Las peras del olmo

Un emprendedor norteamericano decidió que iba a cultivar olmos que dieran peras. La idea era utilizar la selección artificial, aprovechar la velocidad con la que el olmo da frutos para ir criando olmos que dieran sámaras cada vez más parecidas a peras. De este modo, podría vender los frutos como “peras de olmo” e incluso podría vender semillas de “olmo que da peras” para que los clientes plantaran en su jardín e impresionaran a sus vecinos.

El plan estaba previsto que demorara varios años, durante los cuales los técnicos de la empresa debían estudiar los frutos de cada generación para luego plantar el que más se acercaba al objetivo final. El primer paso de la comercialización era obtener sámaras con la forma de peras, pero el plan era más ambicioso y aspiraba a obtener, en algún momento, peras de verdad.

Pero el proyecto demoró más que lo pensado. Después de tres años, se logró un leve angostamiento de las sámaras en su parte superior. Un problema difícil de resolver fue que los avances en una dirección, la forma de las sámaras, muchas veces iban en linajes diferentes de los que avanzaban en dirección del contenido de la fruta. Por eso se decidió recurrir a la ingeniería genética. De este modo, se pensó, podría acelerarse el proceso al combinar los avances de todas las plantas.

Para lograrlo, hubo que descifrar el genoma del olmo. Un segundo equipo tenía la tarea de descifrar el genoma del peral, que se esperaba que fuera útil. Mientras tanto, la selección manual seguía en marcha. Los frutos de las plantas más destacadas no podían ser comercializados en forma preliminar porque debían plantarse para obtener la siguiente generación.

Finalmente, se logró descifrar ambos genomas antes que el método manual diera resultados satisfactorios. Entonces se decidió seguir el proyecto en los laboratorios. La intención pasó a ser programar genéticamente un olmo que diera peras.

Se avanzó con lentitud en la modificación de los genes del olmo, de modo que diera frutos más parecidos a la pera. Después de un tiempo quedó bastante claro que, ya que se contaba con el genoma de la pera, lo mejor era trasladar la información de un código genético al otro. Como el método de copiar y pegar genes nunca dio una semilla fértil, se resolvió usar el genoma del peral como modelo para ir modificando el olmo.

Cuando se obtuvo un código genético que especificaba un olmo que diera peras, se procedió a criar la planta. Sin embargo, nunca dio frutos. Ni siquiera los dio luego de esperar el tiempo que tarda un peral en darlos. Al estudiar el problema se llegó a la conclusión de que el olmo, tal como era, no proveía los suficientes nutrientes como para fabricar peras, entonces nunca llegaba a la madurez necesaria para dar frutos.

Se decidió que debía modificarse el genoma del olmo para que la planta se comportara más como el peral. Para lograrlo, la mejor forma era imitar la estructura. Luego de un arduo trabajo, se obtuvo un olmo modificado genéticamente, que daba peras. También tenía aspecto de peral.

Cuando se lo lanzó al mercado, el público tomó la novedad con escepticismo. A pesar de que algunos expertos lo lograban, para la mayoría de los interesados era imposible diferenciar el olmo que daba peras de un peral. Los potenciales compradores sintieron que la compañía los quería estafar.

Fue necesario invertir 20 millones de dólares en un estudio de marketing para descubrir cómo se podía hacer para vender el producto. El estudio determinó que, dado que la fruta tenía el aspecto, el sabor y la composición genética de una pera, lo mejor sería lanzarlas al mercado como si fueran peras. De este modo, predecía el estudio que las ventas iban a ser saludables.

Al recibir el estudio, la empresa decidió abandonar el laboratorio genético. Los técnicos fueron despedidos y los materiales donados a una universidad. El predio de la empresa se reconvirtió en un campo que se dedicaba al cultivo de la fruta que habían demorado 15 años en desarrollar: la pera.

Aunque la empresa tardó varias décadas en recuperar la inversión, una vez que empezó la venta de las peras tuvo éxito. La compañía pudo insertar sus peras satisfactoriamente en el mercado de frutas. Los consumidores, que no estaban enterados del origen de las peras que comían, ni de la inversión que había llevado a conseguirlos, ocasionalmente notaban un cierto dejo a sámara en las frutas que comían. A algunos les era agradable, aunque la mayoría no le prestaba mayor atención. Ninguno, sin embargo, se daba cuenta de que estaba comiendo peras de olmo.