El batitubo de la vereda

Siempre quise tener un batitubo en mi casa. No sirve para subir, pero es mucho más divertido que bajar una escalera. Incluso es más rápido que bajar en ascensor. El problema es que vivo en un departamento, y al consorcio no le gustó la idea de instalar un tubo en el hueco de la escalera. Dijeron que era contrario al código de incendios, lo cual me resultó extraño, sobre todo teniendo en cuenta que los bomberos bajan hasta la autobomba en batitubo.
Por un tiempo desestimé mi aspiración, hasta que un día salí al balcón y encontré la respuesta. Me dí cuenta de que el poste del alumbrado público pasaba a centímetros de mi balcón, y pensé que podía servir de batitubo perfectamente.
Entonces me animé, me subí a la baranda del balcón, me agarré del poste y me solté del edificio. Inmediatamente caí a gran velocidad, tanta que tuve que soltar las manos porque me quemaban. En el trayecto, envolví el poste con mis piernas, que estaban cubiertas por un pantalón y pude llegar a la vereda. Estuvo buenísimo. Una vez abajo, aproveché que estaba afuera y fui a comprar unos guantes para el siguiente descenso.
Desde entonces, siempre que quiero salir de mi casa lo hago por el poste de luz. Eso me hizo conocido en el barrio. Me llaman “el que usa el poste de luz de batitubo”. En el consorcio quisieron impedirme esa práctica, pero no pudieron, porque no encontraron ninguna ley que la prohibiera.
Muchos querían imitarme, sin embargo nadie se animaba. Hasta que, hoy, un pibe del edificio de en frente que siempre me miraba mis descensos, se largó a hacer lo mismo. Pero, a pesar de que siempre me miraba, su observación no era tan buena porque no reparó en el detalle de que yo siempre iba protegido, y bajó por el poste con pantalones cortos. Pobre, dejó una estela de humo a su paso y quedó bastante chamuscado. Yo lo vi por la ventana y llamé a una ambulancia, mientras pensaba que tenían razón los del consorcio cuando decían que un batitubo podía provocar un incendio.

Siempre llevo mi Biblia

El otro día estaba caminando por la calle y se me cayó la billetera en el agua podrida del cordón. Como veníamos de una tormenta, el agua era abundante y todos los billetes se me mojaron. Necesitaba aplastarlos para que pudieran terminar de secarse, y así poder usarlos. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.
Al rato, fui al altillo de mi casa y, al prender la luz, encontré una cucaracha. El artrópodo salió corriendo en busca de la oscuridad, y necesité matarlo con un gran impacto, que tenía que ser distante y veloz. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.
Unos días después, tenía mucho calor en el tren. Abrí la ventana pero se volvió a cerrar. Fallaba el sistema para mantenerla abierta. Hacía falta algo firme que la sostuviera y dejara entrar el aire, de modo que me refrescara un poco. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.
Cuando llegué a trabajar, un clavo de la ventana estaba salido y me hizo un agujero en el pulóver. En mi trabajo no son muy rápidos para hacer los arreglos edilicios correspondientes, y el clavo salido estaba en un lugar por el que paso frecuentemente. Era necesario un buen golpe para hundirlo. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.
Finalmente, llegué a mi escritorio. Al sentarme me caí, debido a que una rueda de la silla estaba en mal estado y con mi peso se terminó de romper. No necesitaba la movilidad que me proporcionaban las ruedas, pero sí algo que me permitiera estabilizar la silla, de modo que no me estuviera balanceando ni cayendo constantemente. Por suerte, siempre llevo mi Biblia conmigo.

Periodismo Maldito: El Gurú Estadístico

Pretendido intermediario entre las ciencias duras y el inculto mundo del deporte, el gurú estadístico no necesita mucho para impresionar a los que lo rodean con su sabiduría.

La matemática es una de las materias menos populares de la escuela. Es aún menos popular entre los que se dedican luego al periodismo deportivo. Pero existe una excepción a la que le gustan ambas ramas de la sociedad. Desde pequeño buscó una forma de unirlas y con el tiempo se convirtió en el gurú estadístico.

El gurú estadístico tiene siempre a mano datos sobre lo que se está hablando. Su vida son los números. Sabe los historiales de los partidos, la cantidad de goles de los distintos jugadores, las campañas de los árbitros. Puede relacionar datos y con esas relaciones recibe la admiración de los que lo rodean, que lo consideran sabio.

Muchas veces logra revelaciones asombrosas gracias a su manejo de los números. Aunque se lo suele ver tirando cifras inútiles, muchas veces logra iluminar una discusión con algún dato preciso y certero. La estadística tiene un lugar en el mundo del fútbol y él está bien ubicado allí.

Sin embargo, el gurú estadístico sabe que no es sabio. Su mayor miedo es que los demás se den cuenta. Entonces recurre una y otra vez a sus números, a su memoria y a sus planillas de cálculo. Saca de allí datos que los demás no tienen, y así se gana el respeto de todos. Se siente importante. Los demás expresan admiración por su habilidad con los números, pero internamente le tienen el mismo respeto que tenían en la escuela para los que se destacaban en matemática.

El gurú estadístico intenta entonces sacar conclusiones a partir de sus números, las cuales resultan cada vez menos certeras. No quiere saber que la aplicación de la estadística tiene un límite. Y quiere ampliar el campo en el que se siente cómodo. Ocurre que saber manejar el Excel no implica conocer algo de fútbol, y tener en la memoria datos específicos como quién fue el subcampeón italiano de 1955/56 tampoco. El gurú estadístico no ignora esto último. Por el contrario, es la fuente de sus inseguridades.

Animal solitario y rencoroso, sólo hay lugar para un gurú estadístico en cada equipo periodístico. Reacciona con agresividad cuando un aspirante intenta hacerle sombra en su juego. Es capaz de respetar a los otros gurúes estadísticos que cumplen el mismo rol, muchas veces de manera redundante, en las lejanías. Incluso puede generar con ellos valiosos intercambios de datos. Pero si se acercan se ve amenazado y emite respuestas desde esa emoción. Quienes no pertenecen a la especie en general no se dan por enterados de las disputas entre gurúes estadísticos.

Su inseguridad lo convierte en un asiduo vendedor de espejismos. Coincidencias que bien analizadas no son tan impresionantes, extrapolaciones que no tienen por qué ser verdaderas, rachas que mantienen su vigencia por tiempo limitado, predicciones basadas en espejismos de patrones. El gurú estadístico vende conclusiones simples a consumidores aún más simples, que se enorgullecen de su compra. Aunque a veces él también se impresiona con sus descubrimientos, en el fondo sabe que su trabajo no es tan meritorio como le gustaría.

Al alimentar las confusiones sobre los límites de su campo de acción, el gurú estadístico se siente con autoridad para opinar sobre temas donde las estadísticas no tienen nada para decir. A veces intenta hacerle decir cosas a las estadísticas, como si fueran un muñeco de ventrílocuo. Y al igual que en el caso del muñeco, parece que hablara pero el que realmente lo hace es quien lo maneja.

La rigurosidad es su credo, aún cuando no valga la pena. No vacilará en usar su autoridad para corregir cualquier imprecisión, incluso cuando esa corrección se desvíe del nudo de lo que se está hablando. Con este método el gurú estadístico refuerza su status de autoridad, de sabio y de importante. Las endorfinas que libera al hacerlo lo hacen sentir pleno y orgulloso de sí mismo, a veces demasiado.

Amparado en el respeto que le genera su trabajo con los números, que no se equivocan, el gurú estadístico expone sobre numerosos temas sobre los que no tiene por qué tener competencia. Su condición de sabio comparativo hace que se lo escuche con cierta atención. El gurú estadístico aprovecha entonces para subirse a su propio aire de superioridad, así de paso se cree más importante que lo que realmente es.

Llega un momento en el que el gurú estadístico piensa que se graduó de gurú hecho y derecho, y se cree digno de ser consultado sobre cuestiones morales, éticas, institucionales y también sobre gustos personales. El gurú estadístico siempre apoyará sus preferencias subjetivas en la sabiduría que los demás creen que tiene, y siembra la idea de que aquellos que adhieran a sus posturas (aún sobre temas tales como «qué música hay que escuchar») podrán reflejar una porción de su grandeza.

El gurú estadístico es un personaje algo molesto pero poco peligroso. Su misma condición de diferente hace que, aunque muchos le expresen admiración, casi nadie le haga caso.

Sin pensamiento lateral

Existen dos problemas en el fútbol actual. Se ha hablado bastante de la imperfección de los arbitrajes. Otro problema es la pobreza técnico-táctica. Ambos problemas parecen poco relacionados, pero ¿qué pasaría si existiera una solución única para los dos?

El fútbol va evolucionando, mutando, tomando cosas de otros deportes o adaptándose a las nuevas necesidades de las empresas y del público (en ese orden). De esa manera, cambian las tácticas y se van inventando posiciones dentro del campo del juego. Así es como los back hoy son los centrales; el centrehalf o centrojás es el volante tapón o 5; los entrealas hoy son mediapuntas. Se sabe que los wines se murieron (?) y que hoy juegan de «carrileros»; que los armadores si son feos son «enganches» y que si son más estéticamente bonitos, son «cinco-organizadores». Pero hay dos posiciones que no se sabe bien quién inventó, ni cuándo fue: los laterales.

Generalmente el tipo que llega a primera como lateral se inició en las inferiores en otra posición y llegó a jugar de 4 porque el volante derecho que vino era mucho mejor que él o tenía mejor representante. El que juega de 3 antes jugaba de enganche, aprovechando que es zurdo y se lo mira con otros ojos. Pero después subió una categoría y ahí jugaban con línea de 4 en el medio y pasó a ser carrilero por izquierda. Pero la madre del que estaba se encamaba con el coordinador de inferiores, entonces él tuvo que pasar a jugar de 3. Así se crea una generación de jugadores frustrados y resentidos, con buen dominio de balón pero sin conciencia de marca o unos peones de ajedrez.

Está la otra posibilidad, que desde que se maximizó el uso de la pelota parada, el jugador que mide más de 1,85 (aparentemente) es útil en cualquier puesto del campo, sin importar si sabe hacer algo con la pelota en los pies. Así aparecen laterales alla Eber Ludueña, que no suelen pasar la mitad de cancha y si lo hacen es para hacer el ridículo. Así todos tienen que bancar en sus equipos a tipos que se sacan la pelota de encima, que el único recurso que tienen para salir es el pelotazo, que para marcar son medio matungos y suelen recurrir a movimientos anarmónicos y violentos para intentar sacarle el esférico al rival.

Ejemplos de estos tres casos sobran. Los hay en todos los equipos de nuestro fútbol vernáculo, mejor dicho. Es un puesto sin vocación. ni gratitud, al menos en nuestro país, sobre todo porque estamos muy faltos de ejemplos. Es poco probable que algún chico le diga a su padre: «yo quiero jugar como Mareque». Es posible recordar algunos buenos ejemplos de laterales en Argentina, por ejemplo Marzolini —que vendría a ser como el iniciador en esa posición—, Tarantini, Enrique y Mareque (?). Sorín siempre fue muy discutido, Zanetti por duración, quizás Olarticoechea se pueda agregar y finalmente Clausen o Ibarra (nótese que más de uno recibió como apodo «El Negro»). Todos ya retirados, algunos retirados todavía en funciones (?)

Ya está, la posición de lateral en nuestro país se extinguió, pero sin embrago, se sigue insistiendo con la línea de 4 en el fondo. Hay que cortar por lo sano y prohibir que los equipos se desempeñen con esa táctica, por lo menos en nuestras ligas y sobre todo en el equipo nacional, que desde hace más de dos décadas no tiene un jugador verdaderamente digno en esa posición y soporta cualquier tipo de vejación al buen juego de los anteriormente nombrados.

Lo más probable es que a nivel local la medida genere un fútbol más atractivo. A nivel selección no habrá excusas, en poco tiempo estaría institucionalizada la defensa de 3 hombres y todos los que lleguen a primera deberían saber cómo hacerlo, y si tienen la oportunidad de defender la camiseta argentina ya habrán tenido suficiente experiencia.

Se podrá achacar a la idea de «bilardista», pero no es así. Reducir los defensores y agregar hombres con manejo debería mejorar el ataque de los equipos y reducir la cantidad de troncos. Los técnicos que sepan aprovechar la regla para hacer un fútbol más o mejor ofensivo seguramente serán acompañados por el triunfo. Habrá más oportunidades de generar un juego basado en el toque.

¿Cómo se implementa una prohibición de estas características? Es la parte más complicada del plan, pero con la tecnología de hoy no hay por qué hacerse mala sangre. Se requerirá un chip en la camiseta de cada futbolista y otro en la pelota. Este chip registrará el número del jugador, el equipo y la posición durante todo el partido (el de la pelota sólo esto último). La posición puede calcularse por medio del GPS (tendrá que ser un GPS de buena resolución) o con algún sistema ad hoc ubicado en los límites del campo de juego.

De esta manera, se podrá confeccionar un mapa de los movimientos de cada jugador durante todo el partido. Esta tecnología, vale decir, puede tener muchas otras aplicaciones, por ejemplo saber al instante cada posición adelantada, conocer si la pelota entró en el arco o no, saber si la barrera se adelantó en un tiro libre, o si alguien se adelantó en un penal.

Pero lo más importante será el control táctico. En el sistema se definirá un parámetro sobre en qué consiste la línea de 4, cuál es la distancia relativa entre los defensores que sería violatoria de la regla (esto varía según la posición de la pelota, porque es lógico que cuando el rival está en el área de un equipo los defensores se amontonen más). Una vez acordados los parámetros, el sistema revisará cada partido. Verá en qué porcentaje del tiempo que un equipo no tuvo la pelota hubo cuatro defensores parados en la táctica prohibida. Si se excede cierto porcentaje, por ejemplo 50%, el equipo infractor recibirá una sanción que puede ser la quita de los puntos ganados en el partido.

La precisión del sistema puede ser tal que sirva como factor de desempate para campeonatos o descensos. Si hay igualdad de puntos, puede resultar favorecido el de menor promedio de porcentaje de línea de 4 en todo el campeonato o período a considerar.

La llegada de la tecnología al fútbol tarde o temprano se producirá. Es menester utilizarla no sólo para obtener mayor aplicación de las reglas del juego, sino también para lograr un fútbol más atractivo para todo el mundo.

Esta nota no hubiera sido posible sin el aporte de Günther.

Próxima entrega de Ideas que Jamás se Implementarán: la unificación de ligas.

Verleder y Lertena

El sarnope cretó al lesero. Al serli doque condinel, salreco lo cosís. Hate le cosco un oblite delde salca los flotoros. Nel foe sunco cundi, foe flotoro cundo. Menolas fere lenten das.
Lertena sole cose une singüe: Verleder. Nos pede crodir conuse alternotobio. Verleder serlete utro saltoso. ¡Cóngue tenda!
Altereto saltorón funi flotoros, sante tol. On lo trotoste: setimente melácase para sintertarlo. Lertena elsía la protecondria, foe golten menudi casigol.
Conitasa jesamen. Verleder quinitaba serletando alos saltosos. Nos locía la cortena, igalú a onde.
“Tinte le alguace ombril cune zoldio”, altornetó Lertena. Momentón salite conté. Saltorón loque sango. Ma Verleder quinitaba serletando.
Verleder serletaba, serletaba, serletaba podín sol. Teo condo songue dalte, ve le con por sin tras en.
Un serletando prom Verleder sangaba u Lertena. ¡Cónco tranque gunta sete! Lertena salotó la caserobia. “Bonés el sarlo o sarlaronte supro laste sarlarón”, crozotó Lertena. Verleder mertó la crosta. Lertena singol alcó un vortón.
Moden ser Lertena contrecó a Verleder. Terón lan costo mintraba nonal la urtiba. “Sante tol”, mercó lo curonto. Del mosto saltró tonde y, tolé, Lertena une Verleder flartaron foncatos pale sontre.

La camiseta del placard

El día que Aldo nació, su padre lo hizo socio de Boca. Para él era importante inculcarle a su hijo el amor a la camiseta de Boca, como su propio padre había hecho con él décadas atrás.
Desde muy temprana edad le empezó a regalar camisetas, banderines, revipósters y todo tipo de artículos referidos a Boca. Cuando Aldo empezó la escuela, su cartuchera y su mochila tenían el escudo del club.
Aldo respondía a los estímulos del padre. Iban juntos a la cancha y gritaban los goles del equipo. Cuando Boca perdía ambos se amargaban.
Ser tan hinchas de Boca necesitaba que odiaran a más no poder a River, el archirival del equipo xeneize. Aldo y su padre festejaban cuando River perdía y disfrutaban especialmente cuando esa derrota se producía en los clásicos con Boca.
Cuando Aldo entró en la adolescencia empezó a tener otros intereses. Seguía siendo hincha de Boca, pero ya no le entusiasmaba tanto lo que ocurría con el equipo. Los horizontes de Aldo empezaron a expandirse, y Aldo comenzó a buscar nuevas experiencias.
Llegó un momento en el que dejó de alegrarse cuando perdía River. Lo consideraba una pérdida de tiempo. Sí miraba los partidos de Boca y seguía gritando los goles, pero por televisión. Le dejó de interesar ir a ver a Boca, prefería usar su tiempo en otras actividades.
Un día jugaban Boca y River y se sorprendió cuando no se amargó con un gol del equipo antes odiado. El partido continuó y Boca terminó empatando. Sin embargo, ese resultado le dejó a Aldo un vacío que no entendía muy bien.
A medida que fue pasando el tiempo, Aldo empezó a mirar por televisión otros partidos. Miraba también los de River. Al principio admiraba el juego del cuadro millonario, que en esa época tenía buenos jugadores. Empezó a querer que ganara por identificación con el juego del equipo. Pero contra Boca quería que perdiera.
Aldo no hablaba de eso con su padre, porque sabía que se iba a decepcionar si descubría que su hijo admiraba algo de River. Él se seguía considerando hincha de Boca, y razonaba que nada le impedía mirar otros equipos ni admirar el juego ajeno. Aldo quería que Boca jugara así, pero el que lo hacía era River.
En otro Boca-River Aldo se sorprendió al gritar un gol de River. El padre estaba en la cancha y no lo escuchó. De lo contrario, hubiera habido problemas. Aldo se preguntó por qué había gritado el gol de River y, luego de una varios días de introspección, se dio cuenta de que era hincha de River. También tomó conciencia de que siempre lo había sido.
El descubrimiento de Aldo era muy conflictivo. Iba en contra de los principios de su familia, y se iba a poner en situaciones incómodas si lo contaba a su entorno. Aldo, especialmente, no quería causarle disgustos a su padre, que muy seguido afirmaba que los de River eran “todos putos” e iba a verse profundamente decepcionado si se enteraba.
Decidió entonces ser hincha de River en secreto, para evitar problemas. Ante sus conocidos seguía diciendo ser hincha de Boca, y cuando miraba un partido con el padre gritaba los goles para no despertar sospechas.
Sin embargo, una vez liberado, su sentimiento por River se fue haciendo cada vez más grande. Ya no importaba cómo jugara el equipo, Aldo empezó a querer que River ganara siempre. Incluso, y especialmente, cuando jugaba contra Boca. A medida que asumía el cambio, le empezó a doler no poder hacer público que era hincha de River.
Luego de un tiempo, Aldo tomó el hábito de ir a la cancha a ver a River. En cada ocasión inventaba alguna excusa para justificar su ausencia. El padre no sospechaba que fuera a la cancha de River, no se le cruzaba por la cabeza esa posibilidad.
Hasta que, un día, el padre estaba buscando una camisa y quiso fijarse si la tenía Aldo en su cuarto. A veces se producían errores en el reparto de la ropa recién lavada. Abrió el placard, y encontró una camiseta y un gorro de River. El padre no lo podía creer y esperó que Aldo llegara de la escuela para preguntarle qué significaba eso. Aldo no se esperaba tal confrontación y, dentro del pánico que le agarró, balbuceó que le habían regalado eso como chiste. El padre confiscó la camiseta y el gorro, y los quemó.
Este episodio amplió el conflicto de Aldo. Decidió ir a hablar de la situación con el profesor de educación física de su escuela, que era alguien en quien podía confiar. El profesor habló durante largas horas con Aldo, escuchó sus inquietudes y le dejó clara la idea de que era necesario asumirse como hincha de River para dejar de sufrir. El padre, dijo el profesor, iba a tener que entenderlo aunque al principio le pudiera doler. Y si a sus amigos les molestaba el cambio, Aldo sabría qué clase de amigos eran y cuánto podía contar con ellos. En todo caso, con el tiempo podía rodearse de un círculo nuevo, donde todos aceptaran que fuera de River, e incluso los demás también lo fueran.
Algunos días después, Aldo fue ver a su padre y le contó la situación. El padre quedó estupefacto. Empezó a los gritos, diciendo que un hijo suyo no podía ser de River y que antes lo prefería muerto. Maldijo a Aldo en nombre de sus antepasados genoveses. Y le pidió que saliera de su vista. Aldo fue a su cuarto, cerró la puerta y lloró durante toda la noche.
A medida que pasaron los días, el padre de Aldo se fue calmando. Y se empezó a sentir mal por haber reaccionado así. Entonces fue a verlo, y tuvieron una conversación conciliadora en la cual resurgió el amor que había entre ambos. El padre aceptó que el cuadro del cual ser hincha era una decisión personal de su hijo y no era incumbencia de nadie más. Y ambos se comprometieron, en honor a su relación, a no cargarse cuando jugaran Boca y River.
Aldo y su padre se fundieron en un abrazo y festejaron la reconciliación. Y por muchos años mantuvieron una relación cordial, a pesar de que cada uno era hincha de un cuadro distinto. El amor entre ambos pudo vencer a las diferencias futbolísticas, y su relación se convirtió en un ejemplo para todos.

El hombre al que no le pasaba nada

Había una vez un hombre al que no le pasaba nada. No evitaba que le pasaran las cosas, simplemente no le ocurrían. A él no le gustaba eso, y trataba de hacer que le pasara algo. Pero por más que intentaba, nunca le pasaba nada.
A sus amigos sí les pasaban cosas, y él veía por televisión todos los días a gente a la que le pasaba algo, o parecía que le pasaba algo, lo cual ya es pasarle algo. Pero a él no le pasaba nada.
Él preguntaba a sus amigos qué hacían para que les pasaran cosas, pero ninguno le sabía decir muy bien. En general ninguno hacía nada, las cosas sólo les pasaban. Pero a él no, y la situación lo tenía frustrado. Era como si el universo se hubiera olvidado de él. Pero ni siquiera le pasaba eso.
Este hombre deseaba fervientemente que le pasara algo. Llegó un momento en el que ya no quería que le pasara algo bueno. Con algo malo se conformaba, con la condición de seguir viviendo al menos unos minutos para disfrutar del cumplimiento de su sueño. Pero no le ocurría nada bueno ni nada malo. Su vida transitaba el camino de la indiferencia.
Un día casi le pasó algo. El hombre se ilusionó porque nunca había estado tan cerca de que le pasara algo. Pero por muy poco no le pasó. Había sido una falsa alarma.
Y así está todavía aquel hombre. Aún espera fervientemente que le pase algo. Tal vez algún día se le dé.

Hay sardinas

Era mediodía. Un cardumen de sardinas nadaba pacíficamente. El movimiento individual de la enorme cantidad de peces generaba en el agua un sonido agudo, casi imperceptible, similar a un silbido. El cardumen avanzaba sigilosamente, silbando, absorbiendo deliciosas partículas de plancton en una zona cercana a la costa.
Luego de un rato de calma, unos delfines divisaron al cardumen y se acercaron a él, dispuestos a alimentarse con algunos de sus peces. Las sardinas se dieron cuenta del peligro y desviaron su trayectoria. El tamaño del cardumen hacía que fuera difícil disimular cualquier giro, dado que cada movimiento quedaba visible por unos minutos mientras las sardinas de atrás lo completaban. Los delfines vieron esa estela y usaron su inteligencia para saber hacia dónde tenían que ir.
Como los delfines eran varios, pudieron emboscar a las sardinas. Se colocaron estratégicamente, para que los peces tuvieran que ir hacia la costa. Y eso hicieron. Al encontrarse con el límite de su hábitat, las sardinas no supieron qué hacer y los delfines aprovecharon la confusión para satisfacer su apetito. Luego de consumir una buena cantidad de deliciosos peces, los delfines tuvieron que ir a la superficie a respirar. Las sardinas, aprovechando esa distracción, escaparon hacia aguas más profundas.
En esa zona había un grupo de tiburones que buscaban comida. Al encontrarse con el cardumen, se comieron a algunos de sus integrantes y fueron hacia la parte más densa dispuestos a conseguir más. Como los tiburones no tienen que respirar en la superficie, la fila principal del cardumen empezó a subir. Unos cuantos pudieron escapar de los tiburones, pero no de los albatros que estaban buscando algo para almorzar y continuaron el despiece del cardumen.
Los que quedaban se sumergieron un poco más y quedaron tres o cuatro metros bajo la superficie, a salvo de los albatros y con los tiburones satisfechos. En ese momento cientos cayeron en una red pesquera, que había sido colocada con ese objetivo por un grupo de primates.
El barco que arrastraba la red seguía un camino previsto de antemano y no llegó a pescar a todo el cardumen, el cual se vio enormemente reducido. Quedaban cuatro sardinas. Como ya el cardumen era poco visible, los grandes predadores del mar no les prestaron atención.
Fuera de peligro, las sardinas que quedaban se dedicaron a la danza de la procreación. En una actitud casi juguetona, las dos hembras se acercaron a los dos machos, y entre ambas parejas pusieron y fertilizaron dos millones de huevos. Cuando terminó el período de celo, las sardinas se alejaron, revoloteando en el agua. Meses después, esos huevos dieron a luz a pequeñas sardinas, que formaron un nuevo cardumen y salieron a explorar los mares.

Tiro libre

La final del mundo estaba empatada. Se jugaba el último minuto de descuento. Un delantero fue derribado en la medialuna del área. El árbitro hizo sonar su silbato marcando la falta. Los defensores protestaron en vano. El arquero ordenó la barrera. El número 9 se paró frente a la pelota. Tomó carrera.
Los integrantes de la barrera, para evitar un pelotazo dañino,  cubrían sus caras. El arquero del equipo atacante no quería mirar, se había dado vuelta enfrentando al público. Uno de los técnicos jugaba nerviosamente con su corbata. El otro contenía la respiración. En el palco de honor, el presidente de la FIFA ensayaba un aplauso. Los hinchas del equipo con tiro libre a favor juntaban sus manos en plegaria. Los del otro equipo cruzaban los dedos o hacían cuernos para provocar el desvío del remate. Un vendedor de gaseosas perdió el equilibrio y se cayó de la tribuna. A un parrillero se le pasaron los chorizos. Un relator de una importante cadena televisiva perdió la voz por los nervios. El operador del cartel electrónico apoyó nerviosamente la mano sobre el interruptor que cambiaba el marcador. Los cuidadores del estacionamiento del estadio dejaron de prestar atención a su trabajo. Los delincuentes que esperaban un descuido de los cuidadores estaban contemplando la jugada y no se dieron cuenta. Las muchedumbres que estaban en puntos céntricos de las capitales de los países involucrados agitaban sus banderas, hacían sonar sus cornetas y se ajustaban sus gorros arlequines. En las plazas públicas se demoraba la ejecución de los condenados. Los arbolitos dejaban de cambiar. En los casinos los jugadores de tragamonedas interrumpían su actividad. Un tragasables dejaba de lado su acto en el momento menos oportuno. Las golondrinas suspendían momentáneamente su migración. El Papa hacía una pausa en su urbi et orbi. En las canchas de básquet de todo el mundo los técnicos pedían minuto. El hambre mundial detenía su avance. Las placas tectónicas interrumpían su recorrido. Los talleres de los diarios paraban las rotativas. En los juzgados se pasaba a cuarto intermedio. En los call centers no atendían las llamadas entrantes. Los dictadores dejaban por un momento de oprimir. Tántalo lograba tomar un sorbo de agua. Las torres de control no respondían los llamados desde los aviones. La meiosis se detenía. Los mozos no hacían caso a los clientes que los llamaban. El Voyager 1 dejaba de estudiar la heliopausa. Los niños del mundo perdían por un momento su inocencia.
El 9 pateó. La pelota sorteó la barrera y pareció que el tiempo se detenía. La pelota no llegaba más al arco. El arquero se estiraba con todas sus fuerzas. De repente la pelota pegó en el palo y entró mansamente en el arco. El 9 festejó junto a sus compañeros y compatriotas. El festejo fue detenido por el silbato del árbitro, que no había dado la orden e hizo repetir la ejecución.