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Doce hipótesis sobre el Universo

1. El Universo existe dentro de una burbuja en la espuma del mar. Las otras burbujas no contienen universo alguno, y sólo alguien con gran manejo de la sutileza puede distinguir la burbuja universal de las otras.

2. El Universo nos engaña haciéndose parecer más complejo que lo que realmente es. No porque quiera hacerse el difícil sino para divertirse. Esto implica una conciencia universal, y también un sentido del humor poco desarrollado. Por lo tanto, debe tratarse de un Universo joven.

3. Existe un universo en cada uña de cada dedo de cada animal. Aquellos que tienen más de una uña por dedo contienen más universos que los demás. Cuando un animal muere, las uñas que crecen son en realidad los universos que quieren liberarse.

4. Las moscas, que andan por todos lados sin preocuparse por la higiene, cada tanto recogen por ahí algún universo perdido y lo diseminan por otra parte.

5. El Universo se siente grande y solo. Deambula por el Cosmos buscando una Universa para unirse a ella. Cuando la encuentre, todas las injusticias se corregirán.

6. Cuando cada persona, y cada animal, toma una decisión, se genera un nuevo universo por cada alternativa posible. Estos universos difieren sólo en esa decisión y sus consecuencias. La proliferación descontrolada de universos provoca en el Cosmos una crisis habitacional.

7. El Universo en realidad no existe, y la existencia en sí misma es sólo parte de la imaginación de un ser que nunca existió.

8. Si un universo colapsa sobre sí mismo, y no hay nadie que lo presencie, no hace ruido, porque el sonido no se propaga fuera de un universo.

9. Si se quisiera comprar el Universo no alcanzaría con todo el dinero existente, porque el valor de ese dinero es sólo una parte del valor total del Universo.

10. El Universo es esférico, pero sólo si se lo mira desde afuera.

11. Existen grandes rivalidades entre universos cercanos, lo cual lleva a confrontaciones en las que el tamaño es crucial. Es por eso que casi todos los universos tienden a expandirse.

12. Existe una infinidad de universos, todos desconectados entre sí y exactamente iguales.

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Ningún pibe nace chorro

Ningún pibe nace chorro. Sin embargo, todos los chorros nacen pibes. Puede verse entonces cómo ambos grupos cruzan sus destinos en algún momento. No se puede decir que un pibe cualquiera sea chorro, pero sí se puede establecer fehacientemente que todo chorro es o fue pibe.

Algunos chorros precoces son pibes todavía, algunos pibes no chorros están destinados a convertirse en adultos chorros. Sin embargo, ningún pibe nace adulto. Sería problemático además de contradictorio.

Es posible afirmar que ningún adulto nace chorro, y también que ningún chorro nace adulto. Está fuera de toda duda. Sin embargo, la mayoría de los chorros son adultos, otros lo serán.

Si un adulto chorro procrea, su hijo nacerá pibe pero no chorro ni adulto. Podrá, no obstante, convertirse en cualquiera de los dos. La sociedad facilita esta clase de metamorfosis.

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Mi viaje en colchoneta

Me gusta acostarme en la colchoneta en lugar de nadar. Me permite estar en el agua y respirar su frescura sin necesidad de mojarme. Siempre uso una cuando voy a la pileta. Pero ese verano la llevé a la playa.

No se me ocurrió que podía ser peligroso hasta que fue demasiado tarde. Casi sin darme cuenta las olas me internaron en el océano hasta que no estuve al alcance de los bañeros. De repente me vi en la inmensidad del mar, sin estar preparado para enfrentarla. Por suerte me había puesto abundante protector solar.

Me alejé de la costa ondulando sobre la superficie. Debo decir que me mojaba bastante, pero igual mi improvisada embarcación se mantenía razonablemente firme. No se desinflaba ni parecía perjudicarse por la acción de la sal.

No tenía más remedio que esperar a que la marea, o cualquier fuerza, me devolviera a tierra. Mientras tanto tenía que comer. No debía ser un gran problema: bajo mis pies tenía miles y miles de peces. Claro que no contaba con ningún elemento que me permitiera capturarlos. Debí conformarme con unos pocos que accidentalmente saltaban hacia mí. No tenía forma de cocinarlos más que dejarlos al sol, algo que después de un rato resultaba perjudicial para la carne y daba mal olor. Así que debía comerlos como venían. No era muy agradable pero a buen hambre no hay pez crudo.

Durante un tiempo que no supe medir, pero fue bastante largo, sólo vi el color azul a mi alrededor. Había destellos de blanco en las nubes y en la espuma del agua. También estaba el amarillo del sol. Y por las noches el cielo era negro, excepto por la extraordinaria cantidad de estrellas que podía ver por esa zona.

Un día divisé unos puntos a lo lejos. Pensé que podía ser un atisbo de tierra, un archipiélago o algo así, aunque no se podía distinguir muy bien. Por suerte el viento me empujaba hacia el mismo lado. Enfoqué mis ojos de distintas maneras hasta que por fin pude darme cuenta de qué estaba viendo: cabezas de jirafas. Me acercaba a África.

Respiré aliviado pensando que sería rescatado en poco tiempo. No sabía el destino que me aguardaba. Pero de un momento a otro cambié de dirección y volví a las vistas monótonas de antes.

No sabía qué estaba pasando. Después me enteré. Se ve que me agarró una corriente que venía del sur. Luego de un viaje muy cansador, en el que varias veces estuve cerca de agotar todos los vestigios de lluvia que se acumulaban en los recovecos del plástico y me permitían sobrevivir, divisé tierra. Pensé en el alivio que debían haber sentido figuras históricas como Colón al saber que se acercaba el final del periplo. Pero ellos, por lo menos, lo habían emprendido intencionalmente, así que mi sensación era aún mejor. No iba a durar mucho.

Cuando llegué a la costa, fui capturado por la policía y encerrado en un calabozo. Quería saber qué había hecho mal. Tal vez estaba prohibido llevar objetos inflables a la playa. Cuando me hablaron me sorprendí al oír palabras en español. Me acusaban de desertor, traidor a la patria y varias cosas más. Por el acento deduje que estaba en Cuba y que habían pensado que mi intención era escaparme en balsa. Cuando intenté explicarles lo sucedido, fue peor. No sólo no me creyeron, sino que se convencieron de que era un agente subversivo, enviado por algún país poderoso para derrocar al régimen, o algo. Y me devolvieron al calabozo.

Una hora después me condenaron al fusilamiento. Ocho hombres con rifles se pararon en fila a pocos metros de mí y dispararon al mismo tiempo. A pesar de mis nervios me mantuve bastante quieto. Me sorprendí al darme cuenta de que, segundos después de los disparos, me mantenía vivo. Al parecer, ninguna bala me había impactado. Noté que estaba ante un hecho tan inusual que valía la pena calcular la probabilidad de que sucediera algo así. Pero era mejor concentrarme en pedir clemencia, argumentando el fracaso del primer intento.

Los guardias tuvieron piedad y me dejaron ir clandestinamente. Me devolvieron el vehículo y me depositaron una vez más en el Caribe. Partí sin rumbo, con la misma modalidad que antes, hasta que divisé tierra otra vez.

Cuando estuve cerca, no pude creer mi puntería. El continente se partía en dos justo en el lugar hacia donde mi trayectoria me llevaba. Era el canal de Panamá, que me daba la pauta de que pronto me encontraría en el Pacífico.

Pero no fue así. Antes de terminar de cruzar, un agente interrumpió mi camino y quiso cobrarme la tasa correspondiente. Como no podía pagar los 1.300 dólares, otra vez fui detenido.

Expliqué mi situación en vano, pero por suerte sólo fui condenado a trabajos comunitarios hasta que mi deuda estuviera saldada.

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Pianos en el aire

Un día, todos los pianos de cola se liberaron de sus dueños y salieron a volar por la ciudad. En cada calle podía verse al menos uno, y sobre las plazas había multitud. Empezaron a rivalizar con las palomas, hasta que una de ellas se posó sobre el teclado de un piano y sonó una nota.

Al oírla, las otras palomas perdieron el miedo a los pianos y cada una eligió uno para hacerlo su hogar. Con las alas probaban tocar diferentes teclas. Descubrieron que podían producir sonidos distintos. No pasó mucho tiempo hasta que las palomas inventaron la música. La ciudad se llenó de canciones de paloma ejecutadas en los pianos que flotaban en la atmósfera.

No era música del gusto humano, porque las palomas tenían una estética diferente y poca cultura. Pero nadie podía evitar que sonara. Los pianos resistían cualquier intento de ser bajados. Cuando algún dueño celoso conseguía una grúa para recuperar su instrumento, el piano con su paloma se alejaba hasta quedar fuera del alcance.

Cada piano agitaba sus tapas para volar. A veces se movían en formación, mientras las palomas tocaban verdaderos conciertos.

La música de las palomas continuaba molestando a los habitantes humanos de la ciudad, que se organizaron para que cesara. Pero los pianos, aunque delicados, eran instrumentos resistentes. No bastaba una gomera para bajarlos, y si por error se embocaba a la paloma que lo tocaba, de inmediato aparecía otra que se adueñaba del piano y se ponía a improvisar un réquiem.

La ciudad decidió armarse con cañones para poder derribar a los pianos de una vez por todas. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Los pocos pianos que fueron impactados cayeron sobre personas que caminaban por abajo sin sospechar que estaban a punto de morir.

Los humanos, al verse sin opciones, resolvieron poco a poco abandonar la ciudad para no tener que oír la música de las palomas. Llegó un momento en el que los pianos flotaron sobre una ciudad vacía. Entonces cada uno volvió con su paloma al que había sido su hogar. Su objetivo de ser libres cumplido, ya podían finalizar el vuelo y hacer suyas las casas de la ciudad. De este modo, pianos y palomas pudieron dedicarse a hacer la música que querían, sin necesidad de que ningún humano les impusiera nada.

Cada vez que se enviaba algún emisario para ver la situación de la ciudad con la idea de volver a poblarla, todos los pianos ejecutaban al unísono un acorde de do menor que espantaba a cualquier persona. Así pudieron defender la que pasó a conocerse como la ciudad de los pianos.

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El espejo de la vida

“La vida es como un espejo, y uno se mira en ese espejo, y a veces la gente que te quiere te ve distinta. O igual, no sé”.
Cris Morena

Cuando me reflejo en la vida veo a la gente que me quiere. Pero la veo distinta y pienso que no me quiere. O que me quiere, no sé. La cuestión es que entonces tengo que salir a mirarme al espejo, pero ahí no veo a la gente que me quiere, sino que me veo a mí.

La gente que me quiere, cuando se mira al espejo, también me ve a mí. Pero me ven distinto. Piensan que se ven a ellos mismos, cuando en realidad me ven a mí. Lo que pasa es que yo soy como ellos, pero distinto, aunque no tan distinto como para dejar de ser igual.

La gente que no me quiere no se refleja en el espejo que, bien mirado, soy yo. Por eso no me quiere. Si quieren verse (o verme, no sé) tienen que aprender a quererme a ciegas. Deben salir de su propio espejo, mas no de su propia vida, y construir un espejo donde verme. Una vez que lo construyan, podrán verme, pero me verán distinto. O igual, no sé.

Hay momentos especiales en los que me miro en los ojos de una persona especial y puedo ver su espejo. Veo reflejado en él el espejo de mi vida. Los reflejos pelean por ser vistos pero quedan atrapados en un ciclo interminable de rebotes que intensifican nuestro amor.

La vida consiste en pulir el espejo para poder ver a los demás a través del que lleva cada uno. Los demás podrán vernos en el nuestro. Y también se verán a ellos mismos. Verán su vida reflejada en la nuestra, porque en el fondo todos somos iguales. O distintos, no sé.

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Números nuevos

Cuando a los matemáticos antiguos se les ocurrió restar 2 a 1, se encontraron con un problema. No existía un número que sirviera para resolver esa operación. Pero no se hicieron drama. Decidieron inventar un número nuevo, llamarlo “-1” y definirlo como la respuesta a esa pregunta.

Más tarde se planteó otra pregunta nueva. ¿Qué se obtenía al restar 1 a 1? Habitualmente la respuesta era “nada”, y durante muchos siglos fue suficiente. Hasta que alguien se dio cuenta de que “nada” no era un número. Entonces se cortó por lo sano. Se estableció un número que se definía como “nada”, y para el símbolo usaron un círculo vacío. Nació así el 0.

Varios siglos después, todo estaba bien hasta que un matemático que estaba aburrido se puso a hacer operaciones extrañas. Quiso sacar la raíz cuadrada de -1, y descubrió un agujero en la teoría numérica. ¿Qué número multiplicado por sí mismo da -1? La respuesta era “ninguno”. Pero esa respuesta no es satisfactoria para la comunidad matemática, por lo que se optó por inventar un número, i, al que se definía como “la raíz cuadrada de -1”. Para representarlo, se agregó una dimensión a la recta numérica, una segunda recta vertical que se unía a la de siempre en el 0. Para llenar los espacios vacíos del plano que se abría, se inventaron los números complejos.

En ese momento, la matemática pareció completa. Desde entonces nadie se topó con un agujero en el plano numérico, ni con una operación que sólo pudiera ser resuelta inventando una clase nueva de números. Hasta ahora.

Lo que nadie pensó es que no tienen por qué no existir números que estén fuera de toda operación matemática. En este momento planteo la existencia de los números ficticios, y los defino de la siguiente manera: números que jamás pueden formar parte de ninguna operación matemática.

No tienen ubicación en el plano numérico, al menos en el de dos dimensiones. Están fuera de él, y fuera de la matemática. Nunca se encontrará un uso para ellos, lo cual les dará la predilección de los puristas, quienes no están interesados en las aplicaciones prácticas. Pero ellos tampoco podrán encontrar siquiera un marco teórico que sea obedecido por los números ficticios.

Se trata de números que llevan cualquier operación en la que se los coloque al absurdo. Por ejemplo, si a la ecuación y = 2x + 3 se le agrega 4f para que quede y = 2x + 4f + 3, la ecuación carecerá de sentido. Porque f no es una variable como x, sino un número ficticio que forma parte de un universo aún no penetrado por la matemática humana.

Así que ahí tienen, matemáticos. Traten de negar la existencia de los números ficticios. Y cuando fracasen, traten de usarlos para algo. Ahí van a ver lo que es bueno.

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Tu amor es como

Tu amor es como una carcasa de cristal que adentro guarda un tigre, el cual acaba de tragarse una moneda de diez centavos. El tigre, entonces, tose y trata de escupir la moneda, cuyo valor ignora en forma no militante. Pero no logra expulsar ese objeto extraño, entonces hace gestos cada vez más grandes. Salta, y cada vez que lo hace provoca fuertes vibraciones en la carcasa de cristal que es tu amor.

Tu amor es como un disco rígido que vuela por el aire sin tener activada la protección contra escritura. Se acumula polen en su superficie y se borran datos cada vez más sensibles a su funcionamiento. Cuando aterriza se muestra inocente, virgen, dispuesto a llenarse de conocimiento en forma de unos y ceros. Cada tanto es necesario formatear nuevamente a tu amor.

Tu amor es como una estrella de mar llena de cascabeles que fueron repartidos por unicornios, que los encontraron en la playa. Los cinco brazos tentaculares necesitan descansar porque no pueden aguantar el peso de tener todo el océano por encima de ellos. De repente, todos se contraen y apuntan a un mismo lugar, y es en ese momento cuando se sabe que todo anda bien con tu amor.

Tu amor es como la música ideal de un trompetista que toca mal a propósito. Todas las notas son las que deberían ser, pero están en un meticuloso desorden que no les permite lucirse como podrían. Pero no es que el trompetista no ponga su parte. Es que toca mal a propósito porque quiere que, ante la ausencia, se valore más a tu amor.

Tu amor es como una pelota sin tientos que avanza hacia un destino incierto, misterioso, luego de ser golpeada con maestría por un profesional que sabe lo que hace. En el trayecto todos quieren agarrarla, pero sólo algunos elegidos están a la altura de las circunstancias. Son muy pocos los que tienen la técnica y la oportunidad para capturar tu amor.

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Sujeto inconsistente

Vos me decías que estabas bien, que no tenías ningún problema. Pero tus ojos me daban otro mensaje. Pensé que tal vez no te dolía el cuerpo pero sí el alma. Hasta que tus orejas me dijeron que no hiciera caso a los ojos.

No sabía entonces a quién creerle. ¿Por qué las orejas me iban a mentir? Tampoco había ninguna razón para desconfiar de los ojos, o de vos. Es cierto, tenía dos fuentes contra una, sin embargo la verdad no es democrática, vos y las orejas pueden equivocarse.

Decidí consultar al ombligo. Tuve que levantarte la remera para poder saber su postura, pero no la entendí. Era algo ambigua, o tal vez eran las pelusas que no me dejaban ver bien. Mientras tanto, yo seguía preocupado. Quería saber si realmente estabas bien.

Miré hacia abajo y vi una expresión ansiosa en tu pie izquierdo, como que quería decirme algo. Le presté atención. El pie izquierdo me informó lo que los ojos habían insinuado, que el dolor no era físico sino emocional. Y por más que el pie derecho rápidamente lo calló con un pisotón, fue evidente que tu estado no era óptimo.

Por eso decidí darle el puesto a otro. Tené en cuenta para el futuro que es importante que vos y tu cuerpo den un mensaje unificado.

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Me voy para arriba

De pronto, comencé a subir. Iba contra toda mi experiencia y, sobre todo, contra la gravedad. Era algo que nunca hubiera pensado que me iba a suceder, pero me estaba sucediendo. Por alguna razón mi cuerpo se elevaba.

Me pregunté por qué subía. Me pregunté también si realmente subía yo, o si todo lo demás bajaba. Para el caso era lo mismo, el mundo y yo nos alejábamos sin haber tenido tiempo de despedirnos.

Pasó el tiempo y yo seguía subiendo. Llegó un momento en el que no distinguí más días. Podía ver el mundo por completo, allá abajo, y ya no me daba miedo caerme. Me pregunté si tal vez estaba siendo atraído por alguna fuerza exterior. No supe qué pensar. Tal vez encontraría la respuesta. Tal vez no.

Continué subiendo hasta que no divisé más al mundo, ni diferencié entre mundos. Llegó un momento en el que no supe distinguir dónde era arriba y dónde era abajo, aunque suponía que el lugar hacia donde apuntaba mi cabeza era arriba.

¿Hasta dónde llegaría? No podía saberlo, y por el momento no me preocupaba demasiado. Estaba disfrutando del paisaje. Había llegado a la conclusión de que lo mejor era dejarme llevar por el Destino, si es que era el Destino quien había dispuesto que yo subiera. De cualquier forma, no tenía mucha opción, así que opté por disfrutar del viaje.

Conocí el Universo casi sin querer. Siempre me había preguntado cómo sería viajar a través de estrellas y galaxias. Nunca me había imaginado que tendría la oportunidad de experimentarlo en carne propia.

Vi toda clase de fenómenos. Choqué con microasteroides que no lograron desacelerarme. Vi, a lo lejos, quásares y púlsares. Reflexioné que los estaba viendo tal como eran hacía muchos años. Era posible que ya no existieran. Después, cuando me percaté de que había perdido la noción del tiempo y de que no estaba en ningún planeta, con lo cual el concepto de años no tenía mucho sentido, me pareció que aquella reflexión no valía mucho la pena. Pero eran unas vistas magníficas.

En un momento, cuando también había perdido noción del espacio, miré hacia arriba y vi algo que me pareció conocido. Era el mundo que creía haber dejado abajo. Ahora estaba arriba y me dirigía hacia allí. Fui distinguiendo más y más características, y supe que era el mismo planeta que había dejado, o uno igual. Pensé que el Universo debía ser redondo. Ahora estaba cayendo de cabeza hacia arriba y estaba por encontrar a mi mundo en el camino.

Así fue. Penetré en la atmósfera y caí suavemente sobre el mismo lugar de donde había partido. Atajé mi caída con los brazos. Luego di una vuelta carnero para ponerme de pie.

A partir de ese día continué mi vida tal como la había dejado en su momento. Mis actividades son más o menos las mismas. La única diferencia es que cada tanto me viene una poderosa sensación de que estoy cabeza abajo.

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Cual tal

Tal cual lo fue antes, ahora es al revés. Es “cual tal”. Cual tal es un nuevo y excitante orden de dos de las palabras más populares del idioma castellano. Están renovadas, llenas de aire fresco y listas para servir los más exigentes paladares lingüísticos. De los creadores de “fin por”, pueden ser usadas por la dama o el caballero, por el anciano o el niño, por ricos y pobres.

Cual tal vienen sin significado para que usted le dé el uso que más le guste. Sea el primero en imponer la frase entre sus amigos. Haga que piensen en usted cuando la pronuncien.

Cual tal se adapta a todas sus necesidades. ¿No sabe qué decir? Cual tal. ¿Desea expresar sorpresa y admiración? Cual tal. ¿Quiere que todos sepan que está en onda? Cual tal.

No lo olvide, ahora “cual tal”.

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Mar de gente

Ese viernes era el último día antes de mis vacaciones. Como iba al extranjero, cuando salí de trabajar, aproveché para sacar una fotocopia del pasaporte, para tener en caso de que lo necesitara. Lo hice en una librería ubicada en Florida y Córdoba. Luego fui a tomar el subte a Avenida de Mayo.

Al llegar a la esquina de Florida y Rivadavia, descubrí que me faltaba el pasaporte. Pensé que lo había dejado en la librería y tuve la necesidad de volver. Pero faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. La librería estaba a punto de cerrar. Debía encontrar la manera más rápida de volver a hacer todo el camino. Como no tenía auto ni existe línea de subte que me deje en ese lugar, la mejor opción era caminar otra vez por Florida.

Pero una cosa es caminar por la peatonal sin apuro, y otra es hacerlo contra reloj. En condiciones normales podría haber hecho las ocho cuadras en menos de diez minutos si caminaba rápido. Pero la cantidad de personas que transitaban en ese momento Florida era enorme. Había demasiada gente que iba para cualquier dirección, y esquivar a cada bulto que se me cruzaba me iba a multiplicar la distancia recorrida, con lo cual no llegaría a tiempo.

Entonces tuve una inspiración. Me trepé al semáforo peatonal y me lancé hacia el gentío con el cuerpo hacia adelante. Quedé acostado entre algunas cabezas sorprendidas, que no tuvieron tiempo de reaccionar porque comencé a nadar por encima de ellas.
Sentí algunos gritos, pero como estaba concentrado en el crawl no me importaron. Cada brazada me acercaba a mi objetivo. Y como siempre tuve buenas marcas en natación, tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Me ayudó la técnica de sumergirme lo menos posible. Gracias a ella, el contacto con cabezas torsos era el mínimo indispensable para mantener el impulso. Para cruzar Corrientes, como no quería perder tiempo en el semáforo, me sumergí en la boca del subte y nadé sobre las numerosas cabezas que poblaban el lobby de la estación. En un sector, los que bajaban por la escalera mecánica se incorporaban al flujo y su llegada traía una inercia que formaba una ola. Con lo cual, sólo tuve que aprovechar el impulso de la ola para llegar al otro lado.

Cruzar las otras calles era más fácil. Simplemente, me lanzaba sobre las cabezas de quienes se mandaban a cruzar aunque hubiera luz roja. Como era menos gente que la que andaba en cada cuadra, en algunos casos tuve que apoyarme más de lo deseable, pero estaban en infracción, entonces no me pudieron decir nada.

Finalmente, cuando llegué a Córdoba, doblé y continué nadando sobre los que caminaban por la vereda de la avenida. El negocio estaba a mitad de cuadra. Estaba muy justo de tiempo, ya era la hora. Cuando divisé el negocio, vi que estaba bajando la persiana. Estaba muy cerca de cerrar definitivamente. Entonces me lancé de cabeza. Gracias al impulso que me dio caer desde arriba de los transeúntes pude llegar justo antes de que la persiana terminara de bajar. Los vendedores, sorprendidos, me devolvieron el pasaporte.

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Sopa

El frío y cóncavo metal toma calor.

El sólido penetra en el líquido donde otros sólidos ya habían penetrado.

El humo escapa por donde puede.

El ser dominante espera con ansiedad.

El metabolismo busca algo que lo alimente.

La extremidad toca el metal, el metal toca el líquido.

El esfuerzo de muchas personas queda atrapado en el sólido metal.

Círculos concéntricos se escapan del lugar del hecho.

Todo ocurre rápidamente, ajeno a la percepción.

El eje Y toma protagonismo.

El metal y el aire vuelven a estar en contacto.

El metal lleva consigo parte del líquido y de los sólidos atrapados.

Todo se aproxima a otra cavidad.

Es una cavidad que no tiene fondo.

Lo que entra casi nunca vuelve a salir.

Millones de años llevaron a ella.

Su borde es rojo como cáscara de maní.

No necesitará los blancos filos que reciben a todo visitante.

El líquido y su soporte metálico entran en la cavidad.

El borde se cierra repentinamente.

La penumbra ha llegado.

Parte del metal está atrapado, el resto libre.

El metal se hace paso hacia fuera, con heroica decisión.

El líquido no puede hacer lo mismo.

Una superficie áspera entra en contacto con él.

Es el último momento de calma antes de la gran caída final.

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No pienso aceptar sus términos

Usted seguramente empezó a leer este texto con la idea, en algún nivel de su conciencia, de irse formando una opinión sobre su calidad. Es probable que, a través de su idea de la calidad del texto, se forme otra sobre la calidad del autor. ¿No le parece una pésima razón para leer?

No importa que su opinión sea buena, es la necesidad de opinar lo que molesta. Un autor calcula cada palabra, escribe todo lo que le parece adecuado, reescribe, pule, corrige y publica, todo para que venga cualquier persona y diga que es “una mierda”.

Este autor se niega a quedarse quieto ante semejante atropello. El lector tiene que saber que el autor también puede formarse una opinión sobre los lectores. Yo, por ejemplo, opino que si usted opina que el texto es una mierda, usted es un pelotudo. En cambio, si opina que el texto es bueno, es muy posible que sea un pelotudo igual.

Si a usted le gusta este texto, podría creerse que no pienso nada malo de usted. Sin embargo, nada impide que a usted le guste este texto por razones equivocadas, y por lo tanto sea también un pelotudo.

Así que, si usted es demasiado sensible y necesita, además del leer, tener una opinión sobre lo que leyó, le pido que se vaya a otra parte. Acá no tiene nada que hacer. Hay un montón de autores necesitados que están dispuestos a aguantarse los términos que usted propone. Vaya y lea textos de ellos.

A los que quedan leyendo, les digo que no confío en ustedes. Estoy seguro de que sólo quieren saber cómo termina el texto para formarse una opinión acerca del final. Ustedes son los peores. Los desprecio.

Y para que no sigan con su intromisión, voy a cortarla acá. No me interesa escribir para esa clase de lectores. Buena suerte.

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Cómo desenvolverse en el British Museum

1. Viva en el antiguo Egipto.

2. Fallezca o, si lo prefiere, muera.

3. Sea momificado por sus pares y colocado en un sarcófago.

4. Espere alrededor de veinticinco siglos.

5. Asegúrese de ser una de las momias trasladadas a Inglaterra.

6. Luego de ser colocado en exhibición en el pabellón egipcio del British Museum, espere un tiempo para no alarmar a los guardias del museo.

7. Durante el horario en el que el museo está abierto, resucite. De ser posible, hágalo cuando esté siendo observado por un contingente de escolares.

8. Tratando de hacer el menor ruido posible, rompa el vidrio que lo separa del público.

9. Desenvuelva las vendas que cubren su cuerpo. Tenga cuidado: es probable que estén muy pegadas debido al tiempo que llevan allí.

10. Encontrará que está desnudo en el medio del museo. Retírese con mucho disimulo, antes de ser atrapado por los guardias o, lo que sería peor, por un equipo de antropólogos del museo. Es recomendable que no silbe, porque si lo hace hará notoria su intención de disimular.

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Deixis

Esto es una oración. Esto es otra oración. Y esto es una tercera (que contiene un paréntesis). Luego del punto seguido, va una oración más. Hasta que se llega a la última oración del párrafo.

El punto y aparte da pie a un nuevo párrafo. Esta es la segunda oración de ese segundo párrafo. La primera fue la que indicó el comienzo del párrafo. Y la cuarta sigue a la que indicó el propósito de la primera. La quinta, con una frase entre comas, cierra el segundo párrafo pero antes de hacerlo se demora un poco más de lo que hubiera podido pensarse.

El tercer párrafo contiene sólo una oración. Pero en realidad no, porque tiene dos1.

Aquí comienza la decimotercera oración. La decimotercera oración, que es la anterior a la actual, forma parte de un párrafo dedicado enteramente a ella. El párrafo se inicia y termina con una oración igual. Sólo la primera contiene una afirmación cierta. Aquí comienza la decimotercera oración.

Todas estas palabras son anteriores a un punto. Estas otras, en cambio, son posteriores a ese punto en particular, pero anteriores a otros. ¿Es la actual oración la primera que usa signos de pregunta en lugar de puntos? Sí. Será difícil encontrar una oración con menos letras que la última.

Y en este preciso lugar comienza la última oración del texto. Pero en realidad es mentira. Sólo comienza el último párrafo. Lo cual también es mentira. Se trata de un párrafo abundante en falsedades. El mismo se compone de siete oraciones.

Esto es una proposición, y esto otro es una proposición diferente. Ambas forman una oración completa. De esta manera se puede agregar un nivel de complejidad pocas veces visto en las oraciones de este texto. Y justo a tiempo, porque la verdadera última oración se está por hacer presente. Es ésta.

  1. También tiene una nota al pie []

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