Medias finas

Se acercaba el verano, ya estaba haciendo más calor. Ese día decidí alterar la rotación habitual de las medias. Hurgué en el cajón y encontré unas que hacía mucho que no me ponía. Eran medias muy finas que con el uso se habían vuelto aún más finas. Justo lo que necesitaba para un día de calor.
Me puse las medias y los zapatos. Cuando empecé a caminar noté que los zapatos se iban de mis pies. Las medias no eran lo suficientemente anchas como para mantenerlos en el lugar. Pero no quería cambiarlas, eran muy refrescantes. Decidí vivir con ese pequeño problema.
Salí de casa. Tenía que ir al supermercado. En el camino tuve dificultad para controlar el escape de los zapatos. Me hubiera ajustado los cordones, pero eran mocasines. Llegó un momento en el que los zapatos lograron su cometido y se escaparon. Los seguí, pero al haberse liberado de mi peso iban mucho más rápido y los perdí de vista.
Llegué al supermercado. Antes que nada me compré un par nuevo, más ajustado. Hice todas las compras, la cola de la caja, los trámites del envío a domicilio, pagué y me fui. Tenía que ir al banco a pagar una factura. También, ya que estaba, pasé por el agente de mi celular para que me cambiaran el chip. Antes de volver a casa, como gracias a las medias finas no sentía calor en los pies, aproveché para comprar cartuchos para la impresora y cambié monedas para poder viajar en colectivo al día siguiente.
Cuando volví a casa, en el umbral estaban mis zapatos. Habían vuelto. Me dio alegría, porque suponía que no los iba a ver más. Así que los agarré con las manos y los entré.
Cuando los iba a dejar en el piso, noté que las suelas tenían restos de papel picado. Miré con más atención y encontré enganchado en la hebilla el talón de una entrada. La reconocí: era la entrada a la montaña rusa a la que me gustaba ir, aunque no podía hacerlo seguido. En ese momento me dí cuenta de que mis zapatos acababan de tener un día mucho más interesante que el mío.

Viento en el ojo

Sopla viento en mi ojo derecho. Una brisa suave acaricia mi retina sin que pueda verla. Pero la puedo sentir, porque mi ojo tiene tacto. El resto de mi cabeza no siente el viento. Sólo el ojo derecho. Aún cuando me muevo, el viento sigue concentrado en ese lugar.
El globo ocular rechaza la mayor parte del aire que se acerca. Una porción se cuela por el lagrimal. Algunas lágrimas se escapan por la mejilla.
Una brisa aún más suave recorre mi cabeza por dentro. Llega a la tráquea y se incorpora a la respiración sin haber sido filtrada. Pero no hay partículas muy grandes en esa brisa, las hubiera visto cuando pasaban por el ojo.
Cuando la brisa del ojo se suma a la respiración me siento más liviano. Hay más oxígeno en mi cuerpo, entonces quiero moverme. Salgo a correr.
Mientras corro, la brisa del ojo se hace más fuerte. Se convierte en un verdadero viento. Cuando dejo de correr vuelve a ser la brisa de antes. Entonces me dan ganas de correr otra vez, y regresa el viento fuerte.
Decido correr con el ojo derecho cerrado. Lo tapo con la mano. Ahora me cuesta ver los posibles obstáculos que hay en el camino. Declaro al ojo izquierdo responsable de detectarlos. Comienzo a correr mientras mi cabeza panea para que el ojo izquierdo pueda ver todo lo que hay alrededor.
Luego de unos minutos, el movimiento de la cabeza me hace perder el balance, me mareo y me caigo al suelo.

Mi nube

Vivo en el último piso de un edificio alto. Además de tener una vista magnífica de toda la ciudad, la altura me da un panorama meteorológico amplio. Veo venir las tormentas con anticipación.
Ese día vi que se acercaba una tormenta, y noté que las nubes estaban inusualmente bajas. Algunas estaban muy cerca del edificio. Me preparé para una tormenta fuerte. Fui a cerrar las ventanas. Cuando llegué, encontré que una nube solitaria se dirigía hacia mi balcón. Era una pequeña nube, rodeada de densos nubarrones y con movilidad propia. Como me dio ternura, mantuve la persiana del balcón abierta para invitarla a pasar.
La nube entró a mi departamento. La quise agarrar pero no pude, mis manos la atravesaban. Hacía su camino por el departamento. Cambiaba de forma cuando encontraba algún obstáculo. Cuando se encontró con la biblioteca, se escabulló entre los libros convirtiéndose en decenas de nubecitas. Unos minutos más tarde, las nubecitas salieron de la biblioteca y se volvieron a unir.
Cuando volvió a integrarse la nube original (o, quién sabe, una nube nueva) estaba más oscura que antes. En ese momento me dio miedo de que lloviera adentro. O peor, de que lanzara alguna descarga eléctrica. Entonces decidí guardarla para devolverla al cielo en un día más agradable. Tomé una caja de galletitas y la puse en el camino de la nube. Cuando estuvo adentro, la cerré.
Al día siguiente, mis hijos vieron la caja de galletitas y pensaron que había comprado algo para la merienda. La abrieron con interés. La nube había recuperado su color blanco saludable. Mis hijos la vieron y no supieron que era una nube. Creyeron que era un copo de nieve. Entonces llevaron cucharas para comerla. Cuando entré a la cocina y los vi los quise parar, pero no hacía falta. Las cucharas atravesaban la nube y no podían sacar ningún trozo.
Comprendí entonces que una casa de familia no es el lugar más adecuado para una nube y decidí liberarla. Salí al balcón con la caja de galletitas y la lancé hacia el cielo, como un balde de agua.
La nube salió de la caja y se quedó unos minutos cerca de mí. Me la quedé mirando mientras derramaba algunas gotas de lluvia, como si llorara. Luego se levantó un viento que la llevó hacia nuevos horizontes.

Fútbol robótico

Llegará el momento en el que la tecnología permitirá una evolución trascendente en el deporte más popular del mundo. Ese día se podrá prescindir de los jugadores y reemplazarlos por máquinas, en lo que resultará un espectáculo mucho más atractivo que el actual.

Las posibilidades son casi infinitas. Dos equipos de robots humanoides, 11 contra 11, pueden jugar sin temor al cansancio, a las lesiones, a los problemas del campo de juego, a los cambios de hora o a la falta de oxígeno en algunos lugares de la Tierra. Sólo bastará con cargar las pilas de cada jugador y programar la táctica.

Los entrenadores tendrán un rol mucho más decisivo que el actual, porque los robots obedecerán a la perfección todas las instrucciones. Estarán capacitados para detectar a los robots del mismo equipo y a los rivales, analizar las posiciones y calcular en tiempos sobrehumanos la precisión y fuerza necesarias para cada pase.

Los robots no quedarán nunca en offside gracias a la presencia de un chip exclusivo para ese propósito. Siempre se mantendrán atrás de la pelota o atrás de dos defensores contrarios, pero buscarán sorprender a los rivales. Las defensas, en tanto, serán casi inexpugnables por perfección táctica y técnica, pero siempre quedará un agujero que los atacantes deberán descubrir. Igual que en el fútbol humano.

La adopción de robots permitirá abolir los árbitros y jueces de líneas, y reemplazarlos por computadoras que darán fallos inapelables al instante, y siempre justos. Las mismas computadoras podrán oficiar de tribunal de disciplina, si fuera necesario sancionar a algún robot.

No hará falta cambiar jugadores. Los técnicos podrán tener varios perfiles programados y cargarlos en cada jugador robótico con sólo presionar un botón. ¿Me expulsaron al arquero? Ningún problema, un jugador de campo es programado como arquero y el partido sigue. Mientras tanto, el mainframe del club calculará las mejores posiciones para cubrir los espacios de ese partido con un jugador menos y se las transmitirá a los jugadores, que las adoptarán de inmediato al menos que el entrenador disponga otra cosa.

La labor del director técnico será muy distinta a la actual. No será necesario entrenar a los jugadores durante la semana. En su lugar, el DT y su equipo de analistas de sistemas proveerán la creatividad del equipo al probar variantes. Claro, los equipos grandes correrán con la ventaja de tener computadoras más potentes que analizarán más datos en menos tiempo, y eso puede verse como una injusticia. Pero siempre decide la creatividad, y las máquinas nunca serán creativas.

Los mejores entrenadores serán los más estudiosos, los que estén todos los días investigando formas nuevas de ubicar a los jugadores, catalogando todas las maneras posibles de pasar la pelota, calculando jugadas básicas irreductibles y sus variantes aplicadas. Quienes tengan esa capacidad serán los más exitosos y, por lo tanto, los más cotizados. Y serán bien cotizados, porque de su capacidad dependerá exclusivamente la suerte de cada equipo.

Los equipos robóticos serán inmunes a los proyectiles que puedan ser tirados desde las tribunas. En caso de que un jugador se averíe, no se reemplazará a todo el robot sino sólo la parte averiada. Cada club contará con un taller donde se repararán futbolistapartes.

El problema de los jugadores enviados a las selecciones se solucionará haciendo una copia exacta del jugador convocado. De esta manera, podrá actuar en la selección y seguir en su club al mismo tiempo.

Las tribunas verán inútil el aliento, porque los robots estarán programados para dar todo siempre, aunque no transpirarán las camisetas. Por lo tanto el público se quedará tranquilo. Para generar ambiente se instalarán robots en las tribunas que responderán de forma preprogramada ante cada acción del juego, de modo de enganchar a los espectadores reales. Para los partidos televisados, se reemplazará a los relatores y comentaristas por robots que también invitarán en cada momento a la emoción apropiada.

A medida que la tecnología vaya evolucionando, aparecerán máquinas que permitirán predecir los resultados de los partidos sin necesidad de jugarlos. Tendrán en cuenta las tácticas empleadas, las características de hardware y software de los jugadores y las condiciones del clima para determinar cada una de las incidencias del encuentro. Luego producirá una síntesis que pasará a engrosar las estadísticas. Claro que este método no será muy popular, porque no tiene mucho sentido simular un partido, así que los robots van a seguir saliendo a la cancha por más que no sea estrictamente necesario, aunque es posible que se recurra a las simulaciones cuando el calendario esté apretado.

El fútbol con robots mostrará unos cuantos contrastes con los partidos jugados por humanos. Se destacará la precisión táctica y disciplina del fútbol moderno en oposición a las limitaciones físicas que podían quitarle dinamismo al antiguo. Se producirán debates sobre si los mejores futbolistas de carne y hueso podrían jugar contra los robots, y quién ganaría entre un equipo robótico y uno humano. Al principio no habrá una respuesta clara para todo el mundo, pero la tecnología se seguirá desarrollando hasta que no quede la menor duda de la superioridad del fútbol robótico.

Mientras tanto, el fútbol jugado por seres vivos se convertirá en una añoranza de tiempos dorados. Quienes quieran despuntar el vicio podrán hacerlo de manera amateur, e incluso podrán imitar a los robots en sus partidos. Se completará de esta manera el círculo que empezó cuando a un programador se le ocurrió simular en una computadora las acciones de los futbolistas.

Crema chantilly

Lepidópteros obesos se montan a la miel. Pacientes ríos esperan la tonalidad correcta para comenzar la híbrida sinfonía de sus inesperadas tuercas. Los veinte globos están aprestados a continuar la función. Dos barbas, un martillo y cinco audacias salen adelante, como valientes ligustrinas que se interponen entre los insípidos ladrillos que conforman tu amor.
Hemos sido felices en los oscuros lienzos de la muerte. Las tertulias de la mar, que siempre marchan elegantes, hoy salen sin darse cuenta de su escondite vertebral. Como nosotros, dos fuegos se arrastran por el aire frío, creando a su paso lunas, ciervos y aventuras. Mientras suena la música molecular, el hombre aparece y se entrega a los zares.
El deseo de las ligustrinas es ser caballos. Como el más puro aceite, sale de tu casa un sentimiento de crema chantilly. Tu sien se descoloca. Tus manos se elevan hacia las nubes mientras las mirás desde el suelo sin poderlas saludar. Dios, la Luna y los caballos se escapan de tu mundo para ver qué hay afuera.
Un canguro de cien metros se pone a tu disposición. Enormes tendones de hueso, todavía sin estrenar, encienden las luces, la tristeza y la pasión. Pasan diez minutos que nunca volverán. Pasan cinco puertas, una liebre y seis mentiras. Pasa la vida, pasa el calor, pasa la oblicua espuma sedienta por la calle del Ministro Inglés.
Tres caras de la Luna se ubican junto a vos, esperando una respuesta. Un silbido turbio te lleva a un claro del bosque, donde te encontrás porque ya estabas. Has visto la existencia de la flor del escondite de la forma de la pureza de la verde dulzura cenital. Y comprendés que es todo, que todo es nada y que nada es lo que se puede hacer cuando está todo.
De pronto, una sombra. Una sombra humana que estremece a tu ser interior en lo más profundo de su propio ser interior. Una oscuridad incontrastable que pugna por entrar a tu casa, por ser parte de la prédica que te lleva a donde no estás. Vas hacia ella pero antes de encontrarla ves que el Sol está canoso y tomás conciencia de tu propia vida.
Entonces corrés por la pradera, levantás los brazos, subís a la colina y exclamás al cielo con todas tus fuerzas “la puta que vale la pena estar vivo”.

El carro que me quería

Elegí en la entrada del supermercado un carro de los muchos que tenían disponibles. Podía haber elegido cualquier otro, pero me quedé con ése. Lo llevé con las dos manos hasta la entrada del salón de ventas.
Una vez adentro, el carro empezó a dictar dónde ir. No respondía a mis mandos, sino que tomaba la iniciativa y cambiaba la dirección. El carro me llevaba, y aunque al principio me resistí un poco, yo me dejé llevar.
El carro me guió hasta donde estaban los productos que quería comprar. Cuando yo quería ir a una góndola específica, el carro se negaba y me instaba a tomar otra dirección. Varias veces en esa otra dirección podía encontrar los mismos productos en marcas más baratas.
El carro estaba de mi lado. Formábamos un equipo estupendo. Yo le daba impulso y él me llevaba a las partes más convenientes del supermercado. Conocía muy bien el lugar, lo recorría todos los días. Y evidentemente yo le había caído simpático.
Cuando terminé la compra me guió hasta una caja en la que había más gente que en otras, pero fue la primera que se desocupó. Me esperó pacientemente mientras lo descargaba, pagaba y volvía a cargarlo con los mismos productos, ahora embolsados.
Luego de pagar me llevó hasta el auto, y pronto llegó el momento de despedirnos. No lo pensaba dejar en el medio de la playa de estacionamiento. Quise llevarlo hasta su sitio de descanso. Pero el carro se resistía. No quería volver a la rutina del supermercado. Quería quedarse conmigo, acompañarme a mi casa y tal vez guiarme en mi vida. Pero no era posible. No tenía lugar en el auto, ni uso para un chango de supermercado en casa. Aunque pudiera doler, era el momento de separarnos y seguir cada uno su camino.
Tuve que levantar las ruedas de adelante para poder llevar al carro a su lugar. Supongo que se habrá sentido decepcionado, pero estaba seguro de que a la larga lo entendería.
Lo estacioné y me quedé unos segundos contemplándolo. En ese instante se acercaron dos viejas, y una de ellas tomó el carro y enfiló hacia la entrada del supermercado. Yo sentía que el carro me extrañaba, pero igual debía irme. Ya no tenía nada que hacer ahí. En eso, una de las dos viejas le dijo a la que llevaba el carro “no, mejor otro, éste tiene la rueda trabada”, y cambiaron de carro.
Me alejé entristecido. Hay gente que no tiene sensibilidad.

El baño y el otro lado

No sabía que tenía diarrea. En general la diarrea no se hace notar hasta último momento. Por eso, cuando sentí la urgencia, al principio no hice nada. Calculé que podía esperar. Y me equivoqué en el cálculo. Por suerte, me dí cuenta a tiempo del error, pero tuve que apurarme para llegar al baño.
Estaba con el tiempo justo. Sabía que no debía dejar que nada me interrumpiera. Si era necesario, debía prescindir de todo material de lectura. La urgencia lo ameritaba.
Como estaba bastante lejos del baño, debí correr. En el camino abría puertas, prendía y apagaba luces. Deseaba fervientemente no encontrarme con ninguna puerta cerrada con llave, porque podía ocasionarme graves problemas. Si tiraba algo, planeaba levantarlo en el camino de vuelta.
Justo cuando faltaban unos pocos metros para el baño, se me apareció un fantasma. Una figura traslúcida vestida de oscuro, con ropa como del siglo XVIII, se paró frente a mí y con un extraño acento me dijo “traigo un mensaje del otro lado”.
Pero yo no tenía tiempo para estas cosas. En ese momento, lo natural era mucho más importante que lo sobrenatural. Seguí mi camino, pasé a través del  fantasma y logré llegar a tiempo al baño. Antes de atravesarlo pude ver cierta confusión en su rostro.
Pasé los siguientes minutos en el baño, preguntándome qué comida podría haberme traído semejante diarrea. Luego de un rato, ya aliviado, tiré la cadena y me acordé del fantasma.
Después de lavarme las manos, salí a buscarlo. Busqué por toda la casa. Ya no estaba. Tal vez se había ofendido. Tal vez pensó que yo no estaba listo para lo que me querían comunicar. No sé qué pudo haber ocurrido. Y aunque cada vez que paso por el lugar de la aparición lo recuerdo, nunca más lo volví a ver.

Una historia real de tropiezo, caída, perseverancia y triunfo final

Acababa de salir de una charla de educación vial en la que el orador había puesto especial énfasis en que uno debe prestar atención. Eran las ocho de la noche y, como el tiempo estaba agradable, decidí caminar hasta una estación de subte que no quedaba tan cerca en lugar de tomarme el colectivo a pocas cuadras del lugar. Así que caminé por la avenida Córdoba mientras escuchaba música con el reproductor de MP3.
Ese día me había tropezado más de lo habitual, que ya es bastante. Como tenía en la cabeza el tema de la charla, pensé que era más probable que tuviera un accidente por mi manera de caminar que por manejar un auto. No camino muy bien. Podría atribuirlo a las veredas rotas, pero me parece que no presto toda la atención posible a dónde piso en cada paso. Por eso me tropiezo seguido, sin embargo es raro que me caiga. Con el tiempo desarrollé técnicas para mantenerme de pie en caso de tropiezos, y en general no tengo problemas.
Pero al llegar a Córdoba y Paso fue diferente. Mientras cruzaba Paso se terminó el tema que estaba escuchando, y no tenía ganas de escuchar el que empezó. Entonces saqué el MP3 y empecé a pasar temas. Pasé varios, con la idea de encontrar alguno que fuera adecuado para mi estado de ánimo de ese momento. Lo que no vi es que mientras hacía eso la senda peatonal se terminaba y me iba a topar con el cordón de la vereda. Era menester dar un paso hacia arriba. Es una acción fácil que hice millones de veces en mi vida, pero debía saber que lo tenía que hacer.
La cuestión es que me tropecé con el cordón. Comencé a trastabillar mientras daba pasos para evitar caerme. Pero noté que me caía. Atiné a poner las manos hacia adelante para no golpearme demasiado contra el suelo, pero me dí cuenta de que no estaba perdido. Tomé la decisión de no caerme. Entonces aceleré el paso mientras balanceaba mi torso para buscar un punto de equilibrio.
Me costó encontrarlo, y durante unos metros pareció que el esfuerzo era inútil. Sin embargo, iba ganando un poco de estabilidad que me estimulaba para continuar el esfuerzo. Así lo hice hasta que pude enderezarme. Cuando llegó ese momento, supe que ya no me iba a caer como resultado de ese tropiezo. Y ni siquiera tuve que detenerme. Pude seguir caminando sin sobresaltos y disfrutar de la agradable noche.

Umbrales

Subí a un umbral. Creí que estaba llegando, que me esperaba un mundo mejor, o por lo menos algo distinto. Pero no fue así. Para mi sorpresa, me encontré con otro umbral.
Entonces subí al otro umbral. Ahora sí, pensé, ha llegado el momento que estaba esperando. Iba a pasar del blanco y negro al color. Iba a convertirme en una persona mejor luego de dar aquel paso. Sin embargo, el umbral sólo conducía a un tercer umbral.
Decidí que, ya que la vida me había llevado hasta ese lugar, me debía a mí mismo subirlo. Al hacerlo, podría encontrar la respuesta a todas las preguntas de la vida, podría tener revelaciones nunca imaginadas por nadie, podría ver el mundo de otra manera. Lo subí entusiasmado, sólo para encontrarme con un umbral más.
Fastidiado aunque optimista, lo tomé como un desafío. ¿Quién podía saber adónde me conduciría ese umbral? Estaba claro que me iba a elevar, y tal vez esa pequeña diferencia de altura en mi cuerpo tendría efectos inconmensurables en mi alma. Era dudoso que ocurriera algo así, pero no podía dejar pasar la oportunidad, por más pequeña que fuera. Entonces subí al umbral.
Al apoyar los pies en ese umbral, vi que lo seguía otro.
Decidí que debía subir ese nuevo umbral aunque no me llevara a ninguna parte. “El camino es la recompensa”, y me vi inmediatamente recompensado con un nuevo umbral para seguir caminando.
En ese momento comprendí lo que ocurría. Supe que en vez de dar pasos sobre umbrales estaba subiendo una escalera. Era así. Miré hacia atrás y vi la escalera con una claridad inmensa, como nunca había visto nada en mi vida. Pensé que tal vez esa revelación, a esa altura de mi existencia y de la escalera, era trascendente. Era posible que mi intención de subir un umbral y la acción sucesiva de terminar en una escalera tuvieran un significado profundo para mi vida. Tal vez subir esos escalones era, en algún sentido, lo mismo que vivir. Me encontraba en la escalera de la vida.
Entusiasmado, decidí que debía seguir subiendo. Levanté mi pie derecho para subir no ya un umbral sino el siguiente escalón, y me propuse pisar con firmeza, aferrado a la vida y a la armonía con mi entorno.
El entusiasmo me había generado tanto impulso que quise seguir subiendo. Al dar el último paso busqué un escalón que no existía, pisé en falso y me caí. Fue en ese momento cuando supe que estaba en el final de la escalera. Ya no había más escalones para subir.

Una bebida diferente

Usted, probablemente, está acostumbrado a beber agua. ¿Qué respondería si le dijera que existe una bebida que le permite agregar un poco de variedad a sus menúes?
Es así, esa bebida existe. Se denomina “Coca-Cola”, y puede encontrarse a la venta en quioscos, supermercados y otros comercios. También existen máquinas que permiten conseguir esa bebida sin entrar en contacto con ninguna persona, aunque parezca increíble.
Se preguntará por qué habría de cambiar el hábito de beber agua. La respuesta es que debe darle un poco de variedad a su vida. De este modo podrá vivir más alegre. Es una bebida dulce, preparada a base de nuez de cola, que tiene un sabor agradable y duradero.
Como no tiene alcohol, se puede beber antes de manejar sin problemas. No reemplaza al vino ni a la cerveza, no tiene el propósito de alterar químicamente su estado mental. Y puede ser consumida por menores. En general, los que ya la probaron expresan su preferencia por la “Coca-Cola”.
La bebida contiene dióxido de carbono, que forma divertidas burbujas en el líquido, las cuales proporcionan una textura muy especial en su boca. No se preocupe, ese gas no se encuentra en cantidades letales, es una bebida perfectamente sana y ha sido autorizada por todas las autoridades competentes.
Si usted está a dieta, existen variedades de “Coca-Cola” que no tienen azúcar. Pregunte a su vendedor, quien lo sabrá asesorar al respecto. También existen versiones con ligeros sabores frutales que se combinan con el sabor natural de la nuez de cola para darle una multiplicidad de gustos. Hay de vainilla, cereza y limón, aunque estos sabores no están tan difundidos y en muchos puntos de venta no se consiguen.
Déle una oportunidad a la “Coca-Cola”. Pruébela, preferentemente, bien fría. Creo que le gustará.