Diosdado

«Dios no juega a los dados con el Universo»
Albert Einstein

Dios creó el Universo, y también los dados. Creó dos de cada uno, ambos exactamente iguales. Después notó que tirar los dados no surtía ningún efecto. Entonces tuvo que crear la gravedad. Le gustó tanto, que decidió dotar de ella a uno de los universos. El otro quedó como universo de control.
Dios decidió que ese universo sería experimental. Quiso usar los dados para tomar decisiones sobre cómo marcharían las cosas. Para que las caras tuvieran diferencias, creó los números. Para lograrlos, debió crear la matemática, y le gustó mucho más que la gravedad. Entonces la incorporó al universo y la integró a su anterior invento. Dio a la gravedad un valor, insuficiente para detener su eterna expansión, pero capaz de armar interesantes combinaciones de materia.
Dios comparó sus creaciones. Uno de los universos era estático, predecible y monótono. El otro también era predecible, porque tenía orden, pero pasaban cosas. O, mejor dicho, se podía predecir que iban a pasar cosas. Además, la idea de la expansión estaba muy bien, porque permitía ampliar los límites del universo constantemente. Dios había inventado sin querer la innovación permanente. En cuanto a los dados, eran mucho más simples que los universos, pero eran capaces de contenerse en sí mismos sin ningún tipo de intervención divina. Entonces Dios vio que lo que había hecho era bueno.
A pesar de todas las creaciones que venía haciendo, todavía no había usado los dados. Determinó que tenían que tener seis caras cada uno, y colocó los primeros seis números recién creados en ellas. Así, cuando los tirara, iba a quedar del lado de arriba uno de ellos (Dios ya había creado el eje Y). No había creado la representación gráfica de los números, por lo que tuvo que usar puntos para representar cada uno de ellos. Es por eso que los dados, aún hoy, tienen puntos.
En base al número que saliera, Dios tomaría una serie de decisiones predeterminadas. Podía repetir la acción una cantidad infinita de veces para decidir cualquier cosa. Pero se encontró con un problema: los dados siempre daban el mismo número. Dios comprendió entonces que debía crear el azar. Esto daba un elemento de incertidumbre, que era exactamente lo que quería, y hacía que su omnisciencia valiera realmente la pena. Una vez creado el azar, los dados empezaron a dar resultados distintos.
Aplicó los resultados de los dados a las distribuciones de galaxias, nebulosas, sistemas solares y civilizaciones por todo el Universo. Luego comparó ambos universos. Y vio Dios que el experimental era mucho más interesante. Entonces Dios comprendió que jugar a los dados con el Universo era bueno.

Rebeldía adolescente

Cuando estaba por ser adolescente me contaron más o menos lo que se venía: una transición hacia ser adulto que involucraba rebeldía. Y ser adulto, la verdad, no me hacía mucha gracia. Más curiosidad me daba el tema de la rebeldía. Empecé a esperar a ver cuándo me iba a dar por rebelarme. Pero no llegaba.
Yo tenía actitudes rebeldes, sí, pero no eran muy distintas de las que había tenido siempre. No me interesaba ser rebelde. Veía a los demás, que a veces tenían esa clase de actitudes, y me provocaba cierto rechazo. No me parecía razonable. Y varias veces ni siquiera era rebelión en serio, siempre hubo muchos que seguían a la corriente y pensaban que se estaban rebelando.
Así que se puede decir que me rebelé contra la gente de mi edad, porque me resistí a ser como ellos. En realidad, me resistí a no ser como yo. No tenía ganas de ser distinto, sino de seguir siendo el que era. Por eso trataba de conservarlo.
Con el tiempo me di cuenta de que mi rebeldía consistía en eso: resistir los cambios y el paso del tiempo. Mi rebeldía, en fin, fue contra la adolescencia.

Nadie más

No sé si la gente sigue existiendo cuando no está en contacto conmigo. Tampoco sé si existe realmente cuando estoy interactuando con ella, pero vamos a suponer que sí. Que la gente sólo existe cuando está teniendo algún tipo de intervención en mi vida. El resto del tiempo desaparece, para luego volver a aparecer cuando vuelvo a verlos o a hablar con ellos.
No debería necesariamente ser así, pero no se puede descartar que ocurra. La única persona de cuya existencia constante puedo estar razonablemente seguro soy yo. No sé si ocurre lo mismo con los demás.
Por ejemplo, al momento de escribir esto, estoy solo. Es posible que esté solo no sólo en este lugar, sino en el Universo. Es decir, estoy escribiendo para gente que no existe. Usted, señor lector, no existe.
Sin embargo, es evidente que usted está leyendo el texto. Y en ese caso hay dos posibilidades. La primera es que esté leyéndolo en mi presencia, entonces nada cambia. Pero la otra es que este texto haya llegado a usted de alguna forma, sin mi intervención directa. Si es así, se puede afirmar que usted existe, aunque usted sigue sin tener ninguna razón para pensar que yo existo.
Lo que hay que hacer, entonces, es contactarnos. Si usted lee este texto sin estar conmigo, llámeme por teléfono y coméntemelo. Posiblemente cada uno empezará a existir para el otro en el momento en el que se establezca la llamada. Pero si me comenta del texto yo sabré que, a menos que haya una conspiración demasiado grande, usted existe, y entonces no estoy solo.

Hay una sopa en mi mosca

En un laboratorio genético, los científicos trabajaban con varios ejemplares de Drosophila melanogaster. Era más fácil estudiar los genes de una mosca que los de una persona, y por una feliz circunstancia muchos de esos genes resultaron ser los mismos. Entonces los científicos podían experimentar alterando el ADN de las moscas para ver qué efectos causaban los cambios, y deducir a través de esos efectos el fin de cada gen.
El proceso era largo y tedioso. Manipular los embriones dentro de los huevos de las moscas no era fácil. Requería la colaboración de muchas personas manipulando herramientas muy precisas. Pero más allá de la tecnología, siempre se dependía de los tiempos biológicos de cada mosca. Para usar huevos, era necesario que una mosca los pusiera, que estuvieran fertilizados y que fueran del linaje que se quería investigar. De otro modo, el esfuerzo era inútil.
Por eso había una guardia de 24 horas en el laboratorio, durante la que se vigilaba los movimientos de las moscas. Siempre tenía que estar alguien presente por si se producía alguna novedad, como la deposición de huevos o el nacimiento de una mosca mutante.
Ese día, la novedad se produjo a la hora de almorzar. Sólo había un científico en el laboratorio, todos los demás estaban comiendo. Miró la jaula de las moscas y vio movimientos en los huevos. Los reconoció de inmediato: las larvas estaban por ver la luz. Esos embriones habían sido modificados para que su forma adulta tuviera piernas en lugar de alas, alas en lugar de ojos y ojos en lugar de piernas. Se buscaba averiguar si la combinación podía dar resultado, y si el animal podía ver, caminar y volar con los miembros mal puestos.
El científico se acercó, algo nervioso, a la jaula. Quiso ver con más detalle lo que ocurría. Necesitaba un microscopio. Y ése fue el problema. En el apuro por agarrar uno, no se dio cuenta de que había dejado el vaso de sopa que estaba tomando sobre la jaula. Y al querer ubicar el microscopio lo volteó, y la sopa se derramó contra los huevos, las larvas y las moscas adultas que andaban por ahí.
El accidente arruinó el experimento. Fue necesario volver a empezar, esta vez con medidas de seguridad más estrictas para que el incidente no se volviera a dar. Desde entonces, la popularidad de ese científico en particular dentro del grupo se redujo, al haberse prohibido toda bebida caliente dentro del laboratorio.

Mayordomos asesinos

“¡Otra vez!” exclamó el detective Parsons, de Scotland Yard. “¡Otra vez fue el mayordomo!” Parsons exhaló su frustración. Su ayudante, Otto, tomó la libreta en la que registraban el resultado de todas sus investigaciones y anotó que, nuevamente, las pistas habían llevado al mayordomo.
Parsons estaba cansado. En treinta años de detective no había tenido más de dos o tres casos en los que el asesino no fuera el mayordomo. Desde hacía mucho tiempo era parte del procedimiento normal detener al mayordomo de la víctima y declararlo principal sospechoso. Y casi siempre se lo encontraba culpable. Parsons no entendía cómo los asesinos no elegían otro tipo de relación con sus víctimas para evitar que las sospechas recayeran automáticamente sobre ellos.
La carrera de detective le había traído una profunda desconfianza para con los mayordomos. Ya hacía muchos años que había despedido al suyo, por miedo a que lo asesinara. También su trabajo le había traído problemas con el gremio de los mayordomos, que lo acusaba de difamación. Pero como se podía demostrar que en prácticamente todos los casos lo que condenaba a los mayordomos era la evidencia, el gremio no tenía recursos legales contra Parsons y se limitaba a expresar su antipatía.
Las investigaciones de Parsons, y de otros, provocaron un cambio profundo en la población carcelaria. Como la enorme cantidad de los presos eran mayordomos, los presos londinenses eran los de mejor conducta. Ocasionalmente, de todos modos, había reyertas en la que resultaban muertos algunos convictos. En esos casos también los asesinos resultaban ser mayordomos.
Parsons y Otto llevaban estadísticas categóricas. Para ellos estaba claro que los mayordomos constituían la base del delito de la zona metropolitana de Londres. Por eso elevaron al Parlamento un proyecto para prohibir la actividad.
Cuando el proyecto tomó estado público, la sociedad se dividió. El gremio de los mayordomos expresó ofensa por lo que consideraban un estereotipo discriminatorio. Algunas personas que contaban con los servicios de un mayordomo estaban de acuerdo con la medida, pero no querían desprenderse de sus servicios. Mucha gente que no tenía mayordomos estaba a favor de lo propuesto.
Algunos intelectuales consideraban que la tendencia de los mayordomos a convertirse en asesinos era una forma de rebelión de clases que era consecuencia directa de la servidumbre a la que eran sometidos por el resto de la sociedad. Por eso, estaban a favor.
En el gremio de los mayordomos apareció gente que tenía ganas de eliminar a Parsons y a Otto, pero supieron entender que concretar esas intenciones iba a probar, para la opinión pública, el carácter asesino de su profesión.
Los miembros del Parlamento veían con buenos ojos la iniciativa, a pesar de que implicaba que todos ellos tuvieran que deshacerse de sus mayordomos. Luego de algunas semanas de estudio, no había acuerdo. El prestigio del detective Parsons hacía que se tomara seriamente el proyecto, pero no existía seguridad de que abolir a los mayordomos fuera a dar resultado.
Entre los que no estaban seguros había quienes decían que los asesinos iban a adoptar otras profesiones si no podían ser mayordomos, y de ese modo iba a ser más difícil atraparlos. Otros postulaban que era preferible dejar a cada individuo la decisión de mantener o no su mayordomo. Una tercera postura sostenía que, al prohibir la profesión, se iba a crear un mercado negro de mayordomos que sería difícil de controlar.
Mientras tanto, en los periódicos se sucedían las solicitadas. Algunas clamaban por la erradicación del flagelo de los mayordomos como medio para terminar con la inseguridad. Otras apelaban a la solidaridad del pueblo inglés en nombre de la enorme mayoría de mayordomos honestos. Había también solicitadas que afirmaban que la clave del problema no estaba en mantener o no a los mayordomos, sino en analizar por qué algunos se tornaban en asesinos.
Finalmente, en el Parlamento se llegó a un compromiso. No se prohibió el ejercicio de la profesión de mayordomo, pero se decidió establecer un marco regulatorio adecuado para mantener no sólo la profesión, sino las fuentes de trabajo.
A partir de ese momento, los mayordomos dejaron de tener acceso a elementos de cocina, armas de fuego y toda clase de objetos que pudieran causar daño a sus amos. También se estableció un régimen de descanso, que incluía fines de semana no laborables, aguinaldos y vacaciones pagas. El objetivo era reducir el estrés de los mayordomos para que se vieran menos tentados de asesinar.
Las medidas tenían un costo importante para las personas que tenían mayordomos, las cuales inmediatamente protestaron y pidieron subsidios. El Parlamento no hizo lugar a esas solicitudes.
Muchas personas de la alta sociedad londinense no pudieron seguir costeando a los mayordomos que tenían, y tuvieron que despedirlos para poder mantener su nivel de vida. Algunos despidieron a todos sus mayordomos, otros sólo a una fracción de ellos.
El episodio derivó en un enorme perjuicio para el gremio de los mayordomos, que perdió una cantidad importante de miembros, cuando los que fueron despedidos cambiaron de profesión. La población de mayordomos de la ciudad de Londres se redujo considerablemente.
Pero lo más importante fue que, a partir de la ley reguladora de la actividad de los mayordomos, la reducción del número de ellos hizo que disminuyeran los asesinatos que protagonizaban. La cifra de muertes se mantuvo en general constante, pero la culpabilidad empezó a ser repartida entre distintas profesiones. La iniciativa del detective Parsons, finalmente, logró generar más equidad.

Cinta transportadora

Estaba subiendo la escalera mecánica del shopping del Abasto hacia el segundo piso, donde está el patio de comidas. A la derecha no hay nada, sólo un gran espacio vacío que termina en el subsuelo. Esa escalera da a un abismo.
Mientras subía miré hacia abajo, y me pareció ver a lo lejos a alguien que conocía. Me asomé sobre la cinta que hace de apoyamanos, pero mi entusiasmo fue tanto que perdí el equilibrio y me pasé para el otro lado.
Pero no caí, porque en un movimiento rápido logré sujetarme de la misma cinta. Me agarré con la mano derecha. Al estar funcionando la escalera, seguí subiendo mientras colgaba.
El problema apareció cuando llegué al final. No podía volver al otro lado, porque tenía que concentrar mi atención en apoyar alternadamente cada mano sobre la cinta para no caerme.
Mantuve ese movimiento durante unos minutos. Apenas se dio el principio de caída, la gente que estaba en el bar del subsuelo salió corriendo, como para que no la impactara. Si se iba a morir alguien, que fuera yo solo, razonaron. Y razonaron bastante bien.
Los guardias del shopping me gritaron que aguantara, porque estaban llamando a los bomberos. Yo más o menos podía sostenerme. Me ayudaba el hecho de que, al cambiar de manos, ambas lograban descansar a su tiempo.
En un momento llegaron los bomberos, y colocaron una cama elástica en el subsuelo, justo bajo el lugar donde me encontraba. La idea era que me dejara caer. Todos mis instintos me llevaban a no tirarme, debía juntar coraje para hacerlo, porque estaba muy claro que era lo mejor que podía pasar. Por suerte, no había una urgencia tan grande, no estaba en el medio de un incendio.
Cuando me concentraba para tirarme, llegó el personal de seguridad, que ignoraba el arribo de los bomberos. Estaban dispuestos a rescatarme. Para eso activaron la parada de emergencia de la escalera.
La cinta se detuvo. Mi mano izquierda, que era la que estaba apoyada en ese momento, se vio sorprendida. Entonces me deslicé a toda velocidad por la cinta, generando tanto calor que me quemé la mano. La levanté y pegué un grito. Error: caí al vacío. Y como me había deslizado, fue justo al lado de la cama elástica.

El salmón rebelde

El cardumen de salmones se alejaba del mar a través de un río. Todos nadaban contra la corriente, haciendo un esfuerzo extraordinario para resistir el empuje del agua que los quería devolver al mar. Existían poderosas razones para esa conducta, aunque ningún salmón estaba enterado de ellas. Sólo seguían la costumbre heredada de sus antepasados.
Pero uno era diferente. No quería hacer las cosas sólo porque todos las hacían, sino que tenía ganas de valerse por sí mismo. Para él era importante reafirmar su identidad y mostrar que no se dejaba manejar por las convenciones sociales injustificadas.
Quería diferenciarse de los demás salmones, a quienes veía como simples criaturas sin capacidad de análisis, con destinos tan mundanos como sus orígenes. La manera que encontró fue nadar para el otro lado. Se dio cuenta de que, a veces, para ir contra la corriente es necesario seguir la corriente.
Así, el salmón comenzó una ruta a contramano de los otros miembros de su especie, que lo trataban de empujar para que siguiera su misma dirección. Pero no lo lograban, porque él resistía los embates de los demás con la ayuda del agua. De esta manera, aquel salmón iba hacia el mar cuando los demás se alejaban, y se adentraba en los ríos cuando todos disfrutaban del agua salada.
Entre la comunidad se hizo conocido sin mucho esfuerzo, porque era el único salmón que no se apegaba a las reglas sociales. De esta manera lograba sentirse diferente. Sabía que muchos lo admiraban por su coraje, mientras otros lo criticaban por su desfachatez. Encontraba gran aceptación entre los salmones más jóvenes. Sin embargo, casi ninguno intentaba seguir su ejemplo. Los pocos que lo hacían, tarde o temprano terminaban arrepentidos y veían el valor de la costumbre general de nadar contra la corriente.
El salmón rebelde, entonces, era el único que iba en contra. Estaba conforme, no le interesaba tener seguidores, ni ser el líder de una nueva moda. Sólo quería ser él mismo. No quería ser un salmón más.

Me tragó la tarjeta

En general, en los supermercados, trato de evitar las cajas que son operadas por hombres. Por alguna razón, encuentro que las mujeres suelen hacer mejor ese trabajo. Le ponen más ganas, son más prolijas. No sé por qué, pero cuando voy al supermercado no es para conocer el origen de las costumbres. Mi prioridad es hacer rápido.
Ese día me atendió un cajero hombre. A veces no es posible encontrar una mujer. Ocurre seguido que las cajas atendidas por hombres tienen menos cola. Y a veces vale la pena ir a ésas, porque por más que atienda un hombre uno sale del supermercado antes.
Debo admitir que no era un supermercado de los que mejor se preocupan por atender al cliente. Pero era el más barato, entonces algunos de los problemas se le perdonan. De todos modos, es medio exasperante que haya muchas cajas cerradas, que no funcionen las cintas transportadoras, o que no tengan posnet en todas las cajas. Es cierto que hay gente que paga en efectivo, pero no creo que sean muchos los que hacen compras grandes y pagan con parva de billetes.
En este caso, el posnet del sector estaba en otra caja. Cuando le presenté la tarjeta para pagarle, el cajero pegó un grito para que se lo trajeran. Desde otra caja le gritaron que lo estaban usando, entonces me dijo que esperara un momento. Acepté, y me dediqué a guardar las cosas en las bolsas.
En un momento miré al cajero y me encontré con que, mientras esperaba, estaba chupando mi tarjeta. Se la pasaba por los labios y la lengua. No me gustó lo que hacía, pero no sabía cuál era la etiqueta en estos casos. No tenía ganas de ponerme a discutir con el tipo. Se me ocurrió decirle que no era muy sanitario lo que hacia, pero pensé que lo más probable era que lo supiera y no le importara.
Decidí, de todos modos, que era pertinente decirle que me estaba babeando toda la tarjeta. Pero ya era tarde. Cuando me quise acordar, se la había introducido en la boca y se la había tragado.
Esto causó varios inconvenientes. Llamé rápido al personal de control de cajas para decirles lo que había pasado. Tenía miedo de que se asfixiara. En seguida llamaron al departamento médico, pero no se la pudieron hacer escupir. Ya había hecho un trayecto demasiado largo en el aparato digestivo, estaba a merced de los jugos gástricos. Pero iba a sobrevivir. Eso era lo importante.
Pude pasar a lo menos importante, que era pagar la mercadería. El problema era que ya no tenía la tarjeta, por culpa de la acción del cajero. Tampoco tenía efectivo, ni otra tarjeta. Así que, en atención al inconveniente que me habían causado, me dieron un vale para pagar otro día, cuando pudiera. También me dijeron que me iban a devolver el importe de la reposición.
Me fui del supermercado y tuve que llamar al banco para que me la volvieran a emitir. Cuando me preguntaron qué había pasado, les dije “el cajero me tragó la tarjeta”. Pero me entendieron otra cosa, así que les tuve que explicar todo esto.

Domine el pánico

En caso de una emergencia, lo más importante es mantener la calma. Dejarse llevar por el primer impulso puede ser fatal. Cada decisión que usted tome puede significar una muerte horrible, por lo tanto es necesario tomar las decisiones correctas. Y para eso es necesario no entrar en pánico.
Es necesario tener la cabeza clara. Piense bien cada paso. No corra, pero salga rápido. Tenga en cuenta que cualquier movimiento en falso puede terminar, por ejemplo, en que usted sea quemado vivo. Entonces vaya con calma hacia la salida de emergencia. Pero no con demasiada calma. Esto también puede ser fatal. Necesitará la cantidad justa de calma y de miedo, sin convertirse en pánico.
Siga las instrucciones del personal especializado. Ellos saben cómo evacuar. En ese caso usted deberá no pensar y seguirlo ciegamente, a menos que encuentre que el personal está interesado en que usted fallezca. En ese caso escápese, pero antes esté seguro de lo que hace.
Olvídese de sus pertenencias. Ninguna es más valiosa que su vida. En todo caso regrese más tarde, cuando el siniestro haya terminado, para recuperar lo que queda, si es que algo queda. Pero mientras exista el peligro mantenga sus prioridades firmes: debe salir de donde está. Debe hacerlo lo más rápido posible, pero no demasiado rápido. Tenga cuidado, mire por donde camina, porque si se llega a caer todo puede empeorar rápidamente. Si se llega a fracturar en un momento de evacuación es posible que sea la diferencia entre vivir y morir, por lo tanto es mejor caminar con cuidado. Recuerde la importancia de la prevención, aun en caso de emergencia.
Para darse ánimo, piense en el exterior. Visualice lo que será su vida cuando salga de la situación en la que se encuentra. Piense en momentos felices del futuro, en el oxígeno que respirará, en el alivio de sus familiares. Pero no pierda el foco en la evacuación, porque si no ese futuro corre grave peligro de no concretarse nunca.

Dios en el Infierno

Dios está en todas partes, por lo tanto Dios habita el Infierno. A pesar de todos los esfuerzos que hace la gente que quiere ser buena para poder pasar la eternidad en presencia de Dios, no se dan cuenta de que no tienen manera de estar en su ausencia. Tal vez por eso haya tanta maldad en el mundo.
Dios habita cada rincón del Infierno. Es, por lo tanto, sometido a tormentos, aunque no necesariamente sufre porque tiene la capacidad de aguantar sin dolor. Para eso es Dios. A veces, de todos modos, se decide a sufrir un poco, para comprender mejor a las almas condenadas. Dios nunca dejará de amarlas, por más que estén en el Infierno. Y aunque Dios es omnisapiente, eso no significa que no pueda ejercitar su misericordia. Si no estuviera en el Infierno, tal vez no se le ocurriría pensar en los condenados, y aunque sabría todo acerca de ellos, podría no tenerlos presentes.
A veces decide ejercer la misericordia y liberar a alguna de las almas. En el Infierno hay gran expectativa en torno a estas decisiones, que no son frecuentes. Muchos tratan de influir a Dios para que los traslade, y esa clase de apelaciones suele ser parte de la razón por la que están ahí.
En general, Dios libera a almas de gran coraje en el sufrir, que se arrepienten de sus pecados aunque sea tarde pero aceptan el castigo con hidalguía. La administración del Infierno protesta en esas ocasiones, pero no pueden hacer nada ante una decisión del Todopoderoso.
Dios, habitualmente, trata de mantenerse de incógnito. No es bueno que se sepa que está en el Infierno. Su presencia muchas veces causa desórdenes varios. Por eso se mantiene invisible ante las almas, para que puedan sufrir tranquilas. Pero, a veces, cuando se siente especialmente generoso, Dios decide dejarse ver. Durante un rato, las almas condenadas del Infierno pueden acceder al mismo placer que sus pares del cielo: la contemplación de la Divinidad.