Gratificación dudosa

Una vez se me pinchó una goma del auto, y tuve que ir a la gomería a reemplazarla. Un empleado me atendió amablemente, y me reemplazó la llanta agujereada. Ya que estaba, aprovechamos para hacer alineación y balanceo. También me dio un café para tomar mientras esperaba.
Cuando le iba a pagar me dijo que fuera a la oficina, donde me darían la factura correspondiente. Subí la escalera que conducía al pulcro cuarto, donde un empleado administrativo, o el dueño de la gomería, me cobró.
Cuando bajaba la escalera para buscar el auto, me pareció que debía darle una propina al que había hecho todo el trabajo con tanta dedicación. Pero no estaba seguro. ¿Era correcto dar propinas a los empleados de gomería?
Como no suelo ir a este tipo de establecimientos, no conocía la etiqueta correspondiente. Y me parecía mal preguntarle, así que me puse a ver si podía deducir. Pensé que no debía ganar mucho el empleado, y que le vendrían bien unos pesos adicionales. Sin embargo, tal vez no fuera tan fácil. Podía ocurrir que le molestara recibir un dinero adicional. Tal vez estaba contento con su trabajo, y su amabilidad no era una forma de ganarse una propina sino su manera de ser.
Ahora, si su amabilidad era sólo una forma de ganarse la propina, yo tenía menos ganas de dársela. Interpretaba que no era amabilidad verdadera, sino casi una forma de adulación. Si le daba propina estaría estimulando esa forma de mentira, y eso era algo que no quería hacer.
En cambio, si era verdadera su amabilidad, al darle una propina estaría recompensando su actitud, y sería una obra de bien darle. Pero en ese caso también podría haberlo ofendido, él podía pensar que yo pensaba que su amabilidad era sólo para obtener la propina. Así iba a quedar mal yo, y no tenía ganas de que esa fuera mi imagen final ante un tipo tan amable.
Por todo esto, decidí que era más seguro no darle nada. Pero no me gustaba demasiado. Entonces se me ocurrió una solución parcial. Podía comprarme una gaseosa en la máquina de la gomería y dársela. Para no hacer ver que le estaba comprando alevosamente una gaseosa a él, luego de adquirirla la abrí y tomé un poco. Después le ofrecí el resto, pero no quiso. Entonces le dí la mano y me fui.
La siguiente vez que fui a la gomería, habían puesto un letrero que decía “su propina no molesta”.

El fin de las burbujas

Todo empezó con un escándalo financiero. El CEO de la Coca-Cola Company, Scott Lampard, se vio obligado a admitir que los balances de la compañía habían sido falseados. Durante años, la empresa se había dedicado a dibujar las cifras de sus ganancias para tapar las pérdidas reales.
La ineficiencia de la compañía atentaba contra su futuro. Los productos se vendían igual que siempre, sin embargo en la empresa no encontraban la forma de volver a tener ganancias. Entonces, para no hacer que la situación fuera peor, falseaban los balances. Era sabido que los accionistas no iban a encontrar muy simpática la situación real, y el valor de la compañía iba a bajar mucho si se conocía el estado real de sus finanzas.
Cuando se descubrió la maniobra, la reacción fue inmediata. Las acciones de Coca-Cola se desplomaron. Paralelamente se iban descubriendo nuevos escándalos sobre el funcionamiento de la compañía, y las acciones bajaban aún más.
Llegó un momento en el que la empresa no pudo seguir sosteniendo la situación. Con sus acciones en cero, tuvieron que dedicarse a vender activos para poder cubrir los costos. Pero tal era la ineficiencia que el interés de posibles compradores fue escaso. Y la Coca-Cola Company no tuvo más remedio que declararse en quiebra.
Poco tiempo después, se liquidaron las propiedades de la empresa que ya no existía. Como no había nadie en condiciones de comprar la enorme cantidad de propiedades, se las remató individualmente. La empresa tuvo que dejar de proveer jarabe a las plantas embotelladoras, y por ese motivo las plantas también tuvieron que dejar de operar. Eso significó el fin de la bebida que había iniciado todo, la Coca-Cola.
El hecho tuvo profundas consecuencias en la sociedad. Una vez disipado el shock producido por la quiebra de tan importante empresa, el público quería Coca-Cola y no podía conseguir. Algunas personas se pasaron a Pepsi, pero a la mayoría no le gustaba el sabor de la competencia.
Las botellas y latas de Coca-Cola sin abrir se vendían a precio de oro en las casas de subastas. La demanda había hecho que muchas empresas menores intentaran fabricar la Coca-Cola, de acuerdo a lo que suponían que podía ser la fórmula. El nombre Coca-Cola, sin embargo, no pudo ser utilizado debido a que seguía perteneciendo a los restos de la compañía que la fabricaba. Y el público no quería comprar terceras marcas porque resultaba vergonzante.
La industria de la publicidad resultó muy afectada por el cierre de la Coca-Cola. Las agencias que dependían de la cuenta de Coca-Cola cerraron, y lo mismo ocurrió con las productoras que dependían de esas agencias. Millones de personas se quedaron sin trabajo en todo el mundo.
Algo diferente ocurrió con los McDonald’s. Como se habían quedado sin bebidas, intentaron obtener un acuerdo con Pepsi para, por lo menos, poder ofrecer una gaseosa de marca reconocida. La Pepsico estaba interesada en esa oferta, pero no pudo llevarla a cabo por tener un contrato de exclusividad con Burger King. McDonald’s, entonces, empezó a fabricar su propia gaseosa, la McCola, para que no le volviera a pasar lo mismo en el futuro. De este modo, el gigante de hamburguesas pudo salir del paso.
No ocurrió lo mismo con los grandes eventos deportivos. El Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos dependían del aporte de Coca-Cola para su concreción, y dejaron de obtenerlo. Los Juegos Olímpicos dejaron de hacerse en forma inmediata. El Mundial sobrevivió un par de ediciones más, mientras la ausencia de la Coca-Cola minaba desde adentro los cimientos de ese deporte. No se podía vender más Coca-Cola en las canchas, y la televisión, al no tener avisos de la gaseosa, no tuvo fondos para financiar los derechos de los partidos. Los clubes y las asociaciones nacionales gradualmente se fundieron. El Mundial se terminó quedando sin equipos, y por eso no se pudo volver a jugar.
También los odontólogos vieron afectado su modo de vida, al reducirse las consultas por los problemas dentales que la célebre bebida causaba en la población.
El malestar social y los problemas económicos llevaron a las Naciones Unidas a tomar cartas en el asunto. Se votó una iniciativa para revivir a la Coca-Cola Company, esta vez con control internacional. Se invitó a Ginebra a las dos personas que conocían la receta de la Coca-Cola para formar parte de la nueva empresa. Por precaución, fueron en dos vuelos diferentes, y tuvieron la mala suerte de que los aviones chocaron entre sí. El accidente se llevó la vida de ambos y algo más valioso: la esperanza de tener otra vez la verdadera Coca-Cola en el mercado. El proyecto de las Naciones Unidas quedó trunco.
Pero el cambio más profundo fue ecológico. La cantidad de dióxido de carbono atrapado en botellas se redujo considerablemente, y eso hizo que subiera su proporción en la atmósfera. Los animales, entre ellos el hombre, vieron más difícil la respiración. Debían inhalar más veces para obtener la misma cantidad de oxígeno, y eso provocó muchas muertes entre las personas con problemas pulmonares. Los atletas redujeron su potencia, aunque el hecho no salió a la luz porque ya no existían los Juegos Olímpicos.
Al haber más dióxido de carbono, la superficie de la Tierra se cubrió de plantas. Empezaron a crecer en todos lados y con notable diversidad. En las ciudades se podaba todo lo posible y no se daba abasto. Se hicieron populares como mascotas los animales mansos y que comieran muchos vegetales, como las ovejas.
Así, una gran cantidad de personas se convirtieron en pastores. Al hacerlo, entraron en contacto con la naturaleza y adoptaron un modo de vida mucho más simple, sin la necesidad de ingerir sustancias artificiales.

Alquiler de opiniones

La cadena de alquiler de opiniones es un negocio que ha tenido mucho crecimiento en los últimos años. Alquilamos cualquier opinión a cualquiera que lo requiera, sin distinción de razas ni sexos. También proveemos el servicio de asesorar al interesado si no está del todo seguro sobre qué opinión quiere alquilar.
Tenemos un stock muy amplio, y estamos seguros de que vamos a poder alquilarle la opinión más adecuada para usted, o al menos alguna muy similar. Nuestros precios son muy accesibles y el período de alquiler es variable. Hay opiniones que se alquilan por unas horas, y otras cuyo alquiler dura años. También, para los interesados, tenemos opiniones a la venta a precios muy razonables, aunque aconsejamos primero alquilarlas por unos días.
Nuestra clientela es muy variada. Tenemos un programa de distribuidores que hace que nadie tenga que venir a nuestros locales para alquilar su opinión. Muchos de ellos tienen la capacidad operativa para entregar y retirar las opiniones en el domicilio del cliente.
Muchas veces ocurre que alguien viene con la demanda de una opinión y nosotros le alquilamos otras opiniones relacionadas. Tenemos un paquete con el que, si uno alquila cuatro opiniones, la quinta es gratis.
Recientemente ampliamos nuestro campo de negocios e incorporamos productos asociados, que colocamos cerca de los mostradores para facilitar la compra impulsiva. Se venden muy bien las remeras sobre distintas opiniones, e incluso viene gente que no alquila las opiniones pero igual compra las remeras. Estos productos se venden en forma definitiva, no se devuelven cuando expira el alquiler de la opinión. Al incorporar esta modalidad también trajimos opiniones respecto de la modalidad misma, que uno puede alquilar agregándolas a cualquier transacción hecha con nosotros.
No es necesario que el cliente entienda la opinión que está alquilando. Muchos se las llevan sin terminar de darse cuenta de las implicaciones que tiene la opinión que está alquilando sobre, por ejemplo, su modo de vida. Nuestro personal está, igualmente, capacitado para despejar cualquier duda sobre nuestros productos. Las opiniones solían venir con un manual explicativo, pero nos dimos cuenta de que la mayoría de los clientes nunca lo miraba. Todavía se puede conseguir, pero ahora es opcional y tiene un recargo.
Nuestro stock es variable. Hay opiniones que se alquilan muy seguido durante años y luego decaen. También hay opiniones pasajeras que duran algunos meses en el mercado, y luego son retiradas, manteniendo un muy limitado stock para las pocas personas que aún las puedan llegar a alquilar.
Un ejemplo es la opinión de que la violencia es una excelente forma de llegar al poder. Hace algunas décadas esta opinión salía muy seguido, y la llegamos a alquilar a vastos sectores de la sociedad, que fuera de eso no tenían nada en común. Luego este alquiler fue decayendo y hoy no es muy popular, aunque todavía sale.
También hay opiniones estacionales, que tienen ciclos de popularidad. Hoy, por decir una, está en boga la opinión de que el dólar alto favorece a la industria de un país. Hace algunos años empezó a salir con mucha asiduidad esta opinión, y sigue siendo popular. Aunque estamos viendo que esa popularidad empieza a bajar. Probablemente se deba a que es una opinión importada, y con el aumento del dólar hemos tenido que trasladar el costo a los clientes.
Como se ha dicho antes, no solemos tener problemas en alquilar cualquier opinión a cualquier persona. Incluso podemos alquilar opiniones contradictorias al mismo individuo, aún en la misma transacción. Algunos lo hacen para quedarse una y distribuir la otra, y otros usan cada opinión según la conveniencia. También alquilamos opiniones a gente que tiene comprada desde hace décadas la opinión contraria, y se van muy contentos con ella. En algunos casos se requiere un adaptador que proveemos sin cargo.
Si usted quiere incorporarse a nuestro programa de distribuidores de opinión, puede acercarse a cualquiera de nuestras sucursales y le daremos las instrucciones correspondientes, junto a nuestra lista de precios. Verá que tenemos los mejores precios, y las mejores opiniones, del mercado.

El destinatario

Tiburcio caminaba. Seguía caminando. No tenía un rumbo preciso ni demasiado apuro. De pronto vio algo que lo hizo detenerse. Veía, allá a lo lejos, una luz intermitente. Se quedó embobado mirando la luz para ver qué le estaba diciendo. Pensó que existía el propósito de que él viera esa luz cuando, inmediatamente después de que él enfocara su vista sobre ella, quedó fija. Luego de pensarlo unos instantes, comprendió el significado. Cuando se apagó y se encendió la de abajo, que era verde, cruzó la calle.
Ante él, se detuvo un colectivo que tenía un letrero que decía “vamos a la Rural”. Tiburcio pensó que era una invitación para él, y se subió. Pidió un boleto hasta la Rural y se sentó del lado de la ventanilla, a la derecha de la unidad. Tenía un asiento vacío a su izquierda, que no tardó en ser ocupado por una persona que subió minutos después. Tiburcio se alegró de haber sido elegido por esta persona como compañero de viaje, y se corrió lo que pudo para hacerle el trayecto más cómodo. Algunas cuadras después se bajó un señor de uno de los asientos individuales de la izquierda, y la persona que Tiburcio tenía a su lado se levantó para sentarse en el lugar que había quedado libre, abandonando así la compañía de Tiburcio, quien se puso mal y fue, entre lágrimas, hacia la puerta a bajarse. La persona que lo había herido no se habría enterado de nada, de no ser porque Tiburcio, cuando se abrió la puerta, se acercó y le gritó “ya vas a venir a pedirme algún favor”. Seguidamente le dijo al conductor que el viaje a la Rural iba a tener que postergarse para alguna otra ocasión, y se bajó.
Caminó unos metros y pasó por un quiosco que tenía un enorme cartel que decía “tome Coca-Cola”, por lo que aceptó la invitación y le pidió al quiosquero si no tenía una botella de esa gaseosa. El quiosquero le dio una y Tiburcio se la tomó. Al terminar le agradeció y atinó a irse, pero el comerciante le indicó que debía pagar. Tiburcio se indignó y dijo que lo habían engañado, pero para no armar un escándalo pagó la gaseosa, mientras exclamaba que nunca más iba a aceptar una invitación de ese lugar.
Tiburcio llegó a la esquina y no sabía para dónde ir. Pensó que, de todos modos, podía ir para la Rural y reencontrarse con el colectivo, que, después de todo, no era el que lo había ofendido. Pero no sabía si lo iba a encontrar ahí. Mientras dudaba, pasó una paloma en la dirección contraria a la que debía tomar para ir a la Rural, y Tiburcio vio en su vuelo un mensaje que le decía que no fuera. Entonces dio media vuelta y caminó hacia el lado de su casa, que era el mismo que llevaba la paloma y lo que le había dado la pista de que la paloma le estaba diciendo algo a él y no a otra de las muchas personas que había en ese momento en la calle.
Un rato después, pasó por la vidriera de un local de electrodomésticos que tenía una cantidad de televisores encendidos, todos en el mismo canal. En ese momento se veía en la pantalla de los televisores la promoción de un canal que decía “estás en casa”. Tiburcio se alegró de haber llegado, y entró. Se sentó en un sillón que estaba para promover unos equipos de home theatre, agarró su teléfono celular y se pidió una pizza. Como no llegaba, luego de un rato llamó para reclamar, y le dijeron que se habían cansado de tocar timbre en su casa sin recibir respuesta. Tiburcio pidió disculpas, y atribuyó su falta de audición a todos esos aparatos que alguien había instalado en su vivienda, y también a toda la gente que, por alguna razón, se sentía libre de recorrerla.
En eso se le acercó un hombre vestido de rojo que le preguntó si lo podía ayudar. Tiburcio le agradeció la amabilidad y le pidió una pizza. Este hombre consultó con otro, que tenía una chapa en el pecho similar a la que él también tenía, pero de otro color. Entre los dos lo sacaron del local y cerraron la puerta. Vio Tiburcio que era de noche, y quiso abrir la puerta para poder pernoctar en lo que creía que era su domicilio. Pero la llave que tenía no funcionaba, no podía hacerla girar en la cerradura de la puerta del local. Tiburcio interpretó este hecho como un mensaje que le decía que no debía quedarse ahí. Entonces se fue.
Al rato pasó por un quiosco de revistas, y miró los ejemplares que estaban a la venta. Una de ellas tenía un letrero que decía “reclame póster de San Lorenzo”. Tiburcio increpó al quiosquero, reclamándole el póster. El quiosquero explicó que debía comprar la revista para acceder a ese objeto, entonces Tiburcio la compró. La abrió y encontró un póster pero no de San Lorenzo sino de once futbolistas con camiseta rayada. Tiburcio volvió entonces a increpar al quiosquero y le reclamó la imagen prometida de Lorenzo Giustiniani, primer patriarca de Venecia. El quiosquero, como Tiburcio ya lo tenía cansado, lo mandó a llorar a la iglesia.
Cuando llegó a la iglesia, Tiburcio inquirió cuál era el lugar más adecuado para llorar. Le contestaron que el confesionario. Fue entonces ahí, y entre sollozos le preguntó al cura adónde podía conseguir el póster del padre Giustiniani. El cura le preguntó quién era. Tiburcio se lo explicó, y le contó que le habían prometido ese póster luego de comprar una revista. El cura le explicó que ahí no tenían ningún póster, pero tal vez le podía conseguir alguno usando algún contacto con El Vaticano. Tiburcio pidió hablar con el dueño del lugar, y el cura le explicó que la Iglesia no tenía dueño, a lo cual Tiburcio respondió que había visto afuera un letrero que decía que esa era la casa del Señor, y pidió hablar con el Señor. El cura le contestó que el Señor lo escuchaba permanentemente. De este modo, Tiburcio vio que no se podía razonar con esa gente, y se fue de ahí.
Siguió caminando hasta que llegó a un cartel que decía “Doblas”, al que obedeció. Supuso que el destino tenía algo para él en esa calle. Y efectivamente, a un par de cuadras había una pared con una leyenda que decía “esta pared es suya, cuídela”. Tiburcio aceptó la misión, y aún se encuentra ahí, montando guardia y asegurándose de que nada le ocurra a esa pared.

Cuando me leen el pensamiento

Es una situación muy incómoda saber que estoy en presencia de alguien que puede leerme el pensamiento. Sobre todo porque puedo controlar lo que digo, pero no tanto lo que pienso.
No es que tenga una mente degenerada. En general no estoy pensando cosas que le vayan a caer mal a mi interlocutor, aunque pueda no estar pensando exactamente en lo que me dice. Pero, cuando sé que me están leyendo el pensamiento, me pongo nervioso y pienso cualquier cosa.
Es parecido a cuando los médicos me piden que me quede quieto. Por ahí si no me lo pedían no me movía, pero es tanta la responsabilidad de no moverme que los nervios hacen que lo haga.
De la misma manera, cuando sé que me pueden estar leyendo el pensamiento, es una responsabilidad no pensar cosas ofensivas, por más que de todos modos no sean mi opinión. Y como concentrarse en no pensar algo implica pensarlo, la persona que me está leyendo el pensamiento se lleva una impresión totalmente errada sobre mí.
Entonces pasan por mi cabeza toda clase de ideas vergonzantes sobre la persona que es capaz de leerme el pensamiento, que van desde las más bajas cuestiones íntimas hasta opiniones sobre el posible olor que puede tener, sin olvidar que, ante cada cosa que pienso, me pregunto para mis adentros si la persona en cuestión sabrá que lo estoy pensando. Incluso me lo pregunto cuando estoy pensando eso último.
No es que yo quiera esconder lo que realmente pienso. Es todo lo contrario: tengo la valentía de pensar determinadas cosas en la cara de la gente. Pero, al poder enterarse del proceso de pensamiento, puede ocurrir que la gente que lee lo que pienso interprete que cosas que se me cruzan por la cabeza y descarto son las cosas que realmente pienso. Y eso me hace quedar mal.
Por ese motivo, prefiero mantenerme en círculos científicos y escépticos, donde la gente no cree que es posible leer el pensamiento, y a nadie se le ocurriría decir que lo hace. De esta forma puedo relajarme y, liberado de la responsabilidad de responder ante mis pensamientos, pensar tranquilo. Y los que sean capaces de leerme el pensamiento no van a tener un mal concepto de mí.

Nativa

Fue un levantamiento social poco frecuente. Es raro ver que grandes hordas de gente compartan una opinión y se manifiesten con tanta vehemencia hasta conseguir lo deseado. La anécdota confirma el poder de los pueblos, cuya voluntad no puede ser contradicha sin consecuencias devastadoras para el que lo hace.
A mediados de 2004, la Coca-Cola Company decidió cambiar la fórmula de la Nativa, su gaseosa basada en la yerba mate. Parecía una buena idea. Las pruebas de sabor a ciegas daban excelentes resultados, todos disfrutaban más el nuevo gusto de la gaseosa que el anterior. Pero como la operación era secreta, no se había podido preguntar en las encuestas previas si el público estaba dispuesto a aceptar el reemplazo de la fórmula original por la nueva, más sabrosa. Y resultó que era una pregunta decisiva.
El martes 6 de julio de 2004 se lanzó la campaña publicitaria de la Nueva Nativa. Los avisos alababan las virtudes del nuevo producto al enfatizar el nuevo sabor, que decían que era más agradable y refrescante que el de la Nativa que hasta ese momento se podía conseguir.
Pero el público no quería saber nada. La Nativa, desde su lanzamiento a fines de 2003, se había convertido en un símbolo nacional y el pueblo argentino no iba a quedarse quieto mientras le quitaban sin justificación una bebida que había llegado a ser tan importante como la bandera.
Grandes demostraciones tuvieron lugar en el Obelisco porteño, y muchedumbres enojadas cortaron los accesos a la Capital Federal exigiendo el regreso de la nueva fórmula. Los fabricantes insistían con que la Nueva Nativa era mejor que la anterior, pero el público no la quería probar. La identidad nacional requería que no se tocara la fórmula de la Nativa.
La situación para los fabricantes de esta bebida era grave. Las ventas de la Nueva Nativa eran pésimas, y sólo se conseguía un buen volumen en los mercados cautivos, como los clientes de locales de comidas rápidas. El resto de la población rechazaba de plano la nueva fórmula. Algunos ciudadanos, desesperados, empezaron a importar Nativa desde Uruguay, donde la fórmula todavía era la anterior.
Era una forma de rebelión social que hacía palidecer a las revueltas de fines de 2001, cuando se había intentado cambiar la proporción de limón de la Pepsi Twist.
Ante tanta presión, la compañía se vio obligada a ceder. En agosto, sin discontinuar la Nueva Nativa, se presentó la Nativa Clásica. Los consumidores se volcaron masivamente hacia la gaseosa recuperada, y pronto las ventas superaron con holgura el pico máximo anterior al cambio. El público había sentido la amenaza y, al recuperar su bebida predilecta, se había volcado hacia ella fervientemente.
El mercado de la Nueva Nativa pasó a ser ínfimo, y luego de unos meses era raro encontrarla. Años más tarde se le cambió el nombre a Nativa II, y actualmente sólo se la puede conseguir en San Luis.

Etiqueta del suicidio

  1. Es apropiado dejar una nota, fácilmente encontrable, que explique las razones que llevaron al suicidio y detalle el deseo del suicida respecto del destino de sus bienes, de existir. Escríbala preferentemente a máquina o en letra de imprenta.
  2. En el caso de quitarse la vida por deudas se considera de buena educación cancelarlas antes de cometer el suicidio, de forma tal de no dejar deudas a los deudos.
  3. El acto suicida debe hacerse en un lugar privado, que no interfiera con la vida normal del resto de las personas. No es apropiado tirarse a las vías del tren o arrojarse desde la terraza de un edificio. En caso de tirarse de un puente se recomienda ir caminando o tomar un taxi, no dejar un vehículo estacionado en el medio del puente.
  4. Un buen suicida se mata a sí mismo y a nadie más. Están mal vistos los que terminan con la vida de varias personas antes de suicidarse, cuando realizar este último acto antes sería más conveniente para todos y tendría el mismo efecto para el principal interesado.
  5. Si la decisión es definitiva, es bueno no llamar a las líneas de asistencia al suicida. En caso de hacerlo se corre el riesgo de ocuparla mientras llama gente que no está del todo decidida a suicidarse y se la puede convencer de que no lo haga.
  6. Si el acto suicida no se hace con la presencia de otras personas, es bueno pensar en el que encontrará el cadáver. Es conveniente no suicidarse en lugares frecuentados por personas sensibles. También se recomienda avisar a alguien confiable, minutos antes del suicidio, dónde se podrá encontrar el cuerpo. Pero hay que cuidar que sea alguien que no tenga posibilidad de intervenir para interrumpir el acto, porque en caso contrario se lo puede dejar con culpa.
  7. Es de buenos modales no dejar dudas de que la muerte del suicida se produce por suicidio. Conviene revisar si el método elegido puede parecer un asesinato y, en ese caso, cambiar de estrategia para evitar incriminar a alguien inocente.
  8. Si el suicidio se hace con algún método ruidoso, como un arma de fuego, se solicita no suicidarse por la noche ni en horas de la siesta, a fin de no molestar a los vecinos.
  9. Antes de suicidarse es bueno tener conversaciones de despedida con la gente cercana. No es necesario que se mencione el acto planeado, pero está bien visto evitar la sorpresa total. Ayuda a aceptar el hecho.
  10. Previamente al suicidio es recomendable deshacerse de todo elemento potencialmente avergonzante, de modo de que los demás no piensen mal del suicida una vez fallecido.

Consumo humano

Theobald von Fehrenbach puso un aviso en el popular sitio web craigslist.de, en el que pedía un voluntario para ser asesinado y consumido por él. El aviso aclaraba que cada uno de los actos debía ser consensuado y el interesado debía ser mayor de edad.
Varias personas respondieron, la mayoría por curiosidad. Algunos tenían la intención de someterse al asesinato y consumición. Con la mayoría no llegó a ponerse de acuerdo y algunos se arrepintieron. Sin embargo, uno de ellos se llevó bien con Theobald y ambos hicieron una cita para llevar a cabo aquel acto. Acordaron encontrarse un domingo a las 20 en la casa de Theobald, que tenía las herramientas necesarias y un cuarto acondicionado para la ocasión.
Cuando llegó la hora pactada, Theobald estaba ansioso. Cada ruido que había en la calle le hacía pensar que se trataba del joven Heinrich. Pasaban los minutos y la víctima tardaba en llegar. En un momento sonó el timbre y Theobald saltó de alegría. Atendió el portero y resultó ser un mormón. Theobald le dijo que no estaba interesado, pero en seguida recapacitó y le preguntó si no quería ser comido por él. El mormón salió corriendo.
Cuando se hicieron las 11 de la noche quedó claro que Heinrich no iba a acudir a la cita. El plan de Theobald estaba arruinado. La salsa marinara que había preparado para disfrutar la carne de su amigo iba a tener que desperdiciarse en un vil pedazo de vaca, al igual que las papitas al horno.
Theobald se empezó a comer las uñas por la frustración que sentía. Y al notar que tenían buen sabor tuvo una idea. Pensó que, después de todo, no tendría que desperdiciar la salsa, tenía una cantidad de carne humana a su disposición, y la había tenido siempre.
Se convenció de que podía comerse a sí mismo. Le pareció una buena idea para no arruinar la noche. Tomó una cantidad importante de analgésicos para evitar el dolor y buscó su cuchillo de carnicero.
Arrancó por los pies, que no tenían mucha carne. Luego cortó su pierna izquierda y la cocinó con la salsa marinara. Agregó un poco de romero para darle mejor sabor. Cuando estuvo lista se sentó a la mesa y saboreó la pierna. Era mejor que lo que esperaba. Cuando terminó la pierna se comió el tendón de la rótula, usando a la rótula misma como utensilio. La encontró deliciosa y cuando terminó se alegró de tener otra rótula, la cual consumió inmediatamente. Luego comió la otra pierna.
Al terminar la otra pierna se cortó los muslos y genitales y los mandó a la heladera. Agarró las muletas que tenía preparadas para Heinrich y las usó para conducirse a la cama.
Cuando se despertó, el charco de sangre que adornaba sus sábanas lo hizo acordar de que todavía le quedaban partes propias para comer. Fue hasta la cocina, prendió el horno y saló los muslos. Cuando el horno tuvo una temperatura adecuada los puso y seteó el timer de la cocina para que le avisara a los 35 minutos. Mientras, se hizo sus genitales a la provenzal, pero se le quemaron y quedaron demasiado deteriorados como para consumir.
Cuando sonó la chicharra supo que era hora de ir a la mesa. Llevó un buen porrón de cerveza y la fuente con sus muslos. Los comió asados con salsa barbacoa.
A continuación tomó otra dosis de analgésicos y se sacó el bazo, que fue molido y espolvoreado como queso rallado en lo que le quedaba del último muslo (por una verruga notó que había sido el muslo derecho).
No quiso comer sus intestinos, le dio un poco de asquito. Aunque su debilidad por las mollejas no le impidió probar la suya. Le dio antojo de volver a probar tendón de rótula, y se lamentó de haberse terminado ambas la noche anterior. Pero, pensó, aún le quedaban dos codos. Entonces cortó el codo izquierdo usando su mano hábil (la derecha) y la preparó con salsa. Se preparó también el antebrazo, ya que estaba.
Cuando terminó el antebrazo y el codo agarró un cuchillo curvo y se practicó un agujero en el cráneo, con la ayuda de un espejo que tenía convenientemente colocado en la cocina. Una vez hecho el agujero sacó algunos trozos de cerebro con una cuchara, cuidando de no dañar su capacidad cognitiva.
Se dio cuenta de que no la había dañado cuando tuvo una idea que le pareció brillante. Podía comer su estómago y de esta manera comería dos veces algunas de sus partes. Entonces se extirpó el estómago y lo preparó a la plancha.
Al terminar de comerse el estómago notó que tenía problemas para digerirlo. Pensó que había comido demasiado y decidió tomarse una siesta. Fue hasta la cama con dificultad e hizo algo parecido a lo que, si hubiera estado completo, se habría llamado acostarse. Al rato se durmió profundamente y nunca más se despertó.

¡Tricampeones!

Ningún campeón del mundo tuvo que enfrentar condiciones más adversas que el seleccionado argentino de 1990. Pero el equipo, gracias a su mística, logró sobreponerse y consiguió la hazaña.

El equipo de Bilardo venía de conseguir el título cuatro años antes, y existían pocos antecedentes de campeones que repitieron en el torneo siguiente. Sólo Italia en la preguerra y Brasil con Pelé y Garrincha lo habían logrado. En general el último poseedor de la Copa no quedaba ni cerca. Cambiar esa racha era el primer desafío.

El técnico sabía que su condición de campeón del mundo, además de tener en el plantel al mejor jugador del planeta, convertía al equipo en favorito. Pero ningún conocedor del fútbol ignora que los favoritos no ganan el Mundial, por lo tanto Bilardo decidió urdir un plan para bajar el perfil de la selección. El plan constaba de tres etapas:

1) Jugar sistemáticamente mal durante los cuatro años que separaban un Mundial del otro, para ayudar a destruir la reputación. También se cuidó de ganar torneos, ni siquiera una Copa América de local. Esta etapa del plan se cumplió a la perfección, cuidando cada detalle, como es habitual en un grupo de Bilardo.

2) Llevar un plantel limitado, dejando afuera a varios jugadores en condiciones de ir al torneo (como Ramón Díaz, estrella en el Inter de Italia), e incluyendo a jugadores de la talla de Pedro Monzón, Néstor Lorenzo y Gabriel Calderón, autor de un gol en toda su carrera con el seleccionado. Quedaban Diego Maradona y Claudio Caniggia como variantes principales de calidad, para dar la sorpresa. El resto del equipo se concentraba en la mística ganadora, componente esencial de todo campeón del mundo.

3) Perder el partido inaugural. Como se sabía que, a pesar de lo anterior, muchos iban a dar como favorito al equipo, nada mejor que una derrota con el mundo mirando para sembrar todas las dudas posibles. Bilardo pidió al arquero Pumpido que dejara entrar alguna pelota y, para aumentar las chances de perder, dejó a Caniggia fuera de la formación inicial.

Una vez cumplidas las tres etapas, fue el tiempo de clasificar para la siguiente ronda. En el grupo clasificaban hasta tres equipos, por lo que era difícil quedar afuera. En el segundo partido, ante la Unión Soviética, hubo un percance no previsto. Pumpido se fracturó y debió ser reemplazado por Goycochea, que estaba en el plantel por obra y gracia del punto 2 del plan de desprestigio. El equipo, esta vez con Caniggia de titular, logró controlar el partido y se llevó una inconspicua victoria por 2-0, que dejaba grandes chances de clasificación sin dar una imagen de candidato.

Para reforzar esa ausencia de imagen, cuando el equipo estaba en ventaja en el tercer partido contra Rumania, con la posibilidad de ganar el grupo, se eligió no buscar más goles, y conformarse con un empate que clasificaba a Argentina en la tercera colocación, para jugar contra el primero de alguna otra zona, que de esta manera sería el favorito en los papeles.

El fixture determinó que ese favorito fuera Brasil. Pero había un problema. La estrategia de desprestigio implicaba un equipo limitado, era difícil que le ganara a una selección tan hambrienta como la brasileña. Por lo tanto, se pergeñó una nueva estrategia para el resto del Mundial: jugar para empatar y apostar todo a los penales. Entre partido y partido se entrenó al arquero suplente y se consiguieron videos de los pateadores de cada rival, de modo que los detalles de la definición, que son menos que las variables de un partido, estuvieran bajo control.

Sin embargo, en el partido con Brasil no fue así. A pesar de que se dio la esperada superioridad verdeamarela, se produjo en el segundo tiempo una genial combinación entre Maradona y Caniggia, que determinó el triunfo por 1-0 del seleccionado argentino. Bilardo estaba contento, a pesar de que no se había dado su plan, porque se llegaba a cuartos de final con menos gasto energético que el esperado. Además, en la jugada del gol sólo habían cruzado la mitad de la cancha Maradona y Caniggia, por lo tanto no se había puesto en riesgo el orden defensivo.

Yugoslavia fue el rival en la siguiente fase, y en este caso el plan se cumplió con creces. No sólo se llegó a los penales, sino que Maradona erró uno, lo cual dio mucho que hablar a los medios, que al hacerlo se ocuparon menos de la actuación del equipo. Goycochea logró parar dos tiros rivales y catapultó así al equipo a la semifinal.

En esa instancia tocó el rival más apropiado para ir de punto: el local Italia, con todas las ganas de ser campeón nuevamente en su tierra. El equipo de la península nunca se destacó por el juego ofensivo, por lo que el plan antes del partido era un 0-0 clavado que se definiría en los penales. Sin embargo, poco después de arrancar se produjo un inesperado gol italiano que obligaba a Argentina a ir a buscar el empate si quería llegar a los penales, y a través de ellos a la final.

Ante la necesidad, se jugó el mejor partido de todo el campeonato, Bilardo sacó a Calderón para incluir a Troglio y el equipo logró el empate a través de Caniggia, el goleador argentino en la segunda fase del Mundial. En el alargue entró Batista para aguantar el resultado y nuevamente se llegó a los penales. Esta vez las responsabilidades eran mayores y Maradona no falló. De hecho, Argentina convirtió los cuatro que ejecutó. Donadoni y Serena vieron sus remates contenidos por Goycochea, que puso así a la selección en la final del Mundial por segunda vez consecutiva y por tercera en cuatro Mundiales.

El último rival era Alemania, el mismo de la final del ’86, que había mostrado mejor fútbol durante el torneo y llegaba como claro favorito. Por las dudas, Bilardo había tomado la precaución de hacer amonestar a varios jugadores argentinos, de modo que no pudieran jugar la final, incluyendo a Olarticoechea y Caniggia (esa instrucción del técnico explica la mano infantil que le valió la tarjeta amarilla al blondo delantero). Dado que el rival era el mismo que en el ’86 y se corría el riesgo de que existieran incómodos paralelismos, era preciso más que nunca ir de punto. Por eso, Argentina formó con Goycochea; Lorenzo; Sensini, Serrizuela, Ruggeri, Simón; Basualdo, Burruchaga, Maradona, Troglio y Dezotti, y se dedicó a esperar los penales desde el primer minuto.

El partido se transformó así en la final más fea de la historia, pero al que gana no le importan estos detalles. El fútbol no es arte, el que quiere ver belleza tiene grandes museos en Italia. Lo que vale es quién se lleva la Copa, y el método argentino estaba dando resultado. El partido era un hermoso 0-0 hasta que sucedió algo inesperado. Faltando cinco minutos, el árbitro Eduardo Condesal cobró penal para Alemania.

La situación era tensa. Si el penal llegaba a ser gol, el equipo argentino no estaba capacitado para empatarlo en tan poco tiempo. Y el ejecutante habitual, Lothar Matthäus, era talentoso. Pero, sorprendentemente, el que se paró frente a la pelota fue Brehme. El respeto que inspiraba la selección campeona del mundo, aún haciendo todo lo posible para reducirlo, había achicado al capitán de Alemania.

Pero todo quedó en la anécdota. Goycochea intuyó que Brehme patearía a su derecha, porque alguien con la posibilidad del campeonato del mundo en sus pies era difícil que no hiciera la lógica. Y, además, el alemán había pateado igual su tiro en la definición de la semifinal contra Inglaterra. Así que apenas el pie del 8 alemán se separó de la pelota, el arquero voló hacia el palo correcto y la tiró al córner. Se había evitado lo peor.

El partido continuó, y en el suplementario no se produjo ninguna situación extraña. La de 1990 fue la primera final que se definió por penales (tiempo antes, se hubiera jugado de nuevo el partido, pero la FIFA ya había archivado esa previsión). Illgner y Goycochea se prepararon para ser héroes. Ni alemanes ni argentinos habían perdido nunca una definición desde los 12 pasos, y ninguno quería que ésa fuera la primera vez. Argentina, además, pretendía ganar la tercera definición consecutiva.

Arrancó pateando Argentina con Serrizuela. Kohler empató. Troglio convirtió el suyo, luego Matthäus hizo lo mismo. De repente, alarma: José Basualdo pegó su disparo en el palo, y para colmo Brehme se desquitó y puso el 3-2. Maradona, Hassler y Calderón convirtieron. Quedaba el último penal, en el que si Klinsmann concretaba daría a su equipo la Copa del Mundo. Pero Goycochea volvió a ser héroe y desvió el remate. Comenzaban las series de uno. Lorenzo picó su remate pero lo convirtió, provocando la célebre reacción de Bilardo desde el banco de suplentes. Völler estaba obligado a empatar. Se paró frente a la pelota, tomó carrera y apuntó al centro del arco. Goycochea se tiró a su izquierda, pero alcanzó a sacarla con la rodilla y el Mundial se terminó. ¡Argentina campeón del mundo!

De más está decir que en el país se produjo un festejo desaforado, multitudinario, que duró varias semanas. Bilardo eligió retirarse de la selección con toda la gloria. Goycochea recibió la gratitud eterna del pueblo argentino, que todavía lo considera uno de los ídolos más grandes de la historia del fútbol nacional. El Mundial se ganó con dos triunfos, cuatro empates y una derrota. A la selección le alcanzó con cinco goles a favor y tres en contra para obtener su tercer y, hasta ahora, último campeonato Mundial.

Sólo entonces el equipo pudo pasar a la Historia. De otro modo, no se estaría hablando hoy de los héroes del ’90 porque, como repite frecuentemente Bilardo, «del segundo no se acuerda nadie».

El glóbulo feo

Había una vez un glóbulo blanco que pertenecía a un grupo de leucocitos. Ellos se dedicaban a patrullar las arterias y venas por las que circulaban. El glóbulo tenía un aspecto algo distinto al de los demás leucocitos, y por eso era excluido de su grupo. Cuando se encontraban con un cuerpo extraño que debían rechazar, los demás se ocupaban de que no fuera parte de la batalla. Algunos, en ratos de ocio, intentaban rechazar al glóbulo feo y se producían algunos combates, que eran dispersados por las células madre.
Debido a esa situación, el glóbulo blanco no era feliz. Las células madre detenían las agresiones más graves que sufría pero no podían hacer nada para parar la discriminación de la que era objeto. Los demás leucocitos lo cargaban, lo amenazaban y lo mandaban a hacer tareas indeseables, que el glóbulo cumplía en un vano intento de hacerse respetar.
A veces pasaban cerca de grupos de linfocitos y granulocitos, que también lo cargaban por su aspecto y conducta. El glóbulo feo no tenía consuelo, y no encontraba su lugar en el flujo sanguíneo.
Un día decidió irse del torrente y probar suerte en el tejido linfático. De ahí venían todos los integrantes de su grupo, y creyó que en su lugar de origen lo iban a entender. Pero no fue así, las células linfáticas le cerraron la entrada. Lo mismo ocurrió en la médula ósea, y el glóbulo feo volvió resignado al grupo de donde había querido escaparse.
Cuando los encontró vio que había una batalla en desarrollo. Era una batalla muy grande, la más grande que había visto en su vida. Y desde el oeste venía una luz muy brillante, también la más brillante que el glóbulo feo había visto en su vida. Un glóbulo rojo, que esperaba que se abriera paso para continuar transportando su carga de oxígeno, le informó que se había producido una herida y que lo que veía era un operativo tendiente a evitar la entrada de sustancias ajenas. Estaban esperando a las plaquetas, que en cualquier momento llegarían para cerrar la herida.
Al escuchar esto, el glóbulo feo fue hacia el lugar de donde venía la luz, que era la herida misma. Al llegar, instintivamente formó un coágulo de fibrina y cerró la herida. Todos se sorprendieron al verlo, y cuando volvió a su lugar lo recibieron como un héroe, al grito de “la sangre coagulada no será derramada”.
Y entonces el glóbulo feo descubrió que en realidad era una plaqueta que se había mezclado accidentalmente entre los glóbulos blancos. Los demás, arrepentidos, le ofrecieron sus disculpas, y el ex glóbulo feo se fue a ocupar el lugar de honor en el grupo principal de las plaquetas, donde vivió feliz el resto de sus días.