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Ayudemos a los sapos

Uno de los principales problemas que enfrenta hoy el Amazonas es la cantidad de princesas que acuden en busca de sapos para que, al besarlos, se conviertan en príncipes. La afluencia de estas princesas provoca un verdadero desastre en un área que no está preparada para acogerlas. Sus enormes séquitos talan árboles, queman arbustos y eliminan hábitats de animales para poder mantener su nivel de vida en la selva.

Además de generar una enorme cantidad de basura que queda por siglos, producen un verdadero caos en la vida de los sapos, que deben esconderse para no caer en las garras de las princesas. Todas besan a todos los sapos posibles porque no saben cuál es el príncipe en cantado que las espera. Algunas besaron sapos venenosos y murieron en consecuencia. Fueron las que vieron un sapo azul y creyeron que era el príncipe azul.

Hasta el momento no se ha reportado ningún caso de un sapo que haya resultado ser un príncipe encantado. Pero esto no ha detenido a las princesas, que siguen acudiendo en masa porque cada una de ellas piensa que el beso debe ser de ella y nadie más. Esto genera una competencia feroz que ya desembocó en los descuartizamientos de varios sapos que eran disputados por diferentes princesas.

Las ranas no se salvan, debido a que las princesas no las distinguen de los sapos y son muy pocas las que llevan naturalistas como parte de su séquito. En general los naturalistas aconsejan no ir en busca de sapos al Amazonas con el propósito de besarlos para que se conviertan en príncipe. Por eso tienden a no ser incluidos en las expediciones, a pesar de la utilidad que podrían tener.

La comunidad internacional debe ayudar a parar el desastre que ocurre en el Amazonas. Las siguientes medidas serían aconsejables:

  • Mejorar la seguridad de los príncipes.
  • Capturar a todas las brujas que los puedan encantar.
  • Encerrar a las princesas en castillos fuertemente vigilados.
  • Abolir las monarquías.

No se puede esperar más. Los sapos del Amazonas, y el Amazonas mismo, corren peligro. Es hora de actuar.

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Mi viaje en colchoneta

Me gusta acostarme en la colchoneta en lugar de nadar. Me permite estar en el agua y respirar su frescura sin necesidad de mojarme. Siempre uso una cuando voy a la pileta. Pero ese verano la llevé a la playa.

No se me ocurrió que podía ser peligroso hasta que fue demasiado tarde. Casi sin darme cuenta las olas me internaron en el océano hasta que no estuve al alcance de los bañeros. De repente me vi en la inmensidad del mar, sin estar preparado para enfrentarla. Por suerte me había puesto abundante protector solar.

Me alejé de la costa ondulando sobre la superficie. Debo decir que me mojaba bastante, pero igual mi improvisada embarcación se mantenía razonablemente firme. No se desinflaba ni parecía perjudicarse por la acción de la sal.

No tenía más remedio que esperar a que la marea, o cualquier fuerza, me devolviera a tierra. Mientras tanto tenía que comer. No debía ser un gran problema: bajo mis pies tenía miles y miles de peces. Claro que no contaba con ningún elemento que me permitiera capturarlos. Debí conformarme con unos pocos que accidentalmente saltaban hacia mí. No tenía forma de cocinarlos más que dejarlos al sol, algo que después de un rato resultaba perjudicial para la carne y daba mal olor. Así que debía comerlos como venían. No era muy agradable pero a buen hambre no hay pez crudo.

Durante un tiempo que no supe medir, pero fue bastante largo, sólo vi el color azul a mi alrededor. Había destellos de blanco en las nubes y en la espuma del agua. También estaba el amarillo del sol. Y por las noches el cielo era negro, excepto por la extraordinaria cantidad de estrellas que podía ver por esa zona.

Un día divisé unos puntos a lo lejos. Pensé que podía ser un atisbo de tierra, un archipiélago o algo así, aunque no se podía distinguir muy bien. Por suerte el viento me empujaba hacia el mismo lado. Enfoqué mis ojos de distintas maneras hasta que por fin pude darme cuenta de qué estaba viendo: cabezas de jirafas. Me acercaba a África.

Respiré aliviado pensando que sería rescatado en poco tiempo. No sabía el destino que me aguardaba. Pero de un momento a otro cambié de dirección y volví a las vistas monótonas de antes.

No sabía qué estaba pasando. Después me enteré. Se ve que me agarró una corriente que venía del sur. Luego de un viaje muy cansador, en el que varias veces estuve cerca de agotar todos los vestigios de lluvia que se acumulaban en los recovecos del plástico y me permitían sobrevivir, divisé tierra. Pensé en el alivio que debían haber sentido figuras históricas como Colón al saber que se acercaba el final del periplo. Pero ellos, por lo menos, lo habían emprendido intencionalmente, así que mi sensación era aún mejor. No iba a durar mucho.

Cuando llegué a la costa, fui capturado por la policía y encerrado en un calabozo. Quería saber qué había hecho mal. Tal vez estaba prohibido llevar objetos inflables a la playa. Cuando me hablaron me sorprendí al oír palabras en español. Me acusaban de desertor, traidor a la patria y varias cosas más. Por el acento deduje que estaba en Cuba y que habían pensado que mi intención era escaparme en balsa. Cuando intenté explicarles lo sucedido, fue peor. No sólo no me creyeron, sino que se convencieron de que era un agente subversivo, enviado por algún país poderoso para derrocar al régimen, o algo. Y me devolvieron al calabozo.

Una hora después me condenaron al fusilamiento. Ocho hombres con rifles se pararon en fila a pocos metros de mí y dispararon al mismo tiempo. A pesar de mis nervios me mantuve bastante quieto. Me sorprendí al darme cuenta de que, segundos después de los disparos, me mantenía vivo. Al parecer, ninguna bala me había impactado. Noté que estaba ante un hecho tan inusual que valía la pena calcular la probabilidad de que sucediera algo así. Pero era mejor concentrarme en pedir clemencia, argumentando el fracaso del primer intento.

Los guardias tuvieron piedad y me dejaron ir clandestinamente. Me devolvieron el vehículo y me depositaron una vez más en el Caribe. Partí sin rumbo, con la misma modalidad que antes, hasta que divisé tierra otra vez.

Cuando estuve cerca, no pude creer mi puntería. El continente se partía en dos justo en el lugar hacia donde mi trayectoria me llevaba. Era el canal de Panamá, que me daba la pauta de que pronto me encontraría en el Pacífico.

Pero no fue así. Antes de terminar de cruzar, un agente interrumpió mi camino y quiso cobrarme la tasa correspondiente. Como no podía pagar los 1.300 dólares, otra vez fui detenido.

Expliqué mi situación en vano, pero por suerte sólo fui condenado a trabajos comunitarios hasta que mi deuda estuviera saldada.

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Príncipe Azul

La princesa Antonina estaba en edad de casarse. Resultaba útil para el reino casar a las princesas con príncipes de otras comarcas para favorecer las relaciones entre las distintas familias reales, y por lo tanto entre sus países. Un emisario del reino recorrió los alrededores en busca de un candidato apropiado y volvió con una selección de potenciales esposos.

El rey revisó los antecedentes de cada príncipe soltero y eligió un candidato, el príncipe Sorlón, proveniente de un reino vecino famoso por sus pantanos. De inmediato, el emisario regresó para concertar la unión. Mientras tanto, el rey fue a contarle a su hija la buena nueva.

La princesa Antonina, al enterarse de que pronto tendría esposo, iluminó su mirada antes de borronearla con lágrimas. Cuando quiso conocer más sobre su prometido, el rey le mostró el retrato que le había traído el emisario. La princesa lo observó con atención. Mostraba a un apuesto y gallardo joven vestido de verde. La princesa Antonina procedió a enamorarse.

Contó con la ayuda de sus damas de compañía, que le hablaron maravillas de la vida de casada. Le contaron cómo el matrimonio iba a hacerle cumplir su misión en la vida como mujer, que era tener hijos para su esposo. La princesa Antonina siempre había aspirado a eso, y se alegró de que por fin hubiera llegado el momento. Además, tenía la posibilidad de ser la protagonista de una gran boda, como era su sueño desde chica. De inmediato, llamó a su modista para que le diera opciones de vestido.

En los meses siguientes se realizaron los preparativos para la boda. La princesa Antonina y el príncipe Sorlón, cada uno en su país, se iban enterando de los detalles a medida que avanzaba la organización. Se decidió que la boda fuera en el país de la princesa, y luego la pareja viajaría para establecerse en el castillo que Sorlón estaba construyendo en lo que algún día iba a ser su territorio.

Cuando llegó el día, la princesa estaba ansiosa. Quería conocer de una vez a su prometido, pero los protocolos se lo impedían. Sólo podía entrar en contacto con él en la ceremonia de bodas. No obstante, convocó a algunas de sus damas de compañía para que la ayudaran a espiar su llegada desde lo alto de una torre del castillo anexo donde los invitados reales se alojaban.

Con cierta dificultad, logró divisarlo. Estaba vestido igual que en el retrato. La princesa Antonina lanzó un suspiro de alegría. Sabía que el día siguiente sería el más feliz de su vida. En ese momento, su padre la encontró y la mandó de regreso a sus aposentos. Le advirtió que ver al prometido antes de la boda era un mal augurio.

La ceremonia comenzó con gran pompa. El arzobispo del lugar ofició una misa en honor de la pareja. El rey pronunció un discurso muy emotivo. Un coro cantó himnos religiosos. El pueblo ofrendó a los novios una enorme corona adornada con zafiros, rubíes, topacios y diamantes.

Algunas horas después los novios subieron al púlpito. Allí intercambiaron miradas por primera vez. El príncipe le dio la mano. La princesa miró a su padre y, una vez que obtuvo un gesto de aprobación, le extendió la suya. El arzobispo los declaró marido y mujer. Una vez terminado el trámite les dio permiso para que se besaran.

El príncipe Sorlón levantó el velo de Antonina, ya su esposa, y la besó. Ella, que venía esperando ese mágico momento desde hacía varios meses, lo besó también. Apenas alcanzaron a besarse durante unos segundos cuando sonó un súbito “swuosssh”. La princesa abrió los ojos y no encontró al príncipe. Los asistentes se miraron. El arzobispo inició una plegaria.

El público asistió atónito a la escena. La confusión de los protagonistas de la boda se complementaba con un creciente murmullo entre los asistentes. El rey se agarraba la cabeza. La princesa se culpaba por la indiscreción del día anterior. La guardia real cerró los accesos al castillo hasta que se aclarara lo acontecido.

Sobre el púlpito, donde antes había estado el príncipe Sorlón, se hallaba ahora un sapo.

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Lleno de naturaleza

Me recomendaron unas galletitas integrales, que al parecer eran bastante sanas. Venían con semillas de lino, sésamo y girasol, las cuales, aparentemente, hacen bien a la digestión o algo. Entonces compré un paquete. Y debo decir que me sorprendió. Eran muy ricas. Tanto es así que sin darme cuenta me comí todo el paquete.

Al rato tuve una sed inusualmente grande. Tomaba agua pero nunca parecía suficiente. Debo haber tomado dos o tres litros antes de que se me calmara. Anticipé frecuentes visitas al baño esa noche, pero no fue así. Dormí como un tronco.

A la mañana siguiente me desperté brotado. Pequeños tallos verdes crecían en mis poros, que con el correr de las horas se hicieron más grandes y fuertes. Me costó vestirme, parecía que tenía un pulóver debajo de la ropa. A la tarde varios tallos la agujerearon. Algunos tenían en la punta girasoles, que buscaban en vano el Sol sin saber que estaban bajo techo.

Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Decidí no volver a comer esas galletitas. Pero el problema principal era cómo eliminar las plantas que crecían en mí. Quise ver a un nutricionista, pero me dio turno para dos semanas después, y no estaba dispuesto a aguantar.

Mínimamente me parecía que debía afeitarme. Fui a la farmacia a comprar repuestos de Gillette, y de paso pregunté si tenían alguna solución para lo que me estaba pasando. Como era una farmacia naturista, lo único que me dieron fue yuyos, y a esa altura no estaba dispuesto a confiar en el reino vegetal.

Cuando estaba por volver a casa se me ocurrió que podía pasar por un vivero, a ver si sabían algo. Ellos tampoco habían visto nunca nada así, y aunque me pidieron una foto para preguntar a sus proveedores, no me sabían dar una solución.

Sin embargo, vi algo en el vivero que me pareció que podía funcionar. Cuando volví a casa fui al jardín y tiré varios terrones de azúcar, de manera tal que formaran una fila. Al final de la hilera, me acosté con la boca abierta y un terrón en la lengua, que quedó casi apoyada sobre el suelo.

De este modo, como era de esperarse, en pocos minutos la boca se me llenó de hormigas, y no tuve más que tragarlas para que lidiaran con mi inconveniente. Decidí que el operativo iba a ser más agradable si me dormía, y así lo hice.

A la mañana, los brotes estaban marchitos. Supe que las hormigas habían hecho su trabajo. El problema era que ahora tenía un enorme antojo de comer lechuga. Ahí me dí cuenta de que podía cometer otro error, y decidí cortar por lo sano.

En lugar de lechuga, tomé dos o tres litros de agua, como para ahogar bien a las hormigas. Tal vez fue una actitud algo ingrata, pero estoy seguro de que cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo.

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El contenido de la piñata

Era un cumpleaños de 12, etapa de transición entre la niñez y la adolescencia. Algunas costumbres empezaban a ser abandonadas, otras aparecían casi de la nada, pero interesaban a casi todos.

La madre del homenajeado no sabía calibrar bien qué era deseable y qué no. A pesar de su buena intención, algunas iniciativas tenían el destino de fracasar. Estaba claro que no hacía falta animación, pero no necesariamente las golosinas iban a dejarse de lado. Por eso la madre decidió comprar una piñata.

Pero, ¿qué poner adentro? Ya no daba para poner chupetines, o caramelos Sugus. Eran demasiado infantiles. Optó por golosinas más aceptables para los adultos, como caramelos ácidos, pastillas de menta y bombones. Pensó que era una variedad interesante, aunque sabía que la prueba de fuego estaba en la aceptación de la piñata misma, dado que nadie sabría el contenido hasta romperla.

No la infló. Quería ver si era apropiado presentarla. La llevó al salón con las golosinas adentro, para inflarla si resultaba que los preadolescentes estaban más cerca de su edad anterior que del futuro.

Cuando arrancó la fiesta, resultó que todos estaban inquietos. La madre del homenajeado lamentó el contenido de cafeína de las gaseosas que pensaba servir, porque los iba a excitar más. Había pocas alternativas. No tenían edad para alcohol, y aparte su efecto hubiera sido peor. Optó por servir Coca-Cola Light, que por lo menos no tenía azúcar.

La fiesta se desarrollaba en un clima de descontrol. Era difícil mantener a los invitados fuera de las áreas no públicas, y al mismo tiempo dentro del ámbito de la fiesta. Se colaban en la cocina, robaban sanguchitos de la heladera, descolgaban todo lo que estuviera en la pared, jugaban a la pelota y cada tanto se pegaban. La madre optó por ocuparse sólo de los incidentes más graves.

Entre los que pasó por alto estuvo el descubrimiento de la piñata por parte de uno de los invitados. Pero no investigó el contenido. Le divirtió más ponerse a inflar la piñata. Contó con la ayuda de varios amigos, que se turnaban para suministrar aire.

No sabían cuándo el trabajo iba a estar completo. Entre miradas cómplices, acordaron tácitamente continuar hasta el límite. Pensaban que el globo iba a hacer un gran estruendo al reventar.

Sin embargo, no se imaginaban lo que terminó ocurriendo. Cuando la goma no resistió la última bocanada de aire, la fuerza de la explosión hizo que se lanzaran las golosinas por toda la sala. Todas volaron por el aire, con la suerte de que todas las pastillas de menta fueron a parar a las botellas de Coca-Cola Light que estaban distribuidas en las mesas.

En el acto se produjo un efecto géiser. La gaseosa se transformó en espuma y las botellas empezaron una erupción. Durante preciosos minutos, los adolescentes observaron atónitos el espectáculo de la espuma de Coca-Cola Light que manchaba techos y paredes al dar en ellos con gran velocidad.

Y mientras la espuma los manchaba a todos, al mismo tiempo la experiencia se transformaba en un recuerdo que les duraría toda la vida. Por eso, mientras lo absorbían, fue el único momento en el que se mantuvieron quietos.

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Demanda extra

Me gusta caminar de noche por el bosque. Es un lugar pacífico cuando los animales duermen. Puedo sentir la frescura del rocío, iluminarme sólo con la luna y disfrutar de un silencio que no se puede encontrar en ningún otro lugar. Por eso, desde hace varios años es mi costumbre caminar solo por el bosque todas las noches.

Ese día salí como siempre, sin saber que me iba a pasar algo distinto. Estaba disfrutando la oscuridad a mi alrededor, viendo pájaros que dormían en lo alto de los árboles, cuando llegué a un claro que nunca había visto antes. De inmediato me interné en él. Cuando llegué al centro una luz me cegó por unos segundos. Al acostumbrarse mis ojos pude notar que un reflector me iluminaba desde arriba. Miré hacia allí y pude ver un enorme objeto volador que flotaba en el aire y proyectaba ese haz. A pesar del tamaño, era muy silencioso, hacía el mismo ruido que una escalera mecánica.

Me quedé admirando el aparato durante unos minutos. Su diseño era peculiar, nunca había visto nada parecido. Aunque no lo podía ver muy bien porque era de noche, logré notar que era negro y que iba aumentando y reduciendo su tamaño, como si latiera.

Cuando me pareció suficiente, decidí continuar mi caminata. Pero el haz de luz me siguió, no podía escapar de él porque me iluminaba en cualquier dirección que tomara. Ahí la cosa empezó a no gustarme.

Decidí entonces correr para ver si el haz tenía la capacidad de seguirme a una velocidad mayor. Pero ocurrió algo aún más raro. Cuando intenté correr noté que me elevaba sobre el suelo, y recorría el haz de luz, como si fuera un túnel, hacia el extraño objeto volador. Lo hacía a una velocidad lenta pero constante.

Me di cuenta de que estaba siendo abducido. Mi tía Ámbar tenía razón cuando me advertía sobre el peligro de caminar solo por el bosque. Pero decidí evitar esa clase de pensamientos. Estaba claro que no podía hacer mucho para evitar ser abducido y pensé que la mejor actitud era tomarlo como una aventura. Tal vez, si sabía encarar la situación, podría pasarla bien.

Cuando estaba a mitad de camino, noté que la intensidad de la luz aumentó de repente. Pensé que había llegado a otra etapa, pero inmediatamente me detuve y quedé suspendido en el aire. Al mirar a mi alrededor noté que un segundo haz me iluminaba, y ese haz llevaba a otro objeto volador. Era un objeto muy distinto al primero, aunque tampoco se parecía a nada que hubiera visto antes.

Rápidamente me di cuenta de que no eran naves del mismo planeta (o del mismo bando, o lo que sea, no conozco mucho de política extraterrestre) porque sentí dos fuerzas simultáneas sobre mi cuerpo. Ambos haces de luz me llevaban hacia la nave de la que se originaban, pero ninguno era más poderoso que el otro.

De repente, el silencio se quebró. De una de las naves emanó un sonido muy extraño, que fue seguido por otro sonido igual de extraño pero distinto que provenía de la otra. Al mismo tiempo comencé a sentir tironeos cada vez más fuertes, que me hamacaban en el aire a medida que la disputa de ambas naves por mí se intensificaba.

Luego de un rato, cada nave empezó a hacer movimientos bruscos hacia la otra, supongo que para intimidarse mutuamente. Pero ninguna se resignaba a perderme. Aparentemente yo era muy codiciado en el Universo.

Llegó un momento en el que, de tanto intimidarse, una de las naves chocó a la otra. El golpe hizo que ambas perdieran el control de sus haces de luz y yo salí disparado, formando una parábola, hacia otra parte del bosque.

Por suerte, el follaje de un gran roble amortiguó mi caída. Y aunque quedé algo mareado durante un rato, y varios pájaros que anidaban en el roble se despertaron y huyeron del lugar, el episodio no alteró la paz nocturna del bosque.

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Santo adulterio

Llegué a casa un rato antes de lo previsto. Cuando entré oí una voz algo lejana que decía “cielos, mi marido”. Por el contexto comprendí que era la voz de mi mujer. No sería la primera vez que me iba a esconder algo. La verdad, no tenía ganas de discutir ese día. Me dirigí al cuarto sólo porque quería sacarme los zapatos y las chinelas estaban ahí.

Cuando llegué, me sorprendí al ver a mi mujer en la cama con el Papa. No me lo esperaba, aunque, ahora que lo pienso, la presencia de la Guardia Suiza repartida por toda la casa debió haberme hecho dar cuenta de lo que ocurría. Pero igual me tomó desprevenido.

El Papa, al verme, se envolvió con una sábana y se me acercó. Me dijo, mitad en latín, mitad en castellano, que comprendía lo que yo estaba sintiendo, pero que el amor era el más sagrado don que Dios nos había otorgado. No supe qué contestarle. No es fácil hablarle a una figura tan importante, tan influyente, tan sabia, en el mismo momento en el que uno descubre a esa figura en la cama con su mujer.

Como vio que no contestaba, el Papa continuó su discurso. Me habló de la misericordia, del perdón divino, mencionó el hecho de que todos somos pecadores y como tales debemos arrepentirnos de nuestros pecados. Él, dijo, no estaba exento de las tentaciones de la carne y me juró por Dios y los evangelios que iba a trabajar para mejorar ese aspecto de su persona.

No sé, me dijo tantas cosas que en un momento me sentí de más. Me pareció que debía dejarlos hacer, total el Papa tenía muchas obligaciones en Roma y no iba a poder venir muy seguido. Iba a ser difícil que floreciera un amor duradero.

Así que me paré, le dí la mano al Papa y me fui a un bar a esperar que se fuera. Antes de irme, me acerqué con él a la cama donde estaba mi mujer esperándolo y les dí mi bendición.

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Los tiempos románticos del coquero

Estamos en la era de lo descartable. Los productos ya no se hacen para durar. Los muebles son de fórmica, los autos no tienen la solidez de otros tiempos, las bebidas vienen en botellas que se tiran luego de un solo uso. Lejos quedó la época en la que todos lavaban y rellenaban recipientes de vidrio, que cuando se rompían era un golpe al bolsillo que duraba el resto del mes. Todo fue reemplazado en aras de la conveniencia.

Se han ido los tiempos de otras comodidades. Hoy hay supermercados en todos los barrios, donde cada uno tiene a su disposición toda clase de productos y puede elegir sin que a nadie le importe. Se trata de una era impersonal, en la que no existe la relación casi familiar que solía haber con los comerciantes.

Hoy viene la moto del delivery con la pizza o las empanadas, se le da una propina y se va, posiblemente para no volver nunca más. No conocemos su nombre, no sabemos qué le interesa, no nos metemos en su vida ni él en la nuestra.

Antes había otra clase de delivery. Todas las mañanas, el coquero del barrio pasaba por la puerta de cada casa y entregaba los sifones de Coca-Cola fresca, recién elaborada. No había fecha de vencimiento, no había botellas de plástico, no había códigos de barra, no había supermercados. El coquero era el nexo directo entre la fábrica y el consumidor, que impedía excesos corporativos porque había verdaderos lazos familiares.

Todos los días, a las siete de la mañana, en la puerta de las casas se podían encontrar los sifones contour vacíos que el coquero se llevaba, entregando en su reemplazo los llenos. La Coca-Cola era más sabrosa en esa época. No se avejentaba en los depósitos de los supermercados, no perdía gas una vez abierta, y llegaba recién hecha a cada casa. Quienes lo experimentaron saben que es incomparable el sabor de aquella Coca-Cola fresca, impoluta, con la que lleva dos semanas guardada en una lata.

Eran épocas más inocentes. Aún no había competencia. El carro tirado por una mula del coquero no había dado paso a los camiones que luego poblaron las ciudades. Si uno no se levantaba a la hora que pasaba el coquero, se quedaba sin Coca. Y no había competencia, ni era necesaria.

Con el tiempo, la costumbre se fue degenerando. Los camiones reemplazaron a la tracción a sangre, y aparecieron distintas marcas de Coca-Cola (aunque no la llamaban así, eso es lo que eran). Empezaron a variar los horarios, a hacer paradas largas, a ofrecer distintos productos. Ya no era un simple repartidor de sifones, había que hacer complejos pedidos de bebidas de distintos sabores, que obligaban a los camiones a estar mucho tiempo detenidos en la puerta de cada casa.

Llegó un momento en el que los gobiernos tuvieron que tomar cartas en el asunto. El tránsito se veía perjudicado por los coqueros, que no sólo eran muchos sino que pasaban demasiado tiempo detenidos. Hay gente que piensa que la Coca-Cola Company no se resistió a la decisión de prohibir la actividad, porque se había vuelto poco eficiente.

Lo cierto es que sólo se autorizó el transporte a comercios como los supermercados. Así como desaparecieron los tranvías, los coqueros tampoco resistieron el paso del tiempo. Se agilizó el tránsito, no se puede negar, pero el fin del coquero dejó a las ciudades sin uno de los personajes pintorescos de antaño, y clausuró una etapa que nunca volverá.

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Gaseoducto

Una serie de accidentes llamaba la atención. Todos involucraban a camiones que transportaban botellas de gaseosas a los puntos de venta. Casi todos habían sido causados por el exceso de velocidad de los choferes, que a su vez sentían la presión de tener que entregar las gaseosas a tiempo para calmar la sed de los consumidores. Si llegaban tarde, podía producirse una escasez.

A raíz de la cantidad de accidentes, que tendía a aumentar, la Coca-Cola Company se propuso estudiar una nueva modalidad de distribución de sus productos. Los ejecutivos pensaron que, así como el agua se distribuía en cañerías, era poco práctico tener una enorme cantidad de plantas embotelladoras para luego distribuir lo embotellado en camión o tren. Se preguntaron si sería muy caro construir una red de cañerías que pudiera hacer un circuito más directo, de la fábrica a cada hogar.

Como los costos parecían cerrar, se realizó una experiencia piloto en la ciudad de Birmingham, Alabama. Paralela a la cañería municipal, se instalaron anchos tubos capaces de transportar una buena cantidad de pies cúbicos de las diferentes gaseosas de la compañía, que fluía desde un anexo construido en la embotelladora local.

La cañería no llegaba obligatoriamente a las casas. La empresa proveyó gratuitamente un dispositivo de recepción de gaseosa a todas las familias que estuvieran dispuestas a aceptarlo. Consistía en una entrada del caño que se instalaba en la cocina y tenía varias canillas, una para cada sabor: Coca-Cola, Coca-Cola Light, Coca-Cola Zero, y las distintas variantes frutales como la Cherry Coke. Había, además, varias canillas libres para poder incorporar nuevos sabores en el futuro. Cada dispositivo contaba con un medidor que informaba a la empresa el consumo de la familia. Luego se enviaba la factura correspondiente.

El sistema causó furor en Birmingham. Ya no era necesario ir al supermercado para conseguir Coca-Cola, y se había eliminado el riesgo de que se terminara. Además, el precio por galón resultaba más barato que en la opción embotellada. Con lo cual, la empresa vendía más producto, el público pagaba menos y se contribuía a agilizar el tránsito de la ciudad.

El éxito del gaseoducto hizo que se implementara la idea en todo el país y en el extranjero. En tres años, todas las grandes ciudades del mundo tenían una red de distribución subterránea de Coca-Cola, y unas cuantas también contaban con el pepsiducto. En cinco años, muchos pueblos que no tenían agua corriente contaban con cañerías de Coca-Cola. El consumo de gaseosas aumentó, al alcanzarse el ideal de disponibilidad.

La red de tuberías implicaba el cierre de la mayor parte de las plantas embotelladoras que históricamente habían sido el núcleo del negocio de Coca-Cola. También se vieron reducidos el personal de distribución y el presupuesto de publicidad, dado que el público no necesitaba acordarse de comprar Coca-Cola, sino que la tenía siempre lista en su casa. Pero las pérdidas laborales se vieron compensadas por los nuevos empleos en la instalación y mantenimiento de las diferentes redes.

Con el tiempo aparecieron mejoras en los dispositivos hogareños. Salieron los primeros dispensers de Coca-Cola con heladera incorporada, para que no hubiera que andar llenando botellas. También aparecieron vasos estandarizados y dispensers que, como en las cadenas de comida rápida, con sólo apretar un botón los llenaban. Algunos modelos de lujo se conectaban también a la red de agua y producían hielo para acompañar la bebida.

El consumo de toda clase de gaseosas siguió aumentando hasta llegar a niveles insospechados, sin embargo luego de un par de generaciones la tendencia se estancó. Mucha gente empezó a preferir otras bebidas que no encontraba en la comodidad de su hogar. Los supermercados ampliaron su oferta de brebajes alternativos, con y sin alcohol. Cada vez más gente empezó a comprar bebidas en botella. Se produjo un inédito furor por la leche chocolatada.

La Coca-Cola respondió con una campaña de marketing destinada a difundir las bondades de la bebida que todos recibían en su casa. La disminución de la demanda hizo que bajara el precio por galón, pero de todos modos el consumo seguía reduciéndose.

Decidida a no perder su clientela, la empresa hizo una serie de estudios pormenorizados para averiguar las razones del extraño comportamiento de la población. Una y otra vez, las investigaciones concluyeron que el público estaba demasiado acostumbrado a recibir la Coca-Cola en su hogar, a tal punto que había perdido bastante atractivo. Las bebidas de otra procedencia otorgaban variedad. Además, existían reportes de cañerías en mal estado, que entregaban Coca-Cola descolorida o con poco gas.

La empresa se vio obligada a cambiar de estrategia para responder a las nuevas demandas del mercado. Si la gente quería bebidas embotelladas, nada impedía vender la Coca-Cola en botellas. A algunos les pareció extraño y objetaron que nadie iba a comprar un producto que llegaba más barato a sus hogares. Pero los impulsores de la idea, que eran cada vez más, replicaron que sólo hacía falta venderlas bien y dar un toque novedoso.

De esta manera, se lanzó una ambiciosa campaña publicitaria destinada a que el público supiera que podía comprar Coca-Cola embotellada en distintos puntos de venta. Se enfatizó que la bebida en botella venía directamente de la fábrica, lo que garantizaba máxima pureza. Y se idearon campañas en las que distintas celebridades del cine y los deportes bebían Coca-Cola proveniente de botellas, para dar una imagen ganadora y placentera del producto.

También se implementó un programa según el cual, al comprar una botella de Coca-Cola, el cliente podía luego cambiar la tapa por valiosos premios. Estos obsequios no se podían obtener con la versión de cañería.

Así, poco a poco, la Coca-Cola embotellada fue vendiendo cada vez más. Las plantas volvieron a funcionar a pleno, los camiones volvieron a las rutas y los consumidores volvieron a buscar Coca-Cola al supermercado. Salvo algunos, que se negaban a comprar algo que podían conseguir perfectamente en una canilla de su casa.

Pero la sociedad en conjunto ya había dado el veredicto. La Coca-Cola que salía las canillas era tratada como una Coca-Cola de segunda, vulgar y corriente. Aunque muchos la tomaban en secreto, pasó a ser de mala educación ofrecer a las visitas Coca-Cola de la red. La verdadera Coca-Cola debía venir en botellas.

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Los cisnes vivos

La pareja de cisnes se disponía a procrear. Ambos sabían que ella podía poner más huevos que la cantidad de pichones que estaban en condiciones de criar. Era inevitable que algunos murieran sin llegar a adultos, sólo por falta de comida. Pero la pareja tuvo una idea.

Si empollaban menos huevos, habría menos pichones entre los que distribuir los recursos. Claro que no podían controlar esos impulsos biológicos. Pero razonaron que nada los obligaba a empollar ellos mismos los huevos. Si podían ponerlos a resguardo en alguna parte, el pichón que sobraba tal vez podría sobrevivir más que con ellos.

Pensaron, además, que si ubicaban el huevo en un nido de algún otro animal, tal vez lo criaría sin problemas. Pero debía ser alguna especie que, al menos por un tiempo, confundiera a un pichón de cisne con uno propio. Ambos llegaron a la conclusión de que lo ideal era ubicar el huevo en un nido de patos.

Por fortuna, una pareja de patos anidaba muy cerca. En un descuido, la hembra de cisne corrió hacia el nido y puso un huevo entre los de pato. Rápidamente volvió a su nido a empollar los huevos que tenía previsto criar cuando fueran pichones.

La pareja de cisnes estaba en lo cierto. Su pichón fue criado en la familia de patos como si fuera uno de ellos. Pero no anticiparon algunos problemas de convivencia basados en el aspecto diferente del hijo de los cisnes.

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Tu amor es como

Tu amor es como una carcasa de cristal que adentro guarda un tigre, el cual acaba de tragarse una moneda de diez centavos. El tigre, entonces, tose y trata de escupir la moneda, cuyo valor ignora en forma no militante. Pero no logra expulsar ese objeto extraño, entonces hace gestos cada vez más grandes. Salta, y cada vez que lo hace provoca fuertes vibraciones en la carcasa de cristal que es tu amor.

Tu amor es como un disco rígido que vuela por el aire sin tener activada la protección contra escritura. Se acumula polen en su superficie y se borran datos cada vez más sensibles a su funcionamiento. Cuando aterriza se muestra inocente, virgen, dispuesto a llenarse de conocimiento en forma de unos y ceros. Cada tanto es necesario formatear nuevamente a tu amor.

Tu amor es como una estrella de mar llena de cascabeles que fueron repartidos por unicornios, que los encontraron en la playa. Los cinco brazos tentaculares necesitan descansar porque no pueden aguantar el peso de tener todo el océano por encima de ellos. De repente, todos se contraen y apuntan a un mismo lugar, y es en ese momento cuando se sabe que todo anda bien con tu amor.

Tu amor es como la música ideal de un trompetista que toca mal a propósito. Todas las notas son las que deberían ser, pero están en un meticuloso desorden que no les permite lucirse como podrían. Pero no es que el trompetista no ponga su parte. Es que toca mal a propósito porque quiere que, ante la ausencia, se valore más a tu amor.

Tu amor es como una pelota sin tientos que avanza hacia un destino incierto, misterioso, luego de ser golpeada con maestría por un profesional que sabe lo que hace. En el trayecto todos quieren agarrarla, pero sólo algunos elegidos están a la altura de las circunstancias. Son muy pocos los que tienen la técnica y la oportunidad para capturar tu amor.

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Coquerío

Se oyó un gran estruendo en toda la ciudad de Atlanta. Los ciudadanos, como era habitual, sintonizaron la CNN para saber qué estaba pasando. Al hacerlo, se encontraron con imágenes en vivo y en directo de una explosión en la principal embotelladora de Coca-Cola.

La magnitud del hecho se podía apreciar en los tsunamis de refresco que salían de los techos de la fábrica. Era tanta la cantidad de líquido que las calles de la zona se transformaron en ríos de Coca-Cola.

De inmediato, el ingenio de los emprendedores de la ciudad hizo que aparecieran comerciantes dispuestos a aprovechar lo sucedido. Casi de la nada la ciudad se llenó de góndolas que invitaban a las personas a navegar por la Coca-Cola, como una Venecia gaseosa.

Era tan grande el desastre que hacían falta varios días para secar la ciudad. Pero antes de que se pudiera hacer, la cantidad de turistas hizo que se planteara la posibilidad de dejar los ríos como estaban.

Dado que era buena idea, se decidió armar un circuito para que los visitantes pudieran recorrer la ciudad a bordo de las góndolas sobre la Coca-Cola. El Coca-Tour se convirtió en la atracción que Atlanta necesitaba, y una visita obligada para los que antes limitaban su estadía a las conexiones en el aeropuerto.

La Coca-Cola Company decidió reacondicionar su embotelladora para proveer al tour, y abrir una nueva para abastecer la demanda de bebida embotellada. Se temió que bajaran las ventas al estar disponible la gaseosa en las calles, pero ocurrió todo lo contrario. Alrededor del circuito se instalaron máquinas expendedoras que lograron acrecentar aún más las ventas de Coca-Cola en la ciudad.

Desde entonces, se abrieron Coca-Tours en distintos puntos de Estados Unidos, y en el Mall of America de Minnesota funciona con gran éxito el Coca-Tour bajo techo.

Pepsi no se quedó atrás, y estableció el Pepsi Journey en otras ciudades con las que firmó contrato de exclusividad. El tour de Pepsi se diferenciaba del de Coca-Cola porque en los ríos, en lugar de fluir Coca-Cola, fluía Pepsi.

En Venecia, al ver reducido el caudal turístico por la súbita competencia, decidieron pasar a la acción. Además de los tradicionales paseos sobre agua, desde el mes pasado se ofrece, en un barrio exclusivo, un recorrido adaptado a la cultura italiana: el Tour de los Ríos de Muzzarella.

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Hisóposis

Nunca había hecho caso a la advertencia “no introduzca el hisopo en el canal del oído externo”. Me parecía una precaución de otorrinolaringólogos principiantes o padres demasiado celosos. Evidentemente, todo el mundo hacía lo mismo que yo. Por eso los hisopos seguían existiendo y vendiéndose en las farmacias, no se me ocurría cuál otro podía ser su uso legítimo.

¿Cuál era el riesgo? ¿Podía agujerearme el tímpano o algo? Simplemente es cuestión de técnica, cuando uno empieza a notar cierta resistencia no hay que presionar más. No es difícil. Sin embargo, hace un tiempo descubrí la razón de la advertencia.

Había pasado dos o tres días sin sacarme la cera del oído. Se me habían acabado los hisopos y no tenía tiempo de comprar nuevos. Así que cuando compré se había acumulado bastante cera. No era problema, en circunstancias normales, mientras más cera hay, más agradable es la experiencia hisoporil.

En esta oportunidad, encontré cierta resistencia, y me pareció que era cera un poco endurecida. Entonces persistí en la maniobra hisopórica. Ése fue mi error. Empujé demasiado y cuando quise acordarme se me había resbalado el hisopo adentro del oído.

Intenté sacudir la cabeza con la oreja de lado para que cayera, pero se ve que estaba trabado por algo. Entonces lo llevé conmigo durante varios días, y a cada paso podía oír su movimiento. Hasta que no me quedó más remedio que ir a ver al otorrino.

Yo sabía que me iba a dar un sermón sobre no meterme los hisopos en el oído. Habitualmente me preguntaban si tenía esa costumbre y yo lo negaba, a lo cual ellos no contestaban nada pero ponían cara de que no me creían, porque probablemente su educación los hiciera capaces de diferenciar un oído con hisopación regular de uno libre de todo hisopo. Pero tenía que ir, sólo ellos podían sacarlo de ahí.

Sin embargo, el doctor no emitió palabra. Sólo hizo una mueca de fastidio, me dijo que me acostara, que me quedara quieto, agarró una pinza y en un rápido movimiento lo sacó y me lo entregó, aún sin decir nada. Lo recibí mientras miraba, cabizbajo, al profesional. El hisopo estaba completamente lleno de cera.

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Mar de gente

Ese viernes era el último día antes de mis vacaciones. Como iba al extranjero, cuando salí de trabajar, aproveché para sacar una fotocopia del pasaporte, para tener en caso de que lo necesitara. Lo hice en una librería ubicada en Florida y Córdoba. Luego fui a tomar el subte a Avenida de Mayo.

Al llegar a la esquina de Florida y Rivadavia, descubrí que me faltaba el pasaporte. Pensé que lo había dejado en la librería y tuve la necesidad de volver. Pero faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. La librería estaba a punto de cerrar. Debía encontrar la manera más rápida de volver a hacer todo el camino. Como no tenía auto ni existe línea de subte que me deje en ese lugar, la mejor opción era caminar otra vez por Florida.

Pero una cosa es caminar por la peatonal sin apuro, y otra es hacerlo contra reloj. En condiciones normales podría haber hecho las ocho cuadras en menos de diez minutos si caminaba rápido. Pero la cantidad de personas que transitaban en ese momento Florida era enorme. Había demasiada gente que iba para cualquier dirección, y esquivar a cada bulto que se me cruzaba me iba a multiplicar la distancia recorrida, con lo cual no llegaría a tiempo.

Entonces tuve una inspiración. Me trepé al semáforo peatonal y me lancé hacia el gentío con el cuerpo hacia adelante. Quedé acostado entre algunas cabezas sorprendidas, que no tuvieron tiempo de reaccionar porque comencé a nadar por encima de ellas.
Sentí algunos gritos, pero como estaba concentrado en el crawl no me importaron. Cada brazada me acercaba a mi objetivo. Y como siempre tuve buenas marcas en natación, tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Me ayudó la técnica de sumergirme lo menos posible. Gracias a ella, el contacto con cabezas torsos era el mínimo indispensable para mantener el impulso. Para cruzar Corrientes, como no quería perder tiempo en el semáforo, me sumergí en la boca del subte y nadé sobre las numerosas cabezas que poblaban el lobby de la estación. En un sector, los que bajaban por la escalera mecánica se incorporaban al flujo y su llegada traía una inercia que formaba una ola. Con lo cual, sólo tuve que aprovechar el impulso de la ola para llegar al otro lado.

Cruzar las otras calles era más fácil. Simplemente, me lanzaba sobre las cabezas de quienes se mandaban a cruzar aunque hubiera luz roja. Como era menos gente que la que andaba en cada cuadra, en algunos casos tuve que apoyarme más de lo deseable, pero estaban en infracción, entonces no me pudieron decir nada.

Finalmente, cuando llegué a Córdoba, doblé y continué nadando sobre los que caminaban por la vereda de la avenida. El negocio estaba a mitad de cuadra. Estaba muy justo de tiempo, ya era la hora. Cuando divisé el negocio, vi que estaba bajando la persiana. Estaba muy cerca de cerrar definitivamente. Entonces me lancé de cabeza. Gracias al impulso que me dio caer desde arriba de los transeúntes pude llegar justo antes de que la persiana terminara de bajar. Los vendedores, sorprendidos, me devolvieron el pasaporte.

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Vacas calientes

El sol pegaba sobre el campo. Las vacas pastaban sin pensar en la posibilidad de estar a la sombra, porque en ese campo no existía tal cosa. Entonces las vacas estaban al sol, que calentaba su cuerpo mientras rumiaban.

Las vi de lejos poco después de levantarme. Siempre había mantenido una distancia prudencial con ellas. Tenía miedo de que fueran agresivas. En realidad era miedo a lo desconocido. Alguien criado en la ciudad, como yo, no estaba acostumbrado a tratar con vacas. No sabía si eran peligrosas, si me podían pegar patadas o algo. Yo prefería las vacas ya procesadas.

Sin embargo, ese día me tenía que animar. Don Lucho se había ausentado y me había pedido que las ordeñara al amanecer. Pero me había quedado dormido, era como la una de la tarde cuando agarré el balde y fui hacia las vacas. Pero bueno, mejor tarde que nunca.

Cuando llegué al corral se acercó mansamente una vaca. Me miró y luego me ofreció su ubre. “Esto es fácil”, me dije, y me senté en el banquito que había llevado. Comencé a ordeñar según el procedimiento que tenía más o menos aprendido.

Cuando llené el balde, quise agradecer a la vaca con una palmada, de modo que supiera que su misión estaba cumplida. Pero no conté con el sol. La temperatura de la vaca era tan alta que me quemé la mano. Salí corriendo hasta el bebedero, donde la sumergí desesperadamente y la mantuve así durante unos minutos, hasta que pasó un poco el dolor.

Seguidamente agarré el banquito y el balde y volví para el casco de la estancia. Ahora ya no cometo más el error. Cuando ordeño, siempre uso guantes. Pero la quemadura me creó un hábito asociativo, y cada vez que veo leche, me acuerdo del dolor y me largo a llorar.

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