El hombre de la Ley

A los chicos no hay que asustarlos con cucos, brujas, ogros: temibles personajes imaginarios.
Llegado el caso háblele de cosas más reales: el lobo, una araña, una buena víbora.
Dr. Heriberto Tchwok (1979)

Nosotros éramos demasiado sofisticados como para creer en amenazas imaginarias. Sabíamos que no había un Hombre de la Bolsa que nos viniera a llevar. Lo conocíamos como algo que algunos padres inventaban para intimidar a sus hijos y sembrar el miedo que les permitiera portarse bien. A nosotros siempre nos vinieron con la verdad, y entonces esas cosas no nos podían hacer ningún efecto.

Mis padres no nos amenazaban así. A veces, sin embargo, nos quedábamos con mi abuela, que tenía métodos distintos para lograr nuestra buena conducta. Sabía que los personajes imaginarios no nos iban a hacer ningún efecto, y entonces no lo intentaba. Pero a veces hacíamos mucho barullo. Alguna medida tenía que tomar.

Para lograr la rectificación de nuestro accionar apeló a la circunstancia de que en el mismo piso que ella vivía un comisario. Entonces, cuando nos volvíamos irritantes, nos amenazaba con llamar al comisario. Ante esto nosotros deponíamos nuestra actitud por un rato.

Con los años me di cuenta del truco. El comisario no era un personaje: efectivamente existía. Pero, ¿qué nos haría? Más razonable sería que la reprendiera a ella por pedir la intervención de un comisario para callar a unos niños ruidosos. Pero no hicimos ese razonamiento en ese momento. La idea de que una figura de autoridad como un comisario, que trabajaba de poner gente en la cárcel, era suficiente para intimidarnos.

El comisario era una especie de hombre de la bolsa real, salvo que la amenaza era igual de falsa. Pero esa realidad parcial fue suficiente durante muchos años. Hoy me acuerdo y se me va el orgullo de no haber creído en los personajes imaginarios, porque veo que en realidad sí lo hice: creí en el comisario imaginario que me metería preso por molestar a mi abuela, y en mi abuela imaginaria que llamaría al comisario.

Y ahora que lo pienso, nunca me crucé al comisario en el pasillo o en el ascensor. Tal vez ni siquiera vivía ahí. Tal vez incluso el comisario era imaginario.

Los nombres que hicieron la Historia

Todo empezó cuando el rey Fernando fue depuesto por Napoleón. En tierras americanas, sus dominios se quedaron sin soberano. El virrey que había sido designado, Baltasar, ya no representaba a nadie, y por ese motivo el pueblo decidió constituir una junta de gobierno para ocuparse de sus asuntos.

Al principio iba a ser Baltasar el que presidiera la junta, pero se decidió que no había motivo para que así fuera, de manera que designaron como presidente a Cornelio. En la junta estaban varios notables, como Juan José, Juanjo, Juan, Manuel, Domingo y Mariano, que eran residentes de Buenos Aires. Cuando llegaron los representantes del Interior, la junta se agrandó.

Pero resultaba muy complicado manejar el territorio con un cuerpo tan numeroso, por lo que, después de varios experimentos, se decidió que hacía falta una persona a cargo. Fue designado así Juan Martín. Fue él quien convocó al congreso que declaró la independencia.

Los españoles no querían perder el territorio, entonces enviaron ejércitos. Las batallas decisivas se dieron luego de que José cruzara los andes, enarbolando la bandera que había creado Manuel. De esta manera, la independencia fue un hecho, y fue tiempo de organizar la nación.

Se trataba, efectivamente, de una nueva nación. Tenía sus símbolos, como la bandera de Manuel, y el himno compuesto por Vicente y Blas, que se había cantado por primera vez en la casa de Mariquita. Pero las luchas internas por el poder eran cruentas. Había grandes disputas, que principalmente se dividían entre los que querían un gobierno central y los que preferían que las distintas provincias se gobernaran solas. Los primeros, los unitarios, consagraron presidente a Bernardino, y es por eso que hoy el sillón presidencial se denomina “el sillón de Bernardino”.

Pero su presidencia no duró mucho. Fue tiempo de los rivales, los federales, que a pesar de que rechazaban la idea de un gobierno central, en la práctica llevaron a una posición de poder diferencial al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel.

Juan Manuel gobernó cerca de veinte años. Aunque técnicamente era gobernador, también tenía la representación exterior de las demás provincias, y controlaba el puerto más importante. De esta manera se hizo de un gran poder, que defendió estoicamente y sólo perdió cuando fue derrotado en batalla por Justo José.

Luego de esta batalla, Juan Manuel se retiró y se fue a vivir a Inglaterra. Justo llamó a una convención constituyente, que estableció un gobierno federal pero también unitario, con una combinación de las posturas de los anteriores. Esta forma de organización era sobre todo idea de Juan Bautista, un abogado formaba parte de un grupo con otros hombres notables, como Domingo y Esteban.

Sin embargo, la provincia de Buenos Aires no aceptó esta organización, porque perdía poder en el reparto. De modo el país funcionó sin su provincia más importante, que durante un tiempo fue un estado soberano, de modo similar a como había ocurrido con la Banda Oriental, que se había independizado gracias al esfuerzo de José Gervasio.

La situación de Buenos Aires llevó al enfrentamiento con el resto del país. En la batalla de Pavón, las fuerzas de Buenos Aires derrotaron a las de las otras provincias. Santiago, el presidente, renunció y permitió la unión nacional, consagrando como líder a Bartolomé.

El chiste desmenuzado

—¿Cuántas personas caben en una ballena?
—Ninguna, porque va llena.

No cualquiera puede entender este chiste. Es necesario estar equipado con una cantidad de conocimientos para poder saber a qué se quiere referir y cuál es el origen de la gracia.

En principio, es necesario saber lo que es una ballena. Al ser el animal más grande del mundo, es frecuentemente objeto de comparación para poder dar una idea de su tamaño. Si se usara la palabra “ballena” para denominar a las hormigas, el chiste no tendría ningún sentido. Es necesario que sea un animal, o un objeto grande.

Por otro lado, esta clase de estadísticas es muy habitual cuando se refiere a tamaños con los que las personas no están muy familiarizadas. Se usan distintas medidas como puntos de comparación, como la longitud de una cancha de fútbol, el tamaño de una provincia chica o incluso, de ser apropiado, el tamaño de la Tierra, para comparar con cuerpos celestes.

El tamaño de una persona es una de estas referencias. Las personas varían en su tamaño y peso, sin embargo esto se obvia, porque lo que se busca es dar una idea de tamaño, no una precisión científica. Si en un ambiente entran treinta personas, tal vez si esas personas fueran gordas entrarían veinte. Pero se sabe que estamos hablando de decenas de personas. No importa la exactitud final.

Se juega también con otro elemento: los transportes públicos. Sean colectivos, aviones o ascensores, estos transportes tienen en común que son capaces de llevar a varias personas al mismo tiempo. Suele haber también un aviso que indica cuántas personas el vehículo es capaz de transportar con seguridad. Muchas veces ocurre que cuando una persona quiere subir a cualquiera de estos vehículos, no pueda hacerlo porque van llenos, y por eso no cabe ninguna persona más.

Para entender este chiste, entonces, el que lo escucha debe estar familiarizado con todos estos elementos y ser capaz de hacer la relación entre ellos. El chiste es un puente entre distintos mundos, un portal que muestra por dónde pueden relacionarse, y al mismo tiempo un absurdo que exhibe la distancia entre esos mundos.

Se dice “el que lo escucha”, porque es un chiste que para su mejor efecto debe ser oral. Al estar escrito, la ortografía del juego de palabras delata la no relación, y queda muy forzoso. El idioma castellano ayudó a la construcción, pero no ayudó del todo, y el chiste quedó incompleto, con una sola dimensión de medio. Pero es lo suficientemente sólido como para evocar en la audiencia muchos de sus conocimientos y provocar con ellos una sonrisa, que es en definitiva lo único que busca un chiste.

 

Escribir 8

No parece, pero es difícil escribir el 8. Es necesario tener una impecable coordinación en la escritura. El 8 es uno de los números que más se dibujan. Otros números son pequeñas modificaciones de letras. El 8 se parece un poco a la B, pero la técnica para escribirlo es completamente distinta. Llegan a resultados similares desde lugares conceptuales diferentes.

Lo que hace distinto al 8 es la simetría. Los otros números son más libres. Hay trazos específicos que los forman, y aunque no salgan siempre iguales quedan reconocibles. Con el 8 hay que redoblar el esfuerzo.

El trazo del 8 es cerrado. Requiere terminarlo en el mismo lugar donde se empezó. Si no se logra, la forma del 8 será incompleta, y reconocer el número será posible si la cercanía es suficiente. Es también posible escribirlo mediante dos formas levemente circulares, una apoyada en la otra. Pero normalmente es más difícil encontrar un equilibrio, y el resultado suele ser decepcionante.

Escribir el 8 requiere tomarse un momento para hacerlo bien. No pensarlo demasiado, pero tampoco apurarse. Es un trabajo de precisión, una artesanía que pocas veces sale bien. Por eso, cuando ocurre, hay que apreciarlo. Ocuparse de disfrutar el resultado, y mostrarlo a los demás: “mirá qué bien que me salió este ocho”.

Tengo tongo

Tengo tongo
pero es tongo prestado
mi tongo es con el otro
con el que tiene tongo
cuando me ven usarlo
piensan que soy importante
porque me ven con tongo
pero no lo soy
mi amigo es importante
él se ganó los tongos
yo ligo tongo gratis
y eso
a su manera
es también tener tongo.

Inmortalizar mi calle

Quiero inmortalizar mi calle en un poema. Sé que puedo hacer algo muy bueno y significativo para mucha gente, porque al pintar mi pueblo pinto el mundo. Puedo transmitir vivencias, significados, una muestra de cómo veo la vida a partir de la calle donde vivo, que será al mismo tiempo específica para esa calle y general, para que todos sepan y sientan lo que digo.

Pero existe un peligro si hago eso. No quiero que pase lo que pasó con Borges, que vivía en la calle Serrano, escribió sobre ella, y en su homenaje le dieron su nombre a Serrano. La calle que inmortalizó Borges ahora se llama Borges, y si fuéramos a actualizar el poema estaría hablando de él mismo.

No quiero que, cuando este poema me vuelva célebre, mi calle tenga mi nombre. No quiero que se borren las huellas de donde estuve, ni ser en ningún sentido yo quien las borre. Porque, si bien el poema podrá ser entendido por todos, dejará de referirse también a un lugar real, y perderá ese nivel.

Se puede pensar al revés: que el cambio de nombre hace que el lugar sea mítico, es todos los lugares y no es ninguno. Pero eso ya pasa. Las calles cambian. Sólo mantienen su nombre, que es una forma de mantener su historia, por más que no se mantenga en pie ninguna casa, se reemplace el asfalto por algo mejor, y la gente que la transita sea distinta. Estamos caminando los mismos senderos que nuestros antepasados abrieron, y queremos saberlo.

Así que no voy a escribir ese poema. O lo haré con alguna calle cuyo nombre me parezca feo. Será un sacrificio de la literatura, pero un bien para la fisonomía de la ciudad, y para no matar a la calle con la inmortalidad que le legué.

Al caer

Yo sabía que algún día se me iba a caer el celular al inodoro. Era cuestión de tiempo. Lo que es improbable en corto plazo es inevitable en el largo. Y ese tipo de caída no es tan improbable. Entonces procuro tener cuidado, pero de cualquier manera con cuidado no se pueden garantizar que el celular no va a caerse ahí. Lo más razonable sería no usarlo en el baño, pero el impulso de mirar algo es más fuerte que el de protección.

No me sorprendí, entonces, cuando se produjo la caída. La vi venir sin poder evitarla. Cuando el celular todavía estaba en mi mano pero ya había perdido el control, intenté retenerlo, pero poco a poco confirmé que no era posible. La gravedad estaba haciendo su trabajo también con el celular.

Durante el trayecto pensaba cosas como “bueno, es hoy”, mientras hacía movimientos desesperados por desviar la trayectoria. Era preferible que se produjera un contacto con el suelo de al lado del inodoro, que no suele ser el más limpio que puede existir, a que se sumergiera en las aguas en proceso de contaminación. En este último caso, ya estaba midiendo el asco que me iba a dar tener que tomarlo con la mano, y las medidas que debía tomar para, por un lado, secar el teléfono, y por otro lado mantenerme comunicado hasta que estuviera en condiciones de volver a funcionar, si alguna vez ocurría, y yo estuviera en condiciones de volver a apoyarlo en mi cara.

Debía tener cuidado para que mis movimientos repentinos desviaran la trayectoria hacia fuera del inodoro, y no hacia dentro. También debía cuidar que no cayera en otro de los cubículos, porque por alguna razón sus paredes no llegan hasta el suelo, y corría el riesgo de que la pérdida del teléfono fuese más definitiva. Era una operación delicada, urgente y tal vez imposible.

El aparato se acercaba, y en algún momento de la trayectoria, sin mi intervención consciente, se suspendió la otra actividad. Toda mi atención estaba centrada en el celular, que estaba en manos del Destino.

El suspenso se prologó cuando el teléfono arribó al borde del inodoro y se produjo un rebote. Era el momento de la verdad. Al revés que en el básquetbol, deseé que el tiro se fuera desviado. Y para mi júbilo, la lotería del Destino se pronunció a mi favor. El teléfono cayó en el suelo, en las cercanías del inodoro, y sólo tuve que recogerlo del piso, a salvo gracias a su funda protectora.

Me prometí tener más cuidado en el futuro para prevenir lo que esta vez no llegó a pasar. Pero sé que no voy a tener mucho, que voy a olvidar este episodio, y que el desenlace temido sigue siendo cuestión de tiempo.

El peligro de Holanda

Holanda es un país muy delicado. Al estar erigido en tierras más bajas que el nivel del mar, siempre tienen el peligro de las inundaciones. Por ese motivo, han construido una serie de diques, que sirve de contención para cuando hay más agua que la normal. Los diques tienen una capacidad limitada: si el agua llega a estar más alta que ellos, desbordará y el país sufrirá una catastrófica inundación. En ese caso, los diques serán un impedimento para el drenaje.

Es por eso que el sistema de diques tiene que estar muy bien pensado. Son indispensables, pero son muy caros. Requieren, además, constante mantenimiento. Cualquier agujero que se produce deja entrar el agua, y por eso los holandeses han formado equipos de vigilancia que revisan los diques regularmente para evitar catástrofes.

También la cultura se ha formado a partir de este peligro. Cuando una persona ve que un dique tiene un agujero, inmediatamente llama a las autoridades. A veces es necesario que se quede para contener el agua. Esto lo hacen niños y adultos, que usan sus dedos de acuerdo al tamaño del tapón necesario. Es un pueblo muy paciente, capaz de esperar el tiempo que sea preciso hasta que llegan los técnicos correspondientes a realizar las reparaciones. De otra manera, no habrían sobrevivido.

No todos los agujeros se pueden arreglar a tiempo. Es menester prevenirlos todo lo posible, para que su vida no esté en función de los diques, y al mismo tiempo se pueda desarrollar con cierta seguridad. En las cercanías de los diques, tratan de controlar las vibraciones. Evitan hacer desfiles cerca de ellos, para que el ritmo de la marcha no genere armónicos destructivos. Pisan con cuidado, porque un ruido o temblor excesivo pueden ser ruinosos.

Estos aspectos se han transformado en acervos culturales, sin importar dónde se encuentren. Los holandeses temen a las inundaciones aun si están en lugares altos, porque se han criado con esa noción. Y siempre, aunque no sea necesario, tienen cuidado. Por eso, en muchos países, cuando hay eventos populares en los que la gente se emociona, lo más probable es que el que no salta sea un holandés.

Por qué napolitana

La gente quiere ser original. Sin embargo, muchas veces el esfuerzo por ser original no se hace en forma original. Surgen así los lugares comunes. Provienen de intenciones nobles que no han sido ejecutadas con destreza.

Es el caso de la pizza napolitana. Mucha gente quiere evitar pedir lo que realmente quiere, que es mozzarella, porque la consideran una pizza básica. Sobre todo cuando están en grupos de amigos, quieren mostrar sofisticación. Quieren hacerse ver más allá de lo básico, con discernimiento de distintos sabores y texturas.

Pero tampoco quieren ser extravagantes. Rechazan la mozzarella, pero no piden palmitos con rúcula. Tampoco piden mozzarella y jamón, porque no es suficientemente distinta, y aparte puede haber vegetarianos que dificulten la elección. Lo mismo ocurre con la calabresa. Roquefort y provolone generan rechazo por parte de algunas personas.

Les queda entonces la napolitana. Mozzarella con ajo y rodajas de tomate. Otorga no sólo un aire de sofisticación, sino también de vida sana, gracias a esas rodajas. La consideran suficientemente cercana y lejana a la mozzarella como para ser aceptable para todos. Y si les llegan a traer la variante de napolitana que es sin mozzarella, será un error que cometerán sólo esa vez.

Cosa no es coso

Un coso no es una cosa. No cualquier cosa es un coso. Un coso es algo muy definido, al que le falta una palabra cercana que englobe esa definición. Un significado sin significante. Es algo que se puede identificar, excepto que no se puede nombrar.

Una cosa, en cambio, no es eso. Una cosa es todas las cosas. Es un nombre que reemplaza al nombre, y también al concepto. Todo es una cosa, y todas son cosas, pero no todas las cosas son cosos.

Para graduarse a coso, es necesario destacarse entre las cosas. El coso está en un plano superior de entendimiento. La cosa es general, el coso es específico. El coso no es meramente una cosa, es “un coso”, y eso le da una entidad diferente.

Coso no es meramente el masculino de cosa. Son dos conceptos que probablemente tienen un origen común, pero han evolucionado por caminos distintos. Una cosa es una cosa y otra cosa es un coso.