Charlando con el verde

Estaba acá sentado, sin molestar a nadie, cuando se hizo presente una criatura verde, con una antena roja y una amarilla.
“Hola”, me dijo.
No tenía muchas ganas de hacerle caso, entonces lo ignoré. Pero él insistió.
“Hola, soy Segismundo”, me dijo y ya que estaba agregó una pregunta: “¿y vos?”
“Puta, me parece que voy a tener que darle charla”, pensé. Entonces decidí hacer caso y le contesté. “Soy Roberto”.
Pero Segismundo no recibió la respuesta con el entusiasmo que esperaba. “No te sientas obligado a darme charla”, me dijo.
Me llamó la atención su comentario. Era muy parecido a lo que había pensado. ¿Podía leerme el pensamiento?
“Exacto, puedo leerte el pensamiento”, contestó Segismundo sin que se lo preguntara.
“La puta, la puta”, pensé, pero me calmó. “No te preocupes, entiendo perfectamente lo que sentís, en general a los terrícolas les molesta que lea su pensamiento. Lo que pasa es que es la mejor forma de comunicarme, porque la gente miente cuando habla”.
Eso era cierto, y lo acababa de hacer. Sin embargo, hay muchas cosas que no quiero que se entere nadie y por eso no las digo.
“Es lógico que todo eso que estás pensando no quieras que los demás se enteren, pero no tenés por qué alarmarte. Olvido rápido la información irrelevante”.
Pensé entonces qué podía ser relevante para una criatura así, y qué no. También me pregunté qué hacía acá conmigo. Pero no tuvo una respuesta para eso.
“La verdad, estoy acá de casualidad, estaba explorando un poco tu planeta y vine a dar a tu casa. Sos el primero que contacto. ¿Sos un ejemplar típico de tu especie?”
Lo pensé un momento y le contesté “no sé”.
“¿Por qué? ¿Cómo son los ejemplares típicos?” Tampoco sabía eso. Si lo hubiera sabido habría podido enterarme de si yo era uno.
Segismundo entendió. Le pareció razonable, incluso. Me preguntó entonces dónde podía encontrar a alguien típico. Le contesté que fuera a las provincias a buscar algún gaucho, que son los personajes típicos de este país aunque yo nunca me haya topado con uno. Pero antes de eso pensé “en el zoológico”, porque yo a veces tiendo a pensar idioteces antes de contestar algo en serio.
Segismundo se alegró. “Sí, los zoológicos están llenos de gente típica en todo el Universo. Lo único que hay que hacer es mirar fuera de las jaulas”.
Me ofreció acompañarlo, y pensé que podía ser interesante. Sin embargo, antes de contestarle me encontré en un vehículo con él. No era una nave espacial, sino el 118, que iba para el lado de Plaza Italia. Claramente se había metido en mi mente y había pensado cómo ir al zoológico.
“No fue así, sólo consulté la guía de la Tierra que traje acá”. “OK”, pensé, mejor que hiciera eso. Le pregunté si tenía plata para pagar la entrada, pero me dijo que no iba a hacer falta. Así como habíamos entrado en el 118, podíamos entrar al zoológico. Total, no íbamos a ver animales, íbamos a ver humanos.
“Para eso nos podemos parar en la puerta”, pensé y dije a coro. Y me contestó que sí, que podía ser, y de paso veíamos a la gente que no entraba al zoológico. Todavía no lo había decidido. Ya me enteraría.
En ese momento llegamos a Plaza Once y el colectivo se vació para luego llenarse. Segismundo se fascinó, porque entró un montón de gente que le causaba curiosidad. Entonces salió de su asiento y se trepó a las paredes usando sus dedos con ventosa. De inmediato alguien se sentó en su lugar, sin darse cuenta de que estaba lleno de una sustancia verde pegajosa. Por eso yo no me había movido ahí, habitualmente cuando estoy del lado del pasillo y el de la ventanilla se va, yo me corro para dejar pasar más fácilmente a otra persona y también para mirar al exterior. Pero esta vez no lo había hecho precisamente por esa razón, y la persona que se sentó me miró mal primero por haber tenido que esquivarme, y después por no haberle avisado de lo que pasaba. Yo le había avisado con el pensamiento, sin darme cuenta de que no lo iba a poder escuchar. Entonces le puse cara de pedirle disculpas.
Segismundo, en tanto, se me perdió de vista. Cuando llegamos a Plaza Italia no lo vi más, entonces seguí viaje, por las dudas que volviera. Pero en Puente Pacífico llegó un inspector, que comprobó que no tenía boleto y me tuve que bajar.
Así fue que perdí a Segismundo, y también fue así como no pude entrar a casa, porque no se dio cuenta de traer conmigo la llave. Pero cuando me abra, señor cerrajero, podré pagarle. La plata la tengo en casa.

Bola de sangre

Ya me había acostado. Estaba por dormirme cuando cerca de mis ojos sentí el zumbido negro de un mosquito. La visión me despertó un poco, pero no lo suficiente como para despabilarme. Intenté, sin embargo, matarlo, sin conseguirlo. Como estaba casi dormido, decidí correr el riesgo de que se hiciera un festín.
Amanecí lleno de ronchas. Me picaba todo el cuerpo, incluso las partes que estaban tapadas. Evidentemente el mosquito se había metido entre las sábanas. Al levantarme, aún confundido por la somnolencia y los arañazos que me hice al rascarme, divisé en un rincón un punto rojo. Creí que era mi visión deformada, pero el punto se movía. Era el mosquito, que se había hecho tal banquete que había engordado hasta llegar a como diez veces su tamaño normal.
Se movía con dificultad, sin poder levantar mucho vuelo. Claramente, sus alas no estaban preparadas para sostener tanto peso. En un rápido despabilamiento, supe que tenía que matarlo. Aunque se había alimentado suficiente, se veía que no iba a dejar de comer cuando estuviera satisfecho. Podía seguir picándome, aunque sólo los pies y las pantorrillas. Se trataba de un mosquito glotón.
Entonces me acerqué más o menos sigilosamente. No era necesaria mucha sutileza, porque no tenía agilidad para escaparse. Además, requería muy poca precisión. Por eso lo pude aplastar sin dificultades. Pero debí haberlo pensado mejor, porque ahora en toda la pared hay un enorme manchón rojo.

Trapos y alces

Un trapo que volaba bajo pasó cerca de un alce. El trapo lo ignoró, pero el alce resultó hipnotizado por sus movimientos fluidos, por sus respuestas al viento, por su intrincada elegancia para tocar el suelo lo menos posible.
El alce lo miró fijo. No quería perderlo de vista. Nunca se había topado con una cosa así. Estaba habituado al movimiento de las hojas de los árboles con el viento, y le parecía hermoso, pero ahora estaba viendo una nueva criatura, no fija sino libre. Se movía de maneras que el alce no podía alcanzar. Era la ventaja de tener muy poca sustancia. El trapo estaba ahí, sin intenciones propias, respondiendo sólo a las sutilezas atmosféricas. Se levantaba, se caía, rodaba, giraba, se sacudía, subía y bajaba, subía y bajaba, coloreaba el contorno del césped al trepar las colinas.
El alce lo miraba sin saber qué hacer. Se vio en tentación. ¿Lo iba a buscar para engancharlo en sus cuernos y tenerlo para siempre con él? Si lo hacía, el trapo perdería la fluidez del movimiento, su principal atractivo. En cambio, si lo dejaba así, el trapo tarde o temprano se iría a otra parte, así como había llegado hasta ahí.
Por lo pronto, el viento mantenía al trapo a la vista del alce, que tenía que prestar mucha atención para no perderlo. En un momento, volvió hacia el lugar de donde había venido, y fue demasiado rápido como para que el alce lo pudiera alcanzar. Creyó haberlo perdido para siempre. Pero segundos después volvió, acompañado por otro trapo, que traía otro alce. Ambos se ignoraron. Estaban muy ocupados mirando cada uno a su trapo.
Poco después se hizo presente una bolsa de polietileno, que también fluía con el viento, y no tenía ningún alce que la siguiera. La bolsa se integró al movimiento de los trapos, y pronto fueron tres cuerpos los que danzaban en el césped, vigilados por los alces, que no permitían que ningún animal se acercara.
Sin embargo, la bolsa tenía intereses siniestros. Con disimulo, se acercó a cada uno de los trapos y los capturó. Pasaron a formar un bollo dentro de la bolsa, que cayó al suelo debido al peso total. Los alces corrieron a rescatar cada uno a su trapo, y al llegar a la bolsa sus cornamentas chocaron. Se produjo un gran estruendo, y en la confusión la bolsa levantó velocidad. Los alces, ahora unidos por sus cuernos, no podían hacer nada hasta zafarse.
Coordinaron sus movimientos para poder salir de esa situación, pero era difícil. Parecía que estaban peleando, pero estaban tratando de separarse. Nunca se habían visto con esa necesidad, y por eso no sabían hacerlo. Debieron improvisar, sabiendo que corrían el riesgo de que la bolsa se llevara para siempre a sus trapos.
Por eso cometieron un error de cálculo, y en un movimiento brusco lograron separarse, pero ambos perdieron su cornamenta. Se acercaron con sus cabezas vacías hacia la bolsa, e intentaron despedazarla, pero ya no tenían los cuernos. La destruyeron con los dientes, y así rescataron a los trapos. Cuando los vieron fuera de la bolsa, los acariciaron. Los trapos respectivos se unieron a las cabezas aún sangrantes, y desde ese día se convirtieron en graciosas crestas que reemplazaron a los cuernos.

El escape de media mosca

Veranear en una quinta implicó un contacto con el mundo animal. En ese terreno grande, de donde salíamos poco, había toda clase de criaturas con las que habitualmente no tenía contacto. Por ejemplo, sapos. Descubrí una cueva donde se mantenían a la sombra durante el día. Y a la noche los seguía en su camino por toda la quinta.
En los alrededores había caballos y perros, con los que podía interactuar, aunque existían algunos peligros implícitos. Los mamíferos se completaban con bellas lauchas que aparecían cerca de la casa.
El lugar tenía además una diversa población de insectos. Las cigarras cantaban durante todo el día. Como era verano, moscas y mosquitos revoloteaban en todos lados. Lo mejor para que no molestaran era meterse en la pileta, aunque cada tanto aparecía algún sapo ahí adentro. Lo veíamos luchar por su vida, y lo rescatábamos con el sacabichos. También rescatábamos abejas, moscas y escarabajos que pudieran caer al agua. A veces lográbamos llegar a sacarlos vivos, a veces no.
Un objeto similar al sacabichos cumplía el propósito opuesto. El matamoscas no estaba en nuestra casa habitual, y descubrí su uso en esa quinta. Matar una mosca con las manos es mucho más difícil que un mosquito, porque siempre se escapan a tiempo, por más esmero que uno ponga en ser sigiloso. Es como si tuvieran un sexto sentido de la vista.
El matamoscas soluciona el problema, pero crea uno nuevo: qué hacer con los restos. Lo lógico es tirarlos a la basura, aunque eso provoque el canibalismo de moscas posteriores. Pero con el correr de los días encontré un destino mejor.
En un lateral de la casa, un sector donde no iba seguido, había un árbol grande que tenía varias ramas horizontales. Entre dos de ellas estaba instalada la tela de una hermosa araña argiope. A veces me quedaba observando su comportamiento. La paciente espera hasta que algún insecto volador se topara con la tela. Cuando eso ocurría, la araña salía de su puesto en el centro, caminaba lentamente hacia su presa y la devoraba metódicamente.
Era fascinante para ver. Existía una lucha del insecto que se veía atrapado en la tela, en el momento en el que la araña estaba caminando. Algunos, sobre todo los más grandes, lograban desengancharse a tiempo. Otros no, y ése era su fin. La araña los ingería sin demasiada prisa, y después volvía satisfecha a su puesto, a esperar más comida.
Decidí entonces que ése era un buen destino para las moscas que mataba. Iban a sufrir menos. Una mañana, salí determinado a cazar para darle de desayunar a la araña. Cuando encontré una mosca, la maté y la llevé hasta el lugar indicado. Tuve que desarrollar cierta técnica para arrojarla hacia la telaraña. A veces no embocaba, y los cuerpos iban a parar al pasto, lo que los hacía irrecuperables.
Una vez lo logré. Fue una ocasión en que la tela había atrapado a otra mosca, por medios naturales. La araña estaba comiéndola. Me pareció apropiado lanzarle mi mosca, como segundo plato, para cuando terminara. Pero la araña, al sentir la llegada de mi regalo, tuvo otra idea.
Como nunca había escuchado el refrán del pájaro en mano, eligió abandonar la mosca que estaba comiendo para ir a buscar la nueva. Se acercó a ella, y sin darse cuenta le proporcionó la oportunidad a la anterior, que estaba a medio comer. La media mosca, al ver que su ingestión había sido suspendida, empezó a tratar de zafarse. Se movía frenéticamente, mientras la araña no hacía caso a su lucha. Finalmente, su esfuerzo fue recompensado y logró volar hacia la libertad. No lo había planeado así, pero mis ganas de matar moscas y alimentar a la araña le salvaron la vida a la mitad de una mosca, que no se sentía comida ni aun comida.

El refugio del mosquito

El mosquito era vivo. Sabía conseguir lo que quería. Quería, sobre todo, seguir estando vivo. Sabía que ésa era la única forma de lograr su otro objetivo: comer sangre ajena, que a su vez le permitiría seguir vivo.
Pero las personas no quieren dar su sangre, ni siquiera una porción minúscula, salvo a alguna causa que les guste y las haga sentir bien. Por eso suelen resistir los intentos de que se la extraigan a la fuerza. El mosquito sabía que sus intentos de alimentarse iban a ser recibidos con hostilidad. Debía desarrollar una estrategia para mejorar sus posibilidades de evitar un aplastamiento definitivo.
Decidió que lo mejor era actuar en las sombras. Era muy popular entre los mosquitos aparecer por la noche, porque la ausencia de luz disimula su presencia y facilita el escape furtivo. Pero ya no era suficiente con esperar hasta la noche, porque el hombre había inventado la noche iluminada. Eso no le servía al mosquito.
Se dedicó a observar el comportamiento de la gente ante otros mosquitos. Y vio que muchos usaban las manos para aplastarlos. Incluso, eran capaces de darse un buen golpe a sí mismos con el objetivo de detener a los mosquitos. Los cuerpos eran descartados posteriormente, aunque por unos instantes quedaba como una mancha en el lugar del impacto. A veces eran acompañados también por su carga de sangre, que manchaba de rojo a la persona que lograba acabar con una jornada exitosa.
Entonces le pareció que era necesario concentrarse en las áreas de los cuerpos donde las manos no estaban tan al alcance. Los tobillos eran candidatos apropiados, porque aunque no tuvieran mucha carne sí contenían cantidades adecuadas de sangre. También las espaldas ofrecían una buena oportunidad, aunque el mosquito que acudiera a una espalda descubierta podía quedar a merced de una segunda persona solidaria. En cualquier caso, había que tener cuidado.
Pero no sólo las personas mataban a los mosquitos que las amenazaban directamente. El mosquito se dio cuenta de que sabían comprender las acciones de los mosquitos, incluso cuando no las estaban realizando. Pero vio que el cuerpo del mosquito no era tan fácil de remover completamente de las paredes.
Lo que el mosquito también vio era que no todos los sectores de las paredes eran iguales. Había algunas partes con más colores y diferente textura. Estaban bien delimitadas por unos marcos rectangulares. La gente solía pararse frente a esas partes y mirarlas. Y cuando se posaban mosquitos, no los trataban de aplastar, tal vez por miedo a arruinarlas con los restos. Claramente, reflexionó el mosquito, esos marcos delimitaban algo de valor estético y visual.
Supo entonces que ése era su lugar. Si se mantenía parado ahí, nadie lo aplastaría. Podría dedicarse con tranquilidad a planear sus excursiones meticulosamente, para que nadie se diera cuenta de que lo estaba picando.

Amor a la cucaracha

Quiero besarte, cucaracha. Quiero agarrarte de las patas, ponerme frente a vos y besarte. Besar tus pinzas, besar tus antenas. Quiero que nos miremos a los ojos y nos digamos, en cualquier idioma que tengamos en común, que nos queremos. Que nos protegeremos y que nunca nos separaremos.
Quiero ser parte de tu vida y que estés en la mía. Quiero abrazarte, no muy fuerte, pero lo suficiente para que sientas mi amor. Quiero protegerte, mantenerte lejos de los peligros. Quiero que confíes en mí, que sepas que siempre podés contar conmigo, y que voy a estar de tu lado.
Quiero presentarte a mi familia. Sé que les va a costar aceptarte, que van a intentar que me deshaga de vos. Pero no lo van a lograr. Porque antes quiero ocuparme de construir lo nuestro. Que las cosas que nos unen sean más que las que nos separan.
Quiero que me conozcas. Que recorras mi cuerpo y lo sientas íntimo. Que el mío sea el único cuerpo que quieras conocer. Mi cuerpo será tuyo, y tu cuerpo será mío. Quiero que aceptes que estamos destinados a estar juntos por el resto de nuestros días.
Pero me ignorás. Cada vez que prendo la luz para verte, salís corriendo. Parece que me tuvieras miedo. Yo sé que en realidad es miedo a lo nuestro, al compromiso. Lo entiendo. Creeme. Pero no puedo ir hacia tu oscuridad. No quepo en esa rendija. Ése es un esfuerzo que vas a tener que hacer vos. Sabés que tenés mi apoyo. Te prometo que, si salís de ahí, sólo van a pasar cosas buenas.

Pox y Pol

Poxipol A necesita a Poxipol B, y Poxipol B a Poxipol A. Ambos existen para complementarse. Lo que uno no tiene, lo posee el otro. Y aunque durante un tiempo sus existencias se mantengan paralelas, es sólo mientras esperan el momento de la unión definitiva. Cuando se encuentran, se vuelven inseparables. Y ya no son Poxipol A y Poxipol B. Son, simplemente, Poxipol.
Cada uno es tan Poxipol como el otro, aunque se necesitan para poder tener las propiedades que, juntos, los hacen Poxipol. Hasta tal punto esto es así que algunos dudan de que Poxipol A y Poxipol B sean Poxipol antes de unirse.
Cuando esto ocurre, su química es instantánea. En pocos minutos logran formar una fuerza que los trasciende. Se quedan juntos para siempre, y se confunden entre sí en una sola sustancia. La fuerza de su unión es tan poderosa que los objetos que tienen cerca quedan pegados a ellos, también para siempre. Es como si el Destino los hubiera preparado para ese momento.
Poxipol A y Poxipol B sólo producen ese efecto al encontrarse. Poxipol A por sí solo no hace nada, y Poxipol B tampoco. Cualquiera de ellos mezclado con Poxiran, Poximix o La Gotita no producen ningún efecto. Hay una sola compañía que buscan: la de su par, el que viene en la misma caja, en igual proporción, en pomos similares.
Ambos se buscan. Es necesario mantenerlos separados hasta que se produzca el momento de la unión. Si se produce una filtración en los pomos, ambos pueden quedar inutilizables, unidos eternamente sin salir de la caja original.
Si todo sale bien, se encontrarán en el momento indicado: pocos instantes después de que ambos vean la luz. Habitualmente es Poxipol A quien sale primero, y espera tendido sobre un papel el momento culminante de su existencia. El vals circular que lo unirá con Poxipol B, en el que ambos irán tomando el color del otro, hasta fundirse en uno. Es el fin de ambos como componentes. Ya forman un todo definitivo, que en diez minutos se endurecerá, conservando para siempre la forma que tomaron al unirse.

Mosquito y elefante

Comparación
Lo primero que se nota al comparar un mosquito con un elefante es el tamaño. El elefante es mucho mayor. Hacen falta varios miles de mosquitos para juntar el peso de un solo elefante. Esto proporciona una innumerable cantidad de ventajas a los mosquitos. Como toma menos recursos hacer un mosquito que un elefante, los mosquitos se reproducen mucho más rápido. Hay, por lo tanto, muchos más mosquitos que elefantes. Pero esos números no deben preocuparlos, porque un solo elefante puede proporcionar suficiente sangre como para alimentar a miles de mosquitos por día. Y, además, los elefantes no pueden hacer mucho para evitar ser picados.
Los mosquitos usan su trompa para obtener alimento. La insertan en el animal en el que se esconde la sangre que buscan, y succionan con toda la fuerza posible para que el animal no se dé cuenta de que lo están haciendo. Si eso ocurre, el mosquito se ve en problemas. El elefante, en cambio, no tiene la costumbre de disimular su presencia. No le hace falta. Es imposible para un predador comerlo. Un león, por ejemplo, no puede enfrentarse al tamaño de un elefante. Corre peligro de ser asesinado de una patada.
Un mosquito no tiene ese problema. Al avanzar en forma disimulada e inofensiva, el elefante no sólo no puede usar su tamaño para intimidar al mosquito, sino que puede continuar la producción de sangre. De manera que el mosquito no necesita matar al elefante para comerlo, y tampoco le conviene. La estrategia del mosquito es mucho más sustentable que la del león.
Los elefantes viven en sociedades matriarcales. Son las hembras las que marcan el camino, al igual que las hembras de los mosquitos son las que se hacen visibles. Los machos son, en ambos casos, simples conveniencias reproductivas.
Paradójicamente, a pesar del minúsculo tamaño del mosquito, necesita más patas que el elefante para sostenerse. Sería razonable pensar que un mosquito no necesita más de dos o tres patas, sin embargo tiene seis, y usa todas para apoyarse. Es cierto que no camina con ellas, porque el mosquito tiene sobre el elefante la ventaja de poder volar. Estamos en condiciones de afirmar que nunca un elefante ha volado por sus propios medios. Al mismo tiempo, podemos decir también que nunca un elefante quedó atrapado en ámbar.
Los mosquitos vuelan en forma rutinaria. Y tal vez no se dan cuenta de que eso es extraordinario. Que animales aparentemente mucho más poderosos que ellos no pueden hacerlo. Para ellos es su medio de transporte normal. Es tan normal como caminar para un elefante. Y les cuesta menos, porque no tienen que levantar tanto peso. Tal vez, si los elefantes pesaran lo mismo que los mosquitos, también podrían volar. Pero dejarían de ser elefantes. Y eso no estaría bien.

Hormigas corrientes

Una hormiga puede levantar hojas de varias veces su tamaño y su peso. Y se supone que eso nos tiene que impresionar. Lo siento, algunos somos más exigentes. Son hojas lo que levantan. Las hojas no pesan nada. Hasta el viento, que ni siquiera está vivo, barre con ellas. ¿Por qué habría de sorprendernos que una hormiga lo logre?
No es que trasladan objetos realmente pesados. Sí, algunas hormigas llevan insectos grandes, como abejorros. Pero lo hacen entre muchas. Así cualquiera. Una sola hormiga no levanta un abejorro. Del mismo modo, muchas hormigas no levantan un tronco. Algún pequeño pedazo de punta de rama que venga con la hoja es todo lo que pueden llegar a manejar. No se les puede pedir más.
Si levantaran baldosas, que son varias veces su peso, podría ser interesante. Ahí tendríamos un contrincante. Porque, si de verdad la fuerza de las hormigas es prodigiosa, podrían lograr rechazar los zapatos que se acercan y las envuelven en sombras para pisarlas. Sin embargo, no ocurre, y la sombra pronto se hace permanente para las hormigas que tienen la mala suerte de caer dentro del perímetro del zapato.
Pero tarde o temprano esto ocurrirá. La selección natural funciona así. Cuando haya una presión suficiente de zapatos que atente contra las hormigas, sólo sobrevivirán las que logren desarrollar defensas ante ese peligro. Y en un santiamén geológico habrá hormigas que harán zancadillas a las personas (o a lo que reemplace a las personas). Será como si movieran el piso. Y ahí nos tocará a nosotros lidiar con eso. A ver si podemos con ese obstáculo. A ver si somos lo que pensamos que somos.

Compañeros de pileta

La compañía humana es mejor que la soledad, pero está lejos de ser ideal. Esta idea es notoria en el confinado espacio de las piscinas. No hay nada peor que compartir pileta con personas incompatibles. La gente se pone pesada, empiezan a salpicar a los demás, se ponen a competir innecesariamente, se tiran de bomba, acaparan las colchonetas o se pelean por ellas. Hay gente que no quiere ir a la parte honda, gente que quiere jugar a la pelota donde los demás nadan, gente que se olvida la toalla, gente que pretende meterse vestida, gente que tira a la pileta a los que no quieren meterse. La gente puede ser muy hinchapelotas.
Nadie quiere ir a una pileta pública. Incluso en los countries, donde ya ser miembro es un privilegio, la gente construye su propia pileta donde sólo admiten selectos invitados. No quieren someterse al ruido de la chusma. Y encima siempre está el peligro de que los demás tengan hongos y los contagien.
Es mejor, entonces, evitar la presencia de personas. Me parece que lo que necesito es otra clase de compañía. A mi pileta le hacen falta delfines. Tengo que conseguirme un par de delfines sueltos. Tendría que pedirles a los de Mundo Marino que me reserven un par, o tal vez rescatarlos moribundos de la orilla del mar. Pero tengo que llevarlos de muy cachorros. Así se acostumbran a mi pileta, que no es tan grande como un océano.
Será su hábitat permanente. Voy a tener siempre compañía cuando quiera ir a la pileta. Los delfines son muy sociales, entonces me van a dar la bienvenida. Van a querer jugar conmigo. Les voy a enseñar pruebas, para que las practiquen. Los días de calor, voy a tirarme a la pileta y jugar a ser un delfín más. Eso va a estar bueno. Voy a mostrarme como uno de ellos, y ellos me van a aceptar, porque me van a haber conocido de toda la vida. Cuando estén crecidos me llevarán en sus espaldas como caballos. Voy a querer estar todo el día en la pileta con los delfines. Y cuando no esté, me van a extrañar. Me van a llamar, no van a callarse hasta que aparezca y nos demos un abrazo.
Pero no voy a estar siempre en la pileta. Tarde o temprano voy a salir, porque tengo otras cosas que hacer en mi vida. Mientras esté nadando, me consideraré un delfín, y ellos también. Cuando salga, me considerarán un delfín que sale del agua. Y pronto empezarán a razonar. Los delfines son inteligentes. Se darán cuenta de que si yo, delfín como ellos, puedo salir del agua, ellos también pueden. ¿Qué se los impide? Y practicarán la forma de salir.
Lograrán trepar los escalones de la pileta, parados, hasta lograr estar afuera del todo. Empezarán a corretear por el jardín. A oler las flores, cazar abejas, revolcarse sobre el pasto. Y un día me van a golpear la puerta de la casa. O, si la dejo abierta, van a pasar tranquilos. Esquivarán fácilmente el mosquitero y se secarán la cola en el felpudo para no mojar el piso. Vendrán a ser delfines terrestres conmigo.
Yo les voy a dar la bienvenida. Los voy a dejar en casa, mirando televisión, mientras voy a trabajar. Hasta que un día los voy a ayudar a conseguir trabajo. Así los delfines tienen una vida productiva. Serán aceptados en el mercado laboral, porque ofrecen cualidades que nadie más tiene en el mercado. Los delfines son inteligentes. No les costará llegar lejos. Se harán una posición en la sociedad, y llegarán a comprarse casas propias.
Cuando eso ocurra, estoy seguro de que algún día me van a invitar a la pileta.