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El estuche descripto

Dos mitades conforman el estuche. Son muy similares, sólo que una (que designaremos inferior) tiene una pequeña traba, que permite que la otra se quede unida a ella a menos que sea activada.

Ambas mitades son duras, como caparazones. Los bordes curvos evitan contactos innecesarios con objetos que les pueden causar algún peligro. La mitad superior alguna vez tuvo una inscripción que indicaba la manera de contactarse con la óptica de origen. Aquellas letras y números ya no están, ni siquiera en vestigio, y sólo permanecen en la memoria del portador.

En la parte posterior, dos bisagras proveen movilidad. Una está más expuesta que la otra, a causa de los repetidos golpes a los que se vio sometida. Se trata de la más cercana al suelo en caso de caerse. Cerca de ella se puede apreciar la ausencia de varios fragmentos de plástico, que han dejado de pertenecer al estuche. También hay rajaduras, que conforman un indicio del próximo fin.

Al abrir el estuche, el negro troca en marrón. Hay dos mitades interiores que se abren, como invitando a los anteojos a pasar. También se encuentra en el interior una felpa, que tiene el ostensible objetivo de limpiar los lentes, aunque la mugre acumulada durante los años hace que sea difícil conseguir grandes resultados.

Cuando se vuelve a cerrar el estuche, con o sin los anteojos, la traba que une las dos mitades hace un sonido que indica que la operación fue exitosa. Antes era un “clic”, hoy se ha visto debilitado a menos que el portador ponga especial esmero en el cierre. Pero, aunque el sonido no sea el mismo, la traba funciona igual que siempre, y mientras lo haga el estuche podrá cumplir con su cometido.

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14 Dec 2011
Ejercicios Del año:

El estuche habla

Sí, está bien, se supone que soy resistente. Se supone que protejo a los anteojos de los golpes, entonces me tengo que bancar los golpes. Pero eso no significa que sea razonable estar tirándome al piso todo el tiempo.

Vos agarrás los anteojos y me dejás olvidado en el bolsillo. No pensás en mí, ni siquiera te tomás el trabajo de creer que voy a estar seguro. Después te sentás, te ponés cómodo, y no se te ocurre pensar en las posiciones peligrosas en las que me colocás. Si vos estás sentado, el bolsillo está horizontal, y yo quedo al borde de caer al vacío, capisce?

¿Sabés lo que significa para mí una caída de unos centímetros? Es un gran terror, porque si me llego a romper no voy a servir más, me vas a abandonar o tirar. Y, aunque sé que tarde o temprano voy a terminar así, no quiero acelerar el proceso. Quiero ser el estuche de tus anteojos mucho tiempo más.

Por eso te pido que me cuides. Que me ofrezcas el mismo respeto que das a los anteojos. Yo agradezco que confíes en mí para cuidarlos cuando no los usás, pero me gustaría que supieras que voy a estar en condiciones de cumplir con esa noble tarea mientras menos me caiga.

Si no, un día me voy a partir en dos, y los anteojos van a quedar sin hogar. Vas a tener que dejártelos puestos, o guardarlos solos en el bolsillo, exponiéndolos al mismo peligro al que ahora me exponés a mí. Por eso te conviene ir practicando. Si evitás que yo me caiga, cuando llegue mi inevitable fin tendrás más chances de evitar que los anteojos, huérfanos de mí, por un pequeño accidente se hagan trizas contra el suelo.

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11 Dec 2011

El arte del quemado

La nueva sensación en las playas brasileñas es el arte del bronceado. Mediante una novedosa técnica, los artistas cubren el cuerpo entero con complejos motivos de duración limitada.

El interesado debe presentarse a la mañana en las carpas instaladas en la playa. Allí, los artistas cuentan con una paleta de protectores solares de distintas gradaciones. Luego procede a pintar con ellos sobre el cuerpo, construyendo imágenes de distintos tonos, acorde al factor de protección de cada crema.

Las imágenes no se ven inmediatamente. El turista sale de la carpa tal como entró, pero a medida que va tomando sol la imagen se empieza a ver. Mientras más sol se reciba, más vívida quedará. Ni los artistas ni el Estado brasileño se hacen responsables por las posibles consecuencias dermatológicas de hacerse el dibujo.

El método permite gran precisión de imágenes, y resulta sorprendente la técnica que han alcanzado los artistas, sobre todo si se tiene en cuenta que trabajan a ciegas y aplicando protector de mayor potencia donde se quiere un tono más suave. Es como pintar con tinta invisible, pero en negativo.

Gracias a esta innovación, los turistas que vuelven de Brasil ostentan, junto a las tradicionales trenzas, diseños únicos y efímeros en todo su cuerpo.

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8 Dec 2011
Pop! Del año:

Mocos de generaciones

Cuando el primer alumno pegó un moco a la parte de abajo de su pupitre, en vida de Sarmiento, no se imaginaba que estaba iniciando una cadena destinada a llegar a nuestros días.

Él y sus continuadores crearon una pegajosa sucesión de mocos, chicles y otras sustancias, que comunican a generaciones de alumnos a través de los pupitres. Cuando un chico llega a una escuela nueva, la presencia de la masa bajo su pupitre le recuerda que es parte de una larga tradición.

Cuando se produce una renovación de pupitres, los escritorios prístinos son sometidos a la ceremonia de inauguración de una nueva cadena de mocos. El primero de ellos certifica que el pupitre es aceptado por los alumnos y permite el pegado de otros.

Las administraciones de las escuelas no son muy afines a esta tradición. Es más bien una costumbre informal, compartida por los alumnos a través de diferentes generaciones. Algunas autoridades insisten en la limpieza, en tener el mobiliario en condiciones, pero igual respetan la tradición de los mocos, porque ellos también fueron alumnos. Entonces exigen que la superficie de cada pupitre se mantenga prolija, pero hacen la vista gorda ante lo que ocurre debajo.

Así, los alumnos también aprenden la importancia no sólo de las apariencias externas sino de la realidad bajo la superficie. Aprenden a manejarse por abajo de la mesa mediante las costumbres llevadas a cabo por sus antepasados y antecesores. Aprenden, en suma, a manejarse en la sociedad.

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5 Dec 2011

La reacción del guardaespaldas

El guardaespaldas se encontraba en plena labor, guardando una espalda, cuando divisó a una persona que estaba apuntando un arma hacia el cuerpo cuya espalda tenía la misión de proteger.

Al verlo, se tiró con lentitud para derribar a su cliente y reducir así las posibilidades de que fuera impactado. Al tirarse, gritó “Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

La situación causó un revuelo. El tirador arrojó su arma a la calle y trató de escaparse, pero ya había sido visto. Personal de seguridad y policías que estaban cerca lo persiguieron, lo detuvieron y lo llevaron a la seccional para interrogarlo.

Mientras, otras personas se dedicaron a atender a quien se había evitado que fuera la víctima de un disparo. Los otros guardaespaldas lo hicieron sentar en el cordón de la vereda para que respirara un poco y se relajara. A pesar de que se había salvado, era una situación muy estresante. Un asistente compró una botella de agua mineral, para que el patrón tomara mientras se tranquilizaba.

Los guardaespaldas que lo habían sentado estaban atentos, porque siempre podía haber otro ataque. No era cuestión de bajar la guardia, tal vez era una trampa, y no querían caer en ella. Y, sobre todo, no querían que cayera su cliente. Por eso no sólo guardaban la espalda, sino todos sus lados. No es que no confiaran en su capacidad de ver peligro. Es que él prefería dedicarse a mirar otras cosas y pagarle a alguien entrenado para que lidiara con los potenciales atentados. Tener guardaespaldas lo hacía vivir más tranquilo, y ellos lo sabían, por eso ponían tanto esmero en tranquilizarlo.

Cuando les pareció que la situación estaba bajo control, propusieron seguir el camino. El cliente dudó. Le gustaba la idea de continuar, pero se preocupaba un poco por sus guardaespaldas, y trataba de que todos estuvieran bien.

“¿Y él?” preguntó el cliente. “Él sabe lo que hace, tiene mucha experiencia”, contestaron los otros. Entonces marcharon siguiendo su ruta.

El guardaespaldas quedó en el lugar de los hechos, todavía cayendo y gritando oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo”. Hacia la nochecita impactó en el suelo y recuperó la velocidad normal. Al ver que todo había terminado y no quedaban manchas de sangre, volvió a su casa.

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2 Dec 2011
Caídas, Pop! Del año:

Concierto a beneficio

Se anunció un concierto a beneficio. Varios artistas de gran renombre formarían parte de una velada cuyo objetivo sería recaudar fondos para una causa que lo ameritaba. Las entradas se vendieron a una velocidad inaudita. Se auguraba un estadio lleno a rabiar. Todos los músicos estaban entusiasmados por formar parte de la iniciativa.

El día del concierto, los músicos se reunieron a almorzar para desearse suerte mutuamente. Durante la comida se habló sobre la causa que los congregaba. Todos estaban orgullosos de hacer un aporte, y cada uno se enorgullecía de que, además de participar en el concierto, también hacía donaciones de su bolsillo.

La idea flotaba en el ambiente y era cuestión de tiempo hasta que alguien mencionara lo aprovechador que era el público. Todos, evidentemente, estaban en condiciones de donar el valor de la entrada a la causa benéfica. Sin embargo, parecían necesitar que varios artistas de gran renombre formaran parte para hacer efectivo el movimiento de fondos.

Los músicos se dieron cuenta de que al público no le importaba la causa, sino verlos en escena. Esto último era razonablemente halagüeño, pero mostraba el egoísmo de los que iban a estar presentes esa noche en el estadio. Quién sabe cuánta gente no pudo comprar entradas por haber gastado su dinero en donar a la causa.

Todos se enojaron muchísimo, tanto que se les fueron las ganas de tocar para esa gente. Pero a esa altura no se podía cancelar el concierto. Además, existía la chance de que los miserables que iban a componer la audiencia demandaran la devolución del importe de las entradas, como si no se tratara de un aporte benéfico. Entonces se resolvió a regañadientes llevar a cabo el concierto.

Cuando fue la hora, los primeros músicos salieron a escena sin esperar que el estadio terminara de llenarse. Querían terminar cuanto antes. El público se sorprendió, pero aplaudió la puntualidad y, sobre todo, la llegada de los músicos. Luego de un frío saludo, se lanzaron a tocar el primer tema.

Pero no lo tocaron con entusiasmo. Más bien, fue una versión notoriamente pobre, a pesar de que era un tema que se tocaba seguido. La falta de ganas estaba afectando a la performance. El público notó las deficiencias, pero no importaba. Estaban viendo a los músicos en escena, entonces aplaudieron al final con gran entusiasmo.

Los músicos, al ver que el público no sólo estaba allí por razones egoístas sino que ni siquiera se dignaba a no aplaudir una versión mala de un tema conocido, o sea que tampoco iban a apreciar la música, se indignaron más. Salieron del escenario, debatieron unos minutos y decidieron suspender el show. Previamente volvieron a salir todos al escenario y explicaron la decisión. Lo hicieron sin guardarse nada. Llamaron miserable al público, y expresaron su desprecio con todas las de la ley. Indicaron también que, si en su miseria algunos querían que les devolvieran el dinero de las entradas, no iban a tener problemas, porque no tenían intención de recibir aportes de gente tan despreciable como la que poblaba el estadio esa noche.

El público, al principio, se quedó, esperando que el anuncio fuera un gag o algo. Pero pronto quedó claro que los músicos no iban a volver, entonces el público comenzó a retirarse. Pero nadie pidió la devolución del dinero. Tal vez por culpa, todos consideraron que, después de todo, valía la pena aportar para una buena causa.

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24 Oct 2011

El ocaso del Marroc

El bocadito Marroc disfrutaba de una longevidad inconspicua. Nadie le prestaba demasiada atención. No era objeto de promociones ni aparecía en publicidad. Se limitaba a estar disponible, sin ofrecer más que lo que podía dar. El público, enterado de sus virtudes, lo consumía en forma moderadamente masiva. De modo que seguía siendo producido.

Durante décadas, no había cambiado nada. Ni la forma, ni el tamaño, ni la composición, ni el envase. Era una de las pocas cosas permanentes de la vida. El bocadito era familiar para todos, fácilmente identificable por su envase plateado y rojo. Era también barato, muy portátil, apto para llevar en el bolsillo sin llamar la atención y sorprender a alguien (o a uno mismo) con su repentino descubrimiento.

Todo iba bien hasta que a los responsables de marketing de Fel-Fort se les ocurrió prestarle atención como producto. Notaron el nivel parejo de ventas, y la buena imagen que tenía entre los consumidores. Y pensaron que podían aumentarse los ingresos provenientes del Marroc. Fue el principio del fin.

Se lanzaron a un proyecto que en teoría era promisorio. El primer fruto fue la aparición de un Marroc light, que se suponía que iba a ampliar el rango de consumidores del bocadito. Y, aunque fue razonablemente bien recibido por el mercado, no fue así. No se incorporaron consumidores nuevos, sino que algunos que comían Marroc se volcaron a la nueva versión de bajas calorías.

Los ejecutivos se dijeron que no era un mal comienzo. No es frecuente que se lance un producto nuevo sin campaña publicitaria y tenga la aceptación del Marroc Light. Así que los primeros resultados les dieron ánimo para encarar la segunda etapa del proyecto.

Consistía en hacer una gran campaña publicitaria. Si sin publicidad el Marroc era un producto muy masivo, era lógico pensar que una invasión de los medios por parte del bocadito iba a resultar en la multiplicación de sus ventas. Todo cerraba en teoría, pero un elemento que no tuvieron en cuenta fue el que terminó arruinando todo.

El error fue poner expectativas sobre un producto ya masivo. Se lanzó una enorme campaña de publicidad en toda clase de medios. Aparecieron carteles exaltando las virtudes del Marroc. Su nombre decoró la camiseta de Estudiantes de La Plata. Los conductores de los programas más populares de televisión comían el bocadito en cámara y comentaban entre sí el sabor placentero y tradicional que todos conocían.

Tras semejante despliegue, se previó un gran aumento de la demanda de Marroc, y se aumentó considerablemente la producción de bocaditos para poder satisfacerla. Pero el público no respondió como se esperaba. Sí, las ventas aumentaron un poco, porque el Marroc estuvo más en la conciencia de los consumidores, pero no lo suficiente como para justificar (o costear) la campaña publicitaria. Para peor, la producción de más obligó a bajar drásticamente el precio del bocadito para poder venderlos todos, y a detener la fabricación de nuevos hasta que se acabaran.

Luego del fracaso de la campaña, se decidió volver a la estrategia anterior. Pero algo se había roto. El público se acostumbró al nuevo precio de los Marroc, sin embargo, cuando volvió a ser producido el precio retornó a su valor anterior. Esto fue visto entre los consumidores como un aumento injustificado, de modo que le dieron la espalda, y comenzaron a comprar otros bocaditos, como el Cabsha, que se mantenían en el mismo precio de siempre.

Rechazado por el público, después de un tiempo la producción de Marroc fue discontinuada, como consecuencia del error de la empresa de no dejar en paz a su mejor producto.

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21 Oct 2011

La vista desde el cometa

El cometa se acercaba al perihelio. Los habitantes estaban expectantes. Se consideraban una generación privilegiada, al poder conocer la luz y el calor del Sol. La órbita muy elíptica del cometa los mantenía durante grandes lapsos en los confines del Sistema Solar. Desde el último perihelio, la ciencia se había desarrollado mucho, y los habitantes estaban en condiciones de entender de qué se trataba. Había registros de la vez anterior, pero eran tan lejanos en el tiempo que era difícil distinguir el mito de la realidad.

De modo que la ciencia reportaba novedades todo el tiempo. A medida que el cometa se acercaba al Sol, se producían novedades. La capacidad de observación iba cambiando. Algunas cosas que en el lado oscuro se podían ver bien se perdían en la luminosidad reinante, pero otros objetos eran mucho más visibles, porque eran iluminados por el Sol y también porque estaban más cerca.

Así fue como los astrónomos del cometa pudieron ver que había un objeto que llevaba una trayectoria tal que iba a chocar contra ellos. Subsiguientes observaciones no dejaron dudas: ambos cuerpos chocarían a menos que se hiciera algo. Y para peor, cuando pudieron medirlo, comprobaron que el objeto que los iba a impactar era enorme, mucho más grande que el cometa y capaz de pulverizarlo en el choque. Era tan grande que tenía otro objeto subordinado, bastante más chico pero, comparado con el cometa, también muy grande y con potencial devastador.

Las autoridades del cometa se reunieron en forma urgente para ver qué podían hacer. Era preciso desviar la trayectoria o evacuar, dejar para siempre el cometa donde siempre habían vivido. Se llegó a la conclusión de que iba a ser necesario el abandono, porque no existía la tecnología necesaria para desviar el cometa. Otra opción que se contempló fue destruir de alguna forma al objeto que iba a impactar, pero se determinó que era aún menos factible con la tecnología existente.

Se hicieron planes, entonces, para evacuar. Se inició la construcción rápida de varias naves que iban a llevar a todos los individuos que entraran. No era posible sacar a todos, por lo tanto era necesario encontrar un método para elegir a quiénes iban a tener el privilegio de sobrevivir y ser testigos de la destrucción de su cometa.

Mientras se daba un gran debate público, en el que cada uno intentaba imponer un criterio en el que se salvara, los astrónomos dieron la voz de alarma. Otro objeto se acercaba al cometa, esta vez a mucha mayor velocidad.

Se trataba de un objeto alargado y puntiagudo, cuya trayectoria aparentaba venir del cuerpo que iba a impactar al cometa. La velocidad era tal que no iba a haber tiempo para evacuar. En cuestión de minutos impactaría. Los astrónomos no estaban en condiciones de predecir las consecuencias de ese impacto, por lo que los preparativos para la evacuación continuaron durante el poco tiempo restante. Sólo se vieron interrumpidos por una luz intensísima, el único síntoma que pudieron llegar a percibir de la destrucción del cometa.

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Calva esperanza

Una multitudinaria marcha se desarrollaba en una plaza de la ciudad. Los manifestantes estaban convocados bajo el lema “un compromiso por la paz”. Para motivar a los responsables de los diferentes conflictos a resolverlos, querían mostrar que el reclamo no se quedaba ahí, que no era una marcha más, sino que todos los presentes estaban dispuestos a hacer un aporte tangible a la causa, a sacrificar algo para obtener paz en el mundo.

Una vez congregada la gente, que no sabía de la naturaleza del compromiso que se les iba a pedir, el más carismático de los líderes formuló una arenga. Habló de la importancia de la paz, de que era una oportunidad para marcar la diferencia, de que todos tenían que dejar algo. El público aplaudía cada argumento. Cuando el líder percibió que la multitud estaba dispuesta a aceptar, se animó a pedir: que todos se afeitaran la cabeza en ese momento.

Una ola de duda recorrió al contingente. Algunos atinaron a irse, pero fueron interceptados por los más entusiastas. La duda fue suplantada en forma progresiva por la convicción de los más rápidos, que animaba a los que no estaban seguros a mostrar que tenían un compromiso real.

La organización sacó a relucir miles de afeitadoras, que fueron repartidas entre el público. Las personas se afeitaban entre sí con armonía, y cooperaban para conseguir más rápido el objetivo de lograr una muchedumbre completamente calva. En pocos minutos se consiguió. Miles de cabezas alternaban sus miradas entre el escenario y el resto del público. En el suelo de la plaza se formó una montaña de pelo, que la hacía parecer una gran peluquería. El cabello era recogido por la organización para ser vendido a las compañías de pelucas con el objetivo de recaudar fondos para futuras campañas.

El sol brillaba sobre las cabezas calvas. Se produjo un resplandor que el líder de la marcha comparó con la luz que debía iluminar al mundo. Ese resplandor llamó la atención de los oficinistas que estaban trabajando en los edificios vecinos. Unos cuantos corrieron hacia las ventanas para ver qué estaba produciendo semejante luminosidad. Y antes de que se dieran cuenta, la luz reflejada en las miles de calvas fue dejándolos ciegos, uno por uno.

Y aunque se molestaron muchísimo y les provocó numerosos inconvenientes, la ceguera no era en vano. Era un sacrificio que estaban haciendo, sin saberlo, por la paz.

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15 Oct 2011

La naranja se pasea

Estaba por exprimir una naranja. Estaba en la mesada, mientras yo buscaba un cuchillo para partirla en dos. Pero antes de que pudiera hacer el corte, la naranja saltó de la mesada y se escapó.

Salí tras ella. Me costó mucho encontrarla. Estaba atascada entre el sillón de la sala de estar y la pared. Justo en el momento que moví lo moví, la naranja astutamente siguió rodando.

Fue hacia el comedor. La seguí con las manos hacia abajo, y el cuchillo en una de ellas. No podía alcanzarla. Cuando estuve cerca, decidí tirarle el cuchillo para debilitarla. Pero no dio resultado. El cuchillo sólo cepilló una pequeña lonja de la cáscara.

La naranja se seguía paseando. Fue del comedor al baño, del baño al dormitorio, del dormitorio otra vez a la cocina. Yo trataba de adivinar el rumbo, pero terminaba siempre persiguiéndola.

En la cocina pude armarme mejor. Abrí el cajón de los cubiertos y lo examiné durante un instante, sin perder de vista la naranja. Agarré un tenedor y me quedé al acecho, esperando que la naranja volviera a pasar.

Así lo hizo momentos después. Apenas la vi venir, me agazapé. Cuando atravesó la puerta, salí de mi escondite y le tiré certeramente el tenedor. Los dientes se clavaron en la cáscara, deteniendo la trayectoria.

Entonces la agarré, la partí en dos y extraje su jugo. Luego lo bebí, con la placentera sorpresa de enterarme de que el jugo de naranja es más rico agitado.

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12 Oct 2011

Alto asado

Cuando fui al quincho a ver si estaba en condiciones para el asado, me encontré con que la palmera que está plantada al lado había hecho crecer sus raíces. Con tanta fuerza que el piso estaba rajado. Era necesario intervenir, cortar las raíces y reparar el piso. Pero no era urgente. Se podía hacer después del asado.

Así que limpié el quincho, lo dejé impecable. El día del asado llevé todos los elementos: carbón, carne, platos, bebidas, picada. Encendí el fuego y los leños se fueron calentando mientras los invitados llegaban.

Como era verano, el calor del fuego molestaba un poco. Algunos invitados pidieron encender el ventilador de techo. Me pareció buena idea, entonces lo encendí. Al hacerlo, nos pareció que estaba andando demasiado rápido. Tiraba un viento importante. Y encima era viento caliente, porque no hacía mucho más que remover el aire que venía de la parrilla.

Decidí no apagarlo, porque era preferible aire caliente en movimiento que quieto. Era bastante viento, de cualquier manera. Por la acción del ventilador, se movía todo: los platos, la mesa, las papas fritas, los leños, el piso.

De repente, el quincho despegó. Cuando la parrilla dio suficiente calor, la suma del aire caliente y el efecto helicoidal del ventilador hizo que se levantara hacia el cielo. Subió unos metros y después tomó la dirección contraria a donde se encontraba la parrilla. De la chimenea salía una columna de humo que marcaba nuestro camino.

Al vernos en esa situación, no teníamos muchas opciones. Decidimos poner la carne y hacer el asado igual. Ya teníamos la parrilla prendida, no íbamos a desperdiciar todo. Algunas mujeres que se habían ido a preparar la ensalada se lo perdieron, pero los demás disfrutamos de una comida memorable.

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9 Oct 2011
Juegos, Pop! Del año:

Mensaje de Dios

1. La secta

Todo había empezado con un grupo de estudiantes religiosos del MIT. Gente de alta formación técnica y mente estructurada, contrariamente a la costumbre de la zona creían en Dios. Pero no eran seguidores de una iglesia en particular, sino que realizaban su exploración espiritual en forma privada.

Era un grupo pequeño, de gente que se había enterado de casualidad de que había otros con un interés similar al suyo. Comenzaron a reunirse todas las semanas en los dorms del campus del MIT. En las reuniones discutían cuestiones teológicas, filosóficas y espirituales. Leían textos antiguos, analizaban historias de la Biblia e intercambiaban ideas en forma abierta y plural. Aceptaban a gente de cualquier religión, y aunque a veces se armaban discusiones acaloradas, en general se mantenía un ámbito respetuoso, en el que las preguntas eran más importantes que las respuestas.

Con el tiempo, se formaron liderazgos en el grupo. Distintas corrientes se disputaban la misión de conducir el proyecto, y se terminó instituyendo una estudiante del último año de la carrera de ingeniería del software, Abigail Adams.

Durante su mandato, Abigail se dedicó a hacer crecer el grupo y generar nuevos proyectos. Su mandato fue exitoso, la membresía superó las cien personas, que acudían a reuniones de diversas disciplinas. Los domingos se hacía un almuerzo multitudinario en los jardines del campus, en el que los subgrupos se encontraban a intercambiar ideas y experiencias.

Los miembros más nuevos del grupo, que eran mayoría, se vieron impresionados por Abigail, que supo ganárselos en base a conocimientos, personalidad y ambición de poder. No tuvo dificultades para instituirse en “jefa suprema” del grupo. Pocos discutían sus decisiones, y los que lo hacían se veían excluidos. Se estableció un principio tácito de lealtad a Abigail, el que no lo cumplía se quedaba afuera. Pero, de todos modos, eran muchos más los que se incorporaban que los que se iban.

Un domingo, en el almuerzo semanal, Abigail anunció un ambicioso proyecto.

2. La idea

Los conocimientos de Abigail en el campo del software la hacían reflexionar sobre Dios. Pensaba que, así como ella podía programar una computadora, Dios había programado desde hacía tiempo el Universo. Y que los problemas actuales se debían a bugs en la programación, y a unos pocos aspectos que no había podido resolver con eficiencia. Dios tenía la respuesta, sabía cómo corregir la programación, pero para implementar los cambios era necesario reiniciar el Universo, entonces todo se mantenía imperfecto. De todos modos, la programación vigente era excepcionalmente eficaz, no en vano la había confeccionado Dios.

Esta percepción de Abigail fue muy aceptada en la comunidad. Se armaban debates tecnoteológicos al respecto. Abigail admitía no tener todas las respuestas, sino que simplemente ofrecía una visión del Universo. Todavía había mucho por descubrir, y lo bueno era que cualquiera podía hacerlo.

Según la doctrina de Abigail, la ciencia no era más que una ingeniería inversa para descubrir el código fuente de la programación primordial. Pero, además, Dios estaba en los detalles. La frase “Dios no juega a los dados con el Universo” se volvió muy popular en la secta. Por más que la programación no fuera la ideal, en sus recovecos podía verse la obra de Dios.

Pronto, un subgrupo llegó a la conclusión de que no existía el azar. Las rutinas de generación de números aleatorios estaban gobernadas por Dios, que se mostraba en cada resultado. Así lo determinaba la programación inicial, que algunos llamaban “la voluntad divina”.

Rápidamente se dieron cuenta de que esa idea era el germen de una comunicación fluida con Dios. Si se confeccionaba un programa que generara caracteres al azar, Dios hablaría a través de ellos y les daría un mensaje que iluminaría las vidas de todos.

Abigail se entusiasmó con el proyecto, y lo anunció en la reunión dominical. El plan era tener el software listo, y luego alquilar una de las supercomputadoras del MIT para ejecutarlo. Era necesario un equipo así, porque la mente de Dios tiene una complejidad inimaginable, y no era cuestión de abaratar su mensaje con una máquina comprada en el supermercado.

Luego de algunos meses de desarrollo y pruebas, el software estuvo listo. Se decidió, entre otras cosas, usar sólo minúsculas y números, ningún signo de puntuación. El alfabeto a utilizarse era el latino, a través de los códigos ASCII correspondientes. El programa sacaría un número al azar, y mediante una compleja serie de operaciones también azarosas devolvería un carácter.

Un domingo a la tarde, el MIT prestó una supercomputadora para el proyecto. Todos estaban expectantes para ver cuál sería el mensaje de Dios.

3. El mensaje

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4. La interpretación

La revelación del Mensaje dejó pasmados a los presentes. Dios les estaba hablando, no podían creerlo. Tampoco podían descifrar lo que Dios les quería decir. El rápido consenso fue que, como humanos, no estaban a la altura de leer directamente a Dios. Dios sabía lo que hacía, no iba a dar un mensaje así nomás, sin que requiriera algún esfuerzo para interpretarlo. Posiblemente estuviera revelando verdades que no fueran digeribles para el público no entrenado, entonces las hacía difíciles de ver.

Se recurrió a diversos métodos para intentar entender el Mensaje. Un equipo de lingüistas y matemáticos de la Universidad trabajó durante casi un año para intentar echar algo de luz. Se aplicaron todos los métodos conocidos de la criptografía, ninguno daba resultado. Se reemplazaron las letras por otras según diversos criterios, se invirtió el mensaje, se intentó encontrar palabras escondidas que tuvieran sentido en algún idioma. Pero nada daba resultado.
La experiencia, de todas maneras, fue enriquecedora. Se desarrollaron nuevas técnicas de criptografía, que resultaron válidas pero igual no dieron resultados.

El público se impacientó. Los integrantes de la secta perdieron bastante fe en el proyecto y también, indirectamente, en Abigail. Algunos empezaron a pensar que la secuencia de caracteres al azar no era más que eso, letras sobre una pantalla.

Se formaron dos bandos, entre los que pensaban que el Mensaje debía ser descifrado tarde o temprano, aunque tomara toda la eternidad, y los que creían que Dios, existente o no, no se había revelado en esa secuencia de letras y números. Se gestó una rivalidad importante entre ambos bandos, que cada tanto se volvía violenta.

En una de las reyertas intervinieron las autoridades. Abigail fue presa y la secta se disolvió, excepto por algunos grupos que continuaron reuniéndose en la clandestinidad. El Mensaje fue prácticamente olvidado. El disco que lo contenía fue confiscado por la policía. Hoy nadie lo recuerda. Sólo los empleados de un remoto sótano de la CIA, donde Abigail, confinada por precaución, continúa liderando el esfuerzo por entender lo que no se puede descartar que sea un mensaje de altísima importancia para la seguridad nacional.

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Obras públicas

“¿Qué hace ese edificio en el medio de la 9 de Julio?” se preguntó un día el intendente de Buenos Aires. Se refería al edificio donde había funcionado el Ministerio de Obras Públicas, un espantoso bloque de cemento que se erigía sobre la avenida más emblemática de la ciudad.

Pensó que todos compartían su opinión, y que iba a ser bueno para su imagen si proponía demolerlo. Pero la reacción de la opinión pública fue dividida. Si bien a nadie le gustaba el edificio, la mayoría pensaba que tenía valor histórico. El intendente, entonces, propuso una segunda idea: trasladar el edificio a otro lugar de la ciudad donde molestara menos. De ese modo podría conservarse, y en la 9 de Julio, los autos y la luz podrían fluir sin interrupciones.

Esta segunda propuesta consiguió gran aceptación, y en poco tiempo se llevó a cabo. Era necesario levantar el edificio y montarlo sobre una plataforma con ruedas. Para eso, se alquiló a Dubai una enorme grúa, capaz de sostener el peso de la construcción durante el tiempo suficiente para colocar la plataforma abajo.

Cuando la grúa enganchó el edificio (lo hizo por la antena), se descubrió que tenía dos largas columnas enterradas, mucho más largas que lo que se pensaba. Como la grúa tenía gran capacidad, no hubo mucho problema. El procedimiento se hizo con cuidado, lentamente. En algunos días las patas del edificio salieron completamente del suelo de la ciudad, y se apoyó la construcción en la plataforma.

Pero el edificio no se quedó quieto. Liberado del entierro parcial, cobró vida, estiró las patas y, para horror de los presentes, salió caminando aparatosamente por la ciudad.

De pronto, el edificio de Obras Públicas se convirtió en una amenaza. Caminaba con gran estruendo, destruyendo todo a su paso, sin que nadie lo pudiera controlar. Se intentó bajarlo de muchas maneras. El ejército apostó tanques para interrumpir su paso, pero eran destruidos por las enormes patas de cemento. Se intentó inútilmente demolerlo a mano, los valientes obreros que lograron entrar en el edificio no podían sostenerse debido al movimiento, y siempre terminaban cayendo. Nada era efectivo. El edificio seguía caminando y dejando una senda de destrucción por donde pasaba. Miles de familias quedaban sin techo, miles de autos, colectivos y camiones eran aplastados a lo largo del trayecto del edificio.

Pero el desastre, al menos, no fue en vano. Las autoridades anunciaron un plan de modernización de la ciudad. Aprovechar la devastación para hacer, además de viviendas nuevas, avenidas y autopistas, que antes no podían construirse por la cantidad de manzanas que hubiera sido necesario expropiar. Sin embargo, no se podía encarar el ambicioso proyecto antes de derrotar al edificio rebelde.

Las autoridades entraron en modo emergencia y se contactaron con expertos internacionales para que les diera algún consejo sobre qué hacer. Mientras la devastación continuaba a toda marcha, el alcalde de Las Vegas contactó al gobierno argentino con una propuesta. Según los planes, si desde varios aviones se lanzaban varias balas de demolición al mismo tiempo hacia los pies del edificio, se podía calcular que la fuerza de esas bolas iba a ser suficiente para tirarlo abajo. La ciudad perdería el patrimonio histórico que representaba esa construcción, pero en ese momento lo importante era detener la catástrofe. La ciudad vio con buenos ojos la propuesta, sobre todo porque hacía recordar a las boleadoras, lo cual daba a la solución un saludable aire autóctono.

Los aviones llegaron, se posicionaron y lanzaron al mismo tiempo las bolas, que impactaron en los pies del edificio, destruyeron su sustento. El edificio cayó haciendo un doloroso estruendo final, el cual dio paso a un silencio que hacía tiempo que no se oía en la ciudad. Después de un par de semanas en las que un porcentaje importante de la ciudad fue arrasado por el edificio, esa noche Buenos Aires pudo dormir en paz.

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9 Sep 2011
Gran porte, Pop! Del año:

Araña pollito

La araña pollito puso un huevo. ¿Qué nacerá de él, una araña o un pollito? La araña pollito mira su huevo. Lo empolla un rato. Después lo abandona otro rato. Repite esta acción varias veces. Finalmente, lo deja dentro de sus ocho patas, y luego alterna entre sentarse y pararse.

Desde afuera, observan con atención un gallo y un araño. ¿Cuál de los dos será el padre de la criatura? Deben esperar a que nazca. Cuando aparezca el nuevo ser se darán cuenta, y será criado como lo que es, para evitar que se crea lo que no. No es recomendable para una araña creerse un pollito. La viceversa tampoco.

De repente, un pollito se acerca, curioso, hacia el huevo. La araña se levanta, intimidante, para intimidarlo. Lo consigue: el pollito se aleja. El huevo está a salvo.

Un granjero ve la escena y se queda, vigilante, a vigilar. Del resultado depende el destino de la araña. Si sale un pollito, la adoptará como araña ponedora. Si sale una araña, ambas serán aplastadas junto al araño.

El huevo se empieza a mover. Algo dentro de él quiere salir. ¿Qué será? Todos miran con gran expectativa. La araña pollito, el gallo, el araño, el granjero, incluso el pollito, desde lejos. Lentamente, el huevo se va partiendo. Empieza a emerger la criatura. Todos prestan atención, todos quieren ser el primero en identificar qué clase de animal está llegando al mundo. Y todos se dan cuenta al mismo tiempo. Es un tiranosaurio. Hay que salir corriendo.

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3 Sep 2011

Van a cruzar

Quiero ser una buena persona. Mejor dicho, soy una buena persona. Por eso cada vez que veo una vieja la hago cruzar la calle. Me parece que toda buena persona debe ayudar a los demás. Y como yo lo soy, no tengo problema en hacerlo. Si estoy cerca, las viejas van a cruzar.

Muchas veces las viejas se quejan. Es que son unas ingratas de mierda. Me dicen que no quieren que las ayude, que pueden cruzar solas. Pero son viejas, no puedo verlas cruzar solas sin que mi alma se conmueva. Necesitan ayuda, y necesito ayudarlas. ¿Y si alguien las atropella? ¿Cómo me voy a sentir? ¿Y cómo se van a sentir ellas, si sobreviven?

Por eso todos los días salgo a las calles con el único objetivo de hacer cruzar a las viejas. Debo decir que entiendo por qué no hay muchos que hagan lo mismo que yo. Las viejas son insufribles. Se piensan que ser viejas les da derecho a descalificar a todos. No paran de quejarse, y cuando me voy ni siquiera me dan las gracias. No las ayudo para que me den las gracias, pero por lo menos pueden tener un poquito de humildad, viejas chotas.

Pero no. En lugar de tener gratitud, se quejan las viejas de mierda. Me dicen de todo, que soy un insolente, que quieren cruzar solas, que qué me creo, que no querían cruzar, que las deje en paz. Algunas se ponen a gritar como unas desaforadas y hacen que los demás me miren mal. Varias veces he tenido que salir corriendo para que la gente no me pegara en solidaridad con una vieja desubicada.

Pero igual no me desanimo. Por más que no lo aprecien, por más que no quieran, las voy a seguir cruzando. Y si no les gusta, se pueden ir bien a la mierda.

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25 Aug 2011
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