Lógica impecable

Mayordomos asesinos

“¡Otra vez!” exclamó el detective Parsons, de Scotland Yard. “¡Otra vez fue el mayordomo!” Parsons exhaló su frustración. Su ayudante, Otto, tomó la libreta en la que registraban el resultado de todas sus investigaciones y anotó que, nuevamente, las pistas habían llevado al mayordomo.

Parsons estaba cansado. En treinta años de detective no había tenido más de dos o tres casos en los que el asesino no fuera el mayordomo. Desde hacía mucho tiempo era parte del procedimiento normal detener al mayordomo de la víctima y declararlo principal sospechoso. Y casi siempre se lo encontraba culpable. Parsons no entendía cómo los asesinos no elegían otro tipo de relación con sus víctimas para evitar que las sospechas recayeran automáticamente sobre ellos.

La carrera de detective le había traído una profunda desconfianza para con los mayordomos. Ya hacía muchos años que había despedido al suyo, por miedo a que lo asesinara. También su trabajo le había traído problemas con el gremio de los mayordomos, que lo acusaba de difamación. Pero como se podía demostrar que en prácticamente todos los casos lo que condenaba a los mayordomos era la evidencia, el gremio no tenía recursos legales contra Parsons y se limitaba a expresar su antipatía.

Las investigaciones de Parsons, y de otros, provocaron un cambio profundo en la población carcelaria. Como la enorme cantidad de los presos eran mayordomos, los presos londinenses eran los de mejor conducta. Ocasionalmente, de todos modos, había reyertas en la que resultaban muertos algunos convictos. En esos casos también los asesinos resultaban ser mayordomos.

Parsons y Otto llevaban estadísticas categóricas. Para ellos estaba claro que los mayordomos constituían la base del delito de la zona metropolitana de Londres. Por eso elevaron al Parlamento un proyecto para prohibir la actividad.

Cuando el proyecto tomó estado público, la sociedad se dividió. El gremio de los mayordomos expresó ofensa por lo que consideraban un estereotipo discriminatorio. Algunas personas que contaban con los servicios de un mayordomo estaban de acuerdo con la medida, pero no querían desprenderse de sus servicios. Mucha gente que no tenía mayordomos estaba a favor de lo propuesto.

Algunos intelectuales consideraban que la tendencia de los mayordomos a convertirse en asesinos era una forma de rebelión de clases que era consecuencia directa de la servidumbre a la que eran sometidos por el resto de la sociedad. Por eso, estaban a favor.

En el gremio de los mayordomos apareció gente que tenía ganas de eliminar a Parsons y a Otto, pero supieron entender que concretar esas intenciones iba a probar, para la opinión pública, el carácter asesino de su profesión.

Los miembros del Parlamento veían con buenos ojos la iniciativa, a pesar de que implicaba que todos ellos tuvieran que deshacerse de sus mayordomos. Luego de algunas semanas de estudio, no había acuerdo. El prestigio del detective Parsons hacía que se tomara seriamente el proyecto, pero no existía seguridad de que abolir a los mayordomos fuera a dar resultado.

Entre los que no estaban seguros había quienes decían que los asesinos iban a adoptar otras profesiones si no podían ser mayordomos, y de ese modo iba a ser más difícil atraparlos. Otros postulaban que era preferible dejar a cada individuo la decisión de mantener o no su mayordomo. Una tercera postura sostenía que, al prohibir la profesión, se iba a crear un mercado negro de mayordomos que sería difícil de controlar.

Mientras tanto, en los periódicos se sucedían las solicitadas. Algunas clamaban por la erradicación del flagelo de los mayordomos como medio para terminar con la inseguridad. Otras apelaban a la solidaridad del pueblo inglés en nombre de la enorme mayoría de mayordomos honestos. Había también solicitadas que afirmaban que la clave del problema no estaba en mantener o no a los mayordomos, sino en analizar por qué algunos se tornaban en asesinos.

Finalmente, en el Parlamento se llegó a un compromiso. No se prohibió el ejercicio de la profesión de mayordomo, pero se decidió establecer un marco regulatorio adecuado para mantener no sólo la profesión, sino las fuentes de trabajo.

A partir de ese momento, los mayordomos dejaron de tener acceso a elementos de cocina, armas de fuego y toda clase de objetos que pudieran causar daño a sus amos. También se estableció un régimen de descanso, que incluía fines de semana no laborables, aguinaldos y vacaciones pagas. El objetivo era reducir el estrés de los mayordomos para que se vieran menos tentados de asesinar.

Las medidas tenían un costo importante para las personas que tenían mayordomos, las cuales inmediatamente protestaron y pidieron subsidios. El Parlamento no hizo lugar a esas solicitudes.
Muchas personas de la alta sociedad londinense no pudieron seguir costeando a los mayordomos que tenían, y tuvieron que despedirlos para poder mantener su nivel de vida. Algunos despidieron a todos sus mayordomos, otros sólo a una fracción de ellos.

El episodio derivó en un enorme perjuicio para el gremio de los mayordomos, que perdió una cantidad importante de miembros, cuando los que fueron despedidos cambiaron de profesión. La población de mayordomos de la ciudad de Londres se redujo considerablemente.

Pero lo más importante fue que, a partir de la ley reguladora de la actividad de los mayordomos, la reducción del número de ellos hizo que disminuyeran los asesinatos que protagonizaban. La cifra de muertes se mantuvo en general constante, pero la culpabilidad empezó a ser repartida entre distintas profesiones. La iniciativa del detective Parsons, finalmente, logró generar más equidad.

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19 Jan 2012

Dios en el Infierno

Dios está en todas partes, por lo tanto Dios habita el Infierno. A pesar de todos los esfuerzos que hace la gente que quiere ser buena para poder pasar la eternidad en presencia de Dios, no se dan cuenta de que no tienen manera de estar en su ausencia. Tal vez por eso haya tanta maldad en el mundo.

Dios habita cada rincón del Infierno. Es, por lo tanto, sometido a tormentos, aunque no necesariamente sufre porque tiene la capacidad de aguantar sin dolor. Para eso es Dios. A veces, de todos modos, se decide a sufrir un poco, para comprender mejor a las almas condenadas. Dios nunca dejará de amarlas, por más que estén en el Infierno. Y aunque Dios es omnisapiente, eso no significa que no pueda ejercitar su misericordia. Si no estuviera en el Infierno, tal vez no se le ocurriría pensar en los condenados, y aunque sabría todo acerca de ellos, podría no tenerlos presentes.

A veces decide ejercer la misericordia y liberar a alguna de las almas. En el Infierno hay gran expectativa en torno a estas decisiones, que no son frecuentes. Muchos tratan de influir a Dios para que los traslade, y esa clase de apelaciones suele ser parte de la razón por la que están ahí.

En general, Dios libera a almas de gran coraje en el sufrir, que se arrepienten de sus pecados aunque sea tarde pero aceptan el castigo con hidalguía. La administración del Infierno protesta en esas ocasiones, pero no pueden hacer nada ante una decisión del Todopoderoso.

Dios, habitualmente, trata de mantenerse de incógnito. No es bueno que se sepa que está en el Infierno. Su presencia muchas veces causa desórdenes varios. Por eso se mantiene invisible ante las almas, para que puedan sufrir tranquilas. Pero, a veces, cuando se siente especialmente generoso, Dios decide dejarse ver. Durante un rato, las almas condenadas del Infierno pueden acceder al mismo placer que sus pares del cielo: la contemplación de la Divinidad.

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4 Jan 2012

Contramano

El GPS me indicaba que doblara a la derecha. Pero la información estaba equivocada, la calle que me decía era contramano. Seguí derecho, dispuesto a doblar en la siguiente. Al GPS no le gustó, y exclamó “recalculando” con un tono de desaprobación.

La siguiente calle era también contramano. Resolví esperar a la otra, que seguramente era mano para la derecha. Pero no, era igual que las otras dos. Luego de maldecir mi suerte, tuve la tentación de meterme en contramano, justificando esa postura en que no podía ser que tres calles seguidas tuvieran el mismo sentido. Pero resistí, porque sabía que en esa zona hacían muchas multas.

Continué por la calle donde iba. Tuve que apagar el GPS, que seguía recalculando y había mostrado no ser confiable. La cuarta calle también tenía el sentido opuesto. Evidentemente, alguien estaba muy interesado en que doblara a la izquierda. Pero mi destino era a la derecha, no iba a ir a otro lado.

Seguí avanzando, y encontrando calles contramano en todos lados. Es cierto, teóricamente si iba para el lado opuesto igual podía llegar al destino debido a la redondez de la Tierra, pero era muy poco práctico, la presencia de grandes océanos era un obstáculo casi insalvable, para no hablar de la cantidad de nafta que hubiera gastado. No, lo que necesitaba era doblar a la derecha.

Cuando se empezó a hacer de noche, decidí que no iba a llegar. Luego de decepcionarme, me dispuse a volver. Para eso tenía que encontrar una calle de la mano opuesta a la que llevaba.

Decidí que, ya que estaba, podía doblar a la izquierda. Pero cuando quise hacerlo, me encontré que la calle era contramano. Pensé entonces que era mi oportunidad para doblar a la derecha, pero estaba equivocado. La calle cambiaba de mano en la que transitaba yo, y probablemente pasara lo mismo con todas las demás. No tenía más remedio que seguir derecho.

Avancé y avancé, buscando una calle donde pudiera doblar. Lo único que encontré, después de varias horas, fue un cartel que anunciaba que a partir de determinada esquina la calle por la que iba yo se hacía contramano. Pero esa esquina era igual a las otras. Se trataba de una esquina a la que todos llegaban, pero era imposible alejarse.

Entonces me detuve para pensar un rato cuál era el mejor camino a seguir. A los pocos segundos vi que se acercó un patrullero. Decidí preguntarles cómo podía hacer. Pero los policías no venían con ganas de ayudarme, sino que me hicieron una multa por estar parado, entorpeciendo la vía pública. Cuando protesté que era injusto, que se trataba de una trampa, los policías interpretaron mi acción como resistencia a la autoridad, y me llevaron detenido. Me subieron al patrullero y se fueron contramano, aprovechando que los patrulleros tienen potestad para hacerlo.

Cuando llegamos a la comisaría, me di cuenta de que me habían liberado de una situación imposible. Así que para que me dejaran salir pagué la multa. Y decidí no volver a buscar el auto. Preferí abandonarlo y volver caminando antes que experimentar de nuevo aquella calle.

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29 Dec 2011

Títulos de mi colección

Mi primer libro se va a titular “Libro”. Está bueno, porque nadie va a poder decir que el título no es representativo de lo que es. Aparte, en las librerías va a llamar la atención. La gente va a preguntar “¿cómo se llama ese libro?” y los vendedores van a contestar “Libro”, y la gente se va a enojar, pero después les va a dar curiosidad, lo van a comprar, me voy a llenar de plata y voy a ser un autor reconocido.

El segundo libro se va a llamar “Obras completas”, así doy trabajo a quienes tienen que diferenciar entre la colección póstuma de obras completas y el segundo trabajo. Porque, aparte, las colecciones de obras completas muchas veces no tienen todas las obras del autor. Y este libro tampoco va a tener todas. Así que para evitar confusiones van a tener que ponerle otro título a las obras completas, que van a incluir a “Obras completas”. Eso sí, las obras de “Obras completas” van a estar completas.

Después estaría bueno llevar mis libros a otros géneros. Cuando se adapte “Libro” al cine se tiene que llamar “Película”. Y si alguien lo lleva al teatro, se va a llamar “Obra de teatro”. Ya me imagino lo que sigue. “Esta noche, Obra de Teatro”. “El premio a Mejor Película es para Película”. “¿Me da dos entradas para Película?” Mucho antes se va a hacer la presentación de “Libro”.

Otra opción para el segundo título que se me había ocurrido era “Obras Completas y otros cuentos”. El libro tenía que incluir un cuento titulado “Obras completas”, porque si no sería mentira y no quiero hacer publicidad falsa. Pero cuando escribí ese cuento salió algo que no me gusta, así que no lo voy a incluir. Entonces el libro se va a llamar sólo “Obras completas”, y lo bueno es que si alguna vez lo mejoro o escribo otro con el mismo título, lo puedo poner en otro libro. Entonces “Obras completas” no va a estar en “Obras completas”, y si uno quiere leer “Obras completas” va a tener que buscarlo en otro libro.

Pero la verdad es que poner “y otros cuentos” como parte del título me gusta. Es como que todos los libros de cuentos serios incluyen esa leyenda. Me hace sentir Fontanarrosa o alguien. Pero pensé que le puedo poner así a mi tercer libro, que se llamaría “Otros cuentos”. Sin la Y, porque no da. El libro tendrá exactamente eso, otros cuentos, no los mismos que los libros anteriores. Y si alguna vez vale la pena, se puede hacer una edición especial de dos libros en uno, que se llame “’Obras completas’ y ‘otros cuentos’”.

Para el cuarto libro no estoy muy seguro, pero ando con ganas de ponerle “Se terminó de imprimir”.

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26 Dec 2011

Cadena de bicicleta

Siempre encontré conveniente no dejar la bicicleta al alcance de cualquiera. Por eso, cuando no tengo más remedio que estacionarla en la calle, uso una cadena con llave para dificultar que me la roben.

Ese día hice exactamente eso. Pero cuando volví, me encontré en una situación extraña. La bicicleta estaba ahí, nadie se la había llevado gracias a que estaba protegida por la cadena. Cuando la fui a abrir, la cadena empezó a sacudirse. Me costó dar vueltas a la llave, pero lo logré. En ese momento, la cadena pegó un salto enorme y se alejó varios metros.

No se quedó en eso. La cadena se alejó de mí reptando. Formaba una S sobre el suelo y se deslizaba por las baldosas, zigzagueando entre la gente, cuya presencia me impedía ir directo a agarrarla.

La empecé a seguir. Tardé pocos segundos, porque no podía irse a demasiada velocidad. Cuando la logré agarrar, se sacudió con gran fuerza. Pero esta vez estaba preparado y no la dejé volver a escapar. Como los sacudones seguían, decidí cortar por lo sano, la agarré de un extremo y le golpeé la cerradura contra el cordón de la vereda. Con eso no se volvió a mover.

Entonces fui a buscar la bicicleta, pero cuando llegué a donde la había dejado no estaba más.

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2 Nov 2011

Sin descongelar

La heladera quedó sin descongelar, entonces se formó hielo. Cubrió el congelador hasta que quedó completo, entonces se expandió hacia el resto del habitáculo.

El paso del tiempo se notaba en cada centímetro que pasaba a ser cubierto de hielo. Cuando fue suficiente, la heladera quedó maciza. El hielo se seguía acumulando. Hizo presión hasta que abrió la puerta. La luz se encendió y derritió un poco, pero pronto la helada expansión acabó con el foco.

Con la puerta abierta, el hielo pudo continuar la expansión. Lentamente, cubrió la cocina. Luego el resto de la casa se convirtió en un glaciar. La presión del hielo rompió las ventanas, y el agua congelada ganó la calle.

Como era invierno, no se derritió fácilmente. La heladera continuaba la producción de hielo nuevo. El asfalto de la calle se convirtió en resbaladizo. Más tarde la calle quedó bloqueada por la enorme masa helada. Toda la cuadra se solidificó. Ya se podía ver desde los satélites.

El hielo se expandió por el barrio. Los árboles que adornaban las veredas quedaron preservados en el estado en el que se encontraban, como si hubieran estado en Pompeya. El hielo llegaba a las esquinas y las ocupaba. Luego se expandía en más direcciones.

Los semáforos quedaban en la posición que tenían cuando les llegaba el hielo. El agua podrida del cordón de la vereda, al moverse por las cuadras que todavía no estaban completamente cubiertas, erosionaba un poco a la masa, antes de congelarse y pasar a formar parte de la base. Las lluvias no hacían más que agregar agua susceptible de ser congelada y acelerar el proceso.

La expansión continuó hasta que el hielo copó la cámara eléctrica que abastecía a la zona. Al cubrirse de hielo, la subestación dejó de andar. El barrio se quedó sin luz, y la heladera dejó de funcionar. Entonces el hielo detuvo su avance, hasta que se retiró de la cámara, volvió la luz y la heladera volvió a arrancar, reiniciando así un ciclo que se mantiene hasta hoy.

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6 Oct 2011

Universos unidos

Dos universos paralelos corrían cada uno por su lado, ignorando la existencia del otro. Ambos eran autosuficientes, no tenían necesidad de relacionarse con otro universo para nada. Era lo mismo que el otro no existiera. Sin embargo, era una realidad innegable que existía.

De pronto, un universo perpendicular atravesó a ambos. De repente, estaban comunicados, formando una H. El hecho cambió las cosas. Los universos empezaron a perder materia, no sólo por la violencia del impacto sino porque el universo perpendicular la chupaba. Mientras más materia absorbía, resultaba más grande y poderoso.

Los dos universos se movían para intentar zafarse de la influencia perpendicular. Pero cada uno se movía por su lado, y el perpendicular usaba la fuerza de uno para zafar de los embates del otro. Así lograba mantenerse en posición para seguir creciendo. Si conseguía mantenerse durante unos pocos miles de millones de años, podría absorber el contenido de ambos y convertirse en el único universo del vecindario.

Pero los dos universos paralelos no iban a rendirse sin dar batalla. Continuaban los fútiles movimientos de liberación, con la esperanza de que en algún momento dieran resultado.

Uno de esos movimientos pareció avanzar en el sentido correcto. El universo perpendicular se zafó un poco de la posición de los dos. Rápidamente se cayó en la cuenta de que ambos universos habían hecho en forma independiente movimientos complementarios. Y ahí se tomó conciencia del poder de la unión.

Los universos entraron en comunicación y resolvieron coordinar los movimientos. Ya no estaban solos. Representantes de ambos trazaron un plan de acción para liberarse. Al ejecutarse, el universo perpendicular no tuvo chances, y fue expulsado sin concesiones.

Los dos universos paralelos pudieron continuar su existencia paralela. Pero ahora habían aprendido el valor de unirse. Así que no se separaron del todo, sino que cada uno dejó una representación en el otro. Los caminos separados de ambos universos ahora tienden a unirse. Falta mucho para que se produzca la unión definitiva, pero ya no son paralelos. Forman una larguísima V, cuyo vértice está hacia adelante, en el futuro, cuando ambos universos pasen a ser uno solo.

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Escalera a la Luna

Cuando las dos potencias peleaban por ser la primera en enviar hombres a la Luna, el principal esfuerzo estaba enfocado en desarrollar vehículos que lograran la magna tarea. Pero no era seguro que se lograra en un tiempo apropiado. Por eso la NASA confeccionó un plan B.

El plan de relativamente baja tecnología no era otra cosa que construir una escalera que pudiera llevar a un astronauta a pie hasta la Luna. Era un viaje largo, pero los astronautas estaban entrenados para soportar la gran exigencia física que el ascenso suponía. El diseño de la escalera previó descansos a intervalos regulares, y además se sabía que a medida que el tripulante se alejara de la Tierra, la gravedad a vencer iba a ser menos.

El mayor problema era que no había en los Estados Unidos un lugar adecuado geográficamente para ubicar el pie de la escalera. Los responsables de la NASA estaban aliviados de que tampoco la Unión Soviética tenía bajo su jurisdicción un lugar de la latitud necesaria. Era preciso que la escalera estuviera cerca del ecuador, para reducir la cantidad total de kilómetros.

Por cualquier emergencia, se razonó que lo mejor era ubicar la escalera en una isla, para que, en caso de que se cayera, lo hiciera en el agua. Era el mismo razonamiento de ubicar las plataformas de lanzamiento de cohetes en penínsulas. Se buscó el lugar más apropiado y se eligió el asentamiento británico en la isla Ascensión, en el medio del Atlántico.

Casi en secreto comenzó la construcción de la escalera. El método era simple: cada tramo se ubicaba debajo del anterior, y así la escalera subía sola. La primera etapa era una escalera pedestre, pero formaban parte del equipo ingenieros de Otis que planeaban convertirla en mecánica una vez que se hicieran los primeros viajes.

En muy poco tiempo la escalera era una realidad. Los que pasaban por la isla Ascensión podían verla. No se veía dónde terminaba. El pie estaba fuertemente vigilado, para que ninguna persona se convirtiera subrepticiamente en el primer ser humano en pisar la Luna. Ese honor sería otorgado a un valiente astronauta luego de que las más altas esferas políticas decidieran quién era la persona más apropiada para subir los 1.815.520.000 escalones que llevaban a la superficie selenita.

Se propuso que tal vez no era necesario subir todos esos escalones. Si se colocaba al astronauta en el tope de la escalera, a medida que se fuera construyendo iba a estar más cerca. Pero era un riesgo demasiado grande. La cúpula de la NASA tenía dudas sobre la seguridad de la escalera. Temían que no se mantuviera en pie. Por eso, además de hacerla muy resistente, se colocó en su punto más alto un transmisor que, si todo salía bien, iba a enviar fotos cada vez más detalladas de la superficie lunar.

Una vez terminada la escalera, se la amuró muy firmemente al suelo de la isla Ascensión, y se la apuntaló desde varios ángulos, para mayor seguridad. Recién entonces fue el momento de enviar un astronauta. Había que cuidar el momento de la partida, porque la escalera no conducía siempre hacia la Luna. La escalera estaba fija y la rotación de la Tierra hacía que una vez por día el tope llegara a la Luna.

El astronauta elegido subió en el momento indicado, en medio de una fastuosa celebración. Durante el camino envió reportes por radio en los que describía los paisajes que encontraba. También se transmitían partes de salud. Los médicos de la NASA aconsejaban momentos de descanso cuando lo veían muy agitado. Pero a medida que se acercaba a la Luna, en efecto, la gravedad se sentía cada vez menos y el astronauta se salteó varios descansos. Llegó entonces al tope antes que la Luna, y debió esperarla ahí.

Algunas horas más tarde, la Luna acudió a la cita. Cuando le pareció apropiado, el astronauta saltó hacia la superficie y dio los primeros pasos de un humano en otro mundo.

Estaba previsto que diera una vuelta y volviera, porque no era una misión científica sino una prueba del método de ascenso. Se pensaba que ya habría tiempo para la ciencia una vez comprobada la eficacia de la escalera. Pero fue esa eficacia la que trajo el problema.

Al estar construida en forma tan firme, al entrar en contacto con la Luna, la escalera resistió su embate. La fuerza orbital era tanta que la escalera se dobló, pero no lo suficiente para quebrarse. Al pasar el punto de resistencia, la escalera volvió a su lugar, empujando de esta manera a la Luna, que fue enviada junto con el astronauta a los más lejanos confines del Sistema Solar.

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Menos es más

Todo el mundo sabe que menos es más. Al mismo tiempo, todos quieren más, entonces demandan menos. Algunos no están seguros, porque la sinonimación de antónimos los confunde. Entonces reclaman “más o menos”.

Uno supondría que, si menos es más, nada debería ser aún más que menos. La escala sería así: más es menos que menos, y menos es menos que nada.

Sin embargo, agregando nada a más y a menos quedan dos frases, “nada más” y “nada menos”. Hay muchos casos de confusión entre ambas, y la salida que la gente encuentra es decir “nada más y nada menos”, a pesar de que ambas frases tienen significados distintos.

Pero no es tan simple. La tercera frase, que se forma con la unión de las dos primeras, tiene un significado adicional. Significa la suma de los significados de ambas, pero también algo más. “Nada más y nada menos” otorga al sujeto un rango de precisión, un espectro donde el receptor puede ubicarse y saber mejor de qué se está hablando.

Entonces, encontramos que al involucrar nada, la cooperación de los tres les permite ser todavía más. O tal vez todavía menos.

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24 Sep 2011

La gran esfera de cristal

Aunque en el corto plazo era improbable, en el largo había certeza de que un asteroide o cometa chocaría contra la Tierra con devastadoras consecuencias. Era responsabilidad de la especie humana prevenir su propia extinción. Cuando no había un peligro inminente era el momento para llevar a cabo los planes de prevención, así estaban listos para cuando fueran necesarios.

La primera propuesta firme fue construir una red de misiles que pudieran ser lanzados para desintegrar los objetos peligrosos cuando se acercaban. Pero no era una solución efectiva. No había garantía de poder romperlos en trozos suficientemente pequeños como para que carecieran de todo peligro. Era muy posible que un pedazo de asteroide fuera suficiente para causar toda clase de cataclismos.

Se necesitaba una solución más drástica. Y se llegó a la conclusión de que, si un impacto era inevitable, lo que hacía falta era un escudo. Que los objetos impactaran en otro lado, no en la Tierra. Si se podía rodear al planeta con una capa protectora que absorbiera los golpes, el planeta estaría a salvo.

Luego de una serie de estudios, se decidió construir una esfera de cristal de un diámetro tres veces mayor al de la Tierra. Ese tamaño permitía que los satélites orbitaran en su interior. Además, en el caso de que se previera un impacto, podía reforzarse la zona a ser afectada, para mayor seguridad.

La esfera estaba sostenida por una estructura de acero que separaba las distintas placas de vidrio. Este diseño modular permitía una reparación sencilla. También había dos satélites que estaban atados al lado exterior de la esfera, con la suficiente capacidad para hacer fuerza y compensar un impacto fuerte. Este era uno de los varios reaseguros para evitar que el impacto de un meteorito hiciera que la esfera impactara en la Tierra, y que a su vez las antípodas del planeta impactaran en el otro lado de la esfera, generando un efecto de rebote capaz de marear a todos los seres vivientes.

Algunos grupos ambientales expresaron preocupación de que la esfera pudiera causar un efecto invernadero no deseado. Pero los diseñadores tuvieron en cuenta la posibilidad. La esfera fue equipada con una especie de aire acondicionado, que se alimentaba de energía solar para generar una corriente fría, y eliminaba el calor hacia el espacio.

La esfera se inauguró y cumplió sus funciones normalmente, sin provocar efectos visibles en la superficie del planeta. Hasta que, después de una temporada particularmente húmeda, las estrellas dejaron de verse. La Luna se divisaba, aunque borrosa. Todo el mundo tuvo claro cuál era el problema: la esfera de cristal se había empañado.

Por fortuna, la situación había sido prevista. El aire acondicionado de la esfera venía equipado con un desempañador. Las autoridades de la esfera ordenaron ponerlo en marcha a toda capacidad. Así se hizo. Sin embargo, el problema no se resolvió. Pronto quedó claro que el cristal estaba empañado del lado de afuera.

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Mensaje de Dios

1. La secta

Todo había empezado con un grupo de estudiantes religiosos del MIT. Gente de alta formación técnica y mente estructurada, contrariamente a la costumbre de la zona creían en Dios. Pero no eran seguidores de una iglesia en particular, sino que realizaban su exploración espiritual en forma privada.

Era un grupo pequeño, de gente que se había enterado de casualidad de que había otros con un interés similar al suyo. Comenzaron a reunirse todas las semanas en los dorms del campus del MIT. En las reuniones discutían cuestiones teológicas, filosóficas y espirituales. Leían textos antiguos, analizaban historias de la Biblia e intercambiaban ideas en forma abierta y plural. Aceptaban a gente de cualquier religión, y aunque a veces se armaban discusiones acaloradas, en general se mantenía un ámbito respetuoso, en el que las preguntas eran más importantes que las respuestas.

Con el tiempo, se formaron liderazgos en el grupo. Distintas corrientes se disputaban la misión de conducir el proyecto, y se terminó instituyendo una estudiante del último año de la carrera de ingeniería del software, Abigail Adams.

Durante su mandato, Abigail se dedicó a hacer crecer el grupo y generar nuevos proyectos. Su mandato fue exitoso, la membresía superó las cien personas, que acudían a reuniones de diversas disciplinas. Los domingos se hacía un almuerzo multitudinario en los jardines del campus, en el que los subgrupos se encontraban a intercambiar ideas y experiencias.

Los miembros más nuevos del grupo, que eran mayoría, se vieron impresionados por Abigail, que supo ganárselos en base a conocimientos, personalidad y ambición de poder. No tuvo dificultades para instituirse en “jefa suprema” del grupo. Pocos discutían sus decisiones, y los que lo hacían se veían excluidos. Se estableció un principio tácito de lealtad a Abigail, el que no lo cumplía se quedaba afuera. Pero, de todos modos, eran muchos más los que se incorporaban que los que se iban.

Un domingo, en el almuerzo semanal, Abigail anunció un ambicioso proyecto.

2. La idea

Los conocimientos de Abigail en el campo del software la hacían reflexionar sobre Dios. Pensaba que, así como ella podía programar una computadora, Dios había programado desde hacía tiempo el Universo. Y que los problemas actuales se debían a bugs en la programación, y a unos pocos aspectos que no había podido resolver con eficiencia. Dios tenía la respuesta, sabía cómo corregir la programación, pero para implementar los cambios era necesario reiniciar el Universo, entonces todo se mantenía imperfecto. De todos modos, la programación vigente era excepcionalmente eficaz, no en vano la había confeccionado Dios.

Esta percepción de Abigail fue muy aceptada en la comunidad. Se armaban debates tecnoteológicos al respecto. Abigail admitía no tener todas las respuestas, sino que simplemente ofrecía una visión del Universo. Todavía había mucho por descubrir, y lo bueno era que cualquiera podía hacerlo.

Según la doctrina de Abigail, la ciencia no era más que una ingeniería inversa para descubrir el código fuente de la programación primordial. Pero, además, Dios estaba en los detalles. La frase “Dios no juega a los dados con el Universo” se volvió muy popular en la secta. Por más que la programación no fuera la ideal, en sus recovecos podía verse la obra de Dios.

Pronto, un subgrupo llegó a la conclusión de que no existía el azar. Las rutinas de generación de números aleatorios estaban gobernadas por Dios, que se mostraba en cada resultado. Así lo determinaba la programación inicial, que algunos llamaban “la voluntad divina”.

Rápidamente se dieron cuenta de que esa idea era el germen de una comunicación fluida con Dios. Si se confeccionaba un programa que generara caracteres al azar, Dios hablaría a través de ellos y les daría un mensaje que iluminaría las vidas de todos.

Abigail se entusiasmó con el proyecto, y lo anunció en la reunión dominical. El plan era tener el software listo, y luego alquilar una de las supercomputadoras del MIT para ejecutarlo. Era necesario un equipo así, porque la mente de Dios tiene una complejidad inimaginable, y no era cuestión de abaratar su mensaje con una máquina comprada en el supermercado.

Luego de algunos meses de desarrollo y pruebas, el software estuvo listo. Se decidió, entre otras cosas, usar sólo minúsculas y números, ningún signo de puntuación. El alfabeto a utilizarse era el latino, a través de los códigos ASCII correspondientes. El programa sacaría un número al azar, y mediante una compleja serie de operaciones también azarosas devolvería un carácter.

Un domingo a la tarde, el MIT prestó una supercomputadora para el proyecto. Todos estaban expectantes para ver cuál sería el mensaje de Dios.

3. El mensaje

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4. La interpretación

La revelación del Mensaje dejó pasmados a los presentes. Dios les estaba hablando, no podían creerlo. Tampoco podían descifrar lo que Dios les quería decir. El rápido consenso fue que, como humanos, no estaban a la altura de leer directamente a Dios. Dios sabía lo que hacía, no iba a dar un mensaje así nomás, sin que requiriera algún esfuerzo para interpretarlo. Posiblemente estuviera revelando verdades que no fueran digeribles para el público no entrenado, entonces las hacía difíciles de ver.

Se recurrió a diversos métodos para intentar entender el Mensaje. Un equipo de lingüistas y matemáticos de la Universidad trabajó durante casi un año para intentar echar algo de luz. Se aplicaron todos los métodos conocidos de la criptografía, ninguno daba resultado. Se reemplazaron las letras por otras según diversos criterios, se invirtió el mensaje, se intentó encontrar palabras escondidas que tuvieran sentido en algún idioma. Pero nada daba resultado.
La experiencia, de todas maneras, fue enriquecedora. Se desarrollaron nuevas técnicas de criptografía, que resultaron válidas pero igual no dieron resultados.

El público se impacientó. Los integrantes de la secta perdieron bastante fe en el proyecto y también, indirectamente, en Abigail. Algunos empezaron a pensar que la secuencia de caracteres al azar no era más que eso, letras sobre una pantalla.

Se formaron dos bandos, entre los que pensaban que el Mensaje debía ser descifrado tarde o temprano, aunque tomara toda la eternidad, y los que creían que Dios, existente o no, no se había revelado en esa secuencia de letras y números. Se gestó una rivalidad importante entre ambos bandos, que cada tanto se volvía violenta.

En una de las reyertas intervinieron las autoridades. Abigail fue presa y la secta se disolvió, excepto por algunos grupos que continuaron reuniéndose en la clandestinidad. El Mensaje fue prácticamente olvidado. El disco que lo contenía fue confiscado por la policía. Hoy nadie lo recuerda. Sólo los empleados de un remoto sótano de la CIA, donde Abigail, confinada por precaución, continúa liderando el esfuerzo por entender lo que no se puede descartar que sea un mensaje de altísima importancia para la seguridad nacional.

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Rulero

A la administración del edificio de Sevel, el Rulero, se le ocurrió decorar la fachada con plantas. Ya no estaba de moda el look cemento, quedaba demasiado industrial y antiguo. Colgar plantas de todas las ventanas le daría al edificio un toque ecológico. La ciudad tendría un nuevo atractivo. Y al edificio no le costaría nada, porque las plantas podían regarse con el agua que caía de los equipos de aire acondicionado.

No contaban con un detalle: esa zona de Buenos Aires es de las más húmedas, y abundan las hormigas. Al ver tanta comida a disposición, las hormigas se instalaron bajo el Rulero. Se dispusieron a comer las hojas. Pero llegar a las plantas más altas requería un esfuerzo sobrehormigo. Era demasiado viaje para muy poca nutrición, entonces debieron buscar otro método.

Las hormigas no conocían el concepto de edificio. Pensaban que era un árbol grande. Y lo que decidieron fue llevarse el árbol al hormiguero. Esa noche, pusieron en marcha el plan.

Hicieron un gran agujero en la tierra que rodeaba al edificio. Los cimientos quedaron expuestos (aunque las hormigas pensaban que eran las raíces). Llegó un momento en el que la tierra que quedaba no sostuvo la estructura, y el Rulero cayó hacia la esquina de Libertador y Carlos Pellegrini.

Una vez en el suelo, fue fácil para las hormigas trasladarlo ―estos insectos son capaces de transportar varias veces el peso propio―.

A la mañana siguiente, los habitantes de la ciudad se sorprendieron al descubrir que el Rulero no estaba más. Las hormigas, en tanto, se dedicaban a comer las hojas. Pero mucho antes de lo que esperaban, se encontraron con que las plantas terminaban y detrás había una pared de cemento, que resultaba incomible.

Las hormigas intentaron sin éxito digerir el revoque. Ahora tenían un grave inconveniente: un tremendo edificio ocupaba casi todo el lugar del hormiguero. No hubiera sido problema si se podía comer, pero ahora resultaba perjudicial, porque restaba lugar para los verdaderos comestibles. Debían deshacerse de él, así que decidieron devolverlo a su lugar de origen.

Esa tarde, los transeúntes de la avenida del Libertador vieron brotar al Rulero del suelo de los terrenos del ferrocarril. Las hormigas trasladaron al edificio hasta el lugar de su antiguo emplazamiento. Sin embargo, no lo pudieron erguir. Aunque tenían fuerza, no tenían la altura suficiente como para levantarlo de forma vertical. Así que lo dejaron apoyado en el suelo y se retiraron en busca de otra fuente de comida.

Cuando las hormigas lo dejaron libre, el Rulero permaneció quieto durante un instante, y luego se dejó llevar por la gravedad. Rodó por la pendiente, causando pánico entre los peatones que caminaban por el barrio, que debieron huir despavoridos para evitar ser atropellados por el edificio.

El Rulero siguió su marcha imparable. La velocidad impedía detener el recorrido. No hubo tiempo para hacer nada. En pocos instantes, el edificio llegó a la costa y desde entonces se lo ve flotando en el río, cubierto de algas.

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Decadencia del geriátrico

Los geriátricos de ahora no son como los de antes. Ya no tienen el lujo que supieron tener. No existe más el trato preferencial y personalizado que cada anciano recibía en tiempos remotos. Pertenecen al pasado las comidas abundantes, nutritivas y sabrosas que se solían servir en todos los geriátricos decentes.

Ahora son lugares lúgubres, deprimentes, en los que los ancianos tienen miedo de quejarse porque pueden sufrir represalias. Además de una situación indigna, es un contraste muy grande con los estándares que años atrás estaban muy difundidos en los geriátricos.

¿Qué pasó? ¿Por qué cambió tanto el servicio? Porque los dueños se dieron cuenta de que se les exigía mucho menos que lo que podían dar, y entonces empezaron a dar sólo lo que se exigía. Pero también porque tienen la ventaja de que no existe la comparación.

Los que habitan hoy los geriátricos no estuvieron el tiempo suficiente como para darse cuenta de la decadencia. Estaban en otro lado cuando el lujo era la norma. Y los que vivían en los geriátricos de antes ya no viven. Algunos de los actuales habitantes es posible que hayan conocido a los geriátricos de otrora, como visitas, pero igual no se dan cuenta de la diferencia. Es que, para los de afuera, el geriátrico siempre fue un ámbito deprimente, por más que el funcionamiento interno fuera impecable.

Es así que los geriátricos dan un servicio cada vez más deficiente, sin que nadie se dé cuenta. Se toma la situación actual como normal, y nada hace pensar que las próximas generaciones de ancianos vaya a esperar alguna mejora.

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