El rincón sensible

Rebeldía adolescente

Cuando estaba por ser adolescente me contaron más o menos lo que se venía: una transición hacia ser adulto que involucraba rebeldía. Y ser adulto, la verdad, no me hacía mucha gracia. Más curiosidad me daba el tema de la rebeldía. Empecé a esperar a ver cuándo me iba a dar por rebelarme. Pero no llegaba.

Yo tenía actitudes rebeldes, sí, pero no eran muy distintas de las que había tenido siempre. No me interesaba ser rebelde. Veía a los demás, que a veces tenían esa clase de actitudes, y me provocaba cierto rechazo. No me parecía razonable. Y varias veces ni siquiera era rebelión en serio, siempre hubo muchos que seguían a la corriente y pensaban que se estaban rebelando.

Así que se puede decir que me rebelé contra la gente de mi edad, porque me resistí a ser como ellos. En realidad, me resistí a no ser como yo. No tenía ganas de ser distinto, sino de seguir siendo el que era. Por eso trataba de conservarlo.

Con el tiempo me di cuenta de que mi rebeldía consistía en eso: resistir los cambios y el paso del tiempo. Mi rebeldía, en fin, fue contra la adolescencia.

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28 Jan 2012

Siempre la misma lluvia

No llovían recuerdos. No llovían signos de admiración, ni papelitos, ni partículas de polen. No llovían ideas, no llovían cuchillos, no llovían dólares. No llovían números, ni tarjetas, ni solicitudes, ni rayos de luz. No llovían destornilladores, no llovían tornillos. No llovían mundos. No llovían segmentos de recta. No llovían patos, ni lápices, ni teléfonos. No llovían vidrios rotos, ni chipás, ni patas de pollo, ni objeciones, ni flechas, ni neumáticos, ni personas, ni discos de oro, ni elogios, ni títulos honoríficos, ni fósforos, ni macetas, ni sinécdoques, ni diéresis, ni crema. No llovían plurales, ni llovían pomelos. No llovían lupas, no llovían miguelitos, no llovían pañuelos. No llovían electrodomésticos. No llovían narices de payaso, ni números digitales, ni reglas de tres, ni paños menores. No llovían menores. No llovían gases, ni películas, ni dientes, ni obstetras. No llovían notas musicales, ni sal, ni sodio. No llovían pterodáctilos. No llovían leños, no llovían biromes. No llovían sordos, ni maquillaje, ni tréboles, ni avestruces, ni locomotoras. No llovían visiones, no llovían sonidos, no llovían sentimientos, no llovían megáfonos. No llovían pechugas de pollo. No llovían bolos alimenticios, no llovían valijas, no llovían zapatos, no llovían botas, no llovían cocodrilos. No llovían legumbres, ni esponsales, ni resortes. No llovían enigmas, ni colores, ni estofado. No llovían brillantes genios dispuestos a dar la vida por el concepto de estar dispuestos a dar la vida por un concepto. No llovían peras. No llovían tijeras. No llovían carteras. No llovían pizzas. No llovían títeres, no llovían titiriteros. No llovían actores, ni guionistas, ni bolos, ni sustratos, ni goles. No llovían meteoritos, ni ósculos, ni trenzas. No llovían bigotes. No llovían quijotes. No llovían lingotes. No llovían orejas, ni bits, ni postales, ni cielos, ni manuales de instrucciones. No llovían tóxicos. No llovían perros. No llovían guillotinas. No llovían simposios. No llovían leguleyos. No llovían caramelos. No llovían calamares. No llovían amigos. No llovían pirañas. No llovían explosivos. No llovían zapatos. No llovían relojes. No llovían amarguras. No llovían maldades. No llovía bondad.

Sólo llovían gotas de agua. No hay caso, siempre que llueve pasa lo mismo. Uno se mata esperando poesía, o al menos un gesto para convencerse de que el mundo puede cambiar, pero nada, siempre la lluvia es igual.

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20 Dec 2011

El burbujero

El burbujero estaba en la plaza, como todos los domingos, vendiendo burbujas a los chicos. Cuando un chico convencía a sus padres de comprarle una, el burbujero sacaba una burbuja de su balde, la guardaba en una bolsa de red y se la entregaba con una sonrisa.

Ese domingo era igual a todos. El burbujero recorría los caminos del parque con su balde y se saludaba con el heladero, el calesitero y el barquillero. Además del balde de burbujas, llevaba un paquete de semillas para dar de comer a las palomas. Esto le causaba placer por sí solo, y también le atraía clientes, porque muchos chicos querían ver al hombre que era rodeado por las palomas.

En un momento, un chico lo vio y se entusiasmó tanto que se le acercó corriendo. El burbujero estaba distraído alimentando palomas, por eso no lo vio. El chico, que estaba aprendiendo a correr y todavía no había perfeccionado el arte de frenar, se chocó contra él. Por el impacto, se le cayó la bolsa de semillas adentro del balde de burbujas.

El señor no se enojó, porque sabía que los chicos eran así, no lo hacían a propósito. Pero las palomas sí se mostraron disconformes, porque les faltaba la comida que hasta el momento se les estaba proporcionando. Algunas palomas rodearon el balde, porque podían percibir alimento dentro de él. De repente, como treinta palomas impedían ver el balde.

Entre varias lo agarraron con las patas y volaron con él. Mientras, otras trataban de llegar a las semillas. Para hacerlo, se metían dentro y exploraban entre las burbujas, como si fuera un pelotero. Algunas conseguían semillas, pero siempre quedaban más, porque eran muchas y difíciles de ver. Entonces más palomas se metían en el balde, que estaba cada vez más alto.

Cuando fueron muchas las palomas, el balde se dio vuelta. Quedó con la abertura hacia abajo, y dejó escapar no sólo las semillas, sino las burbujas. Las palomas bajaron a buscar las semillas que se habían caído. Las que llevaban el balde lo soltaron, sin importarles el impacto que segundos después causaría. El lugar se llenó de palomas que buscaban semillas. Mientras tanto, miles de burbujas bajaban lentamente sobre la plaza.

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La barba es parte de mí

Mi barba me acompaña cuando estoy solo. Me es fiel. Siempre está ahí, siempre sé dónde la puedo encontrar. Es como una extensión de mi cuerpo. Es lo que soy. Es parte de mí.

Es como mi sombra, pero mejor porque está también cuando no hay luz. Y se la puede tocar, acariciar, peinar. Está siempre cerca de mi cara. Yo la cuido, porque ella me cuida. Cuando hace frío, me protege. Me rodea el cuello y me abriga como una bufanda.

Requiere cuidados para estar saludable. Igual que yo. Tengo que tratarla con suavidad, porque a pesar de ser resistente, es también delicada. Si pasan muchos días sin el aseo correspondiente, se pone tensa, desordenada, pinchuda. En cambio, cuando la trato bien está grácil y sedosa.

Ella define mi apariencia. Mi cara no termina en el mentón. Si no estuviera, parecería otra persona. Como que me faltaría algo. Los niños no podrían agarrarse de ella para estar cerca de mí. No podría atarla a los caños cuando el colectivo está lleno. No podría hacer cosquillas a la gente cuando hago el gesto de negación.

A veces parece tomar vida independiente. La punta se traslada hacia distintos lados. A veces me indica el camino. Otras veces le indica mi camino a los demás, como una luz de giro. Pero en general se mueve junto con mi cabeza, asintiendo cuando mastico, absorbiendo el aire que respiro, filtrando los mosquitos que puedan llegar al cuello.

Ocurre a veces que me la piso, porque soy achaparrado. La barba va al suelo también, se solidariza conmigo, y después se queda cabizbaja, inconspicua, como si le diera vergüenza haberme traicionado. Pero yo la perdono. Sé que no es su intención. Como tampoco se engancha a propósito en las puertas de los ascensores. Y ahí ella sufre más que yo.

A la noche, después de lavarme los dientes y peinarla con dulzura, me acuesto con ella. En realidad, me acuesto en ella. Apoyo la cabeza en mi mullida barba, que es mucho mejor que hacerlo en una almohada. Porque aunque no parezca, la barba es parte de mí.

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30 Oct 2011

El beso del Tic Tac

Una caja de Tic Tac de naranja y otra de cherry-mint, ambas a medio llenar. Juntas ocupan el doble de lugar que una sola, sin embargo la mitad de ese lugar queda vacío. Pero no se quieren separar. En ese momento surge la unión.

Las cajas abren sus tapas y se acercan sigilosamente. Es una maniobra delicada. Ambas se arriesgan a perder lo poco que tienen. Pero lo logran. Las dos aberturas se juntan en un instante mágico.

Las dos cajas se quedan paralizadas por un momento. Cada una tiene acceso a las profundidades de la otra. Pueden oler sus distintos sabores. Pueden tocarse con sus tapas. Pronto empiezan a sacudirse juntas.

El sacudón provoca el intercambio de material. Naranja y cherry-mint se juntan, se mezclan, se integran. Lo que antes eran dos sabores separados ahora son uno solo, mixto y capaz de proporcionar sorpresas. Así como una célula se divide en dos para reproducirse, los Tic Tac pasan a ser, de dos, uno.

Sin embargo, cuando se completa el proceso uno de los dos envases queda vacío. El otro está lleno y seguirá en uso, pero el primero está listo para ser descartado. Sin embargo, no se aflige. Sabe que lo importante es lo de adentro.

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5 Jun 2011

El Universo en la playa

Una persona, tirada en la arena, mientras contemplaba la inmensidad del mar reflexionaba sobre su insignificancia en el Universo. “Pensar que comparado con el Universo yo no soy más que este granito de arena”, pensaba.

A su alrededor, otras personas se hacían la misma reflexión. Cada uno se daba cuenta de su propia falta de importancia, y se asimilaba a un grano de arena. Pero como nadie decía en voz alta lo que pensaba, no se enteraban de que todos estaban pensando lo mismo. Estaban comulgando entre sí, estaban siendo parte de algo más grande que ellos, estaban dejando su propia individualidad para pasar a ser, entre todos, otra cosa, un ente superior. Cada uno era como un granito de arena, y juntos formaban una enorme playa de reflexión.

Pero no se limitaba a ellos. En las otras playas, aunque estaban aislados, otras personas formaban otras playas de pensamiento. Lo mismo ocurría en los desiertos, en las planicies. La gente observaba la enormidad y se ubicaba en su lugar. Todo el planeta estaba unido sin saberlo. Era como una gran bola envuelta en un mismo sentir. Y ese sentir hacía que todos tomaran conciencia de que el planeta, comparado con el Universo, era insignificante.

Sin embargo, y sin que lo supieran, en otros planetas se compartía el mismo sentimiento. La inmensidad del Universo era percibida en todos sus rincones, no había criatura que no pudiera compararse con el todo y salir perdiendo. Pero nadie tenía ganas de pronunciar su reflexión. Todos tenían miedo al ridículo, a generar un debate inútil, sin saber que el Universo entero tenía ganas de hablar de su insignificancia respecto del Universo.

El Universo, así, también estaba unido sin saberlo. La reflexión sobre la insignificancia trascendía a las galaxias, también insignificantes, y abarcaba cada rincón en el que hubiera alguien capaz de formularla.

Sin darse cuenta, todos juntos, pese a su insignificancia, habían logrado crear algo mucho más grande y trascendente que cualquiera de ellos. La humildad ante el Universo era tan grande como el Universo.

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El destructor de burbujas

Oscar no podía ver una burbuja sin explotarla. No le importaba que los otros la pudieran disfrutar. A él le molestaban, entonces hacía esfuerzos para terminar con ellas.

Su existencia lo perturbaba. Creía que cada burbuja escapaba del control humano al flotar libremente por el aire. Encontraba en ellas una metáfora de los sueños vanos del hombre, aquellos con los que la gente prefiere ocupar su cabeza en lugar de luchar por hacerlos realidad. Para Oscar, eso explicaba la fascinación que el resto de la gente tenía por ver o fabricar las burbujas.

El error de los demás, según él, era dejarse tentar por cualquier burbuja. Dejar lo que cada uno estaba haciendo por mirar, aunque fuera un rato, una burbuja que pasaba. Oscar sentía especial repulsión por la cara de enajenados que ponían todos al divisar una. La interpretaba como el rostro de la improductividad.

Por eso, consideraba su explosión de toda burbuja que anduviera cerca como un servicio a la sociedad. Él pensaba que no podía evitar que la gente se enganchara con cualquier cosa, pero por lo menos podía reducir las oportunidades de que eso pasara.

Los demás, sin embargo, no lo veían así. Lo consideraban un aguafiestas, un amargo, alguien sin nada mejor que hacer que molestar a los demás e interrumpirles su alegría. Pero Oscar no hacía caso a las críticas. Seguía con sus explosiones, convencido de que, popular o no, lo que hacía era lo mejor para todos. Y además, disfrutaba enormemente del acto concreto de explotar cada burbuja.

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3 May 2011

El objeto de su amor

Un pedazo de cinta Scotch revoloteaba a pocos milímetros de la vereda. Una cucaracha lo vio y se sintió atraída. Entonces lo siguió. Luego de una ardua carrera de varios metros logró alcanzarlo y mantenerse cerca de él. La cucaracha trataba de que el pedazo de cinta le prestara atención, pero no lo conseguía. La cinta sólo obedecía al viento.

El insecto movía las antenas en forma seductora. A pesar de sus innegables atractivos y de su espléndido estado físico, no parecía impresionar a la cinta, que seguía transparente a su existencia. El viento lo continuaba llevando a lo largo de la vereda. La cucaracha, no obstante, no pensaba rendirse sin dar pelea.

Cuando el pedazo de cinta cruzó la calle con el semáforo en rojo, la cucaracha tuvo un momento de duda pero lo siguió. Quiso mostrarle su determinación. Tal vez era una prueba, supuso. Pero al llegar a la siguiente vereda, felizmente sin ser alcanzados por ningún auto, la situación continuó igual. Lo único que cambiaba era la posición del pedazo de cinta, que a veces ofrecía al viento su lado de mayor superficie, con lo cual recibía más impulso. Otras veces se colocaba paralelo a la dirección del viento, entonces iba más despacio y el aire fluía a su alrededor. Y en algunos momentos se movía vertiginosamente, como si estuviera bailando. La cucaracha lo admiraba y hacía esfuerzos por regular la velocidad mientras realizaba maniobras para obtener la atención del pedazo de cinta. También maniobraba para evitar ser pisada por los indeseables transeúntes que a esa hora abundaban en la vereda.

Pero el pedazo de cinta no tenía tanto cuidado, y en un momento resultó pisado por uno de ellos. La cucaracha, al principio, no entendía qué había pasado. Pero rápidamente se dio cuenta y se decidió a rescatarla.

Corrió y corrió hasta llegar a la vecindad del pie. Se trataba de una misión peligrosa. Existía el riesgo de recibir un pisotón fatal por parte del mismo pie del que debía rescatar al pedazo de cinta. Debía realizar el acto heroico sin ser pisada y también sin ser vista, porque sabía que en ese caso se exponía a la posibilidad de un pisotón esta vez intencional.

La cucaracha se mantuvo a la sombra del transeúnte durante unos metros, mientras calculaba los pasos a seguir. Cualquier movimiento era peligroso, porque dependía de que se mantuviera el ritmo de los pasos. Un cambio repentino podía estropear los cálculos y acabar con la vida de la cucaracha. Pero sus ganas de salvar al pedazo de cinta pudieron más que el miedo. La cucaracha se lanzó en un salto espectacular hacia el lugar del zapato donde estaba atrapada la cinta, y logró rescatarla. Luego escaparon a toda velocidad.

Desde ese momento, fueron inseparables. El pedazo de cinta ya no prestaba atención al viento, acompañaba a la cucaracha a todos lados. Y continuaron así, pegados uno al otro, por el resto de sus días.

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6 Apr 2011

El método de la sortija

Felipe manejaba una calesita. Vendía los boletos, subía a los chicos y la ponía en marcha. Lo que más le gustaba era, durante las vueltas, pararse fuera del contorno giratorio y tentar a los que pasaban con la sortija, y la promesa de una vuelta gratis para quienes pudieran capturarla.

Durante los años que llevaba a cargo de la calesita, había desarrollado una técnica para el manejo de la sortija. El objetivo era que hacerse de ella fuera difícil pero no imposible. Con cierto esfuerzo, cualquier chico la podía agarrar, pero debía dedicarse y hacer méritos para conseguirla. Cuando la obtuviera, además de la vuelta gratis, se quedaría con la satisfacción del logro, y el aprendizaje de que hay que luchar por las cosas que valen la pena.

Entonces, Felipe se paraba al costado de la calesita y acercaba la sortija a las manos de los ávidos niños que iban llegando a su posición. La retiraba con delicadeza en el momento en el que la mano estuviera en condiciones de alcanzarla. La mano de Felipe daba vueltas, con distintos recorridos como para que nadie pudiera predecir el siguiente movimiento. Todo duraba un par de segundos, hasta que el chico pasaba de largo o, excepcionalmente, conseguía la sortija.

Un día, la plaza donde funcionaba la calesita levantó la concesión. Felipe no se desanimó. Resolvió convertirla en calesita ambulante, y vagar por la ciudad ofreciendo diversión giratoria a todos los niños. Entonces consiguió un camión y la montó en la parte de atrás. Luego empezó a llevarla los domingos a los distintos barrios.

Sin embargo, no tuvo mucho éxito. Pocos chicos concurrían a la calesita móvil. Era fácil saber por qué. En la plaza, todos sabían que estaba. Sin embargo, al volverse ambulante, sólo los que pasaban y la veían estaban en condiciones de subirse.

Era un problema que se podía arreglar con una campaña publicitaria. Felipe mandó a imprimir volantes, con la idea de pasar durante la semana por plazas, jardines de infantes y otros lugares donde hubiera muchos chicos para hacerles saber que ese domingo tendrían calesita.

Sin embargo, repartir los volantes le resultó muy difícil. Estar acostumbrado a la sortija hacía que amagara con entregar cada volante y luego se lo quitara de la mano a quien lo iba a recibir. Pero, al contrario de lo que ocurría con la sortija, nadie hacía ningún esfuerzo por arrancarle el volante.

La calesita de Felipe corría peligro. Así que cambió de estrategia. En lugar de repartir volantes, decidió ir directamente con la calesita a las cercanías de las plazas y repartir los volantes ahí. La respuesta fue enorme. Los chicos, ansiosos por saber cuándo y dónde podrían subirse a la calesita, hacían grandes esfuerzos para obtener los volantes. Una vez que conseguían uno, valoraban tanto lo obtenido que presionaban mucho a sus padres para que los llevaran el día que la calesita funcionaba. Entonces Felipe tuvo todos los domingos la calesita colmada de chicos con mucho entusiasmo por girar.

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28 Mar 2011

Las uñas son mías

Cada vez que me corto las uñas, siento que se va una parte de mí. Que estoy tirando al inodoro algo que me gasté en generar, y que por haber logrado una longitud más grande de la que es aceptable estéticamente tengo que mutilarlo.

Es cierto, la uña sigue ahí y vuelve a crecer. Pero no es lo mismo. Quedan siempre las huellas del alicate, que me recuerdan el contorno del último corte.

Siento que soy indiferente a una sustancia que salió de mis entrañas para luego ser descartada sin piedad. ¿Acaso las uñas son menos mías que la piel, que los ojos, que el corazón? ¿Qué clase de sádico habrá inventado el concepto de cortarlas? ¿Por qué no cortarme también los dedos?

Por eso trato de resistir la llegada del momento del corte. Lo dilato todo lo que puedo, pero siempre se llega a un punto en el que la suciedad se acumula de tal manera que empieza a perjudicar mi vida social. Me queda el consuelo de que, por lo menos, estoy cortando más mugre que uña.

Pero me sigo separando de una parte de mí. Entonces, cuando me corto, antes de tirar la cadena les dedico un minuto de silencio. Es lo menos que puedo hacer.

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28 Dec 2010

Margaritas a los chanchos

El chancho Osvaldo, cansado de revolcarse en el barro, fue a dar una vuelta por el chiquero. No pensaba que se fuera a producir ninguna novedad, después de todo él conocía bien ese chiquero. Había estado toda su vida ahí. Pero esta vez fue diferente. En un rincón, encontró un ramo de margaritas que alguien había tirado.

Eran más de diez flores, y algo en ellas lo atrajo. No sabía bien qué exactamente, pero mirarlas le producía placer. Por eso quiso compartirlas con su novia, la chancha Ediberta. Ella estaba en otro sector del chiquero, y entonces el chancho Osvaldo agarró una de las margaritas con la boca para llevársela.

En el camino, se cruzó con el chancho Julio, quien le hizo una expresión de burla por el extraño objeto que llevaba. El chancho Osvaldo sabía que el resto del chiquero no iba a ver las flores igual que él. Por eso no le preocupó la jocosidad del chancho Julio.

Cuando llegó adonde estaba la chancha Ediberta, ella estaba revolcándose en el barro. Al chancho Osvaldo no le gustaba mucho esa costumbre, pero sabía que era necesaria para su subsistencia. Él también la practicaba a pesar del desagrado que le producía, sin embargo creía que la chancha Ediberta la disfrutaba demasiado. Era uno de los desacuerdos que tenía con su novia, y el chancho Osvaldo no le daba importancia. Estaba seguro de que tenían muchas más cosas en común, y también tenía la certeza de que ella iba a apreciar la margarita que le llevaba.

La chancha Ediberta, al ver la margarita, pensó que era una broma y se echó a reír de una manera similar a la del chancho Julio. La reacción deprimió al chancho Osvaldo, que era fácil de deprimir. Y entonces el chancho Osvaldo se fue con la margarita al rincón del chiquero donde la había encontrado.

Las otras margaritas seguían ahí, y a pesar de algunas manchas de barro continuaban exhibiendo lo que el chancho Osvaldo percibía. El chancho Osvaldo se largó a llorar. No entendía por qué él siempre tenía que ser diferente. Pero tampoco quería ser como los demás. Más bien su frustración venía del hecho de que los demás no fueran como él.

Al verlo en ese momento, la chancha Ediberta fue hacia él para tratar de consolarlo. Ella era la que más lo entendía en todo el chiquero. Sabía que el chancho Osvaldo era muy sensible, y aunque estaba un poco cansada de estas situaciones, sentía que era su deber sacarlo del estado lacrimógeno en el que se encontraba.

Cuando llegó, le quiso preguntar por qué era tan infeliz. Pero él no le quiso contestar. No estaba en condiciones de comunicarse, y le dio a entender que quería estar solo. La chancha Ediberta, que ya tenía experiencias en ese tipo de situaciones, lo dejó con su pena.

El chancho Osvaldo se quedó regodeándose en esa pena. Deseaba irse a vivir a otro chiquero, uno donde lo entendieran y aceptaran su manera de ser. Soñaba con un mundo ideal en el que todos los chanchos tuvieran el mismo concepto de belleza que él, y además no necesitaran revolcarse en el barro. Pero sabía que era utópico, eso no iba a ocurrir nunca. Antes que seguir pensando en todo eso, prefirió irse a dormir. Y, sin darse cuenta, se durmió sobre las margaritas.

Cuando se despertó, se dio cuenta de lo que había hecho. Y se deprimió más. Había arruinado las flores. El chancho Osvaldo las agarró para tratar de limpiarlas, pero fue inútil. Las margaritas pasaron a ser grises. Habían perdido su pureza.

Sin embargo, un hecho lo sorprendió. Muy cerca de él estaba el chancho Julio, y no se reía. El chancho Osvaldo creyó que se iba a reír, pero el chancho Julio no lo hizo. Rápidamente se acercaron otros. Vinieron el chancho Arturo, el chancho Saúl, la chancha Etelvina, el chancho Rafael, la chancha Violeta y el chancho Juan Alberto. También estaban sus padres, el chancho Antonio y la chancha Josefina. Junto a todos ellos venía la chancha Ediberta.

El chancho Osvaldo creyó que se acercaban para tratar de consolarlo inútilmente. De repente, todos los chanchos se acercaron al ramo de margaritas manchadas con barro, y cada uno agarró una flor. El chancho Osvaldo creyó que las iban a tirar para que él no pensara en ellas. Pero no fue así. Los chanchos acomodaron las margaritas cerca de sus cabezas, las pegaron con barro y empezaron a caminar por el chiquero, luciéndolas.

Todos hicieron eso menos la chancha Ediberta, que se quedó al lado del chancho Osvaldo y le colocó a él una margarita del mismo modo que habían hecho todos.

En ese momento, el chancho Osvaldo comprendió lo que había pasado. El barro había hecho que los otros chanchos pudieran apreciar la belleza de las margaritas. Sólo había sido necesario adaptarlas a su esquema. El chancho Osvaldo se alegró. Dejó de sentirse un incomprendido para pasar a sentirse un visionario.

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4 Dec 2010

Otra vida

Cada niño nace casi como feto. Juan, cuyo hijo está allí, sabe esto. Sexo: nene. Juan está como loco. Mira esos ojos. Mira cómo abre bien cada mano este pibe. ¡Está vivo! Esta hora será rara, como toda gran hora. Juan goza. Baja baba como agua.

Buen plan, gran idea tuvo Mara, supo Juan. “Esto anda”, dijo. “Este amor está bien”. Allí está Mamá Mara. Juan mira cómo Blas toma teta. Ella hace algo para usar cada mama. Juan hace clic. Saca foto tras foto. Todo esto será film.

“Juan, poné allá este moño azul”, dice Mara. Juan hace caso.

Cayó Mimí. Ella está algo mala, ayer hubo vino. Pero todo bien. Este olor dice algo: Blas hizo caca. “Dale Juan, hacé como dije”, pide Mimí. Será raro usar tela, pero todo está caro.

¿Será gran tipo Blas? Juan, dice, será buen papá. Blas hará gran obra, cree Juan. Hará todo bien. Todo será goce.

Todo está bien. Blas está sano. Mara yace. Juan reza. Dios dará.

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28 Nov 2010

Sin aire

Tenía mucho calor, entonces quise sentir aire en movimiento sobre mi cuerpo. Entonces me fui a parar delante de un ventilador de pie, para poder recibir de primera mano su exhalación.

Pero el ventilador no estaba contento de verme y, cuando me acerqué, me esquivó. Cambió la dirección hacia la que tiraba el aire. Como quien no quiere la cosa, apuntó para otro lado.

Me acerqué entonces al nuevo lugar. Pero cuando llegué el ventilador volvió a esquivarme, y retomó el camino que lo había llevado hasta ahí. Se dirigió de nuevo al lugar donde acababa de estar.

Fui otra vez hacia ahí. Y no me quedó la menor duda de que el ventilador no quería tirarme aire, porque volvió a evitarme. Claramente no me quería.

Pensé que tal vez era porque no me conocía bien. Me paré en el medio de su recorrido para intentar hablarle un poco sobre mí. Le conté cómo había estado afuera todo el día bajo el sol y ahora quería refrescarme un poco. Le conté que soy más fiel a los ventiladores que al aire acondicionado. Pero mientras le hablaba, el ventilador se movía de un lado a otro, como diciéndome que no.

Yo no quería pelearme con el ventilador. No le había hecho nada. No entendía su actitud. Me resigné a que no me iba a dar aire, pero quise quedar en buenos términos. Por eso lo abracé. Fue difícil porque se movía, no quería que lo abrazara. Pero lo abracé igual. Y con el abrazo toqué algo, no sé si un botón o su alma, que lo hizo cambiar de actitud. Frenó su movimiento negativo y me ofreció su aire.

Desde entonces es mi ventilador favorito y un fiel compañero.

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26 Sep 2010

Vamos a desear bien

Demasiada gente se llena la boca hablando de que la inmortalidad no es ninguna ventaja. Que es un deseo de la gente simple, que no entiende nada de la vida. Tal vez lo sea, y eso no significa que no sea respetable.

¿Qué argumento pueden tener en contra de vivir para siempre? Los inteligentes siempre encuentran maneras de sostener sus posturas. La que encontraron en este caso es hablar de la desdicha del inmortal, del hombre abatido que ve morir a todos sus amigos, irse a su tiempo, y queda solo, derrotado, con el íntimo deseo de morir igual que los demás.

Es cierto que nadie quiere ser así. Pero no se desprende de ese argumento que esté mal desear la inmortalidad. Si vamos a desear algo imposible, por lo menos podemos desear bien. Yo quiero ser inmortal, de modo no metafórico, y que todos mis seres queridos también lo sean, si les interesa.

No deseo la inmortalidad para todos. Sería problemático, lo entiendo. Me basta con la mía y la de un pequeño círculo de gente que me gusta más viva que muerta, igual que yo. No sé si pretendo algo exclusivo, tal vez todos puedan tener derecho a algo así, pero posiblemente unos cuantos elijan morir.

¿Por qué eligen morir algunos? Porque les prometen la vida eterna para el instante posterior. No es que quieren morirse. El problema es que es muy difícil de creer la idea de una vida eterna, al menos con la evidencia que hay en este momento. Y está bien, después de morirse uno no se muere más, pero eso no significa que esté vivo sino lo contrario.

Me gustaría, si no la inmortalidad, al menos vivir lo suficiente como para saber que cuando me muero voy a algún lugar mejor. En ese caso no me molestaría tanto la muerte. Pero vamos a convenir que así cualquiera. Es valiente el que se enfrenta a la muerte sabiendo que es el fin definitivo de su existencia.

Claro que no sé si quiero ser valiente, me interesa más no morirme.

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21 Aug 2010

El fuego no se apaga

De pronto, se produjo un momento de oscuridad que llevó a todos al silencio. Desde la cocina entró un allegado con la torta. Detrás de él, estaba el encargado de cortarla, con el cuchillo y la espátula preparados.

Los invitados, al darse cuenta de la situación, entonaron espontáneamente la canción del feliz cumpleaños. Algunos, incluso, la cantaron con ganas. Se produjo una duda general cuando llegó el momento de incluir en el tema el nombre del homenajeado, porque los presentes no habían tomado la precaución de ponerse de acuerdo sobre cómo comprimirlo en las tres sílabas disponibles. Entonces algunos usaron un apodo, otros otro apodo, y hubo quienes intentaron decir rápido el nombre para poder pronunciarlo completo.

Al terminar la canción, el homenajeado se dispuso a soplar las velitas. Los familiares y amigos estaban expectantes, dispuestos a aplaudir la consumación del ritual. Un par de allegados le recordaron que antes de soplar pensara tres deseos.

Llegó por fin el momento. El homenajeado tomó aire y luego dirigió su exhalación al lugar donde estaban las velitas. El viento así generado apagó las pequeñas llamas. Los invitados rompieron en aplausos.

Pero en ese momento se produjo un hecho inesperado. Sin que nadie interviniera, las velitas se volvieron a encender. Parecía que el apagado no había sido del todo convincente. El aplauso se interrumpió. Se produjo un rápido debate sobre si el homenajeado debía pedir otros tres deseos, y se llegó a la conclusión de que debía repetir los mismos.

El cumpleañero volvió a soplar. Las velas se apagaron y otra vez se encendieron. Era tal vez un símbolo de la resistencia ante el paso del tiempo. El fuego que se volvía a encender era la llama de la vida que se resiste a extinguirse.

Pero los invitados comenzaron a perder la paciencia. Algunos querían probar la torta. Otros se dispersaron ante el fracaso de la operación. Entonces se produjo un último soplido. Con la ayuda de varios invitados, el cumpleañero sopló con más fuerza. Pero las velas volvieron a encenderse.

Fue entonces cuando la persona encargada de cortar la torta perdió la paciencia, se mojó la yema de dos dedos y presionó sobre cada pabilo hasta extinguir toda posibilidad de que la llama volviera a hacerse presente.

Luego de la drástica intervención, se encendieron las luces y la fiesta continuó.

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17 Aug 2010
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