Por qué napolitana

La gente quiere ser original. Sin embargo, muchas veces el esfuerzo por ser original no se hace en forma original. Surgen así los lugares comunes. Provienen de intenciones nobles que no han sido ejecutadas con destreza.

Es el caso de la pizza napolitana. Mucha gente quiere evitar pedir lo que realmente quiere, que es mozzarella, porque la consideran una pizza básica. Sobre todo cuando están en grupos de amigos, quieren mostrar sofisticación. Quieren hacerse ver más allá de lo básico, con discernimiento de distintos sabores y texturas.

Pero tampoco quieren ser extravagantes. Rechazan la mozzarella, pero no piden palmitos con rúcula. Tampoco piden mozzarella y jamón, porque no es suficientemente distinta, y aparte puede haber vegetarianos que dificulten la elección. Lo mismo ocurre con la calabresa. Roquefort y provolone generan rechazo por parte de algunas personas.

Les queda entonces la napolitana. Mozzarella con ajo y rodajas de tomate. Otorga no sólo un aire de sofisticación, sino también de vida sana, gracias a esas rodajas. La consideran suficientemente cercana y lejana a la mozzarella como para ser aceptable para todos. Y si les llegan a traer la variante de napolitana que es sin mozzarella, será un error que cometerán sólo esa vez.

Cosa no es coso

Un coso no es una cosa. No cualquier cosa es un coso. Un coso es algo muy definido, al que le falta una palabra cercana que englobe esa definición. Un significado sin significante. Es algo que se puede identificar, excepto que no se puede nombrar.

Una cosa, en cambio, no es eso. Una cosa es todas las cosas. Es un nombre que reemplaza al nombre, y también al concepto. Todo es una cosa, y todas son cosas, pero no todas las cosas son cosos.

Para graduarse a coso, es necesario destacarse entre las cosas. El coso está en un plano superior de entendimiento. La cosa es general, el coso es específico. El coso no es meramente una cosa, es “un coso”, y eso le da una entidad diferente.

Coso no es meramente el masculino de cosa. Son dos conceptos que probablemente tienen un origen común, pero han evolucionado por caminos distintos. Una cosa es una cosa y otra cosa es un coso.

Tráfico de figuritas

El coleccionismo de figuritas es una costumbre muy popular entre los escolares. Los fabricantes lanzan todos los años nuevos juegos, con sus correspondientes álbumes, con motivos que están de moda entre los niños de edad escolar. De esta manera, se puede conseguir fácilmente imágenes de los temas de interés, y en los recreos se puede comparar las colecciones. Alguien que tiene el álbum muy completo puede mostrar a un neófito cómo quedará cuando logre un nivel semejante.

Sin embargo, los niños no se quedan en eso. Incurren también en la piratería de figuritas. Muestran un nivel de organización muy sofisticado para hacerlo. Hay grandes proveedores que tienen pilas de figuritas redundantes, o incluso pueden no tener álbum propio, y se dedican a intercambiarlas por otras. De esta manera, se puede avanzar en completar el álbum sin necesidad de comprar todas las figuritas directamente.

Los sujetos que se dedican a este menester normalmente se paran con discreción en rincones de los patios donde se realizan los recreos, y ofrecen a los transeúntes sus servicios. Se procede a una examinación del catálogo, y el cliente elige las figuritas que desea obtener. Los traficantes más sofisticados llegan al punto de poner precio a las figuritas más preciadas, las que cambian por dos o más de las comunes.

Esta actividad ilícita redunda en un perjuicio para el fabricante, que se ve así impedido de hacer muchos más álbumes, y sólo puede dedicarse a los que tienen perspectivas de ser más populares. Montones de motivos de interés más limitado nunca encontrarán a su audiencia gracias al intercambio ilegal de figuritas.

Ha de mencionarse que los fabricantes no están exentos de responsabilidad en la situación. Sus prácticas comerciales, que incluyen la venta de figuritas en paquetes cerrados sin posibilidad de elegir, estimulan el tráfico escolar en detrimento de sus ganancias. Si fueran un poco menos avaros, podrían vender las figuritas en forma individual o por catálogo, de manera de impedir la formación del tráfico indebido, al quitarles la fuente del negocio. Incluso podrían vender los álbumes ya llenos, de manera que sus clientes no tengan que tomarse el trabajo de completarlos figurita por figurita, y obtengan la gratificación de un álbum siempre lleno.

Hay muchas formas de mejorar esta realidad. Mientras no se llegue a un punto de equilibrio entre los comerciantes y los consumidores, el mercado negro continuará avanzando y muchos niños inocentes serán, tal vez sin saber, criminales.

Carne

Mientras me comía un sándwich, un mosquito revoloteaba a mi alrededor. No iba a poder comer tranquilo con esa amenaza dando vueltas, así que interrumpí la comida para aplastarlo. La técnica de matar un mosquito no se puede hacer en cualquier momento. Requiere que se presente la oportunidad.
El mosquito se posó en el aire, delante de mis manos. Era el momento justo. Entonces, en un rápido movimiento, lo aplasté entre mis palmas. Claro que entre mis palmas estaba también el sándwich. Quedó compactado, y la cocina se llenó de mayonesa. Decidí limpiar después de comer tranquilo. Antes retiré de la miga el cadáver del mosquito. O mejor dicho, de la mosquito, porque es sabido que los mosquitos que pican a la gente son hembras. Esto resultaría un dato importante.
Liberé al sándwich de todas las huellas de artrópodo que vi. Después lo disfruté, porque uno bueno de jamón y queso queda mejor aplastado. La mayonesa se integra mejor con los otros ingredientes. Luego limpié la cocina y me olvidé del tema.
Al rato tenía una extraña sed. En verano es normal que tenga sed. Tomé agua hasta que me sacié. Necesité bastante, pero bueno, acababa de comerme un poderoso sándwich. A la hora de la cena, sin embargo, no tenía hambre. Me sentía gelatinoso por dentro, como si mi estómago estuviera lleno de agua. Hacía rato que no iba al baño, y tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Era como si el agua que tomé se hubiera estancado dentro de mí.
Pasé una mala noche. Tuve sueños raros. Estaba en un gimnasio, rodeado de gente musculosa. Todos movían sus brazos y piernas, y sudaban. Sudaban como locos. El gimnasio era una gran pileta de sudor, y la pileta también.
Me desperté con mucho calor, y la cara toda mojada. Casi tanto como la almohada. También sentí un cosquilleo. Estaba adentro, en la panza, y no podía encontrar una posición en la que no lo tuviera. Sentí la necesidad de toser. Al hacerlo, un puñado de mosquitos salió de mi boca. Inmediatamente me atacaron la cara. Tuve que pegarme varios cachetazos para que no me picaran todo.
Mientras lo hacía, pensaba qué podía haber pasado. Tal vez la mosquito que maté con el sándwich se las arregló para poner huevos en el pan, como las cucarachas moribundas. Me crearon el deseo de estancar agua, y ahora se criaban en mi estómago.
Inmediatamente, sentí que me picaba el estómago por dentro. Los mosquitos ocuparon toda la parte superior del aparato digestivo. Podía sentirlo. No pasaban la barrera de los ácidos estomacales, y de esa forma el ciclo no se podía completar de una buena vez.
Me picaba muchísimo, porque producían roncha tras roncha en mi tracto. Tenía ganas de rascarme con el cepillo de dientes, o con el de limpiar inodoros. Pero cuando me paraba no me sentía bien. Me balanceaba. Y me empecé a preocupar de que si llegaba a insertarme un cepillo en la garganta en ese estado, me iba a causar problemas aun más graves. Al mismo tiempo, cada vez que soplaba salían más mosquitos.
Decidí ir al médico. En el colectivo nadie se me acercaba. “¿Qué le pasa a ese señor?” preguntaban los niños a sus madres. “No mires, hijo, no mires”.
El médico se asustó. Quiso disimularlo, pero lo vi en su cara. No se quería acercar. Entonces me acerqué a él. Por la puerta de atrás del consultorio vi el terror de las enfermeras. Decidí usarlo a mi favor, y me acerqué más. Las enfermeras lo empujaron hasta que chocó conmigo, y cerraron la puerta.
Le expliqué lo que pasaba mientras de mi boca salían miles de mosquitos. “Cierre la boca”, me dijo inmediatamente. No me dejó terminar. Me revisó en silencio. Me golpeó con sus dedos parte de mi estómago, y sin querer lancé un eructo con sus correspondientes mosquitos. El médico me miró y se llevó el dedo índice a los labios cerrados. Me examinó un poco más antes de darme la mala noticia.
“Esto no tiene cura. Sólo podemos paliar los síntomas”, dijo el médico mientras me ponía una cinta en la boca. Ante mi cara de estupefacción, me explicó que no existía antibiótico para los mosquitos. Si intentaba ahogarlos con agua, sólo conseguiría hacer nacer a los huevos que indudablemente estaban poniendo en mi organismo. Si intentaba beber insecticida, me moriría yo. Si tomaba un buen trago de Off, produciría un frenesí interno que haría peor todo.
Al salir le pregunté qué podía hacer. El médico me dio un solo consejo. “Déles carne. Mucha carne”.

Muestra de canto

Los niños invitaron con ilusión a sus familias. Los padres, los hermanos, los abuelos, los tíos, los primos concurrieron a verlos cantar. Estaban junto a los familiares de los otros niños que cantaban. Todos ilusionados porque era un día en el que se consumaban las aspiraciones artísticas de todos.
Nadie conocía a nadie. Los niños iban a clases individuales, y por eso pocos se conocían entre sí. Sólo compartían músicos. Algunos se acompañaban a otros, o formaban dúos. Los demás eran anónimos, aunque su nombre se anunciaba antes de cada presentación.
Cuando arrancó la muestra, una sensación de horror se apoderó de la sala. ¿Ése era el nivel con el que salían los niños? Muchos se asustaron de que los organizadores hubieran comenzado la muestra con alguien que cantaba tan mal. Les pareció que no sabían nada de manejo de público, aunque no conocían los pormenores logísticos que podían haber derivado en esa decisión. De cualquier manera, si se consideraba que alguien que cantaba así era apto para estar en cualquier punto de la presentación, eso no auguraba nada bueno para lo que venía.
Todos se horrorizaron de que su propio familiar fuera igual de malo. Todos menos los familiares del niño que cantaba en primer lugar, que estaban emocionados porque su hijo estaba cantando por primera vez en público, y no les importaba nada más.
Avanzó la muestra, y la situación era igual. Los familiares no podían creer dónde estaban. Los padres, que pagaban las clases, estaban resueltos a exigir la devolución no sólo del valor de la entrada sino del año de lecciones, si su hijo mostraba también ese nivel. El descontento de la sala era palpable, salvo cuando terminaba cada canción y todos estallaban en aplausos para no decepcionar a cada niño, que después de todo no tenía la culpa de la incompetencia de sus maestros.
Por suerte, cuando llegaba el turno del familiar de cada uno, se producía un alivio. Los demás, en cambio, continuaban con su horror. Cuando terminaba el familiar, se volvía al nivel indigno. Pero ya era una cuestión individual de todos los demás. Estaba muy claro que el único que tenía talento era el que cada uno había ido a ver.
Por eso la muestra se desarrolló con normalidad, y al terminar todos los niños recibieron felicitaciones de los que los habían ido a ver. Y no se produjo el revuelo planeado por todos los presentes.

Con gran humildad

Con gran humildad, acepto el honor que me es conferido. Me cuesta hacerlo, debido a mi gigantesca humildad. Es la humildad más grande que se haya visto. Lo primero en mí es la humildad, porque sin ella, no somos nada. Entonces, teniendo en cuenta tamaña humildad, me veo en la disyuntiva de aceptar este reconocimiento a mi humilde labor. Por un lado quiero aceptarlo, porque siempre es bueno ser reconocido. Pero por otro lado, mi humildad me lo impide. Lo hace por dos razones. Una es que una persona humilde no debe andar buscando elogios. Y la otra es la sensación de que es un reconocimiento insuficiente para lo que es mi humildad.
Sin embargo, ¿qué es más humilde? ¿Aceptar lo que ustedes me ofrecen, y mostrarme como alguien que acepta la limitada humildad que se me adjudica, o rechazarlo por humildad? Si lo rechazara, podría quedar como alguien que no quiere recibir estos honores, pero una persona humilde no deber hacer esas consideraciones. Y, como les he dicho, no se puede ser más humilde que yo. Entonces no me fijo en eso.
En lo que sí me fijo es qué efecto podrán traer mis actos de humildad. Es posible que mi aceptación de una humildad limitada deje muy clara la diferencia entre mi verdadera humildad y la que se me reconoce. De esta manera, mi humildad sería humillante. Generará en ustedes una humildad proporcional, y con esa acción contribuiré a acrecentar la humildad en el mundo.
Es por eso que acepto, con semejante humildad, el honor que ustedes me brindan.

La trama

Todos, escritores y lectores, somos felices escribiendo o leyendo el principio de cualquier historia. Estamos llenos de expectativa por todo lo que puede seguir. La encontramos en un estado eminentemente explorable. Estamos visitando un mundo nuevo y queremos saber cómo es, cómo funciona, quién es la gente que lo habita.
Exploramos ese mundo, y somos felices, porque nos gusta ver mundos que no conocíamos. Hasta que nos encontramos con la trama. Y ahí todo cambia. De pronto el orden se altera. Ya no es como lo conocimos durante ese breve tiempo. Y no hay vuelta atrás. La trama se encargó de arruinar todo. La única forma de salir es resolverla.
Comenzamos entonces el arduo trabajo de desarrollar todas las variantes que tiene la trama, que nos pueden ocupar gran parte de la historia. Deseamos volver a la estabilidad inicial, pero ya no es posible. La trama lo impide en forma absoluta. Es necesario centrar toda nuestra atención en ella, a pesar de que no es ella lo que nos atrajo hasta donde estamos.
Todos los personajes, todos los giros idiomáticos, todos los recursos narrativos se ponen en función de la trama, de manera directa o indirecta. Nos molesta, porque sentimos que nos están matando el mundo que queríamos explorar. Y no sólo eso: también nos están obligando a ir en una dirección. Tal vez la trama sea una forma de explorar el mundo, pero es sólo una. Aplica el principio científico de destruir lo que estudiamos para poder saber cómo funcionaba. Y nosotros éramos pacíficos. Nunca quisimos alterar nada. Sólo buscábamos conocerlo.
Pero ahí está la trama, y ya no hay nada que hacer. En todas las historias pasa lo mismo. Ya leímos y escribimos suficientes como para saber que lo más probable es que la trama se termine resolviendo. Pero también sabemos que una vez que se va, lo que deja es algo distinto que lo que encontró. El mundo al que entramos al principio de la historia ya no va a existir más. Ahora va a quedar sólo el que la trama se ocupó de construir, que puede ser bueno y todo pero no es lo que queríamos al principio. Nuestro reflejo conservador rechazará estos cambios, y tendremos que adaptarnos.
También tendrán que adaptarse, en el futuro, las secuelas de la historia. Porque parten desde el mundo creado por la trama, no desde el anterior. Y vienen con tramas propias, o a veces con la misma. Algunas intentan partir desde el mismo lugar, y tratan de hacernos volver al mundo que habíamos conocido al principio. Pero no es posible. La conciencia de la trama nunca se va. Y ahora sabemos que los mundos no duran.

El suicidio de los inmortales

Cuando somos inmortales, tenemos todo el tiempo del mundo. Y también más. La tranquilidad que nos da ser inmortales es que nos permitirá tener toda clase de experiencias, sin que importe el tiempo que cada una toma. Ser inmortales nos libera del límite que teníamos, que nos obligaba a elegir qué hacíamos y qué no. Ahora sólo debemos elegir el orden en el que hacemos las cosas.
Una consecuencia de esta inmortalidad y de las variadas experiencias que nos posibilita es que no todo lo que experimentemos será bueno, o agradable. Atravesaremos diferentes tiempos, algunos más propicios que otros, sin tener más que la influencia de una persona para cambiar lo que nos parezca injusto o terrible. También atravesaremos distintas situaciones personales, algunas alentadoras y otras tremendamente tristes.
Es inevitable que tarde o temprano entremos en depresión. Del mismo modo, saldremos de ella. Y volveremos a entrar. No tiene que ver con nuestra personalidad, sino con la estadística. Si tenemos todos esos años, es imposible que no pasemos por circunstancias que nos alteren nuestro equilibrio mental. Tendremos también euforias, tristezas, ansiedades y todas las emociones posibles.
Claro que una de ellas es la depresión severa. ¿Qué posibilidades hay de que, entre ahora y la eternidad, no nos encontremos en una situación a la que no le vemos salida, por más que intentemos? Podrían pasar muchos milenios hasta que ocurra, pero tarde o temprano llegará. Y con ella vendrá la idea del suicidio. De terminar de una vez por toda esta vida longeva, porque el sufrimiento no se puede soportar más.
Pero el suicidio no será una opción, precisamente por la inmortalidad que nos ha sido conferida. No nos quedará más remedio que seguir adelante, y cuando salgamos, también inevitablemente, del pozo, seremos más fuertes que antes.

El nuevo tren fantasma

Dicen que en la línea H existe un tren nuevo. Que está iluminado, con asientos y piso coloridos, y que tiene fuelles que permiten trasladarse de un coche a otro. Incluso, hay quienes aseguran que es una formación de cinco coches, no de cuatro.
Sin embargo, estos testimonios no son tan confiables. Son personas que cuentan lo que otros cuentan que vieron. No se ha encontrado todavía a nadie que pudiera probar su existencia. El tren, dicen, circula, como una formación más. Pero los asiduos usuarios de la línea nunca se han topado con él.
Existen también testimonios de personas que dicen habérselo cruzado en vía contraria. El tren nuevo aparecía, con sus luces refulgentes, y en pocos segundos desaparecía, sin dejar la posibilidad de sacarle una foto. ¿Dónde iría? Tal vez al taller, tal vez estaba en pruebas. Pero hay quienes aseguran que esos trenes fugaces llevan pasajeros. O personas en su interior. No sabemos si personas vivas. Tal vez es un tren del pasado, o del futuro, que está perdido en un limbo y equivoca su horario. Tal vez es una alucinación colectiva.
Hay explicaciones más racionales. Algunos no dudan de la existencia, sino de su carácter de nuevo. Dicen que es un tren recarrozado, pero igual a los existentes en lo mecánico. También tratan de explicar que hay pocas chances de que a una persona determinada le toque un tren determinado. Sin embargo, tales explicaciones no constituyen un argumento convincente. Es cierto que puede no tocarle a una persona en particular, pero alguien se tiene que haber subido, si existe. Y no se sabe de nadie.
No sabemos de nadie. Pero hay personas. ¿Quiénes serán? ¿Serán distintos? ¿Serán siempre los mismos? ¿Habrán bajado alguna vez del tren? ¿Lo habrán tomado? ¿Habrán desarrollado su vida ahí, en una existencia paralela sobre las vías? Tal vez. O tal vez es el tren de la muerte, que se lleva a quienes ya enterrados emprenden su último viaje.

Obra de teatro

La fachada del teatro Cervantes se encuentra desde hace muchos años cubierta por un gran andamio. Sin embargo, la fachada no está en obra. No hay una construcción ni una remodelación en marcha. Sólo está el andamio, vacío, sin nadie que lo utilice, ocultando la belleza del teatro.
¿Por qué está ese andamio? Porque, hace ya muchos años, se produjo en el teatro un conflicto gremial. La actividad artística se detuvo, y el paro amenazaba con prolongarse. No se representaba ninguna obra. Como esto resultaba embarazoso para las autoridades, decidieron vestir al teatro como si hubiera una obra.
De inmediato pusieron manos a la obra, y otro gremio erigió el andamio. Que no es de ninguna obra, pero sin embargo es en sí mismo una obra. Es un teatro que simula estar en obra. Y la obra no es más que una puesta en escena. Es una obra de teatro.