Con gran humildad

Con gran humildad, acepto el honor que me es conferido. Me cuesta hacerlo, debido a mi gigantesca humildad. Es la humildad más grande que se haya visto. Lo primero en mí es la humildad, porque sin ella, no somos nada. Entonces, teniendo en cuenta tamaña humildad, me veo en la disyuntiva de aceptar este reconocimiento a mi humilde labor. Por un lado quiero aceptarlo, porque siempre es bueno ser reconocido. Pero por otro lado, mi humildad me lo impide. Lo hace por dos razones. Una es que una persona humilde no debe andar buscando elogios. Y la otra es la sensación de que es un reconocimiento insuficiente para lo que es mi humildad.

Sin embargo, ¿qué es más humilde? ¿Aceptar lo que ustedes me ofrecen, y mostrarme como alguien que acepta la limitada humildad que se me adjudica, o rechazarlo por humildad? Si lo rechazara, podría quedar como alguien que no quiere recibir estos honores, pero una persona humilde no deber hacer esas consideraciones. Y, como les he dicho, no se puede ser más humilde que yo. Entonces no me fijo en eso.

En lo que sí me fijo es qué efecto podrán traer mis actos de humildad. Es posible que mi aceptación de una humildad limitada deje muy clara la diferencia entre mi verdadera humildad y la que se me reconoce. De esta manera, mi humildad sería humillante. Generará en ustedes una humildad proporcional, y con esa acción contribuiré a acrecentar la humildad en el mundo.

Es por eso que acepto, con semejante humildad, el honor que ustedes me brindan.