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Mayordomos asesinos

“¡Otra vez!” exclamó el detective Parsons, de Scotland Yard. “¡Otra vez fue el mayordomo!” Parsons exhaló su frustración. Su ayudante, Otto, tomó la libreta en la que registraban el resultado de todas sus investigaciones y anotó que, nuevamente, las pistas habían llevado al mayordomo.

Parsons estaba cansado. En treinta años de detective no había tenido más de dos o tres casos en los que el asesino no fuera el mayordomo. Desde hacía mucho tiempo era parte del procedimiento normal detener al mayordomo de la víctima y declararlo principal sospechoso. Y casi siempre se lo encontraba culpable. Parsons no entendía cómo los asesinos no elegían otro tipo de relación con sus víctimas para evitar que las sospechas recayeran automáticamente sobre ellos.

La carrera de detective le había traído una profunda desconfianza para con los mayordomos. Ya hacía muchos años que había despedido al suyo, por miedo a que lo asesinara. También su trabajo le había traído problemas con el gremio de los mayordomos, que lo acusaba de difamación. Pero como se podía demostrar que en prácticamente todos los casos lo que condenaba a los mayordomos era la evidencia, el gremio no tenía recursos legales contra Parsons y se limitaba a expresar su antipatía.

Las investigaciones de Parsons, y de otros, provocaron un cambio profundo en la población carcelaria. Como la enorme cantidad de los presos eran mayordomos, los presos londinenses eran los de mejor conducta. Ocasionalmente, de todos modos, había reyertas en la que resultaban muertos algunos convictos. En esos casos también los asesinos resultaban ser mayordomos.

Parsons y Otto llevaban estadísticas categóricas. Para ellos estaba claro que los mayordomos constituían la base del delito de la zona metropolitana de Londres. Por eso elevaron al Parlamento un proyecto para prohibir la actividad.

Cuando el proyecto tomó estado público, la sociedad se dividió. El gremio de los mayordomos expresó ofensa por lo que consideraban un estereotipo discriminatorio. Algunas personas que contaban con los servicios de un mayordomo estaban de acuerdo con la medida, pero no querían desprenderse de sus servicios. Mucha gente que no tenía mayordomos estaba a favor de lo propuesto.

Algunos intelectuales consideraban que la tendencia de los mayordomos a convertirse en asesinos era una forma de rebelión de clases que era consecuencia directa de la servidumbre a la que eran sometidos por el resto de la sociedad. Por eso, estaban a favor.

En el gremio de los mayordomos apareció gente que tenía ganas de eliminar a Parsons y a Otto, pero supieron entender que concretar esas intenciones iba a probar, para la opinión pública, el carácter asesino de su profesión.

Los miembros del Parlamento veían con buenos ojos la iniciativa, a pesar de que implicaba que todos ellos tuvieran que deshacerse de sus mayordomos. Luego de algunas semanas de estudio, no había acuerdo. El prestigio del detective Parsons hacía que se tomara seriamente el proyecto, pero no existía seguridad de que abolir a los mayordomos fuera a dar resultado.

Entre los que no estaban seguros había quienes decían que los asesinos iban a adoptar otras profesiones si no podían ser mayordomos, y de ese modo iba a ser más difícil atraparlos. Otros postulaban que era preferible dejar a cada individuo la decisión de mantener o no su mayordomo. Una tercera postura sostenía que, al prohibir la profesión, se iba a crear un mercado negro de mayordomos que sería difícil de controlar.

Mientras tanto, en los periódicos se sucedían las solicitadas. Algunas clamaban por la erradicación del flagelo de los mayordomos como medio para terminar con la inseguridad. Otras apelaban a la solidaridad del pueblo inglés en nombre de la enorme mayoría de mayordomos honestos. Había también solicitadas que afirmaban que la clave del problema no estaba en mantener o no a los mayordomos, sino en analizar por qué algunos se tornaban en asesinos.

Finalmente, en el Parlamento se llegó a un compromiso. No se prohibió el ejercicio de la profesión de mayordomo, pero se decidió establecer un marco regulatorio adecuado para mantener no sólo la profesión, sino las fuentes de trabajo.

A partir de ese momento, los mayordomos dejaron de tener acceso a elementos de cocina, armas de fuego y toda clase de objetos que pudieran causar daño a sus amos. También se estableció un régimen de descanso, que incluía fines de semana no laborables, aguinaldos y vacaciones pagas. El objetivo era reducir el estrés de los mayordomos para que se vieran menos tentados de asesinar.

Las medidas tenían un costo importante para las personas que tenían mayordomos, las cuales inmediatamente protestaron y pidieron subsidios. El Parlamento no hizo lugar a esas solicitudes.
Muchas personas de la alta sociedad londinense no pudieron seguir costeando a los mayordomos que tenían, y tuvieron que despedirlos para poder mantener su nivel de vida. Algunos despidieron a todos sus mayordomos, otros sólo a una fracción de ellos.

El episodio derivó en un enorme perjuicio para el gremio de los mayordomos, que perdió una cantidad importante de miembros, cuando los que fueron despedidos cambiaron de profesión. La población de mayordomos de la ciudad de Londres se redujo considerablemente.

Pero lo más importante fue que, a partir de la ley reguladora de la actividad de los mayordomos, la reducción del número de ellos hizo que disminuyeran los asesinatos que protagonizaban. La cifra de muertes se mantuvo en general constante, pero la culpabilidad empezó a ser repartida entre distintas profesiones. La iniciativa del detective Parsons, finalmente, logró generar más equidad.

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19 Jan 2012

Historia de un iceberg

Hacía frío. Hacía tanto frío que parte del mar se solidificó. Así se formó un iceberg que comenzó a navegar las aguas del Ártico. Como no tenía un recorrido prefijado, deambulaba por distintas partes del océano, y según dónde estaba iba variando su tamaño. Mientras más al norte, más grande se hacía.

Pero cuando se acercaba al norte corría el riesgo de integrarse a la capa polar ártica. El iceberg no quería perder su identidad. Aún se sentía parte del mar. De hecho, estaba casi totalmente sumergido y lo que se veía desde la superficie era sólo la punta.

Un día apareció un barco en la cercanía. Los tripulantes del barco, al ver al iceberg, se alarmaron y viraron la nave. Lograron alejarse, aliviados, pero el iceberg sintió que era rechazado. El único objeto que lo había visto no quería saber nada con él.

Con el correr de los días y las noches, varios barcos tuvieron la misma actitud que el primero. El iceberg hacía esfuerzos para acercarse y mostrarse amistoso. Pulió en su superficie espléndidos toboganes para que la tripulación de los barcos pudiera divertirse. Pero no daba resultado, los barcos seguían escapando.

El iceberg se entristeció tanto que, cuando llegó el verano, no migró hacia el norte para mantener su masa sólida, sino que se dejó desintegrar de a poco. Un gran porcentaje del hielo que lo componía volvió al mar, aunque la punta que sobresalía se mantenía igual.

Estaba en ese estado cuando un barco se le acercó más que cualquier otro. Cuando lo vio de cerca, el iceberg se emocionó. Por fin era aceptado. Fue decidido hacia su encuentro.

El iceberg y el barco se juntaron violentamente. El golpe produjo un agujero en el casco, y el barco se empezó a hundir. El iceberg, en tanto, desapareció de la vista. Ingresó al barco por el agujero y se hundió con él.

Muchos años después, los restos ya líquidos del iceberg, y los del barco que se animó a acercarse, descansan juntos en el fondo del mar.

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22 Mar 2011

Gotas

La canilla del baño empezó a gotear. Por más que la cerrara, siempre dejaba paso a una sucesión continua de gotas que no sólo desperdiciaban agua, sino que hacían ruido. Coloqué un vaso debajo de la canilla, y comprobé que se llenaba en muy poco tiempo. Así pude darme cuenta de la magnitud del desperdicio.

Entonces decidí cerrar la llave de paso y abrirla sólo cuando realmente necesitara la canilla. Era una decisión un poco molesta, pero valía la pena. Todo funcionó bien durante unos días, hasta que la llave de paso empezó a gotear.

Fue entonces cuando decidí llamar a un plomero. El profesional constató que el problema no estaba específicamente en la cañería del baño, sino en alguna otra parte. Tomaría un tiempo descubrir dónde, y para hacerlo necesitaba cortar el suministro de agua de la calle.

Cuando cortamos el agua, el caño que la traía a mi casa empezó a gotear en la calle. Goteaba tanto que pronto la calle se inundó. Entonces se involucró la empresa proveedora del servicio de agua, que empezó a revisar la cañería sin encontrar el problema. Por las dudas decidieron no restituir mi servicio, por si resultaba peor.

En la empresa llamaron a consultores internacionales para determinar cuál era el problema. Se decidió hacer una inspección a fondo de las cañerías del barrio. Para hacerlo era necesario cortar el agua a todo el barrio, y cuando se efectivizó esta medida el resto de la ciudad empezó a tener problemas de inundación.

En ese momento intervino el intendente, quien pidió a la empresa que solucionara el problema de inmediato, y la autorizó a cortar el agua de toda la ciudad si era necesario. Se estableció un plan para conservar el agua que venía goteando, que incluía el reciclaje de la que goteaban los equipos de aire acondicionado. Una vez en marcha el plan, se procedió a cortar el agua de la ciudad.

En ese momento comenzó a llover.

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19 Mar 2011
Gran porte, Juegos Del año:

La ciudad cansada

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, sentía el cansancio. Sus habitantes estaban impacientes y protestones. Su economía tenía signos de recesión. Su aspecto lucía sucio y olvidado. La ciudad apenas podía llevar a cabo las actividades básicas que permitían su subsistencia.

Era necesaria una inyección de energía, o un descanso. Como la última opción no era posible, dada la exigencia que el mundo le imponía como capital cultural de Occidente, los gobernantes de la ciudad empezaron a buscar opciones para poder darle a la gran manzana el empujón que necesitaba.

Se adoptaron políticas para agilizar el tránsito, mejorar el agua, reducir el crimen y aumentar los espacios verdes, de modo que hubiera más oxígeno para la ciudad. Pero ninguna de estas medidas logró hacer cambios trascendentes.

Todo cambió con la llegada de una cadena comercial. Starbucks proporcionó el café que la ciudad necesitaba para poder sobrellevar el ritmo de vida de una metrópolis tan grande, y en muy poco tiempo todo cambió. La economía se recuperó. El humor de los habitantes pasó a ser más llevadero luego de tomar un café cada mañana. La ciudad tenía más energía para preocuparse por su aspecto, y empezó a lucir más atractiva. También estaba más alerta, lo cual permitió mejorar la seguridad de la urbe hasta casi terminar con el crimen que la caracterizaba.

La recuperación de Nueva York es un ejemplo del poder de un buen café.

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23 Feb 2011

El hombre que no era Darwin

Había una vez un hombre que no era Darwin. Tenía muchas características en común con Darwin, pero no el apellido. El hombre que no era Darwin usaba barba. También era aficionado a viajar y entendía bastante sobre biología. Pero no era Darwin.

Darwin había vivido 150 años antes, sin sospechar que alguna vez existiría un hombre que estaba destinado a no ser él. El naturalista inglés nunca hizo nada para evitar que ese hombre existiera, ni para estimularlo. Simplemente dejó que sucediera.

El hombre que no era Darwin no era uno solo. Casi todos los hombres del mundo tampoco eran Darwin. Todos lo sabían, aunque no necesariamente alguna vez se habían puesto a pensar en eso. Algunos estaban aliviados de no ser Darwin, otros estaban contentos por ser quiénes eran. Otros no estaban satisfechos con lo que eran, pero no concebían la posibilidad de ser Darwin. Y hacían bien, porque esa posibilidad no existía.

El hombre que no era Darwin no estaba solo en su destino. Y a pesar de que él era uno de los que no estaban muy enterados de que no eran Darwin, y por lo tanto no lamentaba ese hecho, igual sentía, a veces, una extraña sensación de estar acompañado.

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20 Feb 2011
Juegos Del año:

La inauguración del corral

Del primer huevo nació un pollito que con el correr de los meses se convirtió en la primera gallina. Desde su nacimiento correteó por la pradera, picoteando lo que encontraba y comiendo lo que podía. No siguió el ejemplo de sus mayores, porque era la primera gallina. Tampoco sabía cómo debía comportarse una gallina, y la ausencia de ese conocimiento continúa siendo una característica de las gallinas actuales.

Un día, la gallina puso un huevo. Instintivamente lo empolló durante veintiún días pero al cabo de ese tiempo no nació ningún pollito. Ocurría que no había habido un gallo que lo fecundara. La gallina se lanzó a la búsqueda de un gallo pero fue inútil, porque el primer gallo todavía no había nacido.

La gallina no flaqueó. Continuó comiendo, correteando, poniendo huevos y también intentaba volar, aunque no tuvo éxito. Conoció otros animales que vivían cerca, como el chancho, el caballo y el orangután. Estos animales se extrañaron al ver a la gallina, porque nunca habían visto una antes.

De pronto, la gallina se encontró en un lugar que le sonaba conocido. Era el nido donde había nacido. Allí había otro huevo. Un pollito intentaba romper el cascarón. Le resultaba difícil porque nunca lo había hecho. La gallina golpeó suavemente el huevo con su pico para ayudarlo, y cuando el pollito pudo salir lo guió por la pradera, lo educó y le dio de comer.

Pasaron los meses, y el pollito fue creciendo hasta convertirse en el primer gallo. Cuando lo logró, miró a la gallina con otros ojos. La gallina, aunque no estaba segura de cómo debía ser un gallo porque nunca había visto uno, luego de un rato se convenció y cedió a sus avances.

De este modo la gallina empezó a poner huevos fecundados de los que nacieron pollitos que formaron la segunda generación de gallos y gallinas. Con el tiempo, sus descendientes se propagaron por todo el mundo. Hoy ninguno recuerda la historia de la soledad de la primera gallina.

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5 Feb 2011

Ejecución tensa

Luis XVI se dirigía al patíbulo. La guillotina estaba preparada. Su buen funcionamiento había sido certificado horas antes por un notario público. Se vivía el momento más tenso de la historia de Francia. Aunque todos los reyes anteriores habían muerto, no era frecuente que el monarca fuera ejecutado. La inusual situación provocaba mucho nerviosismo en el país.

El más tenso, aunque intentara mostrarlo como gallardía, era el rey. De cualquier manera la tensión era palpable en todo el trayecto desde la cárcel hasta el patíbulo. Algunos tenían miedo de que la conexión entre el rey y la divinidad fuera cierta y gracias a ella el rey pudiera hablar luego de que se le cortara la cabeza y arengara al pueblo para que se levantara contra la Revolución. Otros temían que el rey, antes de someterse al castigo, motivara a los presentes con su oratoria.

Pero nada de eso ocurrió. El pueblo acompañó el trayecto hacia el patíbulo con un silencio que mostraba el respeto por la investidura del rey y también dejaba percibir la tensión extrema del momento. El rey permanecía con la frente en alto.

Cuando llegó el momento de llevar a cabo la condena, el verdugo guió al rey hasta la guillotina. No era una ejecución más para el verdugo. En general el condenado estaba nervioso, pero esta vez eran ambos. Con hidalguía, el rey se colocó en la guillotina, se ajustaron los últimos detalles y se ordenó la caída de la cuchilla. La canasta esperaba el instante de recibir a la cabeza del rey.

La cuchilla comenzó a caer, y en ese momento ocurrió algo extraordinario. La tensión del entorno se había transmitido al cuerpo del rey, y su cuello estaba tan duro que al entrar en contacto con la cuchilla la partió en dos.

Los asistentes expresaron su estupor por lo ocurrido durante unos segundos. Inmediatamente se ordenó a la policía dispersar a la muchedumbre, para evitar nuevos inconvenientes. El rey se sorprendió por haber vencido a la guillotina. Sonrió en secreto mientras se cambiaba la cuchilla por una de repuesto.

Cuando estuvo lista, el rey fue acostado de nuevo en la máquina. Aceptó las instrucciones con confianza. Creía que la nueva cuchilla también se iba a partir, y por eso se relajó. El cuello relajado permitió el buen funcionamiento de la cuchilla, y Francia se quedó sin rey.

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2 Feb 2011
Cuerpo humano, Pop! Del año:

Pelota en movimiento

“Muchachos, hoy es una final y hay que dejar todo en esa tribuna” había sido la arenga del líder de la hinchada. Durante el partido la tensión se dejó ver en cada escalón de cemento. Las jugadas de riesgo del equipo rival generaban angustia, y las del nuestro generaban ansiedad. No cabía la posibilidad de perder. Era una final, y el triunfo debía ser nuestro. El problema era que los rivales pensaban lo mismo.

Por eso se apelaba a la unidad entre el equipo y la tribuna. Es sabido que los futbolistas sacan fuerzas del entorno, aun en condiciones desfavorables. Al ver el sacrificio de los hinchas, siempre van a dar un poco más. Ese esfuerzo extra podría ser la diferencia entre la gloria propia y la ajena.

Entonces todos cantábamos al unísono. Todos protestábamos los fallos arbitrales en contra y celebrábamos los favorables. Festejábamos las patadas que pudieran debilitar a un rival sin dejar a nuestro equipo con uno menos. Era lo que podíamos hacer para aumentar las posibilidades de que nuestro equipo ganara, y así evitarnos la humillación de la derrota.

En un momento se produjo un tiro libre para nuestro equipo. Los jugadores se avivaron, sacaron rápido y generaron así la confusión de la defensa, que fue aprovechada para convertir el gol. Sin embargo, mientras festejábamos la conquista el referí ordenó repetir la ejecución. Toda la tribuna protestó el fallo, y no entendían por qué. Yo había comprendido la razón, y expliqué que la pelota estaba en movimiento. Todos sabíamos que no se puede hacer un tiro libre si la pelota no está quieta.

Al mencionar la razón del fallo del árbitro, fui rodeado por cuatro sujetos de barba prominente y abdomen temerario. Con cara poco amistosa, me intimaron a retractar mi dicho. La posición oficial de la tribuna era que la pelota estaba quieta, y mientras golpeaban la palma de una mano con el puño de la otra me preguntaron qué opinaba. Como comprendí las implicancias de su postura hacia mi bienestar físico, acepté que estaba equivocado. Reconocí que la pelota estaba quieta y el gol anulado en realidad había sido válido. Agregué que era muy claro que el árbitro estaba comprado.

La respuesta conformó a los muchachos, que volvieron a prestar atención al juego. Cuando dejaron de prestarme atención, me alejé con prudencia mientras murmuraba “eppur si muove”.

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30 Jan 2011
Deportes Del año:

Sed

En la Cervecería Modelo de La Plata dan maní gratis. La idea es que el cliente pida cerveza, y en general lo consiguen. Por eso cuando se acaba el maní vuelven a traer. Pero no es eso lo que destaca a la Modelo entre los muchos lugares que tienen esa costumbre. Lo que distingue a la Modelo es que las cáscaras de maní se tiran al piso, lo cual genera un placer inigualable.

En todas las mesas los clientes de la cervecería reciben maní, lo comen y tiran la cáscara al piso. El piso queda cubierto de ellas. Parece el suelo peludo de una peluquería. Al caminar por ese suelo, muchos pisan intencionalmente las cáscaras descartadas para que se genere el ruido crocante característico.

No paré de comer maní en mi visita a la Modelo. Empleé distintas modalidades para descartar las cáscaras. Rompía una y la tiraba al suelo. Rompía varias, juntaba un montón y tiraba todo el montón al piso. Después, cuando me levantaba por cualquier motivo, pisaba con alegría el suelo crocante. Comí cualquier cantidad de maní.

Todo el maní me terminó dando una sed como nunca había sentido. Tenía tanta sed que me tomé toda la gaseosa que pensaba que me duraría la cena entera. Pedí otra, luego una más, luego otra, y otra. La sed no se me iba. Terminé las existencias de gaseosa, y tuve que pedir cerveza, a pesar de que no acostumbro tomarla. La sed resistió a las cervezas y a todas las otras bebidas. Llegó un momento en el que me echaron del baño porque no paraba de tomar agua de la canilla. Me tuve que ir del lugar, pero mi sed seguía intacta.

Vacié los quioscos y estaciones de servicio en el camino hacia la autopista, sin que mi sed sufriera modificaciones. Al contrario, era cada vez mayor. Estaba tan desesperado que cuando pasé por los piletones del sistema de distribución de agua, me bajé de la autopista y me tomé toda el agua. La sed se calmó un poco, pero minutos después volvió en todo su esplendor. Entonces salí definitivamente de la autopista, me interné en el Río de la Plata y me lo bebí completo.

Bebí también el Riachuelo y el arroyo Maldonado. Mi sed seguía aumentando.

La desesperación que tenía era enorme. Ya no me hacía nada tomarme una botella de agua o un bidón de veinte litros. La sed ni se mosqueaba con esas cantidades. Me tomé los lagos de Palermo y el Parque Centenario, luego me fui hasta el delta del Tigre y bebí, así como venían, el Paraná y el Uruguay.

Como no era suficiente, fui hacia el otro lado y me tomé el océano Atlántico, luego el Índico y más tarde el Pacífico. Pero el agua salada me hizo peor. La sal me dio aún más sed, y tuve que ir a las altas montañas, a los deshielos, a los grandes lagos y a todos los ríos del mundo.

Cuando terminé de beber el último río, noté que la sed se estaba yendo. Bebí los últimos sorbos lentamente, hasta que sentí que me saciaba. En ese momento suspiré aliviado y me relajé. Pero me duró poco tiempo, porque al relajarme me vinieron ganas de ir al baño, y supe que todavía faltaba la mitad de la experiencia.

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27 Jan 2011

Walt Disney descongelado

Por fin encontraron la cura.
Disney abrió los ojos.
El Tío Walt estaba de vuelta.
Una vez curado, volvió a ser el que era.
Visionario, creador y emprendedor.
Rápidamente, regresó a lo suyo.
Abrió Disneyland Alaska.
Se quedó allí mucho tiempo, disfrutando de estar vivo.
Una vez animado, tenía ganas de recupera el tiempo perdido.
Planeó otros parques en Siberia y Tierra del Fuego.
Estaba fascinado con el invierno permanente.
No quería volver a California.
Pero sus descendientes lo convencieron.
La cabeza del imperio estaba ahí.
Nadie lo podía manejar mejor que él.
Entonces abandonó Alaska.
Pero al llegar a Los Ángeles, se desvaneció.
Walt sufrió un súbito golpe de calor.
Los médicos hicieron todo lo posible para salvarle la vida.
Esta vez no lo consiguieron.
Walt murió creyendo que en algún momento lo iban a curar.
Nadie se animó a decirle las reglas del juego.
Una vez descongelado, no se puede volver a congelar.

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24 Jan 2011
Pop! Del año:

Abrir los poros

Tenía la piel reseca. En la farmacia me recomendaron una pomada para abrir los poros. Me dijeron que así la piel podría respirar mejor y se hidrataría más fácilmente.

Compré la pomada. Esa noche la unté sobre la piel con abundancia y me fui a dormir. Cuando me levanté, comprobé que los poros estaban abiertos. Mi piel se sentía más suave. Me alegré de haber usado la pomada y me fui a trabajar.

Pero con el correr de las horas me di cuenta de que los poros seguían abriéndose a una velocidad alarmante. Para el mediodía se me notaban los poros, parecía que tenía varicela. A las cinco de la tarde eran verdaderos agujeros. Los que me miraban podían ver a través de mí.

Cuando salí del trabajo se había levantado viento, y gracias a mis poros abiertos el viento me elevó. Enganché una corriente y vi la ciudad desde arriba. Entré en pánico. No sabía cómo iba a hacer para aterrizar. Estuve un buen rato volando como una bolsa de plástico suelta, hasta que el viento bajó la intensidad y no me sostuvo más. En ese momento me precipité hacia el suelo, pero no me pasó nada porque los agujeros me habían vuelto muy liviano.

Fui a quejarme a la farmacia. No me llevaron el apunte. Me dijeron que me debí haber equivocado en la dosis y que, de cualquier manera, lo apropiado era consultar a un médico y no al farmacéutico. Así que me la tenía que aguantar.

Entonces fui al médico, pero no me pudo recetar ninguna pomada para cerrar los poros. Lo único que me pudo ofrecer fue hacerme injertos. No me pareció una buena idea.

Desde entonces voy a todos lados muy vestido. Uso mangas largas y me cuido de arremangarme. Trato de no usar ropa que se transparente. En lo posible uso telas gruesas, que desvíen el viento. Por las dudas, me acostumbré a los zapatos bien pesados y cuando hay un ventilador cerca me alejo.

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21 Jan 2011
Cuerpo humano Del año:

Enamorada del muro

La Enamorada del Muro había vivido toda su vida junto al muro. Estaba unida a él por múltiples ramas que se pegaban a la pared y sostenían así a la planta. Pero la Enamorada del Muro no estaba enamorada del muro. Era sólo el lugar donde vivía.

Durante una época la Enamorada del Muro creyó estar efectivamente enamorada del muro. Pensaba que debía estarlo, que era el Destino, que después de todo su vida giraba alrededor del muro. Hasta que se dio cuenta de que su nombre no era también una descripción, del mismo modo que las mujeres que se llaman Martirio no son necesariamente un martirio.

La planta, además, se sentía atrapada en el muro. Lo veía como una limitación a su potencial. La Enamorada del Muro sólo podía crecer lo que el muro le permitiera. Cada vez que intentaba pasarse al otro lado del muro, venía alguien y la podaba.

Llegó un momento en el que la Enamorada del Muro tomó la decisión de separarse. Quiso buscar otro destino, tal vez incluso otro muro, donde poder desarrollarse a pleno. Por eso, lentamente, comenzó a despegar sus ramas del muro.

Nadie se daba cuenta, porque el follaje de la planta era muy tupido. Pero era cuestión de tiempo para que se liberara del muro que la había aprisionado toda la vida. Cada día despegaba alguna rama más. Cada día se acercaba más a su objetivo.

Cuando quedaban pocas ramas para cortar, se largó un temporal. Cayó una cantidad muy grande de agua sobre las hojas de la Enamorada del Muro. Tanta que el peso de la planta más el peso del agua fue demasiado para las pocas ramas que aún quedaban pegadas al muro. Y la Enamorada se cayó. Por fin era libre.

Al día siguiente, los habitantes de la casa donde se encontraban la Enamorada y el Muro vieron lo que había ocurrido, y pensaron que era una calamidad producida por la lluvia. Nunca sospecharon que la planta estaba en el momento más feliz de su vida. Por eso llamaron al jardinero, que la cortó en pedazos y la cargó en bolsas de residuos.

El muro, que estaba enamorado de la planta, debió soportar no sólo el rechazo sino también la muerte de la planta a su propio pie. Aún conserva, a manera de homenaje, los restos de las ramas que nunca se despegaron, y su mayor temor es que algún día a alguien se le ocurra pintarlo.

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15 Jan 2011
Caídas Del año:

La cuarta dimensión

Bruno tenía un laboratorio en su departamento del décimo piso de un edificio de las afueras de la ciudad. Se dedicaba a experimentar y solía inventar toda clase de aparatos. Algunos tenían aplicaciones prácticas, otros eran construidos sólo por el gusto de poder hacerlo. Pero Bruno consideraba a todos como pasos intermedios hacia su gran objetivo: construir una máquina del tiempo.

Durante años investigó todo lo relacionado con el tiempo. Estuvo al tanto de todas las novedades de las revistas científicas que pudieran dar una pista sobre cómo lograr su objetivo. Hasta que un día, mientras esperaba turno para cortarse el pelo, tuvo una revelación. Llegó a su mente la clave para lograr el viaje en el tiempo. Así como se podía convertir materia en energía, debía ser posible convertir espacio en tiempo.

Por eso mudó su laboratorio a la terraza. Allí tenía más espacio para poder experimentar. No era sencillo lograr su visión. Cinco años después del episodio de la peluquería, luego de gastar una fortuna en prototipos fallidos, logró construir una máquina que funcionaba. La construyó sobre la base de una vieja heladera. Para comprobar que funcionaba, se metió en la máquina y la programó para que lo llevara a un minuto más tarde. Y lo consiguió: cuando la máquina terminó la operación, su reloj atrasaba un minuto respecto del que había dejado afuera.

Bruno se emocionó. El sueño de su vida se estaba cumpliendo. Podría viajar a cualquier época que se le ocurriera, futuro o pasado, y presenciar cualquier acontecimiento histórico que quisiera, futuro o pasado. No había acabado de pensar las posibilidades cuando decidió, como viaje inaugural de la máquina probada, retroceder cien años.

Estaba tan ansioso que no podía esperar. Quería ir en ese mismo momento. Se metió en la máquina y la programó. Instantáneamente fue trasladado hacia un siglo atrás.

Pero Bruno no pensó en cuatro dimensiones. No calculó que en esa época el edificio no existía, y al llegar al año deseado cayó con máquina y todo al arroyo que recorría esa zona, y que todavía no había sido entubado. La máquina le sirvió para amortiguar el golpe y le salvó la vida. Incluso quedó bastante sana luego del impacto, pero se oxidó al mojarse.

Bruno quedó atrapado un siglo antes de su época, y no le quedó más remedio que dedicar los siguientes años a intentar reparar la máquina. Para lograrlo, debió adelantar varias décadas la invención del proceso de cataforesis.

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3 Jan 2011

Febrero de huelga

Cansado de verse en inferioridad respecto de los otros meses, febrero decidió declararse en huelga. Llamó a conferencia de prensa para explicar su decisión de no hacerse presente en el año que estaba por iniciarse, el cual pasaría directamente de enero a marzo. Fuentes cercanas al segundo mes del año afirmaban que la medida de fuerza sólo se levantaría cuando le fueran asignados 31 días, de modo de no ser menos que ningún otro mes.

Desde el calendario se anunció que no era posible complacer a febrero sin poner en peligro el delicado equilibrio astronómico que representaba el año entero. Los rebeldes de febrero respondían que un año de once meses era peor para el equilibrio que un año de tres días más.

Una solución posible era esperar que algunos de los otros meses donaran días a febrero, de modo que la cantidad de días en el año se mantuviera constante. Las autoridades, sin embargo, no querían que eso sucediera, porque podía llevar en el futuro a nuevas rebeliones de los meses que se vieran perjudicados.

Se propuso un sistema de rotación, según el cual, alternativamente todos los años, tres meses distintos donarían un día cada uno a febrero. Pero el segundo mes del año se mantenía intransigente y quería una suma fija. No tenía intención de transitar todos los años una negociación para determinar quién le prestaría las jornadas que consideraba que le correspondían.

Se acercaba el final de enero, y las gestiones estaban estancadas. Marzo se encontraba cerca, en alerta para el caso de tener que adelantar su llegada. Era necesario encontrar, al menos, una solución transitoria para que el calendario no se adelantara un mes al otoño. El calendario encontró una forma de mantener la cantidad de días a pesar de la ausencia de febrero. Se llamó de urgencia a brumario, que estaba retirado, para que reemplazara por ese año al mes rebelde. Brumario aceptó volver, aún cundo sabía que era sólo por ese año y con sólo 28 de sus 30 días.

Solucionada la urgencia, los meses restantes vieron que tenían casi un año para solucionar el problema de febrero. Varios meses pensaban que el reemplazo de febrero le había quitado poder de negociación, porque ya no podría presionar con causar una carencia de días a todo el año. Por eso, desde febrero surgían ataques contra brumario, que lo acusaban de no tener idoneidad para reemplazar a un mes como febrero.

Mientras tanto, iban surgiendo ideas. Algunos sectores proponían una reforma total del calendario, que incluyera meses parejos de 30 días cada uno. Los días que sobraran quedarían sin mes. De este modo, ningún mes se vería superado en días por otro. Sin embargo, hubo resistencia a esa idea, porque los meses de 31 días no querían perder sus privilegios.

Pronto, la reducción de capacidad de maniobra hizo que se produjeran divisiones en el mes rebelde. El 11 de febrero llamó a conferencia de prensa y anunció su disconformidad con la posición oficial del mes. Declaró su intención de volver a integrar el año. Afirmó también que había varios días que estaban evaluando una medida similar.

Así, el 5, el 14, el 12 y el 9 de febrero pronto se unieron a la rebeldía del 11. El poder de febrero se iba debilitando. Llegó un momento en el que toda la primera quincena se desafectó. Febrero quedó en una posición vulnerable, con sólo 13 días fieles.

En la Asamblea Anual, con sede en octubre, se decidió aceptar a los días escindidos para el siguiente año. Se consideraba probable un cambio de actitud del resto de febrero, pero por las dudas se decidió contratar a 13 días sueltos de un viejo mes lunar para cubrir las vacantes, llegado el caso.

Mientras tanto, el año continuaba con las presiones para que lo que quedaba de febrero se reincorporaba. Se anunció una moratoria para los días que quisieran volver al año. También se le ofreció a febrero un ultimátum: tenía hasta el 31 de diciembre para volver al año intacto. Si lo hacía después, se le quitaría un día por cada mes que demorara en reincorporarse.

Con esto, el 26, 27 y 28 de febrero, los días que veían más cercana la amenaza, empezaron a presionar al resto del mes para terminar la medida de fuerza. Argumentaban su evidente fracaso y la división que había causado en el mes. Pero el líder de la revuelta, el 20 de febrero, no quería saber nada con volver al año.

Pero el 20 iba perdiendo poder. Los días que aún se mantenían en febrero se sentían inútiles y no querían ser reemplazados nuevamente. Luego de muchos tironeos con los días del círculo inmediato del 20, el 19 y el 21, se llegó a un acuerdo. Los días restantes reclamaron al 20 que depusiera su actitud y concretara el regreso al año. Si no lo hacía, amenazaron con volver todos ellos y reemplazarlo. El 29 de febrero, que no era un miembro oficial pero participaba en las asambleas en calidad de invitado, estaba dispuesto a tomar su lugar si era necesario.

Al ver que su base de apoyo estaba acabada, el 20 de febrero renunció a su cargo de delegado del mes. Fue reemplazado en esa función por el 16, que tenía una postura anualista.

De este modo, poco tiempo después febrero volvió al calendario. Fue recibido con júbilo por el resto de los meses, que consideraban que el año no era lo mismo sin él.

Para evitar una acción similar por parte de otro mes, las autoridades del año decidieron sancionar al líder de la revuelta por su actitud. Establecieron que, por ese año, el cambio de hora de verano se haría el 20 de febrero. Así, el día sufrió la humillación adicional de perder una de sus horas.

Desde entonces, ningún mes volvió a amenazar con escindirse del año.

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Malditas musas

Las musas están aquí. Dictan lo que escribo. Obedezco sus voces divinas. Escribo prolíficamente. Lleno páginas y páginas. En un momento termino. Descanso un rato. Después leo lo que escribí. Otra vez pasa lo mismo. Son todas pelotudeces.

No sé por qué lo hacen. Me tienen podrido. Podrían inspirarme algo bueno. Pero no, no quieren. Están en mi contra. Me hacen perder el tiempo. Me hacen gastar papel. Me hacen desconfiar en mí mismo.

No creo que les falte talento. Tal vez ya no lo tengan. Sólo sé que no me llega. Deben ser musas truchas. Tengo que dejar de darles bola.

No debería dejarlas entrar. No me traen más que problemas. Pero no puedo con mi generosidad. Cuando las veo me ilusiono. Pienso que me van a dictar algo genial. Siempre me equivoco. Para mí que me están cargando.

Tengo que confiar más en mí mismo. Debería escribir algo bueno sin ellas. Debería reconocer la estupidez mientras me dictan. Así podría echarlas a patadas. Pero no, soy demasiado bueno. Las dejo entrar y las alimento. Les digo que vuelvan. Sólo cuando se van veo lo que me dejaron. Y ahí me indigno.

Pero ahora es distinto. Ya me cansé. Basta. Es hora de prescindir de ellas. Voy a cerrar la puerta con llave. Y voy a escribir lo que yo quiera.

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10 Dec 2010
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