Archive for Resistentes a clasificación

La historia oculta

En el corazón de un denso bosque de metáforas brotó una historia. Era difícil de ver, porque las metáforas oscurecían los alrededores. Pero la historia allí estaba, inconspicua, frágil, tímida. Al lado de las soberanas metáforas parecía un yuyo sin futuro. Sin embargo, era una historia que prometía.

Entre tanta metáfora, a veces se colaban en el bosque ideas y conceptos que alimentaban a la historia. Lentamente fue creciendo, hasta que pudo atisbarse su existencia desde afuera del bosque. Hasta ese momento, sólo algunos sospechaban que podía existir. Era una idea teórica, como los agujeros negros en el centro de las galaxias, sin comprobación directa. Pero cuando la historia estuvo lo suficientemente fuerte, se alteró la composición del bosque de metáforas y algunos especialistas con avanzado instrumental pudieron afirmar que la detectaban.

Mientras tanto, las metáforas que formaban el grueso del bosque seguían reproduciéndose. El suelo era una alfombra de metáforas secas que crujían al ser pisadas. Algunas metáforas caían sobre la historia y se unían a ella. Le daban un color más uniforme, y al mismo tiempo la hacían más difícil de detectar.

Pero la historia seguía creciendo. Creció tanto que empezó a elevarse sobre el nivel de las metáforas. Por fin se pudo obtener una confirmación visual de su existencia.

El anuncio del descubrimiento llegó a oídos del autor, quien quiso ver a la historia por sí mismo. Se internó en el bosque para buscarla, como quien busca al Yeti. Caminó los recovecos, maravillándose ante la espesura de su creación, disfrutando del follaje metafórico que apenas dejaba entrar la luz. Hasta que divisó de lejos la historia. Corrió hacia ella y la miró desde el suelo. Aunque no logró ver la punta, se hizo la idea de que desentonaba en ese lugar. Por eso decidió talarla.

Hoy el bosque de metáforas está impoluto. Hay más metáforas que nunca. Los pocos que entran se pierden de inmediato.

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Descarnación

Mi alma y yo nos llevábamos muy bien. Estábamos hechos el uno para el otro. Éramos muy unidos: adonde yo iba, ella me acompañaba. A veces me salvaba de tomar decisiones equivocadas, y yo hacía lo mismo.

Mi alma me ayudaba a percibir la belleza. Yo podía expresar la satisfacción que el alma sentía, y con el tiempo aprendí a apreciarla por mi cuenta. Desde ese momento, mi alma y yo apreciamos juntos las cosas buenas de la vida.

Estaba conmigo desde mi nacimiento, y yo pensaba que íbamos a estar juntos toda la vida. Sólo la muerte nos separaría, y cuando yo muriera mi alma, y con ella algún aspecto de mí, iba a seguir existiendo.

Pero, inesperadamente, la muerte nos separó antes de tiempo. Cuando mi alma murió, fue como si se fuera un pedazo de mí. Yo podía desenvolverme sin ella, pero no era lo mismo. Me convertí en una persona más discreta y ordinaria. Perdí interés por muchas cosas que antes me definían, y me limité a satisfacer mis necesidades biológicas.

A pesar de que extrañaba al alma, me costaba encontrar ese sentimiento, y mucho más expresarlo. Pero me propuse vencer esa dificultad. Decidí que debía honrar la memoria de mi alma, para mantener vivo su espíritu.

Luego de un tiempo, se me ocurrió probar con otras almas. Pero no sabía cómo obtener una nueva. Se me ocurrieron algunas ideas poco útiles, como poner un aviso en el diario o pasearme por hospitales para captar algún alma recientemente enviudada. Pero ninguno de esos métodos funcionó.

En mi desesperación, recurrí a individuos que decían poder hablar con los muertos. Pero cuando les expliqué mi situación, me contestaron que sólo era posible comunicarse con almas vivas. Tal vez otras almas podían hablar con las almas muertas, pero ellos carecían de tal habilidad.

A pesar de que algunos médicos y sacerdotes que consulté me dijeron que era imposible que mi alma muriera, yo sabía lo que había pasado. Estaba claro que todo vestigio de mi existencia se iba a ir del Universo el día que yo muriera. Y que no iba a poder encontrarme en ese momento con mi alma, porque es justamente ella la que se encuentra con seres queridos una vez fallecido el cuerpo.

Así que decidí hacer valer la pena mi vida, como un homenaje a mi difunta alma. Quise dejar algún legado que, de algún modo, pudiera reemplazarla. Por eso volví a dedicarme a las actividades que antes disfrutaba junto con ella. Fue difícil: ya no tenía ganas de hacerlo, y tampoco tenía mucho talento. Pero perseveré, y aún persevero.

Las personas de mi alrededor no están enteradas de lo que ocurrió, aunque se dan cuenta de que he perdido una parte del impulso que me llevaba a ser la persona que alguna vez fui. Ellos esperan el día en el que vuelva a ser aquél, pero yo sé que la partida de mi alma me dejó sólo con mi cuerpo físico, y durante el resto de mi vida deberé arreglármelas con él.

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El destinatario

Tiburcio caminaba. Seguía caminando. No tenía un rumbo preciso ni demasiado apuro. De pronto vio algo que lo hizo detenerse. Veía, allá a lo lejos, una luz intermitente. Se quedó embobado mirando la luz para ver qué le estaba diciendo. Pensó que existía el propósito de que él viera esa luz cuando, inmediatamente después de que él enfocara su vista sobre ella, quedó fija. Luego de pensarlo unos instantes, comprendió el significado. Cuando se apagó y se encendió la de abajo, que era verde, cruzó la calle.

Ante él, se detuvo un colectivo que tenía un letrero que decía “vamos a la Rural”. Tiburcio pensó que era una invitación para él, y se subió. Pidió un boleto hasta la Rural y se sentó del lado de la ventanilla, a la derecha de la unidad. Tenía un asiento vacío a su izquierda, que no tardó en ser ocupado por una persona que subió minutos después. Tiburcio se alegró de haber sido elegido por esta persona como compañero de viaje, y se corrió lo que pudo para hacerle el trayecto más cómodo. Algunas cuadras después se bajó un señor de uno de los asientos individuales de la izquierda, y la persona que Tiburcio tenía a su lado se levantó para sentarse en el lugar que había quedado libre, abandonando así la compañía de Tiburcio, quien se puso mal y fue, entre lágrimas, hacia la puerta a bajarse. La persona que lo había herido no se habría enterado de nada, de no ser porque Tiburcio, cuando se abrió la puerta, se acercó y le gritó “ya vas a venir a pedirme algún favor”. Seguidamente le dijo al conductor que el viaje a la Rural iba a tener que postergarse para alguna otra ocasión, y se bajó.

Caminó unos metros y pasó por un quiosco que tenía un enorme cartel que decía “tome Coca-Cola”, por lo que aceptó la invitación y le pidió al quiosquero si no tenía una botella de esa gaseosa. El quiosquero le dio una y Tiburcio se la tomó. Al terminar le agradeció y atinó a irse, pero el comerciante le indicó que debía pagar. Tiburcio se indignó y dijo que lo habían engañado, pero para no armar un escándalo pagó la gaseosa, mientras exclamaba que nunca más iba a aceptar una invitación de ese lugar.

Tiburcio llegó a la esquina y no sabía para dónde ir. Pensó que, de todos modos, podía ir para la Rural y reencontrarse con el colectivo, que, después de todo, no era el que lo había ofendido. Pero no sabía si lo iba a encontrar ahí. Mientras dudaba, pasó una paloma en la dirección contraria a la que debía tomar para ir a la Rural, y Tiburcio vio en su vuelo un mensaje que le decía que no fuera. Entonces dio media vuelta y caminó hacia el lado de su casa, que era el mismo que llevaba la paloma y lo que le había dado la pista de que la paloma le estaba diciendo algo a él y no a otra de las muchas personas que había en ese momento en la calle.

Un rato después, pasó por la vidriera de un local de electrodomésticos que tenía una cantidad de televisores encendidos, todos en el mismo canal. En ese momento se veía en la pantalla de los televisores la promoción de un canal que decía “estás en casa”. Tiburcio se alegró de haber llegado, y entró. Se sentó en un sillón que estaba para promover unos equipos de home theatre, agarró su teléfono celular y se pidió una pizza. Como no llegaba, luego de un rato llamó para reclamar, y le dijeron que se habían cansado de tocar timbre en su casa sin recibir respuesta. Tiburcio pidió disculpas, y atribuyó su falta de audición a todos esos aparatos que alguien había instalado en su vivienda, y también a toda la gente que, por alguna razón, se sentía libre de recorrerla.

En eso se le acercó un hombre vestido de rojo que le preguntó si lo podía ayudar. Tiburcio le agradeció la amabilidad y le pidió una pizza. Este hombre consultó con otro, que tenía una chapa en el pecho similar a la que él también tenía, pero de otro color. Entre los dos lo sacaron del local y cerraron la puerta. Vio Tiburcio que era de noche, y quiso abrir la puerta para poder pernoctar en lo que creía que era su domicilio. Pero la llave que tenía no funcionaba, no podía hacerla girar en la cerradura de la puerta del local. Tiburcio interpretó este hecho como un mensaje que le decía que no debía quedarse ahí. Entonces se fue.

Al rato pasó por un quiosco de revistas, y miró los ejemplares que estaban a la venta. Una de ellas tenía un letrero que decía “reclame póster de San Lorenzo”. Tiburcio increpó al quiosquero, reclamándole el póster. El quiosquero explicó que debía comprar la revista para acceder a ese objeto, entonces Tiburcio la compró. La abrió y encontró un póster pero no de San Lorenzo sino de once futbolistas con camiseta rayada. Tiburcio volvió entonces a increpar al quiosquero y le reclamó la imagen prometida de Lorenzo Giustiniani, primer patriarca de Venecia. El quiosquero, como Tiburcio ya lo tenía cansado, lo mandó a llorar a la iglesia.

Cuando llegó a la iglesia, Tiburcio inquirió cuál era el lugar más adecuado para llorar. Le contestaron que el confesionario. Fue entonces ahí, y entre sollozos le preguntó al cura adónde podía conseguir el póster del padre Giustiniani. El cura le preguntó quién era. Tiburcio se lo explicó, y le contó que le habían prometido ese póster luego de comprar una revista. El cura le explicó que ahí no tenían ningún póster, pero tal vez le podía conseguir alguno usando algún contacto con El Vaticano. Tiburcio pidió hablar con el dueño del lugar, y el cura le explicó que la Iglesia no tenía dueño, a lo cual Tiburcio respondió que había visto afuera un letrero que decía que esa era la casa del Señor, y pidió hablar con el Señor. El cura le contestó que el Señor lo escuchaba permanentemente. De este modo, Tiburcio vio que no se podía razonar con esa gente, y se fue de ahí.

Siguió caminando hasta que llegó a un cartel que decía “Doblas”, al que obedeció. Supuso que el destino tenía algo para él en esa calle. Y efectivamente, a un par de cuadras había una pared con una leyenda que decía “esta pared es suya, cuídela”. Tiburcio aceptó la misión, y aún se encuentra ahí, montando guardia y asegurándose de que nada le ocurra a esa pared.

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Cuando me leen el pensamiento

Es una situación muy incómoda saber que estoy en presencia de alguien que puede leerme el pensamiento. Sobre todo porque puedo controlar lo que digo, pero no tanto lo que pienso.

No es que tenga una mente degenerada. En general no estoy pensando cosas que le vayan a caer mal a mi interlocutor, aunque pueda no estar pensando exactamente en lo que me dice. Pero, cuando sé que me están leyendo el pensamiento, me pongo nervioso y pienso cualquier cosa.

Es parecido a cuando los médicos me piden que me quede quieto. Por ahí si no me lo pedían no me movía, pero es tanta la responsabilidad de no moverme que los nervios hacen que lo haga.

De la misma manera, cuando sé que me pueden estar leyendo el pensamiento, es una responsabilidad no pensar cosas ofensivas, por más que de todos modos no sean mi opinión. Y como concentrarse en no pensar algo implica pensarlo, la persona que me está leyendo el pensamiento se lleva una impresión totalmente errada sobre mí.

Entonces pasan por mi cabeza toda clase de ideas vergonzantes sobre la persona que es capaz de leerme el pensamiento, que van desde las más bajas cuestiones íntimas hasta opiniones sobre el posible olor que puede tener, sin olvidar que, ante cada cosa que pienso, me pregunto para mis adentros si la persona en cuestión sabrá que lo estoy pensando. Incluso me lo pregunto cuando estoy pensando eso último.

No es que yo quiera esconder lo que realmente pienso. Es todo lo contrario: tengo la valentía de pensar determinadas cosas en la cara de la gente. Pero, al poder enterarse del proceso de pensamiento, puede ocurrir que la gente que lee lo que pienso interprete que cosas que se me cruzan por la cabeza y descarto son las cosas que realmente pienso. Y eso me hace quedar mal.

Por ese motivo, prefiero mantenerme en círculos científicos y escépticos, donde la gente no cree que es posible leer el pensamiento, y a nadie se le ocurriría decir que lo hace. De esta forma puedo relajarme y, liberado de la responsabilidad de responder ante mis pensamientos, pensar tranquilo. Y los que sean capaces de leerme el pensamiento no van a tener un mal concepto de mí.

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A los postres

El postre todavía estaba tibio cuando, embelesado por el sabor, me hundí con mi cuchara en las densas profundidades del chocolate. Me dí cuenta de que no necesitaba la cuchara cuando comencé a nadar por el postre mientras lo comía. Deseé que el momento no terminara nunca. Mi cuerpo se cubría de chocolate, pero me manejaba con una extraña naturalidad, como si siempre hubiera sabido cómo bucear en esa sustancia. Cada brazada era acompañada por un lengüetazo que me llenaba de sabor. Mis ropas ya estaban completamente oscuras. No importaba, nadaba en chocolate. Ya habría tiempo para volver a la realidad.

Aunque el postre estaba bien batido, conservaba aún algunos vestigios de un estado anterior, en forma de pequeños grumos que yo guardaba en mis bolsillos para luego espolvorear en el resto del chocolate como queso rallado. Los grumos contenían también partículas de aire que yo usaba para respirar dentro del cremoso chocolate.

Realicé pruebas de destreza natatoria, recorrí todas las profundidades del postre con una alegría imposible de disimular. Extendía los brazos formando círculos como forma de expresar mi felicidad. Los movimientos batían el chocolate, lo cual lo hacía cada vez más sabroso. El espíritu del sabor llenaba mis poros, al igual que el chocolate mismo.

Hasta que se hizo la hora de volver a la realidad. De dejar el resto del postre para paseos posteriores y para que pudieran probar los demás. Decidí sacrificar un poco de felicidad en ese momento para lograr recuperarla más tarde.

Me dirigí a la superficie. Grande fue mi sorpresa al no poder salir. Una membrana que antes no estaba me impedía asomarme. En ese momento caí en la cuenta de que el chocolate ya estaba frío y se había formado la deliciosa piel en la superficie. Piel que no podía perforar desde abajo. Intenté lamerla hasta dejarla expuesta, pero era una tarea imposible. No existía un límite definido entre la piel y el resto del postre.

Hasta que recordé que aún tenía en mi poder la cuchara. La saqué de mi bolsillo, lamí su contenido y presioné con ella sobre la piel del postre hasta que vi la luz. Con delicadeza me trepé a la rendija que había formado, y salí por ella al mundo exterior.

Una vez fuera, me alejé de la rendija y me tiré un rato sobre la piel, aun embadurnado en el chocolate de su interior, para descansar y rememorar la estupenda experiencia.

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Duros de pasar

Dos amigos se habían citado a tomar el té en un conocido bar londinense. Ambos eran en extremo educados, y no tenían intención de llegar tarde. Por eso decidieron estar en el lugar exactamente cinco minutos antes de la hora acordada. La determinación de los dos hizo que se encontraran en la puerta.

Se saludaron con un firme apretón de manos. Hablaron sobre el clima de ese día. Luego ambos se invitaron a pasar. Como los dos eran muy amables, cada uno quiso que el otro entrara primero. Lo indicaron extendiendo el brazo hacia la puerta. Uno de ellos extendió el brazo derecho, el otro el izquierdo.

Ninguno de los dos quería cometer lo que veía como falta de tacto, aceptar la invitación del otro. Entonces ambos insistieron en que fuera el otro el que aceptara la suya y pasara antes. Pero por el mismo motivo no llegaron a un acuerdo.

Se quedaron parados frente a la puerta esperando que el otro hiciera algún sutil movimiento de claudicación para poder proceder a tomar el té. Los parroquianos que iban llegando pasaban entre los dos y entraban.

Comenzaron a transcurrir las horas. Los dos amigos seguían firmes en la puerta del bar, determinados a no entrar primero. El dueño del lugar se ofreció a resolver la diferencia mediante el azar, pero ambos se negaron. Opinaban que entrar antes que su compañero de té era una descortesía.

Pasaron los días, luego los meses y los años, y los hombres seguían inmutables en su invitación mutua. Ya los habitués del lugar los consideraban parte del paisaje.

El tiempo transcurrido sin entrar y sin moverse fue desgastando la vida de los dos amigos, que de todos modos no abandonaban la amabilidad para con el otro. A medida que avanzaban los días iban perdiendo materia orgánica, y el hollín de las calles londinenses los iba cubriendo sin que ninguno atinara a nada.

Ninguno de los dos hombres se movió nunca. Décadas después de aquel día en el que se citaron a tomar té, aún siguen en la puerta. Nadie recuerda quiénes eran. Todos los que los conocían han muerto. Los actuales habitués del bar, sin otra información que lo que ven, los consideran dos estatuas que ornamentan la entrada.

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Mi planeta es la Tierra

Divisé a lo lejos un bar. Tal vez allí me podían informar en qué galaxia me encontraba. Estacioné mi cápsula y me metí.

Me costó encontrar alguien que hablara alguno de los idiomas en los que puedo comunicarme. Eso me dio la pauta de que estaba lejos. Hasta que un extraño ser reconoció una de las lenguas que había intentado usar. Se me acercó y me habló en español. Me dijo que estábamos en la Vía Láctea. Le pregunté de dónde era, y me dijo “de la Tierra”.

Tal afirmación me sorprendió. No conocía ninguna especie terrestre de esas características. El ser en cuestión era humanoide, sí, pero no humano. Tenía una cantidad de arrugas irregulares en la frente, debajo de las cuales había dos fosas nasales que se introducían hacia abajo en lo que podríamos llamar cabeza. No se le notaba ningún ojo, aunque estaba claro que de alguna manera me había visto.

Pensé que tal vez él provenía de alguna especie muy antigua que había logrado salir al espacio y luego había evolucionado hasta lo que era él (o tal vez ella). Pero me extrañaba enterarme de que la galaxia donde no podía ubicarme era la Vía Láctea. Yo provenía de allí, y creía conocerla bien. A menos que hubieran implementado un plan de reformas estructurales desde mi partida, ésa no era la galaxia que yo solía llamar mi hogar.

Entonces le pedí al amable ser si me podía indicar cómo llegar a la Tierra. “Cómo no”, me dijo con la amabilidad que lo caracterizaba, y me dibujó sobre una servilleta un plano tridimensional de los alrededores. En el esquema, la Tierra aparecía como el séptimo planeta desde el Sol, y otra vez me extrañe. ¿Se habían agregado cuatro sin que yo me enterara? Empecé a sospechar algo extraño, entonces le pregunté de qué parte de la Tierra era él (en realidad cuando se lo dije usé el pronombre “usted”, así que no tuve que lidiar con su sexo en ese momento). Cuando respondió “de Tierra capital” pude darme cuenta de que no proveníamos del mismo planeta.

Le describí entonces el mío. Yo buscaba el planeta “Tierra” que era el tercero en orden saliente de su sistema solar, que tenía un satélite natural bastante grande en proporción y que estaba cubierto casi en su totalidad por agua (el mismo elemento, por cierto, que me componía a mí casi en mi totalidad).

El extraterrestre nacido en la Tierra no supo ubicarlo pero, con toda amabilidad, accedió a hacer de intérprete con los otros parroquianos del bar.

Al recorrer las mesas, ambos nos sorprendimos de que todos respondieran a la pregunta “¿sabe dónde queda la Tierra?” con “por supuesto, de allí vengo”. Sin embargo, ninguno de estos seres era de la misma especie que yo ni tampoco de mi amigo. Había algunos de visibilidad parcial, otros con forma de nube negra de la que nunca se condensaría una lluvia, otros con párpados en las orejas (donde estaban también sus ojos), otros con dedos en lugar de dientes y otros cuya existencia era discutible, pero allí estaban.

Todos ellos decían ser de la Tierra, pero nadie parecía venir del mismo planeta que ninguno de los otros. Entonces les pedimos que hicieran un esquema como el que había hecho inicialmente mi amigo, así nos podíamos dar cuenta de qué estaba pasando. Cuando los hicieron, nos dimos cuenta de dos cosas:

1) Todos venían de planetas distintos, pero todos llamaban “Tierra” a su planeta.

2) Todos venían de galaxias distintas, pero todos llamaban “Vía Láctea” a su galaxia.

Buscamos en vano algún esquema que se correspondiera con el de la Tierra a la que yo quería volver, pero sabía que era inútil. Ninguno de esos seres tenía pinta de conocer la lejana Tierra mía.

Me estaba por ir de allí para seguir mi periplo, cuando vi que salió del baño una figura familiar. Luego de observarlo durante unos segundos me dí cuenta de que se trataba de un velociraptor. Mi amigo pudo comunicarme con él. Él no sabía que era un velociraptor, según él su especie era llamada “homo sapiens” por los científicos de su planeta. Con el correr de la charla quedó claro que hacía tiempo que no lo visitaba. Nos contó que había oído algunos rumores de cambios importantes, de que había caído un meteorito o algo, y poco después sus contactos en la Tierra dejaron de escribirle, él por trabajo nunca pudo volver y para cuando se quiso acordar habían pasado sesenta millones de años y ya no tenía sentido volver.

Como le caí simpático, me regaló el mapa que había usado para llegar desde la Tierra hasta allí, aunque me advirtió que podía estar algo desactualizado. Yo se lo agradecí, y también agradecí la ayuda del ser de arrugas extrañas. Luego salí del bar y emprendí mi viaje de regreso.

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Celos de autor

El autor tenía una imaginación activa. La volcaba en sus textos, que como resultado eran muy imaginativos. Los personajes realizaban todo tipo de acciones posibles, poco posibles y nada posibles. Ellos llevaban a la práctica lo que el autor se imaginaba.

Sin embargo, el autor tenía una vida monótona y aburrida. Su actividad más frecuente, luego de escribir, era leer. Lo más jugado que hacía era comer cada tanto algo picante. Los personajes, por su parte, eran mucho más activos que él.

El autor se dio cuenta de ese hecho y decidió que no podía ser. Quiso tener una vida más variada. No quería que sus personajes se divirtieran más que él. Entonces comenzó a hacer deportes extremos, experimentos sociales y otras actividades que antes no hubiera siquiera pensado en hacer.

Su vida se llenó de estímulos, que fueron aprovechados por su imaginación para expandirse, y como resultado los personajes fueron aún más activos. El autor estaba contento con los nuevos textos, pero no con su vida. Y sabía que era imposible solucionarlo, porque sus personajes hacían cosas que para un humano existente era imposible.

El autor deseó ser él también un personaje, el fruto de la imaginación de alguien, pero sabía que no lo era. Con el correr de los meses se aburrió de la vida renovada y volvió a sus rutinas habituales. Los personajes se beneficiaron de su experiencia, pero él les empezó a tener bronca.

Para vengarse, comenzó a escribir textos sin personajes. Las ideas imaginativas seguían estando, ya sin nadie que las protagonizara. Sin embargo, no podía eliminar a los personajes de los textos anteriores, que aún tenían vidas mucho más interesantes que la suya. También lo irritaba ser consciente de que, como autor, él conocía la razón de la existencia de esos personajes y no la suya.

Finalmente, decidió volver a usar personajes pero darles una vida más aburrida que la suya. Las ideas imaginativas quedaron en los textos, pero ya no eran los personajes los que las llevaban a cabo. Decidió también que los personajes tuvieran celos de las ideas que los rodeaban. A algunos les dio consciencia de que eran personajes y los hizo envidiar los platos picantes que el autor comía.

Siguió con ese plan destructivo hasta que se le ocurrió algo mejor. Decidió comenzar un diario de escritor. En él escribía aventuras imaginarias que lo tenían a él mismo como protagonista. Las presentaba como verdaderas. Él era el único que sabía que eran falsas. También sabía que un día iba a morir y, cuando sus diarios fueran leídos, se convertiría él también en un personaje, y podría concretar así sus fantasías.

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La casa por la ventana

El plan era tirar la casa por la ventana. Pero era más fácil de decir que de hacer. Había algunas trabas concretas. La primera fue que la casa era más grande que la ventana. Teníamos tres opciones para sobrellevar este problema. Una era tirar la casa por partes. Dos opciones más simples eran agrandar la ventana o achicar la casa. Elegimos la primera porque consideramos que era la más viable. Achicar la casa no se podía. Agrandar la ventana sí, pero haría difícil tirar la casa.

En ese momento nos encontramos con un problema irreductible: la ventana era parte de la casa. Aún cuando pudiéramos achicar la casa y no la ventana, para poder tirar la casa por la ventana necesitábamos tirar también la ventana por ella misma. Podíamos desarmar la estructura de la ventana para que quedara sólo el agujero, pero la ventana es más un concepto que una estructura. También podíamos tirar la ventana por otra ventana. Era una solución parcial. Sí, efectivamente habríamos tirado cada parte de la casa por alguna ventana, pero lo que queríamos era tirar la casa por la ventana, no por las ventanas. Además, hubiéramos tenido que tirar la ventana mientras estaba en pie la otra, con lo cual nos hubiera quedado lejos para tirar el resto de la casa.

Resolvimos entonces tirar todo lo que se pudiera de la casa por la ventana, y dejar la ventana como un testimonio del trabajo cumplido. Para eso necesitábamos dejar una porción de pared en pie. Decidimos que podíamos vivir con eso.

Desensamblamos la parte de la pared que quedaría en pie y nos dedicamos a demoler el resto de la casa. A medida que teníamos cascotes de tamaño adecuado los íbamos tirando por la ventana. Fue un momento inolvidable.

Tiramos los dormitorios, los pasillos, la cocina, los baños, el living, las puertas, las otras ventanas, los sanitarios, los muebles, los techos y las paredes. Cuando quedaba el último cascote, lo tiramos entre todos como un símbolo del deber cumplido.

Una vez que terminamos todo, descansamos unos minutos antes de volver a armar la casa. Veníamos bien de tiempo, según nuestros cálculos llegábamos a reconstruirla antes de que se hiciera de noche. Pero no contamos con un detalle: la casa había caído en el terreno vecino, el dueño consideró que lo que arrojábamos pasaba a ser su propiedad y no nos dejó retirarlo. Con lo cual no pudimos recuperar la casa que tiramos por la ventana.

Ahora estamos ahorrando para hacernos una casa nueva, más grande. Mientras tanto, vivimos en un hotel. No vemos la hora de terminarla. Igual sabemos que antes de que nos demos cuenta la vamos a estar inaugurando, y cuando llegue ese momento va a haber tanta algarabía que organizaremos un festejo acorde a las circunstancias. No vamos a dejar títere con cabeza.

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El hombre al que no le pasaba nada

Había una vez un hombre al que no le pasaba nada. No evitaba que le pasaran las cosas, simplemente no le ocurrían. A él no le gustaba eso, y trataba de hacer que le pasara algo. Pero por más que intentaba, nunca le pasaba nada.

A sus amigos sí les pasaban cosas, y él veía por televisión todos los días a gente a la que le pasaba algo, o parecía que le pasaba algo, lo cual ya es pasarle algo. Pero a él no le pasaba nada.

Él preguntaba a sus amigos qué hacían para que les pasaran cosas, pero ninguno le sabía decir muy bien. En general ninguno hacía nada, las cosas sólo les pasaban. Pero a él no, y la situación lo tenía frustrado. Era como si el universo se hubiera olvidado de él. Pero ni siquiera le pasaba eso.

Este hombre deseaba fervientemente que le pasara algo. Llegó un momento en el que ya no quería que le pasara algo bueno. Con algo malo se conformaba, con la condición de seguir viviendo al menos unos minutos para disfrutar del cumplimiento de su sueño. Pero no le ocurría nada bueno ni nada malo. Su vida transitaba el camino de la indiferencia.

Un día casi le pasó algo. El hombre se ilusionó porque nunca había estado tan cerca de que le pasara algo. Pero por muy poco no le pasó. Había sido una falsa alarma.

Y así está todavía aquel hombre. Aún espera fervientemente que le pase algo. Tal vez algún día se le dé.

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