The Falcon has landed

El Falcon se inclina hacia arriba. El baúl queda casi pegado a la calle. El capot simétrico otea al infinito. Los tres ocupantes se miran emocionados en el asiento delantero. El conductor se aferra al volante. El Falcon está por despegar. La tecnología de los ’60 los va a llevar a la luna.

Ignición. Se encienden los motores. Del caño de escape sale un humo negro espeso que cubre la calle. Nada se ve. El Falcon tampoco. Sus luces iluminan hacia el cielo. Un estruendo gigantesco se escucha desde el silenciador. La tierra tiembla.

Cuando se disipa el humo, el Falcon no está más. Sólo se ve una columna diagonal que marca su trayectoria. Apenas se lo divisa en la punta. Los tripulantes pueden ver la Tierra por los espejos retrovisores. El conductor controla la velocidad a través de la palanca al volante. El Falcon se fue haciendo cada vez más chico, hasta que no se lo vio más.

Su poderosa antena transmitía los diálogos de los tripulantes, que mantenían las ventanillas cerradas para conservar la presurización. En el asiento de atrás tenían provisiones para los cuatro días que iba a durar el viaje. En el baúl llevaban las provisiones para el regreso.

El odómetro marcaba una distancia inusitada. La luna se veía cada vez más grande y espléndida. La tripulación maniobró para el alunizaje. Era necesario colocar el Falcon con las ruedas hacia abajo, de manera que durante un rato el capot les bloquearía la visual de la superficie. Pero los instrumentos del tablero les darían toda la información necesaria.

Cuando el altímetro marcaba 200 metros, la tripulación del Falcon divisó un Torino. No sabían por qué había un Torino en la luna. No lo habían visto antes porque era blanco y se confundía con el paisaje selenita. El Torino estaba exactamente en la posición calculada para el alunizaje. El conductor pegó un volantazo y acomodó la trayectoria. De esta manera, el Falcon pudo ubicarse al costado del Torino.

Cuando el Falcon alunizó, la tripulación del Torino se acercó a saludarlos. Se dieron un abrazo incómodo debido a los trajes lunares. Los torinos informaron a los falcones que tenían averías. Necesitaban que alguien los remolcara. Los tripulantes del Falcon aceptaron hacerles ese favor, no sin antes murmurar “eso les pasa por venir en un Torino”.

Así, luego de completar la actividad extravehicular, los tripulantes del Falcon abrieron el baúl, acomodaron sus provisiones en el asiento trasero, y sacaron la barra de remolque. Mientras ubicaban los vehículos uno atrás de otro colocaron, por las dudas, la baliza. Cuando se aseguraron de que todo estuviera bien firme, invitaron a los tripulantes del Torino a subir a su vehículo.

Cuatro días después, el personal terrestre se sorprendió al ver que el Falcon venía acompañado. Y supieron que habían tomado la mejor decisión al enviar a la luna un vehículo tan resistente.