Ayudemos a los sapos

Uno de los principales problemas que enfrenta hoy el Amazonas es la cantidad de princesas que acuden en busca de sapos para que, al besarlos, se conviertan en príncipes. La afluencia de estas princesas provoca un verdadero desastre en un área que no está preparada para acogerlas. Sus enormes séquitos talan árboles, queman arbustos y eliminan hábitats de animales para poder mantener su nivel de vida en la selva.

Además de generar una enorme cantidad de basura que queda por siglos, producen un verdadero caos en la vida de los sapos, que deben esconderse para no caer en las garras de las princesas. Todas besan a todos los sapos posibles porque no saben cuál es el príncipe en cantado que las espera. Algunas besaron sapos venenosos y murieron en consecuencia. Fueron las que vieron un sapo azul y creyeron que era el príncipe azul.

Hasta el momento no se ha reportado ningún caso de un sapo que haya resultado ser un príncipe encantado. Pero esto no ha detenido a las princesas, que siguen acudiendo en masa porque cada una de ellas piensa que el beso debe ser de ella y nadie más. Esto genera una competencia feroz que ya desembocó en los descuartizamientos de varios sapos que eran disputados por diferentes princesas.

Las ranas no se salvan, debido a que las princesas no las distinguen de los sapos y son muy pocas las que llevan naturalistas como parte de su séquito. En general los naturalistas aconsejan no ir en busca de sapos al Amazonas con el propósito de besarlos para que se conviertan en príncipe. Por eso tienden a no ser incluidos en las expediciones, a pesar de la utilidad que podrían tener.

La comunidad internacional debe ayudar a parar el desastre que ocurre en el Amazonas. Las siguientes medidas serían aconsejables:

  • Mejorar la seguridad de los príncipes.
  • Capturar a todas las brujas que los puedan encantar.
  • Encerrar a las princesas en castillos fuertemente vigilados.
  • Abolir las monarquías.

No se puede esperar más. Los sapos del Amazonas, y el Amazonas mismo, corren peligro. Es hora de actuar.

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Queso espumante

Cuando pinché el queso con el tenedor, como primer paso para cortarlo, sentí un ruido como de aire escapando. Un “pshhhhh”. Pensé que había alguna diferencia de presión entre el interior del queso y la atmósfera (era un queso de la puna) y no le dí importancia. Pero a los pocos segundos, por los mismos agujeros empezó a salir espuma.

Salía con mucha fuerza, como un géiser, y manchó toda la pared y el techo. No sabíamos de dónde podía salir tanta espuma. Tampoco teníamos ganas de limpiar todo ese enchastre. Lo único que queríamos era comer un poco de queso antes de hacer el asado.

Mientras todos tratábamos infructuosamente de tapar los agujeros del queso, Walter decidió probarlo y anunció que tenía gusto a leche. ¿Estaba la materia prima escapando del queso? No sabíamos. La cuestión es que en pocos minutos el queso quedó totalmente desinflado y el techo se pegoteó todo con la espuma. Decidimos que la íbamos a limpiar después, ahora queríamos picar algo y nos tuvimos que conformar con un poco de pan con leverwurst.

Después de un rato juntamos la carne y prendimos el fuego. Como éramos cinco hombres, cada uno tenía una teoría diferente acerca de cómo se encendía el fuego, por eso tardamos más de lo que habitualmente nos hubiera tomado. Al final conseguimos prender el fuego y poner la carne.

Cuando al cabo de un par de horas pudimos sentarnos a comer, Aldo trajo a la mesa una bandeja con los primeros cortes. Estaban bien calientes, tanto que salía humo. Tuvimos que esperar un poco para comer.

Unos segundos más tarde empezamos a sentir un olor extraño. El humo de la carne cocida subió al techo y se mezcló con la espuma del queso, al punto que la derritió y empezó a llover queso sobre nosotros.

Así que ese día en lugar de asado comimos fondue.

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Insectos en la ruta

En verano las rutas se llenan de autos, que a su vez están llenos de gente que va a la costa. Sobre la orilla del mar hay ciudades bastante precarias respecto de las que la gente que veranea suele habitar, pero tienen la ventaja de que el mar está al alcance.

De esta manera, al veranear en esas ciudades la gente tiene acceso a la playa y, lo que es más importante, al mar (nadie va por la arena, es más bien una molestia). La característica más saliente del mar, además del agua, son las olas, que permiten darle un carácter único, que no se puede encontrar en ninguna pileta. Las olas elevan a quien se interponga en su camino y provocan una interacción de fuerzas muy excitante para los que se meten en el agua.

Algunos van preparados y llevan elementos para navegar las olas. Usan tablas que les permiten subirse a las olas, a pesar de que no son más que ondulaciones móviles en el agua, y consiguen durante unos segundos una sensación de aventura inolvidable.

Los insectos, por su parte, también quieren aventura. Pero no pueden ir al mar, porque se ahogarían al sumergirse. Entonces se dedican a otra clase de wind-surf.

Usan las rutas como grandes pistas de surf y a los autos como olas. Cada vez que se acerca un auto, los insectos aventureros tratan de subirse a la corriente de aire que genera a su paso. Tratan de enganchar las corrientes de varios autos juntos, y mientras más larga es la experiencia, más gratificante.

Claro que es peligroso. Como los insectos no tienen medidas adecuadas de seguridad, es habitual que muchos fracasen en el intento y terminen aplastados contra los parabrisas. Los que tienen suerte se enganchan al limpiaparabrisas. Los que tienen aún más suerte se logran desenganchar sin ser aplastados por el auto siguiente.

El auto siguiente es el mayor peligro para los insectos que hacen wind-surf en la ruta. Nunca saben qué clase de vehículo se aproxima ni a qué distancia, hasta que la corriente del primer auto los lleva y es demasiado tarde.

En efecto, se trata de una actividad peligrosa. Pero es una de las pocas diversiones que tienen los mosquitos. Después de todo, ellos también tienen derecho a romper con la rutina.

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Mi viaje en colchoneta

Me gusta acostarme en la colchoneta en lugar de nadar. Me permite estar en el agua y respirar su frescura sin necesidad de mojarme. Siempre uso una cuando voy a la pileta. Pero ese verano la llevé a la playa.

No se me ocurrió que podía ser peligroso hasta que fue demasiado tarde. Casi sin darme cuenta las olas me internaron en el océano hasta que no estuve al alcance de los bañeros. De repente me vi en la inmensidad del mar, sin estar preparado para enfrentarla. Por suerte me había puesto abundante protector solar.

Me alejé de la costa ondulando sobre la superficie. Debo decir que me mojaba bastante, pero igual mi improvisada embarcación se mantenía razonablemente firme. No se desinflaba ni parecía perjudicarse por la acción de la sal.

No tenía más remedio que esperar a que la marea, o cualquier fuerza, me devolviera a tierra. Mientras tanto tenía que comer. No debía ser un gran problema: bajo mis pies tenía miles y miles de peces. Claro que no contaba con ningún elemento que me permitiera capturarlos. Debí conformarme con unos pocos que accidentalmente saltaban hacia mí. No tenía forma de cocinarlos más que dejarlos al sol, algo que después de un rato resultaba perjudicial para la carne y daba mal olor. Así que debía comerlos como venían. No era muy agradable pero a buen hambre no hay pez crudo.

Durante un tiempo que no supe medir, pero fue bastante largo, sólo vi el color azul a mi alrededor. Había destellos de blanco en las nubes y en la espuma del agua. También estaba el amarillo del sol. Y por las noches el cielo era negro, excepto por la extraordinaria cantidad de estrellas que podía ver por esa zona.

Un día divisé unos puntos a lo lejos. Pensé que podía ser un atisbo de tierra, un archipiélago o algo así, aunque no se podía distinguir muy bien. Por suerte el viento me empujaba hacia el mismo lado. Enfoqué mis ojos de distintas maneras hasta que por fin pude darme cuenta de qué estaba viendo: cabezas de jirafas. Me acercaba a África.

Respiré aliviado pensando que sería rescatado en poco tiempo. No sabía el destino que me aguardaba. Pero de un momento a otro cambié de dirección y volví a las vistas monótonas de antes.

No sabía qué estaba pasando. Después me enteré. Se ve que me agarró una corriente que venía del sur. Luego de un viaje muy cansador, en el que varias veces estuve cerca de agotar todos los vestigios de lluvia que se acumulaban en los recovecos del plástico y me permitían sobrevivir, divisé tierra. Pensé en el alivio que debían haber sentido figuras históricas como Colón al saber que se acercaba el final del periplo. Pero ellos, por lo menos, lo habían emprendido intencionalmente, así que mi sensación era aún mejor. No iba a durar mucho.

Cuando llegué a la costa, fui capturado por la policía y encerrado en un calabozo. Quería saber qué había hecho mal. Tal vez estaba prohibido llevar objetos inflables a la playa. Cuando me hablaron me sorprendí al oír palabras en español. Me acusaban de desertor, traidor a la patria y varias cosas más. Por el acento deduje que estaba en Cuba y que habían pensado que mi intención era escaparme en balsa. Cuando intenté explicarles lo sucedido, fue peor. No sólo no me creyeron, sino que se convencieron de que era un agente subversivo, enviado por algún país poderoso para derrocar al régimen, o algo. Y me devolvieron al calabozo.

Una hora después me condenaron al fusilamiento. Ocho hombres con rifles se pararon en fila a pocos metros de mí y dispararon al mismo tiempo. A pesar de mis nervios me mantuve bastante quieto. Me sorprendí al darme cuenta de que, segundos después de los disparos, me mantenía vivo. Al parecer, ninguna bala me había impactado. Noté que estaba ante un hecho tan inusual que valía la pena calcular la probabilidad de que sucediera algo así. Pero era mejor concentrarme en pedir clemencia, argumentando el fracaso del primer intento.

Los guardias tuvieron piedad y me dejaron ir clandestinamente. Me devolvieron el vehículo y me depositaron una vez más en el Caribe. Partí sin rumbo, con la misma modalidad que antes, hasta que divisé tierra otra vez.

Cuando estuve cerca, no pude creer mi puntería. El continente se partía en dos justo en el lugar hacia donde mi trayectoria me llevaba. Era el canal de Panamá, que me daba la pauta de que pronto me encontraría en el Pacífico.

Pero no fue así. Antes de terminar de cruzar, un agente interrumpió mi camino y quiso cobrarme la tasa correspondiente. Como no podía pagar los 1.300 dólares, otra vez fui detenido.

Expliqué mi situación en vano, pero por suerte sólo fui condenado a trabajos comunitarios hasta que mi deuda estuviera saldada.

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Vamos a desear bien

Demasiada gente se llena la boca hablando de que la inmortalidad no es ninguna ventaja. Que es un deseo de la gente simple, que no entiende nada de la vida. Tal vez lo sea, y eso no significa que no sea respetable.

¿Qué argumento pueden tener en contra de vivir para siempre? Los inteligentes siempre encuentran maneras de sostener sus posturas. La que encontraron en este caso es hablar de la desdicha del inmortal, del hombre abatido que ve morir a todos sus amigos, irse a su tiempo, y queda solo, derrotado, con el íntimo deseo de morir igual que los demás.

Es cierto que nadie quiere ser así. Pero no se desprende de ese argumento que esté mal desear la inmortalidad. Si vamos a desear algo imposible, por lo menos podemos desear bien. Yo quiero ser inmortal, de modo no metafórico, y que todos mis seres queridos también lo sean, si les interesa.

No deseo la inmortalidad para todos. Sería problemático, lo entiendo. Me basta con la mía y la de un pequeño círculo de gente que me gusta más viva que muerta, igual que yo. No sé si pretendo algo exclusivo, tal vez todos puedan tener derecho a algo así, pero posiblemente unos cuantos elijan morir.

¿Por qué eligen morir algunos? Porque les prometen la vida eterna para el instante posterior. No es que quieren morirse. El problema es que es muy difícil de creer la idea de una vida eterna, al menos con la evidencia que hay en este momento. Y está bien, después de morirse uno no se muere más, pero eso no significa que esté vivo sino lo contrario.

Me gustaría, si no la inmortalidad, al menos vivir lo suficiente como para saber que cuando me muero voy a algún lugar mejor. En ese caso no me molestaría tanto la muerte. Pero vamos a convenir que así cualquiera. Es valiente el que se enfrenta a la muerte sabiendo que es el fin definitivo de su existencia.

Claro que no sé si quiero ser valiente, me interesa más no morirme.

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Príncipe Azul

La princesa Antonina estaba en edad de casarse. Resultaba útil para el reino casar a las princesas con príncipes de otras comarcas para favorecer las relaciones entre las distintas familias reales, y por lo tanto entre sus países. Un emisario del reino recorrió los alrededores en busca de un candidato apropiado y volvió con una selección de potenciales esposos.

El rey revisó los antecedentes de cada príncipe soltero y eligió un candidato, el príncipe Sorlón, proveniente de un reino vecino famoso por sus pantanos. De inmediato, el emisario regresó para concertar la unión. Mientras tanto, el rey fue a contarle a su hija la buena nueva.

La princesa Antonina, al enterarse de que pronto tendría esposo, iluminó su mirada antes de borronearla con lágrimas. Cuando quiso conocer más sobre su prometido, el rey le mostró el retrato que le había traído el emisario. La princesa lo observó con atención. Mostraba a un apuesto y gallardo joven vestido de verde. La princesa Antonina procedió a enamorarse.

Contó con la ayuda de sus damas de compañía, que le hablaron maravillas de la vida de casada. Le contaron cómo el matrimonio iba a hacerle cumplir su misión en la vida como mujer, que era tener hijos para su esposo. La princesa Antonina siempre había aspirado a eso, y se alegró de que por fin hubiera llegado el momento. Además, tenía la posibilidad de ser la protagonista de una gran boda, como era su sueño desde chica. De inmediato, llamó a su modista para que le diera opciones de vestido.

En los meses siguientes se realizaron los preparativos para la boda. La princesa Antonina y el príncipe Sorlón, cada uno en su país, se iban enterando de los detalles a medida que avanzaba la organización. Se decidió que la boda fuera en el país de la princesa, y luego la pareja viajaría para establecerse en el castillo que Sorlón estaba construyendo en lo que algún día iba a ser su territorio.

Cuando llegó el día, la princesa estaba ansiosa. Quería conocer de una vez a su prometido, pero los protocolos se lo impedían. Sólo podía entrar en contacto con él en la ceremonia de bodas. No obstante, convocó a algunas de sus damas de compañía para que la ayudaran a espiar su llegada desde lo alto de una torre del castillo anexo donde los invitados reales se alojaban.

Con cierta dificultad, logró divisarlo. Estaba vestido igual que en el retrato. La princesa Antonina lanzó un suspiro de alegría. Sabía que el día siguiente sería el más feliz de su vida. En ese momento, su padre la encontró y la mandó de regreso a sus aposentos. Le advirtió que ver al prometido antes de la boda era un mal augurio.

La ceremonia comenzó con gran pompa. El arzobispo del lugar ofició una misa en honor de la pareja. El rey pronunció un discurso muy emotivo. Un coro cantó himnos religiosos. El pueblo ofrendó a los novios una enorme corona adornada con zafiros, rubíes, topacios y diamantes.

Algunas horas después los novios subieron al púlpito. Allí intercambiaron miradas por primera vez. El príncipe le dio la mano. La princesa miró a su padre y, una vez que obtuvo un gesto de aprobación, le extendió la suya. El arzobispo los declaró marido y mujer. Una vez terminado el trámite les dio permiso para que se besaran.

El príncipe Sorlón levantó el velo de Antonina, ya su esposa, y la besó. Ella, que venía esperando ese mágico momento desde hacía varios meses, lo besó también. Apenas alcanzaron a besarse durante unos segundos cuando sonó un súbito “swuosssh”. La princesa abrió los ojos y no encontró al príncipe. Los asistentes se miraron. El arzobispo inició una plegaria.

El público asistió atónito a la escena. La confusión de los protagonistas de la boda se complementaba con un creciente murmullo entre los asistentes. El rey se agarraba la cabeza. La princesa se culpaba por la indiscreción del día anterior. La guardia real cerró los accesos al castillo hasta que se aclarara lo acontecido.

Sobre el púlpito, donde antes había estado el príncipe Sorlón, se hallaba ahora un sapo.

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Lleno de naturaleza

Me recomendaron unas galletitas integrales, que al parecer eran bastante sanas. Venían con semillas de lino, sésamo y girasol, las cuales, aparentemente, hacen bien a la digestión o algo. Entonces compré un paquete. Y debo decir que me sorprendió. Eran muy ricas. Tanto es así que sin darme cuenta me comí todo el paquete.

Al rato tuve una sed inusualmente grande. Tomaba agua pero nunca parecía suficiente. Debo haber tomado dos o tres litros antes de que se me calmara. Anticipé frecuentes visitas al baño esa noche, pero no fue así. Dormí como un tronco.

A la mañana siguiente me desperté brotado. Pequeños tallos verdes crecían en mis poros, que con el correr de las horas se hicieron más grandes y fuertes. Me costó vestirme, parecía que tenía un pulóver debajo de la ropa. A la tarde varios tallos la agujerearon. Algunos tenían en la punta girasoles, que buscaban en vano el Sol sin saber que estaban bajo techo.

Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Decidí no volver a comer esas galletitas. Pero el problema principal era cómo eliminar las plantas que crecían en mí. Quise ver a un nutricionista, pero me dio turno para dos semanas después, y no estaba dispuesto a aguantar.

Mínimamente me parecía que debía afeitarme. Fui a la farmacia a comprar repuestos de Gillette, y de paso pregunté si tenían alguna solución para lo que me estaba pasando. Como era una farmacia naturista, lo único que me dieron fue yuyos, y a esa altura no estaba dispuesto a confiar en el reino vegetal.

Cuando estaba por volver a casa se me ocurrió que podía pasar por un vivero, a ver si sabían algo. Ellos tampoco habían visto nunca nada así, y aunque me pidieron una foto para preguntar a sus proveedores, no me sabían dar una solución.

Sin embargo, vi algo en el vivero que me pareció que podía funcionar. Cuando volví a casa fui al jardín y tiré varios terrones de azúcar, de manera tal que formaran una fila. Al final de la hilera, me acosté con la boca abierta y un terrón en la lengua, que quedó casi apoyada sobre el suelo.

De este modo, como era de esperarse, en pocos minutos la boca se me llenó de hormigas, y no tuve más que tragarlas para que lidiaran con mi inconveniente. Decidí que el operativo iba a ser más agradable si me dormía, y así lo hice.

A la mañana, los brotes estaban marchitos. Supe que las hormigas habían hecho su trabajo. El problema era que ahora tenía un enorme antojo de comer lechuga. Ahí me dí cuenta de que podía cometer otro error, y decidí cortar por lo sano.

En lugar de lechuga, tomé dos o tres litros de agua, como para ahogar bien a las hormigas. Tal vez fue una actitud algo ingrata, pero estoy seguro de que cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo.

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El contenido de la piñata

Era un cumpleaños de 12, etapa de transición entre la niñez y la adolescencia. Algunas costumbres empezaban a ser abandonadas, otras aparecían casi de la nada, pero interesaban a casi todos.

La madre del homenajeado no sabía calibrar bien qué era deseable y qué no. A pesar de su buena intención, algunas iniciativas tenían el destino de fracasar. Estaba claro que no hacía falta animación, pero no necesariamente las golosinas iban a dejarse de lado. Por eso la madre decidió comprar una piñata.

Pero, ¿qué poner adentro? Ya no daba para poner chupetines, o caramelos Sugus. Eran demasiado infantiles. Optó por golosinas más aceptables para los adultos, como caramelos ácidos, pastillas de menta y bombones. Pensó que era una variedad interesante, aunque sabía que la prueba de fuego estaba en la aceptación de la piñata misma, dado que nadie sabría el contenido hasta romperla.

No la infló. Quería ver si era apropiado presentarla. La llevó al salón con las golosinas adentro, para inflarla si resultaba que los preadolescentes estaban más cerca de su edad anterior que del futuro.

Cuando arrancó la fiesta, resultó que todos estaban inquietos. La madre del homenajeado lamentó el contenido de cafeína de las gaseosas que pensaba servir, porque los iba a excitar más. Había pocas alternativas. No tenían edad para alcohol, y aparte su efecto hubiera sido peor. Optó por servir Coca-Cola Light, que por lo menos no tenía azúcar.

La fiesta se desarrollaba en un clima de descontrol. Era difícil mantener a los invitados fuera de las áreas no públicas, y al mismo tiempo dentro del ámbito de la fiesta. Se colaban en la cocina, robaban sanguchitos de la heladera, descolgaban todo lo que estuviera en la pared, jugaban a la pelota y cada tanto se pegaban. La madre optó por ocuparse sólo de los incidentes más graves.

Entre los que pasó por alto estuvo el descubrimiento de la piñata por parte de uno de los invitados. Pero no investigó el contenido. Le divirtió más ponerse a inflar la piñata. Contó con la ayuda de varios amigos, que se turnaban para suministrar aire.

No sabían cuándo el trabajo iba a estar completo. Entre miradas cómplices, acordaron tácitamente continuar hasta el límite. Pensaban que el globo iba a hacer un gran estruendo al reventar.

Sin embargo, no se imaginaban lo que terminó ocurriendo. Cuando la goma no resistió la última bocanada de aire, la fuerza de la explosión hizo que se lanzaran las golosinas por toda la sala. Todas volaron por el aire, con la suerte de que todas las pastillas de menta fueron a parar a las botellas de Coca-Cola Light que estaban distribuidas en las mesas.

En el acto se produjo un efecto géiser. La gaseosa se transformó en espuma y las botellas empezaron una erupción. Durante preciosos minutos, los adolescentes observaron atónitos el espectáculo de la espuma de Coca-Cola Light que manchaba techos y paredes al dar en ellos con gran velocidad.

Y mientras la espuma los manchaba a todos, al mismo tiempo la experiencia se transformaba en un recuerdo que les duraría toda la vida. Por eso, mientras lo absorbían, fue el único momento en el que se mantuvieron quietos.

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Demanda extra

Me gusta caminar de noche por el bosque. Es un lugar pacífico cuando los animales duermen. Puedo sentir la frescura del rocío, iluminarme sólo con la luna y disfrutar de un silencio que no se puede encontrar en ningún otro lugar. Por eso, desde hace varios años es mi costumbre caminar solo por el bosque todas las noches.

Ese día salí como siempre, sin saber que me iba a pasar algo distinto. Estaba disfrutando la oscuridad a mi alrededor, viendo pájaros que dormían en lo alto de los árboles, cuando llegué a un claro que nunca había visto antes. De inmediato me interné en él. Cuando llegué al centro una luz me cegó por unos segundos. Al acostumbrarse mis ojos pude notar que un reflector me iluminaba desde arriba. Miré hacia allí y pude ver un enorme objeto volador que flotaba en el aire y proyectaba ese haz. A pesar del tamaño, era muy silencioso, hacía el mismo ruido que una escalera mecánica.

Me quedé admirando el aparato durante unos minutos. Su diseño era peculiar, nunca había visto nada parecido. Aunque no lo podía ver muy bien porque era de noche, logré notar que era negro y que iba aumentando y reduciendo su tamaño, como si latiera.

Cuando me pareció suficiente, decidí continuar mi caminata. Pero el haz de luz me siguió, no podía escapar de él porque me iluminaba en cualquier dirección que tomara. Ahí la cosa empezó a no gustarme.

Decidí entonces correr para ver si el haz tenía la capacidad de seguirme a una velocidad mayor. Pero ocurrió algo aún más raro. Cuando intenté correr noté que me elevaba sobre el suelo, y recorría el haz de luz, como si fuera un túnel, hacia el extraño objeto volador. Lo hacía a una velocidad lenta pero constante.

Me di cuenta de que estaba siendo abducido. Mi tía Ámbar tenía razón cuando me advertía sobre el peligro de caminar solo por el bosque. Pero decidí evitar esa clase de pensamientos. Estaba claro que no podía hacer mucho para evitar ser abducido y pensé que la mejor actitud era tomarlo como una aventura. Tal vez, si sabía encarar la situación, podría pasarla bien.

Cuando estaba a mitad de camino, noté que la intensidad de la luz aumentó de repente. Pensé que había llegado a otra etapa, pero inmediatamente me detuve y quedé suspendido en el aire. Al mirar a mi alrededor noté que un segundo haz me iluminaba, y ese haz llevaba a otro objeto volador. Era un objeto muy distinto al primero, aunque tampoco se parecía a nada que hubiera visto antes.

Rápidamente me di cuenta de que no eran naves del mismo planeta (o del mismo bando, o lo que sea, no conozco mucho de política extraterrestre) porque sentí dos fuerzas simultáneas sobre mi cuerpo. Ambos haces de luz me llevaban hacia la nave de la que se originaban, pero ninguno era más poderoso que el otro.

De repente, el silencio se quebró. De una de las naves emanó un sonido muy extraño, que fue seguido por otro sonido igual de extraño pero distinto que provenía de la otra. Al mismo tiempo comencé a sentir tironeos cada vez más fuertes, que me hamacaban en el aire a medida que la disputa de ambas naves por mí se intensificaba.

Luego de un rato, cada nave empezó a hacer movimientos bruscos hacia la otra, supongo que para intimidarse mutuamente. Pero ninguna se resignaba a perderme. Aparentemente yo era muy codiciado en el Universo.

Llegó un momento en el que, de tanto intimidarse, una de las naves chocó a la otra. El golpe hizo que ambas perdieran el control de sus haces de luz y yo salí disparado, formando una parábola, hacia otra parte del bosque.

Por suerte, el follaje de un gran roble amortiguó mi caída. Y aunque quedé algo mareado durante un rato, y varios pájaros que anidaban en el roble se despertaron y huyeron del lugar, el episodio no alteró la paz nocturna del bosque.

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Pianos en el aire

Un día, todos los pianos de cola se liberaron de sus dueños y salieron a volar por la ciudad. En cada calle podía verse al menos uno, y sobre las plazas había multitud. Empezaron a rivalizar con las palomas, hasta que una de ellas se posó sobre el teclado de un piano y sonó una nota.

Al oírla, las otras palomas perdieron el miedo a los pianos y cada una eligió uno para hacerlo su hogar. Con las alas probaban tocar diferentes teclas. Descubrieron que podían producir sonidos distintos. No pasó mucho tiempo hasta que las palomas inventaron la música. La ciudad se llenó de canciones de paloma ejecutadas en los pianos que flotaban en la atmósfera.

No era música del gusto humano, porque las palomas tenían una estética diferente y poca cultura. Pero nadie podía evitar que sonara. Los pianos resistían cualquier intento de ser bajados. Cuando algún dueño celoso conseguía una grúa para recuperar su instrumento, el piano con su paloma se alejaba hasta quedar fuera del alcance.

Cada piano agitaba sus tapas para volar. A veces se movían en formación, mientras las palomas tocaban verdaderos conciertos.

La música de las palomas continuaba molestando a los habitantes humanos de la ciudad, que se organizaron para que cesara. Pero los pianos, aunque delicados, eran instrumentos resistentes. No bastaba una gomera para bajarlos, y si por error se embocaba a la paloma que lo tocaba, de inmediato aparecía otra que se adueñaba del piano y se ponía a improvisar un réquiem.

La ciudad decidió armarse con cañones para poder derribar a los pianos de una vez por todas. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Los pocos pianos que fueron impactados cayeron sobre personas que caminaban por abajo sin sospechar que estaban a punto de morir.

Los humanos, al verse sin opciones, resolvieron poco a poco abandonar la ciudad para no tener que oír la música de las palomas. Llegó un momento en el que los pianos flotaron sobre una ciudad vacía. Entonces cada uno volvió con su paloma al que había sido su hogar. Su objetivo de ser libres cumplido, ya podían finalizar el vuelo y hacer suyas las casas de la ciudad. De este modo, pianos y palomas pudieron dedicarse a hacer la música que querían, sin necesidad de que ningún humano les impusiera nada.

Cada vez que se enviaba algún emisario para ver la situación de la ciudad con la idea de volver a poblarla, todos los pianos ejecutaban al unísono un acorde de do menor que espantaba a cualquier persona. Así pudieron defender la que pasó a conocerse como la ciudad de los pianos.

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El espejo de la vida

“La vida es como un espejo, y uno se mira en ese espejo, y a veces la gente que te quiere te ve distinta. O igual, no sé”.
Cris Morena

Cuando me reflejo en la vida veo a la gente que me quiere. Pero la veo distinta y pienso que no me quiere. O que me quiere, no sé. La cuestión es que entonces tengo que salir a mirarme al espejo, pero ahí no veo a la gente que me quiere, sino que me veo a mí.

La gente que me quiere, cuando se mira al espejo, también me ve a mí. Pero me ven distinto. Piensan que se ven a ellos mismos, cuando en realidad me ven a mí. Lo que pasa es que yo soy como ellos, pero distinto, aunque no tan distinto como para dejar de ser igual.

La gente que no me quiere no se refleja en el espejo que, bien mirado, soy yo. Por eso no me quiere. Si quieren verse (o verme, no sé) tienen que aprender a quererme a ciegas. Deben salir de su propio espejo, mas no de su propia vida, y construir un espejo donde verme. Una vez que lo construyan, podrán verme, pero me verán distinto. O igual, no sé.

Hay momentos especiales en los que me miro en los ojos de una persona especial y puedo ver su espejo. Veo reflejado en él el espejo de mi vida. Los reflejos pelean por ser vistos pero quedan atrapados en un ciclo interminable de rebotes que intensifican nuestro amor.

La vida consiste en pulir el espejo para poder ver a los demás a través del que lleva cada uno. Los demás podrán vernos en el nuestro. Y también se verán a ellos mismos. Verán su vida reflejada en la nuestra, porque en el fondo todos somos iguales. O distintos, no sé.

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Al arco

Jugaban Boca y River en la cancha de River. Se jugaba la punta del campeonato. Era, por lo tanto, un encuentro bastante trabado. El buen juego que los dos equipos habían mostrado durante el desarrollo del torneo estaba ausente, había dado paso a la ansiedad por ganar. Ambos empujaban, pero se encontraban con la defensa del rival.

De pronto, se produjo un penal para Boca. Era una oportunidad inmejorable para abrir el marcador, y dadas las características del partido, posiblemente asegurar la victoria. Por eso Boca mandó a patear a su goleador, Martín Palermo, el jugador que más emociones regaló en la historia del club.

Palermo se paró frente a la pelota. Era un momento de gran tensión. No quiso que el viento le jugara una mala pasada, así que decidió patear a su derecha, con el perfil natural para su condición de zurdo. Pero decidió patear bien fuerte, para que el arquero no tuviera chances de atajar.

El delantero pateó con gran potencia, pero el arquero logró rechazar el tiro. Sin embargo, la pelota volvió para donde estaba Palermo. Se había elevado. Palermo, en pocas milésimas de segundo, pensó que debía asegurar el tanto en el rebote. Era menester volver a pegarle fuerte, aunque con la cabeza, de modo que se colara aún ante la resistencia de los defensores que a esa altura ya debían estar ubicados sobre la línea del arco.

Entonces Palermo fue hacia la pelota con gran fuerza, y logró cabecear. Cabeceó hacia la parte alta del arco, así los defensores tenían menos posibilidades de sacar la pelota. Pero no hubo necesidad, porque el tiro pegó en el travesaño con gran fuerza que arrancó al arco de la cancha.

El arco salió volando hacia las tribunas, y el viento que soplaba en el estadio lo elevó aún más. El arco quedó fuera del alcance de todos los que ocupaban las tribunas y lentamente salió de la cancha. Hizo una parábola y fue a dar a la autopista Lugones.

Pero no fue una tragedia. El arco se ubicó sobre dos carriles de la autopista, y quedó parado, como esperando recibir otra pelota. Los autos que venían no tuvieron necesidad de esquivarlo. Pasaban por abajo. Sólo los colectivos que transitaban por la derecha le pasaban cerca, y los ocupantes, al verlo, sacaban los brazos por las ventanillas para ver si podían llegar a agarrar el arco.

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Santo adulterio

Llegué a casa un rato antes de lo previsto. Cuando entré oí una voz algo lejana que decía “cielos, mi marido”. Por el contexto comprendí que era la voz de mi mujer. No sería la primera vez que me iba a esconder algo. La verdad, no tenía ganas de discutir ese día. Me dirigí al cuarto sólo porque quería sacarme los zapatos y las chinelas estaban ahí.

Cuando llegué, me sorprendí al ver a mi mujer en la cama con el Papa. No me lo esperaba, aunque, ahora que lo pienso, la presencia de la Guardia Suiza repartida por toda la casa debió haberme hecho dar cuenta de lo que ocurría. Pero igual me tomó desprevenido.

El Papa, al verme, se envolvió con una sábana y se me acercó. Me dijo, mitad en latín, mitad en castellano, que comprendía lo que yo estaba sintiendo, pero que el amor era el más sagrado don que Dios nos había otorgado. No supe qué contestarle. No es fácil hablarle a una figura tan importante, tan influyente, tan sabia, en el mismo momento en el que uno descubre a esa figura en la cama con su mujer.

Como vio que no contestaba, el Papa continuó su discurso. Me habló de la misericordia, del perdón divino, mencionó el hecho de que todos somos pecadores y como tales debemos arrepentirnos de nuestros pecados. Él, dijo, no estaba exento de las tentaciones de la carne y me juró por Dios y los evangelios que iba a trabajar para mejorar ese aspecto de su persona.

No sé, me dijo tantas cosas que en un momento me sentí de más. Me pareció que debía dejarlos hacer, total el Papa tenía muchas obligaciones en Roma y no iba a poder venir muy seguido. Iba a ser difícil que floreciera un amor duradero.

Así que me paré, le dí la mano al Papa y me fui a un bar a esperar que se fuera. Antes de irme, me acerqué con él a la cama donde estaba mi mujer esperándolo y les dí mi bendición.

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Soy muy querendón

Hoy me di cuenta de que quiero a toda la gente. Los quiero sin condicionamientos, hagan lo que hagan, y sin distinción de sexo, raza, nacionalidad, equipo de fútbol ni nada por el estilo. La verdad, a veces me doy un asco terrible.

No es intencional quererlos a todos. Es una porquería. No puedo fantasear con la muerte o el sufrimiento de alguien, porque ahora me hago sufrir a mí mismo. Me preocupo porque todos estén bien, y es inevitable que unos cuantos en determinado momento anden mal, entonces yo también me pongo mal. Soy un pelotudo.

Si sólo confinara el cariño a mi círculo íntimo, o algo más o menos controlable, podría funcionar. Me gusta querer, pero hay alguna gente a la que no tengo ninguna intención de querer. Sin embargo, lo hago. Mi amor es demasiado generoso. Parece que la única persona a la que no quiero soy yo mismo.

Los quiero a todos, aún a los roñosos, los delincuentes, los energúmenos, los nabos y los forros. No sé quién me manda a ser tan amplio. Tengo que hacer una buena autocrítica, conseguir ser más fuerte de carácter y permitirme dejar de querer a la mayoría. A algunos, incluso, debería odiarlos. Pero soy un blando de mierda y los quiero.

Espero que, mínimamente y aunque ya lo tengan, por lo menos algunos hagan algún esfuerzo para merecer mi cariño.

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Los tiempos románticos del coquero

Estamos en la era de lo descartable. Los productos ya no se hacen para durar. Los muebles son de fórmica, los autos no tienen la solidez de otros tiempos, las bebidas vienen en botellas que se tiran luego de un solo uso. Lejos quedó la época en la que todos lavaban y rellenaban recipientes de vidrio, que cuando se rompían era un golpe al bolsillo que duraba el resto del mes. Todo fue reemplazado en aras de la conveniencia.

Se han ido los tiempos de otras comodidades. Hoy hay supermercados en todos los barrios, donde cada uno tiene a su disposición toda clase de productos y puede elegir sin que a nadie le importe. Se trata de una era impersonal, en la que no existe la relación casi familiar que solía haber con los comerciantes.

Hoy viene la moto del delivery con la pizza o las empanadas, se le da una propina y se va, posiblemente para no volver nunca más. No conocemos su nombre, no sabemos qué le interesa, no nos metemos en su vida ni él en la nuestra.

Antes había otra clase de delivery. Todas las mañanas, el coquero del barrio pasaba por la puerta de cada casa y entregaba los sifones de Coca-Cola fresca, recién elaborada. No había fecha de vencimiento, no había botellas de plástico, no había códigos de barra, no había supermercados. El coquero era el nexo directo entre la fábrica y el consumidor, que impedía excesos corporativos porque había verdaderos lazos familiares.

Todos los días, a las siete de la mañana, en la puerta de las casas se podían encontrar los sifones contour vacíos que el coquero se llevaba, entregando en su reemplazo los llenos. La Coca-Cola era más sabrosa en esa época. No se avejentaba en los depósitos de los supermercados, no perdía gas una vez abierta, y llegaba recién hecha a cada casa. Quienes lo experimentaron saben que es incomparable el sabor de aquella Coca-Cola fresca, impoluta, con la que lleva dos semanas guardada en una lata.

Eran épocas más inocentes. Aún no había competencia. El carro tirado por una mula del coquero no había dado paso a los camiones que luego poblaron las ciudades. Si uno no se levantaba a la hora que pasaba el coquero, se quedaba sin Coca. Y no había competencia, ni era necesaria.

Con el tiempo, la costumbre se fue degenerando. Los camiones reemplazaron a la tracción a sangre, y aparecieron distintas marcas de Coca-Cola (aunque no la llamaban así, eso es lo que eran). Empezaron a variar los horarios, a hacer paradas largas, a ofrecer distintos productos. Ya no era un simple repartidor de sifones, había que hacer complejos pedidos de bebidas de distintos sabores, que obligaban a los camiones a estar mucho tiempo detenidos en la puerta de cada casa.

Llegó un momento en el que los gobiernos tuvieron que tomar cartas en el asunto. El tránsito se veía perjudicado por los coqueros, que no sólo eran muchos sino que pasaban demasiado tiempo detenidos. Hay gente que piensa que la Coca-Cola Company no se resistió a la decisión de prohibir la actividad, porque se había vuelto poco eficiente.

Lo cierto es que sólo se autorizó el transporte a comercios como los supermercados. Así como desaparecieron los tranvías, los coqueros tampoco resistieron el paso del tiempo. Se agilizó el tránsito, no se puede negar, pero el fin del coquero dejó a las ciudades sin uno de los personajes pintorescos de antaño, y clausuró una etapa que nunca volverá.

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