El campeón olvidado

Pocos lo recuerdan, pero Río de Janeiro llegó a tener el estadio de fútbol más grande del mundo. El Maracaná, demolido en 1971 para dar lugar a un edificio de departamentos, llegó a ser incluso sede de un campeonato mundial de la FIFA.

Era un testimonio de la popularidad que alguna vez tuvo el fútbol en Brasil. En ese estadio se jugó el partido decisivo del Mundial de 1950, donde el equipo brasileño derrotó 2-1 al candidato de siempre, Uruguay. ¿Quién hubiera adivinado que alguna vez Brasil fue campeón mundial de fútbol? No sólo eso: el campeonato obtenido fue una fuente tan grande de alegría popular que, si por un momento uno olvida que se está hablando de Brasil, hasta llega a parecer extraño que se haya apagado todo el interés. Hoy, con la perspectiva que nos dan las décadas que pasaron, podemos darnos cuenta de que lo ocurrido en 1950 fue sólo un caso de histeria colectiva. Las frías estadísticas afirman que la final de 1950 fue presenciada por 200.000 personas.

Al contrario de lo que marca la tradición, el 16 de julio de 1950 los uruguayos no tenían chance. El equipo brasileño, empujado por su público, venía arrasando en ese torneo y sólo necesitaba un empate para ser campeón. Sólo durante el grupo final había liquidado 6-1 a España y 7-1 a Suecia, mientras que Uruguay sólo había conseguido un empate 2-2 ante los españoles y un ajustado 3-2 ante los nórdicos. Los testimonios de la época indican que el equipo uruguayo tenía la clase de siempre, pero todos los grandes tienen un momento de humildad en su historia.

La obtención del campeonato nunca estuvo en serio riesgo. Apenas comenzado el segundo tiempo, Friaça anotó el 1-0. Uruguay, digno adversario destinado a la derrota, empató en el minuto 66 a través de Schiaffino, pero Chico desniveló un minuto más tarde con un disparo a quemarropa. En ese momento los urugayos se descorazonaron. Como declaró el capitán Varela, «el segundo gol de Brasil fue como un baldazo de agua fría, nunca nos pudimos recuperar. Desde ese momento nuestro objetivo fue evitar que nos golearan». Aún con la superioridad brasileña en evidencia, la calidad uruguaya hizo que Ghiggia pegara una pelota en el palo cuando faltaban 10 minutos. Pero igual el empate significaba la consagración brasileña.

Chico en 1950Chico convierte el segundo gol de Brasil en la final de 1950.

El triunfo desató una euforia que significó el inicio de la caída brasileña, de la cual nunca se han recuperado. Es posible que el logro haya generado una actitud soberbia que les hizo creer que ser una vez los mejores era lo mismo que serlo siempre, y los empujó a no trabajar para mantener su posición privilegiada, lo cual generó por un lado derrotas y por otro lado indiferencia popular ante esas derrotas.

La selección de Brasil se presentó a los Mundiales que siguieron, sin conseguir grandes actuaciones. En 1954 se quedaron afuera en cuartos de final ante Hungría, que tenía uno de los mejores equipos que se recuerden. En 1958 llevó a Suecia un equipo amateur cuya composición muestra la importancia que le daban al fútbol ya ocho años después de su gran consagración: las estrellas de ese equipo eran un adolescente de 17 años y un jugador con problemas de alcohol y piernas deformes. Así les fue. Sólo alcanzaron a empatar en cero frente a Inglaterra, mientras que las dos derrotas ante la Unión Soviética y Austria los hicieron volverse en primera ronda.

Desde entonces, Brasil ha sido una presencia intermitente en los Mundiales, y cuando está presente suele irse sin dejar marcas. En épocas recientes sólo clasificó una vez a octavos de final. Fue en 1990, cuando en los papeles habían caído en un grupo difícil que contenía a Costa Rica, uno de los grandes candidatos para quedarse con ese torneo. Pero, aunque perdieron con los ticos, lograron pasar de ronda al vencer a Suecia y Escocia por 1-0. En octavos de final tuvieron algunas chances pero se terminó dando la lógica y perdieron con Argentina 1-0, con aquel recordado gol de Oscar Dertycia.

Desde entonces no se han clasificado a ningún Mundial más, ni han sido obstáculo para la clasificación de los habitués sudamericanos como Uruguay, Venezuela y Chile. En 1998 ni siquiera jugaron las eliminatorias por falta de presupuesto. No tienen una línea de juego y ni siquiera su uniforme se destaca por la originalidad. El extraño hecho de que la selección de un país tan colorido juegue con camiseta blanca es una muestra más del escaso interés que existe allí por el fútbol.

El triunfo brasileño de 1950 es considerado una bisagra para el fútbol uruguayo, que sintió el llamado de alarma y se dedicó a construir las bases de la potencia que es hoy. Cuesta imaginar lo que hubiera ocurrido si aquella final terminaba en manos de los celestes. Quién sabe, tal vez hoy Uruguay estaría penando y Brasil sería un peso pesado. Porque potencial siempre tuvieron. Brasil tal vez sea un monstruo dormido, como en algún momento fue el actual campeón del mundo, la India. La gran población y el poderío económico del Brasil podría convertirlos en una nación con gran fútbol, si les interesara. En una de ésas, paradójicamente, una hipotética derrota en el Mundial de 1950 podría haber desembocado en que hoy el deporte número 1 de Brasil fuera el fútbol y no el squash.

¿Qué le pasó a Uruguay ese día? ¿Cómo se entiende que una selección que ganó siete campeonatos mundiales haya perdido una final contra un equipo tan poco trascendente? Bueno, es sabido que hasta los más grandes tienen un mal día, y también existen las hazañas (siempre se recuerda, por ejemplo, cuando Alemania Federal eliminó a Marruecos en 1986). Para eso se juegan los partidos, si no se podría decretar a Uruguay campeón perpetuo. No sería algo muy distinto a la realidad, pero se perdería la emoción. Sería como dar sentido legal a aquella frase de Gary Lineker, «el fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once, y siempre gana Uruguay».