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Ayudemos a los sapos

Uno de los principales problemas que enfrenta hoy el Amazonas es la cantidad de princesas que acuden en busca de sapos para que, al besarlos, se conviertan en príncipes. La afluencia de estas princesas provoca un verdadero desastre en un área que no está preparada para acogerlas. Sus enormes séquitos talan árboles, queman arbustos y eliminan hábitats de animales para poder mantener su nivel de vida en la selva.

Además de generar una enorme cantidad de basura que queda por siglos, producen un verdadero caos en la vida de los sapos, que deben esconderse para no caer en las garras de las princesas. Todas besan a todos los sapos posibles porque no saben cuál es el príncipe en cantado que las espera. Algunas besaron sapos venenosos y murieron en consecuencia. Fueron las que vieron un sapo azul y creyeron que era el príncipe azul.

Hasta el momento no se ha reportado ningún caso de un sapo que haya resultado ser un príncipe encantado. Pero esto no ha detenido a las princesas, que siguen acudiendo en masa porque cada una de ellas piensa que el beso debe ser de ella y nadie más. Esto genera una competencia feroz que ya desembocó en los descuartizamientos de varios sapos que eran disputados por diferentes princesas.

Las ranas no se salvan, debido a que las princesas no las distinguen de los sapos y son muy pocas las que llevan naturalistas como parte de su séquito. En general los naturalistas aconsejan no ir en busca de sapos al Amazonas con el propósito de besarlos para que se conviertan en príncipe. Por eso tienden a no ser incluidos en las expediciones, a pesar de la utilidad que podrían tener.

La comunidad internacional debe ayudar a parar el desastre que ocurre en el Amazonas. Las siguientes medidas serían aconsejables:

  • Mejorar la seguridad de los príncipes.
  • Capturar a todas las brujas que los puedan encantar.
  • Encerrar a las princesas en castillos fuertemente vigilados.
  • Abolir las monarquías.

No se puede esperar más. Los sapos del Amazonas, y el Amazonas mismo, corren peligro. Es hora de actuar.

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Llovió y no paró

Por algún extraño cambio en el ciclo del agua, un día se largó a llover y no paró más. Al principio nadie se dio cuenta de que se había producido un cambio permanente, pero a medida que transcurrieron los días la lluvia fue el tema de conversación obligado: cómo podía ser que no parara, cuándo iba a salir el sol, a quién le gustaba ver caer el agua, a quién lo había agarrado en la calle en un momento inoportuno.

Empezaron a pasar las semanas. Quienes estaban convencidos de que el calentamiento global iba a causar graves alteraciones meteorológicas se vieron vindicados. Algunos grupos científicos se lanzaron a investigar por qué se daba ese fenómeno meteorológico. Encontraron que el ciclo del agua se seguía cumpliendo. El agua se evaporaba, precipitaba y se volvía a evaporar. Pero, por alguna razón, la lluvia no alcanzaba a agotar el agua evaporada disponible antes que se evaporara más. En un planeta como la Tierra, con 70% de la superficie cubierta por agua, era muy lógico que esto ocurriera. El sistema era estable. Los científicos comenzaron entonces a trabajar en el misterio de por qué antes el ciclo no funcionaba del mismo modo.

A medida que pasaron los meses, la gente se acostumbró a usar paraguas todo el tiempo. El trabajo de los meteorólogos se había vuelto muy fácil, y por lo tanto muy poco valioso. Nadie los necesitaba para saber que iba a seguir lloviendo. Por eso algunos predecían que iba a parar. Pensaban que era posible, y tenían la idea de que el que acertara el momento sería recompensado por la sociedad. Algo similar ocurrió con la industria del juego. Muchos comenzaron a apostar por una fecha en particular para que dejara de llover. Nadie ganó dinero con esas apuestas, excepto las casas que las aceptaban.

A veces la lluvia se reducía a una simple garúa. Parecía que iba a parar en cualquier momento. A veces llovía y al mismo tiempo había sol, por alguna combinación entre los huecos de las nubes y el ángulo solar. Pero nunca terminaba de parar, siempre la intensidad de la lluvia volvía a incrementarse.

Los sistemas de prevención de inundaciones de las distintas ciudades del mundo empezaron a mostrar sus falencias. Casi todos tuvieron que ser reforzados, en lo que se volvió prioridad para todos los gobiernos. No faltaron ideas ambiciosas para lograr que dejara de llover. Algunos propusieron techar las ciudades, de modo que se pudiera caminar sin mojarse. La ya poderosa industria de los paraguas se opuso a esa medida. Hubo también algunas ideas de colocar parasoles en órbita, de modo que llegara menos luz solar a la superficie de la Tierra, y así el proceso de evaporación del agua se viera demorado. Pero los costos eran demasiado altos como para que se pudiera llegar más allá de las pruebas piloto de ese proyecto.

A medida que pasaron los años, empezaron a surgir rumores sobre remotos lugares en los que no llovía. La gente adinerada viajaba para encontrar un mundo que pertenecía al pasado. En algunos casos se decepcionaban porque se trataba de mitos. Otros volvían con historias de haber permanecido secos y al aire libre sin usar paraguas. Lo describían como una experiencia exótica, porque ya todos estaban acostumbrados a la vida con lluvia.

Con el paso de las generaciones, se fueron dando algunos cambios en la vida terrestre. Las plantas extendieron su superficie verde, para poder captar mejor la escasa luz solar que llegaba a ellas. Los animales herbívoros, gracias a eso, tuvieron más nutrición y se reprodujeron con más frecuencia. De ese modo, los carnívoros pudieron alimentarse más seguido y también se reprodujeron más.

No ocurrió lo mismo con el hombre. La eficiencia de los campos, a pesar de las abundantes lluvias, se redujo por la menor cantidad de luz. Algunos intentaron cubrir la diferencia con luz artificial, pero el costo repercutió de todos modos en su eficiencia.

La alimentación humana, entonces, se vio en problemas. Los precios de la comida subieron considerablemente. Mucha gente elegía cultivar sus propios alimentos. Otros, sobre todo los que no tenían jardín en sus casas, adquirieron la costumbre de salir a cazar, aprovechando la abundancia de animales.

De todos modos, la solución que encontró la mayor parte de la población mundial fue reducir su número. Más personas optaron por utilizar anticonceptivos. Aparecieron campañas mundiales para que la gente tuviera menos hijos. De este modo, luego de algunos años hubo menos personas para alimentar, y después de un par de generaciones más la situación se pudo estabilizar.

Poco a poco, la humanidad olvidó la época en la que paraba de llover y dejó de añorarla. Pero a algunos la idea les resultaba atractiva, y soñaban con que algún día la lluvia se detuviera por completo para poder vivir en un mundo más agradable. Otros, en cambio, creían que el concepto era absurdo. Citaban los estudios científicos que establecían con claridad que el ciclo del agua no podía haber sido nunca distinto. Se dedicaron a promover la aceptación del mundo como era, sin dar crédito a los mitos que decían que en una época remota había existido el clima seco.

La lluvia nunca paró. Llegó un momento en el que no quedaba nadie que hubiera conocido la época en la que a veces no llovía. Al ser permanente, se fue perdiendo la palabra “lluvia” de los idiomas. En algunos de ellos fue reemplazada por una palabra nueva que determinaba los momentos en los que, según ciertas personas, muchos siglos atrás no llovía.

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Repelente de insectos

Un mosquito revoloteaba por las cercanías de un grupo de personas en busca de comida. Como precaución, las personas se habían puesto repelente de insectos. El mosquito cada vez que divisaba a una persona se ilusionaba, y al acercarse se daba cuenta de que no debía estar allí.

Pero el mosquito era perseverante. Sabía que tarde o temprano alguien se iba a sumergir en la pileta. Y sabía que eran pocos los que volvían a ponerse repelente al salir del agua. Por eso se quedó en la cercanía, esperando el momento propicio.

Las personas, de cualquier manera, estaban preparadas. Tenían frascos de insecticida en aerosol por cualquier eventualidad. No dudarían en rociar a cualquier mosquito que se acercara demasiado.

El mosquito, entonces, cuando vio una oportunidad se acercó a una persona que había salido del agua y estaba tirada al sol. Sigilosamente fue hacia el sector más apetecible de su piel con la intención de picarlo para obtener un suculento almuerzo. Pero ocurrió algo imprevisto. Cuando el mosquito estaba a pocos centímetros la persona se despertó y se dio vuelta. El mosquito se vio obligado a desviar su curso. En el nuevo trayecto fue descubierto por una segunda persona, quien estaba dispuesta a rociarlo con insecticida y acabar con su vida. La persona apuntó el aerosol hacia el mosquito, que intentó escapar sin éxito. Pero se equivocó de aerosol y en lugar de rociarlo con insecticida lo roció con repelente de insectos.

El mosquito al principio siguió el impulso de escapar, pero con el correr de los segundos fue sintiendo un rechazo cada vez más grande por sí mismo. Quiso escapar de su compañía y vio que no era posible. El mosquito dio vueltas sobre su cuerpo porque fue todo lo que se le ocurrió hacer. No podía sumergirse en el agua para sacarse el repelente porque no podría salir.

El mosquito debió aprender a convivir con sí mismo. Tuvo que hacer una profunda introspección para conocerse por dentro y poder sobrellevar el espantoso olor que emanaba. Trabajó sobre su autoestima en forma tan eficaz que olvidó el olor. Aprendió a quererse, y lo logró como nunca antes. Estaba muy contento con su manera de ser, con el lugar donde le tocaba vivir, con el hecho de seguir vivo y sano a pesar de todos los obstáculos que tiene la vida de un mosquito. Se convenció de que tenía que vivir la vida.

Por eso se recuperó muy rápido, su autoestima fue tan grande que logró adaptarse al olor. De esta manera, pudo volver con gran confianza a picar personas. Y esta vez las personas preferidas fueron las que emanaban el mismo olor que él, las cuales, al haberse puesto repelente, solían ser las menos precavidas.

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Un puñado de diamantes cayó en el gallinero

Un puñado de diamantes cayó en el gallinero. El gallo cantó, porque confundió el brillo de los diamantes con la salida del sol. Pero luego identificó los diamantes. Sin reparar en su valor monetario, los confundió con granos y procedió a comerlos. Al rato se sintió mal. No sabía por qué, y ni siquiera sabía que se podía saber el porqué de algo. Sólo atinó a tirarse en el piso.

El gallo suspiraba mientras su estómago no sabía qué hacer con esos diamantes que le habían sido encomendados. El estómago los pasó a los intestinos. Los intestinos también los pasaron, y pronto los diamantes volvieron a ver la luz.

El gallo, que no tenía capacidad de aprender de sus errores, se sintió mejor y volvió a ver los diamantes. Al principio cantó, porque el brillo le hizo pensar que estaba saliendo el sol. No reparó en que ya era de día, ni en que era la tercera vez que salía el sol ese día. Ni siquiera supuso que tal vez era un día muy especial por eso mismo. Sólo vio el brillo los diamantes y cantó, hasta que divisó los diamantes individuales. No se le ocurrió que ya había vivido lo mismo un rato antes. Como se sentía bien y tenía hambre, decidió picotear esos extraños granos brillosos.

Justo en ese momento se acercó el dueño del gallinero con un mantel lleno de migas. El gallo lo vio y se acercó, como hacía cada vez que divisaba el mantel, o las sábanas que flameaban en el tendedero. Al acercarse al mantel, el gallo olvidó los diamantes y se dedicó a comer migas en compañía de las gallinas que andaban cerca.

Cuando terminó las migas se puso a corretear por el gallinero. Nunca supo que servía para bajar la comida. Mientras revoloteaba, vio una gallina que estaba tirada en el piso suspirando. Se acercó a ella aunque no podía hacer nada. Hasta cierto punto se dio cuenta de que se sentía mal, lo que no supo era por qué. Pero se quedó haciéndole compañía. No tenía nada mejor que hacer.

Cuando se hizo de noche, los intestinos de la gallina se encontraron con los diamantes y les dieron vía libre. En seguida estuvieron otra vez en el piso del gallinero. El gallo, al verlos, repitió el proceso que había realizado dos veces ese día. Pero cuando se acercó a ellos para comerlos, la gallina sintió amenazada su fuente de alimento y lo picoteó.

El gallo también picoteó a la gallina y se produjo un combate. Ambos sabían muy bien que el ganador obtendría el derecho a comer lo que no sabían que eran diamantes. El gallo en circunstancias normales hubiera ganado fácilmente, pero no sólo todavía estaba algo débil como consecuencia de haber comido los mismos diamantes (aunque no lo sabía) sino que estaba cansado porque ese día además de correr había cantado tres veces la llegada del sol. Por eso la lucha fue pareja y se prolongó durante toda la noche.

La lucha duró hasta que salió el sol. Al verlo, el gallo la abandonó para poder cantar.

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Lágrimas de cocodrilo

El cocodrilo estaba triste. Se sentía solo en el río, nadie se le acercaba. Pasaba toda su vida en el mismo lugar, esperando, saliendo cada tanto del río para volver a sumergirse al poco tiempo. Era así la vida de todos los cocodrilos, pero él no se conformaba. Quería más. Y como no lo tenía, lloraba.

Los que pasaban cerca de él veían sus lágrimas pero no les daban crédito. Creían que eran lágrimas de cocodrilo. Y lo eran, pero eran también de tristeza. Sólo el cocodrilo se daba cuenta, y eso lo hacía sentir aún más solo.

Un día se largó a llover. El cocodrilo miró al cielo pensando que lo entendía. Las gotas de lluvia se mezclaron con sus lágrimas hasta hacerse indistinguibles. El cocodrilo dejó de llorar durante ese momento y su cara sólo fue recorrida por las gotas. Por primera vez, el cocodrilo sintió una profunda conexión con la naturaleza.

Después de un rato dejó de llover y salió el sol. Los rayos de sol iluminaron su piel, y debió sumergirse en el río para que no se le secara. Dentro del río, el cocodrilo reflexionó sobre lo que había pasado y se entristeció al ver que la naturaleza, después de todo, también le era indiferente. Entonces derramó más lágrimas, que no se notaron porque estaba bajo el agua.

En ese momento, una cebra vio su expresión compungida y se acercó a la orilla del río para ver qué le pasaba. La cebra lo miró a los ojos y pudo comprender su tristeza. Pero el cocodrilo no se dio cuenta de la intención de la cebra. La vio sólo como un almuerzo. La cebra notó el cambio en sus ojos y salió corriendo, justo antes de que el cocodrilo saltara hacia ella con la boca abierta.

El cocodrilo volvió a lamentar su suerte. Un rato más tarde, reflexionando sobre lo ocurrido, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Lamentó profundamente su actitud y quiso ir a buscarla. Pero la cebra era mucho más rápida que él. Estaba claro que nunca iba a regresar.

El cocodrilo, entonces, volvió a derramar lágrimas.

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La Luna

Ella me pidió la Luna. Yo siempre quiero complacerla, entonces me puse en campaña para conseguírsela. No fue fácil. Recorrí todo tipo de lugares, consulté a mucha gente, y siempre me decían que era imposible. Yo aclaraba que si era caro no importaba, no tenía problemas económicos, pero era inútil. Algunos me decían que era más fácil convencerla a ella de que pidiera otra cosa, pero ése era su deseo y yo quiero complacer todos sus deseos.

Cuando se me agotaron todas las otras opciones, puse un aviso en el diario. Recibí muchas respuestas, la mayoría en broma pero hubo una muy seria de un señor con pelo blanco largo y desprolijo. Me dijo que, si le proveía suficientes fondos, podría desarrollar un aparato que me trajera la Luna. Acepté financiar su proyecto, y meses después me contactó, diciendo que ya lo tenía.

El aparato era una especie de ballesta que debía ser arrojado a la Luna cuando estaba llena. Había un pequeño dispositivo de precisión provisto para poder acertar el tiro. Sólo tenía que apuntar a la Luna, verla a través de ese dispositivo y la Luna vendría hacia mí o cualquiera que lo tuviera. Me advirtió que el satélite podría demorar varias horas o incluso algunos días en llegar.

Así que la invité a comer a casa en la siguiente noche de luna llena. Antes del postre le mostré el dispositivo y le dije que era para entregarle la Luna. Apunté a ella y esperamos. Esperamos algunas horas mientras disfrutábamos de la noche estrellada, de los grillos y del olor a rocío.

Al día siguiente la Luna se veía más grande, y estábamos seguros de que se acercaba, pero calculamos que iba a demorar algunos días más en llegar. Ella me dijo que yo nunca la decepcionaba y que estaba contenta conmigo.

Al día siguiente la Luna estaba más cerca pero la localidad en la que nos encontrábamos se inundó. La cercanía de la Luna había atraído la marea hacia nosotros, y debimos evacuar el lugar antes de que ella pudiera recibir su regalo.

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El pájaro desafinado

El oriteo (Oritheus emberizadis) habitaba los bosques de América del Norte. Se distinguía por su particular canto.

El canto del oriteo tenía múltiples usos dentro de la especie. El más importante era la formación de parejas. Los machos anunciaban su disponibilidad y esperaban el guiño de las hembras a través del canto correspondiente.

Pero el uso más distintivo de los cantos del oriteo era el defensivo. Cuando alguna bestia se acercaba, el oriteo se sentía en peligro y emitía un muy fuerte chillido desafinado que espantaba a la posible amenaza.

El oriteo, gracias a su canto, podía escapar de los predadores, que para un pájaro de su tamaño eran numerosos. Podía dedicarse a comer pequeños gusanos y brotes de plantas.

Las variedades de oriteo que mejor prosperaron fueron las que más fuerte y más seguido expresaban su canto desafinado. Rápidamente aparecieron subespecies cuyos cantos conyugales eran también los desafinados. Esto espantaba a los animales de los bosques que habitaba.

Hubo algunos intentos de domesticación de este pájaro. Pero no prosperaron, dada la aversión que los domesticadores desarrollaron a los cantos desafinados que caracterizaban a la especie.

La ausencia de predadores hacía que el oriteo prosperara, y pronto los bosques norteamericanos se vieron llenos de diversas variedades de oriteos. Los otros animales que vivían en los bosques sufrieron modificaciones. Algunos cambiaron de hábitat, provocando una alteración en el orden ecológico de sus nuevos lugares hasta que se estabilizó un equilibrio que los aceptaba. Otros animales no tuvieron la misma suerte y se extinguieron, al no tener comida por la ausencia de los demás. Un tercer grupo de animales desarrolló la sordera y en esos bosques aún se pueden encontrar ejemplares sordos de algunas bestias muy conocidas en el resto del mundo.

Hubo un grupo que permaneció casi sin modificaciones: los animales que ya eran sordos.

Al haber menos animales, las plantas, sin sentido del oído, se empezaron a reproducir más de lo habitual, y los bosques donde habitaba el oriteo se hicieron más tupidos. Fue una circunstancia fortuita para los oriteos, que empezaban a sufrir problemas de superpoblación en las ramas donde anidaban.

Pasó el tiempo y empezó a haber variedades de oriteos con cantos menos desafinados. No era problema, al no tener predadores de los que defenderse. Los cantos cada vez más afinados de los nuevos oriteos atraían más a las hembras que los chillidos tradicionales, y la reproducción del oriteo afinado fue acelerándose. Luego de algunas generaciones no quedaban oriteos desafinados. Se había forjado una nueva especie.

Gradualmente los otros animales fueron volviendo a los bosques, atraídos por la abundancia de vegetales, y el ritmo de reproducción de las plantas volvió a ser el anterior.

Algunos de los animales que volvieron se convirtieron en predadores y aprovecharon la abundancia de oriteos, que ya no tenían la defensa que los había hecho dueños de los bosques.

De esta manera el oriteo rápidamente, al no poder defenderse de todo tipo de predadores que iban repoblando los bosque, se extinguió.

Hoy no quedan ejemplares ni siquiera en cautiverio, debido a que por su característicos gritos nunca fueron de la predilección de los zoólogos ni del público.

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Palabras de animales

Un rinoceronte se acercó a un pato y le dijo: “pío, pío”. El pato lo miró extrañado. El rinoceronte, entonces, repitió lo dicho: “pío, pío”, ahora con una mirada de esperanza. El pato decidió alejarse del rinoceronte, pero antes de que pudiera irse muy lejos se le acercó un pavo real. “Cuac cuac”, dijo el pavo real. El pato pensó que algo debía estar sucediendo. Entonces se acercó al pavo real y le dijo “no, eso es lo que digo yo”.

Un gusano que pasaba por ahí decidió meterse en la conversación y le dijo al pato “no parece que sea lo que decís vos, si estás hablando”. “Vos también estás hablando”, respondió el pato. “Pero yo hablo sólo para marcar tu contradicción” fue la respuesta del gusano.

En ese momento intervino el rinoceronte. “Pío, pío”, dijo. “Cortala con eso”, dijo el pato, “¿no podés decir otra cosa?”. El rinoceronte, herido en su orgullo, se retiró compungido. El pavo real se apiadó de él y lo siguió. Para consolarlo, se acercó a su oído y le dijo “cuac cuac”.

El pato, al ver que ambos se iban, abandonó al gusano y se fue con los otros patos. “Cuac cuac”, le dijo a uno de ellos. El otro le respondió con entusiasmo “cuac cuac”, y ambos salieron juntos a sobrevolar el lugar.

Luego de ver toda esta situación, un perro que estaba cerca de allí murmuró “guaaau”.

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Dinosaurios argentinos

Los mejores dinosaurios del mundo, los argentinos, disfrutaban de todos los recursos naturales del territorio de nuestro país. Una vez que migraron hacia estas tierras se quedaron, en parte por la separación de América del Sur y África, pero especialmente por las únicas condiciones naturales del país.

Los dinosaurios argentinos florecieron en una tierra muy propicia para su desarrollo. Los herbívoros tenían grandes cantidades de comida, porque se trata de una tierra en la que al tirar una semilla crece cualquier planta. Al haber muchas plantas para comer, los herbívoros prosperaban y se multiplicaban por todo el territorio. Lo cual lo hacía un lugar propicio para los carnívoros, que de esa manera también tenían mucha comida.

De todo el mundo vinieron especies de dinosaurios para establecerse en Argentina, y encontraron aquí su lugar en el mundo. Cada una de las especies pudo vivir en el territorio argentino, debido a que tiene todos los climas y eso lo hace propicio para cualquier clase de ecosistema.

Muchas especies se establecieron en el Valle de la Luna, en San Juan, donde las condiciones eran especialmente aptas para su vida y para la posterior preservación de sus restos. Y, de paso, estaban cerca del Aconcagua, que es el pico más alto de América y se encuentra en territorio argentino.

Algunos dinosaurios prosperaban mejor que otros, y es debido a que aún en el país no se habían establecido reglas que facilitaran la igualdad de las especies. Se vivía algo parecido a la ley de la selva, pero con las particularidades que siempre tuvo el territorio argentino a ese respecto. Estas características hicieron, entre otras cosas, que Argentina generara los dinosaurios más grandes del mundo.

Los dinosaurios argentinos sobrevivían, sin exigir nada del resto del mundo. Pero terminaron desapareciendo al igual que los dinosaurios del resto del mundo. Esto se produjo al caer un meteorito en México, cuyos efectos se sintieron en todo el planeta. No sería la última vez que la Argentina se vería afectada por crisis internacionales en cuyo origen no tuvo nada que ver.

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Hay sardinas

Era mediodía. Un cardumen de sardinas nadaba pacíficamente. El movimiento individual de la enorme cantidad de peces generaba en el agua un sonido agudo, casi imperceptible, similar a un silbido. El cardumen avanzaba sigilosamente, silbando, absorbiendo deliciosas partículas de plancton en una zona cercana a la costa.

Luego de un rato de calma, unos delfines divisaron al cardumen y se acercaron a él, dispuestos a alimentarse con algunos de sus peces. Las sardinas se dieron cuenta del peligro y desviaron su trayectoria. El tamaño del cardumen hacía que fuera difícil disimular cualquier giro, dado que cada movimiento quedaba visible por unos minutos mientras las sardinas de atrás lo completaban. Los delfines vieron esa estela y usaron su inteligencia para saber hacia dónde tenían que ir.

Como los delfines eran varios, pudieron emboscar a las sardinas. Se colocaron estratégicamente, para que los peces tuvieran que ir hacia la costa. Y eso hicieron. Al encontrarse con el límite de su hábitat, las sardinas no supieron qué hacer y los delfines aprovecharon la confusión para satisfacer su apetito. Luego de consumir una buena cantidad de deliciosos peces, los delfines tuvieron que ir a la superficie a respirar. Las sardinas, aprovechando esa distracción, escaparon hacia aguas más profundas.

En esa zona había un grupo de tiburones que buscaban comida. Al encontrarse con el cardumen, se comieron a algunos de sus integrantes y fueron hacia la parte más densa dispuestos a conseguir más. Como los tiburones no tienen que respirar en la superficie, la fila principal del cardumen empezó a subir. Unos cuantos pudieron escapar de los tiburones, pero no de los albatros que estaban buscando algo para almorzar y continuaron el despiece del cardumen.

Los que quedaban se sumergieron un poco más y quedaron tres o cuatro metros bajo la superficie, a salvo de los albatros y con los tiburones satisfechos. En ese momento cientos cayeron en una red pesquera, que había sido colocada con ese objetivo por un grupo de primates.

El barco que arrastraba la red seguía un camino previsto de antemano y no llegó a pescar a todo el cardumen, el cual se vio enormemente reducido. Quedaban cuatro sardinas. Como ya el cardumen era poco visible, los grandes predadores del mar no les prestaron atención.

Fuera de peligro, las sardinas que quedaban se dedicaron a la danza de la procreación. En una actitud casi juguetona, las dos hembras se acercaron a los dos machos, y entre ambas parejas pusieron y fertilizaron dos millones de huevos. Cuando terminó el período de celo, las sardinas se alejaron, revoloteando en el agua. Meses después, esos huevos dieron a luz a pequeñas sardinas, que formaron un nuevo cardumen y salieron a explorar los mares.

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