Otra vida

Cada niño nace casi como feto. Juan, cuyo hijo está allí, sabe esto. Sexo: nene. Juan está como loco. Mira esos ojos. Mira cómo abre bien cada mano este pibe. ¡Está vivo! Esta hora será rara, como toda gran hora. Juan goza. Baja baba como agua.
Buen plan, gran idea tuvo Mara, supo Juan. “Esto anda”, dijo. “Este amor está bien”. Allí está Mamá Mara. Juan mira cómo Blas toma teta. Ella hace algo para usar cada mama. Juan hace clic. Saca foto tras foto. Todo esto será film.
“Juan, poné allá este moño azul”, dice Mara. Juan hace caso.
Cayó Mimí. Ella está algo mala, ayer hubo vino. Pero todo bien. Este olor dice algo: Blas hizo caca. “Dale Juan, hacé como dije”, pide Mimí. Será raro usar tela, pero todo está caro.
¿Será gran tipo Blas? Juan, dice, será buen papá. Blas hará gran obra, cree Juan. Hará todo bien. Todo será goce.
Todo está bien. Blas está sano. Mara yace. Juan reza. Dios dará.

Justicia por mano propia

Una de las historias menos conocidas y más curiosas de la historia del fútbol argentino: el partido que se jugó sin árbitro.

El 26 de marzo de 1972, Banfield y Newell’s se enfrentaron en la cancha de Los Andes por la sexta fecha del Metropolitano. Se trataba de un partido poco relevante, y por eso no fue registrado por las cámaras de televisión. De otro modo, seguramente se recordaría más lo ocurrido.

Unos días antes, Banfield había recibido una durísima sanción. Debido a un intento de soborno por parte de sus dirigentes, la institución fue suspendida por cuatro meses. Se le dieron por perdidos todos los partidos que jugara en ese lapso, y además debía hacer de local en cancha neutral (por eso el escenario fue el field de Los Andes). El plantel del club bonaerense estaba herido en su orgullo por el seguro descenso que se venía. Entonces se habían juramentado hacer el mejor papel posible durante la suspensión. La idea era dejar todo en la cancha, jugar como si no estuviera ocurriendo, no regalar los puntos a los rivales ocasionales.

La visita del equipo rosarino era una buena oportunidad para ofrecer, al menos, un espectáculo atractivo a los fieles hinchas de Banfield, que sabían que no iban a ver a su equipo ante rivales de esa categoría durante el año siguiente. Los de Newell’s sabían que ganar no sería fácil, así que se prepararon como para cualquier otro partido.

Cuando comenzó el encuentro, llamó la atención a todos la actuación del árbitro, un tal Arturo Baver. Se trataba de un juez joven que estaba haciendo sus primeras armas en la máxima categoría. Un partido como ése le debe haber parecido a la AFA un buen fogueo para el pupilo. Sin embargo, el árbitro favoreció abiertamente a los visitantes. Como si estuviera enojado con la institución albiverde por el hecho policial en el que se había involucrado, todas las pelotas divididas y dudosas eran para Newell’s.

El favoritismo era notorio porque Baver desautorizaba a los jueces de línea cada vez que marcaban una posición adelantada o córner para Banfield. El juez cobraba para Newell’s y realizaba un gesto claro de «acá mando yo».

La actitud era tan burda que molestó a los propios jugadores de Newell’s, que querían ganar en buena ley. No era aceptable recibir favores para ganar, no importaba si era contra un equipo condenado por sobornos. Si Newell’s era mejor, quería demostrarlo en la cancha. Además, no existía ninguna necesidad para hacerlo, no era un partido definitorio que los tentara de aprovechar la suerte que les había tocado.

Entonces, la reacción de los jugadores rosarinos durante el primer tiempo fue tocar en forma intrascendente, para dejar pasar los minutos. Los jugadores de Banfield agradecían el favor, pero tampoco querían que pareciera que el partido estaba arreglado. Ya habían tenido demasiados problemas como para ponerse en esa posición. Por eso, cuando terminó el primer tiempo los capitanes (Eduardo Pipastrelli de Banfield y Andrés Rebottaro de Newell’s) se juntaron para explorar las opciones que tenían.

Como ambos equipos querían jugar el partido, la conclusión fue que el obstáculo era el árbitro. Decidieron ir juntos a verlo al vestuario para pedirle que cambiara la actitud. Una vez dentro, se armó una acalorada discusión. En los diarios de esa semana hay información contradictoria. Unos dicen que se armó una pelea a golpes de puño entre el árbitro y los capitanes, con los jueces de línea separando. Otros que sólo hubo intercambio de gritos.

Lo cierto es que Baver decidió que el incidente era suficientemente grave para suspender el partido. Pero los capitanes no acataron la orden. Pensaban que reanudarlo en otro momento con el mismo árbitro era inútil, y preferían terminar el partido sin árbitro. Total, el juego venía siendo leal hasta el momento. Y al capitán de Banfield no le importaban mucho las implicancias legales, su equipo de cualquier manera no iba a sumar puntos.

Así que, luego de consultar con sus respectivos equipos, los capitanes se pusieron de acuerdo y las hinchadas se sorprendieron al ver que ambos cuadros salían a disputar el segundo tiempo sin terna arbitral (el juez y los líneas se habían retirado del estadio). En efecto, los jugadores estaban tomando el partido.

Para dirimir las faltas se decidió que iban a ponerse de acuerdo entre los dos capitanes. En caso de no tener la misma opinión, se votaba entre los veintidós jugadores. Y gracias a la lealtad que había en esos tiempos en el fútbol argentino, no votaban todos a favor de su equipo, sino que algunos decían sinceramente lo que habían visto. Gracias a los que se animaban a fallar en contra de su equipo, el partido logró tener la justicia que le había faltado cuando el árbitro estaba en la cancha.

Como jueces de línea, se convocó al arquero suplente de cada equipo. Cada cual marcaba el ataque contrario, y el fallo tenía que ser reconocido por los dos capitanes. Como no había banderines, usaron camisetas de Los Andes aportadas por la utilería del estadio.

Vale decir que los jugadores tuvieron especial cuidado para no ponerse a sí mismos en aprietos. Al no haber nadie que controlara, la situación podría haberse vuelto violenta, pero ocurrió lo contrario. El segundo tiempo no tuvo grandes incidencias. Cuando Newell’s se puso en ventaja, algunos jugadores de Banfield intentaron protestar posición adelantada de Mario Zanabria, pero Ricardo Lavolpe no la marcó. Esto hizo que los capitanes asumieran que el gol había sido válido.

El partido terminó con la victoria de los visitantes por 2-0. No hubo pitazo final, sino un gesto conjunto por parte de los dos capitanes que indicaba que el tiempo se había cumplido. Luego, los jugadores de ambos equipos se dieron la mano uno por uno, y casi todos intercambiaron las camisetas en señal de lealtad deportiva.

Las consecuencias en la AFA fueron severas. Los altos mandos estaban enojadísimos por la actitud desafiante de los jugadores ante la autoridad. Pero todos coincidían en que el culpable principal había sido el árbitro. Arturo Baver nunca más volvió a dirigir un partido de la AFA. Se evaluó aplicar sanciones a los jugadores y a las instituciones, pero luego de arduas negociaciones se aplicó sólo una multa simbólica de 10.000 pesos ley. Pero se dejó claro que la cúpula de la AFA no toleraría un nuevo acto de insubordinación de ese calibre. En cuanto al partido, como no había ningún interés en jugarlo de nuevo se decidió dar por válido el resultado final.

Desde entonces, no ha vuelto a ocurrir algo semejante en la primera división del fútbol argentino. Y es impensable que algo así pudiera ocurrir hoy, dada la altísima exposición de cada partido, el grado de importancia que recibe cada resultado y la escasa confianza que existe entre los jugadores de distintos equipos en cualquier partido.

Sin embargo, vale recordar el ejemplo de Banfield y Newell’s en tiempos en los que cualquiera sospecha por cualquier cosa que un árbitro está ejerciendo favoritismo.

A 20 años de la última gambeta

En pocos días se cumplirán dos décadas del último partido de uno de los más grandes jugadores que vio el planeta: Diego Maradona.

Nadie imaginaba aquel 2 de diciembre de 1990, que el triunfo del Napoli 2-1 frente a Torino, con un gol de Maradona, sería el último partido del astro. Se sabía, sí, que estaba atravesando tiempos difíciles, pero no que la presión fuera tanta que lo llevara a decidir el retiro así como así, sin siquiera anunciarlo previamente.

Maradona no quería más. A pesar de que con treinta años le sobraba talento para brillar en el fútbol más exitoso del mundo, ya no tenía ganas de participar de todo el circo de alrededor. No estaba harto del fútbol, estaba harto de la industria del fútbol. De los entrenamientos, las negociaciones, los viajes, las dirigencias, los periodistas, la adoración desmedida de los hinchas que invadía su privacidad a niveles que nadie que no lo vivió puede entender.

Ya desde hacía tiempo venía expresando su hartazgo. Un par de años antes, se había mostrado interesado en una oferta del Olympique de Marsella que le hubiera dado la posibilidad de jugar en un ambiente más tranquilo y menos eficiente. Pero el Napoli no quiso venderlo. Tiempo después, se mencionó la posibilidad de pasar a un equipo italiano más chico, con menos pretensiones, como el Bologna. Pero para entonces Maradona ya había tomado la decisión: se iba de Italia, y se iba del fútbol.

Ni siquiera una oferta de Boca a principios de 1991 lo persuadió de volver. La verdad era que tampoco podía: el Napoli tenía contrato con él por un par de años más y la única salida era el retiro. Si un equipo quería contar con sus servicios primero debía comprarlo a los italianos. Pero Maradona les dijo que no se molestaran. Pensaba tomarse esos años como sabáticos, para reflexionar, para estar con sus seres queridos, y en todo caso volver fresco en 1993.

Nunca ocurrió. Maradona hizo todo lo posible para ser olvidado. Salió de la luz pública, dejó de hacer declaraciones y rechazó todas la ofertas de actividades que implicaban mostrarse ante cámaras. Ni siquiera tuvo un partido homenaje, como se estilaba entonces con las estrellas que se retiraban. No, Maradona se fue del fútbol y cortó toda relación con esa industria.

¿A qué se dedicó desde entonces? No se sabe muy bien. Se habla de que se dedicó a invertir en gastronomía, inmobiliarias, incluso en ropa deportiva. Pero no se sabe a ciencia cierta. Lo que se sabe es que, por lo menos para lo que respecta a la prensa, se volvió un recluso. Se negó a contestar reportajes, y dejó esperando a muchos periodistas de todas partes del mundo que acamparon frente a su casa para ver si podían ser recibidos. La actitud recordaba a Obdulio Varela, otro grande que durante décadas hizo lo mismo.

Ante la falta de exposición pública, los hinchas podrían haberlo olvidado rápidamente. Pero su estrella era tan grande que no era fácil. A pesar de que no jugaba en Argentina desde 1981, los dos Mundiales en los que llevó a la Selección a sendas finales, ganando una, eran muy apreciados por todos.

Cuando se acercaba el Mundial de 1994, se hablaba de la posibilidad de que regresara, por lo menos a la Selección. Desde la dirigencia de la AFA se le ofreció jugar como amateur, con una cantidad de privilegios que los otros jugadores no recibían: entrenar en forma particular, elegir el número de la camiseta, no participar de las conferencias de prensa, vetar integrantes del cuerpo técnico y también del plantel mundialista. Pero no aceptó. Dejó claro que no sólo no estaba interesado en esa clase de privilegios, sino que el Maradona jugador había terminado.

La negativa no impidió a la AFA volver a tentarlo tras ese Mundial para ser el nuevo DT de la Selección. Pero Maradona se negó, aduciendo que no estaba preparado para el cargo ni tenía ganas de sostener semejante responsabilidad. En una de sus últimas apariciones públicas, desde la ventanilla de su auto deseó suerte a quien fuera a tomar el puesto, mientras forcejeaba con los camarógrafos para poder entrar a la cochera de su quinta de Moreno.

Ha trascendido que rechazó toda clase de cargos públicos, honores que implicaban fotos con presidentes, programas de televisión, campañas solidarias, etc. Era bastante claro el mensaje de que quería que lo dejaran en paz, pero la fuerza de su imagen era tal que, aún años después de su retiro de la vida pública, la demanda de Maradona seguía siendo enorme.

En los medios, entonces, se limitaban a especular con lo que podría haber pasado. ¿Cuántas maravillas futbolísticas podría haber regalado Maradona de haber seguido jugando? Dada su calidad, muchos sostenían que podía haber jugado diez años más, tal vez hasta el Mundial 2002. Nunca nadie sabrá qué se perdió con el temprano retiro, cuánta magia el mundo del fútbol dejó de tener cuando su peso hizo salir espantado a una de la estrellas más grandes de todos los tiempos.

Sólo Maradona sabe qué ganó con su retiro. Seguramente una vida mejor, más pacífica, más relajada. Desde aquí se le desea que sea feliz en cualquier actividad que esté desarrollando, y se recuerda su paso por las canchas con enorme admiración.

La transformación de los tiempos

Había una vez que aspiraba a ser una ocasión, pero sólo lograba ser, de a ratos, un instante. Había también un momento que ocasionalmente se transformaba en oportunidad pero en general era sólo un término. Además había un plazo y un curso, que respectivamente se habían convertido en un lapso y un período. Anteriormente había habido un intervalo que se había graduado de época, y una etapa que había sabido transformarse en era. Pero también había habido una jornada que no había podido hacerse edad. Por el contrario, una circunstancia no había tenido problemas en ser transcurso, y de ahí pasó, luego de un trecho, a ser una fase.
Pero todo eso no era nada al lado del segundo que se había transformado, sucesivamente, en minuto, hora, día, semana, quincena, mes, semestre, año, lustro, década, siglo y milenio.

Escape de la isla

Delfo era un prestigioso arquitecto cubano. Su talento hacía que fuera el favorito de los líderes del régimen comunista que en esa época gobernaba la isla. Construía toda clase de edificios para los máximos exponentes del gobierno, y a veces también hacía construcciones públicas. Se destacaba, además, por su habilidad manual y su capacidad para arreglar cualquier objeto con los precarios elementos con los que contaba el pequeño país.
Sin embargo, Delfo era opositor al régimen. Trataba, con suma cautela, de colaborar con los esfuerzos desestabilizadores. También soñaba con emigrar a países que le ofrecieran más oportunidades para desarrollarse profesional y personalmente.
Delfo tenía un hijo, Iker, cuya madre había muerto en un intento de fuga de la isla. Delfo había colaborado con la construcción de la balsa en la que su mujer había embarcado su esperanza de libertad, y se quedó muy contrariado con el desenlace. Quería buscar un método mejor para salir de la isla.
El gobierno, consciente de su talento y sus ideas políticas, no quería que Delfo se escapara. Le prohibieron la salida del país y, para intimidarlo, le recordaron que si se intentaba escapar su hijo pagaría las consecuencias.
Delfo pasaba largas horas en la playa, reflexionando sobre su situación. La arena y el mar le daban ánimo. Un día encontró sobre la orilla una pluma de gaviota y tuvo una inspiración. Pensó que tal vez podía construir un par de alas, y burlar con ellas a la vigilancia costera.
Así que Delfo convocó a su hijo para que lo ayudara a buscar plumas. Mientras tanto, iba bocetando secretamente diseños de alas. No podía hacer prototipos porque iba a resultar sospechoso, pero sus conocimientos de diseño le proporcionaban suficiente confianza como para lanzarse a la conquista del aire.
A medida que pasaron los meses y su hijo le fue trayendo plumas, fue confeccionando dos pares de alas, una para él y otra para Iker, a quien pensaba llevar hacia el estado americano de Florida. Había llegado a la conclusión de que el mejor material para unir las alas era la cera. El único inconveniente era que la cera podía derretirse cuando había altas temperaturas, pero Delfo sabía que, a medida que uno se eleva en el aire, el calor disminuye.
Al cabo de un tiempo, llegó el gran día. Las alas estuvieron listas. Delfo le enseñó a su hijo cómo usarlas, haciendo pequeños vuelos dentro de su casa. Esa noche fue a buscar la ración de 100 gramos de carne que le correspondía para ese mes, y la compartió con su hijo. Planeaban irse al día siguiente, y necesitaban estar bien nutridos. Era un vuelo de unos 100 kilómetros, distancia accesible pero difícil.
A la mañana siguiente, le colocó las alas a Iker y ambos salieron. Volaron un rato sobre su barrio para acostumbrarse a la sensación y aprender a controlar las alas. El vuelo llamó la atención de los vecinos y, naturalmente, también de las fuerzas de seguridad. Pero, al estar en el aire, nadie tenía chances de alcanzarlos. La policía no podía más que gritarles que bajaran.
Cuando entraron en confianza, fueron hacia el mar, en dirección a Miami. Delfo se preocupaba por las cuestiones de dirección, mientras Iker estaba encantado, disfrutando el vuelo y revoloteando por todos lados. Delfo le había advertido que podía encontrar distintas corrientes de aire, e Iker se divertía dejándose llevar por ellas.
El vuelo fue placentero, y las alas se mantuvieron en excelente forma durante el trayecto. La cera se mostró como un material óptimo para unir las plumas sin agregar demasiado peso a las alas. En un momento, Delfo e Iker divisaron tierra. La Florida estaba cerca.
Desde el continente, a su vez, divisaron a los voladores. La ley de los Estados Unidos decía que los inmigrantes cubanos que llegaban a la costa debían ser recibidos como refugiados, pero al mismo tiempo el Estado tenía la obligación de proteger la frontera, sin dejar entrar a ningún intruso.
Y debido a ese último aspecto legislativo, la guardia de la frontera envió un misil para derribar a los que estaban violando su espacio aéreo. Delfo pudo esquivarlo, pero el misil impactó en las alas de Iker y las incendió. El fuego derritió rápidamente la cera y consumió las plumas. Delfo sintió el ruido y, al mirar atrás, vio cómo caía al mar su hijo.
Gracias a su habilidad manual, Delfo pudo maniobrar entre los misiles y aterrizó satisfactoriamente en Miami. Fue recibido como refugiado y se integró a la comunidad cubana de esa ciudad, ya libre de las amenazas del régimen de su país. Con el tiempo pudo formar una familia y establecerse como arquitecto en los Estados Unidos. Pero le quedó para siempre el dolor de la pérdida de su hijo en el trayecto hacia la libertad.

El agua corporal

El cuerpo de Silvio tenía aproximadamente un 60% de agua. Esta proporción no había sido constante durante su vida: de bebé estaba compuesto por más agua que como adulto. Luego había engordado, lo que redujo el porcentaje. Pero cuando adelgazó el agua recuperó terreno y llegó al 60% que se menciona más arriba.
El agua no estaba distribuida de la misma manera en todo el cuerpo. El cerebro de Silvio era 70% ese líquido. Los pulmones tenían más agua: cerca del 90%. Más que la sangre, que a pesar de ser líquida sólo tenía 83% de agua.
Todos los días Silvio reemplazaba más de 2 litros de agua que perdía en el curso natural de su vida. Lo hacía bebiendo agua líquida, pero también extrayéndola de los alimentos que consumía, los cuales también tenían un porcentaje importante de agua.
Dos tercios del agua que componía en gran parte a Silvio estaba en el líquido intracelular o citosol. El otro tercio formaba los fluidos extracelulares. De ellos, un cuarto era el plasma, el componente líquido de la sangre. Los otros tres cuartos estaban en el líquido intersticial, que se podía encontrar entre sus células. Una cantidad ínfima se encontraba en el fluido transcelular contenido dentro de los órganos de Silvio.
Pero esta composición no duró mucho tiempo. Silvio consiguió un paquete barato para viajar a la India. El precio era por temporada baja, y lo que Silvio no sabía era que la temporada baja se daba por las temperaturas extremadamente altas. Y a causa de esas temperaturas un día el 60% de Silvio se evaporó. Quedaron en el piso su 18% de grasa y su 22% de proteínas y carbohidratos. Estas sustancias formaron un polvo que, tiempo más tarde, fue esparcido por la superficie del planeta gracias a la acción del viento. El resto de Silvio pasó a ser parte de la atmósfera y después de unos meses se condensó y volvió a la superficie como parte del monzón.

Cosmos literario

Los humanos vivimos en un universo que no tiene por qué ser el único. La palabra universo se inventó para definir a todo lo que existía, y la ciencia se dedicó a investigarlo. Hasta que se estableció la idea teórica de la posible existencia de otros universos, y la palabra quedó chica. Entonces se decidió emplear el vocablo cosmos para definir a todo lo que existe, existió y existirá. De este modo, el Cosmos es más universal que el Universo.
No obstante, a la ciencia que se encarga de desarrollar modelos de universos posibles se la denomina cosmología, y no universología. Un fenómeno similar ocurre con la palabra átomo, que se inventó para determinar a la partícula más chica posible, y se empezó a usar como tal antes de que se descubriera que el mal llamado átomo estaba compuesto de partículas aún más chicas.
Hasta ahora, la ciencia no ha descubierto ningún universo fuera del que conocemos. Pero la literatura crea universos todo el tiempo. Son lugares que existen dentro de la ficción, que viene a ser como un superuniverso paralelo al de la no-ficción. Ambos superuniversos están contenidos en el cosmos literario, que incluye todos los universos posibles.
De cualquier modo, que sean universos posibles no significa que se hayan inventado. Esos universos aún no forman parte de la ficción ni de la no-ficción, por lo que están en un tercer superuniverso que podríamos denominar todo lo demás. A continuación, vamos a hacer unos cambios drásticos en la estructura del cosmos literario.
Declaro que existe una novela en la que el protagonista recorre todos los universos posibles. Nunca ocurrió lo que dice la novela, por lo que pertenece a la ficción. Pero al existir esta novela, el superuniverso de la ficción se ha tragado al de todo lo demás. El superuniverso de la ficción pasó, a partir de este párrafo, a ser el más grande de la literatura. Ya era mucho más grande que el de la no-ficción, pero ahora se convirtió en un hiperuniverso de un tamaño tal que se lo confunde con el cosmos literario. La literatura de no-ficción quedó reducida a un pequeño porcentaje.
Pero vamos a hacer una prueba más. Declaro que existe un catálogo de todos los universos que existen en el superuniverso de la ficción. El catálogo, al existir y hablar de algo real, pertenece a la no-ficción. De este modo, el casi inexistente superuniverso de la no-ficción se ha tragado al de la ficción, y pasó a integrar la totalidad del cosmos literario.
Todo esto nos lleva a una conclusión ineludible: los géneros literarios no existen, son todos una ilusión que el Hombre creó para poder entender el complejo mundo del cosmos literario, que a partir de este momento se simplificó enormemente.

Muchedumbre (o Conflicto colectivo)

El público se encontró con el pueblo y avanzaron juntos. No pudieron entrar al lugar donde tenían planeado ir porque había mucha gente. Pero intervino el proletariado y los convenció de ir para otro lugar.
Resultó que allí se encontraba la minoría, que no los dejó pasar. El pueblo y el público protestaron ante esto, contando con el apoyo de las masas.
Pero la minoría confundía a las masas con la chusma y no revisó su postura. Entonces debieron recurrir a la mayoría para poder doblegar a la minoría por la fuerza.
Pronto había una multitud que reclamaba a la minoría que dejara de discriminar al pueblo y al público. La minoría contaba con el apoyo de la plebe, que se había rebelado porque estaba en contra de las actitudes del proletariado.
Rápidamente comenzaron las divisiones entre los que querían doblegar a la minoría. El pueblo y el público no querían alterar la tranquilidad de su vida, pero apareció un grupo de vecinos que estaba dispuesto a hacerlo. Estos vecinos tenían la aprobación de la chusma y el proletariado, pero no de las masas, que estaban con el pueblo, con el público y con la gente.
En eso apareció el vulgo, y un rato después irrumpió el lumpen. Ambos estudiaron la situación y agregaron complejidad al problema. El lumpen se unió al bando de la chusma, el vulgo al del público. Pero la minoría había conseguido también refuerzos y ahora estaba aliada con las diferentes razas.
Ante esta situación no pasó mucho tiempo hasta que la burguesía aprovechara la confusión y se pusiera a vender productos adonde estaba toda esta muchedumbre. La concurrencia empezó a comprar con entusiasmo. Pero una agrupación dio la voz de alarma: según ellos, la burguesía estaba al servicio de la minoría y estaba en contra del proletariado, por lo que estaba del lado de la plebe.
Esto indignó a la congregación, que hasta el momento se mantenía neutral. También hubo un gentío que se propuso tomar cartas en el asunto, pero contaron con la oposición de la colectividad, que quería que los conflictos se resolvieran naturalmente.
La minoría también tenía problemas. Una facción quería pasar al ataque y destruir a los que se oponían, pero tenía la dificultad de que un grupo muy influyente aconsejaba lo contrario.
Todos estos conflictos causaban una enorme división en la sociedad, y una división mucho más grave entre los individuos que pertenecían a distintos grupos al mismo tiempo. Esto era peligroso, porque un ejército miraba desde afuera con la intención de invadir cuando las divisiones estuvieran bien asentadas.
Eso estaba por ocurrir cuando intervino la cofradía, que logró convencer a todos de las bondades de vivir en comunidad.

Incendio en el subte

Era la hora pico del Día del Amigo, y el tren venía completo. El aire estaba viciado, y la respiración se hacía difícil. Pero respirar no era la mayor dificultad. Algunos pasajeros privilegiados tenían asiento y algo de espacio para moverse. Los demás estaban parados y no contaban con espacio de maniobra. Los que querían salir tenían problemas en llegar hasta la puerta, y los que querían entrar en las estaciones tenían que empujar a los que ya estaban adentro. En fin, se trataba de un viaje normal.
De repente, el vagón se incendió. Las llamas se esparcieron por toda la estructura, y el tren se detuvo en el medio del túnel. Los pasajeros entraron en pánico y querían escapar. El conductor intentó usar el intercomunicador para dar las instrucciones de emergencia, pero sus esfuerzos fueron vanos. Los pasajeros, desesperados, lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Algunos lo hicieron por la desesperación, otros por considerar que el conductor tenía la culpa del incendio.
Algunos pasajeros quisieron pedir ayuda. Como era el Día del Amigo, los celulares no tenían señal. Sin embargo, hubo quien notó que había un botón para llamar en caso de emergencia. Intentaron usarlo, pero estaba cubierto por un plástico protector. Un letrero decía que en caso de emergencia había que romperlo con el martillo que se proveía. El problema era que no había martillo. Había sido robado por un vándalo muchos años antes.
Unos pasajeros intentaron romper el plástico a golpes de puño, sin conseguirlo. La tapa estaba pensada para sobrevivir a vándalos como los que habían robado el martillo, y no era fácil de romper. Los pasajeros seguían en pánico, pero como no se podían mover no se notaba mucho. Un pasajero con gran musculatura quiso ir hasta la tapa de plástico para ver si la podía romper, y la cantidad de gente se lo impidió.
Los ocupantes del tren quisieron bajar antes de ser consumidos por el fuego. Intentaron abrir las puertas, y no lo lograron. Los de los vagones extremos buscaron una salida de emergencia que no existía. La desesperación iba en aumento. Los movimientos nerviosos de los pasajeros hacían mover al tren sobre la vía. Algunos quisieron tirarlo de costado, sobre la vía opuesta, para ver si de esa forma podían salir.
Sin embargo, un hecho trajo algo de calma. El fuego empezó a ceder casi espontáneamente. Se extinguía gracias a la falta de oxígeno en el túnel. Los pasajeros, contentos, se acordaron de que debajo de los asientos había matafuegos, y con ellos era posible apagar las llamas que quedaban. Los que estaban sentados los buscaron. Se encontró un matafuegos por vagón. Sin embargo, al seguir las instrucciones se encontraron con que estaban vencidos, y lo que salió de las mangueras fue una pestilente sustancia amarillenta que no apagaba nada.
El fuego, en tanto, seguía extinguiéndose. Hasta que en un momento se extinguió completamente. Al ocurrir eso, los pasajeros festejaron. No se daban cuenta de que se había acabado el oxígeno. Sin embargo, no tardaron en saberlo. Fue cuando todos tuvieron problemas para respirar. En pocos minutos todos los pasajeros habían muerto.
Cuando llegaron los bomberos al lugar del hecho, no sospechaban que iban a encontrar el tren lleno de cadáveres. Al ver el tren vieron a los pasajeros algo quietos, pero parados. Al abrir la puerta, supieron que habían quedado parados porque eran tantos que no tenían ningún lugar adonde caerse.
Al comprobarse que no había sobrevivientes, se decidió llevar a la formación hasta la terminal. De esta forma podía volver a habilitarse la línea. Un conductor con máscara de oxígeno llevó al tren a la estación de cabecera, y en ese lugar se procedió a retirar los cadáveres. La línea volvió a funcionar, pero como faltaba uno de los trenes la frecuencia no era la acostumbrada.
Una vez terminados todos los peritajes correspondientes, la formación incendiada recibió tareas de mantenimiento. Se verificó que la estructura mecánica del tren no había sido afectada. Luego la unidad fue lavada, los vestigios de quemaduras fueron cubiertos de papeles, y la publicidad de a bordo fue reemplazada. De este modo, la formación estuvo lista para salir a servicio y la línea pudo volver a tener la frecuencia habitual.

Un mal pronóstico

Una corriente de baja temperatura se acercaba a Buenos Aires dispuesta a ocupar la ciudad y causar molestias a los habitantes. Avanzaba raudamente a través de las pampas, sin encontrarse en el camino con ningún accidente geográfico.
De repente se le interpuso una masa de aire antártico que iba hacia el mismo lugar. La corriente de baja temperatura quiso adelantarla para llegar primero, pero no pudo lograrlo y se produjo una colisión.
El choque provocó una tormenta que debilitó a las dos, aunque sin extinguirlas. Siguieron su camino hacia Buenos Aires, pero a menos velocidad, y gracias a esa lentitud las alcanzó un frente polar que iba desde más lejos también hacia la gran metrópolis.
La masa de aire antártico y la corriente de baja temperatura quedaron en segundo lugar. Para recuperarse en la carrera la rodearon, una por el este y la otra por el este. Desde esas posiciones amenazaban con aplastar al frente polar.
El frente polar frenó y empezó a variar su dirección en zigzag, tratando de molestar a los demás vientos para dispersarlos y poder llegar con fuerza a la ciudad.
Estaban en ese tira y afloje cuando alcanzaron a una columna de frío que iba hacia Buenos Aires más lentamente. Ahí los tres vientos comprendieron que ninguno de ellos tenía más derecho que los demás de llegar primero a Buenos Aires, y de este modo la corriente de baja temperatura, la masa de aire antártico, el frente polar y la columna de frío avanzaron juntas hacia la ciudad.
Al día siguiente, la gente de Buenos Aires debió salir abrigada.