Puertas corredizas

Cuando construí mi casa, quería que las puertas internas fueran corredizas. Me parecía que ganaba espacio, porque cuando estuvieran abiertas no ocuparían más lugar que cerradas. Muchas puertas convencionales restan espacio en las habitaciones a las que dan paso.

Sin embargo, el precio de la construcción era significativamente más alto si quería esas puertas. Me explicaron que es más complicado porque tienen que ir en el medio de una pared, y eso implica construir la casa de una manera diferente, con más precisión. Decidí pagar ese precio, porque me pareció que venía bien construir la casa con mayor cuidado. Razoné que era la casa donde iba a vivir, y no estaba bien andar pichuleando en ese momento, cuando después iba a lamentar durante décadas no haber hecho la inversión.

Una vez que el diseño estuvo listo, comenzó la construcción de la casa. Me sorprendió que las puertas llegaran tan rápido. Hubiera pensado que eran lo último en colocarse. Sin embargo, me explicaron que las casas se construyen alrededor de las puertas corredizas. Primero se coloca la puerta con sus guías, después se hace la pared que va alrededor. Por eso las puertas corredizas no son tan populares. Mucha gente, en vez de construir su casa, compra una que ya está hecha, y aunque prefiriera una puerta corrediza, ya no la puede elegir.

Por eso me sentí afortunado de poder tener esas puertas unidimensionales en mi vivienda. Ya se me había pasado el susto inicial, que tenía cuando era chico, de que si alguien abre demasiado una de esas puertas, quedará hundida en la pared y nunca más podrá cerrarse. Las puertas corredizas no tienen picaporte. Pero me explicaron que existía una palanca retráctil que permitía tirar para poder volver a usar la puerta. Agradecí a quien fuera que se le había ocurrido esa idea salvadora.

Una vez colocadas las puertas, lo que tomó varias semanas porque la casa tiene varios pisos, y eso requería excelente coordinación, la construcción avanzó rápidamente. Vi cómo la casa iba tomando forma, después iba tomando color, y después se iba pareciendo a lo que me habían mostrado los arquitectos. En algunos meses llegó el momento de mudarme.

Las puertas corredizas funcionaron bárbaro. Me encantaba el hecho de tenerlas, y me gustaba mucho el suave ruido que hacían al rodar hacia o desde el interior de las paredes. Cerrarlas con violencia era posible, pero muy poco efectivo para puntuar discusiones. Las puertas corredizas hacían un aporte a la convivencia familiar, que ni siquiera estaba en los cálculos previos.

Durante años las disfrutamos. Hasta que, un día, la puerta de mi habitación se rompió. Quedó a medio abrir, y no avanzaba ni retrocedía. Intenté forcejear todo lo que pude, pero estaba atascada. No encontré forma de moverla. De alguna manera se había salido de sus guías naturales y se había enganchado en otra parte, de donde no podía salir.

Llamé, entonces, a los constructores. Ellos iban a saber qué hacer. Pero me dijeron que era inútil. Para poder sacar la puerta de ahí, iban a tener que demoler la pared. Y eso implicaba demoler también todos los pisos de más arriba, porque me explicaron que son las paredes las que sostienen a los techos.

El problema era que no estaba en condiciones de demoler casi toda la casa y volver a construirla. No era un lujo que me pudiera dar. Me ofrecieron, entonces, una alternativa un poco menos prolija pero mucho más barata, que me pareció lo más aceptable. Con gran dolor, permití que cortaran la puerta atascada en el lugar donde se unía a la pared, y que rellenaran los huecos con cemento. Una vez seco, colocaron unas bisagras, y de ellas colgaron una puerta convencional, la única de toda la casa (porque la de entrada la pedí giratoria).

Ahora extraño un poco a la puerta corrediza, aunque sé que está ahí, sigue siendo parte de mi casa y de la pared. Pero, por lo menos, tengo puerta. La puedo cerrar y la puedo abrir. Y eso es impagable.

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