Pop!

El ocaso del Marroc

El bocadito Marroc disfrutaba de una longevidad inconspicua. Nadie le prestaba demasiada atención. No era objeto de promociones ni aparecía en publicidad. Se limitaba a estar disponible, sin ofrecer más que lo que podía dar. El público, enterado de sus virtudes, lo consumía en forma moderadamente masiva. De modo que seguía siendo producido.

Durante décadas, no había cambiado nada. Ni la forma, ni el tamaño, ni la composición, ni el envase. Era una de las pocas cosas permanentes de la vida. El bocadito era familiar para todos, fácilmente identificable por su envase plateado y rojo. Era también barato, muy portátil, apto para llevar en el bolsillo sin llamar la atención y sorprender a alguien (o a uno mismo) con su repentino descubrimiento.

Todo iba bien hasta que a los responsables de marketing de Fel-Fort se les ocurrió prestarle atención como producto. Notaron el nivel parejo de ventas, y la buena imagen que tenía entre los consumidores. Y pensaron que podían aumentarse los ingresos provenientes del Marroc. Fue el principio del fin.

Se lanzaron a un proyecto que en teoría era promisorio. El primer fruto fue la aparición de un Marroc light, que se suponía que iba a ampliar el rango de consumidores del bocadito. Y, aunque fue razonablemente bien recibido por el mercado, no fue así. No se incorporaron consumidores nuevos, sino que algunos que comían Marroc se volcaron a la nueva versión de bajas calorías.

Los ejecutivos se dijeron que no era un mal comienzo. No es frecuente que se lance un producto nuevo sin campaña publicitaria y tenga la aceptación del Marroc Light. Así que los primeros resultados les dieron ánimo para encarar la segunda etapa del proyecto.

Consistía en hacer una gran campaña publicitaria. Si sin publicidad el Marroc era un producto muy masivo, era lógico pensar que una invasión de los medios por parte del bocadito iba a resultar en la multiplicación de sus ventas. Todo cerraba en teoría, pero un elemento que no tuvieron en cuenta fue el que terminó arruinando todo.

El error fue poner expectativas sobre un producto ya masivo. Se lanzó una enorme campaña de publicidad en toda clase de medios. Aparecieron carteles exaltando las virtudes del Marroc. Su nombre decoró la camiseta de Estudiantes de La Plata. Los conductores de los programas más populares de televisión comían el bocadito en cámara y comentaban entre sí el sabor placentero y tradicional que todos conocían.

Tras semejante despliegue, se previó un gran aumento de la demanda de Marroc, y se aumentó considerablemente la producción de bocaditos para poder satisfacerla. Pero el público no respondió como se esperaba. Sí, las ventas aumentaron un poco, porque el Marroc estuvo más en la conciencia de los consumidores, pero no lo suficiente como para justificar (o costear) la campaña publicitaria. Para peor, la producción de más obligó a bajar drásticamente el precio del bocadito para poder venderlos todos, y a detener la fabricación de nuevos hasta que se acabaran.

Luego del fracaso de la campaña, se decidió volver a la estrategia anterior. Pero algo se había roto. El público se acostumbró al nuevo precio de los Marroc, sin embargo, cuando volvió a ser producido el precio retornó a su valor anterior. Esto fue visto entre los consumidores como un aumento injustificado, de modo que le dieron la espalda, y comenzaron a comprar otros bocaditos, como el Cabsha, que se mantenían en el mismo precio de siempre.

Rechazado por el público, después de un tiempo la producción de Marroc fue discontinuada, como consecuencia del error de la empresa de no dejar en paz a su mejor producto.

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21 Oct 2011

La vista desde el cometa

El cometa se acercaba al perihelio. Los habitantes estaban expectantes. Se consideraban una generación privilegiada, al poder conocer la luz y el calor del Sol. La órbita muy elíptica del cometa los mantenía durante grandes lapsos en los confines del Sistema Solar. Desde el último perihelio, la ciencia se había desarrollado mucho, y los habitantes estaban en condiciones de entender de qué se trataba. Había registros de la vez anterior, pero eran tan lejanos en el tiempo que era difícil distinguir el mito de la realidad.

De modo que la ciencia reportaba novedades todo el tiempo. A medida que el cometa se acercaba al Sol, se producían novedades. La capacidad de observación iba cambiando. Algunas cosas que en el lado oscuro se podían ver bien se perdían en la luminosidad reinante, pero otros objetos eran mucho más visibles, porque eran iluminados por el Sol y también porque estaban más cerca.

Así fue como los astrónomos del cometa pudieron ver que había un objeto que llevaba una trayectoria tal que iba a chocar contra ellos. Subsiguientes observaciones no dejaron dudas: ambos cuerpos chocarían a menos que se hiciera algo. Y para peor, cuando pudieron medirlo, comprobaron que el objeto que los iba a impactar era enorme, mucho más grande que el cometa y capaz de pulverizarlo en el choque. Era tan grande que tenía otro objeto subordinado, bastante más chico pero, comparado con el cometa, también muy grande y con potencial devastador.

Las autoridades del cometa se reunieron en forma urgente para ver qué podían hacer. Era preciso desviar la trayectoria o evacuar, dejar para siempre el cometa donde siempre habían vivido. Se llegó a la conclusión de que iba a ser necesario el abandono, porque no existía la tecnología necesaria para desviar el cometa. Otra opción que se contempló fue destruir de alguna forma al objeto que iba a impactar, pero se determinó que era aún menos factible con la tecnología existente.

Se hicieron planes, entonces, para evacuar. Se inició la construcción rápida de varias naves que iban a llevar a todos los individuos que entraran. No era posible sacar a todos, por lo tanto era necesario encontrar un método para elegir a quiénes iban a tener el privilegio de sobrevivir y ser testigos de la destrucción de su cometa.

Mientras se daba un gran debate público, en el que cada uno intentaba imponer un criterio en el que se salvara, los astrónomos dieron la voz de alarma. Otro objeto se acercaba al cometa, esta vez a mucha mayor velocidad.

Se trataba de un objeto alargado y puntiagudo, cuya trayectoria aparentaba venir del cuerpo que iba a impactar al cometa. La velocidad era tal que no iba a haber tiempo para evacuar. En cuestión de minutos impactaría. Los astrónomos no estaban en condiciones de predecir las consecuencias de ese impacto, por lo que los preparativos para la evacuación continuaron durante el poco tiempo restante. Sólo se vieron interrumpidos por una luz intensísima, el único síntoma que pudieron llegar a percibir de la destrucción del cometa.

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La naranja se pasea

Estaba por exprimir una naranja. Estaba en la mesada, mientras yo buscaba un cuchillo para partirla en dos. Pero antes de que pudiera hacer el corte, la naranja saltó de la mesada y se escapó.

Salí tras ella. Me costó mucho encontrarla. Estaba atascada entre el sillón de la sala de estar y la pared. Justo en el momento que moví lo moví, la naranja astutamente siguió rodando.

Fue hacia el comedor. La seguí con las manos hacia abajo, y el cuchillo en una de ellas. No podía alcanzarla. Cuando estuve cerca, decidí tirarle el cuchillo para debilitarla. Pero no dio resultado. El cuchillo sólo cepilló una pequeña lonja de la cáscara.

La naranja se seguía paseando. Fue del comedor al baño, del baño al dormitorio, del dormitorio otra vez a la cocina. Yo trataba de adivinar el rumbo, pero terminaba siempre persiguiéndola.

En la cocina pude armarme mejor. Abrí el cajón de los cubiertos y lo examiné durante un instante, sin perder de vista la naranja. Agarré un tenedor y me quedé al acecho, esperando que la naranja volviera a pasar.

Así lo hizo momentos después. Apenas la vi venir, me agazapé. Cuando atravesó la puerta, salí de mi escondite y le tiré certeramente el tenedor. Los dientes se clavaron en la cáscara, deteniendo la trayectoria.

Entonces la agarré, la partí en dos y extraje su jugo. Luego lo bebí, con la placentera sorpresa de enterarme de que el jugo de naranja es más rico agitado.

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12 Oct 2011

Alto asado

Cuando fui al quincho a ver si estaba en condiciones para el asado, me encontré con que la palmera que está plantada al lado había hecho crecer sus raíces. Con tanta fuerza que el piso estaba rajado. Era necesario intervenir, cortar las raíces y reparar el piso. Pero no era urgente. Se podía hacer después del asado.

Así que limpié el quincho, lo dejé impecable. El día del asado llevé todos los elementos: carbón, carne, platos, bebidas, picada. Encendí el fuego y los leños se fueron calentando mientras los invitados llegaban.

Como era verano, el calor del fuego molestaba un poco. Algunos invitados pidieron encender el ventilador de techo. Me pareció buena idea, entonces lo encendí. Al hacerlo, nos pareció que estaba andando demasiado rápido. Tiraba un viento importante. Y encima era viento caliente, porque no hacía mucho más que remover el aire que venía de la parrilla.

Decidí no apagarlo, porque era preferible aire caliente en movimiento que quieto. Era bastante viento, de cualquier manera. Por la acción del ventilador, se movía todo: los platos, la mesa, las papas fritas, los leños, el piso.

De repente, el quincho despegó. Cuando la parrilla dio suficiente calor, la suma del aire caliente y el efecto helicoidal del ventilador hizo que se levantara hacia el cielo. Subió unos metros y después tomó la dirección contraria a donde se encontraba la parrilla. De la chimenea salía una columna de humo que marcaba nuestro camino.

Al vernos en esa situación, no teníamos muchas opciones. Decidimos poner la carne y hacer el asado igual. Ya teníamos la parrilla prendida, no íbamos a desperdiciar todo. Algunas mujeres que se habían ido a preparar la ensalada se lo perdieron, pero los demás disfrutamos de una comida memorable.

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9 Oct 2011
Juegos, Pop! Del año:

Sin descongelar

La heladera quedó sin descongelar, entonces se formó hielo. Cubrió el congelador hasta que quedó completo, entonces se expandió hacia el resto del habitáculo.

El paso del tiempo se notaba en cada centímetro que pasaba a ser cubierto de hielo. Cuando fue suficiente, la heladera quedó maciza. El hielo se seguía acumulando. Hizo presión hasta que abrió la puerta. La luz se encendió y derritió un poco, pero pronto la helada expansión acabó con el foco.

Con la puerta abierta, el hielo pudo continuar la expansión. Lentamente, cubrió la cocina. Luego el resto de la casa se convirtió en un glaciar. La presión del hielo rompió las ventanas, y el agua congelada ganó la calle.

Como era invierno, no se derritió fácilmente. La heladera continuaba la producción de hielo nuevo. El asfalto de la calle se convirtió en resbaladizo. Más tarde la calle quedó bloqueada por la enorme masa helada. Toda la cuadra se solidificó. Ya se podía ver desde los satélites.

El hielo se expandió por el barrio. Los árboles que adornaban las veredas quedaron preservados en el estado en el que se encontraban, como si hubieran estado en Pompeya. El hielo llegaba a las esquinas y las ocupaba. Luego se expandía en más direcciones.

Los semáforos quedaban en la posición que tenían cuando les llegaba el hielo. El agua podrida del cordón de la vereda, al moverse por las cuadras que todavía no estaban completamente cubiertas, erosionaba un poco a la masa, antes de congelarse y pasar a formar parte de la base. Las lluvias no hacían más que agregar agua susceptible de ser congelada y acelerar el proceso.

La expansión continuó hasta que el hielo copó la cámara eléctrica que abastecía a la zona. Al cubrirse de hielo, la subestación dejó de andar. El barrio se quedó sin luz, y la heladera dejó de funcionar. Entonces el hielo detuvo su avance, hasta que se retiró de la cámara, volvió la luz y la heladera volvió a arrancar, reiniciando así un ciclo que se mantiene hasta hoy.

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6 Oct 2011

Descenso a las profundidades

El piso se mueve. Se produce un marcado descenso. Todo se vuelve más oscuro. También más caluroso. Hacia arriba, se puede todavía ver la superficie, la claridad inalcanzable.

Mientras tanto, el calor aumenta. La oscuridad deja paso al calor. Sólo se ve un impenetrable rojo, cuya intensidad sube a medida que hace más calor. Si uno se acerca a cada fuente de rojo, percibe aún más calor. No es posible alejarse de todas. El camino está cerrado.

El calor no cede. Lo cubre todo. No es inofensivo. Tanto calor deja marcas que al principio son superficiales, un poco de color que se pierde fácilmente. Pero una vez que esas marcas se producen, no se sabe cuándo terminará el abismal calor, ni si está previsto que termine. Tal vez sea un calor eterno, al que habrá que acostumbrarse pero es imposible. Tal vez éste sea el destino final, un sufrimiento cada vez mayor en medio de un compartimiento que puede ser uno más de infinitos, sin posibilidad de interactuar con nada ni con nadie, sin salida visible excepto la resignación.

Sin embargo, cuando todo parece perdido, se produce el escape. El calor cesa, el piso pega un salto. Es el momento de salir. Ya están las tostadas.

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30 Sep 2011

Obras públicas

“¿Qué hace ese edificio en el medio de la 9 de Julio?” se preguntó un día el intendente de Buenos Aires. Se refería al edificio donde había funcionado el Ministerio de Obras Públicas, un espantoso bloque de cemento que se erigía sobre la avenida más emblemática de la ciudad.

Pensó que todos compartían su opinión, y que iba a ser bueno para su imagen si proponía demolerlo. Pero la reacción de la opinión pública fue dividida. Si bien a nadie le gustaba el edificio, la mayoría pensaba que tenía valor histórico. El intendente, entonces, propuso una segunda idea: trasladar el edificio a otro lugar de la ciudad donde molestara menos. De ese modo podría conservarse, y en la 9 de Julio, los autos y la luz podrían fluir sin interrupciones.

Esta segunda propuesta consiguió gran aceptación, y en poco tiempo se llevó a cabo. Era necesario levantar el edificio y montarlo sobre una plataforma con ruedas. Para eso, se alquiló a Dubai una enorme grúa, capaz de sostener el peso de la construcción durante el tiempo suficiente para colocar la plataforma abajo.

Cuando la grúa enganchó el edificio (lo hizo por la antena), se descubrió que tenía dos largas columnas enterradas, mucho más largas que lo que se pensaba. Como la grúa tenía gran capacidad, no hubo mucho problema. El procedimiento se hizo con cuidado, lentamente. En algunos días las patas del edificio salieron completamente del suelo de la ciudad, y se apoyó la construcción en la plataforma.

Pero el edificio no se quedó quieto. Liberado del entierro parcial, cobró vida, estiró las patas y, para horror de los presentes, salió caminando aparatosamente por la ciudad.

De pronto, el edificio de Obras Públicas se convirtió en una amenaza. Caminaba con gran estruendo, destruyendo todo a su paso, sin que nadie lo pudiera controlar. Se intentó bajarlo de muchas maneras. El ejército apostó tanques para interrumpir su paso, pero eran destruidos por las enormes patas de cemento. Se intentó inútilmente demolerlo a mano, los valientes obreros que lograron entrar en el edificio no podían sostenerse debido al movimiento, y siempre terminaban cayendo. Nada era efectivo. El edificio seguía caminando y dejando una senda de destrucción por donde pasaba. Miles de familias quedaban sin techo, miles de autos, colectivos y camiones eran aplastados a lo largo del trayecto del edificio.

Pero el desastre, al menos, no fue en vano. Las autoridades anunciaron un plan de modernización de la ciudad. Aprovechar la devastación para hacer, además de viviendas nuevas, avenidas y autopistas, que antes no podían construirse por la cantidad de manzanas que hubiera sido necesario expropiar. Sin embargo, no se podía encarar el ambicioso proyecto antes de derrotar al edificio rebelde.

Las autoridades entraron en modo emergencia y se contactaron con expertos internacionales para que les diera algún consejo sobre qué hacer. Mientras la devastación continuaba a toda marcha, el alcalde de Las Vegas contactó al gobierno argentino con una propuesta. Según los planes, si desde varios aviones se lanzaban varias balas de demolición al mismo tiempo hacia los pies del edificio, se podía calcular que la fuerza de esas bolas iba a ser suficiente para tirarlo abajo. La ciudad perdería el patrimonio histórico que representaba esa construcción, pero en ese momento lo importante era detener la catástrofe. La ciudad vio con buenos ojos la propuesta, sobre todo porque hacía recordar a las boleadoras, lo cual daba a la solución un saludable aire autóctono.

Los aviones llegaron, se posicionaron y lanzaron al mismo tiempo las bolas, que impactaron en los pies del edificio, destruyeron su sustento. El edificio cayó haciendo un doloroso estruendo final, el cual dio paso a un silencio que hacía tiempo que no se oía en la ciudad. Después de un par de semanas en las que un porcentaje importante de la ciudad fue arrasado por el edificio, esa noche Buenos Aires pudo dormir en paz.

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9 Sep 2011
Gran porte, Pop! Del año:

Onda amarilla

Seguir la onda amarilla es lo más parecido a hacer windsurf en auto. Se trata de regular la velocidad en forma muy precisa, de modo de atravesar cada cruce cuando el semáforo está en amarillo. De día es prácticamente imposible. Quienes practican esta actividad se pueden ver sobre todo de noche.

Lo más difícil es enganchar el primer amarillo. Las reglas del tránsito se aplican igual, no se puede andar a mayor velocidad que la máxima, ni a menor que la mínima. Los semáforos en rojo se deben respetar. Hay que llegar a la esquina cuando el semáforo se está poniendo amarillo, y ahí enganchar la velocidad crucero.

El método sólo funciona en las avenidas con onda verde, que en general son las que tienen mano única. Esto es útil, porque puede ser necesario esquivar autos para poder mantener la velocidad. Son muchos los factores a tener en cuenta: tráfico, peatones, calidad de la sincronía de los semáforos, duración del amarillo, etc.

La onda amarilla no es una carrera. Se puede competir con otro para ver cuántas cuadras logra hacer cada uno, pero la satisfacción es romper el récord individual. Lograr marcas destacadas requiere gran nivel de destreza y conocimiento actualizado de los pormenores de las calles involucradas en los circuitos de onda amarilla. Pequeños cambios en la sincronía de los semáforos pueden arruinar una estrategia que antes se había probado efectiva.

El mayor logro del virtuoso de la onda amarilla es no sólo hacer todo el recorrido pasando en amarillo, sino hacerlo sin recibir multa alguna.

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22 Aug 2011
Pop! Del año:

Rulero

A la administración del edificio de Sevel, el Rulero, se le ocurrió decorar la fachada con plantas. Ya no estaba de moda el look cemento, quedaba demasiado industrial y antiguo. Colgar plantas de todas las ventanas le daría al edificio un toque ecológico. La ciudad tendría un nuevo atractivo. Y al edificio no le costaría nada, porque las plantas podían regarse con el agua que caía de los equipos de aire acondicionado.

No contaban con un detalle: esa zona de Buenos Aires es de las más húmedas, y abundan las hormigas. Al ver tanta comida a disposición, las hormigas se instalaron bajo el Rulero. Se dispusieron a comer las hojas. Pero llegar a las plantas más altas requería un esfuerzo sobrehormigo. Era demasiado viaje para muy poca nutrición, entonces debieron buscar otro método.

Las hormigas no conocían el concepto de edificio. Pensaban que era un árbol grande. Y lo que decidieron fue llevarse el árbol al hormiguero. Esa noche, pusieron en marcha el plan.

Hicieron un gran agujero en la tierra que rodeaba al edificio. Los cimientos quedaron expuestos (aunque las hormigas pensaban que eran las raíces). Llegó un momento en el que la tierra que quedaba no sostuvo la estructura, y el Rulero cayó hacia la esquina de Libertador y Carlos Pellegrini.

Una vez en el suelo, fue fácil para las hormigas trasladarlo ―estos insectos son capaces de transportar varias veces el peso propio―.

A la mañana siguiente, los habitantes de la ciudad se sorprendieron al descubrir que el Rulero no estaba más. Las hormigas, en tanto, se dedicaban a comer las hojas. Pero mucho antes de lo que esperaban, se encontraron con que las plantas terminaban y detrás había una pared de cemento, que resultaba incomible.

Las hormigas intentaron sin éxito digerir el revoque. Ahora tenían un grave inconveniente: un tremendo edificio ocupaba casi todo el lugar del hormiguero. No hubiera sido problema si se podía comer, pero ahora resultaba perjudicial, porque restaba lugar para los verdaderos comestibles. Debían deshacerse de él, así que decidieron devolverlo a su lugar de origen.

Esa tarde, los transeúntes de la avenida del Libertador vieron brotar al Rulero del suelo de los terrenos del ferrocarril. Las hormigas trasladaron al edificio hasta el lugar de su antiguo emplazamiento. Sin embargo, no lo pudieron erguir. Aunque tenían fuerza, no tenían la altura suficiente como para levantarlo de forma vertical. Así que lo dejaron apoyado en el suelo y se retiraron en busca de otra fuente de comida.

Cuando las hormigas lo dejaron libre, el Rulero permaneció quieto durante un instante, y luego se dejó llevar por la gravedad. Rodó por la pendiente, causando pánico entre los peatones que caminaban por el barrio, que debieron huir despavoridos para evitar ser atropellados por el edificio.

El Rulero siguió su marcha imparable. La velocidad impedía detener el recorrido. No hubo tiempo para hacer nada. En pocos instantes, el edificio llegó a la costa y desde entonces se lo ve flotando en el río, cubierto de algas.

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Ante la tortura

La víctima es llevada encadenada a un cuarto cerrado. Se le ofrece asiento. Posteriormente té. El verdugo se sienta en un mullido sillón y se pone a hablar plácidamente. La víctima se pone nerviosa. Sabe que va a ser sometida a tortura, pero no sabe en qué consiste. No para de imaginarse posibilidades. En el cuarto cerrado no se ve ningún instrumento, pero se pueden oír ruidos metálicos débiles que vienen de las adyacencias. También algunos gritos poco distinguibles. El verdugo ofrece más té. La víctima, aterrorizada, acepta. Piensa que el té debe estar contaminado con alguna sustancia que la hará sufrir, o tal vez con algún suero de la verdad. Sin embargo, el verdugo toma de la misma tetera. Cuando se acaba el té, el verdugo se levanta, sin interrumpir la conversación con la víctima, cuyas acotaciones son breves y respetuosas. El verdugo queda fuera del campo visual de la víctima, que piensa que ha llegado el momento, y sufre porque teme algo repentino. El verdugo, en tanto, vuelve con más té y obleas de vainilla. Vuelve a sentarse, mientras la víctima está cada vez más tensa y expectante. La víctima desea que la tortura empiece de una vez, así está más cerca de terminar. El verdugo continúa tomando té. La víctima sufre pulsaciones. De repente, se levanta y exclama “lo diré todo”. El verdugo, satisfecho, hace pasar a los interrogadores.

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7 Aug 2011

La historia de Jonás

Resulta que Dios andaba buscando un profeta, y decidió que Jonás era el indicado. Entonces fue y le dijo “che Jonás, vo’ va’ a ser mi profeta” (Dios tenía la costumbre de comerse las eses). Jonás le dijo que sí, sin pensarlo demasiado.

Pero después, Jonás se achuchó. Lo abrumó la responsabilidad, digamos. Ser profeta no era para cualquiera, y Jonás no confiaba demasiado en el criterio de Dios para elegirlo a él. Estaba halagado, sí, pero pensaba que se le había ido la mano.

Entonces Jonás se escapó. Pensó que si se rajaba de la ciudad Dios no lo iba a encontrar. Y se fue nomás. Se tomó un barco para irse bien lejos. No le dijo a Dios que se iba a ir, pero total Dios era omnisapiente, ya se iba a dar cuenta solo y se iba a poner a buscar algún otro profeta.

Pero en el camino se ve que el barco naufragó o algo, y después de una serie de casualidades a Jonás se lo terminó tragando una ballena.

Había mucho espacio en la ballena, pero estaba oscuro. Jonás no tenía luz, ni comida, ni una revista para leer, ni televisión, ni nada. Estaba solo adentro de la ballena. Entonces no le quedó otra que reflexionar sobre su vida. Se puso a pensar largo y tendido, total tenía tiempo, y se empezó a arrepentir de haberse escapado. Le pareció una pavada lo que había hecho, por qué iba a rechazar ser profeta, si tenía el respaldo de Dios y todo.

Así que se arrepintió nomás, y justo en ese momento la ballena lo escupió, o lo expulsó por el coso ese que tienen en la espalda las ballenas, o algo. La cosa es que Jonás zafó, encontró la costa y volvió a la ciudad.

Cuando llegó, fue a ver a Dios y le dijo “dale”. Entonces se cumplió la voluntad del señor, Jonás fue su profeta y todos contentos.

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1 Aug 2011
Pop! Del año:

Res non verba

La vaca no hablaba. Masticaba paciente, concentrada, el pasto que recogía del suelo. Su atención estaba puesta sólo en esa tarea, no le importaba lo demás. Parecía contenta con su manera de vivir.

El pasto no le parecía demasiado verde, ni falto de condimentos, ni fuera de punto, ni creía que hacía mucho frío para estar afuera, ni necesitaba interrumpir para tomar agua. O tal vez tenía todas esas quejas, pero no las expresaba. La vaca tomaba lo que estaba a su alcance, y no parecía preocuparse por lo que podría haber sido.

Yo la observaba con atención, y me preguntaba por qué no hacía cosas distintas. Por qué comía pasto y no, por ejemplo, pequeños insectos. Por qué demoraba tanto en masticar cada bocado. Por qué comía erguida, sin tirarse sobre el pasto así estaba más cerca. Por qué no se quejaba de lo que para mí hubieran sido terribles condiciones de vida. Por qué no se rebelaba ante la naturaleza, o quien fuera, y exigía una vida distinta. Por qué aceptaba todo sin decir ni mu.

La vaca en un momento me miró. Fue una mirada profunda, intensa. Nos miramos a los ojos. Yo trataba de entenderla, ella seguía rumiando. No logré entenderla, tal vez mi destino sea no entender al ganado. El contacto visual duró unos segundos, luego la vaca volvió a su actividad indiferente.

Me quedé un rato más observando a la vaca, hasta que me aburrí. Entonces me alejé y fui hacia el gallinero a preguntarme por qué las gallinas no ponían huevos de codorniz.

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20 Jul 2011

Sobre la tela

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña. Pero la tela resistía su peso, así que fue a buscar a otro elefante.

Luego, dos elefantes se balanceaban sobre la misma tela, uno arriba del otro. Se hamacaban con fuerza, con la intención de romperla. Pero no lo conseguían, era una tela resistente. Cuando supieron que no podían lograr la ruptura, fueron a buscar más elefantes.

Pronto hubo una enorme pirámide invertida de elefantes sobre la telaraña, que igual resistía. Más elefantes se agregaban al grupo, sin que la tela mostrara signos de debilidad.

La tela estaba tan bien construida que resistía todos los intentos de los elefantes por romperla. Algunos se preguntaban por qué la araña había abandonado semejante tela, dado el trabajo que era evidente que le había costado.

Pero la araña sólo se había ausentado un rato. Al volver, se encontró con los elefantes balanceándose sobre su tela. “Excelente”, pensó, “la tela consiguió un montón de comida”. La araña trepó para ocupar su lugar. Corría riesgo de ser aplastada.

Su aparición al principio no fue advertida por los elefantes. Hasta que uno de ellos, el de más abajo, barritó de miedo al verla. Todos miraron hacia abajo y se espantaron. La desesperación resultante hizo que todos perdieran el equilibrio y se cayeran de la tela, causando gran estruendo.

La tela, no obstante, se mantuvo intacta. La araña caminó entonces hacia el medio, dispuesta a esperar que su tela atrapara a algún insecto.

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17 Jul 2011

Pasaje Güemes

Estoy en la calle San Martín. En el medio, los autos transitan junto a las numerosas motos. A los costados, se erigen unas veredas angostas por donde hay mucha más gente que la que fueron diseñadas para albergar. Por eso, muchos bajan a la calle y circulan entre los autos.

En la vereda de la izquierda, encuentro la entrada a la galería Güemes. Es un espacio mucho más amplio. Decido entrar. De repente, da la sensación de estar en otra ciudad. O en otro tiempo, no sé. Las paredes de mármol remiten a paisajes ajenos, pero extrañamente familiares. Es como si una parte de mi historia se pudiera encontrar en esa galería, en algún rincón entre los locales que ofrecen toda clase de productos.

Mientras recorro la galería, y esquivo las islas donde podría cambiar la malla de mi reloj si así lo quisiera, me voy dejando llevar por el entorno. Miro hacia arriba y veo el enorme espacio en el que se construyó la galería. Me lleva a épocas de aspiraciones de grandeza, a épocas donde esa grandeza era verdadera.

De repente, aparece la luz. Ahí me doy cuenta de que antes estaba oscuro. Vuelvo a salir al sol, y me encuentro con que estoy en otro lugar. Es una calle, sí, pero una calle como ninguna otra. No se ven autos. Sólo gente, que camina en todas las direcciones posibles y también en algunas que nunca creí posibles. Hay gente que no camina, sino que está sentada sobre una manta. La hilera de mantas divide en dos la calle, y sólo es interrumpida por florerías y puestos de toda índole.

Cruzar la galería me trasladó a la calle Florida. Decidí que el Destino era el que me había llevado hasta ahí, y no era quien para cuestionar sus designios. Así que doble a la derecha y seguí caminando.

Algunas cuadras más al norte, mientras esquivaba a diferentes personas, divisé otra galería con un estilo parecido. Tenía un nombre en plural por alguna razón: Galerías Pacífico. Decidí meterme, a ver adónde me llevaba. Pero no fue tan fácil. El manojo de pasillos, escaleras y recovecos me hizo perder. Y también, por alguna razón, me despertó un profundo deseo de jugar al Ludo.

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14 Jul 2011
Pop! Del año:

Atrapados en la Luna

Aldrin: Now I want to back up and partially
close the hatch. Making sure not to lock it.
Armstrong: A particularly good idea.

Por un descuido casi insignificante, seguramente causado por el entusiasmo de estar en la Luna y las ganas de explorarla, Aldrin cerró la escotilla y sin chequear si la había destrabado desde adentro. A pesar de que el chequeo estaba en la lista de actividades que había practicado cientos de veces, no se dio cuenta hasta justo después de haber cometido el error. “Oops”, pensó Aldrin, y luego meditó los pasos a seguir. Decidió que no iba a decir nada por el momento, porque podían cancelar la exploración y usar todo el tiempo de actividad extravehicular para intentar abrir la escotilla. Prefirió esperar a que fuera el momento de volver, y ahí en todo caso extender un rato la estadía para efectuar las operaciones necesarias.

Así que Armstrong y Aldrin estuvieron las dos horas caminando por la superficie lunar, explorando, colocando instrumentos científicos. El tiempo se pasó volando, y pronto llegó el momento de volver.

Aldrin era el primero en subir al módulo lunar. Trepó la escalera y al llegar se encontró con la escotilla cerrada. Intentó disimular lo que había pasado. Quiso abrirla con algunas de las herramientas que tenía para las actividades científicas, pero estaba bien cerrada. Así que decidió pedirle ayuda a Armstrong por señas. No quería hablar, porque si lo mencionaban en la radio iban a enterarse en Houston, y eso iba a traer problemas al regreso.

Así que Armstrong y Aldrin debatieron en silencio. Resolvieron romper una de las ventanas del módulo lunar. Total, ellos tenían sus trajes espaciales, no importaba mucho que la cabina se despresurizara. ¿Cómo podían hacerlo? Armstrong creyó encontrar una solución: la Luna estaba llena de piedras. Con un certero golpe, el vidrio cedería y podrían abrir la escotilla insertando la mano en el agujero.

Pero no contaron con un detalle. La gravedad lunar hizo que no pudieran arrojar las piedras con suficiente fuerza. Casi flotaban hacia el vidrio, y no hacían ningún estrago antes de caer. Debían recurrir a otro método. Para entonces ya todos los instrumentos que iban a devolver a la Tierra estaban en uso, y no les parecía razonable arruinar alguno de los experimentos que tanto dinero habían costado a los contribuyentes americanos. Pero, pensaron, algunos elementos quedaban en la superficie.

En ese momento, ambos tuvieron la misma idea. Fueron hacia donde estaba emplazada la bandera y la arrancaron de la superficie. El mástil tenía una punta para facilitar su erección en el polvo selenita. La llevaron hasta el vidrio y, con un movimiento preciso, Aldrin rompió el vidrio con la punta.

Rápidamente abrió la escotilla y ambos pudieron entrar. Arreglaron el vidrio improvisadamente con cinta de ducto, y pocos minutos después despegaron hacia el Columbia, donde Collins los esperaba para emprender el regreso a casa.

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29 Jun 2011
Gran porte, Pop! Del año:
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