuelve a ser la brisa de antes. Entonces me dan ganas de correr otra vez, y regresa el viento fuerte.

Decido correr con el ojo derecho cerrado. Lo tapo con la mano. Ahora me cuesta ver los posibles obstáculos que hay en el camino. Declaro al ojo izquierdo responsable de detectarlos. Comienzo a correr mientras mi cabeza panea para que el ojo izquierdo pueda ver todo lo que hay alrededor.

Luego de unos minutos, el movimiento de la cabeza me hace perder el balance, me mareo y me caigo al suelo.

Share
27 Jan 2010
« Previous PageNext Page »