Esencia de luz invisible

La única luz que vale la pena es la que se ve con los ojos cerrados. Esa luz está libre de influencias externas, de puntos de vista sesgados, de fotones molestos. Cuando uno logra captar su propia luz, está listo para conocerse.

Cuando uno se conoce, conoce también el mundo. Todo está incluido en todo. Usted tiene el universo en cada célula. Arránquese un pelo y mírelo: está viendo miles de universos, uno atrás del otro, tomando forma de folículo mientras en cada uno de ellos, tal vez, esté usted mirándose un pelo.

Mientras usted (o el otro usted) se mira el pelo, por todos lados hay universos que no se pueden ver. O, mejor dicho, que sólo pueden ver los que están entrenados para percibirlos. ¿Cómo los ven? Cerrando los ojos y dejándose poseer por la esencia.

Si usted cierra los ojos, tarde o temprano la sentirá. La esencia no toca timbre. Se presenta y de repente la tiene, la ve. Tiene ganas de agarrarla, de capturarla, quizás de abrazarla, pero no se deja. Toda actividad humana es ajena a la esencia. Sólo accede a ser percibida durante un momento por el ojo bien entrenado.

Los ojos que no la pueden ver sólo perciben oscuridad. Algunos se desaniman, son los que no están preparados. En algún nivel lo saben. No son capaces de recibir al Universo. Si supieran que ya tienen millones, tal vez la idea les sería más familiar. O tal vez se desesperarían, y empezarían a rascarse desenfrenadamente para tratar de sacarse de encima todos los universos.

Pero no podrán. Sólo lograrán sacarse algunos, y con ellos las células que los contenían, que dejarán así de pertenecer a esas personas, para pasar a ser patrimonio del Universo.