Doce hipótesis sobre el Universo

1. El Universo existe dentro de una burbuja en la espuma del mar. Las otras burbujas no contienen universo alguno, y sólo alguien con gran manejo de la sutileza puede distinguir la burbuja universal de las otras.
2. El Universo nos engaña haciéndose parecer más complejo que lo que realmente es. No porque quiera hacerse el difícil sino para divertirse. Esto implica una conciencia universal, y también un sentido del humor poco desarrollado. Por lo tanto, debe tratarse de un Universo joven.
3. Existe un universo en cada uña de cada dedo de cada animal. Aquellos que tienen más de una uña por dedo contienen más universos que los demás. Cuando un animal muere, las uñas que crecen son en realidad los universos que quieren liberarse.
4. Las moscas, que andan por todos lados sin preocuparse por la higiene, cada tanto recogen por ahí algún universo perdido y lo diseminan por otra parte.
5. El Universo se siente grande y solo. Deambula por el Cosmos buscando una Universa para unirse a ella. Cuando la encuentre, todas las injusticias se corregirán.
6. Cuando cada persona, y cada animal, toma una decisión, se genera un nuevo universo por cada alternativa posible. Estos universos difieren sólo en esa decisión y sus consecuencias. La proliferación descontrolada de universos provoca en el Cosmos una crisis habitacional.
7. El Universo en realidad no existe, y la existencia en sí misma es sólo parte de la imaginación de un ser que nunca existió.
8. Si un universo colapsa sobre sí mismo, y no hay nadie que lo presencie, no hace ruido, porque el sonido no se propaga fuera de un universo.
9. Si se quisiera comprar el Universo no alcanzaría con todo el dinero existente, porque el valor de ese dinero es sólo una parte del valor total del Universo.
10. El Universo es esférico, pero sólo si se lo mira desde afuera.
11. Existen grandes rivalidades entre universos cercanos, lo cual lleva a confrontaciones en las que el tamaño es crucial. Es por eso que casi todos los universos tienden a expandirse.
12. Existe una infinidad de universos, todos desconectados entre sí y exactamente iguales.

Llovió y no paró

Por algún extraño cambio en el ciclo del agua, un día se largó a llover y no paró más. Al principio nadie se dio cuenta de que se había producido un cambio permanente, pero a medida que transcurrieron los días la lluvia fue el tema de conversación obligado: cómo podía ser que no parara, cuándo iba a salir el sol, a quién le gustaba ver caer el agua, a quién lo había agarrado en la calle en un momento inoportuno.
Empezaron a pasar las semanas. Quienes estaban convencidos de que el calentamiento global iba a causar graves alteraciones meteorológicas se vieron vindicados. Algunos grupos científicos se lanzaron a investigar por qué se daba ese fenómeno meteorológico. Encontraron que el ciclo del agua se seguía cumpliendo. El agua se evaporaba, precipitaba y se volvía a evaporar. Pero, por alguna razón, la lluvia no alcanzaba a agotar el agua evaporada disponible antes que se evaporara más. En un planeta como la Tierra, con 70% de la superficie cubierta por agua, era muy lógico que esto ocurriera. El sistema era estable. Los científicos comenzaron entonces a trabajar en el misterio de por qué antes el ciclo no funcionaba del mismo modo.
A medida que pasaron los meses, la gente se acostumbró a usar paraguas todo el tiempo. El trabajo de los meteorólogos se había vuelto muy fácil, y por lo tanto muy poco valioso. Nadie los necesitaba para saber que iba a seguir lloviendo. Por eso algunos predecían que iba a parar. Pensaban que era posible, y tenían la idea de que el que acertara el momento sería recompensado por la sociedad. Algo similar ocurrió con la industria del juego. Muchos comenzaron a apostar por una fecha en particular para que dejara de llover. Nadie ganó dinero con esas apuestas, excepto las casas que las aceptaban.
A veces la lluvia se reducía a una simple garúa. Parecía que iba a parar en cualquier momento. A veces llovía y al mismo tiempo había sol, por alguna combinación entre los huecos de las nubes y el ángulo solar. Pero nunca terminaba de parar, siempre la intensidad de la lluvia volvía a incrementarse.
Los sistemas de prevención de inundaciones de las distintas ciudades del mundo empezaron a mostrar sus falencias. Casi todos tuvieron que ser reforzados, en lo que se volvió prioridad para todos los gobiernos. No faltaron ideas ambiciosas para lograr que dejara de llover. Algunos propusieron techar las ciudades, de modo que se pudiera caminar sin mojarse. La ya poderosa industria de los paraguas se opuso a esa medida. Hubo también algunas ideas de colocar parasoles en órbita, de modo que llegara menos luz solar a la superficie de la Tierra, y así el proceso de evaporación del agua se viera demorado. Pero los costos eran demasiado altos como para que se pudiera llegar más allá de las pruebas piloto de ese proyecto.
A medida que pasaron los años, empezaron a surgir rumores sobre remotos lugares en los que no llovía. La gente adinerada viajaba para encontrar un mundo que pertenecía al pasado. En algunos casos se decepcionaban porque se trataba de mitos. Otros volvían con historias de haber permanecido secos y al aire libre sin usar paraguas. Lo describían como una experiencia exótica, porque ya todos estaban acostumbrados a la vida con lluvia.
Con el paso de las generaciones, se fueron dando algunos cambios en la vida terrestre. Las plantas extendieron su superficie verde, para poder captar mejor la escasa luz solar que llegaba a ellas. Los animales herbívoros, gracias a eso, tuvieron más nutrición y se reprodujeron con más frecuencia. De ese modo, los carnívoros pudieron alimentarse más seguido y también se reprodujeron más.
No ocurrió lo mismo con el hombre. La eficiencia de los campos, a pesar de las abundantes lluvias, se redujo por la menor cantidad de luz. Algunos intentaron cubrir la diferencia con luz artificial, pero el costo repercutió de todos modos en su eficiencia.
La alimentación humana, entonces, se vio en problemas. Los precios de la comida subieron considerablemente. Mucha gente elegía cultivar sus propios alimentos. Otros, sobre todo los que no tenían jardín en sus casas, adquirieron la costumbre de salir a cazar, aprovechando la abundancia de animales.
De todos modos, la solución que encontró la mayor parte de la población mundial fue reducir su número. Más personas optaron por utilizar anticonceptivos. Aparecieron campañas mundiales para que la gente tuviera menos hijos. De este modo, luego de algunos años hubo menos personas para alimentar, y después de un par de generaciones más la situación se pudo estabilizar.
Poco a poco, la humanidad olvidó la época en la que paraba de llover y dejó de añorarla. Pero a algunos la idea les resultaba atractiva, y soñaban con que algún día la lluvia se detuviera por completo para poder vivir en un mundo más agradable. Otros, en cambio, creían que el concepto era absurdo. Citaban los estudios científicos que establecían con claridad que el ciclo del agua no podía haber sido nunca distinto. Se dedicaron a promover la aceptación del mundo como era, sin dar crédito a los mitos que decían que en una época remota había existido el clima seco.
La lluvia nunca paró. Llegó un momento en el que no quedaba nadie que hubiera conocido la época en la que a veces no llovía. Al ser permanente, se fue perdiendo la palabra “lluvia” de los idiomas. En algunos de ellos fue reemplazada por una palabra nueva que determinaba los momentos en los que, según ciertas personas, muchos siglos atrás no llovía.

Ningún pibe nace chorro

Ningún pibe nace chorro. Sin embargo, todos los chorros nacen pibes. Puede verse entonces cómo ambos grupos cruzan sus destinos en algún momento. No se puede decir que un pibe cualquiera sea chorro, pero sí se puede establecer fehacientemente que todo chorro es o fue pibe.
Algunos chorros precoces son pibes todavía, algunos pibes no chorros están destinados a convertirse en adultos chorros. Sin embargo, ningún pibe nace adulto. Sería problemático además de contradictorio.
Es posible afirmar que ningún adulto nace chorro, y también que ningún chorro nace adulto. Está fuera de toda duda. Sin embargo, la mayoría de los chorros son adultos, otros lo serán.
Si un adulto chorro procrea, su hijo nacerá pibe pero no chorro ni adulto. Podrá, no obstante, convertirse en cualquiera de los dos. La sociedad facilita esta clase de metamorfosis.

Mi viaje en colchoneta

Me gusta acostarme en la colchoneta en lugar de nadar. Me permite estar en el agua y respirar su frescura sin necesidad de mojarme. Siempre uso una cuando voy a la pileta. Pero ese verano la llevé a la playa.
No se me ocurrió que podía ser peligroso hasta que fue demasiado tarde. Casi sin darme cuenta las olas me internaron en el océano hasta que no estuve al alcance de los bañeros. De repente me vi en la inmensidad del mar, sin estar preparado para enfrentarla. Por suerte me había puesto abundante protector solar.
Me alejé de la costa ondulando sobre la superficie. Debo decir que me mojaba bastante, pero igual mi improvisada embarcación se mantenía razonablemente firme. No se desinflaba ni parecía perjudicarse por la acción de la sal.
No tenía más remedio que esperar a que la marea, o cualquier fuerza, me devolviera a tierra. Mientras tanto tenía que comer. No debía ser un gran problema: bajo mis pies tenía miles y miles de peces. Claro que no contaba con ningún elemento que me permitiera capturarlos. Debí conformarme con unos pocos que accidentalmente saltaban hacia mí. No tenía forma de cocinarlos más que dejarlos al sol, algo que después de un rato resultaba perjudicial para la carne y daba mal olor. Así que debía comerlos como venían. No era muy agradable pero a buen hambre no hay pez crudo.
Durante un tiempo que no supe medir, pero fue bastante largo, sólo vi el color azul a mi alrededor. Había destellos de blanco en las nubes y en la espuma del agua. También estaba el amarillo del sol. Y por las noches el cielo era negro, excepto por la extraordinaria cantidad de estrellas que podía ver por esa zona.
Un día divisé unos puntos a lo lejos. Pensé que podía ser un atisbo de tierra, un archipiélago o algo así, aunque no se podía distinguir muy bien. Por suerte el viento me empujaba hacia el mismo lado. Enfoqué mis ojos de distintas maneras hasta que por fin pude darme cuenta de qué estaba viendo: cabezas de jirafas. Me acercaba a África.
Respiré aliviado pensando que sería rescatado en poco tiempo. No sabía el destino que me aguardaba. Pero de un momento a otro cambié de dirección y volví a las vistas monótonas de antes.
No sabía qué estaba pasando. Después me enteré. Se ve que me agarró una corriente que venía del sur. Luego de un viaje muy cansador, en el que varias veces estuve cerca de agotar todos los vestigios de lluvia que se acumulaban en los recovecos del plástico y me permitían sobrevivir, divisé tierra. Pensé en el alivio que debían haber sentido figuras históricas como Colón al saber que se acercaba el final del periplo. Pero ellos, por lo menos, lo habían emprendido intencionalmente, así que mi sensación era aún mejor. No iba a durar mucho.
Cuando llegué a la costa, fui capturado por la policía y encerrado en un calabozo. Quería saber qué había hecho mal. Tal vez estaba prohibido llevar objetos inflables a la playa. Cuando me hablaron me sorprendí al oír palabras en español. Me acusaban de desertor, traidor a la patria y varias cosas más. Por el acento deduje que estaba en Cuba y que habían pensado que mi intención era escaparme en balsa. Cuando intenté explicarles lo sucedido, fue peor. No sólo no me creyeron, sino que se convencieron de que era un agente subversivo, enviado por algún país poderoso para derrocar al régimen, o algo. Y me devolvieron al calabozo.
Una hora después me condenaron al fusilamiento. Ocho hombres con rifles se pararon en fila a pocos metros de mí y dispararon al mismo tiempo. A pesar de mis nervios me mantuve bastante quieto. Me sorprendí al darme cuenta de que, segundos después de los disparos, me mantenía vivo. Al parecer, ninguna bala me había impactado. Noté que estaba ante un hecho tan inusual que valía la pena calcular la probabilidad de que sucediera algo así. Pero era mejor concentrarme en pedir clemencia, argumentando el fracaso del primer intento.
Los guardias tuvieron piedad y me dejaron ir clandestinamente. Me devolvieron el vehículo y me depositaron una vez más en el Caribe. Partí sin rumbo, con la misma modalidad que antes, hasta que divisé tierra otra vez.
Cuando estuve cerca, no pude creer mi puntería. El continente se partía en dos justo en el lugar hacia donde mi trayectoria me llevaba. Era el canal de Panamá, que me daba la pauta de que pronto me encontraría en el Pacífico.
Pero no fue así. Antes de terminar de cruzar, un agente interrumpió mi camino y quiso cobrarme la tasa correspondiente. Como no podía pagar los 1.300 dólares, otra vez fui detenido.
Expliqué mi situación en vano, pero por suerte sólo fui condenado a trabajos comunitarios hasta que mi deuda estuviera saldada.

Vamos a desear bien

Demasiada gente se llena la boca hablando de que la inmortalidad no es ninguna ventaja. Que es un deseo de la gente simple, que no entiende nada de la vida. Tal vez lo sea, y eso no significa que no sea respetable.
¿Qué argumento pueden tener en contra de vivir para siempre? Los inteligentes siempre encuentran maneras de sostener sus posturas. La que encontraron en este caso es hablar de la desdicha del inmortal, del hombre abatido que ve morir a todos sus amigos, irse a su tiempo, y queda solo, derrotado, con el íntimo deseo de morir igual que los demás.
Es cierto que nadie quiere ser así. Pero no se desprende de ese argumento que esté mal desear la inmortalidad. Si vamos a desear algo imposible, por lo menos podemos desear bien. Yo quiero ser inmortal, de modo no metafórico, y que todos mis seres queridos también lo sean, si les interesa.
No deseo la inmortalidad para todos. Sería problemático, lo entiendo. Me basta con la mía y la de un pequeño círculo de gente que me gusta más viva que muerta, igual que yo. No sé si pretendo algo exclusivo, tal vez todos puedan tener derecho a algo así, pero posiblemente unos cuantos elijan morir.
¿Por qué eligen morir algunos? Porque les prometen la vida eterna para el instante posterior. No es que quieren morirse. El problema es que es muy difícil de creer la idea de una vida eterna, al menos con la evidencia que hay en este momento. Y está bien, después de morirse uno no se muere más, pero eso no significa que esté vivo sino lo contrario.
Me gustaría, si no la inmortalidad, al menos vivir lo suficiente como para saber que cuando me muero voy a algún lugar mejor. En ese caso no me molestaría tanto la muerte. Pero vamos a convenir que así cualquiera. Es valiente el que se enfrenta a la muerte sabiendo que es el fin definitivo de su existencia.
Claro que no sé si quiero ser valiente, me interesa más no morirme.

Príncipe Azul

La princesa Antonina estaba en edad de casarse. Resultaba útil para el reino casar a las princesas con príncipes de otras comarcas para favorecer las relaciones entre las distintas familias reales, y por lo tanto entre sus países. Un emisario del reino recorrió los alrededores en busca de un candidato apropiado y volvió con una selección de potenciales esposos.
El rey revisó los antecedentes de cada príncipe soltero y eligió un candidato, el príncipe Sorlón, proveniente de un reino vecino famoso por sus pantanos. De inmediato, el emisario regresó para concertar la unión. Mientras tanto, el rey fue a contarle a su hija la buena nueva.
La princesa Antonina, al enterarse de que pronto tendría esposo, iluminó su mirada antes de borronearla con lágrimas. Cuando quiso conocer más sobre su prometido, el rey le mostró el retrato que le había traído el emisario. La princesa lo observó con atención. Mostraba a un apuesto y gallardo joven vestido de verde. La princesa Antonina procedió a enamorarse.
Contó con la ayuda de sus damas de compañía, que le hablaron maravillas de la vida de casada. Le contaron cómo el matrimonio iba a hacerle cumplir su misión en la vida como mujer, que era tener hijos para su esposo. La princesa Antonina siempre había aspirado a eso, y se alegró de que por fin hubiera llegado el momento. Además, tenía la posibilidad de ser la protagonista de una gran boda, como era su sueño desde chica. De inmediato, llamó a su modista para que le diera opciones de vestido.
En los meses siguientes se realizaron los preparativos para la boda. La princesa Antonina y el príncipe Sorlón, cada uno en su país, se iban enterando de los detalles a medida que avanzaba la organización. Se decidió que la boda fuera en el país de la princesa, y luego la pareja viajaría para establecerse en el castillo que Sorlón estaba construyendo en lo que algún día iba a ser su territorio.
Cuando llegó el día, la princesa estaba ansiosa. Quería conocer de una vez a su prometido, pero los protocolos se lo impedían. Sólo podía entrar en contacto con él en la ceremonia de bodas. No obstante, convocó a algunas de sus damas de compañía para que la ayudaran a espiar su llegada desde lo alto de una torre del castillo anexo donde los invitados reales se alojaban.
Con cierta dificultad, logró divisarlo. Estaba vestido igual que en el retrato. La princesa Antonina lanzó un suspiro de alegría. Sabía que el día siguiente sería el más feliz de su vida. En ese momento, su padre la encontró y la mandó de regreso a sus aposentos. Le advirtió que ver al prometido antes de la boda era un mal augurio.
La ceremonia comenzó con gran pompa. El arzobispo del lugar ofició una misa en honor de la pareja. El rey pronunció un discurso muy emotivo. Un coro cantó himnos religiosos. El pueblo ofrendó a los novios una enorme corona adornada con zafiros, rubíes, topacios y diamantes.
Algunas horas después los novios subieron al púlpito. Allí intercambiaron miradas por primera vez. El príncipe le dio la mano. La princesa miró a su padre y, una vez que obtuvo un gesto de aprobación, le extendió la suya. El arzobispo los declaró marido y mujer. Una vez terminado el trámite les dio permiso para que se besaran.
El príncipe Sorlón levantó el velo de Antonina, ya su esposa, y la besó. Ella, que venía esperando ese mágico momento desde hacía varios meses, lo besó también. Apenas alcanzaron a besarse durante unos segundos cuando sonó un súbito “swuosssh”. La princesa abrió los ojos y no encontró al príncipe. Los asistentes se miraron. El arzobispo inició una plegaria.
El público asistió atónito a la escena. La confusión de los protagonistas de la boda se complementaba con un creciente murmullo entre los asistentes. El rey se agarraba la cabeza. La princesa se culpaba por la indiscreción del día anterior. La guardia real cerró los accesos al castillo hasta que se aclarara lo acontecido.
Sobre el púlpito, donde antes había estado el príncipe Sorlón, se hallaba ahora un sapo.

El fuego no se apaga

De pronto, se produjo un momento de oscuridad que llevó a todos al silencio. Desde la cocina entró un allegado con la torta. Detrás de él, estaba el encargado de cortarla, con el cuchillo y la espátula preparados.
Los invitados, al darse cuenta de la situación, entonaron espontáneamente la canción del feliz cumpleaños. Algunos, incluso, la cantaron con ganas. Se produjo una duda general cuando llegó el momento de incluir en el tema el nombre del homenajeado, porque los presentes no habían tomado la precaución de ponerse de acuerdo sobre cómo comprimirlo en las tres sílabas disponibles. Entonces algunos usaron un apodo, otros otro apodo, y hubo quienes intentaron decir rápido el nombre para poder pronunciarlo completo.
Al terminar la canción, el homenajeado se dispuso a soplar las velitas. Los familiares y amigos estaban expectantes, dispuestos a aplaudir la consumación del ritual. Un par de allegados le recordaron que antes de soplar pensara tres deseos.
Llegó por fin el momento. El homenajeado tomó aire y luego dirigió su exhalación al lugar donde estaban las velitas. El viento así generado apagó las pequeñas llamas. Los invitados rompieron en aplausos.
Pero en ese momento se produjo un hecho inesperado. Sin que nadie interviniera, las velitas se volvieron a encender. Parecía que el apagado no había sido del todo convincente. El aplauso se interrumpió. Se produjo un rápido debate sobre si el homenajeado debía pedir otros tres deseos, y se llegó a la conclusión de que debía repetir los mismos.
El cumpleañero volvió a soplar. Las velas se apagaron y otra vez se encendieron. Era tal vez un símbolo de la resistencia ante el paso del tiempo. El fuego que se volvía a encender era la llama de la vida que se resiste a extinguirse.
Pero los invitados comenzaron a perder la paciencia. Algunos querían probar la torta. Otros se dispersaron ante el fracaso de la operación. Entonces se produjo un último soplido. Con la ayuda de varios invitados, el cumpleañero sopló con más fuerza. Pero las velas volvieron a encenderse.
Fue entonces cuando la persona encargada de cortar la torta perdió la paciencia, se mojó la yema de dos dedos y presionó sobre cada pabilo hasta extinguir toda posibilidad de que la llama volviera a hacerse presente.
Luego de la drástica intervención, se encendieron las luces y la fiesta continuó.

Lleno de naturaleza

Me recomendaron unas galletitas integrales, que al parecer eran bastante sanas. Venían con semillas de lino, sésamo y girasol, las cuales, aparentemente, hacen bien a la digestión o algo. Entonces compré un paquete. Y debo decir que me sorprendió. Eran muy ricas. Tanto es así que sin darme cuenta me comí todo el paquete.
Al rato tuve una sed inusualmente grande. Tomaba agua pero nunca parecía suficiente. Debo haber tomado dos o tres litros antes de que se me calmara. Anticipé frecuentes visitas al baño esa noche, pero no fue así. Dormí como un tronco.
A la mañana siguiente me desperté brotado. Pequeños tallos verdes crecían en mis poros, que con el correr de las horas se hicieron más grandes y fuertes. Me costó vestirme, parecía que tenía un pulóver debajo de la ropa. A la tarde varios tallos la agujerearon. Algunos tenían en la punta girasoles, que buscaban en vano el Sol sin saber que estaban bajo techo.
Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Decidí no volver a comer esas galletitas. Pero el problema principal era cómo eliminar las plantas que crecían en mí. Quise ver a un nutricionista, pero me dio turno para dos semanas después, y no estaba dispuesto a aguantar.
Mínimamente me parecía que debía afeitarme. Fui a la farmacia a comprar repuestos de Gillette, y de paso pregunté si tenían alguna solución para lo que me estaba pasando. Como era una farmacia naturista, lo único que me dieron fue yuyos, y a esa altura no estaba dispuesto a confiar en el reino vegetal.
Cuando estaba por volver a casa se me ocurrió que podía pasar por un vivero, a ver si sabían algo. Ellos tampoco habían visto nunca nada así, y aunque me pidieron una foto para preguntar a sus proveedores, no me sabían dar una solución.
Sin embargo, vi algo en el vivero que me pareció que podía funcionar. Cuando volví a casa fui al jardín y tiré varios terrones de azúcar, de manera tal que formaran una fila. Al final de la hilera, me acosté con la boca abierta y un terrón en la lengua, que quedó casi apoyada sobre el suelo.
De este modo, como era de esperarse, en pocos minutos la boca se me llenó de hormigas, y no tuve más que tragarlas para que lidiaran con mi inconveniente. Decidí que el operativo iba a ser más agradable si me dormía, y así lo hice.
A la mañana, los brotes estaban marchitos. Supe que las hormigas habían hecho su trabajo. El problema era que ahora tenía un enorme antojo de comer lechuga. Ahí me dí cuenta de que podía cometer otro error, y decidí cortar por lo sano.
En lugar de lechuga, tomé dos o tres litros de agua, como para ahogar bien a las hormigas. Tal vez fue una actitud algo ingrata, pero estoy seguro de que cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo.

El Domingol del negocio

Una nueva fuente de ingresos para los clubes puede ser televisar las reuniones en las que se negocian los pases.

Los clubes son instituciones pertenecientes a sus socios, que en muchos casos están desperdigados por el mundo. Todos tienen derecho a saber cómo marchan los intereses de su club, qué pasa, qué no pasa, qué factores se tienen en cuenta para la contratación de jugadores. Hasta ahora, todo ocurre por abajo de la mesa. Las negociaciones son objeto de misterio y, por lo tanto, de sospecha.

Muchas de las reuniones donde se desarrollan los negocios tienen claro interés público. Todos los canales de televisión apostan móviles en las puertas de las salas, mientras un equipo periodístico intenta brindar a la audiencia los pormenores de la reunión por caminos indirectos, aún cuando la reunión está en curso y no se resolvió nada. Los móviles informan quién va ganando y calculan la hora a la que terminará. También especulan acerca de las diferentes posibilidades de desenlace para todos los protagonistas.

Al finalizar las reuniones, se busca el testimonio de quienes participaron en ellas. A veces se lo consigue, a veces no. Pero, de todos modos, muchas veces lo conversado termina trascendiendo, y es inevitablemente desvirtuado por las diferentes repeticiones sin fuente clara.

Es cada vez más notorio, estamos ante la presencia del Domingol de las negociaciones.

Por eso, tal vez lo mejor sea directamente terminar con la vía indirecta y televisar en su totalidad las reuniones de negociaciones de pases. Armar una especie de ESPN-Span (?). Las transmisiones pueden tener comentaristas que vayan interpretando las distintas posturas de los que se sientan a negociar, y zócalos que vayan tirando datos como «la última vez que se ofreció esta cantidad de plata fue por X jugador» o «siempre que el presidente usó esa corbata el pase se terminó haciendo».

Seguramente, la presencia de las cámaras tendrá influencia sobre la conducta de los que negocian. Habrá cosas que no querrán que salgan a la luz. Pero tal vez todo sea mejor si las negociacione se liberan de esos puntos oscuros. Todo arriba de la mesa, cuentas claras preservan la amistad, chancho limpio nunca engorda (?)

Pero, y esto es lo más importante, el hecho de que se televisen las negociaciones implica un ingreso para el club. Tal vez ese ingreso televisivo sea la diferencia entre que un pase se pueda hacer o no. Televisar las reuniones puede, entonces, mejorar el fútbol sobre la cancha, sin terminar en lo abstracto. Se entrará en un círculo virtuoso en el que la información abierta generará beneficios para todos.

Con el tiempo, se puede expandir la televisación a las reuniones de comisión directiva de los clubes, o de Comité Ejecutivo de la AFA. Incluso las de la FIFA o el International Board. Podremos enterarnos de qué se habla en todas esas instancias, cuáles son las técnicas de negociación de algunos virtuosos de la diplomacia. Y podremos deleitarnos, como los antiguos griegos y los que asisten a sesiones del Senado, con el exquisito arte de la oratoria.

Próxima entrega de Ideas que Jamás se Implementarán: fútbol a caballo.

El contenido de la piñata

Era un cumpleaños de 12, etapa de transición entre la niñez y la adolescencia. Algunas costumbres empezaban a ser abandonadas, otras aparecían casi de la nada, pero interesaban a casi todos.
La madre del homenajeado no sabía calibrar bien qué era deseable y qué no. A pesar de su buena intención, algunas iniciativas tenían el destino de fracasar. Estaba claro que no hacía falta animación, pero no necesariamente las golosinas iban a dejarse de lado. Por eso la madre decidió comprar una piñata.
Pero, ¿qué poner adentro? Ya no daba para poner chupetines, o caramelos Sugus. Eran demasiado infantiles. Optó por golosinas más aceptables para los adultos, como caramelos ácidos, pastillas de menta y bombones. Pensó que era una variedad interesante, aunque sabía que la prueba de fuego estaba en la aceptación de la piñata misma, dado que nadie sabría el contenido hasta romperla.
No la infló. Quería ver si era apropiado presentarla. La llevó al salón con las golosinas adentro, para inflarla si resultaba que los preadolescentes estaban más cerca de su edad anterior que del futuro.
Cuando arrancó la fiesta, resultó que todos estaban inquietos. La madre del homenajeado lamentó el contenido de cafeína de las gaseosas que pensaba servir, porque los iba a excitar más. Había pocas alternativas. No tenían edad para alcohol, y aparte su efecto hubiera sido peor. Optó por servir Coca-Cola Light, que por lo menos no tenía azúcar.
La fiesta se desarrollaba en un clima de descontrol. Era difícil mantener a los invitados fuera de las áreas no públicas, y al mismo tiempo dentro del ámbito de la fiesta. Se colaban en la cocina, robaban sanguchitos de la heladera, descolgaban todo lo que estuviera en la pared, jugaban a la pelota y cada tanto se pegaban. La madre optó por ocuparse sólo de los incidentes más graves.
Entre los que pasó por alto estuvo el descubrimiento de la piñata por parte de uno de los invitados. Pero no investigó el contenido. Le divirtió más ponerse a inflar la piñata. Contó con la ayuda de varios amigos, que se turnaban para suministrar aire.
No sabían cuándo el trabajo iba a estar completo. Entre miradas cómplices, acordaron tácitamente continuar hasta el límite. Pensaban que el globo iba a hacer un gran estruendo al reventar.
Sin embargo, no se imaginaban lo que terminó ocurriendo. Cuando la goma no resistió la última bocanada de aire, la fuerza de la explosión hizo que se lanzaran las golosinas por toda la sala. Todas volaron por el aire, con la suerte de que todas las pastillas de menta fueron a parar a las botellas de Coca-Cola Light que estaban distribuidas en las mesas.
En el acto se produjo un efecto géiser. La gaseosa se transformó en espuma y las botellas empezaron una erupción. Durante preciosos minutos, los adolescentes observaron atónitos el espectáculo de la espuma de Coca-Cola Light que manchaba techos y paredes al dar en ellos con gran velocidad.
Y mientras la espuma los manchaba a todos, al mismo tiempo la experiencia se transformaba en un recuerdo que les duraría toda la vida. Por eso, mientras lo absorbían, fue el único momento en el que se mantuvieron quietos.