Antes del show

El recital generaba tanta expectativa que el público hizo cola desde varios días antes en la puerta del estadio para poder conseguir un buen lugar. Había mucho entusiasmo en la multitud. Muchos llevaban banderas o remeras alusivas al cantante que se presentaba. Para pasar el tiempo, se armaban coros que cantaban las canciones que todos esperaban que el artista cantara. Todos las sabían, y todos tenían la intención de cantarlas junto al intérprete de su predilección. No era la idea escucharlo, sino tener la experiencia del recital, participar, conectarse, pasarla bien. Para escucharlo cantar ya tenían los discos.

Como se difundió la noticia de que ya había una multitud, otra gente que también tenía entrada comprendió que era necesario ir temprano para obtener una buena ubicación. Así que una semana antes del recital ya había decenas de miles de personas en fila en las calles aledañas al estadio.

El recital era un miércoles. El domingo anterior, se abrieron las puertas. Los que estaban más adelante no sabían si era atinado pasar, porque faltaba bastante tiempo. Pero razonaron que probablemente la organización les estaba haciendo el favor de hacerlos esperar adentro. Y, además, la presión de los de atrás estaba por hacer que fueran aplastados, así que los de adelante pasaron y se ubicaron en los mejores lugares de la platea. Hubieran querido ir a campo, pero el acceso estaba cerrado, lo que provocó protestas airadas de los que ya a esa altura llevaban varios días con el objetivo de estar cerca del escenario.

Pero fueron desoídos. Cuando las tribunas del estadio se llenaron, y mientras el público cantaba canciones del artista que estaban esperando, salieron al campo veintidós jugadores de fútbol y tres árbitros. Estaban dispuestos a jugar un partido correspondiente al campeonato local.

El público no entendía mucho de qué se trataba el espectáculo que estaba presenciando. No habían ido a ver eso, un partido de fútbol como telonero de un recital era algo atípico. Pero después de un rato la multitud se fue entusiasmando con el show.

Empezaron a seguir el partido con interés. Pronto, todo el público estaba haciendo lo que había ido a hacer: imitar a los protagonistas, desempeñarse al mismo tiempo que ellos. Y así como en el recital no iban a tener micrófono, durante el partido no tenían pelota. Pero eso no les impidió hacer como los jugadores y patear o cabecear todo lo que tuvieran cerca.

Todos disfrutaban muchísimo menos la policía, que confundió el episodio con una gresca monumental y procedió a desalojar el estadio, dejando fuera a todos los que habían esperado tanto tiempo para entrar.

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23 Dec 2011

Siempre la misma lluvia

No llovían recuerdos. No llovían signos de admiración, ni papelitos, ni partículas de polen. No llovían ideas, no llovían cuchillos, no llovían dólares. No llovían números, ni tarjetas, ni solicitudes, ni rayos de luz. No llovían destornilladores, no llovían tornillos. No llovían mundos. No llovían segmentos de recta. No llovían patos, ni lápices, ni teléfonos. No llovían vidrios rotos, ni chipás, ni patas de pollo, ni objeciones, ni flechas, ni neumáticos, ni personas, ni discos de oro, ni elogios, ni títulos honoríficos, ni fósforos, ni macetas, ni sinécdoques, ni diéresis, ni crema. No llovían plurales, ni llovían pomelos. No llovían lupas, no llovían miguelitos, no llovían pañuelos. No llovían electrodomésticos. No llovían narices de payaso, ni números digitales, ni reglas de tres, ni paños menores. No llovían menores. No llovían gases, ni películas, ni dientes, ni obstetras. No llovían notas musicales, ni sal, ni sodio. No llovían pterodáctilos. No llovían leños, no llovían biromes. No llovían sordos, ni maquillaje, ni tréboles, ni avestruces, ni locomotoras. No llovían visiones, no llovían sonidos, no llovían sentimientos, no llovían megáfonos. No llovían pechugas de pollo. No llovían bolos alimenticios, no llovían valijas, no llovían zapatos, no llovían botas, no llovían cocodrilos. No llovían legumbres, ni esponsales, ni resortes. No llovían enigmas, ni colores, ni estofado. No llovían brillantes genios dispuestos a dar la vida por el concepto de estar dispuestos a dar la vida por un concepto. No llovían peras. No llovían tijeras. No llovían carteras. No llovían pizzas. No llovían títeres, no llovían titiriteros. No llovían actores, ni guionistas, ni bolos, ni sustratos, ni goles. No llovían meteoritos, ni ósculos, ni trenzas. No llovían bigotes. No llovían quijotes. No llovían lingotes. No llovían orejas, ni bits, ni postales, ni cielos, ni manuales de instrucciones. No llovían tóxicos. No llovían perros. No llovían guillotinas. No llovían simposios. No llovían leguleyos. No llovían caramelos. No llovían calamares. No llovían amigos. No llovían pirañas. No llovían explosivos. No llovían zapatos. No llovían relojes. No llovían amarguras. No llovían maldades. No llovía bondad.

Sólo llovían gotas de agua. No hay caso, siempre que llueve pasa lo mismo. Uno se mata esperando poesía, o al menos un gesto para convencerse de que el mundo puede cambiar, pero nada, siempre la lluvia es igual.

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20 Dec 2011

Contener la risa

“¿Cómo puede Batman, que es un ratón, ser un héroe?” dijo el entrevistador, aparentemente sin darse cuenta del tamaño de la estupidez que había dicho. La cantidad de errores lógicos y fácticos contenidos en tan pocas palabras hizo que reaccionara con una risa que brotó de los más profundos confines de mi cuerpo. Pero no podía exteriorizarla, porque el marco de la entrevista no lo hubiera permitido. Entonces me inquieté, buscando una manera de sacar el impulso de reírme.

Moví la cabeza para todos lados, como para distraerme, pero también con otro objetivo. Quería expresar la risa a través de los ojos. Para eso debía encontrar a alguien que estuviera pensando más o menos lo mismo que yo, y conseguir que nos miráramos durante un instante. Así, la carcajada la exclamaría esa otra persona. Los ojos son la ventana al alma, y la risa es el lenguaje del alma, entonces la única manera de sacarla sin emitir sonidos era a través de ellos.

Pero no había nadie en las cercanías que me mirara. Entonces la risa continuó haciendo presión sobre mi cráneo, concentrándose en los ojos. Mis globos oculares se hincharon. La cara se puso roja. Algunas lágrimas atravesaron las mejillas.

La maquilladora me hizo señas de que en la pausa me iba a arreglar. Intenté mirarla a los ojos, pero no se estaba riendo por dentro. Miré a los otros invitados del programa, que habían escuchado la misma pregunta. Los miré con complicidad, pero también con un implícito pedido de ayuda. Sin embargo, continuaron hablando como antes, sin hacerme caso. Supongo que, como tenían más experiencia que yo, habían podido digerir mejor la frase del conductor sin llenarse de carcajadas internas.

Pero yo no sabía manejarlas. Mi cara estaba cada vez más hinchada, y mis ojos estaban por salirse de sus órbitas. Poco después, llegó el momento de la incontinencia. Mis ojos explotaron y, además de los pedazos de retina, el estudio se vio invadido por una estrepitosa carcajada, que retumbó durante varios minutos.

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17 Dec 2011
Cuerpo humano Del año:

El estuche descripto

Dos mitades conforman el estuche. Son muy similares, sólo que una (que designaremos inferior) tiene una pequeña traba, que permite que la otra se quede unida a ella a menos que sea activada.

Ambas mitades son duras, como caparazones. Los bordes curvos evitan contactos innecesarios con objetos que les pueden causar algún peligro. La mitad superior alguna vez tuvo una inscripción que indicaba la manera de contactarse con la óptica de origen. Aquellas letras y números ya no están, ni siquiera en vestigio, y sólo permanecen en la memoria del portador.

En la parte posterior, dos bisagras proveen movilidad. Una está más expuesta que la otra, a causa de los repetidos golpes a los que se vio sometida. Se trata de la más cercana al suelo en caso de caerse. Cerca de ella se puede apreciar la ausencia de varios fragmentos de plástico, que han dejado de pertenecer al estuche. También hay rajaduras, que conforman un indicio del próximo fin.

Al abrir el estuche, el negro troca en marrón. Hay dos mitades interiores que se abren, como invitando a los anteojos a pasar. También se encuentra en el interior una felpa, que tiene el ostensible objetivo de limpiar los lentes, aunque la mugre acumulada durante los años hace que sea difícil conseguir grandes resultados.

Cuando se vuelve a cerrar el estuche, con o sin los anteojos, la traba que une las dos mitades hace un sonido que indica que la operación fue exitosa. Antes era un “clic”, hoy se ha visto debilitado a menos que el portador ponga especial esmero en el cierre. Pero, aunque el sonido no sea el mismo, la traba funciona igual que siempre, y mientras lo haga el estuche podrá cumplir con su cometido.

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14 Dec 2011
Ejercicios Del año:

El estuche habla

Sí, está bien, se supone que soy resistente. Se supone que protejo a los anteojos de los golpes, entonces me tengo que bancar los golpes. Pero eso no significa que sea razonable estar tirándome al piso todo el tiempo.

Vos agarrás los anteojos y me dejás olvidado en el bolsillo. No pensás en mí, ni siquiera te tomás el trabajo de creer que voy a estar seguro. Después te sentás, te ponés cómodo, y no se te ocurre pensar en las posiciones peligrosas en las que me colocás. Si vos estás sentado, el bolsillo está horizontal, y yo quedo al borde de caer al vacío, capisce?

¿Sabés lo que significa para mí una caída de unos centímetros? Es un gran terror, porque si me llego a romper no voy a servir más, me vas a abandonar o tirar. Y, aunque sé que tarde o temprano voy a terminar así, no quiero acelerar el proceso. Quiero ser el estuche de tus anteojos mucho tiempo más.

Por eso te pido que me cuides. Que me ofrezcas el mismo respeto que das a los anteojos. Yo agradezco que confíes en mí para cuidarlos cuando no los usás, pero me gustaría que supieras que voy a estar en condiciones de cumplir con esa noble tarea mientras menos me caiga.

Si no, un día me voy a partir en dos, y los anteojos van a quedar sin hogar. Vas a tener que dejártelos puestos, o guardarlos solos en el bolsillo, exponiéndolos al mismo peligro al que ahora me exponés a mí. Por eso te conviene ir practicando. Si evitás que yo me caiga, cuando llegue mi inevitable fin tendrás más chances de evitar que los anteojos, huérfanos de mí, por un pequeño accidente se hagan trizas contra el suelo.

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11 Dec 2011

El arte del quemado

La nueva sensación en las playas brasileñas es el arte del bronceado. Mediante una novedosa técnica, los artistas cubren el cuerpo entero con complejos motivos de duración limitada.

El interesado debe presentarse a la mañana en las carpas instaladas en la playa. Allí, los artistas cuentan con una paleta de protectores solares de distintas gradaciones. Luego procede a pintar con ellos sobre el cuerpo, construyendo imágenes de distintos tonos, acorde al factor de protección de cada crema.

Las imágenes no se ven inmediatamente. El turista sale de la carpa tal como entró, pero a medida que va tomando sol la imagen se empieza a ver. Mientras más sol se reciba, más vívida quedará. Ni los artistas ni el Estado brasileño se hacen responsables por las posibles consecuencias dermatológicas de hacerse el dibujo.

El método permite gran precisión de imágenes, y resulta sorprendente la técnica que han alcanzado los artistas, sobre todo si se tiene en cuenta que trabajan a ciegas y aplicando protector de mayor potencia donde se quiere un tono más suave. Es como pintar con tinta invisible, pero en negativo.

Gracias a esta innovación, los turistas que vuelven de Brasil ostentan, junto a las tradicionales trenzas, diseños únicos y efímeros en todo su cuerpo.

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8 Dec 2011
Pop! Del año:

Mocos de generaciones

Cuando el primer alumno pegó un moco a la parte de abajo de su pupitre, en vida de Sarmiento, no se imaginaba que estaba iniciando una cadena destinada a llegar a nuestros días.

Él y sus continuadores crearon una pegajosa sucesión de mocos, chicles y otras sustancias, que comunican a generaciones de alumnos a través de los pupitres. Cuando un chico llega a una escuela nueva, la presencia de la masa bajo su pupitre le recuerda que es parte de una larga tradición.

Cuando se produce una renovación de pupitres, los escritorios prístinos son sometidos a la ceremonia de inauguración de una nueva cadena de mocos. El primero de ellos certifica que el pupitre es aceptado por los alumnos y permite el pegado de otros.

Las administraciones de las escuelas no son muy afines a esta tradición. Es más bien una costumbre informal, compartida por los alumnos a través de diferentes generaciones. Algunas autoridades insisten en la limpieza, en tener el mobiliario en condiciones, pero igual respetan la tradición de los mocos, porque ellos también fueron alumnos. Entonces exigen que la superficie de cada pupitre se mantenga prolija, pero hacen la vista gorda ante lo que ocurre debajo.

Así, los alumnos también aprenden la importancia no sólo de las apariencias externas sino de la realidad bajo la superficie. Aprenden a manejarse por abajo de la mesa mediante las costumbres llevadas a cabo por sus antepasados y antecesores. Aprenden, en suma, a manejarse en la sociedad.

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5 Dec 2011

La reacción del guardaespaldas

El guardaespaldas se encontraba en plena labor, guardando una espalda, cuando divisó a una persona que estaba apuntando un arma hacia el cuerpo cuya espalda tenía la misión de proteger.

Al verlo, se tiró con lentitud para derribar a su cliente y reducir así las posibilidades de que fuera impactado. Al tirarse, gritó “Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

La situación causó un revuelo. El tirador arrojó su arma a la calle y trató de escaparse, pero ya había sido visto. Personal de seguridad y policías que estaban cerca lo persiguieron, lo detuvieron y lo llevaron a la seccional para interrogarlo.

Mientras, otras personas se dedicaron a atender a quien se había evitado que fuera la víctima de un disparo. Los otros guardaespaldas lo hicieron sentar en el cordón de la vereda para que respirara un poco y se relajara. A pesar de que se había salvado, era una situación muy estresante. Un asistente compró una botella de agua mineral, para que el patrón tomara mientras se tranquilizaba.

Los guardaespaldas que lo habían sentado estaban atentos, porque siempre podía haber otro ataque. No era cuestión de bajar la guardia, tal vez era una trampa, y no querían caer en ella. Y, sobre todo, no querían que cayera su cliente. Por eso no sólo guardaban la espalda, sino todos sus lados. No es que no confiaran en su capacidad de ver peligro. Es que él prefería dedicarse a mirar otras cosas y pagarle a alguien entrenado para que lidiara con los potenciales atentados. Tener guardaespaldas lo hacía vivir más tranquilo, y ellos lo sabían, por eso ponían tanto esmero en tranquilizarlo.

Cuando les pareció que la situación estaba bajo control, propusieron seguir el camino. El cliente dudó. Le gustaba la idea de continuar, pero se preocupaba un poco por sus guardaespaldas, y trataba de que todos estuvieran bien.

“¿Y él?” preguntó el cliente. “Él sabe lo que hace, tiene mucha experiencia”, contestaron los otros. Entonces marcharon siguiendo su ruta.

El guardaespaldas quedó en el lugar de los hechos, todavía cayendo y gritando oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo”. Hacia la nochecita impactó en el suelo y recuperó la velocidad normal. Al ver que todo había terminado y no quedaban manchas de sangre, volvió a su casa.

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2 Dec 2011
Caídas, Pop! Del año:

Se viene el año

El año nuevo se acerca inexorable. Va cubriendo el mundo despacio, poco a poco, como el caer de la noche. Grandes porciones del planeta se van cubriendo. El año anterior es cubierto y abolido por el nuevo.

A lo largo de la línea móvil de cambio de año se oyen explosiones y se ve una luminosidad inusual. Estos eventos marcan la llegada. El año va del este al oeste a una velocidad constante.

Los que quieren escaparse deben correr hacia el oeste, pero es inútil. El año nuevo los alcanzará. Si logran superarlo, lo alcanzarán ellos por atrás. De cualquier manera, todos serán cubiertos. Nadie podrá escaparse. El año regirá a todo el mundo durante al menos doce meses.

Son pocos los que se resisten. Casi todos, incluso, festejan la llegada. Quieren recibirlo bien porque depositan esperanzas en él, sin darse cuenta de que es tan sólo un año. O tal vez se resignan, sabiendo que no pueden evitar su llegada, y ya que están le dan la bienvenida.

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29 Nov 2011

Viajar sentado

Me compré una silla. Como tenía ruedas y un mecanismo hidráulico para subirla o bajarla, era complicado envolverla. No obstante, me la envolvieron. No la pusieron en una caja. La llevé por la calle rodando, era mucho más fácil que levantarla.

Pero no vivía cerca. Para llegar a casa me tenía que tomar un colectivo. Entonces subí con la silla. A pesar de que era sábado, y esos días no es tanta la gente que viaja, todos los asientos estaban ocupados. Tuve el privilegio de ser el único parado de toda la unidad.

Estuve unos momentos así, hasta que me di cuenta de que, siendo que llevaba un asiento, podía sentarme en él. Así que me fui hasta el espacio para los discapacitados, que estaba disponible, ubiqué la silla y me senté. Luego la elevé para quedar a nivel con los otros asientos.

El movimiento del colectivo me trajo algunos problemas. Las ruedas hacían que la silla se fuera de un lado a otro, conmigo arriba. Era necesario agarrarme del asiento de adelante, especialmente en las curvas.

Durante el transcurso del viaje, el colectivo se llenó un poco más. La gente parada ocupó el pasillo, y varios hicieron sus movimientos tácticos para tratar de estar cerca del primer asiento que se desocupara. Diferentes personas tienen diferentes criterios, y un par se ubicaron cerca de mí, seguramente porque notaron que mis movimientos indicaban que estaba cerca de bajarme.

Y era cierto. Enseguida me paré. Ellos se prepararon para tomar mi lugar, sin contar con que yo iba a levantar el asiento y llevarlo conmigo.

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26 Nov 2011
Pop! Del año:

El burbujero

El burbujero estaba en la plaza, como todos los domingos, vendiendo burbujas a los chicos. Cuando un chico convencía a sus padres de comprarle una, el burbujero sacaba una burbuja de su balde, la guardaba en una bolsa de red y se la entregaba con una sonrisa.

Ese domingo era igual a todos. El burbujero recorría los caminos del parque con su balde y se saludaba con el heladero, el calesitero y el barquillero. Además del balde de burbujas, llevaba un paquete de semillas para dar de comer a las palomas. Esto le causaba placer por sí solo, y también le atraía clientes, porque muchos chicos querían ver al hombre que era rodeado por las palomas.

En un momento, un chico lo vio y se entusiasmó tanto que se le acercó corriendo. El burbujero estaba distraído alimentando palomas, por eso no lo vio. El chico, que estaba aprendiendo a correr y todavía no había perfeccionado el arte de frenar, se chocó contra él. Por el impacto, se le cayó la bolsa de semillas adentro del balde de burbujas.

El señor no se enojó, porque sabía que los chicos eran así, no lo hacían a propósito. Pero las palomas sí se mostraron disconformes, porque les faltaba la comida que hasta el momento se les estaba proporcionando. Algunas palomas rodearon el balde, porque podían percibir alimento dentro de él. De repente, como treinta palomas impedían ver el balde.

Entre varias lo agarraron con las patas y volaron con él. Mientras, otras trataban de llegar a las semillas. Para hacerlo, se metían dentro y exploraban entre las burbujas, como si fuera un pelotero. Algunas conseguían semillas, pero siempre quedaban más, porque eran muchas y difíciles de ver. Entonces más palomas se metían en el balde, que estaba cada vez más alto.

Cuando fueron muchas las palomas, el balde se dio vuelta. Quedó con la abertura hacia abajo, y dejó escapar no sólo las semillas, sino las burbujas. Las palomas bajaron a buscar las semillas que se habían caído. Las que llevaban el balde lo soltaron, sin importarles el impacto que segundos después causaría. El lugar se llenó de palomas que buscaban semillas. Mientras tanto, miles de burbujas bajaban lentamente sobre la plaza.

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Griterío

El grupo Los Cinco Bajistas se presentaba por primera vez en la ciudad. Su llegada había sido precedida por una gran campaña publicitaria organizada por la empresa discográfica, que estaba interesada en hacer conocer a la banda entre el público adolescente. Respondiendo a la convocatoria, el teatro donde se presentaba el grupo se llenó.

Al abrirse la cortina, los integrantes de la banda salieron a escena y fueron recibidos con un moderado aplauso de bienvenida. Seguidamente se abocaron a tocar sus temas. Al oírlos, los adolescentes no lo podían creer. Nunca habían oído algo tan malo.

Estaban tan sorprendidos por la pésima música de Los Cinco Bajistas que no atinaron a más que gritar durante el recital. Los gritos consiguieron tapar la música. Cuando por algún motivo el público hacía silencio, se volvía a escuchar el ruido de la banda y los gritos regresaban espontáneamente.

Luego del recital, se difundió lo ocurrido. Las imágenes de adolescentes gritando a más no poder confundieron a quienes no habían estado. Creyeron que los gritos respondían a la enorme emoción despertada por la banda. Por eso se agotaron las entradas para las siguientes funciones. Así, la escena de los gritos se repitió.

Los Cinco Bajistas fueron un furor. Al ver que los adolescentes iban a verlos, la prensa especializada empezó a darles espacio. También a elogiarlos. Entonces más adolescentes conocieron a la banda y tuvieron ganas de ir a verla.

Pero intercedió la radio. También se había hecho eco del éxito, y empezó a pasar la música del grupo porque se palpaba la demanda del público. Las distintas radios, que esperaban que subiera la audiencia, se sorprendieron al ver que cuando estaba el grupo en el aire, el público se pasaba a otra. Entonces dejaron de transmitir esa música. Los operarios respiraron aliviados.

Alertada por las radios, la disquera cayó en la cuenta de que no se había vendido una cantidad saludable de discos. Los puestos instalados en el hall del teatro tampoco exhibían ventas. La banda era un éxito de público pero un fracaso como producto.

Entonces la disquera dejó de publicitarlos. Durante algunos días las funciones continuaron, hasta que se dejaron de difundir las imágenes de la banda por televisión, y el público gradualmente se olvidó de ellos.

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20 Nov 2011

Bicoca crepuscular

Un tentempié etéreo. Un trémolo berberecho. Un chiripá ignífugo. Bólido mocasín que trastoca los pupitres. Su pícrico acrónimo zozobra la nefelibata bonhomía del churrinche. Zarandean los escrúpulos, la cháchara acarrea la pesquisa putativa.

Pandereta en popa, exuberante fantoche cachafaz. Conchabo del occipucio, harapiento empalagoso que no para de oscilar. Apalabrará a la hipotenusa, increpará al cascajo, bombeará a los carpinchos de esta pocilga de morondanga. Vil ditirambo vivaracho y picaflor.

El díscolo aprehende al pollerudo. Un quelonio viscoso, con tortícolis, genera una estampida vivípara. El repiquetear del aparato rechoncho, fofo, del pingajo leporino de silicio, aletea el epíteto con su perorata.

Pero es todo una perífrasis. Proxenetas imberbes llenan de betún al surubí. Cetáceo paupérrimo, picarón de porquería. El patatús producido por el socotroco genera un tetragrámaton apócrifo. Un lepidóptero se acerca al jacarandá. La ojota de hule al cartapacio. El paleolítico se concatena por el extravagante bochinche.

¿Y el cornezuelo pedagogo? En el sacrosanto poliedro. Gallardo ajenjo, epifanía arcaica y perenne de la catalepsia. Aquel gualicho, aquella carcajada, el dicharacho, la paranoia. Y también el esputo.

Bombón de ponzoña y aserrín. Su apócope descocado impregna la mazmorra. Ese cachivache protozoario, lleno de idiosincracia, abunda en soliloquios efervescentes. El flan de nácar pulveriza la verja. Con ahínco, los pólipos propenden al pálpito.

Todo el desopilante microcosmos merma el abyecto receptáculo escurridizo. Un insulso esbirro prorratea el habitáculo a través de la megalópolis. Pajueranos chipriotas bailan cancán. Contra la culata, el baobab agazapado. También atolondrado, insípido, pero macanudo. El calandraca dice palabrotas para subir su bilirrubina. El gordinfón expectora un miserere. ¡Caramba, la zambomba!

El lelo en el tapete. El adalid en su catracho. El fisgón en el estiércol. El zanguango en la escarcha. El majadero en la claraboya. Mientras, el patriarca cacarea.

Un almocafre monótono junto a un pepino, un pancho y un churro. La protuberancia alcanza un ápice espeluznante. Se zarandea, boquiabierta, hasta sucumbir. Luego acarrea hematocritos hacia el pulposo nabo que da volteretas, cumpliendo ese menester hasta que llega el fin.

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17 Nov 2011
Juegos Del año:

Amorfismo lejano fantástico

Dios se sentía lejos de la gente. A pesar de que estaba cerca de todos, el paso de los años lo había alejado mentalmente de su creación. Sentía que se había quedado en otro tiempo, y que era necesario comprender mejor a la gente para poder hacer mejor el bien.

Podría haber sabido todo lo que necesitaba en un santiamén, pero no le gustaba ese estilo. Conocimientos ya tenía, lo que quería era conectarse, sentir lo que era estar en la sociedad. Nunca había convivido con humanos, y aunque un dios que todo lo sabe no tiene perspectivas de aprender nada, le pareció conveniente intentarlo.

¿Cómo hacerlo? No podía revelarse así nomás, porque estaba claro que muchos iban a ir hacia él a pedirle cosas o a adorarlo. Tenía que estar de incógnito, escondido. Razonó que lo mejor era estudiar un caso testigo, ir a vivir con una familia. Miró el mundo y eligió a los Tanner, de Los Ángeles.

Dios descendió hasta el valle y se apersonó en el garaje de la familia. Su altura era demasiada para el tamaño de ese ambiente, entonces rompió el techo, causando un gran estruendo que atrajo a la familia. Así lo descubrieron, con la cara atravesada en el techo, conveniente porque ver el rostro de Dios es morir.

Los Tanner, al comprender la situación, lo adoptaron como un miembro de la familia. Dios venía en una misión de estudio, y se dejó guiar como un hijo más. Pero pronto aprendió que, debido a su condición, no le convenía salir de la casa. No sólo los vecinos eran muy metiches, sino que si lo llegaba a descubrir la ciencia, se lo iban a llevar y le iban a realizar toda clase de estudios. Y aunque pudiera impedirlo, la revelación de la presencia de Dios en una casa suburbana arruinaría la tranquilidad del barrio.

Entonces Dios se dedicó a hacer una vida tranquila. Comía con la familia y miraba televisión. Le divertía llamar por teléfono a los programas de preguntas y respuestas y ganarse todos los premios posibles. El dinero no sólo permitió a los Tanner arreglar el garaje, sino también obtener bonanza económica.

Dios se hizo muy compinche de los hijos de los Tanner, Brian y Lynn, y les repartía sabiduría ante cada oportunidad. A veces lo que Dios les contaba era contrario a lo que se les enseñaba en la escuela, pero ¿a quién iban a creer? ¿A los maestros o al creador del Universo? En ocasiones, al usar esa información tuvieron problemas, pero Dios los guió para resolverlos de la mejor forma posible.

A pesar de que la visita tenía un objetivo didáctico, Dios pronto estuvo lo suficientemente cómodo con su rol como para opinar más sobre las costumbres familiares. Esto lo llevaba a tener frecuentes roces con Kate, la madre de familia y ama de casa, que al estar todo el día en el hogar era la que más convivía con Dios y tenía poca paciencia con su temperamento y sus caprichos. En general, los conflictos no pasaban a mayores, porque Dios era sensible y sabía manejarlos. Además, aunque a Kate no le cayera muy bien, el resto de la familia encontraba adorable a Dios, entonces ella estaba en minoría.

Sin embargo, Dios se engolosinó. Empezó a reclamar más atención a sus demandas. Objetaba las recetas de las comidas, las elecciones morales de todos, las restricciones que se le imponían (Dios no estaba acostumbrado a no poder realizar algunas actividades), y las características personales de cada uno. Ante cualquier actividad que los demás realizaran, Dios conocía una forma de hacerla mejor, y no vacilaba en comunicársela.

Tal muestrario de sabiduría resultaba irritante para los Tanner, que al mismo tiempo no podían replicar un “quién te crées que eres”, porque después de todo estaban hablando con Dios. Entonces expresaban su enojo con un “si tanto sabes, hazlo tú” seguido generalmente de un portazo. Pero a Dios no le parecía bien que los anfitriones hicieran trabajar al invitado, entonces se negaba.

La convivencia fue decayendo. A pesar de reiterados intentos por sobrellevar la manera de ser de todos, al cabo de cuatro años quedó claro que lo mejor era dar por terminado el experimento y volver al reino de los cielos. El momento en el que Dios comunicó la decisión a la familia fue agridulce. Por un lado, recuperaban el hogar para sí, y se iban a evitar muchos conflictos. Pero, aparte, iban a perder a un invitado único, que a esa altura más que el Creador era parte de la familia. Además, se perdía la fuente de ingresos regular de los premios que ganaba Dios, con lo cual se quedarían sólo con ingreso de Willie como trabajador social.

Pero Dios, después de partir, no fue ingrato con los Tanner. Aunque nunca volvió, siempre los llevó en su corazón y, como regalo de despedida, se aseguró de que todos tuvieran suerte en sus destinos.

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14 Nov 2011
Pop! Del año:

Pelos en la lengua

Cuando tosí un pelo, no le di importancia. Supuse que venía de lo que estaba comiendo. Muchas veces hay pelos en la sopa, o en cualquier otro plato, y da un poco de asco, pero no pasa nada. En esta ocasión, no me lo había tragado, dado que lo estaba viendo. Y de haberlo tragado, nunca lo hubiera sabido.

Pero más tarde, a la hora del postre, ocurrió algo más alarmante. Cuando empecé a lamer el helado, las partes donde la lengua se arrastraba quedaban con rayas. Como si hubiera pasado un rastrillo. No se producía la habitual reducción lisa del helado.

Ya eso era extraño, pero lo siguiente lo fue más. No sólo el helado quedaba rayado, sino que apareció una extraña partícula en su superficie. Al inspeccionarla, vi que era un pedazo de carne picada, cuya clara proveniencia era la bolognesa que había comido un rato antes.

Ahí me dio asco y tiré el pedazo de carne, pero no me explicaba cómo podía haber llegado al helado. Así que cuando lo terminé fui discretamente al baño para examinarme en el espejo. Y ahí descubrí lo que pasaba: tenía pelos en la lengua.

Eso explicaba la dificultad que venía teniendo para masticar la comida. Y también para hablar. Las palabras que quería decir a veces se veían atrapadas en los pelos, y no llegaban a mi interlocutor. Entonces tenía que decirlas más fuerte, cosa que me cansaba más fácilmente, entonces trataba de decir lo menos posible.

Me pregunté por qué podrían haber salido esos pelos. Tal vez era una respuesta del cuerpo a mi costumbre de respirar por la boca, y no tanto por la nariz. Así, el aire se podría filtrar un poco más. Revisé la lengua para ver si encontraba mocos, pero por suerte no había ninguno. Sólo había algunos restos más de bolognesa y pequeños trozos de granizado.

Me hice unos buches y volví a la mesa. Traté de no mencionar lo que ocurría, aunque era posible que mis interlocutores se dieran cuenta cada vez que abría la boca. Por suerte ese día no estaba hablando mucho, y cuando abría la boca para ingresar algún bocado, la visual se bloqueaba con ese bocado.

Quise ir al médico para tratar esa anormalidad, pero nadie lo reconocía como su jurisdicción. Los dermatólogos me mandaban a los gastroenterólogos, que me derivaban a los nutricionistas, que me recomendaban otorrinolaringólogos, que me volvían a mandar a dermatólogos.

De tanto ir a profesionales, pasé por un estilista, que me ofreció dar forma atractiva a los pelos de la lengua, para que no me diera vergüenza abrir la boca. Tenía la tijera de cortar las uñas preparada para empezar el corte, pero no me gustó la idea y me fui ante las repetidas ofertas de diferentes peinados.

Decidí que, para no estar todo el día pensando en esos pelos, lo mejor era afeitarlos. Incorporé ese sector a mi afeitada matinal. Supe que existía el riesgo de que a la tarde la lengua estuviera un poco más áspera, pero nada me impedía volver a afeitarme si tenía algún compromiso a la noche.

Por suerte, la espuma que ya venía usando era de mentol, así que ahora, cada vez que me afeito, no sólo la lengua queda lampiña sino que me deja un aliento refrescante.

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11 Nov 2011
Cuerpo humano, Pop! Del año:
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