Otra ciudad

Viajo con mi ciudad. Cuando salgo la veo de lejos, desde un ángulo inusual. Me hace descubrir geografías desconocidas. Esa es la última imagen, pero no la que me queda.

Atravieso la nada, notando su nada. Es evidente que ahí falta ciudad. Los que viven ahí no tienen necesariamente expectativa de ciudad, y a ellos no les falta. Capaz que están lo más contentos. Pero yo veo lo que no es, y me falta lo que podría ser. Tal vez si me quedara me acostumbraría, pero estoy de paso. No vine a visitar esta casi nada. Vine a atravesarla. El vacío es lo que hace que la ciudad a la que voy no sea la mía. Sin él, sería una sola ciudad.

Cuando llego, llego con mi ciudad. Tengo ciertas expectativas difíciles de cambiar. Sé que es una ciudad distinta, pero estoy esperando que sea igual. Que lo que la hace ciudad sea lo mismo que veo en la mía. Y no es así.

Atravieso la rapiña turística y me meto en la ciudad. Veo que vive gente, más o menos como yo. No saben que no soy de ahí. Tienen conmigo las mismas expectativas que con ellos. Yo les aplico las mías.

Reconozco partes de la ciudad nueva  a través de paralelos con la mía. Quiero llevar su geografía a mi mapa mental. Veo las similitudes, y extrapolo similitudes semejantes. Me ayudan a navegar la ciudad, a entender de qué va cada zona.

En todos lados me acechan las diferencias. Detalles que me recuerdan que ésa no es mi ciudad. Me perturban un poco. Los taxis están pintados de otros colores. Los semáforos funcionan en forma levemente distinta. Los puestos de diarios venden títulos desconocidos. Los carteles indicadores de las calles tienen otro diseño y distinta funcionalidad.

Es normal. Y los que viven ahí, me doy cuenta, no notan la normalidad. Es demasiado normal para ellos. En cambio, yo puedo saborearla. Hasta que, con el tiempo, se me hace normal a mí también. Y cuando vuelvo, eso me permite reconocer mi propia normalidad. Por un rato.