Carne

Mientras me comía un sándwich, un mosquito revoloteaba a mi alrededor. No iba a poder comer tranquilo con esa amenaza dando vueltas, así que interrumpí la comida para aplastarlo. La técnica de matar un mosquito no se puede hacer en cualquier momento. Requiere que se presente la oportunidad.
El mosquito se posó en el aire, delante de mis manos. Era el momento justo. Entonces, en un rápido movimiento, lo aplasté entre mis palmas. Claro que entre mis palmas estaba también el sándwich. Quedó compactado, y la cocina se llenó de mayonesa. Decidí limpiar después de comer tranquilo. Antes retiré de la miga el cadáver del mosquito. O mejor dicho, de la mosquito, porque es sabido que los mosquitos que pican a la gente son hembras. Esto resultaría un dato importante.
Liberé al sándwich de todas las huellas de artrópodo que vi. Después lo disfruté, porque uno bueno de jamón y queso queda mejor aplastado. La mayonesa se integra mejor con los otros ingredientes. Luego limpié la cocina y me olvidé del tema.
Al rato tenía una extraña sed. En verano es normal que tenga sed. Tomé agua hasta que me sacié. Necesité bastante, pero bueno, acababa de comerme un poderoso sándwich. A la hora de la cena, sin embargo, no tenía hambre. Me sentía gelatinoso por dentro, como si mi estómago estuviera lleno de agua. Hacía rato que no iba al baño, y tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Era como si el agua que tomé se hubiera estancado dentro de mí.
Pasé una mala noche. Tuve sueños raros. Estaba en un gimnasio, rodeado de gente musculosa. Todos movían sus brazos y piernas, y sudaban. Sudaban como locos. El gimnasio era una gran pileta de sudor, y la pileta también.
Me desperté con mucho calor, y la cara toda mojada. Casi tanto como la almohada. También sentí un cosquilleo. Estaba adentro, en la panza, y no podía encontrar una posición en la que no lo tuviera. Sentí la necesidad de toser. Al hacerlo, un puñado de mosquitos salió de mi boca. Inmediatamente me atacaron la cara. Tuve que pegarme varios cachetazos para que no me picaran todo.
Mientras lo hacía, pensaba qué podía haber pasado. Tal vez la mosquito que maté con el sándwich se las arregló para poner huevos en el pan, como las cucarachas moribundas. Me crearon el deseo de estancar agua, y ahora se criaban en mi estómago.
Inmediatamente, sentí que me picaba el estómago por dentro. Los mosquitos ocuparon toda la parte superior del aparato digestivo. Podía sentirlo. No pasaban la barrera de los ácidos estomacales, y de esa forma el ciclo no se podía completar de una buena vez.
Me picaba muchísimo, porque producían roncha tras roncha en mi tracto. Tenía ganas de rascarme con el cepillo de dientes, o con el de limpiar inodoros. Pero cuando me paraba no me sentía bien. Me balanceaba. Y me empecé a preocupar de que si llegaba a insertarme un cepillo en la garganta en ese estado, me iba a causar problemas aun más graves. Al mismo tiempo, cada vez que soplaba salían más mosquitos.
Decidí ir al médico. En el colectivo nadie se me acercaba. “¿Qué le pasa a ese señor?” preguntaban los niños a sus madres. “No mires, hijo, no mires”.
El médico se asustó. Quiso disimularlo, pero lo vi en su cara. No se quería acercar. Entonces me acerqué a él. Por la puerta de atrás del consultorio vi el terror de las enfermeras. Decidí usarlo a mi favor, y me acerqué más. Las enfermeras lo empujaron hasta que chocó conmigo, y cerraron la puerta.
Le expliqué lo que pasaba mientras de mi boca salían miles de mosquitos. “Cierre la boca”, me dijo inmediatamente. No me dejó terminar. Me revisó en silencio. Me golpeó con sus dedos parte de mi estómago, y sin querer lancé un eructo con sus correspondientes mosquitos. El médico me miró y se llevó el dedo índice a los labios cerrados. Me examinó un poco más antes de darme la mala noticia.
“Esto no tiene cura. Sólo podemos paliar los síntomas”, dijo el médico mientras me ponía una cinta en la boca. Ante mi cara de estupefacción, me explicó que no existía antibiótico para los mosquitos. Si intentaba ahogarlos con agua, sólo conseguiría hacer nacer a los huevos que indudablemente estaban poniendo en mi organismo. Si intentaba beber insecticida, me moriría yo. Si tomaba un buen trago de Off, produciría un frenesí interno que haría peor todo.
Al salir le pregunté qué podía hacer. El médico me dio un solo consejo. “Déles carne. Mucha carne”.

Paseo de los paraguas

La función más importante del servicio meteorológico consiste en que la gente pueda tener el paraguas listo cuando lo necesita. Pero los paraguas son objetos que se olvidan fácilmente. Basta que no llueva para que todos, incluso los negocios que los venden, dejen de pensar en su existencia. Sólo vienen a la mente cuando se los necesita. Y por eso no reciben el mantenimiento adecuado.
Los paraguas necesitan ventilarse regularmente. Si no, se quedarían siempre con el olor a humedad de la última lluvia. Pero se volvería rancio. Y al usar el paraguas, volvería ese olor caduco, lo que sería molesto justo en el único momento en el que se los necesita. Y todos agarran el paraguas cuando lo van a usar, sin molestarse en hacerle el mantenimiento necesario unos días antes.
Por eso el servicio meteorológico actúa. Para que la lluvia no traiga inconvenientes inesperados. Se ocupan de anunciar lluvia cuando no va a llover, sólo para que los paraguas salgan a la calle. Así, pueden entrar en contacto con el aire seco, y ventilarse lo necesario para eliminar todo vestigio de la última lluvia. De este modo, gracias a la intervención del Estado, los paraguas están listos para proporcionar en el siguiente uso un servicio pleno de confort.

El origen de los agujeros

Sin que los fabricantes lo planeen, el queso Gruyere se ve habitualmente poblado por intempestivos agujeros. En lugar de formar un cuerpo bien sólido, el queso se ve interrumpido por hoyos de diferente tamaño, casi siempre de perfecta redondez. Para mucha gente, los agujeros forman parte de su concepto de este queso, más que el queso mismo. Hay quienes disfrutan de la textura que provocan, y piensan que no sería lo mismo si se normalizara la situación.
¿De dónde provienen estos agujeros? Nadie lo sabe. Existen muchas teorías sobre ese origen. Algunas son descabelladas, como la existencia de bacterias invisibles que comen partes del queso o la presencia de burbujas de dióxido de carbono durante la elaboración, como si el queso fuera una gaseosa.
Es mucho más interesante pensar que los agujeros son producto de la acción de seres extraterrestres. Al encontrar en Suiza un terreno montañoso, no les resulta fácil la generación de crop circles para identificarse, y han encontrado refugio en el queso. El material proporciona un material tridimensional para poder realizar los más intrincados diseños, que habitualmente pasan inadvertidos porque las personas no se ponen a investigar un queso entero. Las porciones que se venden al público sólo contienen partes irreconocibles de los diseños, perdiéndose el todo en la distribución.
Los extraterrestres colocan en el queso marcas propias de cada expedición, que permiten a las mentes sagaces identificar dónde estuvo cada una. Los ufólogos pasan mucho tiempo estudiando diferentes quesos y sus orígenes para poder tener pistas sobre las trayectorias de los seres de otros mundos en la Tierra. Es un trabajo arduo, que requiere mucha paciencia, como la dendocronología. Se trata de reconstruir paso a paso todos los trozos de queso, y a través de ellos las ruedas originales. Es necesario deducir el contenido de aquellas porciones que ya han sido consumidas, y se hace a través del estudio de otros quesos que proporcionan información complementaria. A través de ellos se puede identificar el código que identifica a cada expedición, y se puede saber, al cotejar con los círculos de los campos del mundo, cuánto duró cada una y qué lugares visitaron.
Está en estudio la posibilidad de decodificar más información a partir de los distintos patrones de agujeros. Con la ayuda de matemáticos y lingüistas se intenta no sólo identificar los patrones, sino extraer la información existente en esas secuencias, desde la teoría de que no son arbitrarias sino producto de inteligencias mucho mayores que las del hombre, capaces de inscribirse en los quesos con toda facilidad.
Existen también aquellos que piensan que las manchas verdes del roquefort tienen el mismo origen, pero en la comunidad de quesólogos estas personas no son bien vistas. Teniendo en cuenta las leyes de neutralidad y no intervención universal, es razonable que haya una marca, pero no genera respeto la idea de que los extraterrestres se puedan hacer cosas tan desagradables a los quesos que visitan.

Huevos de oro

Durante un tiempo tuve una gallina. Era una gallina común y corriente, excepto que tenía una característica: los huevos que ponía eran de oro. No sé por qué ocurría ese fenómeno, pero ahí estaban los huevos de oro macizo. Le costaba bastante ponerlos. Se le notaba la dificultad en la tarea, y el cacareo de alivio cuando terminaba. Después los empollaba durante un rato, hasta que yo los iba a buscar.
Al principio el asunto de los huevos de oro me fastidió un poco. Yo había comprado la gallina para poder tener huevos frescos, y olvidarme de ir a comprar huevos que pudieran tener hormonas o esas cosas que les ponen ahora a los productos avícolas. Hasta que me di cuenta de que con un huevo de oro podía comprar no sólo huevos normales, y de la mejor calidad, sino otras gallinas que pusieran huevos regulares.
Conservé la gallina de los huevos de oro, porque me traía riqueza. Cada cierta cantidad de días ponía un huevo. Yo podía conservarlo o convertirlo en dinero, para luego convertir el dinero en cosas que me interesaban. Llegué a tener abajo del colchón una buena colección de huevos de oro, para poder usar en tiempos de escasez, si alguna vez venían.
Mi gallina intrigaba a los que venían a casa. Había mostrado los huevos a unas pocas personas, y uno de mis amigos, Sergio, estaba especialmente interesado. Tenía un interés científico. Quería saber el origen de los huevos. Qué hacía que esa gallina, y ninguna otra, diera huevos de oro. La gallina, me dijo, poseía el secreto de la alquimia, y develar su misterio iba a valer mucho más que cualquier cantidad de huevos de oro. Obtendríamos como mínimo el premio Nobel, y después podríamos patentar el método, y hacernos ricos no de a un huevo por vez, sino gracias a su venta.
Yo había pensado en matarla para acceder al reservorio de oro, pero nunca lo había visto de esa manera. Siempre había pensado en términos de activos y pasivos, y razonaba que liquidar a la gallina me podía traer un poco de bonanza inmediata, pero me privaría del dividendo regular. Entonces la había dejado vivir.
Sergio me aclaró que no era necesario matarla. Los huevos de oro eran, indudablemente, el resultado de una mutación. Esta característica genética, sin embargo, no se podía transmitir a los pollitos porque los huevos de oro no conducen a la mitosis. Lo que teníamos que hacer era acceder a su ADN, y para eso nos servía un fragmento de pluma. Con él, podríamos secuenciar su genoma y comprender embriológicamente cuál era la mutación. Y, además, podríamos clonar a la gallina.
Procedimos a extraer el ADN, y Sergio lo llevó a su laboratorio. Él conocía bien el tema, porque trabajaba en eso. Estuvo unos meses hasta que secuenció el genoma, y al compararlo con el de la gallina común, Gallus gallus domesticus, descubrió que había importantes diferencias. Entonces aplicó sus técnicas de clonado, y consiguió que nacieran varios pollitos.
Después tuvimos que esperar que llegaran a la edad de poner huevos. Y cuando lo hicieron, grande fue nuestra alegría. Sus huevos eran de oro macizo, idénticos a los de mi gallina original, que seguía poniendo normalmente.
Nos repartimos las gallinas, y nos prometimos mantener planteles parejos. Pero Sergio no se daba por contento. Pensó que teníamos que sacarle el jugo al descubrimiento. Y entonces patentamos el ADN de la gallina. Y no sólo eso: Sergio insistió en mejorar el producto. Mediante sus técnicas de manipulación, logró gallinas que daban huevos cada vez mejores. Eran extra grandes, y de un kilataje cada vez mayor. También fabricamos gallinas que producían otros metales.
Paralelamente, lanzamos la gallina de huevos de oro al mercado. Fue un éxito inmediato. A tal punto que nos hicimos mucho más millonarios que lo que habíamos pensado. Lo que no pensamos fue el impacto social.
Tan grande fue el éxito de nuestro producto, que en poco tiempo todo el mundo empezó a producir oro en grandes cantidades. Incluso hubo quienes encontraron maneras de mejorar la alimentación de las gallinas para aumentar la eficiencia. El problema fue que, ante la abundancia súbita del metal precioso, su valor se empezó a reducir. Lo mismo ocurrió con los otros metales que venían de gallinas, como la plata, el titanio, el platino, el cinc y el níquel.
Ante esta situación, lo que escaseaba, y por lo tanto fue lo más buscado, fueron los huevos de gallina. La cotización del huevo se volvió mayor que la del oro. Hacía falta muchos huevos de oro para comprar un huevo de gallina, a pesar de que ambos venían de gallinas prácticamente iguales. Y los huevos de color eran prácticamente prohibitivos. Los que tenían granjas y no habían abandonado su plantel de gallinas regulares vieron recompensada su perseverancia, con una gran bonanza de huevos de oro.

Mosquitos de frío

Algunos mosquitos se escapan del calor. Prefieren volar en los aires fríos, donde hay menos competencia. Más oferta y menos demanda. La sangre tiene siempre la misma temperatura. Y cuando hace frío, las personas están menos inclinadas a protegerse de los mosquitos.
Los mosquitos de frío, entonces, disfrutan de una abundancia que sus hermanos de calor no pueden imaginar. Esto implicaría que, al tener más comida y menos competencia, se deberían reproducir más y dejar más descendientes de frío. Pero no es así, porque además de tener poca competencia tienen pocas oportunidades de encontrar con quién engendrar nuevos mosquitos. Ocurre sólo ocasionalmente, manteniendo así su rareza.
El mosquito de frío es menos desesperado, más calculador. No necesita aprovechar cada oportunidad para alimentarse. Es, por lo tanto, más difícil de cazar. El humano que lo intente se sorprenderá por su destreza. Contribuyen a la dificultad la imprevisibilidad de ver un mosquito en climas fríos, sino también la falta de práctica de matar mosquitos en invierno.
Por el otro lado, la ausencia de competencia hace que sea fácil identificar a un mosquito en particular. El humano ensañado puede tener paciencia y esperar que se pose en algún lugar accesible, para asestar el golpe final, y acabar con una vida de placeres.

La razón del universo

¿Por qué el universo es tan innecesariamente grande? Respuesta: porque no tiene por qué suponerse que esté hecho para nosotros. El universo, si está hecho para algo, es para propósitos que no conocemos y que podrían perfectamente justificar semejante tamaño.
O eso es lo que suponemos. En realidad, no tenemos por qué pensar que el universo no está hecho para nosotros. Solamente parece así cuando hacemos observaciones. Todas ellas conducen a nuestra insignificancia. Pero eso no significa nada. En una de ésas, el tamaño del universo es una condición necesaria, por razones que no conocemos, para nuestra existencia. Eso permitiría pensar que el universo sí está hecho para nosotros.
Por ejemplo, el universo está expandiéndose desde hace unos trece mil millones de años. Después de todo ese tiempo, necesariamente va a ser grande. No sé dónde está la sorpresa. Durante dos tercios de ese lapso, no existíamos nosotros, ni el sol, ni la Tierra. Pero el universo estaba fabricando los elementos para que existiéramos. Los átomos que nos conforman son hechos en estrellas, en supernovas antiguas que explotaron y diseminaron nuestros elementos. Si no fuera por ellas, todo sería hidrógeno y helio. Casi todo es hidrógeno y helio, pero gracias a las supernovas que forman y diseminan los otros elementos, estamos.
Eso no podría haber pasado mucho antes que cuando pasó. Y entonces teníamos que esperar nuestro turno mientras el universo se expandía. Además nos viene bien. Un universo donde las estrellas y las galaxias están muy cerca entre sí no es un lugar seguro. Está lleno de cualquier cantidad de cascotes y fuentes de energía que se pueden cruzar muy fácilmente en nuestro camino. Y es un universo sin noche, donde cuando no se ve la luz del sol se ve la luz de todas las estrellas que están casi igual de cerca. Es bueno, entonces, esperar a que el universo esté un poco más expandido.
Después se tuvo que formar la Tierra, con su composición de hierro fundido, y tuvimos que esperar que se enfriara lo suficiente. Todavía no se enfrió del todo, pero la superficie es más o menos estable. Entonces pudimos empezar el proceso de evolución. Tuvo muchos pasos intermedios, sí, y la evolución es otra cosa que no parece haber sido hecha con nosotros en mente. Pero sin ella no seríamos lo que somos. Eso nos permite pensar que, en una de ésas, era la única manera de que saliéramos así.
Somos tal vez el resultado de un experimento cósmico, posiblemente destinado a fracasar, y a que pase el que sigue. Los dinosaurios, por ejemplo, aparecieron más temprano y fueron exterminados por un meteorito que andaba por ahí. Por un lado es bueno, porque si hubiéramos aparecido nosotros en ese momento, habríamos sufrido esa calamidad. Y además gracias a eso tenemos petróleo y podemos andar en auto usando la energía que les quedó sin usar a los dinosaurios. Aunque, por otro lado, si hubiéramos aparecido en la época de los dinosaurios, en lugar de ellos, tal vez habríamos desarrollado nuestra ciencia y tecnología lo suficiente como para evitar que ese meteorito nos matara. No fue así, y podemos pensar que se trata de algún plan cósmico para que no fuera así.
Es tal vez una programación inicial. Me parece razonable. Me pasa con el Excel. Cuando hago una planilla, lo que hago es establecer las reglas de cómo serán las cosas. Después, los que la agarren podrán experimentar todo lo que quieran, pero no podrán salirse de esas reglas. Tendrán resultados agradables y desagradables, y con ellos sacarán las conclusiones que tengan que sacar. Para eso tengo que programarla bien, de forma tal que deje un espacio suficientemente amplio como para que se pueda hacer muchas cosas, y suficientemente estrecho como para que no se pueda autodestruir. Es un balance delicado.
Nosotros venimos a ser los operadores de ese Excel cósmico. Los que lo disfrutamos y aprovechamos. Poco a poco vamos reconstruyendo las fórmulas que se ocultan en cada casilla. Existe la posibilidad de que, un día, las sepamos todas, y hayamos develado los misterios del universo.

Júpiter y los mosquitos

Si miramos con perspectiva a los planetas del sistema solar, veremos que está Júpiter y algunos cascotes. Es con gran margen el planeta más grande y masivo. Y le debemos la vida.
Si vemos la luna o cualquier cuerpo que no tenga erosión, veremos una gran cantidad de cráteres. Cada uno corresponde al choque de algún cuerpo más pequeño, que genera una cicatriz. Está muy claro que estos choques no son tan frecuentes, y su densidad nos muestra la escala de tiempo de la que estamos siendo testigos.
Una de las razones por las que los choques no pasan tan seguido es Júpiter. Actúa como un gran escobillón, o una aspiradora, atrayendo con su masa a los asteroides o cometas que pasan cerca. Es mucho más probable que choquen contra Júpiter que contra cualquier otro objeto.
En algunos casos, en lugar de impactar son capturados y se convierten en satélites. En otros, la gravedad de Júpiter los saca de su trayectoria y los expulsa del sistema solar. El resultado es casi siempre el mismo: los cuerpos que podrían chocar contra la Tierra no lo hacen.
Claro que el filtro de Júpiter no es infalible. En algunos casos, hay asteroides o cometas que penetran en el sistema solar interior, y pueden chocar contra la Tierra. Si el astro es suficientemente grande puede provocar catástrofes, como la que inició la extinción de los dinosaurios. Estaban lo más tranquilos, y de pronto una bola de fuego que vino desde el cielo acabó con su medio ambiente. Sólo los animales pequeños lograron sobrevivir.
Entre ellos estaban los mosquitos, que tuvieron que encontrar una nueva dieta cuando se acabó la sangre de dinosaurio. Como su ausencia provocó un auge entre los mamíferos, los mosquitos encontraron rápidamente sangre nueva. Y desde entonces vienen picando a las diferentes manifestaciones de mamíferos, a través de los tiempos, hasta el día de hoy, en el que pican también a las personas.
Entre ellas, a mí. Me pican mucho. Soy su favorito, por alguna razón. No sé qué me ven. Cuando estoy en un lugar con varias personas, se obstinan en picarme sólo a mí. Los demás no se enteran, sufren tal vez picaduras aisladas. Pero las mías son sistemáticas. No importa cuánta gente haya, si hay mosquitos cerca, los atraigo y me pican a mí. Soy el Júpiter de los mosquitos.

El sabor del estornudo

Puedo sentirlo. Se viene un estornudo. Me está trepando, pronto se expulsará a sí mismo, como un torrente, como un géiser. Sólo puedo saber que está ahí, en algún lugar de mi cuerpo. No tengo forma de conocer el momento exacto de la explosión hasta justo antes. Tampoco sé qué clase de estornudo será.
Tal vez sea un achís, un poco infantil, un poco vergonzoso para un adulto como yo. O peor, un achí apocopado.
Espero que sea un atchús. Es el más completo, el que más ejercicio da a los músculos, el más duradero y el que mejor dirige las sustancias expulsadas. El problema es que me coloco la mano sobre la boca para evitar desparramos, y la mano tiene un efecto castrador sobre lo que está por ocurrir. Entonces aparece un achú, la forma anglosajona abreviada.
Por suerte no hay nadie, y por eso no tengo que disimularlo haciéndolo silencioso. Así se cumple todo lo que en teoría debe ocurrir, pero no tiene sabor, no se disfruta tanto como un estornudo estruendoso. Es como un matrimonio a distancia, por poder, que legalmente es válido pero no tiene nada de emocionante.
Tampoco sé si el estornudo terminará por concretarse. Puede ser una falsa alarma, o un aborto frustrante. Un estornudo que quedará alojado en algún hueco hasta que logre escapar sin advertencia, tal vez hoy, tal vez el año que viene. Si eso ocurre, persistirá la frustración de no haberlo podido sacar. Y eso no me gusta. Así que, ahora que lo veo venir y me doy cuenta de que está al alcance, voy a quedarme bien quieto, esperándolo, para no perderme ningún detalle.

Bolsa de gatos

Primero fue una bolsa de pescado. Se le cayó a alguien que volvía de hacer compras, y quedó en la vereda esperando un uso. Los gatos, siempre atentos a las oportunidades, no se hicieron esperar.
Llegaron gatos de todas las direcciones y de todos los colores. Cada uno se hizo lugar en la bolsa para conseguir algo de pescado. Pronto, sin embargo, no hubo más comida. Los primeros gatos consumieron todo rápidamente. Pero seguía habiendo olor a pescado, entonces los gatos continuaban siendo atraídos.
Como consecuencia, los gatos que entraban a la bolsa buscando pescado encontraban otros gatos. Competencia. Era necesario deshacerse de ella, pensaban todos los gatos al mismo tiempo. Por eso se atacaban. Cada gato quería expulsar a todos los demás de la bolsa, así podía quedarse él solo con la comida inexistente cuyo olor todavía dominaba la escena.
Empezaron las mordeduras y los arañazos. También hubo gruñidos amenazadores. La bolsa se movía a la par del conflicto. El conjunto entero se trasladaba en diferentes direcciones, como una masa inconsistente. Pronto la bolsa se perdió de vista.
Sin embargo, el olor a pescado se mantenía. Eso atraía a más gatos al punto donde estaba la bolsa. Al llegar, todos se peleaban con todos, y se produjo un gran conflicto que pronto excedió la vereda. A medida que más gatos se sumaban al lugar de los hechos, la avenida se iba bloqueando. Los autos no podían pasar. Las bocinas se sumaban a los gruñidos. Los conductores se frustraban ante el bloqueo, y más tarde multiplicaban su frustración cuando sentían el olor a pescado que había justo en ese lugar.
El embotellamiento producido bloqueó la posibilidad de que más gatos se acercaran. Entonces, con el correr de las horas, al disiparse el olor, los gatos combativos se fueron dispersando. Así el tránsito pudo reanudarse y la normalidad volvió al barrio. Sin embargo, en otro barrio, donde había ido a parar la bolsa original que todavía contenía varios gatos, la bolsa volvió a impregnar una vereda y se renovó el incidente.

Charlando con el verde

Estaba acá sentado, sin molestar a nadie, cuando se hizo presente una criatura verde, con una antena roja y una amarilla.
“Hola”, me dijo.
No tenía muchas ganas de hacerle caso, entonces lo ignoré. Pero él insistió.
“Hola, soy Segismundo”, me dijo y ya que estaba agregó una pregunta: “¿y vos?”
“Puta, me parece que voy a tener que darle charla”, pensé. Entonces decidí hacer caso y le contesté. “Soy Roberto”.
Pero Segismundo no recibió la respuesta con el entusiasmo que esperaba. “No te sientas obligado a darme charla”, me dijo.
Me llamó la atención su comentario. Era muy parecido a lo que había pensado. ¿Podía leerme el pensamiento?
“Exacto, puedo leerte el pensamiento”, contestó Segismundo sin que se lo preguntara.
“La puta, la puta”, pensé, pero me calmó. “No te preocupes, entiendo perfectamente lo que sentís, en general a los terrícolas les molesta que lea su pensamiento. Lo que pasa es que es la mejor forma de comunicarme, porque la gente miente cuando habla”.
Eso era cierto, y lo acababa de hacer. Sin embargo, hay muchas cosas que no quiero que se entere nadie y por eso no las digo.
“Es lógico que todo eso que estás pensando no quieras que los demás se enteren, pero no tenés por qué alarmarte. Olvido rápido la información irrelevante”.
Pensé entonces qué podía ser relevante para una criatura así, y qué no. También me pregunté qué hacía acá conmigo. Pero no tuvo una respuesta para eso.
“La verdad, estoy acá de casualidad, estaba explorando un poco tu planeta y vine a dar a tu casa. Sos el primero que contacto. ¿Sos un ejemplar típico de tu especie?”
Lo pensé un momento y le contesté “no sé”.
“¿Por qué? ¿Cómo son los ejemplares típicos?” Tampoco sabía eso. Si lo hubiera sabido habría podido enterarme de si yo era uno.
Segismundo entendió. Le pareció razonable, incluso. Me preguntó entonces dónde podía encontrar a alguien típico. Le contesté que fuera a las provincias a buscar algún gaucho, que son los personajes típicos de este país aunque yo nunca me haya topado con uno. Pero antes de eso pensé “en el zoológico”, porque yo a veces tiendo a pensar idioteces antes de contestar algo en serio.
Segismundo se alegró. “Sí, los zoológicos están llenos de gente típica en todo el Universo. Lo único que hay que hacer es mirar fuera de las jaulas”.
Me ofreció acompañarlo, y pensé que podía ser interesante. Sin embargo, antes de contestarle me encontré en un vehículo con él. No era una nave espacial, sino el 118, que iba para el lado de Plaza Italia. Claramente se había metido en mi mente y había pensado cómo ir al zoológico.
“No fue así, sólo consulté la guía de la Tierra que traje acá”. “OK”, pensé, mejor que hiciera eso. Le pregunté si tenía plata para pagar la entrada, pero me dijo que no iba a hacer falta. Así como habíamos entrado en el 118, podíamos entrar al zoológico. Total, no íbamos a ver animales, íbamos a ver humanos.
“Para eso nos podemos parar en la puerta”, pensé y dije a coro. Y me contestó que sí, que podía ser, y de paso veíamos a la gente que no entraba al zoológico. Todavía no lo había decidido. Ya me enteraría.
En ese momento llegamos a Plaza Once y el colectivo se vació para luego llenarse. Segismundo se fascinó, porque entró un montón de gente que le causaba curiosidad. Entonces salió de su asiento y se trepó a las paredes usando sus dedos con ventosa. De inmediato alguien se sentó en su lugar, sin darse cuenta de que estaba lleno de una sustancia verde pegajosa. Por eso yo no me había movido ahí, habitualmente cuando estoy del lado del pasillo y el de la ventanilla se va, yo me corro para dejar pasar más fácilmente a otra persona y también para mirar al exterior. Pero esta vez no lo había hecho precisamente por esa razón, y la persona que se sentó me miró mal primero por haber tenido que esquivarme, y después por no haberle avisado de lo que pasaba. Yo le había avisado con el pensamiento, sin darme cuenta de que no lo iba a poder escuchar. Entonces le puse cara de pedirle disculpas.
Segismundo, en tanto, se me perdió de vista. Cuando llegamos a Plaza Italia no lo vi más, entonces seguí viaje, por las dudas que volviera. Pero en Puente Pacífico llegó un inspector, que comprobó que no tenía boleto y me tuve que bajar.
Así fue que perdí a Segismundo, y también fue así como no pude entrar a casa, porque no se dio cuenta de traer conmigo la llave. Pero cuando me abra, señor cerrajero, podré pagarle. La plata la tengo en casa.