Archive for Hondo contenido social

Ningún pibe nace chorro

Ningún pibe nace chorro. Sin embargo, todos los chorros nacen pibes. Puede verse entonces cómo ambos grupos cruzan sus destinos en algún momento. No se puede decir que un pibe cualquiera sea chorro, pero sí se puede establecer fehacientemente que todo chorro es o fue pibe.

Algunos chorros precoces son pibes todavía, algunos pibes no chorros están destinados a convertirse en adultos chorros. Sin embargo, ningún pibe nace adulto. Sería problemático además de contradictorio.

Es posible afirmar que ningún adulto nace chorro, y también que ningún chorro nace adulto. Está fuera de toda duda. Sin embargo, la mayoría de los chorros son adultos, otros lo serán.

Si un adulto chorro procrea, su hijo nacerá pibe pero no chorro ni adulto. Podrá, no obstante, convertirse en cualquiera de los dos. La sociedad facilita esta clase de metamorfosis.

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Príncipe Azul

La princesa Antonina estaba en edad de casarse. Resultaba útil para el reino casar a las princesas con príncipes de otras comarcas para favorecer las relaciones entre las distintas familias reales, y por lo tanto entre sus países. Un emisario del reino recorrió los alrededores en busca de un candidato apropiado y volvió con una selección de potenciales esposos.

El rey revisó los antecedentes de cada príncipe soltero y eligió un candidato, el príncipe Sorlón, proveniente de un reino vecino famoso por sus pantanos. De inmediato, el emisario regresó para concertar la unión. Mientras tanto, el rey fue a contarle a su hija la buena nueva.

La princesa Antonina, al enterarse de que pronto tendría esposo, iluminó su mirada antes de borronearla con lágrimas. Cuando quiso conocer más sobre su prometido, el rey le mostró el retrato que le había traído el emisario. La princesa lo observó con atención. Mostraba a un apuesto y gallardo joven vestido de verde. La princesa Antonina procedió a enamorarse.

Contó con la ayuda de sus damas de compañía, que le hablaron maravillas de la vida de casada. Le contaron cómo el matrimonio iba a hacerle cumplir su misión en la vida como mujer, que era tener hijos para su esposo. La princesa Antonina siempre había aspirado a eso, y se alegró de que por fin hubiera llegado el momento. Además, tenía la posibilidad de ser la protagonista de una gran boda, como era su sueño desde chica. De inmediato, llamó a su modista para que le diera opciones de vestido.

En los meses siguientes se realizaron los preparativos para la boda. La princesa Antonina y el príncipe Sorlón, cada uno en su país, se iban enterando de los detalles a medida que avanzaba la organización. Se decidió que la boda fuera en el país de la princesa, y luego la pareja viajaría para establecerse en el castillo que Sorlón estaba construyendo en lo que algún día iba a ser su territorio.

Cuando llegó el día, la princesa estaba ansiosa. Quería conocer de una vez a su prometido, pero los protocolos se lo impedían. Sólo podía entrar en contacto con él en la ceremonia de bodas. No obstante, convocó a algunas de sus damas de compañía para que la ayudaran a espiar su llegada desde lo alto de una torre del castillo anexo donde los invitados reales se alojaban.

Con cierta dificultad, logró divisarlo. Estaba vestido igual que en el retrato. La princesa Antonina lanzó un suspiro de alegría. Sabía que el día siguiente sería el más feliz de su vida. En ese momento, su padre la encontró y la mandó de regreso a sus aposentos. Le advirtió que ver al prometido antes de la boda era un mal augurio.

La ceremonia comenzó con gran pompa. El arzobispo del lugar ofició una misa en honor de la pareja. El rey pronunció un discurso muy emotivo. Un coro cantó himnos religiosos. El pueblo ofrendó a los novios una enorme corona adornada con zafiros, rubíes, topacios y diamantes.

Algunas horas después los novios subieron al púlpito. Allí intercambiaron miradas por primera vez. El príncipe le dio la mano. La princesa miró a su padre y, una vez que obtuvo un gesto de aprobación, le extendió la suya. El arzobispo los declaró marido y mujer. Una vez terminado el trámite les dio permiso para que se besaran.

El príncipe Sorlón levantó el velo de Antonina, ya su esposa, y la besó. Ella, que venía esperando ese mágico momento desde hacía varios meses, lo besó también. Apenas alcanzaron a besarse durante unos segundos cuando sonó un súbito “swuosssh”. La princesa abrió los ojos y no encontró al príncipe. Los asistentes se miraron. El arzobispo inició una plegaria.

El público asistió atónito a la escena. La confusión de los protagonistas de la boda se complementaba con un creciente murmullo entre los asistentes. El rey se agarraba la cabeza. La princesa se culpaba por la indiscreción del día anterior. La guardia real cerró los accesos al castillo hasta que se aclarara lo acontecido.

Sobre el púlpito, donde antes había estado el príncipe Sorlón, se hallaba ahora un sapo.

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El contenido de la piñata

Era un cumpleaños de 12, etapa de transición entre la niñez y la adolescencia. Algunas costumbres empezaban a ser abandonadas, otras aparecían casi de la nada, pero interesaban a casi todos.

La madre del homenajeado no sabía calibrar bien qué era deseable y qué no. A pesar de su buena intención, algunas iniciativas tenían el destino de fracasar. Estaba claro que no hacía falta animación, pero no necesariamente las golosinas iban a dejarse de lado. Por eso la madre decidió comprar una piñata.

Pero, ¿qué poner adentro? Ya no daba para poner chupetines, o caramelos Sugus. Eran demasiado infantiles. Optó por golosinas más aceptables para los adultos, como caramelos ácidos, pastillas de menta y bombones. Pensó que era una variedad interesante, aunque sabía que la prueba de fuego estaba en la aceptación de la piñata misma, dado que nadie sabría el contenido hasta romperla.

No la infló. Quería ver si era apropiado presentarla. La llevó al salón con las golosinas adentro, para inflarla si resultaba que los preadolescentes estaban más cerca de su edad anterior que del futuro.

Cuando arrancó la fiesta, resultó que todos estaban inquietos. La madre del homenajeado lamentó el contenido de cafeína de las gaseosas que pensaba servir, porque los iba a excitar más. Había pocas alternativas. No tenían edad para alcohol, y aparte su efecto hubiera sido peor. Optó por servir Coca-Cola Light, que por lo menos no tenía azúcar.

La fiesta se desarrollaba en un clima de descontrol. Era difícil mantener a los invitados fuera de las áreas no públicas, y al mismo tiempo dentro del ámbito de la fiesta. Se colaban en la cocina, robaban sanguchitos de la heladera, descolgaban todo lo que estuviera en la pared, jugaban a la pelota y cada tanto se pegaban. La madre optó por ocuparse sólo de los incidentes más graves.

Entre los que pasó por alto estuvo el descubrimiento de la piñata por parte de uno de los invitados. Pero no investigó el contenido. Le divirtió más ponerse a inflar la piñata. Contó con la ayuda de varios amigos, que se turnaban para suministrar aire.

No sabían cuándo el trabajo iba a estar completo. Entre miradas cómplices, acordaron tácitamente continuar hasta el límite. Pensaban que el globo iba a hacer un gran estruendo al reventar.

Sin embargo, no se imaginaban lo que terminó ocurriendo. Cuando la goma no resistió la última bocanada de aire, la fuerza de la explosión hizo que se lanzaran las golosinas por toda la sala. Todas volaron por el aire, con la suerte de que todas las pastillas de menta fueron a parar a las botellas de Coca-Cola Light que estaban distribuidas en las mesas.

En el acto se produjo un efecto géiser. La gaseosa se transformó en espuma y las botellas empezaron una erupción. Durante preciosos minutos, los adolescentes observaron atónitos el espectáculo de la espuma de Coca-Cola Light que manchaba techos y paredes al dar en ellos con gran velocidad.

Y mientras la espuma los manchaba a todos, al mismo tiempo la experiencia se transformaba en un recuerdo que les duraría toda la vida. Por eso, mientras lo absorbían, fue el único momento en el que se mantuvieron quietos.

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La marcha de los pies

Caminaba por Plaza de Mayo cuando sentí que me pisaban. Miré a los costados para ver quién me había pisado pero no vi a nadie. Entonces miré hacia abajo y vi un par de pies que se alejaban de mí. Se trataba de un pie izquierdo y uno derecho.

Más atrás venía otro par de pies, y atrás de ellos se acercaba una enorme columna de pies. Los pies cubrían la Avenida de Mayo, cuyo tránsito había sido cortado y en ese momento era más peatonal que ninguna.

Cuando la columna de pies estuvo cerca de mí, los de más adelante empezaron a patearme. Me dio la sensación de que querían la plaza sólo para ellos. Evidentemente había un acto de pies para reclamar no sé bien qué cosa. No gritaban consignas al unísono, porque los pies no gritan. Tampoco tenían pancartas, porque los pies no escriben (tal vez reclamaban algo relacionado con eso).

Escuchando con atención pude notar que la marcha en sí misma no era al azar. Parecía tener ciertas regularidades. Había dos clases de sonidos que no se alternaban exactamente, sino que se repetían al unísono, como con cierta intención. De repente, supe qué era: código Morse. No supe bien qué expresaban, porque no conozco ese código. Pero para ese momento el ruido que hacían era enorme. Nunca había visto una cantidad tan grande de pies todos juntos. Era difícil ignorarlos.

Decidí alejarme, porque al no saber qué querían no tenía ganas de quedarme. Tal vez estaba expresando mi apoyo a algo que me perjudicaba. Tal vez estorbaba y corría el riesgo de que me sacaran a patadas más fuertes. Así que me alejé por Diagonal Sur, pero a medida que me alejaba me costaba más caminar.

Mis pies no se querían ir, querían quedarse en la marcha. Pero como yo me resistía, a su turno ambos aprovecharon para escaparse cuando estaban en el aire mientras yo intentaba dar un paso.

De ese modo me quedé sin pies. Se acercaron a la marcha a toda velocidad, y pronto no los pude distinguir. Me subí a un colectivo y me alejé como pude, sin saber si iba a volver a verlos.

Cuando llegué a casa tenía un mensaje en el contestador. Al parecer, se habían producido incidentes y mis pies habían sido detenidos. Estaban en la comisaría. Me acerqué hasta ahí y me encontré con que para recuperar a mis pies tenía que pagar una multa (en realidad la multa era para ellos, pero hasta que no fuera cancelada no los iban a liberar). Como extrañaba a mis pies, pagué. Luego el policía que me atendió me guió hasta un baúl y me dijo que sacara los míos.

Me fue difícil reconocerlos. Decidí probarlos uno por uno, hasta que encontré un pie derecho que no sólo tenía el tamaño de mi tobillo, sino que continuaba las líneas de mi pierna. Me costó menos encontrar el izquierdo, y pude salir de la comisaría aunque en esos primeros minutos caminar se sentía algo extraño.

Al día siguiente, por las dudas de que volviera a ocurrir lo mismo, me hice un pequeño tatuaje en cada talón.

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Boda clandestina

El lugar soñado por la pareja para casarse, pocos días antes de la ceremonia, aumentó el precio pactado basándose en que la letra chica del contrato se lo permitía. El nuevo valor era prohibitivo. La pareja no sospechaba que podía ocurrir y no existía un plan alternativo. Por eso tuvieron que suspender tentativamente el casamiento por falta de lugar, lo cual resultaba un grave inconveniente para muchos invitados que habían llegado de otras ciudades.

Durante unos días se buscó un nuevo lugar para poder realizar la ceremonia el mismo día, pero todos estaban contratados. Era la carta que tenía el dueño del lugar original para que volvieran y pagaran el precio que exigía. Pero la pareja no estaba dispuesta a dejarse estafar así. Preferían casarse en la calle, aunque resultara incómodo.

Hasta que alguien reparó en el detalle de que el lugar original no tenía vigilancia nocturna. Entonces se urdió un plan. Se postergó el horario del casamiento para esa misma noche a la madrugada. Se pidió estricta puntualidad y confidencia a los invitados, y estar a la hora señalada no en el lugar sino en un punto fijo a la vuelta.

Cuando estuvieron todos, se dio la orden de avanzar. El novio, la novia, el juez de paz y los cien invitados corrieron hasta el lugar original y rompieron la cerradura. De inmediato todos ocuparon sus lugares y se realizó toda la ceremonia en cinco minutos. Una vez que terminó, todos salieron corriendo hasta la puerta, donde cinco micros los esperaban para llevarlos rápidamente a la fiesta.

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Relatos de despojos

Un día decidí ir a trabajar en bicicleta. El trayecto desde mi casa no era del todo confiable, pero decidí ir igual. Cuando llegué, uno de mis compañeros se mostró sorprendido de que no me la hubieran robado. Me contó una ocasión en la que a él, en un lugar mucho más seguro y a plena luz del día, le habían sustraído una bicicleta mucho menos llamativa.

Otro compañero escuchó eso y tuvo un aporte para la conversación. Contó una vez que le habían robado el estéreo del auto, luego de haberlo dejado cinco minutos estacionado en la calle. “Eso no es nada”, dijo un tercer individuo, y procedió a relatar una vez que le habían hurtado la billetera estando en la playa.

Una compañera pasó justo por ahí, y comentó que a un primo suyo lo habían asaltado en la puerta de la casa. También mencionó que había visto cómo un muchacho en moto robaba las carteras de las mujeres que tenía cerca y salía en velocidad.

En eso salió del baño nuestro jefe, y nos contó que al hijo de él le habían robado la campera a la salida de la facultad. No olvidó mencionar el costo de la campera.

Uno de los compañeros le preguntó si tenía seguro. Cuando el jefe dijo que no, él se alivió y recordó una ocasión en la que le habían robado algo y el seguro le había pagado una suma inferior al valor del objeto.

Mi compañera le retrucó que por lo menos a él le habían pagado algo, mientras que a su vecino le habían salido con que la póliza no le cubría el daño por granizo, y encima después el chapista lo había engañado con el vuelto.

La conversación siguió con una sucesión de relatos sobre vueltos sustraídos en distintos establecimientos. Luego se pasó a la inacción de la policía, más tarde a la acción delictiva de la policía, y por último se comentaron las noticias policiales de esa semana, siempre comenzando con la frase “viste lo que pasó en”.

Luego la conversación se diluyó, no sin antes transitar temas de política y deportes. Yo me quedé enganchado con todos los robos que me habían contado, y me dio miedo de volver en bicicleta. Pensé en pedirme un remise, pero terminé decidiéndome a volver por el mismo medio en el que había ido.

Cuando llegué a casa comprobé que, además de no haber sufrido el robo de mi bicicleta, nadie había desvalijado mi vivienda. Y comprobé ser un verdadero privilegiado.

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Mi dios es mejor que el tuyo

Sí, mi dios es mejor que el tuyo. Lamento decepcionarte de esa manera, pero es verdad. Te aconsejo que descartes al tuyo y formes parte de los seguidores del mío. Así te va a ir bien.

Mi dios, por ejemplo, es misericordioso. Te va a perdonar cualquier cosa que hagas. Porque mi dios es la bondad absoluta. En cambio, el tuyo no.

Además mi dios es omnisapiente. O sea que lo sabe todo. Sabe, por ejemplo, que yo tengo razón y vos no. Sabe lo que pensamos y lo que hacemos. Es como Papá Noel, pero mucho más poderoso. En cambio, el tuyo no sabe nada.

Mi dios es omnipresente. Está en todas partes. Por ejemplo, acá. El tuyo no está acá, y por lo tanto no está en todos lados.

Mi dios inventó la moral, y sin él no la tendríamos. Gracias a eso evitamos hacer actos que estarían mal, como si yo te matara a vos en este momento por no creer en mi dios. Pero como mi dios es bueno y me dio la moral, no lo voy a hacer aunque te lo merezcas.

Mi dios creó el Universo y todas las cosas. Creó al hombre también. Tu dios, en cambio fue creado por gente como vos. ¿Cómo podés confiar en algo así?

Mi dios es todopoderoso. Cualquier cosa que quiera hacer, puede hacerla. No le cuesta nada. Por eso pudo crear el Universo. En cambio, tu dios es un inútil y nunca hizo nada.

Mi dios es perfecto. Tiene la mayor perfección concebible, y no concebible también. Todos los defectos del Universo que creó son por gente como vos, que no quiere creer en él. Son despreciables.

Mi dios es uno solo. No es como esos dioses federales que reparten el poder en un montón de deidades que siempre se están peleando. Dios, como es uno solo, está de acuerdo con sí mismo. De tu dios, o tus dioses, no se puede decir lo mismo.

Pero lo más importante es lo siguiente. Mi dios existe, el tuyo no. Y, como existe y es misericordioso, te va a recibir cuando lo aceptes. También te va a ir atrayendo hacia él, y poco a poco vas a ir dejando de perder el tiempo con tus absurdas creencias.

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Un país libre y democrático

Había una vez un país democrático y libre. Todos sus habitantes estaban orgullosos de la democracia y la libertad, que habían sido conseguidas por sus antepasados con grandes demostraciones de valentía y patriotismo. Eran conscientes de que su democracia y su libertad no estaban exentas de peligros, y sabían que debían defenderla.

Ese país limitaba con otro país, que tenía democracia y libertad, las cuales habían sido conquistadas en épocas pretéritas gracias a la hidalguía y el coraje de sus héroes históricos, y habían sobrevivido a los escollos de la Historia. No obstante, los habitantes de de ese otro país estaban al tanto de los riesgos a los que se exponía esta forma de vida, y estaban preparados para resguardarla.

El primer país sentía la amenaza de que el segundo país impregnara su cultura con sus ideales foráneos, y eso les hiciera perder su libertad o su democracia. Al mismo tiempo, el segundo país veía el peligro de que el primero impusiera sus formas políticas y ellos se vieran obligados a prescindir de su democracia o de su libertad. Ninguno de los dos países estaba dispuesto a dejar que el otro se metiera en sus asuntos.

[Nota: llamamos a los países “primero” o “segundo” de acuerdo al orden en el que se presentaron en este texto, el cual es alfabético, dado que “primero” viene antes que “segundo” en el diccionario. No obstante, queremos aclarar que no pensamos que ninguno de los dos países fuera superior en alguna u otra manera, ni que ninguno de ellos tuviera ciudadanos de segunda o una forma de gobierno menos válida.]

Ambos países estaban decididos a defender su democracia y su libertad de todas las maneras posibles. Urgido por su ciudadanía, uno de los países mandó agentes para que difundieran las ideas de democracia y libertad en el otro. Allí, donde estos agentes eran llamados subversivos, se decidió contrarrestar la medida reforzando el cuerpo propio de agentes libredemocráticos, que fueron bautizados en su país de destino con el nombre de insurrectos.

Los ciudadanos de los dos países no se tenían simpatía. Entendían que la manera de ser de cada uno de ellos implicaba una cierta soberbia respecto de los otros. Era como si los otros se sintieran superiores. La antipatía, cada tanto, ocasionaba conflictos diplomáticos que, a su vez, alimentaban el uso político de los sentimientos de los ciudadanos de los países. Los presidentes, ambos elegidos democráticamente en elecciones libres, poco a poco fueron eliminando sutilezas en la manera de referirse cada uno a su par. Llegó un tiempo en el que las relaciones entre los presidentes eran por demás hostiles, debido al miedo que cada uno tenía de que el otro le quitara no sólo su puesto, sino la libertad y la democracia que tan caras venderían cada uno de los dos países.

En cada país, los medios partidarios de la versión local de democracia y libertad instaban a enlistarse en el ejército para hacer frente a la atroz invasión que se veía venir. Los medios infiltrados por insurrectos o subversivos, según el caso, se dedicaban a descubrir agujeros en las respectivas democracias y libertades, de modo tal de preparar el terreno para la llegada inevitable de la verdadera democracia y la verdadera libertad, que eran, según su visión, las del otro país.

Finalmente uno de los dos países invadió al otro, con el propósito de liberarlos del yugo en el que se encontraban sometidos, y proporcionarles la libertad y la democracia. El otro país, para contrarrestar esta afrenta, rápidamente envió a su propio ejército, integrado por centinelas de la libertad y la democracia.

En la guerra, ambos países sufrieron una importante cantidad de muertos, que se convirtieron en mártires de la libertad y la democracia y merecieron grandes honores. Uno de los dos países, sin embargo, logró prevalecer en el conflicto y darlo por ganado.

Por suerte, ganó el país correcto. Triunfó la democracia. Triunfó la libertad.

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Teocracia

Existió un país que tenía un gobierno pésimo. Había sido elegido democráticamente, debido a que el pueblo de ese país acostumbraba a elegir gobiernos pésimos. En ocasiones esos gobiernos caían. Otras veces, completaban sus mandatos. De cualquier manera, los ciudadanos siempre obtenían una oportunidad de renovar a sus autoridades y nunca dejaban de malograr esas oportunidades.

La seguidilla de malas decisiones irritó a Dios, que decidió tomar cartas en el asunto. Ya había intervenido a favor del país otras veces, al salvarlo de diversos peligros a los que había sido expuesto por varios de los gobiernos anteriores. Para ese momento, Dios tenía claro que en las otras ocasiones había sido demasiado sutil como para que el pueblo de aquel país entendiera el mensaje. Supo que tenía que cortar por lo sano.

Por eso, Dios resolvió derrocar al gobierno y declararse presidente de facto. En su infinita sabiduría, supo que era lo mejor para todos. Concretar la medida fue fácil: irrumpió en la casa de gobierno y no hubo quien pudiera detenerlo. Luego entró en el despacho presidencial y le hizo entender al presidente que había sido derrocado. El ex mandatario llamó a un taxi y se retiró de la casa de gobierno.

Luego, Dios dirigió un mensaje televisivo a la población. “Queridos ciudadanos: soy el Dios de Abraham, pero pueden llamarme Señor. Vengo a traerles el cambio. He decidido reemplazar yo mismo al gobierno que hasta ahora estaba en ejercicio. Quiero tranquilizar a los que están preocupados por la interrupción ocasionada en el sistema constitucional, y tengo una promesa: no perderán su libertad. El libre albedrío se mantendrá como siempre. Sé que tenerme en el gobierno es un alivio para el pueblo de esta gran nación y quiero decirles que, con el esfuerzo de todos, nada es imposible”.

Al otro día, los diarios reflejaron favorablemente el cambio de mando. El nuevo gobierno recibió el apoyo entusiasta de la Iglesia, que tenía mucha influencia en el pueblo de ese país y durante los meses anteriores había criticado con dureza al gobierno saliente. Algunos grupos de izquierda, sin embargo, se pronunciaron en contra del golpe de estado, alegando que una deidad en ejercicio del Poder Ejecutivo no era la mejor forma de llegar al socialismo.

Como su primer acto de gobierno, Dios disolvió el Parlamento y prohibió los partidos políticos. No era tiempo de negociaciones sino de obediencia. El nuevo régimen era omnisapiente, por lo tanto no necesitaba discutir los pasos a seguir. La medida fue tolerada por el pueblo, que estaba contento con la llegada de Dios al gobierno. Las editoriales de los diarios, que alertaban sobre los peligros de la medida, fueron ignoradas por el público en general.

A continuación, el presidente Dios llevó a cabo una profunda reforma económica. Gracias a una serie de medidas que algunos adeptos calificaron de “milagrosas”, en poco tiempo se pudo recuperar el poder adquisitivo de la población, que era escaso si se lo comparaba con el de los países más desarrollados. Sin embargo, Dios no hizo beneficencia, sino que creó las condiciones para que cada uno generara su propia riqueza. La política estatal fue ayudar sólo a los que se ayudaban a sí mismos.

Las encuestas de popularidad eran favorables al régimen de Dios. Los diarios editorializaban que, a pesar de la poca cultura republicana mostrada hasta ese momento, por fin el país tenía un gobierno fuerte y creíble. Dios, mientras tanto, no se quedaba quieto. Durante varios años reformó el Estado, el sistema educativo, la salud pública, la Justicia y el reparto de fondos para obras públicas, entre muchos otros cambios.

Las reformas introducidas por Dios perjudicaron a muchas personas que estaban acostumbradas a vivir de los excesos del Estado. Como había grupos de gran poder económico entre los afectados, con el tiempo se empezaron a mover para torcer la influencia del Señor. Al no lograrlo, utilizaron su libre albedrío para comprar medios de comunicación y destinarlos a armar una campaña en contra de Dios.

Entre los aspectos criticados del gobierno se encontraba la actitud autoritaria, los cambios inconsultos, el hecho de que ninguna persona del equipo presidencial tuviera voz ni voto en las decisiones, la violación de determinadas tradiciones nacionales y la manera antidemocrática de tomar el poder.

Los grupos de izquierda que siempre se habían opuesto se sintieron identificados con las críticas, y algunos de ellos se plegaron a la campaña de oposición. De este modo se produjo un cisma. Parte de esa misma izquierda creía que quienes armaban la campaña opositora eran aún menos confiables que el gobierno de Dios, así que decidieron apoyarlo en silencio.

Paralelamente, la Iglesia estaba perdiendo entusiasmo por el nuevo gobierno. Las autoridades eclesiásticas habían pensado que iban a tener más influencia en las decisiones gubernamentales. Pero no fue así. Dios sorprendió con una gestión que iba en contra de los preceptos de la Iglesia en diversos temas.

La cúpula de la curia no fue indiferente. Cuando entre los curas hubo suficiente oposición, se llamó a conferencia de prensa y se anunció la ruptura de la Iglesia con el gobierno de Dios, el cual, según los curas, estaba faltando a sus propias enseñanzas. “Ya no es el mismo en el que creíamos”, anunció el arzobispo de la capital.

Dios no se pronunciaba ante las críticas. Dejaba que cada uno pensara lo que le diera la gana. Después de todo, estaba acostumbrado a muchas creencias contrarias a él. Y como Dios sabía todos los movimientos de sus opositores, cada uno de los planes para desestabilizarlo era fácilmente sofocado, por lo que continuó con su proceso de transformación.

Sin embargo, luego de un tiempo las reformas empezaron a ser recibidas con cierta resistencia. Mucha gente ya no creía en el gobierno. Demasiadas personas vieron afectado su modo de vida, y hacía notar su descontento.

La popularidad del gobierno, según las encuestas, empezó a bajar. Dios tuvo la intención de modificar los datos de esas encuestas antes que fueran publicadas, pero vio que no tenía sentido. No cambiaba el hecho de que tenía mucha oposición. De todos modos, el mandatario sabía qué era lo mejor para el país y tenía la convicción y la fuerza necesarias para concretarlo. Su compromiso era firme.

Sin embargo, la influencia opositora de la Iglesia se empezó a notar. La población del país mostró ser más fiel a la Iglesia que a Dios. Empezó a haber empleados gubernamentales que desobedecían los mandatos de Dios por ir en contra de ciertos preceptos religiosos.

Al principio, el presidente quiso dar una lección a los insubordinados y envió un corte de luz masivo para que los ciudadanos pudieran reflexionar sobre sus acciones. Sin embargo, el plan falló, dado que el pueblo consideraba que estaba entre los atributos presidenciales conseguir que volviera la luz, sobre todo cuando el presidente era capaz de hacer milagros.

La insurrección continuó con campañas de desobediencia civil. Dios podía dar órdenes, pero millones de personas no llevaban a cabo su voluntad. El presidente podía castigarlos de cualquier manera, pero el libre albedrío del que gozaban hacía que no pudiera cambiar la voluntad del pueblo.

Finalmente, vio Dios que no tenía el consenso necesario como para seguir en el gobierno. En un mensaje televisivo, Dios anunció que levantaba la prohibición a los partidos políticos y que convocaría a elecciones.

Bajo la supervisión de observadores internacionales, los comicios tuvieron lugar en tiempo y forma, sin que se detectara ninguna irregularidad. Resultó elegido un candidato que Dios sabía que iba a hacer un gobierno pésimo, pero nada hizo para impedir que asumiera. Dios siempre cumplía sus promesas. Además, estaba harto de la ingratitud del pueblo de ese país y ya no le importaba qué ocurriera con ellos. Decidió no involucrarse más en política una vez que traspasara el mando.

Cuando asumió el nuevo presidente, Dios se retiró a su morada celestial en medio de la indiferencia del pueblo, que festejaba el regreso de la democracia.

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Gratificación dudosa

Una vez se me pinchó una goma del auto, y tuve que ir a la gomería a reemplazarla. Un empleado me atendió amablemente, y me reemplazó la llanta agujereada. Ya que estaba, aprovechamos para hacer alineación y balanceo. También me dio un café para tomar mientras esperaba.

Cuando le iba a pagar me dijo que fuera a la oficina, donde me darían la factura correspondiente. Subí la escalera que conducía al pulcro cuarto, donde un empleado administrativo, o el dueño de la gomería, me cobró.

Cuando bajaba la escalera para buscar el auto, me pareció que debía darle una propina al que había hecho todo el trabajo con tanta dedicación. Pero no estaba seguro. ¿Era correcto dar propinas a los empleados de gomería?

Como no suelo ir a este tipo de establecimientos, no conocía la etiqueta correspondiente. Y me parecía mal preguntarle, así que me puse a ver si podía deducir. Pensé que no debía ganar mucho el empleado, y que le vendrían bien unos pesos adicionales. Sin embargo, tal vez no fuera tan fácil. Podía ocurrir que le molestara recibir un dinero adicional. Tal vez estaba contento con su trabajo, y su amabilidad no era una forma de ganarse una propina sino su manera de ser.

Ahora, si su amabilidad era sólo una forma de ganarse la propina, yo tenía menos ganas de dársela. Interpretaba que no era amabilidad verdadera, sino casi una forma de adulación. Si le daba propina estaría estimulando esa forma de mentira, y eso era algo que no quería hacer.

En cambio, si era verdadera su amabilidad, al darle una propina estaría recompensando su actitud, y sería una obra de bien darle. Pero en ese caso también podría haberlo ofendido, él podía pensar que yo pensaba que su amabilidad era sólo para obtener la propina. Así iba a quedar mal yo, y no tenía ganas de que esa fuera mi imagen final ante un tipo tan amable.

Por todo esto, decidí que era más seguro no darle nada. Pero no me gustaba demasiado. Entonces se me ocurrió una solución parcial. Podía comprarme una gaseosa en la máquina de la gomería y dársela. Para no hacer ver que le estaba comprando alevosamente una gaseosa a él, luego de adquirirla la abrí y tomé un poco. Después le ofrecí el resto, pero no quiso. Entonces le dí la mano y me fui.

La siguiente vez que fui a la gomería, habían puesto un letrero que decía “su propina no molesta”.

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Alquiler de opiniones

La cadena de alquiler de opiniones es un negocio que ha tenido mucho crecimiento en los últimos años. Alquilamos cualquier opinión a cualquiera que lo requiera, sin distinción de razas ni sexos. También proveemos el servicio de asesorar al interesado si no está del todo seguro sobre qué opinión quiere alquilar.

Tenemos un stock muy amplio, y estamos seguros de que vamos a poder alquilarle la opinión más adecuada para usted, o al menos alguna muy similar. Nuestros precios son muy accesibles y el período de alquiler es variable. Hay opiniones que se alquilan por unas horas, y otras cuyo alquiler dura años. También, para los interesados, tenemos opiniones a la venta a precios muy razonables, aunque aconsejamos primero alquilarlas por unos días.

Nuestra clientela es muy variada. Tenemos un programa de distribuidores que hace que nadie tenga que venir a nuestros locales para alquilar su opinión. Muchos de ellos tienen la capacidad operativa para entregar y retirar las opiniones en el domicilio del cliente.

Muchas veces ocurre que alguien viene con la demanda de una opinión y nosotros le alquilamos otras opiniones relacionadas. Tenemos un paquete con el que, si uno alquila cuatro opiniones, la quinta es gratis.

Recientemente ampliamos nuestro campo de negocios e incorporamos productos asociados, que colocamos cerca de los mostradores para facilitar la compra impulsiva. Se venden muy bien las remeras sobre distintas opiniones, e incluso viene gente que no alquila las opiniones pero igual compra las remeras. Estos productos se venden en forma definitiva, no se devuelven cuando expira el alquiler de la opinión. Al incorporar esta modalidad también trajimos opiniones respecto de la modalidad misma, que uno puede alquilar agregándolas a cualquier transacción hecha con nosotros.

No es necesario que el cliente entienda la opinión que está alquilando. Muchos se las llevan sin terminar de darse cuenta de las implicaciones que tiene la opinión que está alquilando sobre, por ejemplo, su modo de vida. Nuestro personal está, igualmente, capacitado para despejar cualquier duda sobre nuestros productos. Las opiniones solían venir con un manual explicativo, pero nos dimos cuenta de que la mayoría de los clientes nunca lo miraba. Todavía se puede conseguir, pero ahora es opcional y tiene un recargo.

Nuestro stock es variable. Hay opiniones que se alquilan muy seguido durante años y luego decaen. También hay opiniones pasajeras que duran algunos meses en el mercado, y luego son retiradas, manteniendo un muy limitado stock para las pocas personas que aún las puedan llegar a alquilar.

Un ejemplo es la opinión de que la violencia es una excelente forma de llegar al poder. Hace algunas décadas esta opinión salía muy seguido, y la llegamos a alquilar a vastos sectores de la sociedad, que fuera de eso no tenían nada en común. Luego este alquiler fue decayendo y hoy no es muy popular, aunque todavía sale.

También hay opiniones estacionales, que tienen ciclos de popularidad. Hoy, por decir una, está en boga la opinión de que el dólar alto favorece a la industria de un país. Hace algunos años empezó a salir con mucha asiduidad esta opinión, y sigue siendo popular. Aunque estamos viendo que esa popularidad empieza a bajar. Probablemente se deba a que es una opinión importada, y con el aumento del dólar hemos tenido que trasladar el costo a los clientes.

Como se ha dicho antes, no solemos tener problemas en alquilar cualquier opinión a cualquier persona. Incluso podemos alquilar opiniones contradictorias al mismo individuo, aún en la misma transacción. Algunos lo hacen para quedarse una y distribuir la otra, y otros usan cada opinión según la conveniencia. También alquilamos opiniones a gente que tiene comprada desde hace décadas la opinión contraria, y se van muy contentos con ella. En algunos casos se requiere un adaptador que proveemos sin cargo.

Si usted quiere incorporarse a nuestro programa de distribuidores de opinión, puede acercarse a cualquiera de nuestras sucursales y le daremos las instrucciones correspondientes, junto a nuestra lista de precios. Verá que tenemos los mejores precios, y las mejores opiniones, del mercado.

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Nativa

Fue un levantamiento social poco frecuente. Es raro ver que grandes hordas de gente compartan una opinión y se manifiesten con tanta vehemencia hasta conseguir lo deseado. La anécdota confirma el poder de los pueblos, cuya voluntad no puede ser contradicha sin consecuencias devastadoras para el que lo hace.

A mediados de 2004, la Coca-Cola Company decidió cambiar la fórmula de la Nativa, su gaseosa basada en la yerba mate. Parecía una buena idea. Las pruebas de sabor a ciegas daban excelentes resultados, todos disfrutaban más el nuevo gusto de la gaseosa que el anterior. Pero como la operación era secreta, no se había podido preguntar en las encuestas previas si el público estaba dispuesto a aceptar el reemplazo de la fórmula original por la nueva, más sabrosa. Y resultó que era una pregunta decisiva.

El martes 6 de julio de 2004 se lanzó la campaña publicitaria de la Nueva Nativa. Los avisos alababan las virtudes del nuevo producto al enfatizar el nuevo sabor, que decían que era más agradable y refrescante que el de la Nativa que hasta ese momento se podía conseguir.

Pero el público no quería saber nada. La Nativa, desde su lanzamiento a fines de 2003, se había convertido en un símbolo nacional y el pueblo argentino no iba a quedarse quieto mientras le quitaban sin justificación una bebida que había llegado a ser tan importante como la bandera.

Grandes demostraciones tuvieron lugar en el Obelisco porteño, y muchedumbres enojadas cortaron los accesos a la Capital Federal exigiendo el regreso de la nueva fórmula. Los fabricantes insistían con que la Nueva Nativa era mejor que la anterior, pero el público no la quería probar. La identidad nacional requería que no se tocara la fórmula de la Nativa.

La situación para los fabricantes de esta bebida era grave. Las ventas de la Nueva Nativa eran pésimas, y sólo se conseguía un buen volumen en los mercados cautivos, como los clientes de locales de comidas rápidas. El resto de la población rechazaba de plano la nueva fórmula. Algunos ciudadanos, desesperados, empezaron a importar Nativa desde Uruguay, donde la fórmula todavía era la anterior.

Era una forma de rebelión social que hacía palidecer a las revueltas de fines de 2001, cuando se había intentado cambiar la proporción de limón de la Pepsi Twist.

Ante tanta presión, la compañía se vio obligada a ceder. En agosto, sin discontinuar la Nueva Nativa, se presentó la Nativa Clásica. Los consumidores se volcaron masivamente hacia la gaseosa recuperada, y pronto las ventas superaron con holgura el pico máximo anterior al cambio. El público había sentido la amenaza y, al recuperar su bebida predilecta, se había volcado hacia ella fervientemente.

El mercado de la Nueva Nativa pasó a ser ínfimo, y luego de unos meses era raro encontrarla. Años más tarde se le cambió el nombre a Nativa II, y actualmente sólo se la puede conseguir en San Luis.

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Etiqueta del suicidio

  1. Es apropiado dejar una nota, fácilmente encontrable, que explique las razones que llevaron al suicidio y detalle el deseo del suicida respecto del destino de sus bienes, de existir. Escríbala preferentemente a máquina o en letra de imprenta.
  2. En el caso de quitarse la vida por deudas se considera de buena educación cancelarlas antes de cometer el suicidio, de forma tal de no dejar deudas a los deudos.
  3. El acto suicida debe hacerse en un lugar privado, que no interfiera con la vida normal del resto de las personas. No es apropiado tirarse a las vías del tren o arrojarse desde la terraza de un edificio. En caso de tirarse de un puente se recomienda ir caminando o tomar un taxi, no dejar un vehículo estacionado en el medio del puente.
  4. Un buen suicida se mata a sí mismo y a nadie más. Están mal vistos los que terminan con la vida de varias personas antes de suicidarse, cuando realizar este último acto antes sería más conveniente para todos y tendría el mismo efecto para el principal interesado.
  5. Si la decisión es definitiva, es bueno no llamar a las líneas de asistencia al suicida. En caso de hacerlo se corre el riesgo de ocuparla mientras llama gente que no está del todo decidida a suicidarse y se la puede convencer de que no lo haga.
  6. Si el acto suicida no se hace con la presencia de otras personas, es bueno pensar en el que encontrará el cadáver. Es conveniente no suicidarse en lugares frecuentados por personas sensibles. También se recomienda avisar a alguien confiable, minutos antes del suicidio, dónde se podrá encontrar el cuerpo. Pero hay que cuidar que sea alguien que no tenga posibilidad de intervenir para interrumpir el acto, porque en caso contrario se lo puede dejar con culpa.
  7. Es de buenos modales no dejar dudas de que la muerte del suicida se produce por suicidio. Conviene revisar si el método elegido puede parecer un asesinato y, en ese caso, cambiar de estrategia para evitar incriminar a alguien inocente.
  8. Si el suicidio se hace con algún método ruidoso, como un arma de fuego, se solicita no suicidarse por la noche ni en horas de la siesta, a fin de no molestar a los vecinos.
  9. Antes de suicidarse es bueno tener conversaciones de despedida con la gente cercana. No es necesario que se mencione el acto planeado, pero está bien visto evitar la sorpresa total. Ayuda a aceptar el hecho.
  10. Previamente al suicidio es recomendable deshacerse de todo elemento potencialmente avergonzante, de modo de que los demás no piensen mal del suicida una vez fallecido.

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Vertientes

Había una vez un partido de derecha que tenía distintas ramas. Una de las ramas estaba a la izquierda, la otra a la derecha. La rama de la derecha estaba, a su vez, dividida en una rama de derecha y otra de izquierda, y la rama de la izquierda tenía un segmento más a la izquierda y otro más a la derecha.

También había un partido de izquierda que tenía una rama más a la derecha de la otra, y a su vez ambas ramas estaban divididas en un lado izquierdo y otro derecho.

Los del lado derecho de la rama derecha del partido de izquierda tenían opiniones muy cercanas a los del segmento de la izquierda de la rama de izquierda del partido de derecha. Muchas veces, ante una propuesta de uno de esos dos sectores apoyada por el otro, los de la izquierda más izquierda acusaban a los de la izquierda de derecha de ser derechistas, y los de la derecha de los de derecha acusaban a los de la izquierda derechista de ser izquierdistas.

De la misma manera, los de más a la izquierda acusaban de derechistas a todos los demás. Los más cercanos a ellos, esto es la rama derecha de la rama izquierda del partido de izquierda, se enojaban de ser acusados de derechistas y a su vez acusaban de izquierdistas a sus correligionarios.

De pronto, la rama izquierda de la rama derecha del partido de derecha se corrió a la izquierda. Entonces el partido de derecha quedó con una rama a la derecha, dos ramas a la izquierda de ella pero una a la derecha de la otra y una rama izquierda. A su vez, algunos de la rama derecha que había pasado a ser izquierda no estaban conformes con el cambio y formaron una nueva rama izquierda de la rama derecha del partido de derecha, quedando el partido con cinco subramas en total. No hay que olvidar, de todos modos, que se trataba de un partido de derecha y por lo tanto todas las ramas estaban a la derecha del partido de izquierda.

En el partido de izquierda también se producían divisiones. Una facción quiso captar al electorado de derecha descontento con los cambios en su partido, y crearon una rama de izquierda derechista que estaba a la derecha de todas las ramas de su partido y también a la derecha de la rama más izquierdista del partido de derecha. Los otros miembros de su partido los trataban de derechistas, y los miembros del partido de derecha que habían quedado a su izquierda seguían tratándolos de izquierdistas. Las otras ramas del partido de derecha seguían viéndolo a su izquierda.

De repente, en la rama derecha del ala izquierda del partido de izquierda empezaron a pensar que el cambio de la vertiente más derechista de su partido era positivo pero no suficiente. Había que adaptarse a los nuevos tiempos, decían. Y formaron un nuevo partido de izquierda que se ubicó a la derecha de la rama izquierda del ala izquierda del partido de derecha. Pero no se afiliaron al partido de derecha, porque sus convicciones no se lo permitían.

Entonces se daba el caso de que había dos alas izquierdistas que eran más de derecha que algunas vertientes del partido de derecha. Estas ramas eran vistas como izquierdistas por los de derecha, por derechistas por los de izquierda y como representantes de la nueva política por ellos mismos.

Todo se agravó cuando la vertiente izquierda del ala derecha del partido de derecha eligió pasarse al partido de izquierda pero como un fuego de artificio para captar votos, sin cambiar sus ideas. Esto provocó, primero, un cisma en esa rama, parte de la cual siguió siendo la rama izquierda del ala derecha del partido de derecha. Pero la otra parte se autoproclamaba como la rama izquierda del ala derecha del partido de izquierda, lo cual les causaba problemas con la verdadera rama izquierda del ala derecha del partido de izquierda, que los acusaba de derechistas y de querer confundir al electorado.

Cuando se acercaban las elecciones ambos partidos hicieron internas para definir a sus candidatos. Cada rama postuló a sus representantes. El electorado del partido de izquierda debió elegir entre la rama izquierda del ala izquierda, la rama derecha del ala izquierda que se había volcado a la derecha, la rama izquierda del ala derecha del partido de derecha que se decía la rama izquierda del ala derecha del partido de izquierda, la verdadera rama izquierda del ala derecha del partido de izquierda y la rama derecha del ala derecha del partido de izquierda, que se había volcado a la derecha, quedando más a la derecha que algunos de sus colegas de derecha. Cada uno de los candidatos explicaba por qué era la opción más válida de la izquierda y cómo los demás no eran la verdadera izquierda.

En el partido de derecha se podía elegir entre el ala izquierda, la rama izquierda del ala que antes era izquierda y ahora era central, la rama derecha de esa misma ala, lo que quedaba de la rama izquierda del ala derecha y la rama derecha del ala derecha. Cada rama intentaba convencer a todos de su condición de derechista indudable.

La lista que resultó elegida por el partido de izquierda se alió, para las elecciones generales, con la más afín de las listas del partido de derecha, armando un frente que a los de izquierda les parecía de derecha y a los de derecha les parecía de izquierda. La lista elegida en el partido de derecha se alió con la vertiente que se había volcado falsamente a la izquierda, dando la impresión a los que estaban más a la derecha de ser izquierdistas, pero de ser derechistas a los que estaban más a la izquierda.

En la elección general ganó uno de los dos partidos, que en el ejercicio de su gobierno tuvo la oposición permanente de los miembros del otro, excepto aquellos que, sin abandonar sus convicciones, habían aceptado cargos en el nuevo gobierno. Pero como no se desafiliaron a su partido de origen, los miembros de la rama más distante del gobierno los tildaban de opositores. Al mismo tiempo los de su propio partido los tildaban de traidores y oficialistas.

Luego de algunos meses de gestión algunos funcionarios se alejaron del gobierno, según sus palabras asqueados del juego sucio de la política. Ellos se fueron de sus respectivos partidos y formaron uno nuevo, el Partido del Nuevo País. Para las siguientes elecciones el Partido del Nuevo País no pudo elegir un candidato y se presentó con dos listas separadas, una de izquierda y otra de derecha.

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Gente como uno

Hugo salió de su casa con destino a la cancha de River. Tenía que tomar el 65 en Avenida La Plata y Garay, y agradeció que no estuviera más en la zona la cancha de San Lorenzo. De lo contrario, el tránsito podría estar desviado, tal como estaba en los alrededores de River ese día. El plan era ir hasta Barrancas de Belgrano y caminar las diez cuadras restantes.

Cuando llegó a la parada, había una sola persona esperando el transporte. Hugo se dio cuenta de que la otra persona era él, y se sorprendió al verse. El otro Hugo también se reconoció en el Hugo recién llegado, y lo saludó. Se dieron la mano, y el apretón se vio favorecido por el cumplimiento de la expectativa de cada Hugo en cuanto a la firmeza y duración de la sacudida. Hugo y Hugo entablaron una conversación, en la que se dieron cuenta de que tenían visiones similares sobre los temas que tocaron. También vio Hugo que el otro Hugo estaba yendo, como él, a la cancha de River a ver el partido que se jugaba ese día. Después de unos minutos vieron que se acercaba el colectivo.

Uno de los Hugos paró el colectivo, y mientras se detenía pudieron ver que estaba bastante lleno. No se sorprendieron, tal cantidad de gente era habitual a esa altura del recorrido, y más un día de cancha. Ambos Hugos subieron al colectivo, y el primero de ellos se sorprendió al ver que el chofer era Hugo.

Hugo (el que se había subido primero) se dio vuelta y miró al Hugo que se estaba subiendo. Luego miró al Hugo chofer, le sonrió, lo saludó y le marcó el importe del boleto. Tenía ganas de hablar un poco más, pero estaba prohibido conversar con el conductor. El otro Hugo hizo lo mismo.

Hugo, mientras la máquina procesaba sus monedas, empezó a pispear el lugar más adecuado para pararse a la pesca de un asiento, cuando un detalle captó su atención. Todos los que estaban parados, y también los que estaban sentados, eran Hugo. Hugo, al comprobarlo, quiso señalarle ese hecho al Hugo que había subido detrás de él, pero no lo pudo identificar. El colectivo estaba bastante lleno y Hugo se había perdido en un mar de Hugos. Igual no era grave, ambos tenían el mismo destino y se podían volver a encontrar cuando llegaran.

A medida que el colectivo se acercaba a su destino los Hugos empezaron a cantar canciones de cancha y golpear la carrocería de la unidad. En algunas paradas subieron otros Hugos que se fueron incorporando al coro.

En un momento subió el inspector, que era también Hugo. Hugo pidió a los otros Hugos el boleto, y utilizando un aparato diseñado para ese menester, cortó un pedazo del comprobante de pago que cada Hugo había recibido al subir. Algunos Hugos lo saludaban al reconocerlo, otros seguían con el canto entusiasmados.

Llegaron a Barrancas y, como Hugo suponía, todos iban para River. Se formó una caravana de Hugos cantores que caminaban por Libertador mientras al grupo se iban uniendo otros conjuntos de Hugos que venían de otras partes de la ciudad.

Algunas cuadras antes del estadio había un cordón policial donde se controlaba que cada espectador tuviera su entrada y se lo palpaba por si llevaba armas. Los oficiales a cargo de la inspección eran también Hugo, y ellos, por estar revisando a ellos mismos, no los hicieron demorar mucho.

En la puerta del estadio fueron bienvenidos por los Hugos del control de entradas, quienes cortaron la mitad de la localidad de cada Hugo, y los remitieron a los Hugos acomodadores, quienes los llevaron a sus lugares.

La cancha se llenó. Había 80.000 Hugos en el lugar, dispuestos a ver el partido. Varios habían llevado banderas que decían “Hugo presente”. Un Hugo cocacolero pasó dificultosamente entre los Hugos espectadores ofreciendo vasos de una bebida fabricada con una mezcla de gaseosa cola y agua, y algunos de los Hugos compraron. Se anunció por altoparlantes la formación de River, que era la siguiente: Hugo; Hugo, Hugo, Hugo, Hugo; Hugo, Hugo, Hugo; Hugo; Hugo, Hugo. El técnico era Hugo y el árbitro era Hugo. Se lo reconocía porque estaba vestido de un color distinto al de los jugadores.

Arrancó el partido y pasados unos minutos hubo un gol del equipo visitante, marcado por Hugo. Hugo (el que había hecho el gol) gritó con motivo de la conversión y fue hostigado por los Hugos espectadores. Decían que no tenía respeto por el equipo que lo había visto crecer. Y era porque Hugo había jugado en River, aunque ahora defendía otros colores.

Mientras tanto, en su casa, Hugo miraba el partido por televisión. Lo hacía con relatos de Hugo y comentarios de Hugo, pero al no soportar el estilo de esos periodistas decidió apagar el sonido del televisor y encender la radio, donde relataba Hugo.

River pudo empatar y pasó a ganar con un penal dudoso. Las malas lenguas decían que Hugo había cobrado el penal por influencia del presidente de la AFA, que tenía con Hugo una relación muy especial: eran la misma persona. Igual relación tenía el árbitro Hugo con el tesorero de River, y ese dato no hacía más que alimentar las sospechas.

Pero a los Hugos que miraban el partido no les importaban esos datos. Festejaron el triunfo y al terminar el encuentro salieron, contentos, a festejar con los Hugos que estaban afuera. Hugo volvió a tomarse el 65 y se fue a su casa. En el colectivo seguían festejando. Pensaba Hugo que por eso le gustaba el fútbol, por momentos así. Disfrutaba cuando el equipo ganaba, pero más disfrutaba cuando iba a la cancha, porque podía sentirse parte.

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