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El origen de un deporte

−¿Sabés lo que habría que hacer?

−¿Qué?

−Tendría que haber un deporte que sea como el fútbol, pero con las manos.

−Ya hay. Se llama básquetbol.

−No, ese no es como el fútbol. Yo digo algo con arcos, no con aros a cualquier altura. Se llamaría “handball”. ¿Entendés? Es como “football”, pero con mano en vez de pie.

−Ta. Pero es que las manos tienen más precisión que los pies. No podés poner arcos, sería muy fácil.

−Bueno, hacemos el arco más chico, pero un aro es demasiado. Aparte, si ponemos un arquero no va a ser tan fácil.

−Pero si se usan las manos es muy fácil evitar al arquero. Lo difícil es llegar a la línea de meta. Vas a tener que hacer la cancha más chica.

−Podemos darle el tamaño de una cancha de básquet, o de vóley. No hay problema. Y, ya que estamos, ponemos menos jugadores. ¿Qué te parece si jugamos con siete?

−Puede ser. ¿Incluye al arquero?

−Sí, como sea.

−OK. Pero decime una cosa. ¿Cómo vas a hacer que no se convierta en una versión reducida del rugby o el fútbol americano? Todos van a retener la pelota hasta donde puedan.

−Fácil. Les hacemos picar la pelota.

−Como en el básquet.

−Sí. Pero sin aros. No quiero aros, mi juego está abierto para jugadores que no son altos también.

−O sea que van picando la pelota y se la van pasando, como en el básquet, pero en vez de aros hay arcos. ¿Entendí bien?

−Exacto.

−¿Y cómo hacés para que no se burle al arquero fácilmente? Si uno llega lo suficientemente cerca del arco, no hay forma de que el arquero pueda hacer nada. Cualquiera lo puede fusilar si tiene controlada la pelota en las manos. Por eso el básquet tiene un aro, no es un capricho. ¿Te das cuenta?

−Tenés razón. Mmmmm… ¿Qué te parece esto? Hacemos que el arquero esté en el área y los demás no puedan entrar. Van a tener que tirar desde afuera.

−Pero lo van a fusilar igual. Desde un poco más lejos, pero la pelota en la mano hace que amagar sea lo más fácil del mundo.

−Nah, no creo.

−La verdad, me parece cualquiera tu idea. Es redundante, no tiene razón de ser.

−No, lo que pasa es que no captás la sutileza de lo que quiero hacer. Vas a ver, esto va a ser un éxito.

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1 Mar 2011
Deportes Del año:

La extraña metamorfosis del doctor Erasmus Chesterton

Luego de desayunar, el doctor Erasmus Chesterton se dirigió, como todos los días, al Surplus Club. Allí pasaba sus ratos libres desde que se había retirado de la práctica de la medicina. Al llegar se encontró con Lord Quidstock, con quien sostenía una amistad de muchos años. A lo largo de las décadas se habían acompañado mutuamente en diversas aventuras. Entre ellos existía toda la confianza que podía haber entre dos hombres bien educados.

Lord Quidstock y el doctor Chesterton jugaban al billar y, ocasionalmente, al whist. Alternaban esos pasatiempos con la lectura de los periódicos que iban llegando al club, y ambos comentaban con entusiasmo las últimas noticias. El doctor Chesterton prestaba especial atención a los informes sobre avances científicos.

Por las tardes, el doctor Chesterton se retiraba a su hogar, donde tenía montado un laboratorio químico. Permanecía en él hasta la hora de la cena. Su mayordomo, Alphonse, tenía prohibida la entrada allí. Era grande la curiosidad por saber qué hacía su amo en ese lugar, por qué era tan secreto y, sobre todo, qué era lo que producía los extraños ruidos y olores que emanaban del laboratorio. Pero Alphonse era respetuoso de las reglas de la casa donde se empleaba, y se quedaba con la curiosidad insatisfecha.

El laboratorio del doctor Chesterton tenía frascos de diversas formas, en los cuales había líquidos de varios colores. Algunos de los líquidos burbujeaban, otros despedían humo espeso. El doctor Chesterton manipulaba tubos de ensayo, y con ellos mezclaba los distintos líquidos, mostrando especial interés cuando algún preparado producía un efecto de efervescencia. A veces se consideraba lo suficientemente satisfecho como para probar alguna de las mezclas. El doctor Chesterton no tenía miedo a experimentar con su propio cuerpo, lo había hecho durante toda su carrera.

Una mañana, Lord Quidstock se extrañó al no encontrarlo en el Surplus Club. No le dio importancia al asunto, y se dedicó a jugar al bridge con otros miembros. Pero, al día siguiente, Lord Quidstock se inquietó porque la ausencia del doctor Chesterton continuaba. Como temía que le hubiera ocurrido algo, decidió ir a su casa.

Lo atendió el mayordomo, quien le explicó que el doctor Chesterton, tres días antes, había encontrado un manuscrito escondido en un viejo libro, y le había generado tal entusiasmo que se mantenía encerrado en el laboratorio desde entonces. Alphonse sabía que su amo se encontraba bien, porque cada tanto oía gritos de júbilo. El mayordomo le ofreció pasar a tomar una taza de té. Lord Quidstock aceptó. Quería tocar a la puerta del laboratorio para saber qué tenía tan entusiasmado a su amigo.

Cuando Alphonse y Lord Quidstock llegaron al salón de té de la mansión, se encontraron con el doctor Chesterton, que tenía manchas de varios colores en su delantal, y lucía una sonrisa indisimulable. Quidstock se sorprendió al ve que el doctor Chesterton estaba ahí.

—¡Mi estimado amigo! Es un placer verlo. Acabo de hacer un descubrimiento extraordinario. ¿A qué debo su visita?
—Sólo vine para saber si se encontraba bien. ¿Qué ha descubierto?
—Lo siento, me agradaría contarle, pero por ahora debe permanecer en secreto. Es un hallazgo muy importante, y es necesario verificarlo bien antes de darlo a conocer.
—Pero, ¿de qué vale nuestra amistad de tantos años?
—Mi estimado Lord Quidstock, yo lo conozco desde hace cuatro décadas. Le aseguro que mi estimación por usted es enorme. Me ha acompañado en los momentos más difíciles de mi vida y en los de mayor satisfacción. Éste es uno de ellos. Pero créame que es mejor para usted no saber el secreto. Ya se enterará a su debido tiempo. ¿Le apetece un té?

Lord Quidstock prefirió volver al Surplus Club, porque se acercaba la hora de comer. Invitó al doctor Chesterton, pero el venerable científico decidió que lo mejor era quedarse en su vivienda y descansar, ya que había estado trabajando durante tres noches seguidas. Su amigo lo entendió, y se marchó hacia el Surplus Club.

El miércoles siguiente, Lord Quidstock llegó al club y encontró al doctor Chesterton en la puerta. Estaba mirando los carros que llegaban y también las personas que entraban al club. Quidstock se le acercó y lo saludó, sin embargo el doctor Chesterton no pareció reconocerlo. Cuando Quidstock lo invitó a entrar al club, el doctor le dijo en forma muy amable que no era miembro, y por lo tanto debía conformarse con admirar a los coches de quienes entraban. Según dijo, esos carros eran propulsados por los mejores corceles de la ciudad. Mencionó también que el mejor carro de todos era el del doctor Chesterton, a quien dijo estar esperando. Lord Quidstock se extrañó. Su británica elegancia le impidió incomodar a su amigo preguntándole qué le ocurría. Entonces, sin más, entró al club.

El jueves, el doctor Chesterton estaba instalado en su sillón cuando Lord Quidstock llegó al club. Luego de entrar, intentó preguntarle por el incidente del día anterior, pero el doctor Chesterton dijo no haber estado en ese lugar. Dijo que había estado experimentando todo el día.

Esa mañana, el doctor Chesterton y Lord Quidstock se dedicaron a jugar al billar. Lord Quidstock tenía muchas ansias de saber cuál había sido el descubrimiento de su amigo, sin embargo la caballerosidad le impedía volver a preguntarle. Después de comer, el doctor Chesterton regresó a su casa, como todos los días. La rutina anterior se restableció. Todo parecía normal.

Algunas noches más tarde, sin embargo, Lord Quidstock se levantó de la cama al sentir unos gritos. Provenían de la calle. Eran gritos extraños y al mismo tiempo algo familiares, a pesar de su absoluta insolencia. Quidstock quiso llamar a su mayordomo, Joseph, para que fuera a ver qué ocurría, pero no lo encontró. Entonces se asomó él mismo a la ventana, y vio a Joseph tratando de contener al doctor Chesterton, que hacía ostensibles gestos con los brazos. Después de unos instantes quedó claro que era también el autor de los gritos.

Quidstock bajó a hablar con su amigo. Intentó averiguar qué estaba pasando. Pero no pudo entenderse con él. No respondía a su nombre, sino que insistía con ver al doctor Chesterton. No había manera de hacerle entender que se trataba de él mismo.

Lord Quidstock envió a Joseph a buscar a algún policía para ver si los podía ayudar. Los vecinos de Savile Row no gustaban de ser molestados y acostumbraban a llamar a la policía ante cualquier ruido. Quidstock pensó que era preferible mantener la situación bajo control y tener a la policía de su lado. No quería que hicieran sufrir innecesariamente a su amigo.

Mientras el mayordomo se dirigía al cuartel policial, Lord Quidstock trató de contener al doctor Chesterton. No encontró manera de convencerlo de que volviera a su casa. Le preguntó por Alphonse, sin que el doctor lo identificara. Lo invitó a pasar la noche en su mansión, pero su amigo dijo que no quería aceptar invitaciones de desconocidos. Lo único que quería era ver al doctor Chesterton.

Un rato después, llegó Joseph con dos agentes de policía. También trataron sin éxito de comunicarse con él. Dado que preguntaba por sí mismo, a uno de los policías se le ocurrió preguntarle su nombre. El doctor Chesterton dijo ser un tal “Mister Boyd”, aunque cuando le pidieron que acreditara esa identidad no pudo hacerlo.

Los policías explicaron que debían llevarlo al cuartel para no molestar el sueño de los vecinos. Lord Quidstock estuvo de acuerdo, le pareció preferible tener a su amigo en un ambiente controlado. Pudo volver a dormir cuando los policías se llevaron al doctor Chesterton.

A la mañana siguiente, el doctor se despertó en una celda del cuartel de policía y se sorprendió mucho al ver dónde se encontraba. Se acercó a la reja y se dirigió al guardia.

—¿Qué hago aquí?
—Está usted preso por alterar la paz del hogar de Lord Quidstock. ¿No lo recuerda?
—¿Cómo voy a hacer eso? Lord Quidstock es uno de mis amigos más cercanos. Mándelo llamar, esto tiene que ser una confusión.
—¿Usted no recuerda lo que ocurrió anoche?
—Anoche estaba experimentando en el laboratorio de mi mansión, y hoy me encuentro aquí. Me parece que son ustedes los que tienen que dar explicaciones. ¿Con qué autoridad me sacan de mi vivienda, sin que me dé cuenta? ¡Exijo que me dejen ir inmediatamente!

Los policías llamaron al médico del cuartel, quien revisó al doctor Chesterton y no le encontró nada. Entonces lo liberaron, con la advertencia de que tuviera cuidado con lo que hacía.

El doctor Chesterton fue desde el cuartel hasta el Surplus Club, sin pasar por su casa. Lord Quidstock llegó bastante tarde. Su caballerosidad hizo que no hiciera ninguna pregunta sobre el incidente de la noche anterior. No obstante, estaba tratando de deducir qué ocurría con su amigo. Luego de un rato, cayó en la cuenta de que era jueves, y notó que los dos incidentes que había protagonizado el doctor Chesterton habían ocurrido en miércoles. Lord Quidstock pensó que el miércoles siguiente podía volver a ocurrir algo. Decidió urdir un plan para averiguar qué era lo que estaba haciendo su amigo.

En efecto, el miércoles siguiente el doctor Chesterton volvió a ausentarse de su casa convencido de ser Mister Boyd. Entonces Alphonse mandó a buscar a Lord Quidstock, poniendo en marcha el plan que, durante la semana, habían convenido. Joseph, el mayordomo de Lord Quidstock, recibió instrucciones de seguir discretamente al doctor Chesterton para mantener la situación bajo control.

El plan era simple: entrar en el laboratorio prohibido y ver en qué consistía el proyecto en el que el doctor Chesterton estaba trabajando con tanto entusiasmo. A ambos les parecía que el descubrimiento que el doctor decía haber hecho estaba relacionado con su extraña conducta.

Abrieron con cautela la puerta del laboratorio y vieron los frascos de diversas formas. Sobre la mesa más grande había un vaso que contenía restos de un líquido verde burbujeante. Cerca de allí había una jarra con ese mismo líquido. La jarra tenía una etiqueta escrita con la letra del doctor Chesterton, que decía “bebida de transformación”. Alphonse y Lord Quidstock conjeturaron que el doctor había bebido ese líquido.

Ambos decidieron que uno de ellos probara el líquido para verificar sus efectos. Convinieron en que debía ser Lord Quidstock. El mayordomo anotaría todo lo ocurrido.

Alphonse sirvió un vaso del extraño líquido y se lo entregó a Lord Quidstock, quien lo bebió con sobria dignidad. Alphonse tenía una libreta en sus manos para documentar todo lo que sucediera. Estaba expectante. Lord Quidstock también. Sin embargo, no notó ningún efecto producido por la bebida, excepto un agradable sabor a limón. El mayordomo, como estaba previsto, le preguntó su nombre. Lord Quidstock contestó correctamente.

Pasaron las horas, y la mente de Lord Quidstock siguió sin sufrir cambios importantes. Ocurría lo mismo con el cuerpo. Llegó un momento en el que, para evitar sospechas, Lord Quidstock tenía que ir al Surplus Club y encontrarse con el doctor Chesterton, que según sus cálculos ya habría vuelto a la normalidad. Así que dieron por fracasado el experimento.

En el camino al Surplus Club, Quidstock se encontró con su mayordomo, que volvía de ahí. Según el testimonio de Joseph, el doctor Chesterton había estado toda la noche en la recepción del Surplus Club preguntando por él mismo. Los empleados al principio le habían querido explicar la situación, pero al ver que no había caso decidieron seguirle la corriente y lo dejaron entrar. Más tarde, le comentaron que se había dormido en uno de los sillones. Joseph agregó que se había quedado toda la noche en la recepción para asegurarse de que todo estuviera bien. En ese momento estaba volviendo a su puesto habitual de trabajo para comenzar con las tareas del día. Lord Quidstock le agradeció la información y se dirigió con más ganas hacia el Surplus Club.

En el club, Quidstock no se aguantó más. Venció los impedimentos de su caballerosidad victoriana y le preguntó directamente al doctor Chesterton qué era lo que estaba investigando, y cuál era el descubrimiento que había hecho. Le explicó también su preocupación por todos los extraños episodios en los que se había involucrado.

Tal confrontación agarró desprevenido al doctor Chesterton, que ante la sorpresa terminó confesando todo.

—Le voy a contar, estimado amigo. Verá, días atrás estaba revisando un viejo libro que me habían enviado de la Biblioteca de Hamburgo, cuando se cayó un manuscrito. Lo levanté con curiosidad, y me encontré con un texto en clave. Después de varias horas pude descifrarlo, y llegué a la conclusión de que lo que había en el manuscrito eran anotaciones de un viejo alquimista que había sido perseguido por la Inquisición. No había logrado hacer oro, pero el viejo papel contenía la fórmula de una bebida para convertir a las personas en otras personas.
—Y consiguió fabricarla, evidentemente.
—Después de largos experimentos. El manuscrito no sólo estaba en clave sino que llamaba a las distintas sustancias por sus nombres alemanes del siglo XVI, y tuve que experimentar bastante. Hasta que llegué a una fórmula satisfactoria.
—¿Y de ahí sale Mister Boyd?
—¿Quién es Mister Boyd?
—Es el hombre que usted dice ser. ¿Sabe quién es?
—Yo no digo ser nadie. Explíquese.
—Usted causó un alboroto en la puerta de mi casa, la noche del miércoles pasado. Hubo que llevarlo detenido. La policía le preguntó su identidad y dijo ser Mister Boyd. ¿No lo recuerda?
—Recuerdo haberme despertado en el cuartel. Pero nada más.
—Bueno, fue mi mayordomo el que acudió a la policía. No sabíamos qué hacer con usted.
—¿Cómo conmigo? Querrá decir con Mister Boyd.
—Pero Mister Boyd era usted.
—¿Cómo lo sabe?
—Es que lo era. Era la misma persona que es hoy, incluso estaba vestido igual, sólo que estaba despeinado, actuaba de manera alterada y preguntaba por el doctor Chesterton, o sea usted, pero haciéndose llamar Mister Boyd. Además, ¿quién se despertó en el cuartel?
—Está usted en un error. En todo caso me habré convertido en Mister Boyd. Me desperté yo, pero el que fue preso fue Mister Boyd.
—Pero Mister Boyd es usted. Todos se dan cuenta, no hay ningún cambio en su apariencia.
—¿Cómo que no hay ningún cambio?

El doctor Chesterton quedó pasmado con esa revelación. Se apoyó en el respaldo de su sillón del Surplus Club, y se quedó meditando durante unos minutos. Finalmente, salió de su trance, se dirigió a Lord Quidstock y le dijo:

—Acompáñeme.

Lord Quidstock lo siguió hacia su casa. El doctor Chesterton lo guió hasta el laboratorio. No se dio cuenta de que alguien había entrado, Alphonse había dejado todo tal como estaba. El doctor le dio a probar el mismo líquido verde que antes no le había hecho efecto.

—Pruebe esto, y veremos qué le ocurre a usted.

Lord Quidstock bebió el líquido. El doctor Chesterton abrió muy grandes los ojos, pero no vio nada extraño. Lord Quidstock seguía siendo el mismo. Pasaron las horas, y el efecto nunca se hizo presente. Entonces el doctor Chesterton decidió encarar personalmente el asunto.

—Vea qué pasa cuando lo bebo yo.

El doctor Chesterton se sirvió un vaso y bebió, con cierta desconfianza en su mirada. Inmediatamente le agarró un ataque de hipo. Cuando terminó, Lord Quidstock le dirigió la palabra:

—¿Mister Boyd?
—No. Soy el doctor Chesterton. Me temo que mi experimento fue un fracaso. No me explico qué pudo haber pasado.

Quidstock le propuso que investigaran juntos. Le pidió ver el manuscrito que había dado origen a las investigaciones. El doctor Chesterton lo guió hasta su biblioteca y se lo entregó.

Al recibirlo, Lord Quidstock se dirigió hacia la mesa principal de la biblioteca para examinar el manuscrito. Durante algunas horas lo miró de distintas maneras. Trataba de encontrar algo que se le hubiera escapado al doctor Chesterton.

De repente, lanzó un recatado grito de “eureka”. Cuando el doctor se le acercó, Quidstock le mostró unas iniciales que estaban casi borradas del borde del manuscrito: S. F.

—¿San Francisco? —preguntó el doctor Chesterton.
—No —respondió su amigo—. Este manuscrito no está en alemán antiguo, sino en un dialecto austríaco. Vienés, para ser más preciso. S. F. no es otro que Sigmund Freud. Evidentemente, esto es un experimento de la Psique.
El doctor Chesterton miró otra vez el manuscrito, incrédulo. Lord Quidstock siguió extrayendo conclusiones.
—Fíjese que hay dos partes diferenciadas, que incluso tienen distinta letra. La primera parte son notas de un experimento con un placebo. La segunda es la receta de una bebida. Se ve que usted tenía tantas ganas de que su experimento funcionara, que no sólo mezcló todo sino que realmente creyó que estaba funcionando. Pero, como puede ver, todo es un truco idiomático.

El doctor Chesterton quedó pasmado. Fue hasta el laboratorio, mientras Lord Quidstock corría tras él. Tomó un sorbo de la extraña bebida, sin que le hiciera ningún efecto. Luego bebió otro sorbo, y rápidamente terminó todo el vaso.

Lord Quidstock se acercó y expresó que lamentaba la frustración que debía estar sintiendo. Pero el doctor Chesterton se encogió de hombros y respondió: “Sí, mi experimento fue un fracaso, pero no me he quedado con las manos vacías. He podido llegar a la fórmula de esta bebida. Es muy buena, ¿no le parece? Sospecho que puede haber un mercado para una bebida sabrosa, fresca y burbujeante. Tendríamos que fabricarla a gran escala. Le propongo que seamos socios.”

Lord Quidstock no quiso participar, pero dio el visto bueno a la operación y le deseó suerte. El doctor consiguió inversores y comenzó a embotellar la extraña bebida. El público respondió con entusiasmo. El negocio creció y el doctor Chesterton, en pocos años, pasó de ser un médico retirado a quien le gustaba experimentar sobre sí mismo, a ser el primer gran embotellador de bebidas gaseosas de toda Inglaterra.

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8 Feb 2011
Pop! Del año:

Margaritas a los chanchos

El chancho Osvaldo, cansado de revolcarse en el barro, fue a dar una vuelta por el chiquero. No pensaba que se fuera a producir ninguna novedad, después de todo él conocía bien ese chiquero. Había estado toda su vida ahí. Pero esta vez fue diferente. En un rincón, encontró un ramo de margaritas que alguien había tirado.

Eran más de diez flores, y algo en ellas lo atrajo. No sabía bien qué exactamente, pero mirarlas le producía placer. Por eso quiso compartirlas con su novia, la chancha Ediberta. Ella estaba en otro sector del chiquero, y entonces el chancho Osvaldo agarró una de las margaritas con la boca para llevársela.

En el camino, se cruzó con el chancho Julio, quien le hizo una expresión de burla por el extraño objeto que llevaba. El chancho Osvaldo sabía que el resto del chiquero no iba a ver las flores igual que él. Por eso no le preocupó la jocosidad del chancho Julio.

Cuando llegó adonde estaba la chancha Ediberta, ella estaba revolcándose en el barro. Al chancho Osvaldo no le gustaba mucho esa costumbre, pero sabía que era necesaria para su subsistencia. Él también la practicaba a pesar del desagrado que le producía, sin embargo creía que la chancha Ediberta la disfrutaba demasiado. Era uno de los desacuerdos que tenía con su novia, y el chancho Osvaldo no le daba importancia. Estaba seguro de que tenían muchas más cosas en común, y también tenía la certeza de que ella iba a apreciar la margarita que le llevaba.

La chancha Ediberta, al ver la margarita, pensó que era una broma y se echó a reír de una manera similar a la del chancho Julio. La reacción deprimió al chancho Osvaldo, que era fácil de deprimir. Y entonces el chancho Osvaldo se fue con la margarita al rincón del chiquero donde la había encontrado.

Las otras margaritas seguían ahí, y a pesar de algunas manchas de barro continuaban exhibiendo lo que el chancho Osvaldo percibía. El chancho Osvaldo se largó a llorar. No entendía por qué él siempre tenía que ser diferente. Pero tampoco quería ser como los demás. Más bien su frustración venía del hecho de que los demás no fueran como él.

Al verlo en ese momento, la chancha Ediberta fue hacia él para tratar de consolarlo. Ella era la que más lo entendía en todo el chiquero. Sabía que el chancho Osvaldo era muy sensible, y aunque estaba un poco cansada de estas situaciones, sentía que era su deber sacarlo del estado lacrimógeno en el que se encontraba.

Cuando llegó, le quiso preguntar por qué era tan infeliz. Pero él no le quiso contestar. No estaba en condiciones de comunicarse, y le dio a entender que quería estar solo. La chancha Ediberta, que ya tenía experiencias en ese tipo de situaciones, lo dejó con su pena.

El chancho Osvaldo se quedó regodeándose en esa pena. Deseaba irse a vivir a otro chiquero, uno donde lo entendieran y aceptaran su manera de ser. Soñaba con un mundo ideal en el que todos los chanchos tuvieran el mismo concepto de belleza que él, y además no necesitaran revolcarse en el barro. Pero sabía que era utópico, eso no iba a ocurrir nunca. Antes que seguir pensando en todo eso, prefirió irse a dormir. Y, sin darse cuenta, se durmió sobre las margaritas.

Cuando se despertó, se dio cuenta de lo que había hecho. Y se deprimió más. Había arruinado las flores. El chancho Osvaldo las agarró para tratar de limpiarlas, pero fue inútil. Las margaritas pasaron a ser grises. Habían perdido su pureza.

Sin embargo, un hecho lo sorprendió. Muy cerca de él estaba el chancho Julio, y no se reía. El chancho Osvaldo creyó que se iba a reír, pero el chancho Julio no lo hizo. Rápidamente se acercaron otros. Vinieron el chancho Arturo, el chancho Saúl, la chancha Etelvina, el chancho Rafael, la chancha Violeta y el chancho Juan Alberto. También estaban sus padres, el chancho Antonio y la chancha Josefina. Junto a todos ellos venía la chancha Ediberta.

El chancho Osvaldo creyó que se acercaban para tratar de consolarlo inútilmente. De repente, todos los chanchos se acercaron al ramo de margaritas manchadas con barro, y cada uno agarró una flor. El chancho Osvaldo creyó que las iban a tirar para que él no pensara en ellas. Pero no fue así. Los chanchos acomodaron las margaritas cerca de sus cabezas, las pegaron con barro y empezaron a caminar por el chiquero, luciéndolas.

Todos hicieron eso menos la chancha Ediberta, que se quedó al lado del chancho Osvaldo y le colocó a él una margarita del mismo modo que habían hecho todos.

En ese momento, el chancho Osvaldo comprendió lo que había pasado. El barro había hecho que los otros chanchos pudieran apreciar la belleza de las margaritas. Sólo había sido necesario adaptarlas a su esquema. El chancho Osvaldo se alegró. Dejó de sentirse un incomprendido para pasar a sentirse un visionario.

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4 Dec 2010

Siameses en el fútbol

El caso de los hermanos Benson, en la segunda división de Inglaterra, había causado una decisión sin precedentes en la FIFA: a partir de ese momento, los hermanos siameses en un equipo se contaban como un solo jugador, debido a la imposibilidad de separarlos.

En un equipo de la ciudad de La Plata, que no será nombrado, se decidió aprovechar la regla. Era un club que estaba acostumbrado a jugar con los límites del reglamento, y se lo veía como una nueva treta. La reglamentación autorizaba, en efecto, a salir a la cancha con doce jugadores. Pero el presidente del club vio una posibilidad más ventajosa: si usaba todos futbolistas siameses, podría jugar con veintidós. De este modo, se razonó, no habría quién les ganara al tener una ventaja numérica de 11 jugadores.

Durante la pretemporada el club se desprendió del plantel que tenía, y contrató un equipo íntegramente formado por hermanos siameses. El equipo fue inscripto y los abonos anticipados se agotaron en pocas horas, algunos porque pensaban que el equipo iba a arrasar con todos, y otros que querían ver el curioso espectáculo.

Cuando empezó el campeonato se vio que la idea no era tan buena. Los siameses se enredaban con la pelota, y se estorbaban para correr. A la hora de cabecear, debían levantar el doble de peso y ganarle a la marca, lo cual era muy difícil de hacer sin cometer falta. Algunos jugadores siameses más o menos podían llevar la pelota, pero para la mayoría el hermano resultaba un estorbo. De este modo, empezaron a perder todos los partidos por goleada.

El presidente se vio en problemas. Todos lo acusaban de ser el ideólogo del desastre ocurrido, y tenían razón. Entonces supo que para salvar su futuro político debía recurrir a medidas drásticas.

Cuando llegó el receso de la mitad de la temporada, el equipo tenía 19 partidos perdidos, con 64 goles en contra y ninguno a favor. No le habían cobrado un penal en todo el campeonato, y el equipo estaba irremediablemente último en la tabla.

A lo largo del campeonato, el presidente había empezado a hacer gestiones. No le dejaban contratar más de cuatro refuerzos para el siguiente tramo del torneo, y era muy evidente que necesitaba más. Por ese motivo, se le ocurrió que podía someter a los siameses a cirugías para separarlos. La idea contó con la resistencia de algunos hermanos, salvo de unos pocos que eran conscientes de que debían hacer algunos sacrificios por el bien del equipo.

Pero el presidente no contó con un aspecto de la reglamentación: si se separaban los siameses, cada hermano separado contaba como un refuerzo. De este modo, no tuvo manera de reconstituir el plantel, y el equipo se fue al descenso al final de la temporada.

Tiempo después, luego de destituido el presidente, el club pudo volver a ascender con un equipo de jugadores autónomos. Pero el apodo de “los siameses” les quedó para siempre.

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1 Dec 2010
Deportes Del año:

Otra vida

Cada niño nace casi como feto. Juan, cuyo hijo está allí, sabe esto. Sexo: nene. Juan está como loco. Mira esos ojos. Mira cómo abre bien cada mano este pibe. ¡Está vivo! Esta hora será rara, como toda gran hora. Juan goza. Baja baba como agua.

Buen plan, gran idea tuvo Mara, supo Juan. “Esto anda”, dijo. “Este amor está bien”. Allí está Mamá Mara. Juan mira cómo Blas toma teta. Ella hace algo para usar cada mama. Juan hace clic. Saca foto tras foto. Todo esto será film.

“Juan, poné allá este moño azul”, dice Mara. Juan hace caso.

Cayó Mimí. Ella está algo mala, ayer hubo vino. Pero todo bien. Este olor dice algo: Blas hizo caca. “Dale Juan, hacé como dije”, pide Mimí. Será raro usar tela, pero todo está caro.

¿Será gran tipo Blas? Juan, dice, será buen papá. Blas hará gran obra, cree Juan. Hará todo bien. Todo será goce.

Todo está bien. Blas está sano. Mara yace. Juan reza. Dios dará.

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28 Nov 2010

Escape de la isla

Delfo era un prestigioso arquitecto cubano. Su talento hacía que fuera el favorito de los líderes del régimen comunista que en esa época gobernaba la isla. Construía toda clase de edificios para los máximos exponentes del gobierno, y a veces también hacía construcciones públicas. Se destacaba, además, por su habilidad manual y su capacidad para arreglar cualquier objeto con los precarios elementos con los que contaba el pequeño país.

Sin embargo, Delfo era opositor al régimen. Trataba, con suma cautela, de colaborar con los esfuerzos desestabilizadores. También soñaba con emigrar a países que le ofrecieran más oportunidades para desarrollarse profesional y personalmente.

Delfo tenía un hijo, Iker, cuya madre había muerto en un intento de fuga de la isla. Delfo había colaborado con la construcción de la balsa en la que su mujer había embarcado su esperanza de libertad, y se quedó muy contrariado con el desenlace. Quería buscar un método mejor para salir de la isla.

El gobierno, consciente de su talento y sus ideas políticas, no quería que Delfo se escapara. Le prohibieron la salida del país y, para intimidarlo, le recordaron que si se intentaba escapar su hijo pagaría las consecuencias.

Delfo pasaba largas horas en la playa, reflexionando sobre su situación. La arena y el mar le daban ánimo. Un día encontró sobre la orilla una pluma de gaviota y tuvo una inspiración. Pensó que tal vez podía construir un par de alas, y burlar con ellas a la vigilancia costera.

Así que Delfo convocó a su hijo para que lo ayudara a buscar plumas. Mientras tanto, iba bocetando secretamente diseños de alas. No podía hacer prototipos porque iba a resultar sospechoso, pero sus conocimientos de diseño le proporcionaban suficiente confianza como para lanzarse a la conquista del aire.

A medida que pasaron los meses y su hijo le fue trayendo plumas, fue confeccionando dos pares de alas, una para él y otra para Iker, a quien pensaba llevar hacia el estado americano de Florida. Había llegado a la conclusión de que el mejor material para unir las alas era la cera. El único inconveniente era que la cera podía derretirse cuando había altas temperaturas, pero Delfo sabía que, a medida que uno se eleva en el aire, el calor disminuye.

Al cabo de un tiempo, llegó el gran día. Las alas estuvieron listas. Delfo le enseñó a su hijo cómo usarlas, haciendo pequeños vuelos dentro de su casa. Esa noche fue a buscar la ración de 100 gramos de carne que le correspondía para ese mes, y la compartió con su hijo. Planeaban irse al día siguiente, y necesitaban estar bien nutridos. Era un vuelo de unos 100 kilómetros, distancia accesible pero difícil.

A la mañana siguiente, le colocó las alas a Iker y ambos salieron. Volaron un rato sobre su barrio para acostumbrarse a la sensación y aprender a controlar las alas. El vuelo llamó la atención de los vecinos y, naturalmente, también de las fuerzas de seguridad. Pero, al estar en el aire, nadie tenía chances de alcanzarlos. La policía no podía más que gritarles que bajaran.

Cuando entraron en confianza, fueron hacia el mar, en dirección a Miami. Delfo se preocupaba por las cuestiones de dirección, mientras Iker estaba encantado, disfrutando el vuelo y revoloteando por todos lados. Delfo le había advertido que podía encontrar distintas corrientes de aire, e Iker se divertía dejándose llevar por ellas.

El vuelo fue placentero, y las alas se mantuvieron en excelente forma durante el trayecto. La cera se mostró como un material óptimo para unir las plumas sin agregar demasiado peso a las alas. En un momento, Delfo e Iker divisaron tierra. La Florida estaba cerca.

Desde el continente, a su vez, divisaron a los voladores. La ley de los Estados Unidos decía que los inmigrantes cubanos que llegaban a la costa debían ser recibidos como refugiados, pero al mismo tiempo el Estado tenía la obligación de proteger la frontera, sin dejar entrar a ningún intruso.

Y debido a ese último aspecto legislativo, la guardia de la frontera envió un misil para derribar a los que estaban violando su espacio aéreo. Delfo pudo esquivarlo, pero el misil impactó en las alas de Iker y las incendió. El fuego derritió rápidamente la cera y consumió las plumas. Delfo sintió el ruido y, al mirar atrás, vio cómo caía al mar su hijo.

Gracias a su habilidad manual, Delfo pudo maniobrar entre los misiles y aterrizó satisfactoriamente en Miami. Fue recibido como refugiado y se integró a la comunidad cubana de esa ciudad, ya libre de las amenazas del régimen de su país. Con el tiempo pudo formar una familia y establecerse como arquitecto en los Estados Unidos. Pero le quedó para siempre el dolor de la pérdida de su hijo en el trayecto hacia la libertad.

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22 Nov 2010

El agua corporal

El cuerpo de Silvio tenía aproximadamente un 60% de agua. Esta proporción no había sido constante durante su vida: de bebé estaba compuesto por más agua que como adulto. Luego había engordado, lo que redujo el porcentaje. Pero cuando adelgazó el agua recuperó terreno y llegó al 60% que se menciona más arriba.

El agua no estaba distribuida de la misma manera en todo el cuerpo. El cerebro de Silvio era 70% ese líquido. Los pulmones tenían más agua: cerca del 90%. Más que la sangre, que a pesar de ser líquida sólo tenía 83% de agua.

Todos los días Silvio reemplazaba más de 2 litros de agua que perdía en el curso natural de su vida. Lo hacía bebiendo agua líquida, pero también extrayéndola de los alimentos que consumía, los cuales también tenían un porcentaje importante de agua.

Dos tercios del agua que componía en gran parte a Silvio estaba en el líquido intracelular o citosol. El otro tercio formaba los fluidos extracelulares. De ellos, un cuarto era el plasma, el componente líquido de la sangre. Los otros tres cuartos estaban en el líquido intersticial, que se podía encontrar entre sus células. Una cantidad ínfima se encontraba en el fluido transcelular contenido dentro de los órganos de Silvio.

Pero esta composición no duró mucho tiempo. Silvio consiguió un paquete barato para viajar a la India. El precio era por temporada baja, y lo que Silvio no sabía era que la temporada baja se daba por las temperaturas extremadamente altas. Y a causa de esas temperaturas un día el 60% de Silvio se evaporó. Quedaron en el piso su 18% de grasa y su 22% de proteínas y carbohidratos. Estas sustancias formaron un polvo que, tiempo más tarde, fue esparcido por la superficie del planeta gracias a la acción del viento. El resto de Silvio pasó a ser parte de la atmósfera y después de unos meses se condensó y volvió a la superficie como parte del monzón.

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19 Nov 2010
Cuerpo humano Del año:

Cosmos literario

Los humanos vivimos en un universo que no tiene por qué ser el único. La palabra universo se inventó para definir a todo lo que existía, y la ciencia se dedicó a investigarlo. Hasta que se estableció la idea teórica de la posible existencia de otros universos, y la palabra quedó chica. Entonces se decidió emplear el vocablo cosmos para definir a todo lo que existe, existió y existirá. De este modo, el Cosmos es más universal que el Universo.

No obstante, a la ciencia que se encarga de desarrollar modelos de universos posibles se la denomina cosmología, y no universología. Un fenómeno similar ocurre con la palabra átomo, que se inventó para determinar a la partícula más chica posible, y se empezó a usar como tal antes de que se descubriera que el mal llamado átomo estaba compuesto de partículas aún más chicas.

Hasta ahora, la ciencia no ha descubierto ningún universo fuera del que conocemos. Pero la literatura crea universos todo el tiempo. Son lugares que existen dentro de la ficción, que viene a ser como un superuniverso paralelo al de la no-ficción. Ambos superuniversos están contenidos en el cosmos literario, que incluye todos los universos posibles.

De cualquier modo, que sean universos posibles no significa que se hayan inventado. Esos universos aún no forman parte de la ficción ni de la no-ficción, por lo que están en un tercer superuniverso que podríamos denominar todo lo demás. A continuación, vamos a hacer unos cambios drásticos en la estructura del cosmos literario.

Declaro que existe una novela en la que el protagonista recorre todos los universos posibles. Nunca ocurrió lo que dice la novela, por lo que pertenece a la ficción. Pero al existir esta novela, el superuniverso de la ficción se ha tragado al de todo lo demás. El superuniverso de la ficción pasó, a partir de este párrafo, a ser el más grande de la literatura. Ya era mucho más grande que el de la no-ficción, pero ahora se convirtió en un hiperuniverso de un tamaño tal que se lo confunde con el cosmos literario. La literatura de no-ficción quedó reducida a un pequeño porcentaje.

Pero vamos a hacer una prueba más. Declaro que existe un catálogo de todos los universos que existen en el superuniverso de la ficción. El catálogo, al existir y hablar de algo real, pertenece a la no-ficción. De este modo, el casi inexistente superuniverso de la no-ficción se ha tragado al de la ficción, y pasó a integrar la totalidad del cosmos literario.

Todo esto nos lleva a una conclusión ineludible: los géneros literarios no existen, son todos una ilusión que el Hombre creó para poder entender el complejo mundo del cosmos literario, que a partir de este momento se simplificó enormemente.

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16 Nov 2010
Juegos Del año:

Incendio en el subte

Era la hora pico del Día del Amigo, y el tren venía completo. El aire estaba viciado, y la respiración se hacía difícil. Pero respirar no era la mayor dificultad. Algunos pasajeros privilegiados tenían asiento y algo de espacio para moverse. Los demás estaban parados y no contaban con espacio de maniobra. Los que querían salir tenían problemas en llegar hasta la puerta, y los que querían entrar en las estaciones tenían que empujar a los que ya estaban adentro. En fin, se trataba de un viaje normal.

De repente, el vagón se incendió. Las llamas se esparcieron por toda la estructura, y el tren se detuvo en el medio del túnel. Los pasajeros entraron en pánico y querían escapar. El conductor intentó usar el intercomunicador para dar las instrucciones de emergencia, pero sus esfuerzos fueron vanos. Los pasajeros, desesperados, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Algunos lo hicieron por la desesperación, otros por considerar que el conductor tenía la culpa del incendio.

Algunos pasajeros quisieron pedir ayuda. Como era el Día del Amigo, los celulares no tenían señal. Sin embargo, hubo quien notó que había un botón para llamar en caso de emergencia. Intentaron usarlo, pero estaba cubierto por un plástico protector. Un letrero decía que en caso de emergencia había que romperlo con el martillo que se proveía. El problema era que no había martillo. Había sido robado por un vándalo muchos años antes.

Unos pasajeros intentaron romper el plástico a golpes de puño, sin conseguirlo. La tapa estaba pensada para sobrevivir a vándalos como los que habían robado el martillo, y no era fácil de romper. Los pasajeros seguían en pánico, pero como no se podían mover no se notaba mucho. Un pasajero con gran musculatura quiso ir hasta la tapa de plástico para ver si la podía romper, y la cantidad de gente se lo impidió.

Los ocupantes del tren quisieron bajar antes de ser consumidos por el fuego. Intentaron abrir las puertas, y no lo lograron. Los de los vagones extremos buscaron una salida de emergencia que no existía. La desesperación iba en aumento. Los movimientos nerviosos de los pasajeros hacían mover al tren sobre la vía. Algunos quisieron tirarlo de costado, sobre la vía opuesta, para ver si de esa forma podían salir.

Sin embargo, un hecho trajo algo de calma. El fuego empezó a ceder casi espontáneamente. Se extinguía gracias a la falta de oxígeno en el túnel. Los pasajeros, contentos, se acordaron de que debajo de los asientos había matafuegos, y con ellos era posible apagar las llamas que quedaban. Los que estaban sentados los buscaron. Se encontró un matafuegos por vagón. Sin embargo, al seguir las instrucciones se encontraron con que estaban vencidos, y lo que salió de las mangueras fue una pestilente sustancia amarillenta que no apagaba nada.

El fuego, en tanto, seguía extinguiéndose. Hasta que en un momento se extinguió completamente. Al ocurrir eso, los pasajeros festejaron. No se daban cuenta de que se había acabado el oxígeno. Sin embargo, no tardaron en saberlo. Fue cuando todos tuvieron problemas para respirar. En pocos minutos todos los pasajeros habían muerto.

Cuando llegaron los bomberos al lugar del hecho, no sospechaban que iban a encontrar el tren lleno de cadáveres. Al ver el tren vieron a los pasajeros algo quietos, pero parados. Al abrir la puerta, supieron que habían quedado parados porque eran tantos que no tenían ningún lugar adonde caerse.

Al comprobarse que no había sobrevivientes, se decidió llevar a la formación hasta la terminal. De esta forma podía volver a habilitarse la línea. Un conductor con máscara de oxígeno llevó al tren a la estación de cabecera, y en ese lugar se procedió a retirar los cadáveres. La línea volvió a funcionar, pero como faltaba uno de los trenes la frecuencia no era la acostumbrada.

Una vez terminados todos los peritajes correspondientes, la formación incendiada recibió tareas de mantenimiento. Se verificó que la estructura mecánica del tren no había sido afectada. Luego la unidad fue lavada, los vestigios de quemaduras fueron cubiertos de papeles, y la publicidad de a bordo fue reemplazada. De este modo, la formación estuvo lista para salir a servicio y la línea pudo volver a tener la frecuencia habitual.

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10 Nov 2010
Juegos Del año:

Un mal pronóstico

Una corriente de baja temperatura se acercaba a Buenos Aires dispuesta a ocupar la ciudad y causar molestias a los habitantes. Avanzaba raudamente a través de las pampas, sin encontrarse en el camino con ningún accidente geográfico.

De repente se le interpuso una masa de aire antártico que iba hacia el mismo lugar. La corriente de baja temperatura quiso adelantarla para llegar primero, pero no pudo lograrlo y se produjo una colisión.

El choque provocó una tormenta que debilitó a las dos, aunque sin extinguirlas. Siguieron su camino hacia Buenos Aires, pero a menos velocidad, y gracias a esa lentitud las alcanzó un frente polar que iba desde más lejos también hacia la gran metrópolis.

La masa de aire antártico y la corriente de baja temperatura quedaron en segundo lugar. Para recuperarse en la carrera la rodearon, una por el este y la otra por el este. Desde esas posiciones amenazaban con aplastar al frente polar.

El frente polar frenó y empezó a variar su dirección en zigzag, tratando de molestar a los demás vientos para dispersarlos y poder llegar con fuerza a la ciudad.

Estaban en ese tira y afloje cuando alcanzaron a una columna de frío que iba hacia Buenos Aires más lentamente. Ahí los tres vientos comprendieron que ninguno de ellos tenía más derecho que los demás de llegar primero a Buenos Aires, y de este modo la corriente de baja temperatura, la masa de aire antártico, el frente polar y la columna de frío avanzaron juntas hacia la ciudad.

Al día siguiente, la gente de Buenos Aires debió salir abrigada.

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7 Nov 2010

Maletines perdidos

Un estudio de la Facultad de Ciencias Económicas de esta ciudad reveló que se devuelve uno de cada cien mil maletines con dólares que se pierden en el país. Los demás maletines nunca vuelven a manos de sus dueños.

El estudio se hizo en base a un muestreo estadístico de denuncias policiales, reclamos a compañías de seguros y noticias periodísticas acerca de maletines recuperados. Extrapolando los datos se arribó a la proporción informada.

“Imagínese”, dice el director del proyecto Emilio Antón, “para que cada dos o tres meses salga en el diario alguien que devolvió un maletín con dólares tiene que ser un hecho inusual no la pérdida de estos maletines sino su devolución. Y la frecuencia de devoluciones es mucho más alta de la esperada, lo que nos lleva a pensar que hay muchas más pérdidas de maletines que las que se denuncian”.

En el informe final del equipo de trabajo se mencionan algunas causas que pueden llevar a la no denuncia de la pérdida de los maletines con dólares. Casi todas involucran actos ilegales.

Según una encuesta publicad el año pasado, la tendencia de perder maletines con dólares es una de las tres mayores causas de la elección laboral de los taxistas. Jorge Villareal, un taxista oriundo del barrio porteño de Almagro, dice que se le ocurrió manejar un taxi “cuando leí en el diario que un hombre se había dejado un maletín con 150.000 dólares en el asiento trasero de un taxi y el conductor lo había devuelto. Pensé que el tipo era un pelotudo, y que yo no devolvería ni en pedo esa plata. Así que, como también necesitaba trabajar de algo, pensé que podía manejar un taxi por si me ocurría esto”. Consultado sobre si alguna vez le pasó, Villareal, a quien le gusta operar principalmente en el microcentro, contestó que “tres o cuatro veces hubo gente que se dejó maletines, pero eran clientes habituales de la empresa de radio taxi y me rastrearon antes que pudiera llevarme los dólares”.

El Centro Nacional de Ayuda a Dueños de Maletines Perdidos, CNADMP, aconseja en su sitio web prevenir el extravío a través de una cadena atada a la muñeca del portador del maletín. Dice también el texto introductorio del mismo sitio: “no se deje engañar por las noticias de maletines devueltos, esto ocurre en un porcentaje muy reducido de los casos”. El Centro recomienda, asimismo, usar transferencias bancarias, tarjetas de crédito o cheques como alternativa a llevar los dólares en un maletín.

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2 Oct 2010
Pop! Del año:

El hombre que hacía chistes a los mozos

Luis solía ir a comer afuera, era uno de sus divertimentos. A él le gustaba mostrarse amistoso y ganarse la confianza de la gente, no con el objetivo de obtener mejor servicio por eso sino para caer simpático. Le gustaba caerle bien a la gente y la trataba con sonrisas, prefiriendo ver también una sonrisa en los que se cruzaban en su vida.

Por eso le pareció buena idea hacer chistes a los mozos de los restaurantes a los que iba. No le costaba nada y pensaba que podía ser una manera de alegrar a gente que no sólo lo servía sino que hacía un trabajo que a él no le parecía muy atractivo. Vale aclarar que Luis no tomó una decisión de dedicarse a hacer chistes a los mozos, sino que se limitó a no excluirlos de los chistes que hacía en general.

Un día la persona que estaba con él quería tomar agua con gas y él quería agua sin gas. Entonces se le ocurrió algo ingenioso y llamó al mozo:

-Para tomar queremos un agua con gas y una soda sin gas.

Pero el mozo no inició la predecible carcajada, sino que le contestó con una pregunta:

-¿Qué?

La persona que acompañaba a Luis, que lo conocía, se apiadó del mozo y le hizo el pedido en los términos usuales.

A Luis no le había gustado que el mozo no entendiera el chiste que a él le había parecido bueno, por más que se le hubiera ocurrido a él mismo. Y adjudicó la reacción al ruido del lugar, al apuro del mozo y a su negativa a repetir los chistes una vez dichos.

Otro día le preguntó a un mozo de un restaurante algo caro si la cantidad de ravioles que venían en los platos que servían allí se podía contar con los dedos de una mano. El mozo le contestó ofendido que sí, y su intento de quedar simpático fue neutralizado.

En otra ocasión había pedido pastas sin volver a preguntar cuántas venían, pero no le habían traído queso rallado. Entonces llamó al mozo y le pidió si le podía traer “queso de rallar rallado”. El mozo hizo una mueca y Luis, resignado, dijo “queso rallado”, aditivo que el camarero acercó un instante después.

Pero estas decepciones no habían hecho que Luis dejara de hacer chistes a los mozos. Él tenía confianza en sus chistes y en la capacidad de los mozos en entenderlos. Hasta que un día fue a una confitería a merendar y pidió un tostado de jamón y queso sin jamón. El mozo le dijo que se lo iba a traer, sin reírse ni pedirle que repitiera. Pero luego de unos minutos le trajo un sándwich de jamón y queso sin tostar.

En ese momento Luis comprendió que no era conveniente hacer chistes a los mozos y, triste, eligió no volver a hacerlo.

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23 Sep 2010
Juegos Del año:

El ataque de los zombies numismáticos

Los zombies numismáticos se acercaban lentamente a una gran capital. Se los reconocía porque tenían la ropa muy deteriorada, los brazos extendidos y todo el tiempo balbuceaban:

-Moneeedas, moneeedas.

Los zombies estaban siempre buscando monedas, y cuando las encontraban se hacían de ellas y se las comían. Si las monedas tenían dueño resultaban sustraídas y, en ese acto, el dueño se convertía en zombie. Así, el grupo de zombies numismáticos iba creciendo.

-Moneeedas, moneeedas.

Cuando los zombies fueron llegando a la ciudad empezaron a escasear las monedas. Al principio no se sabía por qué faltaban, más tarde se fue corriendo la voz de que alguna gente había sido captada por la banda de zombies.

Ante la escasez y la amenaza que traían los zombies, la sociedad se decidió a combatirlos. Se requería de un plan, y para hacerlo lo primero que se tuvo que tener en cuenta era diferenciar entre los zombies verdaderos y las personas que buscaban monedas para poder viajar en colectivo, que cuando veían una moneda se expresaban en forma similar:

-Moneeedas, moneeedas.

El gobierno nacional decidió abolir las monedas y se incorporó un sistema de tarjetas recargables para poder usar los colectivos. La incorporación de ese sistema implicó un aumento en el boleto para poder hacer frente al costo de las máquinas aptas para ese medio de pago.

Pasó bastante tiempo en estas decisiones y los zombies continuaban con su hambre voraz. Un grupo de gente se hartó de los vaivenes gubernamentales y decidió tomar las armas. Empezaron a combatir a los zombies a escopetazos. Pero resultó que el plomo de las balas hacía más fuertes a los zombies, y reemplazaba a las monedas que faltaban. Los integrantes de ese grupo que no se convirtieron en zombies fueron detenidos por la policía para evitar que produjeran más problemas.

El gobierno no sabía cómo combatir a los zombies y recurrió a ayuda internacional. La Organización Mundial de la Salud convocó con urgencia a un panel de expertos para tratar el tema. Mientras tanto se cerraron las fronteras del país afectado.

Los zombies, a su vez, se manejaban a sus anchas por la ciudad y estaban muy a gusto en el distrito industrial, donde si no conseguían monedas podían encontrar toda clase de metales para ingerir.

En un momento un grupo de zombies entró en una fábrica de golosinas donde se hacían monedas de chocolate. Al ver tamaño tesoro los zombies llamaron a los demás, sin darse cuenta de que eran golosinas y no monedas de verdad.

Resultó que no importaba. Las monedas de chocolate encantaron a los zombies, que rápidamente se volvieron adictos a esas golosinas. Se corrió la voz entre los zombies y pronto todos estuvieron dentro de la fábrica comiendo monedas de chocolate, paragüitas de chocolate y bocaditos de chocolate y marroc.

Al darse cuenta de que todos los zombies estaban en la fábrica de golosinas, el gobierno quiso aprovechar para eliminarlos y sitió el lugar. Pero tuvo la oposición de organizaciones ecologistas, que se manifestaron en contra de la eliminación de los zombies con consignas como “salvemos a los zombies”. La opinión pública, sensible a los problemas de la ecología, se puso en contra de que eliminaran a los zombies y al gobierno empezó a no convenirle deshacerse de esos entes.

El gobierno razonó que tampoco le convenía dejar salir a los zombies, dado que se volvería a los problemas de antes. Entonces resolvió, de común acuerdo con las organizaciones ecologistas, crear una reserva de zombies en la fábrica de golosinas.

Se resolvió financiar el mantenimiento de la reserva, no previsto en el presupuesto de ese año, mediante la creación de un impuesto a las golosinas. Gracias a ese impuesto se creó un fondo para otorgar chocolate a los zombies y para reforzar las paredes exteriores en los que se los mantuvo encerrados desde ese momento.

La sociedad se liberó así de los zombies. Al pasar los años el episodio quedó bastante olvidado y sólo cada tanto se hablaba de lo que había ocurrido cuando algún documentalista valiente lograba adentrarse en la reserva y acercaba imágenes escalofriantes.

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20 Sep 2010

La primera máquina del tiempo

Un grupo de ingenieros y científicos del MIT anunciaron la puesta en marcha de la primera máquina del tiempo de funcionamiento comprobado. Fruto de veinte años de investigación, diseño y desarrollo, la máquina permite transportar en el tiempo a una persona de no más de 1,50m de alto.

La complejidad de los materiales usados hace que ocupe una sala entera de 57 metros cuadrados. Su peso es de 34 toneladas. Se espera que, a medida que la tecnología vaya avanzando, el espacio y el peso se reduzcan.

Aún con capacidades limitadas, la máquina es un gran avance para la tecnología del hombre. Se trata no sólo de un hito ingeniería sino también de un triunfo de la ciencia teórica. La máquina ha sido probada con éxito por veedores internacionales, quienes certificaron que puede transportar a su pasajero hacia el futuro y también hacia el pasado.

Para lograr el cometido, debe realizarse complejas operaciones que demoran alrededor de veinte minutos, aunque si se utiliza un equipo de cien ingenieros el tiempo se puede reducir hasta un 20%. Como parte del proceso, el ocupante de la máquina elige si quiere ser transportado hacia el pasado o el futuro.

Por el momento, la máquina sólo puede transportar a su pasajero hasta un segundo en el futuro o el pasado, aunque se está trabajando en nuevos prototipos que triplican esta capacidad.

Aún con las limitaciones, este primer intento es uno de los mayores avances de la historia de la humanidad, y se espera que, cuando la tecnología avance lo suficiente, sea un invento que pueda cambiar para mejor esa historia.

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17 Sep 2010

Efecto Doppler

Cuando voy parece que vengo. Esto se compensa cuando vengo, pues en esas circunstancias parece que voy. Cuando estoy quieto parece que estoy en movimiento. En cambio, cuando me muevo no parece que esté quieto. En su lugar, se abren dos opciones. Si cuando me muevo me alejo del que me mira parece que me acerco, y si me acerco parece que me alejo, como ya se ha dicho.

También pasa esto con los demás. Cuando se alejan de mí parece que se acercan, y cuando vienen parece que van. Si yo me acerco pero ellos están quietos yo los veo alejarse, pero cuando yo estoy quieto y ellos se alejan ellos no ven que me acerco, porque tienden a estar de espaldas.

Todo esto hace que yo esté muy aislado de la sociedad y me ha perjudicado mucho en mis relaciones sociales. Cuando trato de encontrarme con alguien, ese encuentro puede darse pero ninguno de los dos se da cuenta, dado que mientras más cerca estemos más lejos parece que nos encontramos. Y cuando me alejo de alguien parece que me acerco, lo mismo que cuando alguien se aleja de mí. Eso hace que cuando yo veo a alguna persona cerca y trato de hablarle no me conteste, porque en realidad está muy lejos. Y conjeturo que lo mismo ocurre cuando me tratan de hablar a mí, si es que lo hacen, y debo quedar mal.

Cuando me miro en un espejo ocurre un fenómeno más complejo. Al acercarme, la figura reflejada debería alejarse, pero como en el espejo las cosas se ven al revés, la figura se acerca mucho más de lo que me acerco yo, y me obstruye la vista. Entonces debo alejarme, pero ese alejamiento se potencia y la imagen se aleja demasiado como para que yo la vea.

Existe un punto, que marqué con amarillo en el suelo, que es el único donde los distintos efectos permiten que me vea en el espejo. Pero me veo borroso, porque mi miopía me impide tener una visión clara de lo que está a esa distancia. Por eso quise hacerme anteojos, pero los oftalmólogos no se enteraban cuando me acercaba. Sí me veían cuando me alejaba, pero no podían hacerme el análisis ocular correspondiente, por lo que no me recetaban nada. Pero el hecho de que veían a alguien que no estaba ahí parece que les llamó la atención, y ahora los físicos están interesados en investigar el fenómeno óptico que me afecta. Yo estoy dispuesto a colaborar con los estudios, si alguna vez me encuentran.

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30 May 2010
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