Teatro infantil

Cuando Anselmo era chico, sus padres lo llevaban a ver obras de teatro infantiles. Él iba contento, porque le gustaba el teatro. Los padres iban menos contento, porque las obras infantiles no eran muy atractivas para ellos. Pero creían que la educación de su hijo era importante, y no vacilaban en estimular su cultura.
Para los padres muchas veces era difícil aguantar las obras infantiles. Eran obras que estaban diseñadas para que fueran seguidas por un público de corta edad. Los autores, directores y actores sabían que debían hacer obras simples, porque si no los niños no las podrían entender. El problema era que confundían simpleza con estupidez. Y las obras resultaban estúpidas. Pero a los niños les gustaban igual, porque había muchas canciones, colores, papel picado y animales antropomórficos.
Anselmo creció con esas obras. Se formó culturalmente con ellas. Cuando pasó el tiempo, su gusto fue cambiando. Dejó de ver obras infantiles en las que era tratado como estúpido. Se dedicó a ver obras en serio, donde concurrían adultos y que estaban diseñadas para adultos estúpidos.

El disfraz externo

La mejor manera de disfrazarse es hacer que el disfraz sea aportado por los demás. Para que crean la veracidad del disfraz, es necesaria una suspensión del descreimiento de distintos grados. En general, un disfraz por sí solo no la logra. Las personas hábiles logran que los otros tengan ganas de creerse el disfraz y así lo hagan.
Una vez logrado que los demás quieran creer, el disfraz pasa a ser innecesario. Uno se lo puede sacar, y los demás lo van a seguir viendo como lo veían. Si se lo maneja bien, sólo hará falta un disfraz parcial, temporal, que puede ser cada vez menor. Luego sólo bastará con hacer algún gesto cada tanto para recordar el disfraz y otorgar elementos para que la parte de los demás que quiere verlo haga el resto.
Así, las personas pueden transformarse en otras en los ojos de los demás, los productos pueden tener mejor calidad o proyectar cualidades ajenas a su naturaleza y los regímenes autoritarios pueden aparentar democracia.
Sólo hace falta la complicidad de los que miran lo que existe y ven el disfraz. Una vez visto, harán en su mente todas las operaciones necesarias, defenderán lo que ven como realidad ante los que ven otra cosa y procederán a ignorar todo lo que se contradiga con el disfraz.
Es así de fácil. Este método tiene una sola contra: el disfraz puede ser puesto por uno mismo, o puede ser aplicado sobre uno por otros que, con la idea de perjudicarlo o no, le proyecten un disfraz externo y cambien así la percepción existente sobre uno.

Hardware compatible

Bruno era amante de los videojuegos. Le gustaba tener la última tecnología. Se compraba todas las consolas y periféricos, aunque sus investigaciones no le permitían jugar todo lo que quería. Por eso cuando terminó de pulir los detalles de funcionamiento de su máquina del tiempo no dudó en ir al futuro.
Eligió avanzar veinte años. Le parecía una cifra redonda y conveniente. Su primer instinto fue visitar un negocio de hardware para ver las novedades en juegos. Se encontró con una gama enorme de opciones, y resultó algo sorprendido por las elecciones estéticas de los diseñadores del futuro. Creyó descubrir alguna influencia lejana de los diseños de su tiempo.
En el negocio pudo probar la consola y se maravilló. Los gráficos eran más realistas que la realidad. Los movimientos naturales y la inventiva de los juegos lo cautivó. Decidió comprarse una consola. Como no tenía el dinero suficiente a mano, le ofrecieron pagar con su huella digital, y lo hizo sin problemas. No sabía que la cuenta le iba a llegar a su equivalente de ese momento. Pero, por suerte, con el correr del tiempo se dio cuenta de lo que había sucedido y preparó el dinero para el cargo que le iba a llegar.
Bruno volvió rápidamente a su tiempo, dispuesto a estrenar su chiche nuevo. Cuando llegó intentó enchufar la consola, pero el enchufe era distinto de los que había en su casa. También le fue difícil conectarlo al televisor. Pero una persona con la inventiva de Bruno no se iba a dejar amedrentar por esos inconvenientes. Logró entender cómo funcionaban ambos conectores y los adaptó a su instalación.
Cuando logró hacer funcionar todo, se dio cuenta de que no había tomado la precaución de comprar juegos para la consola. Habitualmente los bajaba sin pagar, pero no era posible para los juegos que aún no existían. Tampoco era muy conveniente volver a comprar los juegos en el futuro, porque no quería arriesgar inútilmente la continuidad espaciotemporal.
Así que debió conformarse con jugar a los mismos juegos que ya tenía. Por suerte, la consola tenía compatibilidad retroactiva.

Qué hacer con la yema

Para hacer merengue, hay que batir claras de huevo. Pero, ¿qué hacer con la yema cruda que inevitablemente sobra al separar la clara? Primero, acumule un kilo de yema cruda. Luego póngala en la heladera durante 25 minutos. Es muy importante no pasarse de ese tiempo, le sugerimos controlarlo por reloj (si llega a olvidarse, agregue dos cucharadas soperas de azúcar por cada cinco minutos de frío extra).
Ahora viene la parte más desagradable. Debe darle de comer la yema cruda a un caballo blanco. Debe también darle de beber Coca-Cola. Debe ser sí o sí un caballo blanco porque sólo los intestinos de esa especie generan la combinación adecuada de ambas sustancias. Y conviene usar Coca-Cola porque los caballos blancos suelen manifestar rechazo por la Pepsi.
Espere 24 horas y recoja la bosta del caballo blanco. Procésela de la siguiente manera: mezcle dos partes de bosta con una parte de claras de huevo a punto de nieve que le hayan sobrado del merengue (deben estar sin batir). Guarde la mezcla en la heladera durante 72 horas en un frasco herméticamente cerrado.
Pasado ese tiempo, deje reposar el frasco abierto al aire libre, cuidando que no chorree nada. Cuando la mezcla esté blanda, úntela sobre las paredes interiores de su casa. Una vez que se seca (puede pintar sobre ella si lo desea) notará que ningún mosquito se atreve a entrar.

¡A comer dinosaurios!

Cuando un explorador se cayó en un pozo de la Antártida, no pudo creer lo que vio. Un dinosaurio de carne y hueso lo miraba a través del hielo. No estaba vivo, eso sí, pero al parecer se había mantenido congelado durante decenas de millones de años. No sólo eso, detrás de él había una cantidad enorme de dinosaurios iguales.
El explorador, al ser rescatado, contó la experiencia a sus compañeros. De inmediato anotaron las coordenadas del lugar y regresaron bien equipados para hacer el descubrimiento más importante de sus carreras.
Y así fue. Decenas y decenas de Australovenator, uno atrás de otro, se acumulaban en el hielo. El equipo científico extrajo dos o tres, porque no necesitaban más ni tenían recursos para llevarlos a todos. De cualquier manera, con lo que sacaron era suficiente para revolucionar el estudio de los dinosaurios.
Cuando llegaron a Inglaterra, su país de origen, se encontraron con que uno de los especímenes había sido parcialmente comido por uno de los perros de la expedición. Como el perro no presentaba problemas de salud, llegaron a la conclusión de que la carne estaba tan bien preservada por el hielo de la Antártida que aún era comestible.
A medida que la investigación se fue haciendo conocida, el dato de color de que los dinosaurios podían comerse se filtró, y rápidamente una empresa de alimentos congelados se interesó en la explotación comercial del hallazgo.
Se envió un rompehielos frigorífico a la Antártida, y se estableció una especie de mina de donde se sacaban dinosaurios. Había en abundancia, por el momento no existía peligro de que se acabaran. Sin embargo, en la opinión pública se produjo un debate ético acerca de si era correcto comer animales extinguidos hace millones de años. A la empresa le parecía que no tenía nada de malo.
Cuando llegaron los primeros ejemplares a Inglaterra, recibida la aprobación gubernamental del producto, se montó una campaña para incentivar el consumo de dinosaurio. “Cómase a las bestias prehistóricas que lo hubieran comido a usted” era uno de los slogans, los cuales, vale decir, sonaban mejor en inglés.
De inmediato se produjo un boom. La carne de dinosaurio se puso de moda. Se podía conseguir en todos lados. Por todos lados aparecían nuevos productos, libros de recetas y también imitaciones baratas, que decían tener el mismo gusto y estaban hechas a base de soja.
Sin embargo, luego de algunos meses el consumo decayó. La gente se fue dando cuenta de que, en realidad, el dinosaurio tenía gusto a pollo. Y para eso era más barato comer directamente pollo. Entonces la venta de productos a base de dinosaurio se redujo, hasta que no fue posible costear más expediciones a la Antártida.
La comunidad científica se vio aliviada. Aunque ahora tendrían que ir hasta los confines del mundo para encontrar carne de dinosaurio sobre la que investigar, en lugar de buscarla en el supermercado, el fracaso de la explotación comercial aseguraba que los especímenes no se iban a agotar demasiado rápido.

La arveja negra

Como si fuera obligatorio, todas las latas de arvejas secas remojadas incluyen en la colección una arveja negra. Su visión genera un contraste inmediato con el verde circundante. Algunas personas la descartan en el acto, otras eligen no darse cuenta.
Tal vez sea una arveja mutante, que se creyó aceituna. Tal vez sea una regulación sanitaria. Tal vez sea una manera práctica de saber cuántas latas se usaron en la preparación de algún plato, número que se puede averiguar con sólo contar las arvejas negras presentes.
Al verla, se genera una incertidumbre. ¿Será comestible? ¿Estará podrida? ¿Hará mal? Ya no cabe duda de que no se trata de un error. Todas las marcas incluyen la arveja negra. No es un concurso “encuentre la arveja negra y gane”, porque ganarían todos. Es, posiblemente, una falla inevitable en todos los métodos de control de calidad.
Sin importar su origen, la arveja negra está siempre presente. Aún cuando el color de las arvejas circundantes varía en tonos de verde, entre el muy vivo y el casi amarillo, la arveja negra es la única que mantiene su color uniforme.
Semejante uniformidad es sospechosa. Podría ser un plan de la CIA para vigilar a los hogares de todo el mundo, a través de las arvejas. Un transmisor negro, pequeño y redondo. Sería menos conspicuo si tuviera el mismo color que las arvejas normales. Aunque, si el plan es que el público no la coma, el negro es un color práctico. Algunos la comerán, pero muchos por lo menos demorarán esa ingesta.
Independientemente de su origen, la arveja negra se mantiene en cada lata, sin dar pistas sobre su procedencia y razón de ser. Alguna vez, alguien se dará cuenta y lanzará una línea de latas de arvejas con garantía de no contener ninguna de otro color. Los detallistas estarán dispuestos a pagar el precio.

Dirección de tránsito

El semáforo, luego de un breve paso por el amarillo, cambió a rojo. En ese momento se dio cuenta de algo que siempre le había pasado desapercibido: los autos tendían a parar frente a él sólo cuando estaba en rojo. Cuando encendía la luz verde, en general arrancaban. Pero el rojo invitaba a frenar a casi todos. Era como si lo obedecieran.
También se dio cuenta de que su compañero de toda la vida, el semáforo de la calle que cruzaba, cuando él estaba en rojo encendía el verde, y cuando él estaba en verde encendía el rojo. También parecía obedecerlo.
Más tarde observó otro hecho curioso. Los autos de la otra calle tenían la conducta opuesta a la de los de la suya. Cuando él estaba en rojo, pasaban, mientras que cuando él estaba en verde, frenaban. Sin embargo, no pensó que pudieran obedecer a su compañero. Tal deducción estaba fuera de las posibilidades de un simple semáforo.
De cualquier manera, lo que sabía era suficiente como para que se diera cuenta de la influencia que tenía sobre los autos que circulaban. La secuencia exacta de causa-efecto nunca le fue importante. Con lo que sabía, era suficiente para experimentar.
Primero quiso saber cuál era el grado de obediencia de los autos. Entonces dejó la luz roja durante un rato largo. Pudo notar que luego de unos minutos empezaban las bocinas. Después, cuando circunstancialmente no pasaban autos por la otra calle, algunos en forma tímida, como pidiéndole disculpas, la atravesaban.
El semáforo tomó nota y pasó al siguiente experimento. Decidió dejar el rojo mucho tiempo, pero cuando empezaran los bocinazos habilitar el verde por no más de dos o tres segundos. Vio cómo los autos que habían arrancado en rojo volvían a frenar cuando aparecía de nuevo ese color. Sacó la conclusión de que cada luz roja tenía un vencimiento, que se podía renovar con un cambio.
Se le ocurrió más tarde ver qué pasaba si dejaba encendidas las luces roja y verde al mismo tiempo. Lo que vio le encantó. Los autos frenaban y pasaban con extrema precaución, mirando para todos lados. Algunos tocaban bocina. El semáforo iba variando las combinaciones. Algunas veces encendía el verde, luego el amarillo para volver nuevamente al verde. Pero lo que más le divertía era hacer al revés. Rojo, rojo más amarillo y, cuando todos estaban acelerando, otra vez rojo. La frustración de los conductores resultaba graciosísima al semáforo, que tenía un sentido del humor algo elemental.
Sin embargo, la diversión no fue para siempre. De tanto experimentar, sin que el semáforo lo supiera, las quejas se acumularon en la Dirección de Tránsito, a tal punto que las autoridades enviaron una cuadrilla para componer la situación. Los obreros abrieron su cerebro y ajustaron algunos componentes flojos. Como resultado, el semáforo volvió a su estado de inconsciencia anterior, y otra vez se dedicó sólo a obedecer comandos.

Pioneros del Everest

El primero que escaló el Everest tuvo un mérito enorme. A veces se confunde al dar crédito: el mayor mérito es haber escalado la montaña. El hecho de haber sido el primero en hacerlo no es para despreciar, pero en general es más que nada una casualidad temporal. Si no lo hacía ése, alguien lo iba a hacer.
Por eso, los que escalaron el Everest más tarde también tienen enorme mérito. Está bien, lo hicieron sabiendo que se podía, y tal vez utilizando la experiencia de los anteriores. Eso les puede quitar un poco de mérito, porque a medida que se repite la hazaña se va allanando un poco el camino. Pero igual escalar el Everest es muy difícil y el que lo logra es digno de mucho respeto.
O era. Porque ahora ya perdió la gracia. Desde que asfaltaron la subida del Everest ya no hay que hacer tanto esfuerzo. Cualquiera lo logra. Ahora van los turistas y compran el paquete para subir en combi a la cima del Everest como si nada. Algunos lo hacen durmiendo mientras maneja otro. Y encima hay largas colas para llegar, el lugar se ha convertido en un gentío.
Pero los montañistas intrépidos encontraron la manera de devolver el vértigo al asunto. Ahora en lugar de escalar la montaña, escalan los autos. Trepan uno a uno, con las dificultades que acarrea la actividad. Los autos se mueven, generan viento alrededor y exhalan gases tóxicos que el montañista debe superar. Es una tarea difícil, pero al llegar a la cima y pararse arriba del auto que circunstancialmente esté sobre ella todo vale la pena. Se genera la satisfacción de lograr algo que está al alcance de unos pocos.

Las peras del olmo

Un emprendedor norteamericano decidió que iba a cultivar olmos que dieran peras. La idea era utilizar la selección artificial, aprovechar la velocidad con la que el olmo da frutos para ir criando olmos que dieran sámaras cada vez más parecidas a peras. De este modo, podría vender los frutos como “peras de olmo” e incluso podría vender semillas de “olmo que da peras” para que los clientes plantaran en su jardín e impresionaran a sus vecinos.
El plan estaba previsto que demorara varios años, durante los cuales los técnicos de la empresa debían estudiar los frutos de cada generación para luego plantar el que más se acercaba al objetivo final. El primer paso de la comercialización era obtener sámaras con la forma de peras, pero el plan era más ambicioso y aspiraba a obtener, en algún momento, peras de verdad.
Pero el proyecto demoró más que lo pensado. Después de tres años, se logró un leve angostamiento de las sámaras en su parte superior. Un problema difícil de resolver fue que los avances en una dirección, la forma de las sámaras, muchas veces iban en linajes diferentes de los que avanzaban en dirección del contenido de la fruta. Por eso se decidió recurrir a la ingeniería genética. De este modo, se pensó, podría acelerarse el proceso al combinar los avances de todas las plantas.
Para lograrlo, hubo que descifrar el genoma del olmo. Un segundo equipo tenía la tarea de descifrar el genoma del peral, que se esperaba que fuera útil. Mientras tanto, la selección manual seguía en marcha. Los frutos de las plantas más destacadas no podían ser comercializados en forma preliminar porque debían plantarse para obtener la siguiente generación.
Finalmente, se logró descifrar ambos genomas antes que el método manual diera resultados satisfactorios. Entonces se decidió seguir el proyecto en los laboratorios. La intención pasó a ser programar genéticamente un olmo que diera peras.
Se avanzó con lentitud en la modificación de los genes del olmo, de modo que diera frutos más parecidos a la pera. Después de un tiempo quedó bastante claro que, ya que se contaba con el genoma de la pera, lo mejor era trasladar la información de un código genético al otro. Como el método de copiar y pegar genes nunca dio una semilla fértil, se resolvió usar el genoma del peral como modelo para ir modificando el olmo.
Cuando se obtuvo un código genético que especificaba un olmo que diera peras, se procedió a criar la planta. Sin embargo, nunca dio frutos. Ni siquiera los dio luego de esperar el tiempo que tarda un peral en darlos. Al estudiar el problema se llegó a la conclusión de que el olmo, tal como era, no proveía los suficientes nutrientes como para fabricar peras, entonces nunca llegaba a la madurez necesaria para dar frutos.
Se decidió que debía modificarse el genoma del olmo para que la planta se comportara más como el peral. Para lograrlo, la mejor forma era imitar la estructura. Luego de un arduo trabajo, se obtuvo un olmo modificado genéticamente, que daba peras. También tenía aspecto de peral.
Cuando se lo lanzó al mercado, el público tomó la novedad con escepticismo. A pesar de que algunos expertos lo lograban, para la mayoría de los interesados era imposible diferenciar el olmo que daba peras de un peral. Los potenciales compradores sintieron que la compañía los quería estafar.
Fue necesario invertir 20 millones de dólares en un estudio de marketing para descubrir cómo se podía hacer para vender el producto. El estudio determinó que, dado que la fruta tenía el aspecto, el sabor y la composición genética de una pera, lo mejor sería lanzarlas al mercado como si fueran peras. De este modo, predecía el estudio que las ventas iban a ser saludables.
Al recibir el estudio, la empresa decidió abandonar el laboratorio genético. Los técnicos fueron despedidos y los materiales donados a una universidad. El predio de la empresa se reconvirtió en un campo que se dedicaba al cultivo de la fruta que habían demorado 15 años en desarrollar: la pera.
Aunque la empresa tardó varias décadas en recuperar la inversión, una vez que empezó la venta de las peras tuvo éxito. La compañía pudo insertar sus peras satisfactoriamente en el mercado de frutas. Los consumidores, que no estaban enterados del origen de las peras que comían, ni de la inversión que había llevado a conseguirlos, ocasionalmente notaban un cierto dejo a sámara en las frutas que comían. A algunos les era agradable, aunque la mayoría no le prestaba mayor atención. Ninguno, sin embargo, se daba cuenta de que estaba comiendo peras de olmo.

Maletines perdidos

Un estudio de la Facultad de Ciencias Económicas de esta ciudad reveló que se devuelve uno de cada cien mil maletines con dólares que se pierden en el país. Los demás maletines nunca vuelven a manos de sus dueños.
El estudio se hizo en base a un muestreo estadístico de denuncias policiales, reclamos a compañías de seguros y noticias periodísticas acerca de maletines recuperados. Extrapolando los datos se arribó a la proporción informada.
“Imagínese”, dice el director del proyecto Emilio Antón, “para que cada dos o tres meses salga en el diario alguien que devolvió un maletín con dólares tiene que ser un hecho inusual no la pérdida de estos maletines sino su devolución. Y la frecuencia de devoluciones es mucho más alta de la esperada, lo que nos lleva a pensar que hay muchas más pérdidas de maletines que las que se denuncian”.
En el informe final del equipo de trabajo se mencionan algunas causas que pueden llevar a la no denuncia de la pérdida de los maletines con dólares. Casi todas involucran actos ilegales.
Según una encuesta publicad el año pasado, la tendencia de perder maletines con dólares es una de las tres mayores causas de la elección laboral de los taxistas. Jorge Villareal, un taxista oriundo del barrio porteño de Almagro, dice que se le ocurrió manejar un taxi “cuando leí en el diario que un hombre se había dejado un maletín con 150.000 dólares en el asiento trasero de un taxi y el conductor lo había devuelto. Pensé que el tipo era un pelotudo, y que yo no devolvería ni en pedo esa plata. Así que, como también necesitaba trabajar de algo, pensé que podía manejar un taxi por si me ocurría esto”. Consultado sobre si alguna vez le pasó, Villareal, a quien le gusta operar principalmente en el microcentro, contestó que “tres o cuatro veces hubo gente que se dejó maletines, pero eran clientes habituales de la empresa de radio taxi y me rastrearon antes que pudiera llevarme los dólares”.
El Centro Nacional de Ayuda a Dueños de Maletines Perdidos, CNADMP, aconseja en su sitio web prevenir el extravío a través de una cadena atada a la muñeca del portador del maletín. Dice también el texto introductorio del mismo sitio: “no se deje engañar por las noticias de maletines devueltos, esto ocurre en un porcentaje muy reducido de los casos”. El Centro recomienda, asimismo, usar transferencias bancarias, tarjetas de crédito o cheques como alternativa a llevar los dólares en un maletín.