Olor a lluvia

Hacía tiempo que no llovía. Ya la sequía había pasado los límites normales. Estaba claro que algo pasaba. Se extrañaba el agua en todo el mundo. Se necesitaba para los cultivos, y también para volver a llenar las fuentes de agua dulce.
En el último tiempo se habían producido varias tormentas inconclusas. El cielo se oscurecía, se cubría de nubes. Llegaba a haber olor a lluvia. Pero cuando querían sonar los truenos se producía un sonido forzado y trunco, equivalente al del motor de un auto que no arranca. En lugar de relámpagos había sólo leves destellos de luz muy tenue, visibles sólo con instrumental especializado. Luego, las nubes se despejaban sin concretar la esperada lluvia.
Era claro que algo estaba roto. No se sabía si el hombre era responsable, pero sí que era el único que podía hacer algo. Algo andaba mal en la cañería del cielo. Algo hacía que el agua que subía no volviera a bajar. Era necesario mandar un plomero.
Pero, ¿cómo mandarlo? Para que llegara él con sus herramientas, había que construir una escalera al cielo. La NASA decidió intervenir en el asunto y financió la construcción. Era una escalera muy larga. El mayor desafío para la ingeniería no era la escalera en sí misma, sino cómo sostenerla. Pero los expertos de la NASA estuvieron a la altura y (con la ayuda de la ESA, que financió un escalón) pronto estuvo lista para ser utilizada.
Mientras, se había hecho la selección del plomero. No bastaba con consultar la guía amarilla, porque no se sabía cuál era realmente bueno. Una encuesta mundial determinó quién era el profesional con más confianza entre sus clientes. Resultó elegido un tal Arturo, de Santos Lugares.
Los responsables de la escalera, al verlo, tuvieron dudas. Su aspecto no era alentador. Andaba en joggings sucios, encima de los cuales tenía un enterito. No estaba bien afeitado. Su pelo alternaba entre blanco, negro y gris y carecía de toda prolijidad. Arturo no daba la imagen de alguien que pudiera devolver la lluvia al mundo. Pero venía muy recomendado. Según sus clientes, lograba arreglar cualquier desperfecto que otros plomeros decían que eran imposibles. En la escala de la plomería, hacía milagros.
Entonces se lo envió. Subió la escalera con cierta parsimonia, mientras abajo se hacían apuestas sobre si lograría hacer el trabajo. Una vez en el tope de la escalera, encendió un cigarrillo y se puso a trabajar. Por radio comunicó a la superficie que había encontrado el bloqueo. Una vez aprobado el presupuesto, encendió otro cigarrillo y puso manos a la obra.
Terminó antes de lo previsto, y todos se dieron cuenta de que había hecho bien el trabajo cuando volvió a llover. Arturo bajó y fue recompensado por su tarea. Las lluvias volvieron a su ritmo habitual. Pero pronto estuvo claro que Arturo había estado fumando mientras hacía la reparación, porque el olor a lluvia fue reemplazado por olor a cigarrillo.

Una mano lava a la otra

Una mano lava a la otra. La enjabona bien, y después la ayuda a enjuagarse. Al terminar, le llega el turno de ser lavada. Pero la otra mano no quiere. Ya está limpia. Sostiene que para lavar a la otra mano tendrá que volver a ensuciarse. Entonces se niega. Da a entender que la primera mano puede hacer lo que quiera, pero ella se mantendrá al margen del asunto. Es decir, se lava las manos.
La primera mano, entonces, para quedar limpia debe lavarse a sí misma. Es muy difícil. Lavar la palma se puede, lavar la parte exterior de la mano es mucho más complicado sin ayuda. De todos modos lo intenta. Coloca el jabón en un sector del lavatorio y trata de entrar en contacto con él para impregnarse de su poder de limpieza. Pero el jabón se cae varias veces. La mano hace un gesto de frustración.
La otra mano se apiada de ella y decide que, después de todo, puede ayudarla. Ambas tienen mucha historia juntas, no es cuestión de separarse por un capricho. Entonces la segunda mano lava a la primera tan meticulosamente como fue lavada por ella. La primera queda impecable, pero ahora la segunda mano quedó toda enjabonada, perdió el brillo que había obtenido antes.
Es necesario que la primera mano la vuelva a lavar. Pero ambas comprenden que entraron en un círculo vicioso. Deben olvidar sus diferencias y cooperar para que no les vuelva a pasar.
Ambas manos se entienden. Al estar dispuestas a enfrentar juntas a la adversidad, se sienten más unidas que nunca. Sienten el deseo de estrecharse. Al hacerlo, se dan cuenta de que ésa es la respuesta. Deben lavarse al mismo tiempo, y enjuagarse ambas bajo el chorro de agua. Ambas quedan igual de limpias. Terminan tan contentas que, luego de secarse, antes de salir del baño y en un nuevo gesto de unidad, chocan sus palmas.

Mis hemisferios

El hemisferio derecho del cerebro controla al lado izquierdo del cuerpo. Del mismo modo, el hemisferio izquierdo del cerebro controla al lado derecho del cuerpo. Se ignora el porqué de esta configuración confusa, aunque algunos sostienen que es para ayudar a unir a la persona.
En efecto, la autonomía de los lados del cuerpo podría derivar en problemáticas separaciones. Con el intercambio cerebral, si un lado del cuerpo se aleja del otro, se alejará también del hemisferio que lo controla, entonces no podrá ir muy lejos y será prontamente alcanzado por el otro lado.
En mi caso es más difícil, porque soy hemisferio izquierdo dominante. Mi hemisferio izquierdo controla al lado derecho, el cual, a su vez, domina al lado izquierdo, porque el hemisferio izquierdo tiene supremacía sobre el derecho. De este modo, el hemisferio derecho obedece las órdenes del izquierdo y controla a todo el cuerpo.
Esto tiene una serie de consecuencias importantes sobre mi persona. No sólo soy un individuo lógico y calculador, como todos los que tienen predominio en el hemisferio izquierdo, sino que el lado izquierdo de mi cuerpo se maneja como si fuera el derecho.
Si camino sin prestar atención, la pierna izquierda se comportará como la derecha, tal es el grado de sumisión que tiene el hemisferio derecho. Entonces el izquierdo debe ejercer su dominio para cambiar la conducta del derecho. El efecto que se produce que el hemisferio izquierdo hace todo el trabajo, mientras el derecho se dedica a descansar. Al faltarle ejercicio se atrofia, y el hemisferio izquierdo agudiza su dominio.
Algunos piensan que todo es una estratagema del hemisferio derecho para no tener que trabajar. De cualquier modo, existe entre ambos hemisferios una pugna por el dominio del cuerpo, porque al lado izquierdo no le gusta ser manejado por el hemisferio izquierdo y lo expresa con pulsos eléctricos desagradables hacia el derecho durante la noche.
Todo esto me produce grandes dolores de cabeza. A veces deseo que mi cuerpo se parta en dos, nomás, y cada hemisferio pueda seguir su camino en forma independiente. Pero no, no es posible, porque además de ser una gran dificultad médica lograrlo, se generaría el problema de saber con cuál de las dos mitades debo quedarme yo.

El camión de los centauros

Era un verdadero centauro. Estaba montado sobre un caballo, que a su vez era transportado en un camión junto con otros caballos que también portaban centauros. Excepto uno, que tenía en su montura un hipocampo.
No supe a qué se debía la escena. ¿Estarían los centauros tratando de procrear con los caballos? Es posible, porque se notaba que los centauros eran machos, cada uno de ellos tenía el torso de un hombre. Y probablemente era más fácil intentar procrear con un caballo que, por ejemplo, con una sirena.
Decidí seguir al camión. No sabía dónde iba, pero pensé que podía ser un lugar interesante. Tal vez algún lugar misterioso, descripto sólo en la mitología. Probablemente no me iban a dejar entrar, aunque no perdía nada con intentarlo.
Pensé que tal poner a los centauros sobre los caballos era sólo una manera de llevar más animales en el mismo camión, y así ahorrar en flete. Esta teoría se vio corroborada cuando, en un parador de la ruta, subieron al camión un montón de personas, todas con arcos y flechas, que treparon los caballos y posteriormente montaron los centauros.
Claramente algo interesante debía estar ocurriendo. El camión retomó la ruta. Continué la persecución, pero empecé a tener dificultades cuando los arqueros se dieron cuenta y me miraron mal. El hipocampo también me miraba mal.
Bajé un poco la velocidad. Dejé que me pasaran un par de autos, total el camión se veía de lejos. No quería exponerme a que me tiraran un flechazo. Cuando se hizo de noche, volví a acercarme al camión, que no se detuvo. Los caballos dormían plácidamente, de pie. Los arqueros se habían acostado en el suelo del camión, que hasta donde pude observar no estaba lleno de bosta de caballo ni de centauro. Estos últimos se encontraban acostados sobre sus espaldas, cada uno apoyado en dos mitades de caballo.
Cuando salió el sol, los centauros relincharon al unísono, para saludar al astro rey. Fue un relincho perfecto, a pesar de sus gargantas humanas. Con el ruido, los demás se despertaron y el camión tomó velocidad. Era probable que tuviera dos conductores, porque siguió sin detenerse.
Por suerte yo había cargado nafta. No sabía qué tan lejos podía ir el camión. Pensé que, como podía ir a un sitio desconocido y que tenían que ahorrar en flete, era probable que fuera muy lejos. Lo iba a seguir hasta donde pudiera, mientras tanto ya había memorizado la patente por las dudas que se me escapara.
Nos acercábamos a la costa. La ruta luego se desviaba hacia los distintos balnearios. ¿Tal vez los seres míticos estaban de vacaciones? Nunca lo supe, porque cuando el camión llegó a la playa siguió derecho, abandonó la ruta, pasó a rodar sobre el mar y se alejó hacia el sol a toda velocidad.

Moái problema

Un día, así, de repente, los turistas que llegaron a la Isla de Pascua a ver los moáis se encontraron con que las estatuas habían desaparecido. No estaban más, sólo se veía un hueco en el lugar donde cada una se enclavaba.
Los turistas, de todos modos, no quisieron desaprovechar el viaje. Decidieron visitar los huecos, para por lo menos ser testigos de la desaparición de los monolitos perdidos. Desde todos los huecos se podía ver el agua. Aparentemente, los moáis eran muy profundos, o se habían hundido de manera contundente.
Los especialistas de la isla organizaron expediciones para encontrar los moáis perdidos y devolverlos a su lugar de origen. Los buscaron bajo la isla, pero no encontraron ninguno. Ni siquiera los pedazos estrellados en el fondo del océano. Pensaron que tal vez las corrientes los habían arrastrado, entonces se decidieron a buscarlos en los alrededores.
Después de algunas semanas de búsqueda, un grupo de submarinos militares chilenos tuvo un extraño encuentro. Vio una larga hilera de hombres negros muy altos que caminaban aparatosamente por el lecho del océano. Eran 883, es decir que eran todos los moáis existentes. Al parecer, habían obtenido cuerpos de algún modo, o siempre los habían tenido y no se veían.
Las esculturas animadas se dirigían en fila hacia el continente, o sea hacia Chile. Uno de los submarinos se acercó a la fila para investigar la extraña conducta. Los ocupantes de los otros artefactos se horrorizaron al ver que un moái lo aplastaba como si fuera un mosquito.
Los moáis no se detenían ante nada. Pequeñas imperfecciones del terreno quedaban destruidas a su paso. Los animales, aún los más feroces, debían desviarse o morir a golpes de puños de piedra.
De inmediato se dio aviso a las fuerzas armadas. Los moáis se acercaban a paso firme a la costa chilena, y era previsible que quisieran continuar su paso, o tal vez quedarse y conquistar el país. La guardia nacional apostó cañones a lo largo de toda la costa, y les ordenó disparar en cuanto los moáis asomaran su oscura cabeza por encima de las olas.
Así ocurrió, pero las balas no tuvieron ningún efecto sobre las estatuas de piedra, que continuaron su avance hacia la costa. Se decidió, entonces, evacuar a los habitantes de Chile hasta que pasara el peligro. Todos debieron abandonar sus casas, como habían hecho en su momento los nativos de la Isla de Pascua.
Cada vez más cerca del caos provocado por la huida, los moáis se acercaban a tierra. Fueron asomando sus cabezas a medida que el terreno se hacía menos profundo, y pronto dejaron al descubierto el enorme tamaño de sus cuerpos. Las cabezas, incluso, eran desproporcionadamente chicas en comparación con los enormes pies. Eran verdaderos gigantes de roca.
Avanzaron sobre la playa y en dos o tres pasos llegaron a la cordillera. No fueron intimidados por los Andes, la intención aparentemente era seguir hacia Argentina o, quién sabe, más allá. Pero el viaje se vio interrumpido. Cuando trataban de caminar las montañas, los pies embarrados se deslizaron por la cordillera y los moáis se empujaron unos a otros formando un efecto dominó inverso. Gracias al barro de sus pies, cayeron hacia atrás como en un tobogán, y volvieron al mar.
De todos modos, su determinación no se vio afectada. Continuaron caminando en la misma dirección. Volvieron a encontrarse con los Andes, y volvieron a caer. El proceso se repitió unas cuantas veces, y los observadores que el gobierno chileno había dejado en la zona vieron que ante cada intento de cruzar la cordillera los moáis se iban erosionando.
Entonces, el ejército chileno supo cómo pasar a la acción. Decidieron cubrir todo el trayecto de la playa a la cordillera con papel de lija. Por suerte, la geografía del país hizo que no fuera necesario demasiado papel. Después de algunos días de continuos intentos por cruzar la cordillera, los moáis se redujeron cada vez más, hasta que sólo quedaron simples guijarros que caían hacia el mar en el medio de una densa nube de polvo negro.

Pre cráter

Un extraño objeto apareció en el cielo. La gente que estaba abajo miró hacia arriba. Algunos pensaron que era una nave extraterrestre. De ellos, una parte sintió miedo, los demás se entusiasmaron con la idea de conocer seres de otro planeta. Pero pronto se identificó el objeto. No era una nave espacial, sino un asteroide que estaba a punto de chocar con la Tierra.
Cuando quedó clara la naturaleza del bólido, la gente salió corriendo. Todos se fueron en diferentes direcciones, formando un círculo cada vez más grande alrededor del lugar donde se iba a producir el impacto.
Los satélites que miraban hacia la Tierra, al ver lo que ocurría, asumieron que era un cráter que se estaba expandiendo, y que por lo tanto el objeto ya había chocado con la Tierra. Desde el centro de comandos de la NASA, entonces, se dirigió al satélite más cercano para que tomara fotos del punto exacto.
El satélite se posicionó y, justo en ese momento, el asteroide lo tomó por sorpresa. No había impactado sino que estaba por hacerlo. Pero el satélite se interpuso. El asteroide lo golpeó. Ambos objetos se desplazaron de sus órbitas como dos bolas de pool.
En el centro de comandos de la NASA dejaron de recibir datos del satélite y se determinó que lo recibido hasta ese momento eran síntomas de mal funcionamiento. Por lo tanto, se procedió a dar de baja el satélite, sin otorgarle crédito alguno por salvar al planeta de un impacto devastador.

Súper Pizza

De joven, Clark Kent se ganaba la vida repartiendo pizzas. Era el mejor repartidor del mundo. Con él, la pizza llegaba siempre caliente. El tránsito no era un impedimento para hacer bien su labor. Clark Kent volaba y llevaba las pizzas sobre la espalda, siempre en posición horizontal para no derramar el queso.
La eficiencia de Clark Kent le permitió a la pizzería ampliar el radio de entrega, y como consecuencia también las ventas. No había que preocuparse por no entregar en barrios peligrosos, porque Clark podía enfrentarse a cualquier peligro y sortearlo con la pizza indemne.
Los clientes siempre quedaban conformes. Incluso en los casos en los que se entregaba el pedido equivocado, la celeridad con la que llegaba el reemplazo sorprendía a todos. Clark Kent llamaba a la pizzería para informar lo ocurrido y volaba hacia ahí mientras se ponía en marcha la otra pizza. Luego regresaba al domicilio de destino en pocos instantes. Las amplias propinas que se ganaba le permitieron cumplir el sueño de construir una fortaleza en las lejanías donde reflexionar en los ratos libres.
Un día, cuando llegó a entregar un pedido se encontró con que los que habían ordenado la pizza eran policías que estaban rodeando una casa, donde un malhechor había tomado rehenes. Luego de entregar las pizzas, Clark Kent sintió un fuerte impulso por liberar a los prisioneros. Sin pensarlo dos veces, irrumpió en la casa con fuerza sobrehumana, derribó una pared y en un instante neutralizó al malvado y liberó a los prisioneros. Luego volvió a la pizzería a buscar el siguiente pedido.
Después de este episodio, Clark Kent empezó a notar que la policía le pedía pizzas muy seguido, y en cada entrega se encontraba con una situación para resolver. A Clark le gustaban esos desafíos, pero pronto el abuso jugó una mala pasada. Debido a que las pizzas para la policía eran sin cargo, llegó un momento en el que la pizzería no pudo sostenerse y tuvo que cerrar. Clark Kent, entonces, tuvo que buscarse otro trabajo.

Mosquitero

Ese verano venía siendo especialmente pródigo en mosquitos. Era imposible estar cinco minutos afuera sin recibir numerosas picazones. Adentro, además de hacer calor, había también presencia de los mosquitos, que habían aprendido a atravesar puertas.
Por eso decidimos poner un mosquitero en el quincho. Así podíamos estar más o menos frescos, sin necesidad de untarnos de repelente, el cual en combinación con la pantalla solar hacía un olor espantoso y dejaba la piel toda reseca, con lo cual necesitábamos ponernos, además, crema humectante.
La instalación del mosquitero se demoró unos días, porque había mucha demanda. Pero después de una semana vinieron los operarios a instalarnos el mosquitero Pentágono. Estuvieron más o menos medio día hasta que se montó una fortaleza. El sistema consistía en una especie de alambrado fino, más fino que un mosquito, por lo que ninguno podía pasar.
Para pasar nosotros, que también éramos más gruesos que el alambrado, el mosquitero tenía un sistema de puerta, que cualquiera de nosotros podía abrir cuando quisiera pasar. Era crítico cerrarla una vez adentro, o afuera, porque en caso contrario el mosquitero se vería neutralizado.
El punto débil del sistema era muy claro, pero si lo usábamos bien no debíamos tener problema. A menos que, como dijo el técnico de Pentágono antes de irse, “los mosquitos aprendieran a abrir puertas”. No lo creímos probable.
Fue un error. Porque al poco tiempo de instalar el mosquitero, se empezaron a acumular mosquitos del lado de afuera. Desde adentro los podíamos ver como una masa densa y oscura que se abalanzaba sobre el picaporte. Teníamos miedo de salir. Los mosquitos revoloteaban sobre el picaporte, y después de un rato lograron moverlo.
Antes de que nos diéramos cuenta, habían logrado abrir la puerta y se abalanzaron sobre nosotros. Salimos corriendo, espantados ante la posibilidad de que los mosquitos nos picaran en forma absoluta. No sabíamos para dónde ir, y divisamos la pileta. Razonamos que los mosquitos no pueden sobrevivir en el agua y nos tiramos. Desde entonces nos mantenemos ahí. Tenemos frío, pero por lo menos estamos a salvo de la voracidad de los mosquitos abrepuerta.

El objeto de su amor

Un pedazo de cinta Scotch revoloteaba a pocos milímetros de la vereda. Una cucaracha lo vio y se sintió atraída. Entonces lo siguió. Luego de una ardua carrera de varios metros logró alcanzarlo y mantenerse cerca de él. La cucaracha trataba de que el pedazo de cinta le prestara atención, pero no lo conseguía. La cinta sólo obedecía al viento.
El insecto movía las antenas en forma seductora. A pesar de sus innegables atractivos y de su espléndido estado físico, no parecía impresionar a la cinta, que seguía transparente a su existencia. El viento lo continuaba llevando a lo largo de la vereda. La cucaracha, no obstante, no pensaba rendirse sin dar pelea.
Cuando el pedazo de cinta cruzó la calle con el semáforo en rojo, la cucaracha tuvo un momento de duda pero lo siguió. Quiso mostrarle su determinación. Tal vez era una prueba, supuso. Pero al llegar a la siguiente vereda, felizmente sin ser alcanzados por ningún auto, la situación continuó igual. Lo único que cambiaba era la posición del pedazo de cinta, que a veces ofrecía al viento su lado de mayor superficie, con lo cual recibía más impulso. Otras veces se colocaba paralelo a la dirección del viento, entonces iba más despacio y el aire fluía a su alrededor. Y en algunos momentos se movía vertiginosamente, como si estuviera bailando. La cucaracha lo admiraba y hacía esfuerzos por regular la velocidad mientras realizaba maniobras para obtener la atención del pedazo de cinta. También maniobraba para evitar ser pisada por los indeseables transeúntes que a esa hora abundaban en la vereda.
Pero el pedazo de cinta no tenía tanto cuidado, y en un momento resultó pisado por uno de ellos. La cucaracha, al principio, no entendía qué había pasado. Pero rápidamente se dio cuenta y se decidió a rescatarla.
Corrió y corrió hasta llegar a la vecindad del pie. Se trataba de una misión peligrosa. Existía el riesgo de recibir un pisotón fatal por parte del mismo pie del que debía rescatar al pedazo de cinta. Debía realizar el acto heroico sin ser pisada y también sin ser vista, porque sabía que en ese caso se exponía a la posibilidad de un pisotón esta vez intencional.
La cucaracha se mantuvo a la sombra del transeúnte durante unos metros, mientras calculaba los pasos a seguir. Cualquier movimiento era peligroso, porque dependía de que se mantuviera el ritmo de los pasos. Un cambio repentino podía estropear los cálculos y acabar con la vida de la cucaracha. Pero sus ganas de salvar al pedazo de cinta pudieron más que el miedo. La cucaracha se lanzó en un salto espectacular hacia el lugar del zapato donde estaba atrapada la cinta, y logró rescatarla. Luego escaparon a toda velocidad.
Desde ese momento, fueron inseparables. El pedazo de cinta ya no prestaba atención al viento, acompañaba a la cucaracha a todos lados. Y continuaron así, pegados uno al otro, por el resto de sus días.

Cuando digo en otro idioma

El texto «Cuando digo quiero decir» fue traducido sucesivamente a veinte idiomas mediante el traductor de Google. El orden fue: inglés, francés, alemán, holandés, portugués, catalán, afrikáans, finlandés, japonés, gallego, galés, italiano, turco, latín, eslovaco, griego, árabe, rumano, irlandés y chino tradicional. Luego fue devuelto al español.
Este es el texto original:
Cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir. ¿Quiero decir que cuando digo quiero decir quiero decir cuando digo? Claramente no. Sólo digo que quiero decir quiero decir cuando digo cuando digo. No significa que cuando digo quiero decir quiero decir cuando digo. No. Cuando digo quiero decir quiero decir quiero decir. Y cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir también.
Entonces, cuando digo “cuando digo quiero decir” en realidad quiero decir “quiero decir quiero decir”, en cambio cuando digo “quiero decir” quiero decir sólo eso.
¿Cuándo digo quiero decir? Cuando quiero decir quiero decir. ¿Y cuándo digo cuando digo? Cuando quiero decir quiero decir. ¿Y si quiero decir cuando digo cuando digo cuando digo? No se ha dado, en mi experiencia cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir.
Si cuando digo cuando digo quiero decir quiero decir y si quiero decir quiero decir cuando digo quiero decir, ¿cuándo quiero decir cuando digo?
Jamás.
El texto que sigue es el resultado del proceso automático, sin ninguna modificación:
Sé lo que quiero decir es que cuando digo que esto debería ser dicho. Quiero decir, he dicho, hablo ahora? En realidad no. ¿Por qué decimos «Gracias», dijo. Te diré lo que quiero decir. Sin embargo, dijo que deberían. Te diré que tengo que explicar.
Aquí, le dije mi opinión, esto significa que que significa, «dije,» se me dijo, si
En la atención? «Quiero decir, ella dijo, cuando digo eso? Digamos que .. ya sabes, yo sé lo que es, como he dicho, yo y mi experiencia, puedo decir que antes, y qué?.
Por eso digo, pedid todo lo que dices es cierto, «¿qué es?
Un Judio.