Efecto Doppler

Cuando voy parece que vengo. Esto se compensa cuando vengo, pues en esas circunstancias parece que voy. Cuando estoy quieto parece que estoy en movimiento. En cambio, cuando me muevo no parece que esté quieto. En su lugar, se abren dos opciones. Si cuando me muevo me alejo del que me mira parece que me acerco, y si me acerco parece que me alejo, como ya se ha dicho.
También pasa esto con los demás. Cuando se alejan de mí parece que se acercan, y cuando vienen parece que van. Si yo me acerco pero ellos están quietos yo los veo alejarse, pero cuando yo estoy quieto y ellos se alejan ellos no ven que me acerco, porque tienden a estar de espaldas.
Todo esto hace que yo esté muy aislado de la sociedad y me ha perjudicado mucho en mis relaciones sociales. Cuando trato de encontrarme con alguien, ese encuentro puede darse pero ninguno de los dos se da cuenta, dado que mientras más cerca estemos más lejos parece que nos encontramos. Y cuando me alejo de alguien parece que me acerco, lo mismo que cuando alguien se aleja de mí. Eso hace que cuando yo veo a alguna persona cerca y trato de hablarle no me conteste, porque en realidad está muy lejos. Y conjeturo que lo mismo ocurre cuando me tratan de hablar a mí, si es que lo hacen, y debo quedar mal.
Cuando me miro en un espejo ocurre un fenómeno más complejo. Al acercarme, la figura reflejada debería alejarse, pero como en el espejo las cosas se ven al revés, la figura se acerca mucho más de lo que me acerco yo, y me obstruye la vista. Entonces debo alejarme, pero ese alejamiento se potencia y la imagen se aleja demasiado como para que yo la vea.
Existe un punto, que marqué con amarillo en el suelo, que es el único donde los distintos efectos permiten que me vea en el espejo. Pero me veo borroso, porque mi miopía me impide tener una visión clara de lo que está a esa distancia. Por eso quise hacerme anteojos, pero los oftalmólogos no se enteraban cuando me acercaba. Sí me veían cuando me alejaba, pero no podían hacerme el análisis ocular correspondiente, por lo que no me recetaban nada. Pero el hecho de que veían a alguien que no estaba ahí parece que les llamó la atención, y ahora los físicos están interesados en investigar el fenómeno óptico que me afecta. Yo estoy dispuesto a colaborar con los estudios, si alguna vez me encuentran.

Esto nunca ocurrió

Hernán entró a su casa. No, digamos que Hernán entró a una casa. No, tampoco. Hernán tocó timbre y le dejaron entrar. No. Hernán abrió la puerta de calle y subió en ascensor hasta su departamento. Pero llamarlo Hernán puede ser sospechoso. No estoy hablando de nadie que yo conozca, y menos de ningún Hernán que yo conozca. Mejor cambiémosle el nombre. Es Santiago, no Hernán. Lo dicho anteriormente de un departamento se aplica a Santiago. Olvídense de Hernán.
Santiago, decía, acababa de entrar a su vivienda. Cuando cerró la puerta notó un olor extraño. En realidad no notó un olor extraño, esto lo digo para diferenciar lo que realmente pasó de lo que estoy contando. El olor que Santiago no notó venía del baño. No, venía de la cocina. Sí, venía de la cocina pero no de la cocina en tanto electrodoméstico sino del ambiente donde se encontraba esa otra cocina. Más exactamente, había olor en el lavarropas. Créanme que el lavarropas de Santiago estaba en la cocina.
Santiago notó que el olor le era familiar. No, mentira, no le era familiar en absoluto. Él nunca había estado en presencia de un olor semejante. Bueno, eso tampoco es 100% cierto. Alguna vez había olido algo así pero no se acordaba bien cuándo. En realidad, debo decir, Santiago se acordaba pero yo no. Sepan disculpar.
Santiago supo que había algo en su lavarropas. Pero lo supo mucho después, una vez que todo esto hubo terminado. En ese momento no sabía nada. No estoy acusándolo de premeditación, que se entienda bien. Queda establecido que Santiago no sabía lo que iba a encontrar en el lavarropas. Pero tal vez sea justo decir que sospechaba que lo que encontraría de abrirlo no iba a ser nada bueno.
Santiago se dispuso a abrir el lavarropas. En verdad, esa afirmación no es completamente rigurosa. Santiago dudó muchísimo. Pensó en llamar a alguien. Pero no supo a quién. Finalmente se decidió y abrió el lavarropas.
No, no fue así. No abrió el lavarropas. Santiago no tenía lavarropas. Es más, ni siquiera se llamaba Santiago. Era Adrián. Adrián, no Santiago ni Hernán, había entrado a su departamento, no a su casa ni a una ajena, y había sentido un olor que provenía de la cocina, donde no tenía un lavarropas. Sería absurdo tener un lavarropas en la cocina, nadie lo creería. Pido disculpas por haber inventado una historia tan poco creíble.
Lo que ocurrió fue esto. Posta. Adrián entró a su departamento y sintió un olor extraño que provenía de alguno de sus ambientes. No, no debí haber escrito eso. Lo que sintió fue un ruido extraño. Eso es más razonable. Más realista también. No, más realista no es. Perdón. Es sólo más razonable. Adrián escuchó un ruido. Nop. Oyó un ruido es lo que debí haber dicho. Era un tenue ruido metálico que se repetía haciéndose más fuerte cada vez.
En realidad no era un ruido metálico. Era como pequeños golpes, como pisadas. Como si hubiera alguien más en su hogar. Alguien estaba ahí, tal vez para robar. Adrián se alarmó. No, no se alarmó, Adrián era muy valiente. Adrián tuvo precaución. Sí, eso. Adrián agarró su celular y llamó a la policía. Pero lamento decir que una vez más falté a la verdad. No ocurrió esto que acabo de decir. Sí llamó a la policía, pero desde el teléfono fijo de la vivienda a la que acababa de entrar. No tenía celular. Aunque en verdad sí tenía celular pero se le había acabado la batería.
La policía no tardó en llegar. No, en realidad sí tardó un rato, no se puede no tardar. Lo que quiero decir es que un patrullero llegó rápido, y la patrulla que contenía subió al departamento no mucho tiempo después de la llamada que realizó Adrián desde el teléfono fijo de su departamento cuando oyó ruidos extraños como pisadas que provenían de alguno de sus ambientes en el momento en el que acababa de entrar.
Pero no fue así como lo estoy contando. Tengo que corregir un par de detalles. Adrián entró al edificio pero no al departamento. Se quedó en la puerta y entró pero después de la llegada de la policía. Había llamado por celular, no por el teléfono fijo, y la batería sí se acabó pero después de esa llamada. Y se constató que los ruidos de pisadas que oía eran los de la policía que respondía a su llamado.

La Luna

Ella me pidió la Luna. Yo siempre quiero complacerla, entonces me puse en campaña para conseguírsela. No fue fácil. Recorrí todo tipo de lugares, consulté a mucha gente, y siempre me decían que era imposible. Yo aclaraba que si era caro no importaba, no tenía problemas económicos, pero era inútil. Algunos me decían que era más fácil convencerla a ella de que pidiera otra cosa, pero ése era su deseo y yo quiero complacer todos sus deseos.
Cuando se me agotaron todas las otras opciones, puse un aviso en el diario. Recibí muchas respuestas, la mayoría en broma pero hubo una muy seria de un señor con pelo blanco largo y desprolijo. Me dijo que, si le proveía suficientes fondos, podría desarrollar un aparato que me trajera la Luna. Acepté financiar su proyecto, y meses después me contactó, diciendo que ya lo tenía.
El aparato era una especie de ballesta que debía ser arrojado a la Luna cuando estaba llena. Había un pequeño dispositivo de precisión provisto para poder acertar el tiro. Sólo tenía que apuntar a la Luna, verla a través de ese dispositivo y la Luna vendría hacia mí o cualquiera que lo tuviera. Me advirtió que el satélite podría demorar varias horas o incluso algunos días en llegar.
Así que la invité a comer a casa en la siguiente noche de luna llena. Antes del postre le mostré el dispositivo y le dije que era para entregarle la Luna. Apunté a ella y esperamos. Esperamos algunas horas mientras disfrutábamos de la noche estrellada, de los grillos y del olor a rocío.
Al día siguiente la Luna se veía más grande, y estábamos seguros de que se acercaba, pero calculamos que iba a demorar algunos días más en llegar. Ella me dijo que yo nunca la decepcionaba y que estaba contenta conmigo.
Al día siguiente la Luna estaba más cerca pero la localidad en la que nos encontrábamos se inundó. La cercanía de la Luna había atraído la marea hacia nosotros, y debimos evacuar el lugar antes de que ella pudiera recibir su regalo.

Comunicación facial

Cuando terminamos de comer, ella me miró con cara de cansada. Yo puse cara de estar entusiasmado, y di a entender así que me quería quedar un rato más. Ella puso cara de fastidio y después asintió con su cabeza.
Más tarde me puso una cara extraña. Yo puse cara de no entender su rostro, y ella puso cara de que yo sabía exactamente lo que estaba pasando por su cabeza. Yo puse cara de confusión y ella se llevó la mano a su rostro. Luego puso cara de enojada.
Yo le contesté poniendo cara de nada. Ella puso cara de que si la seguía ignorando íbamos a tener problemas, entonces yo puse cara de que cedía a sus requisitos.
Levanté la mano para llamar al mozo y puse cara de pedir la cuenta. El mozo me la trajo y yo puse cara de que era muy caro, pero pagué igual. En el auto, de vuelta a casa, tuvimos una plácida conversación mientras yo miraba la calle.
Cuando llegamos a casa puse cara de no tener ganas de ir a acostarme todavía. Como ella tenía cara de dolor de cabeza, yo le traje una aspirina y al rato su rostro estaba más aliviado. Luego transmitió alivio y disposición para cualquier propuesta.
Yo puse cara de querer ver una película, pero ella puso cara de que se iba a hacer muy tarde. Ella puso cara de jugar a las cartas y yo puse cara de aceptar, y luego puse cara de escoba de 15. Ella puso cara de pararme en seco, y también de que si no íbamos a jugar al truco ella no se iba a molestar en ir a buscar el mazo. Yo puse cara de resignación.
Ella fue a buscar las cartas, barajó y repartió. Cuando empezamos a jugar notamos que, cada vez que mirábamos nuestras cartas, ambos poníamos la cara correspondiente al naipe que acabábamos de recibir. Eso hizo que nos aburriéramos muy rápido del juego. Ella guardó el mazo y, sin decir nada, nos fuimos a dormir.

Relatos de despojos

Un día decidí ir a trabajar en bicicleta. El trayecto desde mi casa no era del todo confiable, pero decidí ir igual. Cuando llegué, uno de mis compañeros se mostró sorprendido de que no me la hubieran robado. Me contó una ocasión en la que a él, en un lugar mucho más seguro y a plena luz del día, le habían sustraído una bicicleta mucho menos llamativa.
Otro compañero escuchó eso y tuvo un aporte para la conversación. Contó una vez que le habían robado el estéreo del auto, luego de haberlo dejado cinco minutos estacionado en la calle. “Eso no es nada”, dijo un tercer individuo, y procedió a relatar una vez que le habían hurtado la billetera estando en la playa.
Una compañera pasó justo por ahí, y comentó que a un primo suyo lo habían asaltado en la puerta de la casa. También mencionó que había visto cómo un muchacho en moto robaba las carteras de las mujeres que tenía cerca y salía en velocidad.
En eso salió del baño nuestro jefe, y nos contó que al hijo de él le habían robado la campera a la salida de la facultad. No olvidó mencionar el costo de la campera.
Uno de los compañeros le preguntó si tenía seguro. Cuando el jefe dijo que no, él se alivió y recordó una ocasión en la que le habían robado algo y el seguro le había pagado una suma inferior al valor del objeto.
Mi compañera le retrucó que por lo menos a él le habían pagado algo, mientras que a su vecino le habían salido con que la póliza no le cubría el daño por granizo, y encima después el chapista lo había engañado con el vuelto.
La conversación siguió con una sucesión de relatos sobre vueltos sustraídos en distintos establecimientos. Luego se pasó a la inacción de la policía, más tarde a la acción delictiva de la policía, y por último se comentaron las noticias policiales de esa semana, siempre comenzando con la frase “viste lo que pasó en”.
Luego la conversación se diluyó, no sin antes transitar temas de política y deportes. Yo me quedé enganchado con todos los robos que me habían contado, y me dio miedo de volver en bicicleta. Pensé en pedirme un remise, pero terminé decidiéndome a volver por el mismo medio en el que había ido.
Cuando llegué a casa comprobé que, además de no haber sufrido el robo de mi bicicleta, nadie había desvalijado mi vivienda. Y comprobé ser un verdadero privilegiado.

Mi dios es mejor que el tuyo

Sí, mi dios es mejor que el tuyo. Lamento decepcionarte de esa manera, pero es verdad. Te aconsejo que descartes al tuyo y formes parte de los seguidores del mío. Así te va a ir bien.
Mi dios, por ejemplo, es misericordioso. Te va a perdonar cualquier cosa que hagas. Porque mi dios es la bondad absoluta. En cambio, el tuyo no.
Además mi dios es omnisapiente. O sea que lo sabe todo. Sabe, por ejemplo, que yo tengo razón y vos no. Sabe lo que pensamos y lo que hacemos. Es como Papá Noel, pero mucho más poderoso. En cambio, el tuyo no sabe nada.
Mi dios es omnipresente. Está en todas partes. Por ejemplo, acá. El tuyo no está acá, y por lo tanto no está en todos lados.
Mi dios inventó la moral, y sin él no la tendríamos. Gracias a eso evitamos hacer actos que estarían mal, como si yo te matara a vos en este momento por no creer en mi dios. Pero como mi dios es bueno y me dio la moral, no lo voy a hacer aunque te lo merezcas.
Mi dios creó el Universo y todas las cosas. Creó al hombre también. Tu dios, en cambio fue creado por gente como vos. ¿Cómo podés confiar en algo así?
Mi dios es todopoderoso. Cualquier cosa que quiera hacer, puede hacerla. No le cuesta nada. Por eso pudo crear el Universo. En cambio, tu dios es un inútil y nunca hizo nada.
Mi dios es perfecto. Tiene la mayor perfección concebible, y no concebible también. Todos los defectos del Universo que creó son por gente como vos, que no quiere creer en él. Son despreciables.
Mi dios es uno solo. No es como esos dioses federales que reparten el poder en un montón de deidades que siempre se están peleando. Dios, como es uno solo, está de acuerdo con sí mismo. De tu dios, o tus dioses, no se puede decir lo mismo.
Pero lo más importante es lo siguiente. Mi dios existe, el tuyo no. Y, como existe y es misericordioso, te va a recibir cuando lo aceptes. También te va a ir atrayendo hacia él, y poco a poco vas a ir dejando de perder el tiempo con tus absurdas creencias.

Penal

El árbitro sancionó la pena máxima. Los jugadores del equipo perjudicado lo rodearon y le imploraron que reconsiderara. Los integrantes del equipo beneficiado se abrazaron. Los hinchas protestaron o celebraron cautelosamente, según su afición. La transmisión televisiva analizó la jugada en busca de señales de injusticia.
Gradualmente, los jugadores fueron calmándose y tomaron posición. El árbitro colocó la pelota en el punto del penal. El ejecutante la tomó con las dos manos y la volvió a acomodar. El árbitro se acercó a los jugadores que aguardaban afuera del área, y les recordó que debían mantenerse en ese lugar. Luego fue hacia el ejecutante y le pidió que esperara a que él diera la orden para patear. Finalmente se acercó al arquero, le dijo que tenía reputación de adelantador y le advirtió que aplicaría estrictamente el reglamento, por lo tanto haría repetir la jugada en caso de que atajara la pelota habiéndose adelantado. El guardavallas asintió sumisamente.
El árbitro miró al juez de línea, quien le señaló que estaba listo. Miró cómo el arquero apoyaba ambos pies sobre la línea de gol. Hizo contacto visual con el ejecutante. Se colocó en la posición reglamentaria. Tomó su silbato y lo hizo sonar.
El arquero, pese a las advertencias, corrió hacia la pelota. El ejecutante hizo lo mismo, con menos velocidad. El árbitro dejó seguir. El guardametas iba a llegar a la pelota antes que el ejecutante. El árbitro volvió a llevarse el silbato a la boca. El arquero pasó por encima de la pelota, sin tocarla, y salió del área. En forma calma, el ejecutante fue hacia el punto del penal y tocó la pelota hacia el arco vacío. El árbitro convalidó el tanto.
El equipo que había recibido el gol protestó. Algunos dirigieron sus quejas al árbitro. Otros al golero. El juez dijo no hacer más que aplicar el reglamento. El portero volvió a su posición. El partido se reanudó. El arquero, luego de ese partido, nunca más jugó.

Sopa

El frío y cóncavo metal toma calor.
El sólido penetra en el líquido donde otros sólidos ya habían penetrado.
El humo escapa por donde puede.
El ser dominante espera con ansiedad.
El metabolismo busca algo que lo alimente.
La extremidad toca el metal, el metal toca el líquido.
El esfuerzo de muchas personas queda atrapado en el sólido metal.
Círculos concéntricos se escapan del lugar del hecho.
Todo ocurre rápidamente, ajeno a la percepción.
El eje Y toma protagonismo.
El metal y el aire vuelven a estar en contacto.
El metal lleva consigo parte del líquido y de los sólidos atrapados.
Todo se aproxima a otra cavidad.
Es una cavidad que no tiene fondo.
Lo que entra casi nunca vuelve a salir.
Millones de años llevaron a ella.
Su borde es rojo como cáscara de maní.
No necesitará los blancos filos que reciben a todo visitante.
El líquido y su soporte metálico entran en la cavidad.
El borde se cierra repentinamente.
La penumbra ha llegado.
Parte del metal está atrapado, el resto libre.
El metal se hace paso hacia fuera, con heroica decisión.
El líquido no puede hacer lo mismo.
Una superficie áspera entra en contacto con él.
Es el último momento de calma antes de la gran caída final.

Un país libre y democrático

Había una vez un país democrático y libre. Todos sus habitantes estaban orgullosos de la democracia y la libertad, que habían sido conseguidas por sus antepasados con grandes demostraciones de valentía y patriotismo. Eran conscientes de que su democracia y su libertad no estaban exentas de peligros, y sabían que debían defenderla.
Ese país limitaba con otro país, que tenía democracia y libertad, las cuales habían sido conquistadas en épocas pretéritas gracias a la hidalguía y el coraje de sus héroes históricos, y habían sobrevivido a los escollos de la Historia. No obstante, los habitantes de de ese otro país estaban al tanto de los riesgos a los que se exponía esta forma de vida, y estaban preparados para resguardarla.
El primer país sentía la amenaza de que el segundo país impregnara su cultura con sus ideales foráneos, y eso les hiciera perder su libertad o su democracia. Al mismo tiempo, el segundo país veía el peligro de que el primero impusiera sus formas políticas y ellos se vieran obligados a prescindir de su democracia o de su libertad. Ninguno de los dos países estaba dispuesto a dejar que el otro se metiera en sus asuntos.
[Nota: llamamos a los países “primero” o “segundo” de acuerdo al orden en el que se presentaron en este texto, el cual es alfabético, dado que “primero” viene antes que “segundo” en el diccionario. No obstante, queremos aclarar que no pensamos que ninguno de los dos países fuera superior en alguna u otra manera, ni que ninguno de ellos tuviera ciudadanos de segunda o una forma de gobierno menos válida.]
Ambos países estaban decididos a defender su democracia y su libertad de todas las maneras posibles. Urgido por su ciudadanía, uno de los países mandó agentes para que difundieran las ideas de democracia y libertad en el otro. Allí, donde estos agentes eran llamados subversivos, se decidió contrarrestar la medida reforzando el cuerpo propio de agentes libredemocráticos, que fueron bautizados en su país de destino con el nombre de insurrectos.
Los ciudadanos de los dos países no se tenían simpatía. Entendían que la manera de ser de cada uno de ellos implicaba una cierta soberbia respecto de los otros. Era como si los otros se sintieran superiores. La antipatía, cada tanto, ocasionaba conflictos diplomáticos que, a su vez, alimentaban el uso político de los sentimientos de los ciudadanos de los países. Los presidentes, ambos elegidos democráticamente en elecciones libres, poco a poco fueron eliminando sutilezas en la manera de referirse cada uno a su par. Llegó un tiempo en el que las relaciones entre los presidentes eran por demás hostiles, debido al miedo que cada uno tenía de que el otro le quitara no sólo su puesto, sino la libertad y la democracia que tan caras venderían cada uno de los dos países.
En cada país, los medios partidarios de la versión local de democracia y libertad instaban a enlistarse en el ejército para hacer frente a la atroz invasión que se veía venir. Los medios infiltrados por insurrectos o subversivos, según el caso, se dedicaban a descubrir agujeros en las respectivas democracias y libertades, de modo tal de preparar el terreno para la llegada inevitable de la verdadera democracia y la verdadera libertad, que eran, según su visión, las del otro país.
Finalmente uno de los dos países invadió al otro, con el propósito de liberarlos del yugo en el que se encontraban sometidos, y proporcionarles la libertad y la democracia. El otro país, para contrarrestar esta afrenta, rápidamente envió a su propio ejército, integrado por centinelas de la libertad y la democracia.
En la guerra, ambos países sufrieron una importante cantidad de muertos, que se convirtieron en mártires de la libertad y la democracia y merecieron grandes honores. Uno de los dos países, sin embargo, logró prevalecer en el conflicto y darlo por ganado.
Por suerte, ganó el país correcto. Triunfó la democracia. Triunfó la libertad.

Viene la pelota

Me movía para poder recuperar la pelota para mi equipo. Elegía a un contrario y trataba de disminuir las posibilidades de que le pasaran la pelota, y en caso de que intentaran hacerlo mi idea era interponerme en el trayecto del balón para así poder hacerme de él.
No sé si dio resultado, porque pasaron la pelota para otro sector, pero un compañero logró cortar el pase y arrancó el contraataque. Yo, entonces, me moví para buscar un hueco en el que pudiera serle útil al equipo. Podía arrastrar alguna marca para que entrara alguien con claridad, o podía mostrarme desmarcado para recibir la pelota y avanzar en el terreno contrario. Elegí esta última opción.
Levanté los brazos para que mi compañero me viera, y me vio. Como estaba desmarcado, me pasó la pelota. Al recibirla la paré, y en ese momento entré en pánico. Venían a marcarme dos contrarios. Debía pensar con rapidez y claridad para no perder la pelota. En lo posible debía dársela a un compañero que estuviera ubicado más adelante. Pero no tenía tiempo para mirar dónde estaban mis compañeros. Como era un partido informal, no me ayudaba el color de las camisetas porque eran todas distintas.
Mientras trataba de ver qué podía hacer con la pelota (otra opción era salir gambeteando) los contrarios se seguían acercando a mi posición. Uno de ellos estaba a punto de llegar a mi vecindad. Era imperativo que tomara una decisión. Entonces decidí devolvérsela al que me la había dado, quien no esperaba el pase tan pronto y tiró un pelotazo que se fue al lateral.
En la jugada siguiente me volví a mover para que me pasaran la pelota, pero eligieron se la dieron a otro.