El efecto anteojo

Tenemos la costumbre de precompensar, antes de que sea necesario, porque ya sabemos que los demás van a compensar de todos modos. Van a desexagerar lo que decimos aun si no exageramos. Por eso todos sabemos que nos conviene exagerar de cualquier forma. De otro modo, nuestro discurso será tomado como mucho menos que lo que es.
Nos guste o no, formamos parte de un juego de expectativas y estamos forzados a jugarlo. No sabemos si hay manera de salir, porque requiere que en algún momento todos dejemos de jugar, y además confiemos en que los demás van a dejar de jugar. Ése es todo el asunto: la confianza en los demás.
Tenemos buenas razones para no confiar en los demás. Suelen mentir y exagerar. Suelen hacer lo posible para eludir las obligaciones que les corresponde en la sociedad. No son necesariamente todos los demás los que hacen eso. Seguro que hay muchos que no. Pero el número de los que sí es suficiente como para que tengamos que tomar medidas al respecto.
Cuando negociamos, no nos conviene decir nuestro precio verdadero. Cualquier táctica que se respete arranca con un precio falso, exageradamente alto o bajo según el caso, y tiene un rango de aceptabilidad. La otra parte intentará movernos, y estaremos dispuestos hasta cierto punto. Ambos sabemos que el otro está exagerando. Lo que no sabemos es cuánto. La resolución depende de la habilidad de cada uno para desarrollar el juego.
Esto ocurre todo el tiempo. Ocurre con las leyes. Los límites de velocidad, por ejemplo, están pensados contemplando que lo lógico es pasarse, porque hay una expectativa de transgresión aceptable, y sin ella no toleramos vivir. Cuando a alguien se le ocurre exigir el cumplimiento estricto de esas normas, protestamos que es injusto, a pesar de que las normas en sí mismas siempre fueron muy claras.
Estamos acostumbrados. Tanto que ni siquiera lo notamos. Vemos a la vida de esta manera. Sabemos que lo que vemos se adapta a lo que lo deformamos para que, al final, lo que vemos sea lo más parecido posible a lo real. Es el efecto anteojo. La sociedad le da anteojos a todos.

A es por Apple

A es por Apple
Ante es por Garmaz
Bajo es por Nivel
Cabe es por Eskabe
Con es por Trabajo
Contra es por Calabró
De es por Por
Desde es por Hoy
En es por Tres
Entre es por Aquí
Hacia es por África
Hasta es por Yocasta
Para es por Stop
Por es por Por
Según es por Duda
Sin es por Pisingallo
Sobre es por Correo
Tras es por Descenso

Saliendo de tu pierna

Saliendo de tu pierna, me levanto hacia el amanecer. Me elevo y me elevo hasta que no puedo ver más que lo que está cerca. Y lo que está cerca sos vos. Con tu esponja inquieta y tu leporino alado. Entonces te veo al cerrar tus ojos y tu raíz de encuentro sale a la luz. ¡Oh! Debo tener cuidado. Tu herrumbre no me permitiría otra cosa. Cuando salgo voy hacia acá y vengo hacia allá, y traigo desde acá, y llevo veinte años esperando veinte años. No sé cómo hice para socorrerme. Y aquí estás, en flor, como un relos que pendula certeramente y de pronto BONG! Es hora de salir de la oscuridad y dejar que la luz se apague sola. Es hora. Vamos a salir, y veamos que la vida se hace sola cuando está mal acompañada. Veamos la distancia de la boca de la serpiente de la luz de la esfinge fatal terciopelada. Veamos otra vez nuestro destino rojo.

Fuga de cerebros

Un día los cerebros se fueron del país. Nadie supo adónde, y nadie tenía las herramientas para averiguarlo. Como no se sabía qué hacer ante la ausencia de los cerebros, la gente quiso continuar su vida como era hasta entonces, haciendo de cuenta que los cerebros todavía estaban.
Entonces la gente siguió haciendo lo mismo de antes, pero sin pensar. Olvidaron las razones por las que hacían sus actividades, sólo tenían conductas mecanizadas que seguían sin analizar. La vida se asemejaba bastante a como era antes de la fuga de los cerebros.
Ocasionalmente algunas personas extrañaban a sus cerebros y pensaban que su presencia podría sacarlos de algún aprieto. Y al no tenerlos debían actuar como lo hacían los demás, sin saber por qué y sin preguntárselo.
A mucha gente le vino bien la fuga de los cerebros para poner como excusa de cómo no podían hacer algo, o por qué no se acordaban de algún evento. La industria editorial se vio beneficiada, dado que la gente ya no recordaba los libros que había leído y volvía a comprarlos todos para empaparse, aunque fuera sólo mientras los leían, de su sabiduría. Además se editaba toda clase de libros para descerebrados, que la gente consumía sin saber por qué.
Un par de semanas después de la fuga de los cerebros se jugó el mundial de fútbol en un país extranjero, y alguna gente a la que le quedaba un poco de masa encefálica pensó que tal vez los cerebros se habían ido a ver los partidos y que volverían al finalizar el evento.
Pero no fue así. Poco después de empezado el campeonato los cerebros volvieron. La gente los recibió con entusiasmo, y algunos se avergonzaron de su conducta cuando sus cerebros se les reincorporaron. Los cerebros de los cronistas deportivos que estaban cubriendo el mundial, por su parte, no encontraron a las personas correspondientes y se perdieron por los recovecos de la nación. Algunos cada tanto dicen toparse con alguno de ellos, pero nunca se ha comprobado.
¿Qué habían ido a hacer los cerebros? Estaban como espectadores en un simposio en Suecia, en el que se reunían las mentes más brillantes del mundo.

Esto es poesía

Esto es poesía
aparentemente
porque está escrito en verso
esos espacios en blanco
lo hacen poesía
porque, si no
¿qué mierda es la poesía?
no sé
no me importa
en una de ésas no califica
porque no expongo mi alma
ni nada
en estas líneas
nadie dice
que tiene que pasar eso
para mí que lo único relevante
son los enter
hay prosas que parecen poesía
pero no tienen tantos enter
tienen oraciones completas
con mayúscula y punto
pueden decir exactamente lo mismo
pero no se llaman poesía.
Ojo
hay que tener cuidado
mirá si uno escribe en un género
y cree escribir en otro
es jodido
es vivir equivocado
sin saber lo que uno hace
o sabiendo qué hace
pero sin saber cómo se llama
pero bueno
hay gente a la que le importa
a mí no
no sé si esto es poesía
si tenés ganas, es
si no, no pasa nada
no es más que una cosa
que pintó escribir
hasta acá.

El flerzo verlederino

Cuando mi flerzo salió por la sertena, corrí joltiendo a ñapar la serta. Pero, a pesar de mis quiñones, el flerzo terminó gortando todo el lapot, desde el hudón hasta el rófolo. Tuve, entonces, que quinitizar. Pero no necía el sortozo en ese fultancio. Fue intálajo conseguir huntoros para el clorto. Hasta que, por zozozo, flarcilipé la sertónica. Y entonces bística, la giracité.
No obstoncio, turultenca continuaba sintacticando. Musca el flerzo, musca los huntoros. El rocorío humbaba al yulco. Toda la noche. Cuando queradía, yusté la sinca hasta que la fera jitaba el íboro.
Pensé que galto era sufortonde, como si retero fuera tan voliz. Unta punté al faltón, hasta que trofé la cofta y, sortó, fortata. Pero momentos después sirtupetó Horacio. Me dijo que la jurta debía ser giracitada sin rófolo, que todo el sócolo sabía eso, y que antes de hacer tenía que preguntarle, cartajo. Pedí sintorpas, no sin flarme de gonor y besadumbre. Horacio comprantió mi colgosidad, pero me abfortó que no podía hertintear de esa latera.
Decidí entonces artifar mi comprosaco, para que todos huciéramos las gosas y no rubiésemos fartonos en el retanco. Desde ahora rendé más goldado. Espero que todo salga bien.

Subte acuático

No me estaba agarrando de nada porque pensaba que no tenía dónde caerme. El subte estaba atiborrado. Si hubiera querido, no habría podido salir. Pero estaba contento de haber entrado, y de estar ya camino a casa después de un largo día. Estaba acostumbrado a esa situación. Ya había desarrollado una serie de estrategias para mejorar  la experiencia, aunque todas involucraban esperar a que se produjera alguna oportunidad.
Me sorprendió, entonces, haber caído al suelo. Incluso mientras estaba pasando no sabía cómo estaba pasando. Aparecí, no obstante, entre los pies de la gente. Quise pararme, pero no era posible. Todo el espacio estaba ocupado por personas. Deduje que cualquier hueco que se había producido, había sido llenado inmediatamente por aquellos que estaban a mi alrededor. En esas circunstancias, las personas ocupan todo espacio disponible, como hace el agua cuando tiene algún lugar más bajo hacia dónde ir.
Tuve que ingeniármelas para salir. Había una sola opción: trepar. Agarrarme de las piernas, rodillas y pantalones para obtener poco a poco una mayor altura. Pero, a medida que lo intentaba, me iba dando cuenta de que no estaba trepando. Estaba nadando.
Ya estaba acostumbrado a nadar entre la gente, pero siempre en espacios abiertos. Era la primera vez que lo hacía en interiores. Debo decir que es un deporte distinto. El nado en una calle como Florida es superficial. Acá estaba nadando en tres dimensiones, como un pez, y eso requería cierta adaptación.
Pero no tenía otra alternativa. Ahí abajo no había mucho aire para respirar, era preciso salir a la superficie y agarrar algún bocado de lo que entraba por la ventanilla cuando el tren se movía. Además, el sudor de la gente se acumulaba cerca del suelo, y si no me apuraba, tarde o temprano me iba a tapar.
Nadar en tres dimensiones es difícil. El agua se corre para hacerle paso a uno, la gente no. La gente tiende a quedarse donde está. Hay que hacer movimientos sutiles para que los que están en el paso se corran voluntariamente, si tienen forma. Siempre pueden acomodarse un poquito. Lo que no preví era que esos movimientos sutiles iban a desembocar en que me acusaran de carterista. Alguien dio la voz de alarma porque vio mi mano cerca de su bolsillo, y no dedujo que estaba nadando. Entonces el gentío se puso turbulento. Se formó una corriente que me llevó, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo y por explicar a los presentes el motivo de mi postura.
Por suerte, este episodio coincidió con la llegada del subte a una estación, y la corriente conducía a la puerta. Me tiraron con violencia, como el mar cuando rechaza con sus olas a los que quieren adentrarse, y casi sin darme cuenta aparecí en el andén. Tierra firme.

El abecedario

Para poder ordenar las palabras, se necesita primero establecer un orden general para las letras. Por eso se ha establecido una secuencia que se denomina “abecedario” o “alfabeto”.
El orden comienza con la letra más importante del idioma castellano y de las lenguas romances: la A. Su forma triangular es un pilar sobre el que se apoyan las otras letras. En español, la A se pronuncia como suena: a. En otros idiomas, en cambio, se pronuncia de diferentes maneras aunque se escribe igual.
Sigue la B. Existen dos de ellas, con un sonido similar. Para diferenciarlas mejor se denominan “be larga” y “ve corta”, aunque parezca redundante por escrito. El alfabeto las separa para que que una quede cerca del inicio y la otra cerca del final.
La C también tiene otras letras con el mismo sonido, que son esparcidas por el abecedario. Es importante que no estén juntas, para evitar más confusión de la que ya hay. La C tiene forma de cuarto creciente, es fácil recordarlo porque “creciente” empieza con C y “cuarto” también. Anteriormente estaba seguida por la letra CH, que tenía un sonido distinto y ocupaba dos caracteres. Por lo tanto, se la ubicaba a continuación del primero de ellos. Hoy las letras que ocupan dos caracteres no son tales, y por lo tanto el abecedario se ha modificado. Esto es atinado, porque evita que tenga que llamarse abecechedario.
Como resultado, la nueva ubicación de la D genera un atractivo efecto de espejo con la C, aunque sus sonidos no tengan nada en común. Está seguida por la E, última vocal de más de un trazo, y la F, que es como una E sin uno de esos trazos. Se encuentran aquí dos coincidencias de forma seguidas, y no serán las únicas.
Por otro lado, la G y la H están juntas por contraste. Una de las letras con sonido más distintivo y dibujo más complejo precede a la letra muda, cuya forma representa una estructura que deja pasar el aire casi intacto, sin modificar el sonido.
Después de la H aparece la vocal más fina. La I tiene un sonido agudo, acorde a su forma. En su versión minúscula se le coloca un punto, al igual que a la letra siguiente, la J. No es casualidad que ambas letras con punto estén juntas, sino que la J es un derivado de la I, a tal punto que en el italiano todavía se la llama i lunga.
La K es la undécima letra del abecedario, y se le dio ese lugar porque está bastante alejada de las que tienen sonido similar, la C y la Q. La sigue la L, que en un momento tenía a otra letra doble, la LL, como acompañante. Los tres caracteres pertenecientes a ambas letras formaban el dibujo LLL, o sea tres ángulos rectos consecutivos, que contrastaban con los tres ángulos agudos consecutivos de la letra siguiente, la M. Hoy, debido a la supresión de la LL, ese equilibrio angular está desbalanceado. Más aún si se toma en cuenta que la letra que sigue a la M es la N, que posee dos ángulos agudos más. De todos modos, agrupar a ambas letras es natural, porque además de sus formas parecidas tienen sonidos bastante similares. En el idioma castellano, la N viene acompañada por la Ñ, fonema exclusivo del español que permite, por ejemplo, escribir la palabra “español”. Como deriva del uso de dos enes, se la ha colocado a continuación de la letra que la engendró, al igual que ocurre en casos similares.
A continuación llega el momento de acomodar una de las dos vocales que faltan. Se ha decidido que la O es la letra que sigue. La O no es seguida por la Q, como debería ocurrir, sino que se encuentra en este sector una intrincada yuxtaposición. La O y la P son seguidas por dos letras que son iguales a ellas pero incorporan una línea oblicua en el extremo inferior derecho, con orientación hacia ese extremo. Nacen así la Q y la R. Gracias a esta anomalía, la Q está a la misma distancia de la K que la K de la C, lo que se genera una simetría de letras similares que da al alfabeto español una elegancia de la que otros, gracias a no tener Ñ, carecen.
Un interesante contraste se da en el siguiente par. La S es una letra que serpentea como representación del modo en el que algunas personas pronuncian su sonido. Ese serpenteo es continuado en el trazo superior de la T, que luego lo interrumpe con un ángulo recto en el medio de la letra. La T, a su vez, forma un efecto trampolín con la U, generando así un vacío que implica, tal vez, que después de ella no habrá más vocales.
Otro efecto notable es el que se da a partir de la U, que es seguida por la V. Originalmente eran la misma letra, y con el tiempo se ha dividido en dos. Pero la V también tiene su letra doble, como la LL, que sin embargo ha evolucionado hasta convertirse en un solo carácter: la W (llamada “doble ve” o “doble u” debido a su doble origen). En el español es una letra que se mantiene más que nada para generar compatibilidad con otros idiomas en los que es notoria, y para que la gente que se llama Wálter pueda escribir su nombre.
Si se agrupa los trazos que forman la W de manera que tengan simetría horizontal y también vertical, se obtendrá una X, formándose así es la siguiente letra. Tiene en común con la W el hecho de que recibe poco uso, como se puede ver al consultar cualquier diccionario, y ni siquiera se la emplea como parte de su propio nombre. Pero su doble simetría la hace única entre las letras de más de un trazo, algo que merece ser destacado. Es por esta simetría que el popular juego Ta-te-ti utiliza la X y la O en lugar de, como podría deducirse del nombre, la T.
La penúltima letra del alfabeto se denomina “i griega”, completando el grupo de las tres letras seguidas que no se usan para escribir sus nombres. La Y puede ser utilizada como vocal, pero oficialmente es considerada una consonante.
El alfabeto concluye con la Z, en lugar de una letra menos utilizada, porque se creyó oportuno terminar con un fonema de cierto uso, para que las últimas letras no se terminaran de caer del abecedario por falta de atención. La Z, sin embargo, no es relegada al olvido. Ser la última letra le da mística, una atención especial que de otro modo no tendría.

Llamar a la musa

“Hoy las musas han pasao de mí”.
Joan Manuel Serrat

Estoy sentado en esta mesa, esperando que venga la musa. Es necesario que aparezca, así me pongo a escribir algo. No puedo sin su ayuda. Pero la musa no viene. No sé por qué, no sé si estoy haciendo las cosas mal. No sé si soy yo o es ella.
Cada tanto la veo pasar, repartiendo inspiración a otra gente. Pero a mí, nada. Ni siquiera me mira. Trato de poner cara de conspicuo, de que estoy esperando, de que estoy con hambre de creación. Me siento derecho sobre el respaldo, de manera de ocupar más espacio y ser más visible. Pero nada. Entonces, en una de las veces que pasa cerca, levanto la mano y le grito.
—¡Musa!
Me oye, y me hace un gesto de que ya va a venir. Me quedo tranquilo. Pero después de un rato me vuelvo a inquietar, porque no se acercó nunca. Lo que pasa es que hay mucha demanda. Tiene que repartir el tiempo. No puede hacer milagros. Igual me parece que se está pasando un poco. Decido llamar su atención de nuevo. Nunca se acerca lo suficiente. La veo de lejos. Quiero hacerle un gesto para que me vea, para que acuda a mi llamado. Pero está de espaldas. En ningún momento me mira. Parece que lo hiciera a propósito.
No quiero hacer un escándalo. Hay mucha gente escribiendo a mi alrededor, no quiero cortarles la inspiración. No me gustaría que me hicieran eso a mí. Mantengo la paciencia y el silencio, sólo porque la conozco, las ideas que trae la musa siempre valen la pena. Me hacen escribir bien.
Igual, me gustaría que me viera, que me trajera alguna pequeña ideíta para ir masticando, aunque sea. No sé qué tengo que hacer. ¿Me acerco hacia ella? Capaz que la musa sólo le da ideas a los que hacen el esfuerzo de acercarse en lugar de esperar sentados.
Entonces voy. Y justo en el momento en el que me levanto, se corta la luz. Se produce un murmullo general. La musa desaparece de la vista. Igual decido buscarla, pero rápidamente me doy cuenta de que es inútil. Tiene otros problemas más urgentes. Voy a tener que esperar a que se prenda la lamparita.

Palabras errantes

mar
cepo
tucán
voz
auto
domo
tos
grafo
los
para
casa
seda
jota
vaca
mirlo
niña
poco
febo
haz
junta
huevo
nada
zar
dar
bar
par
vista
será
ser
sor
lodo
disco

queso
botón
humo
gato
lata
pata
dedal
huso
pedí
medio
cara
nodo
rota
cota
yunta
iza
vaso
torta
cuarto
nata
tuco
mula
era
pera
gota
mate
lana
boda
foto
xilofón
ida
grato
mucho
lago
teja
lluvia
vida
esto
que
qué
ketchup
botón
fase
fe
uno
verdad
hora
huerta
vaya
joya
vega
hotel
olor
mozo
murciélago
bote
lote
trato
ñato
coto
roto
gesta
ñoqui
tiza
rosa
gusto
modo
dado
turbo
loca
tul
jala
bola
hurto
bedel
iodo
giro
ceba
peón
seso
buzo
lija
hito
saco
moco
truco
nafta
tapa
vista
luz
mugre
limpiaparabrisas
ojo
ceja
burro
bledo
solo
menos

opta
mancha
todo
gasa
viejo
carga
cuerpo
peso
ñu
hola
vas
he
roca
saxo
vuela
jura
sol
bemol
bidet
ballet
capot
calle
piedra
deba
agua
casi
nulo
opto
hueso
paralelepípedo
dos
alma
traba
culpa
epa
quepa
rostro
pizza
dedo
yunque
reloj
bastón
vos
carga
logo
baile
postrimerías
excipiente
hilarante
espléndido
adminículo
estetoscopio
ta
ratón
agro
lote
media
esputo
caos
papa
toro
moro
para
rey
costo
uva
bombo
triste
chiste
hubo
piso
mijo
líder
gutiérrez
valor
pena
susto
cosmos
pie
patán
pelo
miga
asbesto
mono
cable
neoconservador
tara
claro
tractor
hoyo
mi
luz
fin
control
paso
agua
hacía
flor
polen
color
mostanesa
será
chulo
huella
billón
umbral
año
autor
carro
buey
clave
gong
barra
colon
peso
carne
calle
scat
tinta
grandilocuente
jopo
chomba
sipi
tribilín
amor
planta
goma
sarna
ganas
iodo
marco
fuego
crayón
caña
fernet
guaso
culiao
utsupra
nieve
himno
oro
sal
tiempo
mesa
lata
botín
vaso
spray
franco
globo
moái
decimonónico
alba
látex
pare
velo
falta
virtud
aquí
hete
pool
tire
noche
oído
nariz
garganta
plazca
hazmerreír
van
tuttifrutti
leche
danza
jarana
hilo
filo
tilo
dilo
vilo
nilo
kilo
silo
foro
pila
pino
vino
nota
cota
coro
impoluto
hastío
caja
remo
gris
ya
pipeta
guaracha
tísico
pelandrún
arturo
dentro
yerto
mosca
fainá
súper
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fangulo
moño
antimonio
más
mató
espeluznante
recato
gajo
berro
base
clase
tanto
leer
usted
gasa
sudor
pus
explosión
alegría