Mensaje de lejos

Ese domingo sentí el timbre. Miré por la mirilla y vi un ser verde, con cinco patas, dos antenas en cada pata y tres cabezas en cada antena. Me explicó por el portero que era un extraterrestre. Quería entrar un rato para compartir conmigo la sabiduría que había obtenido en sus viajes por el Universo. Como no me pareció muy peligrosa su presencia, y además estaba bastante aburrido, lo dejé entrar.
Le ofrecí de beber. El extraterrestre, con humildad, me pidió un vaso de aserrín con soda. Me aclaró que si no tenía le podía dar un vaso de agua. A él no le importaba, estaba adaptado a este mundo. Ante mi insistencia, terminó aceptando un café.
Le serví y nos sentamos en el living. Me explicó que su nombre era Seftoenflonpt, pero le podía decir Rúben. Charlamos un rato. Quise saber de dónde venía y Rúben me explicó, pero no supe entender las coordenadas que citó. Tuve que reconocer que no era muy ducho en geografía exterior. De inmediato le pregunté mi máxima curiosidad en ese momento: por qué había venido a verme a mí.
Me explicó que, en realidad, yo era el único que le había abierto la puerta. Venía tocando timbres desde su llegada a la Tierra años atrás. Según él, tenía la misión de difundir sus conocimientos en los planetas habitados que encontrara.
Quise saber entonces qué conocimientos. Rúben sacó un libro de uno de los marsupios que cubrían la mitad superior de su cuerpo, y me lo entregó. Mientras lo hacía, me preguntó si conocía a Jesucristo.
Cuando le dije que sí, pasó a un monólogo sobre lo que significa Jesucristo para el Universo todo y cómo era absolutamente necesario para mi propio bienestar que me convirtiera en creyente. Abrí el libro que me había dado, que no tenía inscripciones en la tapa, y descubrí que estaba escrito en caracteres latinos. No era una Biblia, pero parecía.
Al darme cuenta de lo que sucedía, le pedí amablemente al extraterrestre que se retirara de mi casa. Mientras lo hacía, Rúben insistió y me pidió que leyera el libro. Insistía en que iba a cambiar mi vida. Me dejó su tarjeta para que lo contactara si tenía alguna pregunta.

La ciudad cansada

Nueva York, la ciudad que nunca duerme, sentía el cansancio. Sus habitantes estaban impacientes y protestones. Su economía tenía signos de recesión. Su aspecto lucía sucio y olvidado. La ciudad apenas podía llevar a cabo las actividades básicas que permitían su subsistencia.
Era necesaria una inyección de energía, o un descanso. Como la última opción no era posible, dada la exigencia que el mundo le imponía como capital cultural de Occidente, los gobernantes de la ciudad empezaron a buscar opciones para poder darle a la gran manzana el empujón que necesitaba.
Se adoptaron políticas para agilizar el tránsito, mejorar el agua, reducir el crimen y aumentar los espacios verdes, de modo que hubiera más oxígeno para la ciudad. Pero ninguna de estas medidas logró hacer cambios trascendentes.
Todo cambió con la llegada de una cadena comercial. Starbucks proporcionó el café que la ciudad necesitaba para poder sobrellevar el ritmo de vida de una metrópolis tan grande, y en muy poco tiempo todo cambió. La economía se recuperó. El humor de los habitantes pasó a ser más llevadero luego de tomar un café cada mañana. La ciudad tenía más energía para preocuparse por su aspecto, y empezó a lucir más atractiva. También estaba más alerta, lo cual permitió mejorar la seguridad de la urbe hasta casi terminar con el crimen que la caracterizaba.
La recuperación de Nueva York es un ejemplo del poder de un buen café.

El hombre que no era Darwin

Había una vez un hombre que no era Darwin. Tenía muchas características en común con Darwin, pero no el apellido. El hombre que no era Darwin usaba barba. También era aficionado a viajar y entendía bastante sobre biología. Pero no era Darwin.
Darwin había vivido 150 años antes, sin sospechar que alguna vez existiría un hombre que estaba destinado a no ser él. El naturalista inglés nunca hizo nada para evitar que ese hombre existiera, ni para estimularlo. Simplemente dejó que sucediera.
El hombre que no era Darwin no era uno solo. Casi todos los hombres del mundo tampoco eran Darwin. Todos lo sabían, aunque no necesariamente alguna vez se habían puesto a pensar en eso. Algunos estaban aliviados de no ser Darwin, otros estaban contentos por ser quiénes eran. Otros no estaban satisfechos con lo que eran, pero no concebían la posibilidad de ser Darwin. Y hacían bien, porque esa posibilidad no existía.
El hombre que no era Darwin no estaba solo en su destino. Y a pesar de que él era uno de los que no estaban muy enterados de que no eran Darwin, y por lo tanto no lamentaba ese hecho, igual sentía, a veces, una extraña sensación de estar acompañado.

Luces lejanas

Para la construcción de un observatorio astronómico es fundamental que la ubicación sea apropiada. Debe tener poco movimiento atmosférico y evitar la interferencia de luces cercanas. Por eso los observatorios suelen ser instalados en lugares desérticos.
Es el caso de El Leoncito, ubicado en la Sierra del Tontal, en San Juan. Para llegar a ese lugar se requiere un viaje de decenas de kilómetros por caminos de tierra, en los que no hay nada salvo un paisaje asombroso.
En ese complejo se encuentra el mayor telescopio del país, y su instalación atrajo a unos cuantos turistas que llegaban a la zona para ver el telescopio y se quedaban maravillados por el paisaje. El telescopio atrajo también a cientos de astrónomos ávidos de observar los cielos australes.
Los pocos turistas que llegaron al lugar dieron testimonio de su belleza. Rápidamente la zona se convirtió en un lugar turístico de culto, exclusivo para quienes les llegara el dato de su existencia. La información se iba distribuyendo, y con el correr de los años fueron cada vez más.
En un momento se instaló un hotel cinco estrellas a pocos cientos de metros del observatorio. El gobernador de la provincia, para estimular el desarrollo de la zona, ordenó pavimentar el camino. Pronto se instalaron más hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos que vendían telescopios en miniatura y remeras alusivas a la zona.
La vida nocturna del lugar seguía dominada por la observación astronómica. Los primeros turistas gustaban de mirar las estrellas que brillaban con gran esplendor en el desierto. Pero a medida que la zona se popularizó fueron apareciendo atracciones como teatros, casinos y montañas rusas. El emplazamiento en el desierto hizo que El Leoncito se ganara el mote de “la Las Vegas argentina”, y ese apodo le trajo más popularidad. Los hoteles y casinos empezaron a competir por espectacularidad, hasta que llegó un momento en el que sus luces brillantes inutilizaron al complejo astronómico que había dado origen al centro turístico y ya no era necesario.
Actualmente, los astrónomos que desean observar los cielos del sur suelen recurrir a telescopios chilenos como el Gémini, cuyos constructores tuvieron la previsión de instalar en la cima de un cerro.

Fuga del cuerpo

Sentí como una presión en el pecho. Me faltó un poco el aire, y atiné a toser instintivamente. Tosí algunas veces pero supe que no era suficiente. Entonces seguí tosiendo más fuerte hasta que expectoré a mi corazón.
El corazón se alejó de mí mientras rebotaba en el piso. Lo quise seguir pero no pude acercarme. Se estaba escapando de mí. Antes de que lo pudiera asimilar, noté que mi ombligo se abría y una masa rojiza salía de mi interior. Era mi hígado, lo reconocí aunque nunca lo había visto. El hígado siguió los pasos del corazón y se llevó consigo a los intestinos, que estuvieron un rato largo saliendo de mi cuerpo.
Decidí que era prudente ir al médico. No sabía qué decirle, pensé que lo mejor era explicarle la situación aunque le resultara extraño. Pero mis piernas tenían otra idea. Yo fui hacia el consultorio y ellas a otro lado. Primero se liberó de mí la pierna derecha, que comenzó a renguear en la dirección a la que se habían ido mis órganos. La izquierda lo siguió rápidamente, y cuando la alcanzó ambas piernas pudieron dar verdaderos pasos.
Me pareció prudente llamar a un médico. Tenía miedo de perder más partes del cuerpo en el camino. Cuando quise agarrar el teléfono mi oreja izquierda se negó a recibir el tubo. Lo mismo hizo la derecha. Ambas orejas empezaron a girar cuando acercaba la mano. Con ellas giraba la cabeza. Pronto la cabeza giró a tal velocidad que se desenroscó de mi cuerpo y se fue en la misma dirección.
El hueco dejado por la cabeza fue aprovechado por varios órganos que todavía se encontraban en mí para fugarse. Perdí las amígdalas, los pulmones, el estómago y la vesícula. Luego de un rato mi interior quedó vacío.
Sólo me quedaba la fidelidad de los brazos. En un momento sentí que se desprendían y también me abandonaban, pero lo que se desprendió fue el envase del torso, que se fue rodando a encontrarse con sus compañeros.
Cuando llegó el médico sólo encontró mis brazos, salvo la mano izquierda y el codo derecho, que para entonces ya se habían ido. El médico no se dio cuenta de mi presencia. Creyó ver sólo un par de fragmentos de restos humanos. Y en cierto sentido tenía razón.
Cuando me vi desde los ojos del médico, que era la única posibilidad de verme, comprendí que no tenía sentido pretender lealtad por parte de los brazos, y los liberé.
Con un gesto de tristeza se marcharon en la misma dirección que el resto de mi cuerpo. Nunca supe adónde. Me llegó el rumor de que el cuerpo se volvió a ensamblar en un lugar lejano, libre ya de mi influencia.
Espero que, lejos de mí, mi cuerpo pueda ser feliz.

Lorem Ipsum

Lorem Ipsum dolor sentía al sentarse, en consecuencia siempre estaba parada. En los colectivos la gente le hacía notar que había asientos disponibles, pero Lorem Ipsum siempre se negaba a aceptarlo. Sus pies no dejaban oír la más mínima queja, pero pronto sus rodillas comenzaron a dolerle.
La cura era simple: debía acostarse hasta que dejara de dolerle. El dolor en las rodillas, de todos modos, era bastante menor que el dolor que sentía al sentarse. Era un dolor muy profundo. Los médicos que había visto no le habían podido encontrar una causa, precisamente porque era un dolor demasiado profundo.
Claro que Lorem estaba interesada en sentarse. El resto del mundo lo hacía, ella no quería ser menos. Pero sólo le interesaba si no le dolía. Hasta que se le ocurrió que tal vez al resto de las personas también sentían el mismo dolor al sentarse. Posiblemente era sólo cuestión de aguantar.
Lorem Ipsum, entonces, hizo un esfuerzo y se sentó. El dolor que sintió fue muy profundo. Tan profundo que la gravedad lo trasladó a la silla donde Lorem Ipsum se había sentado.
“¡Lorem! ¡Estás sentada!”, exclamó al verla su padre, Pater Noster. Lorem asintió con la cabeza y otras partes del cuerpo. “Y además no me duele nada”, agregó con alivio. La silla no opinaba lo mismo, pero tampoco tenía forma de expresarlo, por lo que ni Lorem ni Pater se enteraron de lo que ocurría.
Pater Noster decidió que había que celebrar el logro, y propuso a su hija que fueran juntos a tomar un helado. Lorem Ipsum nunca perdía oportunidad de tomar helado. Pero tuvo miedo de que, al levantarse de la silla, le volviera el dolor. La silla, en tanto, deseaba fervientemente la llegada de ese momento. Pater se ofreció a ayudarla y se colocó detrás de ella, para sostenerla en cualquier caso.
Con cierto esfuerzo, Lorem Ipsum se levantó lentamente de la silla. Al lograr una posición erguida, la silla lanzó un gran suspiro. Pero nadie se dio cuenta de que había sido la silla. Lorem pensó que era su padre, y Pater pensó que era Lorem.
Ambos fueron a tomar un helado, mientras la silla, a pesar del alivio de no tener a Lorem encima, continuaba con el dolor. Intentó cambiar de posición para ver si se aliviaba, y encontró que si estaba acostada con el respaldo sobre el suelo no le dolía nada.
Por eso, al volver Lorem luego de tomar el helado, cuando quiso volver a sentarse, acomodó la silla. Pero la silla, justo cuando ella se estaba sentando, volvió a acostarse sobre el piso y Lorem cayó al suelo.
El padre la ayudó a levantarse y comprobó que no le dolía nada. Tomó la silla y la acomodó con firmeza en una posición apta para sentarse. Luego se sentó él. Pero a la silla ya no le dolía, entonces no le impidió acomodarse.
El dolor había quedado en el suelo, que lo tuvo que aguantar sin poder hacer nada.

La extraña metamorfosis del doctor Erasmus Chesterton

Luego de desayunar, el doctor Erasmus Chesterton se dirigió, como todos los días, al Surplus Club. Allí pasaba sus ratos libres desde que se había retirado de la práctica de la medicina. Al llegar se encontró con Lord Quidstock, con quien sostenía una amistad de muchos años. A lo largo de las décadas se habían acompañado mutuamente en diversas aventuras. Entre ellos existía toda la confianza que podía haber entre dos hombres bien educados.
Lord Quidstock y el doctor Chesterton jugaban al billar y, ocasionalmente, al whist. Alternaban esos pasatiempos con la lectura de los periódicos que iban llegando al club, y ambos comentaban con entusiasmo las últimas noticias. El doctor Chesterton prestaba especial atención a los informes sobre avances científicos.
Por las tardes, el doctor Chesterton se retiraba a su hogar, donde tenía montado un laboratorio químico. Permanecía en él hasta la hora de la cena. Su mayordomo, Alphonse, tenía prohibida la entrada allí. Era grande la curiosidad por saber qué hacía su amo en ese lugar, por qué era tan secreto y, sobre todo, qué era lo que producía los extraños ruidos y olores que emanaban del laboratorio. Pero Alphonse era respetuoso de las reglas de la casa donde se empleaba, y se quedaba con la curiosidad insatisfecha.
El laboratorio del doctor Chesterton tenía frascos de diversas formas, en los cuales había líquidos de varios colores. Algunos de los líquidos burbujeaban, otros despedían humo espeso. El doctor Chesterton manipulaba tubos de ensayo, y con ellos mezclaba los distintos líquidos, mostrando especial interés cuando algún preparado producía un efecto de efervescencia. A veces se consideraba lo suficientemente satisfecho como para probar alguna de las mezclas. El doctor Chesterton no tenía miedo a experimentar con su propio cuerpo, lo había hecho durante toda su carrera.
Una mañana, Lord Quidstock se extrañó al no encontrarlo en el Surplus Club. No le dio importancia al asunto, y se dedicó a jugar al bridge con otros miembros. Pero, al día siguiente, Lord Quidstock se inquietó porque la ausencia del doctor Chesterton continuaba. Como temía que le hubiera ocurrido algo, decidió ir a su casa.
Lo atendió el mayordomo, quien le explicó que el doctor Chesterton, tres días antes, había encontrado un manuscrito escondido en un viejo libro, y le había generado tal entusiasmo que se mantenía encerrado en el laboratorio desde entonces. Alphonse sabía que su amo se encontraba bien, porque cada tanto oía gritos de júbilo. El mayordomo le ofreció pasar a tomar una taza de té. Lord Quidstock aceptó. Quería tocar a la puerta del laboratorio para saber qué tenía tan entusiasmado a su amigo.
Cuando Alphonse y Lord Quidstock llegaron al salón de té de la mansión, se encontraron con el doctor Chesterton, que tenía manchas de varios colores en su delantal, y lucía una sonrisa indisimulable. Quidstock se sorprendió al ve que el doctor Chesterton estaba ahí.
—¡Mi estimado amigo! Es un placer verlo. Acabo de hacer un descubrimiento extraordinario. ¿A qué debo su visita?
—Sólo vine para saber si se encontraba bien. ¿Qué ha descubierto?
—Lo siento, me agradaría contarle, pero por ahora debe permanecer en secreto. Es un hallazgo muy importante, y es necesario verificarlo bien antes de darlo a conocer.
—Pero, ¿de qué vale nuestra amistad de tantos años?
—Mi estimado Lord Quidstock, yo lo conozco desde hace cuatro décadas. Le aseguro que mi estimación por usted es enorme. Me ha acompañado en los momentos más difíciles de mi vida y en los de mayor satisfacción. Éste es uno de ellos. Pero créame que es mejor para usted no saber el secreto. Ya se enterará a su debido tiempo. ¿Le apetece un té?
Lord Quidstock prefirió volver al Surplus Club, porque se acercaba la hora de comer. Invitó al doctor Chesterton, pero el venerable científico decidió que lo mejor era quedarse en su vivienda y descansar, ya que había estado trabajando durante tres noches seguidas. Su amigo lo entendió, y se marchó hacia el Surplus Club.
El miércoles siguiente, Lord Quidstock llegó al club y encontró al doctor Chesterton en la puerta. Estaba mirando los carros que llegaban y también las personas que entraban al club. Quidstock se le acercó y lo saludó, sin embargo el doctor Chesterton no pareció reconocerlo. Cuando Quidstock lo invitó a entrar al club, el doctor le dijo en forma muy amable que no era miembro, y por lo tanto debía conformarse con admirar a los coches de quienes entraban. Según dijo, esos carros eran propulsados por los mejores corceles de la ciudad. Mencionó también que el mejor carro de todos era el del doctor Chesterton, a quien dijo estar esperando. Lord Quidstock se extrañó. Su británica elegancia le impidió incomodar a su amigo preguntándole qué le ocurría. Entonces, sin más, entró al club.
El jueves, el doctor Chesterton estaba instalado en su sillón cuando Lord Quidstock llegó al club. Luego de entrar, intentó preguntarle por el incidente del día anterior, pero el doctor Chesterton dijo no haber estado en ese lugar. Dijo que había estado experimentando todo el día.
Esa mañana, el doctor Chesterton y Lord Quidstock se dedicaron a jugar al billar. Lord Quidstock tenía muchas ansias de saber cuál había sido el descubrimiento de su amigo, sin embargo la caballerosidad le impedía volver a preguntarle. Después de comer, el doctor Chesterton regresó a su casa, como todos los días. La rutina anterior se restableció. Todo parecía normal.
Algunas noches más tarde, sin embargo, Lord Quidstock se levantó de la cama al sentir unos gritos. Provenían de la calle. Eran gritos extraños y al mismo tiempo algo familiares, a pesar de su absoluta insolencia. Quidstock quiso llamar a su mayordomo, Joseph, para que fuera a ver qué ocurría, pero no lo encontró. Entonces se asomó él mismo a la ventana, y vio a Joseph tratando de contener al doctor Chesterton, que hacía ostensibles gestos con los brazos. Después de unos instantes quedó claro que era también el autor de los gritos.
Quidstock bajó a hablar con su amigo. Intentó averiguar qué estaba pasando. Pero no pudo entenderse con él. No respondía a su nombre, sino que insistía con ver al doctor Chesterton. No había manera de hacerle entender que se trataba de él mismo.
Lord Quidstock envió a Joseph a buscar a algún policía para ver si los podía ayudar. Los vecinos de Savile Row no gustaban de ser molestados y acostumbraban a llamar a la policía ante cualquier ruido. Quidstock pensó que era preferible mantener la situación bajo control y tener a la policía de su lado. No quería que hicieran sufrir innecesariamente a su amigo.
Mientras el mayordomo se dirigía al cuartel policial, Lord Quidstock trató de contener al doctor Chesterton. No encontró manera de convencerlo de que volviera a su casa. Le preguntó por Alphonse, sin que el doctor lo identificara. Lo invitó a pasar la noche en su mansión, pero su amigo dijo que no quería aceptar invitaciones de desconocidos. Lo único que quería era ver al doctor Chesterton.
Un rato después, llegó Joseph con dos agentes de policía. También trataron sin éxito de comunicarse con él. Dado que preguntaba por sí mismo, a uno de los policías se le ocurrió preguntarle su nombre. El doctor Chesterton dijo ser un tal “Mister Boyd”, aunque cuando le pidieron que acreditara esa identidad no pudo hacerlo.
Los policías explicaron que debían llevarlo al cuartel para no molestar el sueño de los vecinos. Lord Quidstock estuvo de acuerdo, le pareció preferible tener a su amigo en un ambiente controlado. Pudo volver a dormir cuando los policías se llevaron al doctor Chesterton.
A la mañana siguiente, el doctor se despertó en una celda del cuartel de policía y se sorprendió mucho al ver dónde se encontraba. Se acercó a la reja y se dirigió al guardia.
—¿Qué hago aquí?
—Está usted preso por alterar la paz del hogar de Lord Quidstock. ¿No lo recuerda?
—¿Cómo voy a hacer eso? Lord Quidstock es uno de mis amigos más cercanos. Mándelo llamar, esto tiene que ser una confusión.
—¿Usted no recuerda lo que ocurrió anoche?
—Anoche estaba experimentando en el laboratorio de mi mansión, y hoy me encuentro aquí. Me parece que son ustedes los que tienen que dar explicaciones. ¿Con qué autoridad me sacan de mi vivienda, sin que me dé cuenta? ¡Exijo que me dejen ir inmediatamente!
Los policías llamaron al médico del cuartel, quien revisó al doctor Chesterton y no le encontró nada. Entonces lo liberaron, con la advertencia de que tuviera cuidado con lo que hacía.
El doctor Chesterton fue desde el cuartel hasta el Surplus Club, sin pasar por su casa. Lord Quidstock llegó bastante tarde. Su caballerosidad hizo que no hiciera ninguna pregunta sobre el incidente de la noche anterior. No obstante, estaba tratando de deducir qué ocurría con su amigo. Luego de un rato, cayó en la cuenta de que era jueves, y notó que los dos incidentes que había protagonizado el doctor Chesterton habían ocurrido en miércoles. Lord Quidstock pensó que el miércoles siguiente podía volver a ocurrir algo. Decidió urdir un plan para averiguar qué era lo que estaba haciendo su amigo.
En efecto, el miércoles siguiente el doctor Chesterton volvió a ausentarse de su casa convencido de ser Mister Boyd. Entonces Alphonse mandó a buscar a Lord Quidstock, poniendo en marcha el plan que, durante la semana, habían convenido. Joseph, el mayordomo de Lord Quidstock, recibió instrucciones de seguir discretamente al doctor Chesterton para mantener la situación bajo control.
El plan era simple: entrar en el laboratorio prohibido y ver en qué consistía el proyecto en el que el doctor Chesterton estaba trabajando con tanto entusiasmo. A ambos les parecía que el descubrimiento que el doctor decía haber hecho estaba relacionado con su extraña conducta.
Abrieron con cautela la puerta del laboratorio y vieron los frascos de diversas formas. Sobre la mesa más grande había un vaso que contenía restos de un líquido verde burbujeante. Cerca de allí había una jarra con ese mismo líquido. La jarra tenía una etiqueta escrita con la letra del doctor Chesterton, que decía “bebida de transformación”. Alphonse y Lord Quidstock conjeturaron que el doctor había bebido ese líquido.
Ambos decidieron que uno de ellos probara el líquido para verificar sus efectos. Convinieron en que debía ser Lord Quidstock. El mayordomo anotaría todo lo ocurrido.
Alphonse sirvió un vaso del extraño líquido y se lo entregó a Lord Quidstock, quien lo bebió con sobria dignidad. Alphonse tenía una libreta en sus manos para documentar todo lo que sucediera. Estaba expectante. Lord Quidstock también. Sin embargo, no notó ningún efecto producido por la bebida, excepto un agradable sabor a limón. El mayordomo, como estaba previsto, le preguntó su nombre. Lord Quidstock contestó correctamente.
Pasaron las horas, y la mente de Lord Quidstock siguió sin sufrir cambios importantes. Ocurría lo mismo con el cuerpo. Llegó un momento en el que, para evitar sospechas, Lord Quidstock tenía que ir al Surplus Club y encontrarse con el doctor Chesterton, que según sus cálculos ya habría vuelto a la normalidad. Así que dieron por fracasado el experimento.
En el camino al Surplus Club, Quidstock se encontró con su mayordomo, que volvía de ahí. Según el testimonio de Joseph, el doctor Chesterton había estado toda la noche en la recepción del Surplus Club preguntando por él mismo. Los empleados al principio le habían querido explicar la situación, pero al ver que no había caso decidieron seguirle la corriente y lo dejaron entrar. Más tarde, le comentaron que se había dormido en uno de los sillones. Joseph agregó que se había quedado toda la noche en la recepción para asegurarse de que todo estuviera bien. En ese momento estaba volviendo a su puesto habitual de trabajo para comenzar con las tareas del día. Lord Quidstock le agradeció la información y se dirigió con más ganas hacia el Surplus Club.
En el club, Quidstock no se aguantó más. Venció los impedimentos de su caballerosidad victoriana y le preguntó directamente al doctor Chesterton qué era lo que estaba investigando, y cuál era el descubrimiento que había hecho. Le explicó también su preocupación por todos los extraños episodios en los que se había involucrado.
Tal confrontación agarró desprevenido al doctor Chesterton, que ante la sorpresa terminó confesando todo.
—Le voy a contar, estimado amigo. Verá, días atrás estaba revisando un viejo libro que me habían enviado de la Biblioteca de Hamburgo, cuando se cayó un manuscrito. Lo levanté con curiosidad, y me encontré con un texto en clave. Después de varias horas pude descifrarlo, y llegué a la conclusión de que lo que había en el manuscrito eran anotaciones de un viejo alquimista que había sido perseguido por la Inquisición. No había logrado hacer oro, pero el viejo papel contenía la fórmula de una bebida para convertir a las personas en otras personas.
—Y consiguió fabricarla, evidentemente.
—Después de largos experimentos. El manuscrito no sólo estaba en clave sino que llamaba a las distintas sustancias por sus nombres alemanes del siglo XVI, y tuve que experimentar bastante. Hasta que llegué a una fórmula satisfactoria.
—¿Y de ahí sale Mister Boyd?
—¿Quién es Mister Boyd?
—Es el hombre que usted dice ser. ¿Sabe quién es?
—Yo no digo ser nadie. Explíquese.
—Usted causó un alboroto en la puerta de mi casa, la noche del miércoles pasado. Hubo que llevarlo detenido. La policía le preguntó su identidad y dijo ser Mister Boyd. ¿No lo recuerda?
—Recuerdo haberme despertado en el cuartel. Pero nada más.
—Bueno, fue mi mayordomo el que acudió a la policía. No sabíamos qué hacer con usted.
—¿Cómo conmigo? Querrá decir con Mister Boyd.
—Pero Mister Boyd era usted.
—¿Cómo lo sabe?
—Es que lo era. Era la misma persona que es hoy, incluso estaba vestido igual, sólo que estaba despeinado, actuaba de manera alterada y preguntaba por el doctor Chesterton, o sea usted, pero haciéndose llamar Mister Boyd. Además, ¿quién se despertó en el cuartel?
—Está usted en un error. En todo caso me habré convertido en Mister Boyd. Me desperté yo, pero el que fue preso fue Mister Boyd.
—Pero Mister Boyd es usted. Todos se dan cuenta, no hay ningún cambio en su apariencia.
—¿Cómo que no hay ningún cambio?
El doctor Chesterton quedó pasmado con esa revelación. Se apoyó en el respaldo de su sillón del Surplus Club, y se quedó meditando durante unos minutos. Finalmente, salió de su trance, se dirigió a Lord Quidstock y le dijo:
—Acompáñeme.
Lord Quidstock lo siguió hacia su casa. El doctor Chesterton lo guió hasta el laboratorio. No se dio cuenta de que alguien había entrado, Alphonse había dejado todo tal como estaba. El doctor le dio a probar el mismo líquido verde que antes no le había hecho efecto.
—Pruebe esto, y veremos qué le ocurre a usted.
Lord Quidstock bebió el líquido. El doctor Chesterton abrió muy grandes los ojos, pero no vio nada extraño. Lord Quidstock seguía siendo el mismo. Pasaron las horas, y el efecto nunca se hizo presente. Entonces el doctor Chesterton decidió encarar personalmente el asunto.
—Vea qué pasa cuando lo bebo yo.
El doctor Chesterton se sirvió un vaso y bebió, con cierta desconfianza en su mirada. Inmediatamente le agarró un ataque de hipo. Cuando terminó, Lord Quidstock le dirigió la palabra:
—¿Mister Boyd?
—No. Soy el doctor Chesterton. Me temo que mi experimento fue un fracaso. No me explico qué pudo haber pasado.
Quidstock le propuso que investigaran juntos. Le pidió ver el manuscrito que había dado origen a las investigaciones. El doctor Chesterton lo guió hasta su biblioteca y se lo entregó.
Al recibirlo, Lord Quidstock se dirigió hacia la mesa principal de la biblioteca para examinar el manuscrito. Durante algunas horas lo miró de distintas maneras. Trataba de encontrar algo que se le hubiera escapado al doctor Chesterton.
De repente, lanzó un recatado grito de “eureka”. Cuando el doctor se le acercó, Quidstock le mostró unas iniciales que estaban casi borradas del borde del manuscrito: S. F.
—¿San Francisco? —preguntó el doctor Chesterton.
—No —respondió su amigo—. Este manuscrito no está en alemán antiguo, sino en un dialecto austríaco. Vienés, para ser más preciso. S. F. no es otro que Sigmund Freud. Evidentemente, esto es un experimento de la Psique.
El doctor Chesterton miró otra vez el manuscrito, incrédulo. Lord Quidstock siguió extrayendo conclusiones.
—Fíjese que hay dos partes diferenciadas, que incluso tienen distinta letra. La primera parte son notas de un experimento con un placebo. La segunda es la receta de una bebida. Se ve que usted tenía tantas ganas de que su experimento funcionara, que no sólo mezcló todo sino que realmente creyó que estaba funcionando. Pero, como puede ver, todo es un truco idiomático.
El doctor Chesterton quedó pasmado. Fue hasta el laboratorio, mientras Lord Quidstock corría tras él. Tomó un sorbo de la extraña bebida, sin que le hiciera ningún efecto. Luego bebió otro sorbo, y rápidamente terminó todo el vaso.
Lord Quidstock se acercó y expresó que lamentaba la frustración que debía estar sintiendo. Pero el doctor Chesterton se encogió de hombros y respondió: “Sí, mi experimento fue un fracaso, pero no me he quedado con las manos vacías. He podido llegar a la fórmula de esta bebida. Es muy buena, ¿no le parece? Sospecho que puede haber un mercado para una bebida sabrosa, fresca y burbujeante. Tendríamos que fabricarla a gran escala. Le propongo que seamos socios.”
Lord Quidstock no quiso participar, pero dio el visto bueno a la operación y le deseó suerte. El doctor consiguió inversores y comenzó a embotellar la extraña bebida. El público respondió con entusiasmo. El negocio creció y el doctor Chesterton, en pocos años, pasó de ser un médico retirado a quien le gustaba experimentar sobre sí mismo, a ser el primer gran embotellador de bebidas gaseosas de toda Inglaterra.

La inauguración del corral

Del primer huevo nació un pollito que con el correr de los meses se convirtió en la primera gallina. Desde su nacimiento correteó por la pradera, picoteando lo que encontraba y comiendo lo que podía. No siguió el ejemplo de sus mayores, porque era la primera gallina. Tampoco sabía cómo debía comportarse una gallina, y la ausencia de ese conocimiento continúa siendo una característica de las gallinas actuales.
Un día, la gallina puso un huevo. Instintivamente lo empolló durante veintiún días pero al cabo de ese tiempo no nació ningún pollito. Ocurría que no había habido un gallo que lo fecundara. La gallina se lanzó a la búsqueda de un gallo pero fue inútil, porque el primer gallo todavía no había nacido.
La gallina no flaqueó. Continuó comiendo, correteando, poniendo huevos y también intentaba volar, aunque no tuvo éxito. Conoció otros animales que vivían cerca, como el chancho, el caballo y el orangután. Estos animales se extrañaron al ver a la gallina, porque nunca habían visto una antes.
De pronto, la gallina se encontró en un lugar que le sonaba conocido. Era el nido donde había nacido. Allí había otro huevo. Un pollito intentaba romper el cascarón. Le resultaba difícil porque nunca lo había hecho. La gallina golpeó suavemente el huevo con su pico para ayudarlo, y cuando el pollito pudo salir lo guió por la pradera, lo educó y le dio de comer.
Pasaron los meses, y el pollito fue creciendo hasta convertirse en el primer gallo. Cuando lo logró, miró a la gallina con otros ojos. La gallina, aunque no estaba segura de cómo debía ser un gallo porque nunca había visto uno, luego de un rato se convenció y cedió a sus avances.
De este modo la gallina empezó a poner huevos fecundados de los que nacieron pollitos que formaron la segunda generación de gallos y gallinas. Con el tiempo, sus descendientes se propagaron por todo el mundo. Hoy ninguno recuerda la historia de la soledad de la primera gallina.

Ejecución tensa

Luis XVI se dirigía al patíbulo. La guillotina estaba preparada. Su buen funcionamiento había sido certificado horas antes por un notario público. Se vivía el momento más tenso de la historia de Francia. Aunque todos los reyes anteriores habían muerto, no era frecuente que el monarca fuera ejecutado. La inusual situación provocaba mucho nerviosismo en el país.
El más tenso, aunque intentara mostrarlo como gallardía, era el rey. De cualquier manera la tensión era palpable en todo el trayecto desde la cárcel hasta el patíbulo. Algunos tenían miedo de que la conexión entre el rey y la divinidad fuera cierta y gracias a ella el rey pudiera hablar luego de que se le cortara la cabeza y arengara al pueblo para que se levantara contra la Revolución. Otros temían que el rey, antes de someterse al castigo, motivara a los presentes con su oratoria.
Pero nada de eso ocurrió. El pueblo acompañó el trayecto hacia el patíbulo con un silencio que mostraba el respeto por la investidura del rey y también dejaba percibir la tensión extrema del momento. El rey permanecía con la frente en alto.
Cuando llegó el momento de llevar a cabo la condena, el verdugo guió al rey hasta la guillotina. No era una ejecución más para el verdugo. En general el condenado estaba nervioso, pero esta vez eran ambos. Con hidalguía, el rey se colocó en la guillotina, se ajustaron los últimos detalles y se ordenó la caída de la cuchilla. La canasta esperaba el instante de recibir a la cabeza del rey.
La cuchilla comenzó a caer, y en ese momento ocurrió algo extraordinario. La tensión del entorno se había transmitido al cuerpo del rey, y su cuello estaba tan duro que al entrar en contacto con la cuchilla la partió en dos.
Los asistentes expresaron su estupor por lo ocurrido durante unos segundos. Inmediatamente se ordenó a la policía dispersar a la muchedumbre, para evitar nuevos inconvenientes. El rey se sorprendió por haber vencido a la guillotina. Sonrió en secreto mientras se cambiaba la cuchilla por una de repuesto.
Cuando estuvo lista, el rey fue acostado de nuevo en la máquina. Aceptó las instrucciones con confianza. Creía que la nueva cuchilla también se iba a partir, y por eso se relajó. El cuello relajado permitió el buen funcionamiento de la cuchilla, y Francia se quedó sin rey.