Doce hipótesis sobre el Universo

1. El Universo existe dentro de una burbuja en la espuma del mar. Las otras burbujas no contienen universo alguno, y sólo alguien con gran manejo de la sutileza puede distinguir la burbuja universal de las otras.

2. El Universo nos engaña haciéndose parecer más complejo que lo que realmente es. No porque quiera hacerse el difícil sino para divertirse. Esto implica una conciencia universal, y también un sentido del humor poco desarrollado. Por lo tanto, debe tratarse de un Universo joven.

3. Existe un universo en cada uña de cada dedo de cada animal. Aquellos que tienen más de una uña por dedo contienen más universos que los demás. Cuando un animal muere, las uñas que crecen son en realidad los universos que quieren liberarse.

4. Las moscas, que andan por todos lados sin preocuparse por la higiene, cada tanto recogen por ahí algún universo perdido y lo diseminan por otra parte.

5. El Universo se siente grande y solo. Deambula por el Cosmos buscando una Universa para unirse a ella. Cuando la encuentre, todas las injusticias se corregirán.

6. Cuando cada persona, y cada animal, toma una decisión, se genera un nuevo universo por cada alternativa posible. Estos universos difieren sólo en esa decisión y sus consecuencias. La proliferación descontrolada de universos provoca en el Cosmos una crisis habitacional.

7. El Universo en realidad no existe, y la existencia en sí misma es sólo parte de la imaginación de un ser que nunca existió.

8. Si un universo colapsa sobre sí mismo, y no hay nadie que lo presencie, no hace ruido, porque el sonido no se propaga fuera de un universo.

9. Si se quisiera comprar el Universo no alcanzaría con todo el dinero existente, porque el valor de ese dinero es sólo una parte del valor total del Universo.

10. El Universo es esférico, pero sólo si se lo mira desde afuera.

11. Existen grandes rivalidades entre universos cercanos, lo cual lleva a confrontaciones en las que el tamaño es crucial. Es por eso que casi todos los universos tienden a expandirse.

12. Existe una infinidad de universos, todos desconectados entre sí y exactamente iguales.

Leave a Comment

Llovió y no paró

Por algún extraño cambio en el ciclo del agua, un día se largó a llover y no paró más. Al principio nadie se dio cuenta de que se había producido un cambio permanente, pero a medida que transcurrieron los días la lluvia fue el tema de conversación obligado: cómo podía ser que no parara, cuándo iba a salir el sol, a quién le gustaba ver caer el agua, a quién lo había agarrado en la calle en un momento inoportuno.

Empezaron a pasar las semanas. Quienes estaban convencidos de que el calentamiento global iba a causar graves alteraciones meteorológicas se vieron vindicados. Algunos grupos científicos se lanzaron a investigar por qué se daba ese fenómeno meteorológico. Encontraron que el ciclo del agua se seguía cumpliendo. El agua se evaporaba, precipitaba y se volvía a evaporar. Pero, por alguna razón, la lluvia no alcanzaba a agotar el agua evaporada disponible antes que se evaporara más. En un planeta como la Tierra, con 70% de la superficie cubierta por agua, era muy lógico que esto ocurriera. El sistema era estable. Los científicos comenzaron entonces a trabajar en el misterio de por qué antes el ciclo no funcionaba del mismo modo.

A medida que pasaron los meses, la gente se acostumbró a usar paraguas todo el tiempo. El trabajo de los meteorólogos se había vuelto muy fácil, y por lo tanto muy poco valioso. Nadie los necesitaba para saber que iba a seguir lloviendo. Por eso algunos predecían que iba a parar. Pensaban que era posible, y tenían la idea de que el que acertara el momento sería recompensado por la sociedad. Algo similar ocurrió con la industria del juego. Muchos comenzaron a apostar por una fecha en particular para que dejara de llover. Nadie ganó dinero con esas apuestas, excepto las casas que las aceptaban.

A veces la lluvia se reducía a una simple garúa. Parecía que iba a parar en cualquier momento. A veces llovía y al mismo tiempo había sol, por alguna combinación entre los huecos de las nubes y el ángulo solar. Pero nunca terminaba de parar, siempre la intensidad de la lluvia volvía a incrementarse.

Los sistemas de prevención de inundaciones de las distintas ciudades del mundo empezaron a mostrar sus falencias. Casi todos tuvieron que ser reforzados, en lo que se volvió prioridad para todos los gobiernos. No faltaron ideas ambiciosas para lograr que dejara de llover. Algunos propusieron techar las ciudades, de modo que se pudiera caminar sin mojarse. La ya poderosa industria de los paraguas se opuso a esa medida. Hubo también algunas ideas de colocar parasoles en órbita, de modo que llegara menos luz solar a la superficie de la Tierra, y así el proceso de evaporación del agua se viera demorado. Pero los costos eran demasiado altos como para que se pudiera llegar más allá de las pruebas piloto de ese proyecto.

A medida que pasaron los años, empezaron a surgir rumores sobre remotos lugares en los que no llovía. La gente adinerada viajaba para encontrar un mundo que pertenecía al pasado. En algunos casos se decepcionaban porque se trataba de mitos. Otros volvían con historias de haber permanecido secos y al aire libre sin usar paraguas. Lo describían como una experiencia exótica, porque ya todos estaban acostumbrados a la vida con lluvia.

Con el paso de las generaciones, se fueron dando algunos cambios en la vida terrestre. Las plantas extendieron su superficie verde, para poder captar mejor la escasa luz solar que llegaba a ellas. Los animales herbívoros, gracias a eso, tuvieron más nutrición y se reprodujeron con más frecuencia. De ese modo, los carnívoros pudieron alimentarse más seguido y también se reprodujeron más.

No ocurrió lo mismo con el hombre. La eficiencia de los campos, a pesar de las abundantes lluvias, se redujo por la menor cantidad de luz. Algunos intentaron cubrir la diferencia con luz artificial, pero el costo repercutió de todos modos en su eficiencia.

La alimentación humana, entonces, se vio en problemas. Los precios de la comida subieron considerablemente. Mucha gente elegía cultivar sus propios alimentos. Otros, sobre todo los que no tenían jardín en sus casas, adquirieron la costumbre de salir a cazar, aprovechando la abundancia de animales.

De todos modos, la solución que encontró la mayor parte de la población mundial fue reducir su número. Más personas optaron por utilizar anticonceptivos. Aparecieron campañas mundiales para que la gente tuviera menos hijos. De este modo, luego de algunos años hubo menos personas para alimentar, y después de un par de generaciones más la situación se pudo estabilizar.

Poco a poco, la humanidad olvidó la época en la que paraba de llover y dejó de añorarla. Pero a algunos la idea les resultaba atractiva, y soñaban con que algún día la lluvia se detuviera por completo para poder vivir en un mundo más agradable. Otros, en cambio, creían que el concepto era absurdo. Citaban los estudios científicos que establecían con claridad que el ciclo del agua no podía haber sido nunca distinto. Se dedicaron a promover la aceptación del mundo como era, sin dar crédito a los mitos que decían que en una época remota había existido el clima seco.

La lluvia nunca paró. Llegó un momento en el que no quedaba nadie que hubiera conocido la época en la que a veces no llovía. Al ser permanente, se fue perdiendo la palabra “lluvia” de los idiomas. En algunos de ellos fue reemplazada por una palabra nueva que determinaba los momentos en los que, según ciertas personas, muchos siglos atrás no llovía.

Leave a Comment

Ningún pibe nace chorro

Ningún pibe nace chorro. Sin embargo, todos los chorros nacen pibes. Puede verse entonces cómo ambos grupos cruzan sus destinos en algún momento. No se puede decir que un pibe cualquiera sea chorro, pero sí se puede establecer fehacientemente que todo chorro es o fue pibe.

Algunos chorros precoces son pibes todavía, algunos pibes no chorros están destinados a convertirse en adultos chorros. Sin embargo, ningún pibe nace adulto. Sería problemático además de contradictorio.

Es posible afirmar que ningún adulto nace chorro, y también que ningún chorro nace adulto. Está fuera de toda duda. Sin embargo, la mayoría de los chorros son adultos, otros lo serán.

Si un adulto chorro procrea, su hijo nacerá pibe pero no chorro ni adulto. Podrá, no obstante, convertirse en cualquiera de los dos. La sociedad facilita esta clase de metamorfosis.

Leave a Comment

El fuego no se apaga

De pronto, se produjo un momento de oscuridad que llevó a todos al silencio. Desde la cocina entró un allegado con la torta. Detrás de él, estaba el encargado de cortarla, con el cuchillo y la espátula preparados.

Los invitados, al darse cuenta de la situación, entonaron espontáneamente la canción del feliz cumpleaños. Algunos, incluso, la cantaron con ganas. Se produjo una duda general cuando llegó el momento de incluir en el tema el nombre del homenajeado, porque los presentes no habían tomado la precaución de ponerse de acuerdo sobre cómo comprimirlo en las tres sílabas disponibles. Entonces algunos usaron un apodo, otros otro apodo, y hubo quienes intentaron decir rápido el nombre para poder pronunciarlo completo.

Al terminar la canción, el homenajeado se dispuso a soplar las velitas. Los familiares y amigos estaban expectantes, dispuestos a aplaudir la consumación del ritual. Un par de allegados le recordaron que antes de soplar pensara tres deseos.

Llegó por fin el momento. El homenajeado tomó aire y luego dirigió su exhalación al lugar donde estaban las velitas. El viento así generado apagó las pequeñas llamas. Los invitados rompieron en aplausos.

Pero en ese momento se produjo un hecho inesperado. Sin que nadie interviniera, las velitas se volvieron a encender. Parecía que el apagado no había sido del todo convincente. El aplauso se interrumpió. Se produjo un rápido debate sobre si el homenajeado debía pedir otros tres deseos, y se llegó a la conclusión de que debía repetir los mismos.

El cumpleañero volvió a soplar. Las velas se apagaron y otra vez se encendieron. Era tal vez un símbolo de la resistencia ante el paso del tiempo. El fuego que se volvía a encender era la llama de la vida que se resiste a extinguirse.

Pero los invitados comenzaron a perder la paciencia. Algunos querían probar la torta. Otros se dispersaron ante el fracaso de la operación. Entonces se produjo un último soplido. Con la ayuda de varios invitados, el cumpleañero sopló con más fuerza. Pero las velas volvieron a encenderse.

Fue entonces cuando la persona encargada de cortar la torta perdió la paciencia, se mojó la yema de dos dedos y presionó sobre cada pabilo hasta extinguir toda posibilidad de que la llama volviera a hacerse presente.

Luego de la drástica intervención, se encendieron las luces y la fiesta continuó.

Comments off

Sujeto inconsistente

Vos me decías que estabas bien, que no tenías ningún problema. Pero tus ojos me daban otro mensaje. Pensé que tal vez no te dolía el cuerpo pero sí el alma. Hasta que tus orejas me dijeron que no hiciera caso a los ojos.

No sabía entonces a quién creerle. ¿Por qué las orejas me iban a mentir? Tampoco había ninguna razón para desconfiar de los ojos, o de vos. Es cierto, tenía dos fuentes contra una, sin embargo la verdad no es democrática, vos y las orejas pueden equivocarse.

Decidí consultar al ombligo. Tuve que levantarte la remera para poder saber su postura, pero no la entendí. Era algo ambigua, o tal vez eran las pelusas que no me dejaban ver bien. Mientras tanto, yo seguía preocupado. Quería saber si realmente estabas bien.

Miré hacia abajo y vi una expresión ansiosa en tu pie izquierdo, como que quería decirme algo. Le presté atención. El pie izquierdo me informó lo que los ojos habían insinuado, que el dolor no era físico sino emocional. Y por más que el pie derecho rápidamente lo calló con un pisotón, fue evidente que tu estado no era óptimo.

Por eso decidí darle el puesto a otro. Tené en cuenta para el futuro que es importante que vos y tu cuerpo den un mensaje unificado.

Comments off

La mano oculta

Estaba en el círculo central de la cancha de River. No había nadie más que yo en todo el estadio. Me paré en el medio del círculo y giré para mirar a mi alrededor.

Mientras giraba, recibí un cachetazo. Volví a mirar a mi alrededor para ver quién podía ser el autor. Pero nadie estaba en el campo de juego, ni podía ser que alguien hubiera corrido todo ese espacio en tan poco tiempo sin que yo lo viera. Tampoco podía haberme pegado un cachetazo accidental con mis manos, porque las tenía extendidas hacia arriba, en señal de contemplación de la grandeza que me rodeaba. Algo raro estaba pasando.

Miré entonces hacia abajo, desanimado por no saber de dónde salió el golpe que alguien me dio. Noté que había unos objetos cilíndricos que sobresalían de mi remera. Era como un atado de chorizos, pero más finos. En la punta, cada uno tenía como una lámina dura. Después de unos instantes me dí cuenta de que las láminas eran uñas y los objetos que me sobresalían eran dedos.

Me levanté la remera y vi que esos dedos pertenecían a una mano, que a su vez era la punta de un brazo que se iniciaba en mi abdomen. Nunca me había percatado de la existencia de ese tercer brazo. Le pregunté si había sido él el que me había cacheteado, pero me contestó en lenguaje de señas y no lo supe interpretar. Aunque muchas dudas no tenía.

Después de descubrir la mano me expliqué algunas cosas que me habían pasado y no entendía cómo. Gente que se quejaba de que la había pellizcado, timbres que me acusaban de tocar, incluso veces que me parecía que alguien me apoyaba una mano en el abdomen, y que yo atribuía a alguna persona de las muchas que habitualmente me rodeaban. Sólo en ese estado de soledad absoluta pude descubrir la mano.

Comencé entonces a usarla. La usaba para sostener vasos o platos mientras aplaudía en distintos eventos, para lavarme las otras manos, para acceder a los bolsillos más lejanos, para ponerme los zapatos.

Un día estaba en el subte. La tercera mano se agarraba de una manija mientras con las otras dos abría el diario y lo leía tranquilo. En un momento el subte frenó con mucha violencia, tanta que la mano no me pudo sostener y me caí. Pero la mano no se soltó, sino que de mi abdomen salió un hombre vestido de verde, el verdadero dueño de la mano.

Pensé que era mi otro yo, pero no se parecía a mí. Charlando con él más tarde, me contó que había sido mi anestesista la vez que me operaron de apendicitis. Que en un esfuerzo por saber si yo estaba bien dormido se había inclinado demasiado y había caído dentro de mí. Después me cerraron la herida y se lo olvidaron.

Desde entonces trataba de hacerse notar. Le pedí disculpas por no haberme percatado antes de su presencia. Yo me había sentido raro cuando desperté de la operación, pero lo adjudiqué a la anestesia y no al anestesista. Después me acostumbré. Tal vez tendría que haber sido más perspicaz. De todos modos, sé que si yo fuera más afecto a la introspección lo habría visto, y no hubiera estado atrapado en mí durante tanto tiempo.

Ese día nos separamos, pero no dejamos de compartir un vínculo estrecho. A veces siento un hueco dentro de mí y me doy cuenta de que me falta. Entonces lo llamo por teléfono y lo invito a tomar un café. Pero nunca quiere venir. A veces siento que se comporta de modo ingrato conmigo, después de haberlo llevado tanto tiempo en mis entrañas.

Comments off

Brindis con champagne

Se hicieron las 12, era el momento de brindar. Antes debía abrir la botella de champagne. Como no quería correr riesgos de salpicar la pared, decidí hacerlo en el jardín. Fui con la botella hasta allí y me posicioné de forma tal que, si el movimiento que debía hacer era demasiado brusco, no me cayera a la pileta.

Mi técnica para abrir el champagne no es dejar que el corcho salte sino forzar su salida de la botella con la mano, presionando contra mi cuerpo. De este modo evito que le dé en el ojo a alguien.

Esa botella resultó particularmente difícil de abrir. Debí hacer más fuerza que la habitual. El corcho estaba demasiado apegado a la botella y no quería salir. Pero no me iba a dejar ganar por un corcho ajustado, de modo que apliqué mucha más fuerza.

En un momento sentí que estaba por lograr la salida del corcho y me esmeré aún más. En ese momento el corcho se liberó con tanta fuerza que me elevó hacia el cielo con él.

Como eran las 12, pude ver los fuegos artificiales desde arriba. Mientras me aferraba a la botella me elevé a una altura tal que pude disfrutar del espectáculo de la ciudad iluminada por el festejo. Pronto, sin embargo, descubrí que estaba en una posición aún más riesgosa de lo que parecía. Fue cuando una cañita voladora me alcanzó y encendió mi camisa.

Era una situación desesperante estar a esa altura y no saber si podía usar o no el champagne para apagar la camisa encendida. El contenido alcohólico me hacía dudar, y preferí no exponerme a quemarme aún más. De todos modos, ya el impulso del corcho se estaba acabando y comenzaba a bajar.

Desde lo alto divisé la pileta y supe que era la respuesta a mi problema. Hice todo lo posible para caer en la parte honda. Cuando lo logré, la camisa se apagó en el acto. Tuve la suerte de no sufrir quemaduras graves.

Una vez que salí de la pileta, y aunque el champagne estaba un poco aguado, pudimos realizar el brindis. 

Comments off

Mar de gente

Ese viernes era el último día antes de mis vacaciones. Como iba al extranjero, cuando salí de trabajar, aproveché para sacar una fotocopia del pasaporte, para tener en caso de que lo necesitara. Lo hice en una librería ubicada en Florida y Córdoba. Luego fui a tomar el subte a Avenida de Mayo.

Al llegar a la esquina de Florida y Rivadavia, descubrí que me faltaba el pasaporte. Pensé que lo había dejado en la librería y tuve la necesidad de volver. Pero faltaban pocos minutos para las seis de la tarde. La librería estaba a punto de cerrar. Debía encontrar la manera más rápida de volver a hacer todo el camino. Como no tenía auto ni existe línea de subte que me deje en ese lugar, la mejor opción era caminar otra vez por Florida.

Pero una cosa es caminar por la peatonal sin apuro, y otra es hacerlo contra reloj. En condiciones normales podría haber hecho las ocho cuadras en menos de diez minutos si caminaba rápido. Pero la cantidad de personas que transitaban en ese momento Florida era enorme. Había demasiada gente que iba para cualquier dirección, y esquivar a cada bulto que se me cruzaba me iba a multiplicar la distancia recorrida, con lo cual no llegaría a tiempo.

Entonces tuve una inspiración. Me trepé al semáforo peatonal y me lancé hacia el gentío con el cuerpo hacia adelante. Quedé acostado entre algunas cabezas sorprendidas, que no tuvieron tiempo de reaccionar porque comencé a nadar por encima de ellas.
Sentí algunos gritos, pero como estaba concentrado en el crawl no me importaron. Cada brazada me acercaba a mi objetivo. Y como siempre tuve buenas marcas en natación, tenía esperanzas de llegar a tiempo.

Me ayudó la técnica de sumergirme lo menos posible. Gracias a ella, el contacto con cabezas torsos era el mínimo indispensable para mantener el impulso. Para cruzar Corrientes, como no quería perder tiempo en el semáforo, me sumergí en la boca del subte y nadé sobre las numerosas cabezas que poblaban el lobby de la estación. En un sector, los que bajaban por la escalera mecánica se incorporaban al flujo y su llegada traía una inercia que formaba una ola. Con lo cual, sólo tuve que aprovechar el impulso de la ola para llegar al otro lado.

Cruzar las otras calles era más fácil. Simplemente, me lanzaba sobre las cabezas de quienes se mandaban a cruzar aunque hubiera luz roja. Como era menos gente que la que andaba en cada cuadra, en algunos casos tuve que apoyarme más de lo deseable, pero estaban en infracción, entonces no me pudieron decir nada.

Finalmente, cuando llegué a Córdoba, doblé y continué nadando sobre los que caminaban por la vereda de la avenida. El negocio estaba a mitad de cuadra. Estaba muy justo de tiempo, ya era la hora. Cuando divisé el negocio, vi que estaba bajando la persiana. Estaba muy cerca de cerrar definitivamente. Entonces me lancé de cabeza. Gracias al impulso que me dio caer desde arriba de los transeúntes pude llegar justo antes de que la persiana terminara de bajar. Los vendedores, sorprendidos, me devolvieron el pasaporte.

Comments off

Lágrimas de cocodrilo

El cocodrilo estaba triste. Se sentía solo en el río, nadie se le acercaba. Pasaba toda su vida en el mismo lugar, esperando, saliendo cada tanto del río para volver a sumergirse al poco tiempo. Era así la vida de todos los cocodrilos, pero él no se conformaba. Quería más. Y como no lo tenía, lloraba.

Los que pasaban cerca de él veían sus lágrimas pero no les daban crédito. Creían que eran lágrimas de cocodrilo. Y lo eran, pero eran también de tristeza. Sólo el cocodrilo se daba cuenta, y eso lo hacía sentir aún más solo.

Un día se largó a llover. El cocodrilo miró al cielo pensando que lo entendía. Las gotas de lluvia se mezclaron con sus lágrimas hasta hacerse indistinguibles. El cocodrilo dejó de llorar durante ese momento y su cara sólo fue recorrida por las gotas. Por primera vez, el cocodrilo sintió una profunda conexión con la naturaleza.

Después de un rato dejó de llover y salió el sol. Los rayos de sol iluminaron su piel, y debió sumergirse en el río para que no se le secara. Dentro del río, el cocodrilo reflexionó sobre lo que había pasado y se entristeció al ver que la naturaleza, después de todo, también le era indiferente. Entonces derramó más lágrimas, que no se notaron porque estaba bajo el agua.

En ese momento, una cebra vio su expresión compungida y se acercó a la orilla del río para ver qué le pasaba. La cebra lo miró a los ojos y pudo comprender su tristeza. Pero el cocodrilo no se dio cuenta de la intención de la cebra. La vio sólo como un almuerzo. La cebra notó el cambio en sus ojos y salió corriendo, justo antes de que el cocodrilo saltara hacia ella con la boca abierta.

El cocodrilo volvió a lamentar su suerte. Un rato más tarde, reflexionando sobre lo ocurrido, se dio cuenta de lo que había ocurrido. Lamentó profundamente su actitud y quiso ir a buscarla. Pero la cebra era mucho más rápida que él. Estaba claro que nunca iba a regresar.

El cocodrilo, entonces, volvió a derramar lágrimas.

Comments off

El cuarto pato

“El pato hoy está suculento”, dijo el mozo. La idea nos gustó, los cuatro pedimos pato. Yo lo pedí a la naranja, mientras que los otros tres lo pidieron asado. A ellos les llegó antes, el mío demoraba un poco más.

Mientras esperaba, pude notar que los otros disfrutaban de sus patos. Me convidaron para matizar mi espera, y efectivamente estaba suculento. Tuve aún más ganas de comer mi pato a la naranja.

Cuando finalmente llegó, lo probé apenas el mozo se fue. Me decepcioné enormemente. El pato a la naranja resultó horrible. La naranja arruinaba todo el sabor del pato, y mis intentos de condimentarlo lo empeoraban.

“Eso te pasa por tratar de diferenciarte”, me dijeron los comensales. Les ofrecí que probaran para que vieran lo que era, pero no quisieron. Me ofrecieron con sorna que probara un poco más de sus deliciosos patos, los que habían venido rápido y eran mucho más ricos que el mío.

Durante el resto del almuerzo se burlaron de mi pato. Me sentí excluido. Ellos saboreaban sus patos y les daba placer verme en una situación incómoda. Disfrutaban doblemente. Mientras tanto, yo trataba de comer mi pato pero me desagradaba tanto que no llegué a consumir ni la mitad. Ellos terminaron sus platos y pidieron pan para comer el jugo que quedaba.

Cuando llegó la hora de irnos, me pareció un desperdicio tirar el pato feo, que era bastante caro. Pedí entonces que me lo envolvieran para dárselo al perro. Mientras esperábamos que el mozo trajera el paquete, fui objeto de más bromas, referidas en general a que yo era el único que le llevaba comida de restaurantes tan lujosos a su perro y esa clase de cosas.

Luego de pagar, cuando nos estábamos yendo, se acercó el mozo y me entregó el pato que no había comido. El paquete tenía forma de cisne.

Comments off

La Luna

Ella me pidió la Luna. Yo siempre quiero complacerla, entonces me puse en campaña para conseguírsela. No fue fácil. Recorrí todo tipo de lugares, consulté a mucha gente, y siempre me decían que era imposible. Yo aclaraba que si era caro no importaba, no tenía problemas económicos, pero era inútil. Algunos me decían que era más fácil convencerla a ella de que pidiera otra cosa, pero ése era su deseo y yo quiero complacer todos sus deseos.

Cuando se me agotaron todas las otras opciones, puse un aviso en el diario. Recibí muchas respuestas, la mayoría en broma pero hubo una muy seria de un señor con pelo blanco largo y desprolijo. Me dijo que, si le proveía suficientes fondos, podría desarrollar un aparato que me trajera la Luna. Acepté financiar su proyecto, y meses después me contactó, diciendo que ya lo tenía.

El aparato era una especie de ballesta que debía ser arrojado a la Luna cuando estaba llena. Había un pequeño dispositivo de precisión provisto para poder acertar el tiro. Sólo tenía que apuntar a la Luna, verla a través de ese dispositivo y la Luna vendría hacia mí o cualquiera que lo tuviera. Me advirtió que el satélite podría demorar varias horas o incluso algunos días en llegar.

Así que la invité a comer a casa en la siguiente noche de luna llena. Antes del postre le mostré el dispositivo y le dije que era para entregarle la Luna. Apunté a ella y esperamos. Esperamos algunas horas mientras disfrutábamos de la noche estrellada, de los grillos y del olor a rocío.

Al día siguiente la Luna se veía más grande, y estábamos seguros de que se acercaba, pero calculamos que iba a demorar algunos días más en llegar. Ella me dijo que yo nunca la decepcionaba y que estaba contenta conmigo.

Al día siguiente la Luna estaba más cerca pero la localidad en la que nos encontrábamos se inundó. La cercanía de la Luna había atraído la marea hacia nosotros, y debimos evacuar el lugar antes de que ella pudiera recibir su regalo.

Comments off

Viene la pelota

Me movía para poder recuperar la pelota para mi equipo. Elegía a un contrario y trataba de disminuir las posibilidades de que le pasaran la pelota, y en caso de que intentaran hacerlo mi idea era interponerme en el trayecto del balón para así poder hacerme de él.

No sé si dio resultado, porque pasaron la pelota para otro sector, pero un compañero logró cortar el pase y arrancó el contraataque. Yo, entonces, me moví para buscar un hueco en el que pudiera serle útil al equipo. Podía arrastrar alguna marca para que entrara alguien con claridad, o podía mostrarme desmarcado para recibir la pelota y avanzar en el terreno contrario. Elegí esta última opción.

Levanté los brazos para que mi compañero me viera, y me vio. Como estaba desmarcado, me pasó la pelota. Al recibirla la paré, y en ese momento entré en pánico. Venían a marcarme dos contrarios. Debía pensar con rapidez y claridad para no perder la pelota. En lo posible debía dársela a un compañero que estuviera ubicado más adelante. Pero no tenía tiempo para mirar dónde estaban mis compañeros. Como era un partido informal, no me ayudaba el color de las camisetas porque eran todas distintas.

Mientras trataba de ver qué podía hacer con la pelota (otra opción era salir gambeteando) los contrarios se seguían acercando a mi posición. Uno de ellos estaba a punto de llegar a mi vecindad. Era imperativo que tomara una decisión. Entonces decidí devolvérsela al que me la había dado, quien no esperaba el pase tan pronto y tiró un pelotazo que se fue al lateral.

En la jugada siguiente me volví a mover para que me pasaran la pelota, pero eligieron se la dieron a otro.

Comments off

Princesas irresponsables

Las princesas deben empezar a tener más cuidado. No puede ser que a cada rato se metan en problemas y deban ser salvadas por héroes valientes que arriesgan su vida por alguien que nunca valoró la propia como para prevenir los peligros.

Es necesario que las princesas dejen de ser tan ingenuas. Deben ir con una custodia para evitar ser secuestradas por reyes extranjeros. Deben aprender defensa personal para dejar de ser un blanco tan vulnerable, y también para tener alguna chance de escaparse. Deben practicar combate con armas para poder enfrentarse a los dragones que custodian los castillos en los que se las tiene como prisionera. Y deben dejar de probar cualquier bocado que se les ofrezca.

El Sindicato de Héroes, Mártires y Afines exige que los servicios de sus asociados dejen de ser utilizados exclusivamente por miembros de la realeza que podrían haber previsto los peligros a los que se exponían. Demasiados héroes se han perdido en rescates fallidos de princesas torpes. Esos héroes podrían haber salvado montones de vidas inocentes, de haberse mantenido en su lugar habitual de trabajo.

Por estos motivos el sindicato inicia a partir del 1º de enero un programa de certificación de seguridad. Todas las princesas deberán tener un certificado vigente de que cumple las normas de seguridad establecidas por el sindicato. De lo contrario, en caso de algún peligro, los héroes afiliados no acudirán en su rescate. La normativa se extiende también a las hijas ilegítimas de gobernantes, que corren el peligro de ser objeto de extorsión.

En caso de no respetarse esta normativa, los rescates tendrán una penalidad. El rey padre de la princesa correspondiente deberá pagar la operación con los términos que exija el héroe asignado al caso. Dichos términos serán fijados por el héroe y pueden ser sumas de dinero fijas, cargos políticos, favores especiales o la cesión de la mano de la princesa.

Comments off

Gaseosa sin gas

El detective Parsons, de Scotland Yard, pidió una hamburguesa con gaseosa. Le entregaron una bandeja con lo solicitado. El sándwich venía envuelto en un papel, mientras que la bebida venía en un vaso de cartón con sorbete. El vaso había sido llenado desde una máquina ante su vista.

Comió un par de bocados de la hamburguesa y, más que nada para evitar que se terminara muy rápido, decidió beber un sorbo de gaseosa. Grande fue su sorpresa cuando descubrió que la bebida no tenía gas.

Parsons, entonces, volvió al mostrador y pidió que la reemplazaran. Luego de una pequeña discusión logró que accedieran a su exigencia. El detective se cercioró de ver el gas antes de que el vaso fuera cubierto. Volvió conforme a su asiento, donde pudo comprobar que nadie había robado ninguna de sus pertenencias, ni probado su hamburguesa.

Sin embargo, cuando quiso beber el primer sorbo del vaso, se encontró con que otra vez no tenía gas. Parsons pensó que podía tratarse de una bebida de baja calidad, dado que no estaba en un establecimiento de prestigio. Pero descartó la hipótesis por considerarla absurda.

Quiso entonces ver nuevamente las burbujas del gas. Levantó la tapa del vaso y vio que estaban allí. Bebió un sorbo y pudo disfrutar el sabor de las burbujas.

Parsons terminó de comer y, antes de irse, se acercó hasta donde se encontraba el cupón de sugerencias del restaurante. Tomó uno de los cupones, con la lapicera de la que nunca se separaba, anotó “es preciso cambiar los sorbetes por unos más anchos que las burbujas del gas”.

Luego, satisfecho por haber resuelto un misterio más, Parsons volvió a su trabajo.

Comments off

Descarnación

Mi alma y yo nos llevábamos muy bien. Estábamos hechos el uno para el otro. Éramos muy unidos: adonde yo iba, ella me acompañaba. A veces me salvaba de tomar decisiones equivocadas, y yo hacía lo mismo.

Mi alma me ayudaba a percibir la belleza. Yo podía expresar la satisfacción que el alma sentía, y con el tiempo aprendí a apreciarla por mi cuenta. Desde ese momento, mi alma y yo apreciamos juntos las cosas buenas de la vida.

Estaba conmigo desde mi nacimiento, y yo pensaba que íbamos a estar juntos toda la vida. Sólo la muerte nos separaría, y cuando yo muriera mi alma, y con ella algún aspecto de mí, iba a seguir existiendo.

Pero, inesperadamente, la muerte nos separó antes de tiempo. Cuando mi alma murió, fue como si se fuera un pedazo de mí. Yo podía desenvolverme sin ella, pero no era lo mismo. Me convertí en una persona más discreta y ordinaria. Perdí interés por muchas cosas que antes me definían, y me limité a satisfacer mis necesidades biológicas.

A pesar de que extrañaba al alma, me costaba encontrar ese sentimiento, y mucho más expresarlo. Pero me propuse vencer esa dificultad. Decidí que debía honrar la memoria de mi alma, para mantener vivo su espíritu.

Luego de un tiempo, se me ocurrió probar con otras almas. Pero no sabía cómo obtener una nueva. Se me ocurrieron algunas ideas poco útiles, como poner un aviso en el diario o pasearme por hospitales para captar algún alma recientemente enviudada. Pero ninguno de esos métodos funcionó.

En mi desesperación, recurrí a individuos que decían poder hablar con los muertos. Pero cuando les expliqué mi situación, me contestaron que sólo era posible comunicarse con almas vivas. Tal vez otras almas podían hablar con las almas muertas, pero ellos carecían de tal habilidad.

A pesar de que algunos médicos y sacerdotes que consulté me dijeron que era imposible que mi alma muriera, yo sabía lo que había pasado. Estaba claro que todo vestigio de mi existencia se iba a ir del Universo el día que yo muriera. Y que no iba a poder encontrarme en ese momento con mi alma, porque es justamente ella la que se encuentra con seres queridos una vez fallecido el cuerpo.

Así que decidí hacer valer la pena mi vida, como un homenaje a mi difunta alma. Quise dejar algún legado que, de algún modo, pudiera reemplazarla. Por eso volví a dedicarme a las actividades que antes disfrutaba junto con ella. Fue difícil: ya no tenía ganas de hacerlo, y tampoco tenía mucho talento. Pero perseveré, y aún persevero.

Las personas de mi alrededor no están enteradas de lo que ocurrió, aunque se dan cuenta de que he perdido una parte del impulso que me llevaba a ser la persona que alguna vez fui. Ellos esperan el día en el que vuelva a ser aquél, pero yo sé que la partida de mi alma me dejó sólo con mi cuerpo físico, y durante el resto de mi vida deberé arreglármelas con él.

Comments off