Los cisnes vivos

La pareja de cisnes se disponía a procrear. Ambos sabían que ella podía poner más huevos que la cantidad de pichones que estaban en condiciones de criar. Era inevitable que algunos murieran sin llegar a adultos, sólo por falta de comida. Pero la pareja tuvo una idea.

Si empollaban menos huevos, habría menos pichones entre los que distribuir los recursos. Claro que no podían controlar esos impulsos biológicos. Pero razonaron que nada los obligaba a empollar ellos mismos los huevos. Si podían ponerlos a resguardo en alguna parte, el pichón que sobraba tal vez podría sobrevivir más que con ellos.

Pensaron, además, que si ubicaban el huevo en un nido de algún otro animal, tal vez lo criaría sin problemas. Pero debía ser alguna especie que, al menos por un tiempo, confundiera a un pichón de cisne con uno propio. Ambos llegaron a la conclusión de que lo ideal era ubicar el huevo en un nido de patos.

Por fortuna, una pareja de patos anidaba muy cerca. En un descuido, la hembra de cisne corrió hacia el nido y puso un huevo entre los de pato. Rápidamente volvió a su nido a empollar los huevos que tenía previsto criar cuando fueran pichones.

La pareja de cisnes estaba en lo cierto. Su pichón fue criado en la familia de patos como si fuera uno de ellos. Pero no anticiparon algunos problemas de convivencia basados en el aspecto diferente del hijo de los cisnes.

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