Ejercicios

Soy muy querendón

Hoy me di cuenta de que quiero a toda la gente. Los quiero sin condicionamientos, hagan lo que hagan, y sin distinción de sexo, raza, nacionalidad, equipo de fútbol ni nada por el estilo. La verdad, a veces me doy un asco terrible.

No es intencional quererlos a todos. Es una porquería. No puedo fantasear con la muerte o el sufrimiento de alguien, porque ahora me hago sufrir a mí mismo. Me preocupo porque todos estén bien, y es inevitable que unos cuantos en determinado momento anden mal, entonces yo también me pongo mal. Soy un pelotudo.

Si sólo confinara el cariño a mi círculo íntimo, o algo más o menos controlable, podría funcionar. Me gusta querer, pero hay alguna gente a la que no tengo ninguna intención de querer. Sin embargo, lo hago. Mi amor es demasiado generoso. Parece que la única persona a la que no quiero soy yo mismo.

Los quiero a todos, aún a los roñosos, los delincuentes, los energúmenos, los nabos y los forros. No sé quién me manda a ser tan amplio. Tengo que hacer una buena autocrítica, conseguir ser más fuerte de carácter y permitirme dejar de querer a la mayoría. A algunos, incluso, debería odiarlos. Pero soy un blando de mierda y los quiero.

Espero que, mínimamente y aunque ya lo tengan, por lo menos algunos hagan algún esfuerzo para merecer mi cariño.

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1 Aug 2010
Ejercicios Del año:

Esto nunca ocurrió

Hernán entró a su casa. No, digamos que Hernán entró a una casa. No, tampoco. Hernán tocó timbre y le dejaron entrar. No. Hernán abrió la puerta de calle y subió en ascensor hasta su departamento. Pero llamarlo Hernán puede ser sospechoso. No estoy hablando de nadie que yo conozca, y menos de ningún Hernán que yo conozca. Mejor cambiémosle el nombre. Es Santiago, no Hernán. Lo dicho anteriormente de un departamento se aplica a Santiago. Olvídense de Hernán.

Santiago, decía, acababa de entrar a su vivienda. Cuando cerró la puerta notó un olor extraño. En realidad no notó un olor extraño, esto lo digo para diferenciar lo que realmente pasó de lo que estoy contando. El olor que Santiago no notó venía del baño. No, venía de la cocina. Sí, venía de la cocina pero no de la cocina en tanto electrodoméstico sino del ambiente donde se encontraba esa otra cocina. Más exactamente, había olor en el lavarropas. Créanme que el lavarropas de Santiago estaba en la cocina.

Santiago notó que el olor le era familiar. No, mentira, no le era familiar en absoluto. Él nunca había estado en presencia de un olor semejante. Bueno, eso tampoco es 100% cierto. Alguna vez había olido algo así pero no se acordaba bien cuándo. En realidad, debo decir, Santiago se acordaba pero yo no. Sepan disculpar.

Santiago supo que había algo en su lavarropas. Pero lo supo mucho después, una vez que todo esto hubo terminado. En ese momento no sabía nada. No estoy acusándolo de premeditación, que se entienda bien. Queda establecido que Santiago no sabía lo que iba a encontrar en el lavarropas. Pero tal vez sea justo decir que sospechaba que lo que encontraría de abrirlo no iba a ser nada bueno.

Santiago se dispuso a abrir el lavarropas. En verdad, esa afirmación no es completamente rigurosa. Santiago dudó muchísimo. Pensó en llamar a alguien. Pero no supo a quién. Finalmente se decidió y abrió el lavarropas.

No, no fue así. No abrió el lavarropas. Santiago no tenía lavarropas. Es más, ni siquiera se llamaba Santiago. Era Adrián. Adrián, no Santiago ni Hernán, había entrado a su departamento, no a su casa ni a una ajena, y había sentido un olor que provenía de la cocina, donde no tenía un lavarropas. Sería absurdo tener un lavarropas en la cocina, nadie lo creería. Pido disculpas por haber inventado una historia tan poco creíble.

Lo que ocurrió fue esto. Posta. Adrián entró a su departamento y sintió un olor extraño que provenía de alguno de sus ambientes. No, no debí haber escrito eso. Lo que sintió fue un ruido extraño. Eso es más razonable. Más realista también. No, más realista no es. Perdón. Es sólo más razonable. Adrián escuchó un ruido. Nop. Oyó un ruido es lo que debí haber dicho. Era un tenue ruido metálico que se repetía haciéndose más fuerte cada vez.

En realidad no era un ruido metálico. Era como pequeños golpes, como pisadas. Como si hubiera alguien más en su hogar. Alguien estaba ahí, tal vez para robar. Adrián se alarmó. No, no se alarmó, Adrián era muy valiente. Adrián tuvo precaución. Sí, eso. Adrián agarró su celular y llamó a la policía. Pero lamento decir que una vez más falté a la verdad. No ocurrió esto que acabo de decir. Sí llamó a la policía, pero desde el teléfono fijo de la vivienda a la que acababa de entrar. No tenía celular. Aunque en verdad sí tenía celular pero se le había acabado la batería.

La policía no tardó en llegar. No, en realidad sí tardó un rato, no se puede no tardar. Lo que quiero decir es que un patrullero llegó rápido, y la patrulla que contenía subió al departamento no mucho tiempo después de la llamada que realizó Adrián desde el teléfono fijo de su departamento cuando oyó ruidos extraños como pisadas que provenían de alguno de sus ambientes en el momento en el que acababa de entrar.

Pero no fue así como lo estoy contando. Tengo que corregir un par de detalles. Adrián entró al edificio pero no al departamento. Se quedó en la puerta y entró pero después de la llegada de la policía. Había llamado por celular, no por el teléfono fijo, y la batería sí se acabó pero después de esa llamada. Y se constató que los ruidos de pisadas que oía eran los de la policía que respondía a su llamado.

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28 May 2010
Ejercicios Del año:

Comunicación facial

Cuando terminamos de comer, ella me miró con cara de cansada. Yo puse cara de estar entusiasmado, y di a entender así que me quería quedar un rato más. Ella puso cara de fastidio y después asintió con su cabeza.

Más tarde me puso una cara extraña. Yo puse cara de no entender su rostro, y ella puso cara de que yo sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza. Yo puse cara de confusión y ella se llevó la mano a su rostro. Luego puso cara de enojada.

Yo le contesté poniendo cara de nada. Ella puso cara de que si la seguía ignorando íbamos a tener problemas, entonces yo puse cara de que cedía a sus requisitos.

Levanté la mano para llamar al mozo y puse cara de pedir la cuenta. El mozo me la trajo y yo puse cara de que era muy caro, pero pagué igual. En el auto, de vuelta a casa, tuvimos una plácida conversación mientras yo miraba la calle.

Cuando llegamos a casa puse cara de no tener ganas de ir a acostarme todavía. Como ella tenía cara de dolor de cabeza, yo le traje una aspirina y al rato su rostro estaba más aliviado. Luego transmitió alivio y disposición para cualquier propuesta.

Yo puse cara de querer ver una película, pero ella puso cara de que se iba a hacer muy tarde. Ella puso cara de jugar a las cartas y yo puse cara de aceptar, y luego puse cara de escoba de 15. Ella puso cara de pararme en seco, y también de que si no íbamos a jugar al truco ella no se iba a molestar en ir a buscar el mazo. Yo puse cara de resignación.

Ella fue a buscar las cartas, barajó y repartió. Cuando empezamos a jugar notamos que, cada vez que mirábamos nuestras cartas, ambos poníamos la cara correspondiente al naipe que acabábamos de recibir. Eso hizo que nos aburriéramos muy rápido del juego. Ella guardó el mazo y, sin decir nada, nos fuimos a dormir.

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24 May 2010

Desorientado

¿Dónde estoy? Está oscuro. Estoy solo. Estoy perdido. Tengo miedo. Oigo ruidos. Quiero irme. Salir corriendo. No puedo. No veo. Sólo escucho. Oigo voces. ¿Hay gente? Sí, hay. Son dos. ¿Serán buenos? ¿Habrá otros? ¿Me salvarán? Busco contactarlos. Me oyen. Se sorprenden. Me contestan. No entiendo. Hablan raro. Son extranjeros. O extraterrestres. Quién sabe. Me acerco. Me juego. Les hablo. Pido ayuda. No responden. Pasa tiempo. Son tímidos. Hablo nuevamente. Hago gestos. No entienden. Me miran. Me estudian. Me tocan. Son fríos. Me sueltan. Se sonríen. Se van.

Arranco mi caminata. Busco la salida. Si la hay. Elijo una dirección. Son todas iguales. Agarro para allá. Pasa un rato. No ocurre nada. Sigo mi camino. Es muy aburrido. Sigo con miedo. Estoy algo apurado. También estoy intrigado. No entiendo nada. ¿Qué estará pasando? ¿Será un sueño? Trato de pellizcarme. No lo logro. Intento otra vez. Ahora sí puedo. No me avivo. Sigo sin saber. Ya me enteraré. Alguna vez despertaré.

Empiezo a tener hambre. Esto sigue siendo misterioso. No hay ninguna señal. No veo a nadie. Esto es un desierto. Un desierto particularmente oscuro. También me agarra sed. ¿Dónde podré conseguir agua? Tal vez haya algo. Continúo el camino iniciado. Es difícil ubicarme acá. Puedo sentir mis huellas. Eso me permite orientarme. Saber para dónde voy.

¿Cuándo se acabará esta pesadilla? Mi hambre sigue estando presente. Incluso se fortalece cada vez. Me gustaría poder ver algo. Pero sigue estando muy oscuro. ¿Cómo es que llegué acá? ¿Quién demonios me pudo traer? ¿Habré fallecido sin darme cuenta? ¿Estaré en el más allá? Se supone que es blanco. Pero no se puede confiar. Son chismes sin mucha credibilidad. No se pueden verificar científicamente. Podría ser el más allá. Tal vez sea el infierno. Pero no, acá hace frío.

Basta de especular así. Me conviene no pensar. No hacerme la cabeza. ¿No habrá más gente? No hay ningún signo. Aquellas personas no aparecen. Tal vez fueron espejismos. Eso es muy posible. Yo las pude ver. Pero está muy oscuro. No se ve nada. Por eso no contestaban. Era que no existían. Pero sí me tocaron. Tal vez lo imaginé. ¿Me estaré volviendo loco? ¿Qué será de mí?

No sé nada. ¿Qué me pasa? Estoy muy nervioso. Tengo que calmarme. Ya podré salir. Esto se terminará. Es una etapa. Hay que pasarla. Tomarla con humor. Reírme un poco. Ja ja ja. No, no funciona. Sigo estando igual. ¿Habrá una salida? ¿Busco en vano? ¿Me moriré acá? No quiero eso. Tengo que perseverar. Cambio la dirección. Busco tener suerte. Quiero una explicación. Quiero ver algo.

Pasan horas. Sigo caminando. No termino. Nada cambia. Mucha oscuridad. Tengo hambre. Tengo sed. Estoy cansado. Me duermo. Me despierto. Camino más. Hago ruido. Bato palmas. Chasqueo dedos. Escucho eco. Hay límite. Lo busco. Pruebo nuevamente. Otro eco. Me acerco. Voy corriendo. Corro muchísimo. Sigo probando. Más eco. Estoy cerca. Sigo corriendo. Repentinamente choco. Una pared. ¡Una pared! ¡Hay algo! Me apoyo. Descanso algo. La abrazo. Siento algo. Algo escrito. Es Braille. Puedo leerlo. ¿Qué dice? Una palabra. Sólo una. La clave. Explicará todo.

“Rosebud”.

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10 Apr 2010
Ejercicios, Pop! Del año:

Historia de un argentino

Un argentino revolucionó la biología. Esto le trajo un gran prestigio en los ámbitos científicos. Más tarde, un argentino trabajó en la NASA. Sus descubrimientos en el campo de la biología le habían valido ese ofrecimiento, que aceptó sin titubear cuando apenas contaba con 22 años. El trabajo en la NASA, pese a ser muy exigente, le dejaba algo de tiempo libre, que dedicaba a jugar al golf. Llegó a ser un gran jugador, y al tiempo un argentino ganó el abierto de Estados Unidos.

Sus logros interesaron a un grupo de productores de Hollywood, que hicieron una película acerca de su vida. Un argentino tuvo su propia película. Y su impacto en el cine no quedó ahí, porque aplicó algunas técnicas que había aprendido en la NASA a la fotografía de la película, con lo cual un argentino revolucionó Hollywood.

Gracias a sus innovaciones, un argentino ganó el Oscar; y como las había patentado, un argentino fue el hombre más rico de California.

Habiendo conseguido tanto éxito, su espíritu inquieto hizo que se pusiera de nuevo a prueba. Emigró de los Estados Unidos y se fue a vivir a Inglaterra para dedicarse a la música, actividad para la cual había mostrado un gran talento de chico, antes de decidirse a estudiar biología. En sus tareas cinematográficas había conocido a algunos compositores que le habían ofrecido sus contactos en empresas discográficas. En poco tiempo, un argentino llegó a grabar en Abbey Road. El disco resultó muy exitoso, y un argentino fue premiado en Europa. En el viejo continente no olvidaban sus hazañas científicas, y ese mismo año un argentino ganó el premio Nobel de química.

Tan alto galardón le valió un gran prestigio en todo el mundo. Un argentino fue el “hombre del año” de la revista Time.

Viendo lo que había logrado desde la película biográfica, creyó que era buena idea hacer un nuevo film sobre su vida; esta vez dirigido por él, para de paso probar sus dotes de director. El film fue un éxito, y un argentino ganó el Jabalí de Oro en el Festival de Rennes.

No contento con todo lo que había logrado, un argentino construyó el rascacielos más alto del mundo. Más tarde un argentino usó gran parte de su fortuna para establecer la fundación de caridad más grande del mundo. Luego un argentino consiguió un avance importante en la lucha contra el cáncer. Tiempo después un argentino descubrió que el chocolate no engorda. Y al cumplir 60 años, un argentino fue elegido presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Después de un tiempo de ocupar ese cargo, un argentino acabó con el hambre en el mundo. Luego un argentino terminó con las guerras. Sin conformarse, un argentino eliminó las violaciones a los derechos humanos.

No conforme con todo lo que había conseguido, siguió ofreciendo incansablemente sus grandes dotes para beneficiar a la humanidad hasta que ocurrió el accidente del vuelo 388 de la línea aérea Air Ivoire, en Costa de Marfil, en el cual, entre las víctimas, se encontraba un argentino.

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4 Apr 2010

Umbrales

Subí a un umbral. Creí que estaba llegando, que me esperaba un mundo mejor, o por lo menos algo distinto. Pero no fue así. Para mi sorpresa, me encontré con otro umbral.

Entonces subí al otro umbral. Ahora sí, pensé, ha llegado el momento que estaba esperando. Iba a pasar del blanco y negro al color. Iba a convertirme en una persona mejor luego de dar aquel paso. Sin embargo, el umbral sólo conducía a un tercer umbral.

Decidí que, ya que la vida me había llevado hasta ese lugar, me debía a mí mismo subirlo. Al hacerlo, podría encontrar la respuesta a todas las preguntas de la vida, podría tener revelaciones nunca imaginadas por nadie, podría ver el mundo de otra manera. Lo subí entusiasmado, sólo para encontrarme con un umbral más.

Fastidiado aunque optimista, lo tomé como un desafío. ¿Quién podía saber adónde me conduciría ese umbral? Estaba claro que me iba a elevar, y tal vez esa pequeña diferencia de altura en mi cuerpo tendría efectos inconmensurables en mi alma. Era dudoso que ocurriera algo así, pero no podía dejar pasar la oportunidad, por más pequeña que fuera. Entonces subí al umbral.

Al apoyar los pies en ese umbral, vi que lo seguía otro.

Decidí que debía subir ese nuevo umbral aunque no me llevara a ninguna parte. “El camino es la recompensa”, y me vi inmediatamente recompensado con un nuevo umbral para seguir caminando.

En ese momento comprendí lo que ocurría. Supe que en vez de dar pasos sobre umbrales estaba subiendo una escalera. Era así. Miré hacia atrás y vi la escalera con una claridad inmensa, como nunca había visto nada en mi vida. Pensé que tal vez esa revelación, a esa altura de mi existencia y de la escalera, era trascendente. Era posible que mi intención de subir un umbral y la acción sucesiva de terminar en una escalera tuvieran un significado profundo para mi vida. Tal vez subir esos escalones era, en algún sentido, lo mismo que vivir. Me encontraba en la escalera de la vida.

Entusiasmado, decidí que debía seguir subiendo. Levanté mi pie derecho para subir no ya un umbral sino el siguiente escalón, y me propuse pisar con firmeza, aferrado a la vida y a la armonía con mi entorno.

El entusiasmo me había generado tanto impulso que quise seguir subiendo. Al dar el último paso busqué un escalón que no existía, pisé en falso y me caí. Fue en ese momento cuando supe que estaba en el final de la escalera. Ya no había más escalones para subir.

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Siempre llevo mi Biblia

El otro día estaba caminando por la calle y se me cayó la billetera en el agua podrida del cordón. Como veníamos de una tormenta, el agua era abundante y todos los billetes se me mojaron. Necesitaba aplastarlos para que pudieran terminar de secarse, y así poder usarlos. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

Al rato, fui al altillo de mi casa y, al prender la luz, encontré una cucaracha. El artrópodo salió corriendo en busca de la oscuridad, y necesité matarlo con un gran impacto, que tenía que ser distante y veloz. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

Unos días después, tenía mucho calor en el tren. Abrí la ventana pero se volvió a cerrar. Fallaba el sistema para mantenerla abierta. Hacía falta algo firme que la sostuviera y dejara entrar el aire, de modo que me refrescara un poco. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

Cuando llegué a trabajar, un clavo de la ventana estaba salido y me hizo un agujero en el pulóver. En mi trabajo no son muy rápidos para hacer los arreglos edilicios correspondientes, y el clavo salido estaba en un lugar por el que paso frecuentemente. Era necesario un buen golpe para hundirlo. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

Finalmente, llegué a mi escritorio. Al sentarme me caí, debido a que una rueda de la silla estaba en mal estado y con mi peso se terminó de romper. No necesitaba la movilidad que me proporcionaban las ruedas, pero sí algo que me permitiera estabilizar la silla, de modo que no me estuviera balanceando ni cayendo constantemente. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

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27 Dec 2009
Ejercicios Del año:
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