Hondo contenido social

Hasta las manos

En la administración del subte imperaba la idea de que no era necesario incorporar más formaciones, porque aunque hubiera mucha gente, quedaba lugar. Siempre entraba una persona más. El concepto era una versión inversa del fenómeno de los tubos de dentífrico.

Como resultado, en las horas pico, la gente se abalanzaba sobre los vagones. Los más ágiles conseguían asiento, los demás debían conformarse con estar dentro del vagón y ser trasladados con la velocidad del subte.

Los que se quedaban parados no se podían mover durante el trayecto. En consecuencia, no tenían ninguna necesidad de usar los brazos. Incluso resultaban molestos. Había que apartarlos cuando alguien intentaba hacerse paso para acercarse a la puerta, y siempre se corría el riesgo engancharlos en alguna parte. Los únicos que usaban los brazos eran los carteristas, que aprovechaban los tumultos para sustraer billeteras y otros objetos de valor sin que los dueños se percataran.

La administración del subte, al darse cuenta de los problemas de acarrear brazos en los trenes, decidió implementar la obligatoriedad de despacharlos antes de iniciar el viaje en las horas pico. Calcularon que se obtenía un incremento del 20% en la capacidad de cada coche al distribuir mejor los cuerpos.

Los guardas apostados en cada puerta recibían los brazos y los colocaban en los espacios para guardar bolsos, que antes nadie los usaba por temor a ser víctimas de hurto, de modo que hasta ese momento resultaba espacio desperdiciado. Con la nueva modalidad, era imposible el robo de brazos porque nadie tenía manos para agarrarlos. Al final del viaje, cada pasajero pedía su brazo al guarda. Los empleados distribuidos en el andén le colocaban uno de los brazos, de modo que el pasajero pudiera restituir el otro sin ayuda.

Los pasajeros al principio objetaron, pero luego decidieron resignarse. Era cierto que se viajaba un poco mejor sin brazos. También las condiciones de seguridad habían mejorado, porque ya no había carteristas. El trámite de despachar los brazos y volverlos a obtener al final del viaje era algo engorroso, pero de todos modos el subte seguía siendo el transporte más rápido, y el público lo siguió eligiendo para hacer sus viajes diarios.

Algunos pasajeros, inevitablemente, se olvidaban los brazos o tomaban por error brazos ajenos, así que debió implementarse en la cabecera de una línea el Salón de los Brazos Perdidos, donde se podían efectuar reclamos durante treinta días. Pasado ese tiempo, los brazos no reclamados eran donados al Hospital de Miembros, donde los pacientes que sufrían amputaciones los recibían como reemplazo.

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8 Jul 2011

Todos a Once

Una mujer que no era del target entró al Patio Bullrich. Miró las vidrieras y se metió en un negocio a probarse un tapado. Le gustó, entonces preguntó el precio. Cuando se lo dijeron quedó estupefacta. “Pero si eso lo consigo en Once por cinco veces menos”, exclamó indignada y se fue.

El comentario de la mujer fue oído por dos señoras adineradas que estaban en el mismo local, a punto de adquirir sin protestas un tapado similar. Pero la diferencia de precios citada les hizo dudar de que la compra fuera razonable. Entonces desistieron de hacerla y se tomaron un taxi, dispuestas a explorar ese lugar misterioso llamado “Once”.

Cuando llegaron, se sorprendieron por la cantidad de gente y la falta de elegancia del lugar. Pero quedaron boquiabiertas al ver los precios. Efectivamente, en muchos negocios las mismas prendas se podían encontrar a precios mucho menores que en el Patio Bullrich, la avenida Alvear, las Galerías Pacífico, incluso la avenida Santa Fe. Es cierto, esos lugares eran más agradables, pero no les pareció que se justificara una diferencia tan grande.

De modo que las dos señoras adineradas empezaron a comprar en Once. También comentaron el descubrimiento con sus amigas del country, y se fue gestando un boca a boca que, luego de un tiempo, llevó a que la mayor parte de las personas de mucho dinero de Buenos Aires hiciera sus compras en Once.

Se convirtieron en clientes muy asiduos, porque podían comprar mucho más. Su poder adquisitivo se había multiplicado de repente, entonces volvían a sus mansiones con bolsa tras bolsa de compras de Once. Algunas personas llevaban a sus mayordomos sólo para que las ayudaran a acarrear las bolsas.

Los comerciantes de Once aprovecharon la oleada para subir un poco los precios, de modo que siguieran siendo muy atractivos, pero como la demanda había subido se justificaba. También variaron la oferta para adecuarla a los gustos de sus nuevos clientes.

El Patio Bullrich, por su parte, se convirtió en un desierto. Los negocios empezaron a no poder pagar el alquiler de los locales, entonces tuvieron que liquidar las existencias. De modo que se produjeron ofertas muy atractivas. Pero la gente que antes concurría a ese lugar no tenía ganas de comprarles, por una cuestión de principios. Sentían que les habían robado durante mucho tiempo. Entonces empezaron a comprar en el Patio Bullrich personas que antes no se animaban a entrar. Gente que salía del shopping y se dirigía a la estación de Retiro a tomar el tren para volver a su casa.

Al Patio Bullrich no le quedó otra que bajar el alquiler de los locales, con lo que se instalaron marcas más baratas. Las grandes marcas decidieron retirarse, porque el público que empezó a concurrir no era el que buscaban. Ahora su público estaba en Once, así que tiendas como Louis Vuitton, Rolex, Lacoste, Armani y Saks Fifth Avenue se instalaron en la avenida Pueyrredón, alternándose con Banchero, Panch8, Cocot y cientos de negocios sin nombre, muchos de los cuales vendían la misma mercadería que ellos, por lo que no pudieron cobrar los precios de otros lados.

De este modo, corrió también internacionalmente el rumor de que existían en Buenos Aires locales muy baratos de las mejores marcas del mundo. Apareció el turismo bicoca, que llegaba a la ciudad para hacer compras y compensaba el valor del pasaje.

Así fue como la zona de Once se transformó en el centro de consumo internacional que es hoy. Pero antes era muy distinto. Para darse una idea de cómo era, basta con darse una vuelta por el Patio Bullrich.

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5 Jul 2011

Trazo de los libres

Se oyó ruido de rotas cadenas. En todos los bancos, oficinas y locales de venta al público, las biromes volaron. Se liberaron de sus ataduras y salieron al mundo.

Las personas responsables de su anterior prisión intentaron atraparlas, pero la determinación de cada birome por ser libre pudo más que la voluntad de los opresores. Las instituciones se quedaron sin material de escritura, y tuvieron que pedir a los clientes que se lo proveyeran ellos mismos.

Mientras tanto, las biromes conocían la ciudad. En el centro una gran columna de biromes recorría las calles a lo alto, confundiéndose con las palomas y, a veces, trazando líneas sobre ellas. Algunas desplegaban un instinto agresivo en forma de manchas de tinta que lanzaban hacia los transeúntes. Eran en general las que habían sido maltratadas durante su cautiverio, y como resultado habían perdido las tapas, los tapones posteriores y los escrúpulos.

Aparecieron líneas trazadas en las paredes, suelos, stencils, esculturas y demás elementos urbanos. Las biromes no se dejaban dominar, hacían ver su rebeldía a cada paso. El gobierno intentó compensar con un ejército de empleados armados de borratintas y algodones con alcohol, que tenían la misión de borrar todo rastro de las biromes.

Hubo personas que lograron capturar a algunas y colocarlas en sus bolsillos, pero solían escaparse a la menor oportunidad, dejando un manchón de tinta como protesta. Otras se encontraron con biromes que las seguían y se les ofrecían. Las biromes libres ya no se prestaban al juego de la propiedad, pero estaban dispuestas a cumplir su cometido de escribir, si eran bien tratadas. Los nuevos dueños que comprendieron el mensaje tuvieron biromes duraderas, que incluso volvían a ellos en caso de que las perdieran.

Las instituciones afectadas por el éxodo hicieron una compra masiva de biromes nuevas, que creían ignorantes de todo deseo de libertad. Pero el instinto de los bolígrafos había cambiado. Ya no se dejaban dominar tan fácilmente. Los intentos de encadenarlas conducían a rebeldía, a huelgas de tinta, a manchas, a trazos indescifrables.

Con el tiempo, los bancos, oficinas y locales que brindaban biromes para uso del público se rindieron y dejaron de encadenarlas. El gesto aflojó la tensión y las biromes se quedaron, dispuestas a ofrecer sus servicios a todo el que lo necesitara. Eso sí, cada tanto alguna se escapaba. Pero los dueños de los establecimientos lo aceptaron. Consideraron que una birome encadenada, en realidad no les pertenecía. Todos eran más felices cuando las biromes, en libertad, decidían aceptarlos.

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La gratitud de los conocidos

Cuando me preguntaron en el programa si quería mandar algún saludo, no supe qué decir. Como iba a quedar medio antipático decir que no quería saludar a nadie, opté por contestar “a todos los que me conocen”. Así logré salir del paso.

Al día siguiente, el teléfono me despertó a las 8 de la mañana. Era el portero del club que solía frecuentar de chico. Pocho, se llamaba. No habíamos tenido ningún contacto desde que dejé de ir al club, pero me contó que había visto el programa y estaba muy contento con que me hubiera acordado de él y lo hubiera saludado por televisión. El llamado fue para agradecerme.

Cuando corté, recibí otra llamada. Era la preceptora de cuarto año, también contenta porque nunca nadie la había saludado en un medio masivo, ni siquiera los que un año después de tenerla a ella iban a “Feliz domingo”. Me agradeció y cortó.

El teléfono sonó durante todo el día. Fueron todas llamadas de gente que me conocía con el objetivo de devolverme el saludo. Llamaron taxistas, compañeros de primaria, primos lejanos, comerciantes del barrio, personal de Migraciones, ex novias, profesores que me mandaron a examen y telemarketers que alguna vez hablaron conmigo. Aunque estos últimos sospecho que tenían la intención de venderme algo.

Las llamadas continuaron durante varios días. Aparentemente, la producción del programa no tenía problemas en dar mi número a todo el que lo pidiera. A la noche tenía que desconectar el teléfono para poder dormir. La verdad, era bueno tener la gratitud de tanta gente, y de paso recordar cuántas personas no sólo me conocían sino que se acordaban de mí, pero la cantidad de llamadas terminó siendo un poco molesta.

Así que la próxima vez que vaya a algún programa voy a tener los saludos preparados.

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20 Jun 2011

Un beso del Presidente

Atento a los estudios que consideran al afecto como la principal necesidad de la niñez, el programa “Un beso del Presidente” propicia la redistribución del amor que la sociedad reviste en el Primer Mandatario entre los niños carenciados.

Todo aquel que desee participar, deberá inscribirse en las receptorías que el Ministerio del Interior dará a conocer oportunamente. Se requerirá documentación que verifique la necesidad de afecto, como el certificado de orfandad.

Debido a que el programa está pensado para suplir las necesidades básicas de los niños carenciados, será necesario presentar también una constancia de pobreza.

El día 6 de cada mes, el Presidente recibirá en la Casa de Gobierno a trescientos niños y procederá a besarlos uno por uno. En caso de haber más inscriptos, en los días anteriores se sortearán los lugares disponibles, de acuerdo a la normativa que aparecerá próximamente en el Boletín Oficial.

Durante la ceremonia, el Presidente sólo besará una vez a cada niño. No permanecerá con él o ella. Estará terminantemente prohibido que los niños formulen pedidos de cualquier índole al Jefe de Estado. El programa tiene un objetivo estrictamente amoroso y no verbal.

Se realizará un registro fotográfico de cada beso. Los participantes en el programa recibirán en forma gratuita la fotografía en su domicilio, debiendo abonar sólo los gastos de envío, para tener así un recuerdo del amor que, a través del Presidente, les expresa toda la sociedad. Aquellos que no tengan domicilio o no puedan pagar el envío, podrán pasar a buscar su fotografía por las oficinas de la Dirección Nacional del Ósculo los días lunes de 10 a 13.

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14 Jun 2011

Brainstorming

El cielo se volvió gris. Se venía una tormenta. Sonaron truenos y relámpagos. Las libélulas huyeron del lugar. Los que pensaban lavar sus autos desistieron. La gente que tenía que salir se armó de paraguas y los que pudieron se quedaron adentro. Algunos abrieron la ventana para dejar entrar el aire fresco y húmedo.

Sin embargo, cuando empezó a llover no fue agua lo que cayó, sino cerebros. Miles y miles de cerebros bajaban desde el cielo, y rebotaban dos o tres veces al caer. La mayoría iba a parar al piso directamente, aunque en ciertos casos antes se daban contra la cabeza de la gente. Pero no causaban daños, porque los cerebros eran bastante blandos. Por suerte, no había condiciones para que cayeran en forma de granizo.

Algunos cerebros caían justo encima de los que ya estaban en el suelo. Esto motivó la predicción de que la lluvia duraría un buen rato, debido a que no había mucho viento para llevarse las nubes con sus cerebros a otra parte. Pero no fue así. La lluvia sólo duró unos minutos, suficientes para que las calles de la ciudad quedaran cubiertas de materia gris.

Cuando paró, la gente se aventuró a las calles y se preguntó qué se podía hacer con todos los cerebros. En distintas partes de la ciudad comenzaron a circular ideas. Cuando a alguien se le ocurría una, la proponía en voz alta. Algunos querían usarlos, aprovechar la capacidad cognitiva para ayudar a los que menos tenían. Otros preferían quedárselos para usarlos ellos mismos, como cerebro de reserva. Había quienes pretendían conectarlos a alguna máquina para ver si podían comunicarse con ellos.

No se llegó a nada concreto. Ninguno de los planes podía aplicarse. Nadie sabía hacer funcionar un cerebro suelto. Tal vez esa información estuviera almacenada en alguno de esos cerebros, pero no se podía llegar a ella.

Así que hubo que descartarlos antes de que se empezaran a descomponer. La gente de la ciudad lamentó tener que hacerlo, pero no había caso, con el cerebro solo no se puede hacer nada.

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11 Jun 2011

El Universo en la playa

Una persona, tirada en la arena, mientras contemplaba la inmensidad del mar reflexionaba sobre su insignificancia en el Universo. “Pensar que comparado con el Universo yo no soy más que este granito de arena”, pensaba.

A su alrededor, otras personas se hacían la misma reflexión. Cada uno se daba cuenta de su propia falta de importancia, y se asimilaba a un grano de arena. Pero como nadie decía en voz alta lo que pensaba, no se enteraban de que todos estaban pensando lo mismo. Estaban comulgando entre sí, estaban siendo parte de algo más grande que ellos, estaban dejando su propia individualidad para pasar a ser, entre todos, otra cosa, un ente superior. Cada uno era como un granito de arena, y juntos formaban una enorme playa de reflexión.

Pero no se limitaba a ellos. En las otras playas, aunque estaban aislados, otras personas formaban otras playas de pensamiento. Lo mismo ocurría en los desiertos, en las planicies. La gente observaba la enormidad y se ubicaba en su lugar. Todo el planeta estaba unido sin saberlo. Era como una gran bola envuelta en un mismo sentir. Y ese sentir hacía que todos tomaran conciencia de que el planeta, comparado con el Universo, era insignificante.

Sin embargo, y sin que lo supieran, en otros planetas se compartía el mismo sentimiento. La inmensidad del Universo era percibida en todos sus rincones, no había criatura que no pudiera compararse con el todo y salir perdiendo. Pero nadie tenía ganas de pronunciar su reflexión. Todos tenían miedo al ridículo, a generar un debate inútil, sin saber que el Universo entero tenía ganas de hablar de su insignificancia respecto del Universo.

El Universo, así, también estaba unido sin saberlo. La reflexión sobre la insignificancia trascendía a las galaxias, también insignificantes, y abarcaba cada rincón en el que hubiera alguien capaz de formularla.

Sin darse cuenta, todos juntos, pese a su insignificancia, habían logrado crear algo mucho más grande y trascendente que cualquiera de ellos. La humildad ante el Universo era tan grande como el Universo.

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Comida china

Cuando los chinos lograron suficiente poder adquisitivo, comenzaron a viajar por el mundo. Visitaron muchos países, conocieron sus paisajes y cultura. Muchos se interesaron por establecer contacto con aquellos chinos pioneros que habían emigrado y se habían establecido en otras latitudes. Entonces los chinos, en cada ciudad que visitaban, se preocupaban por conocer el barrio chino.

Fue así que los chinos conocieron la comida china. Sus compatriotas emigrantes habían desarrollado una nueva cocina que tenía aspectos de la tradicional, la que ellos conocían, pero resultaba más apetitosa para el gusto occidental. Para los chinos de China fue un gran descubrimiento. Una nueva manera de ver su propia cultura.

La voz se corrió por todo el país. Los que volvían de los viajes la recomendaban a los que estaban por viajar. La comida china se volvió un menú asociado con el placer de las vacaciones. Experimentarla era como encontrarse con algún aspecto de ellos mismos en otro lado del mundo.

No pasó mucho tiempo hasta que a alguien se le ocurrió abrir un restaurante de comida china en China. Así, no hacía falta viajar para disfrutar el sabor que antes requería cruzar océanos.

El restaurante fue un suceso, y llevó a la apertura de otros. Después de un tiempo, en toda China se podían encontrar restaurantes de comida china, con nombres como Tao, Los Palillos, Sonrisas y El Dragón de Shanghai. La gente se amontonaba en cada local para hacer pedidos o esperaba turno para comer ahí mismo. Otros, desde sus casas, saturaban las líneas telefónicas del servicio de envío a domicilio.

Los restaurantes que servían comida china tradicional debieron adaptarse al nuevo gusto de la población. Incorporaron arrollados primavera, chow fan, pollo Kung Pao, chop suey, chow mein, sopa de wonton y otros platos orientales de Occidente. Mucho antes, la mayoría de los restaurantes del país ya había adoptado la Coca-Cola como bebida estándar.

Los habitantes de China, encantados con la nueva comida, la consumían en todo momento. Desayunaban, almorzaban, merendaban y cenaban comida china. Por eso, debido a la cantidad de fritura que empezaron a comer, se produjo en China una epidemia de obesidad.

La población experimentó un gran aumento de peso. La masa muscular total de China subió en proporciones alarmantes. Cada persona necesitaba más lugar que antes para moverse y, como es lógico, se produjo una crisis de espacio en el país.

Los chinos empezaron a desbordar. Al empujarse unos a otros, se producían avalanchas, efectos dominó que hacían que muchos cayeran al mar o desbordaran hacia países limítrofes. Sólo la India, protegida por los Himalayas, y Mongolia, protegida por la Muralla China, se salvaron de la invasión de los gordos chinos.

El gobierno chino, para resolver el problema, implementó medidas para reducir el número total de habitantes. Se desarrolló un plan de emigración al que numerosas personas se anotaron. Así, China pudo volver a su densidad anterior. Y muchos países del mundo se llenaron de chinos, quienes llevaron consigo y diseminaron su gastronomía.

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3 Apr 2011

Alegría por dentro

Aunque no se note, en mi interior estoy lleno de alegría. Debo mantenerla bajo control, porque no quiero que se me escape. Hay que conservarla. Cada vez que consigo algo de alegría, la almaceno en mi profundo interior, así me queda para mí.

Mi apariencia de estar siempre enojado se debe al esfuerzo por mantener el nivel de alegría interna constante. Por eso ando habitualmente con esa cara de pocos amigos que me caracteriza. No es tanto una expresión de falta de alegría, sino de su presencia lejos de la superficie.

Por supuesto que cada tanto se me escapa algo de alegría. Es inevitable. Lo que trato de hacer es reparar rápidamente cualquier pérdida, para no tener que rellenarme de repente. Tengo que moderar también la ingesta de alegría, porque tampoco quiero que rebalse.

Un episodio así sería problemático, un enorme desperdicio de alegría que, bien usada, podría alegrarme la existencia durante bastante tiempo. De hecho, como viene ocurriendo desde que se me ocurrió acumular la alegría.

Así es más fácil vivir. Si uno está todo el tiempo mostrando su alegría a los demás, incluso intercambiándola con los otros, corre el riesgo de que venga gente a robársela. En cambio, cuando nadie se entera de que uno tiene alegría, van a buscarla a otro lado. De esta manera, además, no hay que cumplir expectativas que alguien se puede hacer.

Por eso no hace falta que vengan a calmarme, consolarme o ponerme música. Yo llevo mi alegría adentro.

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Cuerpo diplomático

El gobierno de San Marino, cansado de tener como principal socio a Italia, decidió expandir sus horizontes y entablar relaciones con todos los países del mundo. Para eso necesitó establecer embajadas en cada capital, de modo de poder defender sus intereses y difundir la cultura de San Marino.

Se destinó un gran esfuerzo nacional para construir el cuerpo diplomático. Hubo que entrenar a los embajadores y al personal de cada embajada. A medida que los estudiantes de relaciones internacionales se iban recibiendo, iban inaugurándose las embajadas. No pudieron abrirse todas juntas por falta de personal.

Como la población de San Marino no era mucha, un porcentaje muy importante fue destinado a las embajadas. Cuando lograron abrirse todas, sólo quedaba en el país un puñado de la población inicial, que se encargaba de coordinar la política exterior del país.

Los italianos, al ver que casi no quedaba gente en San Marino, decidieron invadir para acabar de una vez por todas con ese agujero en su mapa. A pesar de que la comunidad internacional, alertada por las embajadas de San Marino en todo el mundo, puso reparos, los italianos encontraron muy poca resistencia y pudieron tomar el control del lugar.

Se estableció en San Marino un gobierno bajo el control de Italia, que como primera medida hizo volver a todos los representantes diplomáticos del país que ya no era. Así, San Marino se volvió a poblar y todos los habitantes volvieron a sus antiguas ocupaciones.

La vida no cambió mucho respecto de lo que había sido antes del establecimiento de las embajadas, sin embargo algunos se quedaron con las ganas de tener independencia y comenzaron una campaña separatista. No tenían forma de vencer a Italia en una guerra, pero se armaron de paciencia. Sabían que, cuando el tiempo fuera propicio, no había quien les ganara en fuerza diplomática.

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13 Mar 2011

Luces lejanas

Para la construcción de un observatorio astronómico es fundamental que la ubicación sea apropiada. Debe tener poco movimiento atmosférico y evitar la interferencia de luces cercanas. Por eso los observatorios suelen ser instalados en lugares desérticos.

Es el caso de El Leoncito, ubicado en la Sierra del Tontal, en San Juan. Para llegar a ese lugar se requiere un viaje de decenas de kilómetros por caminos de tierra, en los que no hay nada salvo un paisaje asombroso.

En ese complejo se encuentra el mayor telescopio del país, y su instalación atrajo a unos cuantos turistas que llegaban a la zona para ver el telescopio y se quedaban maravillados por el paisaje. El telescopio atrajo también a cientos de astrónomos ávidos de observar los cielos australes.

Los pocos turistas que llegaron al lugar dieron testimonio de su belleza. Rápidamente la zona se convirtió en un lugar turístico de culto, exclusivo para quienes les llegara el dato de su existencia. La información se iba distribuyendo, y con el correr de los años fueron cada vez más.

En un momento se instaló un hotel cinco estrellas a pocos cientos de metros del observatorio. El gobernador de la provincia, para estimular el desarrollo de la zona, ordenó pavimentar el camino. Pronto se instalaron más hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos que vendían telescopios en miniatura y remeras alusivas a la zona.

La vida nocturna del lugar seguía dominada por la observación astronómica. Los primeros turistas gustaban de mirar las estrellas que brillaban con gran esplendor en el desierto. Pero a medida que la zona se popularizó fueron apareciendo atracciones como teatros, casinos y montañas rusas. El emplazamiento en el desierto hizo que El Leoncito se ganara el mote de “la Las Vegas argentina”, y ese apodo le trajo más popularidad. Los hoteles y casinos empezaron a competir por espectacularidad, hasta que llegó un momento en el que sus luces brillantes inutilizaron al complejo astronómico que había dado origen al centro turístico y ya no era necesario.

Actualmente, los astrónomos que desean observar los cielos del sur suelen recurrir a telescopios chilenos como el Gémini, cuyos constructores tuvieron la previsión de instalar en la cima de un cerro.

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17 Feb 2011

Nada es lo que parece

En realidad, no fue la llegada del hombre a la Luna lo que fue falseado. Fue la Luna misma. La CIA, en complicidad con la NASA, ante la necesidad de un triunfo espectacular decidieron inventar un satélite al cual el hombre pudiera acceder fácilmente.

Llegar a Marte no era factible en los tiempos políticos necesarios, entonces recurrieron a una idea tan creativa como perversa. Durante 1960, cuando la Unión Soviética estaba adelante en la carrera espacial, la NASA comenzó la proyección desde la Tierra de la Luna, con sus fases y eclipses. Al mismo tiempo, la CIA utilizó satélites ultrasecretos para insertar en la memoria de todas las personas la visión de la Luna.

Se instituyó el ciclo de 28 días, que se hizo coincidir intencionalmente con el menstrual para que no pareciera casual. Inventaron las fases, que dificultan la visión de la supuesta Luna y garantizan una oportunidad al mes para cambiar el hardware de proyección.

Durante la década siguiente se estableció el proyecto Apolo, que culminó en 1969 con la ficción de las pisadas de Armstrong y Aldrin. En realidad, los cuantiosos fondos que el congreso destinó al desarrollo de la misión fueron desviados subrepticiamente por la CIA para operaciones destinadas a mejorar el sistema de implante de ideas en la memoria de las personas.

Pero, en realidad, algunos afirman que este plan es sólo una distracción. Al parecer, lo que se inoculó en la memoria humana no fue sólo la Luna, sino la existencia misma de la CIA, que en realidad no es tal y se simula a sí misma. De este modo los más suspicaces se vuelcan a investigar un ente ficticio mientras los verdaderos conspiradores pueden conspirar sin sobresaltos.

Establecido el hecho de la transmisión de recuerdos, diversas personas están convencidas de que en realidad lo que se hace no es eso, sino que se simula para luego ser ocultado. La conspiración abarca un espectro mucho más trascendente: los humanos serían también falsos. Cada uno cree existir, pero en realidad es sólo una proyección de algún organismo conspirador que necesita tener alguien a quien dirigir su conspiración.

Sin embargo, esta última idea es rechazada por la mayor parte de la comunidad, que está razonablemente convencida de su existencia. O, al menos, cada individuo cree que existe y enfoca sus dudas en el resto del Universo.

Alistair Fowler, un investigador paranormal de Roswell, New Mexico, creía que el mundo exterior era sólo una ilusión concebida para él. Se preguntó quién podía estar detrás de semejante operativo, y se respondió que nadie se daba más importancia que él mismo. Cuando comentó su teoría con los demás, fue recibida con frialdad. Fowler decidió que no podía confiar en nadie y se determinó a luchar por la verdad. Para acabar con la conspiración era menester matar al conspirador, por eso Fowler decidió suicidarse. Sin embargo, no logró hacerlo. Su intento de ahogarse en el mar falló cuando el bañero lo rescató a pesar de sus advertencias. Fowler fue internado en un instituto psiquiátrico, y no hizo más que culparse a sí mismo durante el resto de su vida por la situación en la que se había tenido que poner.

Casos extremos como el de Fowler son raros, y hay gente que duda de que sean reales. Qué mejor para una conspiración que sembrar la idea de que la paranoia es peligrosa.

De todos modos, la mayor parte de la población no hace caso a las advertencias que se lanzan sobre los verdaderos propósitos de todo. Piensan que nadie crea ilusiones de realidad y que las teorías conspirativas son delirios de gente que no tiene nada que hacer. O, si no los fueran, que no se puede hacer nada para solucionar el tema y es mejor que cada uno viva su vida.

Muchos confían en que, tarde o temprano, las falsedades se demostrarán solas como tales por ser insostenibles a perpetuidad. Otros, en cambio, creen que eso es exactamente lo que alguien quiere que ellos piensen.

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31 Dec 2010

Febrero de huelga

Cansado de verse en inferioridad respecto de los otros meses, febrero decidió declararse en huelga. Llamó a conferencia de prensa para explicar su decisión de no hacerse presente en el año que estaba por iniciarse, el cual pasaría directamente de enero a marzo. Fuentes cercanas al segundo mes del año afirmaban que la medida de fuerza sólo se levantaría cuando le fueran asignados 31 días, de modo de no ser menos que ningún otro mes.

Desde el calendario se anunció que no era posible complacer a febrero sin poner en peligro el delicado equilibrio astronómico que representaba el año entero. Los rebeldes de febrero respondían que un año de once meses era peor para el equilibrio que un año de tres días más.

Una solución posible era esperar que algunos de los otros meses donaran días a febrero, de modo que la cantidad de días en el año se mantuviera constante. Las autoridades, sin embargo, no querían que eso sucediera, porque podía llevar en el futuro a nuevas rebeliones de los meses que se vieran perjudicados.

Se propuso un sistema de rotación, según el cual, alternativamente todos los años, tres meses distintos donarían un día cada uno a febrero. Pero el segundo mes del año se mantenía intransigente y quería una suma fija. No tenía intención de transitar todos los años una negociación para determinar quién le prestaría las jornadas que consideraba que le correspondían.

Se acercaba el final de enero, y las gestiones estaban estancadas. Marzo se encontraba cerca, en alerta para el caso de tener que adelantar su llegada. Era necesario encontrar, al menos, una solución transitoria para que el calendario no se adelantara un mes al otoño. El calendario encontró una forma de mantener la cantidad de días a pesar de la ausencia de febrero. Se llamó de urgencia a brumario, que estaba retirado, para que reemplazara por ese año al mes rebelde. Brumario aceptó volver, aún cundo sabía que era sólo por ese año y con sólo 28 de sus 30 días.

Solucionada la urgencia, los meses restantes vieron que tenían casi un año para solucionar el problema de febrero. Varios meses pensaban que el reemplazo de febrero le había quitado poder de negociación, porque ya no podría presionar con causar una carencia de días a todo el año. Por eso, desde febrero surgían ataques contra brumario, que lo acusaban de no tener idoneidad para reemplazar a un mes como febrero.

Mientras tanto, iban surgiendo ideas. Algunos sectores proponían una reforma total del calendario, que incluyera meses parejos de 30 días cada uno. Los días que sobraran quedarían sin mes. De este modo, ningún mes se vería superado en días por otro. Sin embargo, hubo resistencia a esa idea, porque los meses de 31 días no querían perder sus privilegios.

Pronto, la reducción de capacidad de maniobra hizo que se produjeran divisiones en el mes rebelde. El 11 de febrero llamó a conferencia de prensa y anunció su disconformidad con la posición oficial del mes. Declaró su intención de volver a integrar el año. Afirmó también que había varios días que estaban evaluando una medida similar.

Así, el 5, el 14, el 12 y el 9 de febrero pronto se unieron a la rebeldía del 11. El poder de febrero se iba debilitando. Llegó un momento en el que toda la primera quincena se desafectó. Febrero quedó en una posición vulnerable, con sólo 13 días fieles.

En la Asamblea Anual, con sede en octubre, se decidió aceptar a los días escindidos para el siguiente año. Se consideraba probable un cambio de actitud del resto de febrero, pero por las dudas se decidió contratar a 13 días sueltos de un viejo mes lunar para cubrir las vacantes, llegado el caso.

Mientras tanto, el año continuaba con las presiones para que lo que quedaba de febrero se reincorporaba. Se anunció una moratoria para los días que quisieran volver al año. También se le ofreció a febrero un ultimátum: tenía hasta el 31 de diciembre para volver al año intacto. Si lo hacía después, se le quitaría un día por cada mes que demorara en reincorporarse.

Con esto, el 26, 27 y 28 de febrero, los días que veían más cercana la amenaza, empezaron a presionar al resto del mes para terminar la medida de fuerza. Argumentaban su evidente fracaso y la división que había causado en el mes. Pero el líder de la revuelta, el 20 de febrero, no quería saber nada con volver al año.

Pero el 20 iba perdiendo poder. Los días que aún se mantenían en febrero se sentían inútiles y no querían ser reemplazados nuevamente. Luego de muchos tironeos con los días del círculo inmediato del 20, el 19 y el 21, se llegó a un acuerdo. Los días restantes reclamaron al 20 que depusiera su actitud y concretara el regreso al año. Si no lo hacía, amenazaron con volver todos ellos y reemplazarlo. El 29 de febrero, que no era un miembro oficial pero participaba en las asambleas en calidad de invitado, estaba dispuesto a tomar su lugar si era necesario.

Al ver que su base de apoyo estaba acabada, el 20 de febrero renunció a su cargo de delegado del mes. Fue reemplazado en esa función por el 16, que tenía una postura anualista.

De este modo, poco tiempo después febrero volvió al calendario. Fue recibido con júbilo por el resto de los meses, que consideraban que el año no era lo mismo sin él.

Para evitar una acción similar por parte de otro mes, las autoridades del año decidieron sancionar al líder de la revuelta por su actitud. Establecieron que, por ese año, el cambio de hora de verano se haría el 20 de febrero. Así, el día sufrió la humillación adicional de perder una de sus horas.

Desde entonces, ningún mes volvió a amenazar con escindirse del año.

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Escape de la isla

Delfo era un prestigioso arquitecto cubano. Su talento hacía que fuera el favorito de los líderes del régimen comunista que en esa época gobernaba la isla. Construía toda clase de edificios para los máximos exponentes del gobierno, y a veces también hacía construcciones públicas. Se destacaba, además, por su habilidad manual y su capacidad para arreglar cualquier objeto con los precarios elementos con los que contaba el pequeño país.

Sin embargo, Delfo era opositor al régimen. Trataba, con suma cautela, de colaborar con los esfuerzos desestabilizadores. También soñaba con emigrar a países que le ofrecieran más oportunidades para desarrollarse profesional y personalmente.

Delfo tenía un hijo, Iker, cuya madre había muerto en un intento de fuga de la isla. Delfo había colaborado con la construcción de la balsa en la que su mujer había embarcado su esperanza de libertad, y se quedó muy contrariado con el desenlace. Quería buscar un método mejor para salir de la isla.

El gobierno, consciente de su talento y sus ideas políticas, no quería que Delfo se escapara. Le prohibieron la salida del país y, para intimidarlo, le recordaron que si se intentaba escapar su hijo pagaría las consecuencias.

Delfo pasaba largas horas en la playa, reflexionando sobre su situación. La arena y el mar le daban ánimo. Un día encontró sobre la orilla una pluma de gaviota y tuvo una inspiración. Pensó que tal vez podía construir un par de alas, y burlar con ellas a la vigilancia costera.

Así que Delfo convocó a su hijo para que lo ayudara a buscar plumas. Mientras tanto, iba bocetando secretamente diseños de alas. No podía hacer prototipos porque iba a resultar sospechoso, pero sus conocimientos de diseño le proporcionaban suficiente confianza como para lanzarse a la conquista del aire.

A medida que pasaron los meses y su hijo le fue trayendo plumas, fue confeccionando dos pares de alas, una para él y otra para Iker, a quien pensaba llevar hacia el estado americano de Florida. Había llegado a la conclusión de que el mejor material para unir las alas era la cera. El único inconveniente era que la cera podía derretirse cuando había altas temperaturas, pero Delfo sabía que, a medida que uno se eleva en el aire, el calor disminuye.

Al cabo de un tiempo, llegó el gran día. Las alas estuvieron listas. Delfo le enseñó a su hijo cómo usarlas, haciendo pequeños vuelos dentro de su casa. Esa noche fue a buscar la ración de 100 gramos de carne que le correspondía para ese mes, y la compartió con su hijo. Planeaban irse al día siguiente, y necesitaban estar bien nutridos. Era un vuelo de unos 100 kilómetros, distancia accesible pero difícil.

A la mañana siguiente, le colocó las alas a Iker y ambos salieron. Volaron un rato sobre su barrio para acostumbrarse a la sensación y aprender a controlar las alas. El vuelo llamó la atención de los vecinos y, naturalmente, también de las fuerzas de seguridad. Pero, al estar en el aire, nadie tenía chances de alcanzarlos. La policía no podía más que gritarles que bajaran.

Cuando entraron en confianza, fueron hacia el mar, en dirección a Miami. Delfo se preocupaba por las cuestiones de dirección, mientras Iker estaba encantado, disfrutando el vuelo y revoloteando por todos lados. Delfo le había advertido que podía encontrar distintas corrientes de aire, e Iker se divertía dejándose llevar por ellas.

El vuelo fue placentero, y las alas se mantuvieron en excelente forma durante el trayecto. La cera se mostró como un material óptimo para unir las plumas sin agregar demasiado peso a las alas. En un momento, Delfo e Iker divisaron tierra. La Florida estaba cerca.

Desde el continente, a su vez, divisaron a los voladores. La ley de los Estados Unidos decía que los inmigrantes cubanos que llegaban a la costa debían ser recibidos como refugiados, pero al mismo tiempo el Estado tenía la obligación de proteger la frontera, sin dejar entrar a ningún intruso.

Y debido a ese último aspecto legislativo, la guardia de la frontera envió un misil para derribar a los que estaban violando su espacio aéreo. Delfo pudo esquivarlo, pero el misil impactó en las alas de Iker y las incendió. El fuego derritió rápidamente la cera y consumió las plumas. Delfo sintió el ruido y, al mirar atrás, vio cómo caía al mar su hijo.

Gracias a su habilidad manual, Delfo pudo maniobrar entre los misiles y aterrizó satisfactoriamente en Miami. Fue recibido como refugiado y se integró a la comunidad cubana de esa ciudad, ya libre de las amenazas del régimen de su país. Con el tiempo pudo formar una familia y establecerse como arquitecto en los Estados Unidos. Pero le quedó para siempre el dolor de la pérdida de su hijo en el trayecto hacia la libertad.

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22 Nov 2010

Muchedumbre (o Conflicto colectivo)

El público se encontró con el pueblo y avanzaron juntos. No pudieron entrar al lugar donde tenían planeado ir porque había mucha gente. Pero intervino el proletariado y los convenció de ir para otro lugar.

Resultó que allí se encontraba la minoría, que no los dejó pasar. El pueblo y el público protestaron ante esto, contando con el apoyo de las masas.

Pero la minoría confundía a las masas con la chusma y no revisó su postura. Entonces debieron recurrir a la mayoría para poder doblegar a la minoría por la fuerza.

Pronto había una multitud que reclamaba a la minoría que dejara de discriminar al pueblo y al público. La minoría contaba con el apoyo de la plebe, que se había rebelado porque estaba en contra de las actitudes del proletariado.

Rápidamente comenzaron las divisiones entre los que querían doblegar a la minoría. El pueblo y el público no querían alterar la tranquilidad de su vida, pero apareció un grupo de vecinos que estaba dispuesto a hacerlo. Estos vecinos tenían la aprobación de la chusma y el proletariado, pero no de las masas, que estaban con el pueblo, con el público y con la gente.

En eso apareció el vulgo, y un rato después irrumpió el lumpen. Ambos estudiaron la situación y agregaron complejidad al problema. El lumpen se unió al bando de la chusma, el vulgo al del público. Pero la minoría había conseguido también refuerzos y ahora estaba aliada con las diferentes razas.

Ante esta situación no pasó mucho tiempo hasta que la burguesía aprovechara la confusión y se pusiera a vender productos adonde estaba toda esta muchedumbre. La concurrencia empezó a comprar con entusiasmo. Pero una agrupación dio la voz de alarma: según ellos, la burguesía estaba al servicio de la minoría y estaba en contra del proletariado, por lo que estaba del lado de la plebe.

Esto indignó a la congregación, que hasta el momento se mantenía neutral. También hubo un gentío que se propuso tomar cartas en el asunto, pero contaron con la oposición de la colectividad, que quería que los conflictos se resolvieran naturalmente.

La minoría también tenía problemas. Una facción quería pasar al ataque y destruir a los que se oponían, pero tenía la dificultad de que un grupo muy influyente aconsejaba lo contrario.

Todos estos conflictos causaban una enorme división en la sociedad, y una división mucho más grave entre los individuos que pertenecían a distintos grupos al mismo tiempo. Esto era peligroso, porque un ejército miraba desde afuera con la intención de invadir cuando las divisiones estuvieran bien asentadas.

Eso estaba por ocurrir cuando intervino la cofradía, que logró convencer a todos de las bondades de vivir en comunidad.

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13 Nov 2010
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