Pelota en movimiento

“Muchachos, hoy es una final y hay que dejar todo en esa tribuna” había sido la arenga del líder de la hinchada. Durante el partido la tensión se dejó ver en cada escalón de cemento. Las jugadas de riesgo del equipo rival generaban angustia, y las del nuestro generaban ansiedad. No cabía la posibilidad de perder. Era una final, y el triunfo debía ser nuestro. El problema era que los rivales pensaban lo mismo.

Por eso se apelaba a la unidad entre el equipo y la tribuna. Es sabido que los futbolistas sacan fuerzas del entorno, aun en condiciones desfavorables. Al ver el sacrificio de los hinchas, siempre van a dar un poco más. Ese esfuerzo extra podría ser la diferencia entre la gloria propia y la ajena.

Entonces todos cantábamos al unísono. Todos protestábamos los fallos arbitrales en contra y celebrábamos los favorables. Festejábamos las patadas que pudieran debilitar a un rival sin dejar a nuestro equipo con uno menos. Era lo que podíamos hacer para aumentar las posibilidades de que nuestro equipo ganara, y así evitarnos la humillación de la derrota.

En un momento se produjo un tiro libre para nuestro equipo. Los jugadores se avivaron, sacaron rápido y generaron así la confusión de la defensa, que fue aprovechada para convertir el gol. Sin embargo, mientras festejábamos la conquista el referí ordenó repetir la ejecución. Toda la tribuna protestó el fallo, y no entendían por qué. Yo había comprendido la razón, y expliqué que la pelota estaba en movimiento. Todos sabíamos que no se puede hacer un tiro libre si la pelota no está quieta.

Al mencionar la razón del fallo del árbitro, fui rodeado por cuatro sujetos de barba prominente y abdomen temerario. Con cara poco amistosa, me intimaron a retractar mi dicho. La posición oficial de la tribuna era que la pelota estaba quieta, y mientras golpeaban la palma de una mano con el puño de la otra me preguntaron qué opinaba. Como comprendí las implicancias de su postura hacia mi bienestar físico, acepté que estaba equivocado. Reconocí que la pelota estaba quieta y el gol anulado en realidad había sido válido. Agregué que era muy claro que el árbitro estaba comprado.

La respuesta conformó a los muchachos, que volvieron a prestar atención al juego. Cuando dejaron de prestarme atención, me alejé con prudencia mientras murmuraba “eppur si muove”.

Tagged on: